La crisis del liberalismo y sus consecuencias para España constituyen uno de los temas recurrentes en los discursos de Francisco Franco durante las décadas posteriores a la Guerra Civil. En sus intervenciones públicas, Franco relacionó la inestabilidad política del siglo XIX y de la Segunda República con la decadencia nacional, la fragmentación social y las dificultades para impulsar el desarrollo económico del país.
En los textos recopilados en este artículo, el dictador expone su interpretación de la historia política española, critica el sistema liberal y parlamentario y presenta el régimen instaurado tras la Guerra Civil como una alternativa destinada a garantizar la autoridad, la unidad y la continuidad institucional. Sus palabras permiten examinar los argumentos con los que el franquismo justificó su modelo político y su proyecto de reconstrucción nacional.
53. La decadencia nacional
La decadencia de España era una decadencia política de sus clases directoras y no una decadencia del pueblo español, que en todos los momentos y en todas las ocasiones daba muestras de su genio y plasmaba en enormes heroísmos, o en santidades sublimes, o en geniales destellos de inteligencia.
54. El sistema liberal parlamentario desde las Cortes de Cádiz. Balance histórico a través de formas monárquicas y republicanas
La vida de la nación española ha sido tan intensa y pródiga en acontecimientos que vale la pena el que, aunque sea ligeramente, recordemos los frutos que recogió España bajo el sistema liberal parlamentario de partidos políticos desde las Cortes de Cádiz, que elaboraron aquella Constitución inspirada en las ideas de la Revolución francesa, hasta el advenimiento del Movimiento Nacional.
En el primer período, que va de las Cortes de Cádiz, en septiembre del año 1810, a la vuelta de Fernando VII, en marzo de 1814, España pasa por una guerra de la Independencia y tres Regencias, y durante él se promulga nuestra primera Constitución.
Del regreso de Fernando VII a su muerte, marzo de 1814 a septiembre de 1833, algo más de diecinueve años, vivimos en constante lucha de absolutistas y liberales; seis años de absolutismo con una represión antiliberal, tres de liberalismo con una brutal persecución de absolutistas, diez de absolutismo moderado hasta la Reina Gobernadora, pleno de rebeliones y de continuos alzamientos; una guerra civil que termina con la intervención armada del extranjero, se pierden la casi totalidad de nuestras posesiones en el mundo y se echaron los cimientos de la guerra carlista.
En la siguiente etapa, de la muerte de Fernando VII al destronamiento de Isabel II, septiembre de 1833 a septiembre de 1868, la vida española no puede ser más agitada. En treinta y cinco años, 41 Gobiernos, dos guerras civiles, la primera de seis años; dos Regencias y una Reina destronada, tres nuevas Constituciones, quince sublevaciones militares, innumerables disturbios, repetidas matanzas de frailes, saqueos, represalias, persecuciones, un atentado contra la Reina y dos levantamientos en Cuba. ¡Un verdadero paraíso!
Del destronamiento de Isabel II a don Alfonso XII, algo menos de treinta y cuatro años, 27 Gobiernos, un Rey extranjero que dura dos años, una República que en once meses tiene cuatro Presidentes, una guerra civil de siete años (última guerra carlista), diversas revoluciones de carácter republicano, sublevaciones cantonales; una guerra exterior con los Estados Unidos y la pérdida de los últimos restos de nuestro Imperio colonial, dos presidentes del Gobierno asesinados y dos nuevas Constituciones.
De la coronación de Alfonso XIII al 14 de abril de 1931, período en que España, arruinada y desarmada, arrastra una vida más tranquila, en los primeros veintiocho años, 29 Gobiernos, dos presidentes asesinados, tres atentados contra el Rey, varios movimientos revolucionarios, un descalabro militar y proclamación de la Dictadura. Esta dura siete años, único paréntesis, con término de la guerra de Marruecos, de paz, de orden y progreso. En el año que le sucede, dos Gobiernos que terminan en el destronamiento del Rey y el hundimiento de nuestra Monarquía secular.
