Francisco Franco y los discursos del régimen sobre la victoria, la reconstrucción nacional y la España de la posguerra.
La victoria de la Guerra Civil y la posterior reconstrucción de España ocuparon un lugar central en los discursos de Francisco Franco durante las décadas posteriores a 1939. En sus intervenciones públicas, el jefe del Estado presentó el triunfo de su bando como el punto de partida de una transformación política, económica y social del país, vinculándolo a la recuperación nacional, la reorganización de la economía y la consolidación del régimen franquista.
Los textos que se reproducen a continuación reúnen declaraciones pronunciadas entre 1943 y 1961 en las que Franco expone su visión de la victoria, la reconstrucción material, la paz, el retorno de los exiliados y la supuesta amenaza del comunismo internacional. Estas intervenciones permiten conocer de primera mano los argumentos con los que el régimen justificaba su origen, sus realizaciones y su política interior y exterior durante la posguerra.
42. La liberación y la reconstrucción, obra netamente española
Hemos sostenido una guerra y pagado nuestros gastos sin disponer de oro ni de divisas extranjeras, ni hipotecar nuestra soberanía, ni una sola pulgada de nuestro territorio; levantamos la zona roja del aniquilamiento económico en que los marxistas la dejaron, con nuestros propios medios; restablecimos nuestro crédito y saneamos nuestra moneda con medidas eficaces y justas que salvaron la economía general de la Nación y el patrimonio de los particulares; superamos la crisis general de los transportes en medio de las dificultades de una guerra; la industria, la navegación y las obras públicas han recibido bajo nuestro mando un impulso hasta ahora desconocido, y en el orden social no ha habido ninguna nación que haya tenido una inquietud más honda ni haya llevado a cabo mayores realizaciones que las que nuestro Estado ha logrado en tan corto tiempo.
(18-VII-1943: Madrid.—Concentración de productores.)
43. Política genuinamente española
La Victoria no fue de un partido; son los vencedores quienes constituyeron y constituyen, con el apoyo de incluso una multitud inmensa de los que por azares de la contienda no estuvieron junto a ellos, la gran comunidad que libremente rige hoy a España. Las doctrinas, las actitudes y los propósitos fueron genuinamente españoles, llenos de originalidad y de aire propio. Quien conozca a España sabe que se la calumnia al suponerla capaz de vivir de la imitación de ninguna política extranjera. Perfectamente español es su sistema político presente.
(5-XI-1944: Declaraciones a la «United Press».)
44. Victoria de la espiritualidad sobre el materialismo
Nuestra Victoria fue una victoria de principios, una victoria de la espiritualidad sobre el materialismo; la victoria de los que no nos conformábamos con un estado de miseria, de injusticia, de decadencia de toda una Patria que habíamos prometido defender. La Victoria no era un fin, era un medio, un instrumento; necesitábamos construir un Estado, teníamos que levantar a España y hacer que los principios espirituales rigieran nuestras obras.
(11-IX-1945: Madrid.—Sección Femenina.)
45. Triunfo de todos
Nuestra Victoria no ha sido de una persona ni de un partido; nuestra Victoria ha sido la victoria de la fe, de las tradiciones, de los hogares, del campo y la ciudad, de la fábrica y del trabajo, del pobre como del rico; triunfo de todos y derrota sólo de la anti-España.
(17-IX-1945: Vitoria.)
46. La paz nacida de la Victoria
Pero la paz nacida de nuestra Victoria no puede ser una paz egoísta, confiada y sin espinas. Si nosotros nos durmiéramos en nuestros laureles y no sacásemos las consecuencias de cuanto nos condujo a la situación de que partimos, las mismas causas producirán los mismos efectos. No es posible levantar a España sin el sacrificio y el esfuerzo cotidiano de todos sus hijos. La lucha en las batallas de la vida nunca se acaba; los esfuerzos tienen que ser continuados, y aunque ganadas las primeras y más difíciles jornadas, el camino ya se hace mucho más llevadero, pues lo principal es romper la inercia.
(23-X-1950: Tenerife.—Capitanía General.)
47. Reintegración del exilio
Son muchos los que en estos años se han reintegrado a su Patria; otros muchos, que han encontrado en la generosidad de otras naciones, especialmente las hispanoamericanas y Francia, un bienestar y una ocupación permanente que han serenado sus espíritus y que con cierta periodicidad vuelven a España a visitar a sus familiares. A los otros que permanecen fuera poco pueden importarles mis palabras, pues sólo podría decirles que la guerra de Liberación fue una necesidad histórica indispensable para el resurgimiento y la salvación de la Patria, que, pese a los sacrificios que para algunos sectores españoles haya podido representar, la victoria nacional en la Cruzada era la única y verdadera solución para aquel resurgimiento y porvenir; que la victoria no ha sido aprovechada por un bando, sino que aprovecha para toda la Nación; que si conocieran el grado de transformación y resurgimiento que España ha experimentado en todos los órdenes, podrían llegar a sentir la emoción y el provecho de su sacrificio, y que cuantos libres de crímenes y de malicia quieran reintegrarse a la Patria, encontrarán en ella, como los que ya se han reintegrado, una madre para todos.
(10-VI-1957: Declaraciones a «Noticias Católicas», de Washington.)