La República, que va de abril de 1931 a julio de 1936, compendia todas las alteraciones, revoluciones y anarquía de todas las épocas anteriores. En poco más de cinco años hubo dos Presidentes, 12 Gobiernos, una Constitución constantemente suspendida, repetidos incendios de conventos, iglesias y persecuciones religiosas; siete intensos movimientos de perturbación del orden público, una revolución comunista, el intento de separación de dos regiones y el asesinato, por orden del Gobierno, del jefe de la oposición. El balance no puede ser más desdichado. Si para otros puede constituir el régimen democrático, inorgánico y de partidos, una felicidad, o al menos un sistema llevadero, ya se ve lo que para España constituyó y lo que ha representado a través de la Historia lo que hoy sin derecho y con torpeza se le ofrece.
55. Sistema liberal-capitalista: progreso técnico, sin progreso moral; aumento de la riqueza, sin distribución equitativa
En esta última etapa de la vida del mundo, la inhibición, que el sistema liberal ha asentado y que el capitalismo y el materialismo han hábilmente explotado, fue causa de que a los progresos técnicos y materiales que el mundo ha tenido no les hayan seguido los progresos morales, que nos hubieran llevado a una más justa y equitativa distribución de la riqueza. Se multiplican los bienes, se multiplican los hombres, y éstos cada vez más miserables. Si podemos decir que al gran siglo liberal le debemos en gran escala la multiplicación de los bienes, podemos también, en justicia, achacarle la multiplicación de las miserias.
56. Rectificar los errores de un siglo
Si el Movimiento Nacional tiene una virtualidad, es porque ha venido a rectificar los errores de un siglo. El Movimiento Nacional ha venido a vivir de cara al mar y de cara al campo; a destruir aquel mal espíritu ciudadano que se compendia en aquella frase del señoritismo español que habló de los «burgos podridos». Pero si vengo a alentaros no vengo a ofreceros regalías ni injusticias, ni favoritismos. Vengo a poneros frente a las realidades, como venís poniéndoos vosotros frente a ellas, durante generaciones que se suceden en la dura lucha del campo.
57. La catástrofe del mundo moderno
La gran catástrofe del mundo moderno es que al progreso cultural, al avance de la técnica en las naciones, no corresponda un paralelo progreso espiritual. El complejo en este orden es todavía mucho mayor dentro de cada pueblo. Y sin los valores del espíritu acabarán derrumbándose todos los grandes edificios que se levanten.
58. Frente a los siglos calamitosos
La proyección de nuestro Movimiento descansa precisamente en nuestra rebeldía frente a esos siglos calamitosos, que si en ellos perdimos, sin apenas resistencia, cuanto otras generaciones con sus esfuerzos acumularon, en los tiempos que a nosotros nos tocó vivir, como ya no quedaba qué perder, íbamos irremisiblemente a la desintegración completa de nuestra Patria.
59. El siglo XIX y nuestra Revolución
El siglo XIX, que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra Historia, es la negación del espíritu español, la inconsecuencia con nuestra fe, la denegación de nuestra unidad, la desaparición de nuestro Imperio, todas las degeneraciones de nuestro ser, algo extranjero que nos dividía y nos enfrentaba entre hermanos y que destruía la unidad armoniosa que Dios había puesto sobre nuestra tierra. Por eso nuestra Revolución no es una Revolución vacía; es una Revolución llena de contenido, una Revolución creadora, que se funda y levanta sobre una filosofía plena de realidades sociales; un heraldo de lo que en el mundo tendrá que reinar.
60. Fuera de los patrones liberales
El que nos hayamos separado de los patrones políticos estilo liberal, tan siglo XIX, después de prolongada, costosa y catastrófica experiencia, y que hayamos vuelto por los fueros de nuestras tradiciones políticas, buscando en los órganos naturales, familia, Municipio y sindicato, las vías primarias de nuestra nueva estructura política, sin la rigidez de una Constitución, obra exclusiva de un grupo o de un momento, haciendo discurrir las energías y la capacidad políticas enteras de la comunidad por los cauces de una Constitución abierta al perfeccionamiento, ofrece a la nación, en el área de la crisis político-social que el mundo vive, un instrumento feliz para la realización de la evolución político-social que la hora demanda.
61. La herencia catastrófica y el camino del resurgimiento
Yo desearía acertar a presentar a vuestros espíritus una estimación justa de estas urgencias que pesan sobre nosotros y la magnitud de los problemas a los que hemos de hacer frente. Pensad que recibimos una Patria empobrecida, sumida en el abandono y dividida hasta el borde de la anarquía, y que dentro de aquella situación hemos tenido que instaurar las condiciones mínimas de un orden social y político a partir de las cuales fuera posible desplegar los ingentes esfuerzos de acción y de reparación que exigían nuestras aspiraciones para España. Que las actuales generaciones recibimos una herencia catastrófica de miserias, de abandonos antiguos y de ruinas, unos antecedentes de postración moral y de desazón tan profundos que fue moral y materialmente necesario el Alzamiento Nacional y nuestra Cruzada para poder cambiar el signo de aquella España que se nos hundía, para encaminarla por el camino de su resurgimiento y de su progreso. Por eso, de un solo golpe descubriréis la intensidad del esfuerzo a que hemos estado sometidos y el orden y entidad de los trabajos que precisamos acometer.
62. El daño de la democracia liberal
Si a los regímenes políticos hemos de juzgarlos por sus frutos y con la serenidad que nos dan los años transcurridos hacemos el balance, ya no de lo alcanzado, sino de lo que bajo el signo de la democracia liberal hemos perdido, llegamos a la conclusión que no podría concebirse un sistema más dañino para los intereses de la Patria y para el bienestar y el progreso de los españoles que el que hasta nuestro Movimiento padecimos. No es necesario en esto el descender al detalle de hechos tan tristes y calamitosos.
63. El atraso nacional y sus causas
Lo trascendente de la pregunta son las causas por las que España está atrasada. Poco importarían los progresos palmarios alcanzados si nosotros desconociésemos las causas que promovieron aquel atraso. No fue el fracaso de sus hombres (que España produjo valores en todos los tiempos), sino el del sistema, el que esterilizó los esfuerzos individuales y apagó los anhelos e ilusiones de todo un pueblo.
Sus luchas intestinas llevaron a nuestra Nación a un escepticismo y una repugnancia por lo político. El carácter individualista, valiente y fogoso de sus hijos hace que sean más necesarias que a otros pueblos normas de disciplina, de autoridad y de orden, que cuando han existido les han elevado a un estado de cultura y de progreso verdaderamente excepcionales.
El retraso que en orden al progreso nos venía causando la lucha de clases y de los partidos políticos es verdaderamente desconocido fuera de nuestra Nación; sólo los que han vivido en ella en los años anteriores a nuestro Movimiento libertador pueden darse cuenta hoy del progreso efectivo alcanzado en todos los aspectos, ya sea éste religioso, cultural, agrícola, industrial o social. Todo ello en nuestra Nación se encuentra en franca marcha progresiva, y su detalle haría esta relación interminable.
64. Las clases trabajadoras y las vicisitudes políticas españolas
No es posible comparar la situación que puede alcanzar un obrero en un país con la que puede alcanzar en otro. Las naciones ricas, con una renta nacional muy elevada en comparación con el número de sus individuos, pueden, por una equitativa distribución de riqueza, llegar a una situación de salarios y de ventajas que otras, pobres, por muy equitativas que sean sus leyes, no pueden alcanzar. Es precisamente una aspiración de nuestro Régimen el que, como consecuencia del resurgimiento de España y de la transformación de su economía, los trabajadores españoles puedan alcanzar un nivel similar al de los países más adelantados. Por esto es más interesante para el obrero que para nadie la elevación y el progreso de la productividad y de la renta nacionales. Si hemos de hacer comparaciones, con el que hay que comparar al obrero español de hoy es con el obrero español de antes.