48. Paz y beneficios de la Victoria
La paz que nosotros construimos sobre nuestra Victoria fue una paz para todos, y sus beneficios se derramaron tanto más cuanto más se necesitaban, siendo precisamente las clases trabajadoras, en todos los órdenes, las más directamente beneficiadas.
(18-V-1958: Madrid.—Cortes Españolas.)
49. La Victoria y el resurgimiento nacional
Por eso, desde los primeros momentos, la administración de la Victoria se hizo en beneficio de todos los españoles. Nos enfrentamos con el problema de aquella triste herencia, que nos legaba una Nación económicamente atrasada, con una masa de obreros, creciente en muchas provincias españolas, carentes de trabajo; un campo atrasado y una industrialización incipiente y pobre. Por eso, nuestros primeros pasos fueron encararnos con la necesidad de una ocupación total, al tiempo que hacíamos todo lo posible por cambiar el signo de nuestra economía; hacer que los sueños aquellos de tantos pensadores españoles de que las aguas de nuestros ríos no arrastrasen nuestras tierras al mar; o aquel otro del padre Pérez del Pulgar de crear una gran red nacional eléctrica que alimentase nuestras fábricas e hiciera posible nuestra transformación industrial, y aquellos sueños de racionalizar nuestros ríos y regar nuestros secanos, todo lo que los grandes españoles imaginaron, lo hicimos nosotros realidad. Si todo eso podíamos implantarlo en los primeros momentos, lo emprendimos sin vacilación, estableciendo los primeros jalones a través de los esfuerzos para que no faltase trabajo a nadie en el área de España. Podrán decirnos que en ciertos aspectos esto nos llevaba a la inflación. Sí, señor, a todo lo que fuera necesario…, a todo lo que fuera necesario para que en los hogares españoles no faltara ni la lumbre ni el pan.
Pero esta primera etapa, como digo, era esencial para nuestra vida. Nosotros no teníamos, por el despojo de nuestros tesoros y por el abandono en que había caído España durante tantos años, medios suficientes para enfrentarnos con todas las necesidades del pueblo español. Y por eso hubimos de padecer el racionamiento y salvar los días difíciles; pero, sin embargo, administramos bien nuestro haber, haciendo que los sufrimientos para la Nación fueran los menos posibles; mas al mismo tiempo que dábamos pan y trabajo, atacábamos dura y profundamente todo el problema económico de la Nación, el abandono de cincuenta años. Y así hemos llegado a esta hora, en que casi tenemos agotadas las posibilidades eléctricas de nuestra Nación, ciento catorce embalses han producido ya el remansamiento de nuestras aguas, que las vierten ya en una gran parte en nuestros grandes regadíos. Y si no vamos más de prisa es porque necesitamos subordinarnos a las posibilidades de nuestra economía, porque los gastos e inversiones del Estado tienen que ser medidos, y por ello no podemos hacer tan rápidamente el desiderátum de lo que deseamos.
(18-VII-1960: Palacio de El Pardo, Madrid.—Aprendices, Artesanos y Becarios de la Organización Sindical.)
50. Sin la Victoria, España sería comunista
A la altura de este cuarto de siglo transcurrido desde 1936, período el más dramático de la edad contemporánea, se nos presenta como una evidencia avasalladora, tanto si se analizan sus orígenes y resultados desde el ángulo español como si se le considera a escala internacional. Sin nuestra victoria, España entera sería comunista, y la península ibérica hubiera constituido en los últimos cinco lustros el factor más eficaz y estimulante para la proyección del comunismo sobre Hispanoamérica y la base de lanzamiento del marxismo internacional sobre el continente africano, como consta documentalmente en los textos del Komintern sobre las sucesivas fases previstas para la expansión del comunismo ruso, que al ser derrotado en España se vio forzado a revisar sus bases logísticas y sus esquemas operativos.
(3-VI-1961: Madrid.—Cortes Españolas.)
51. La Victoria y el curso de la Segunda Guerra Mundial
Sin nuestra Victoria, el curso de la última conflagración internacional hubiera sido bien distinto, como vieron claramente los aliados en momentos que pudieron ser decisivos, aunque en sus palabras y en sus obras no hayan luego correspondido suficientemente para saldar la deuda que ellos en particular, y el mundo cristiano en general, continúan teniendo con España. No somos deudores, sino acreedores. Desde este punto de vista, el saldo a nuestro favor es incuestionable. Pero procede aquí valorar otros aspectos que aún se pretende desconocer o silenciar por muchos de los gobernantes del llamado mundo liberal.
(3-VI-1961: Madrid.—Cortes Españolas.)
52. La Victoria y el comunismo internacional
Nosotros sabíamos de antemano que en el precio de nuestra Victoria, de la que no dudamos ni aun en los trances más difíciles, estaba incluida la ofensiva permanente y sin cuartel del comunismo internacional, y aun la de otros cuya salvación sigue siendo posible precisamente por el holocausto de nuestros mártires y caídos. Es ciertamente la incomprensión de estos otros lo que hiere más profundamente la sensibilidad del pueblo español; pero nunca esta incomprensión será estimada por nosotros como razón suficiente para encerrarnos exclusivamente en la defensa numantina de nuestra fecunda paz interior, asistiendo impávidos a la lucha planteada a lo largo y a lo ancho del planeta, en la que está sobre el tapete la dignidad y la libertad de los hombres y de los pueblos cristianos.
(3-VI-1961: Madrid.—Cortes Españolas.)