Cinco años de República y de Gobiernos de predominio socialista demostraron claramente sus perjuicios para las clases trabajadoras. España conoció entonces el paro obrero más alto de todo el siglo. La producción nacional descendió al más bajo nivel que pueda concebirse. Se suspendieron todas las obras públicas creadoras de riquezas: pantanos, riegos, electricidad y ferrocarriles se vieron paralizados. El dinero huyó de España; la instalación de nuevas fábricas y centros de producción se detuvo; las huelgas asolaron al país, y más de cien jornadas de trabajo fueron perdidas en el último año de la República, en que al hambre y a la desesperación de los obreros se respondía con aquella frase de «tiros a la barriga» que hizo tristemente célebre al desdichado presidente Azaña.
El único seguro social conocido en aquella época era el de accidentes de trabajo, ofreciéndose para el futuro, en el de vejez, la más mísera de las soldadas.
Todo lo realizado del 1936 aquí, lo mismo en el orden económico que en el social, pudiera constituir el sueño más ambicionado por los obreros del año 1935.
65. El atraso nacional como base de partida
La base de partida hemos de buscarla en la situación en que recibimos la Nación: aquella España que nuestros adversarios afirmaban era imposible de levantar y en lo que tantos españoles les acompañaban en el juicio; sin embargo, habéis visto cómo sin grandes sacrificios hemos superado los años más críticos de nuestra Historia. Muchos de los trastornos que hoy se nos presentan han llegado a ser cosa pasajera, fenómenos naturales de la crisis de crecimiento por la que pasamos al desarrollarse el país a grandes pasos. Es el precio que necesitamos pagar por la prosperidad misma.
España constituía, aunque esto nos duela, un país atrasado. Después de haber ocupado los primeros lugares de la Historia nos habíamos quedado rezagados del progreso mundial. Nuestra agricultura, salvo privilegiadas regiones, era pobre, atrasada y rutinaria. Nuestras especies ganaderas habían en su mayor parte degenerado. Las riquezas mineras aparecían agotadas en una explotación exhaustiva a través de muchos siglos. Los consumos de primeras materias por habitante, mínimos, y las diferencias sociales y en la alimentación, más acentuadas que en la mayoría de los pueblos europeos.
66. El liberalismo fue el ocaso de España. Estilo y soluciones propias
Hemos buscado una solución en la cooperación de las clases sociales, y no en su divorcio; en su progresivo acercamiento mediante una existencia continuamente mejorada para todos, y no en la desproporcionada supremacía de una falsa minoría. Hemos rechazado la farsa de los partidos y el reinado del materialismo. Somos un pueblo que se deja guiar por el espíritu. Lo hemos demostrado en nuestra guerra civil, en que, a la postre, muchos españoles han muerto por sus ideas. Nuestro Régimen actual tiene exclusivamente sus fuentes y su fundamento en la Historia española, en nuestras tradiciones, nuestras instituciones, nuestra alma. Son éstas, fuentes que habían sido perdidas o contaminadas por el liberalismo. La consecuencia del liberalismo fue el ocaso de España. El olvido de las necesidades del alma española, que nos fue minando durante el siglo XIX y una parte demasiado grande del XX, nos ha costado la pérdida de nuestro Imperio y un desastroso ocaso. Mientras las demás potencias mundiales de aquellos tiempos lograban forjar sus fuerzas, nos hemos sepultado en un sueño de más de cien años.
67. El declive histórico español
Una buena política nos hubiese permitido luchar con armas iguales, pues todo se crea o todo se reemplaza. No había más que un problema político desde el año 1830 hasta la restauración de la Monarquía en el año 1870, por causas de las guerras civiles, que nos apartaron de Europa y de la revolución industrial. Cuando la Restauración intentó recuperar el tiempo perdido, cincuenta años habían transcurrido ya, y poco después, en el momento de la pérdida de los últimos vestigios del Imperio, nuestra economía se basaba en la agricultura y en los intercambios comerciales importantes con lo que nos quedaba aún de nuestras colonias. La pérdida de dichas colonias ha tenido consecuencias económicas de una incalculable importancia. Nuestra neutralidad durante la primera guerra mundial contribuyó para mejorar la situación —España tenía entonces menos habitantes—, pero una agravación se produjo entre las dos guerras por causa del desequilibrio permanente de nuestros intercambios comerciales, lo que trajo consigo la desvalorización de nuestra moneda.
Los hombres de la República se mostraron incapaces de considerar objetivamente estos problemas; sus sectarismos les empujaban a dar al problema político, enfocado según criterios de clases, más importancia que a los intereses nacionales.
Nuestra Victoria hizo posible la unificación del Poder, necesaria para la renovación económica urgente y para el progreso social de la Nación.
A la generación llamada del 98 —pensadores y «dilettantes»— se ha opuesto la generación de los hombres de acción surgidos desde 1935, cuyas realizaciones se han traducido en el desarrollo económico de España.
68. El antiguo sistema político deshizo a los hombres de mérito
En general, el conjunto de los hombres políticos españoles que han gobernado y que yo he conocido, directa o indirectamente, antes del Movimiento Nacional, no supo colocarse a la altura de las circunstancias. No se trata de que no haya habido hombres extraordinarios en España; lo que ocurría era que el sistema político les destruía o les condenaba al ostracismo. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con Antonio Maura, apartado por las conspiraciones de los partidos. Canalejas y Dato, ambos presidentes del Consejo de Ministros y prestigiosos estadistas, fueron asesinados. Lo mismo ocurrió en 1936, con Calvo Sotelo, el principal colaborador de la obra de Primo de Rivera, «suprimido» por la Policía del Gobierno de la República porque era el jefe de la oposición monárquica. Es de todos conocido que esta afrenta provocó el Levantamiento liberador. Ya durante el transcurso de la guerra civil, figuras como las de José Antonio Primo de Rivera y Víctor Pradera, tan ricas en promesas, fueron fusilados por los rojos.
69. El Régimen español, sistema político-social de Derecho.—La quiebra de la legalidad republicana en 1936
Nació el Régimen español no como sustitutivo conveniente de otro régimen torpe, incapaz o inadaptado a la personalidad histórica de España y a sus necesidades. En 1936 había quebrado la legalidad republicana al convertirse el mismo Poder en promotor y protagonista de la más radical subversión de los derechos de la persona y de la sociedad. Al ordenar el Gobierno a la Policía del Estado el asesinato del jefe de la oposición parlamentaria y entregarse a los designios de Moscú, dejaban de existir los últimos restos del que se decía Estado de derecho. En consecuencia, las fuerzas armadas de la Nación, conscientes de sus deberes para con la Patria y en cumplimiento de lo que prescriben sus leyes constitutivas, con el respaldo entusiasta del pueblo sano, alzado en armas para defender su existencia, su historia y su soberanía, eligen y nombran un Caudillo y abren una etapa creadora, instauradora, fundacional.
Lo que con el Movimiento y la Cruzada surge no es la pasarela ni el puente, que tendido sobre el turbio caudal de unos años de miseria, traición y terror, restaura y restablece la unión entre dos orillas, sino una concepción política y una estructura estatal que por ser legítimas de origen y por estar insertas biológicamente en las entrañas de la tradición y ser conformes con los imperativos de nuestro tiempo, cristaliza desde el primer instante en un sistema político-social de derecho, españolamente original, superador, sin lastres ni taras, con un sentido de la continuidad histórica y una sincronización vital con las exigencias de justicia y transformación social que caracterizan y especifican a la etapa actual del mundo.
70. Corrección de injusticias seculares
Yo creo que esa transformación de la Patria, que la corrección de injusticias seculares para levantar a nuestra Nación y ponerla a la altura de las demás, son el nexo más grande que debe unir a todos los españoles y a todos los periodistas con los demás sectores de la Nación.
71. Experiencia española de anarquía y fragilidad institucional. Siete revoluciones en treinta años
En menos de treinta años sufrimos siete movimientos revolucionarios: el de 1909 en Cataluña, con su Semana Sangrienta. En 1917 en toda España, con la huelga general revolucionaria. El advenimiento de la Dictadura en 1923, que puso un paréntesis de paz y orden, con una revolución constructiva deshecha por la intriga de los partidos, que en 1931 nos trajo la implantación de la República. En 1932 tuvo lugar el movimiento frustrado del 10 de agosto, y dos años después, en 1934, la revolución comunista y separatista de Asturias y Cataluña. Y en 1936, por fin, el Movimiento Nacional, con el que se puso término al anterior desenfreno.
72. La República acrecentó todos los males
La República acrecentó y multiplicó todos estos males, agravándose la desintegración nacional con el pacto con los separatismos. La libertad de las conciencias, con leyes perseguidoras de la religión y de la Iglesia; la defensa nacional, con la debilitación de las instituciones castrenses; el orden, con el quebranto del principio de autoridad; el trabajo, con la paralización económica, y los fundamentos de nuestra civilización occidental, con el deslizamiento rápido hacia el comunismo.
73. El anárquico sistema liberal y la atomización del campo social
Si fueron tantos los sacrificios que nuestra Nación necesitó en nuestra Cruzada para que la Patria se salvase, no podía abandonársela de nuevo a aquellos viejos sistemas que la venían aniquilando. Y ningún camino más fácil ni más recto, para este primero y básico objetivo, que la desaparición del anárquico sistema liberal, cuya consecuencia insoslayable e inevitable es la atomización del cuerpo social y su sustitución por un sistema de organización político-social basado y estructurado sobre las unidades o entidades naturales de convivencia.
No son las entidades nacionales fragmentadas, atomizadas, artificialmente montadas y en el fondo disgregadas, las que pueden unirse en una superior y más alta unidad. Los partidos políticos son entre sí dispares, beligerantes frente a lo común, mientras que la Familia, el Municipio y los Sindicatos, dentro de las modalidades propias de cada pueblo, tienen denominadores comunes; sus fines naturales siempre y en todas partes son los mismos.
74. Ineficacia y contrasentido de la democracia inorgánica
Cada día se acusa con mayor claridad en el mundo la ineficacia y el contrasentido de la democracia inorgánica formalista, que engendra en sus mismas entrañas una permanente guerra fría dentro del propio país; que divide y enfrenta a los ciudadanos de una misma comunidad; que inevitablemente alimenta los gérmenes que más tarde o más temprano desencadenan la lucha de clases; que enciende la unidad nacional al disgregar en facciones beligerantes unas partes de la Nación contra las otras; que mecánica y fatalmente provocan con ritmo periódico la colisión entre las organizaciones que se dicen cauces y mecanismos de representación pública; que en lugar de constituir un sistema de frenos morales y de auxiliares colaboradores del Gobierno, alimentan la posibilidad de socavar impunemente el principio de autoridad y el orden social.
75. Herencia ruinosa
Muchos que desconocen el pasado pretenden tacharnos de que vamos con calma. Y yo llamo la atención de esos españoles para que piensen cuál es la herencia que recibimos; cuál era la situación de España; cuáles eran las luchas sociales esterilizadoras de todo avance y progreso humano y económico; cuál era la base económico-social de que partimos; quiénes se llevaron el oro de la Nación; quiénes arruinaron sistemáticamente la producción española; quiénes la abandonaron y negaron al Estado el derecho o, mejor dicho, el deber de realizar la transformación de la Nación creando nuevos puestos de trabajo, despertando riquezas, multiplicando bienes, levantando nuevas fuentes de colocación para sus hijos y para el empleo de todos sus brazos.
Hemos de recordar que cuando vino la República, su primer acto fue suspender todas las obras públicas españolas, calificándolas de derroche. ¿Y qué eran las obras públicas que se habían concedido en tiempos del general Primo de Rivera? Pues nada menos que el riego futuro de nuestros campos, el levantamiento de nuevas fábricas, el refuerzo de nuestra economía. Evidentemente, con aquella suspensión se quería el hambre y la miseria para mejor especular con ellas. Nosotros, sin embargo, con la Nación despojada de todo, nos hemos tenido que encarar con aquellos problemas. Y si hoy hemos tenido una ligera contracción, es la necesaria e indispensable para seguir marchando. La herencia que nosotros recibimos fue una herencia ruinosa. Todo eran deudas, no teníamos ni disponíamos de nada. Decían nuestros adversarios que nos dejaban y abandonaban una nación inviable, imposible de levantarse. Así lo creían también no solamente los que se marcharon, sino muchos de los que se quedaban.
76. Desastre histórico del sistema liberal
Calvo Sotelo conocía bien lo que todo esto significó en el destino histórico de España, que se acusa a través de toda la historia política del siglo XIX, que nos ofrece: la España chata y chabacana, de espíritu decadente, incapaz de continuar siendo cabeza de un imperio, ni sostener sobre sus hombros el peso de su gloria. Cuando los pueblos quieren hacer algo serio y proyectarse al exterior, necesitan unir sus espaldas, levantar la vista de las miserias internas, buscar dilatados horizontes, sin neutralizarse en divisiones y luchas intestinas que acaban destruyendo mutuamente a sus hombres y haciendo naufragar los mejores propósitos.
Si abandonando la historia pasada queremos extraer las lecciones de la era contemporánea en la que Calvo Sotelo vivió, los hechos nos abruman. Unos solos datos formales nos darán una clara idea de la incapacidad de aquel régimen para que por él pudiera regirse nuestro pueblo.
¿Sabéis cuántas crisis políticas hubo bajo la monarquía liberal, constitucional y parlamentaria en los años que van de 1900 a 1923? Cincuenta y tres, que representó una media de dos o tres Gobiernos por año. ¿Qué acción cabe con esa discontinuidad?
Mas si nos trasladamos a los años de la República, en el período que va de febrero de 1931 al Movimiento Nacional, o sea, un total de cinco años, vemos sucederse veintidós Gobiernos, que representan un poco más de cuatro por año.
Aquel régimen entrañaba en sí mismo la incapacidad. ¿Qué rendimiento podríamos asignar a cualquier empresa, por modesta que fuera, que cada cuatro meses hubiese de cambiar de dirección? ¿Qué no habrá representado en las grandes empresas nacionales, que requieren estudios prolongados y años para desarrollarse?
Pues si pasamos al campo formal de las libertades políticas, de la vigencia de las garantías constitucionales, en los mismos períodos, nos encontramos que en los años 1900 a 1931, años en que todavía no habían tomado estado las maquinaciones internacionales de la guerra fría, estuvieron suspendidas las garantías durante tres mil trescientos veinticuatro días, que equivalen a una media de ciento cuarenta y cuatro días al año, y durante la República, ochocientos cuarenta y dos días, con una media de ciento sesenta y ocho días al año.
Datos estos que creo bastarán para demostrar a las generaciones nuevas que no conocieron aquellos tiempos, cuáles eran las realidades españolas en la etapa que le tocó vivir a nuestro mártir, y las características de aquella desdichada República que padecimos, que al cabo de veinte años algunos de sus seguidores pretenden presentárnosla como dechado de virtudes cívicas.
77. 1936: desintegración nacional
Por el contacto que por mi profesión tuve durante medio siglo con los hombres de todas las regiones españolas y de los diversos sectores sociales llegué a la convicción de que la crisis española, que en 1936 se agudizó hasta el límite de la desintegración nacional, no era crisis del pueblo, cuyas virtudes y calidad espiritual jamás fallaron en las horas decisivas de nuestra historia, sino una quiebra total del sistema político y social imperante, unido a la falta de visión de sus clases directoras. El pueblo español, intelectual, bien dotado, de gran imaginación y cabeza clara, se encontraba acéfalo y sólo esperaba la unidad, la disciplina, el orden y la racionalización para triunfar.
Lo que una gran mayoría de los españoles, no han conocido y las generaciones nuevas ignoran era el verdadero estado de la Nación al cabo de más de un siglo de desgobierno en sus aspectos espiritual, social y económico. Los vaivenes y la disgregación que el sistema político engendraba, unidos a la carencia de ideales colectivos limitaban el horizonte de cada español a la contemplación egoísta de su propio caso, mientras la Patria, degradada y empobrecida, se precipitaba por la pendiente de la desintegración.
78. Últimas consecuencias del mecanismo liberal
Bastaba la más elemental sensibilidad para percibir que los viejos tinglados políticos se hundían, y que otras fuerzas, desde motivaciones y planos morales e ideológicos, habían irrumpido con ímpetu incontenible, dispuestas a llenar el vacío ético, institucional, religioso y humano abierto por el liberalismo decimonónico, pero con una dialéctica materialista espiritualmente paganizada y unas estructuras político-sociales que eran estimadas como mera prolongación de la personalidad única del Estado. En definitiva: que se desencadenaban con furia iconoclasta las últimas consecuencias del mecanismo liberal, devorando a su propio progenitor.
79. Sistema de principios y orden jurídico
La gran debilidad de los Estados modernos radica en su carencia de contenido doctrinal, en haber renunciado a mantener una concepción del hombre, de la vida y de la Historia. El mayor error del liberalismo es su negación de toda categoría permanente de razón, su relativismo absoluto y radical, error que, bajo versión distinta, se acusó en aquellas otras corrientes políticas europeas que hicieron de la «acción» su exigencia única y la suprema norma de su conducta. Y como la manifestación específica y más sustantiva del Estado es la positivización del orden jurídico, éste, cuando no procede de un sistema de principios, ideas y valores reconocidos como superiores y anteriores al mismo Estado, desemboca en un omnipotente voluntarismo jurídico, ya sea su órgano la llamada «mayoría», puramente numérica e inorgánicamente manifestada, ya sean los supremos órganos del Poder.
80. Años de decadencia y sistema político
En nuestros años de decadencia no fue ésta consecuencia del estado de nuestro pueblo, sino de la conformidad de las clases dirigentes. Constituía el fruto natural de todo un sistema político. Por ello, nuestra Cruzada no se libró contra nuestros hermanos españoles, sino contra todo el sistema que los aprisionaba. Así podemos decir que constituyó una verdadera guerra de Liberación, la indispensable operación quirúrgica que la gran invasión del mal nos exigía, llevada a cabo con el mismo dolor con que se amputa un miembro al ser querido.
81. Las ofensivas contra España
Y estas soluciones españolas, esta política española, hieren los intereses de los credos políticos capitalistas liberales, los de la masonería y también los del comunismo. Por eso las ofensivas contra España, la compra de agentes, el soborno de traidores, para perturbar la parte productiva de nuestra Patria, para frenar su desarrollo, para que no se realice nuestro bienestar, el bien común que precisa España, y en el que hoy nuestro Régimen va por delante de los regímenes extranjeros.
1-IV-1964 (25 Años de Paz)
82. Recuerdo del fracaso histórico liberal.—Balance del siglo XIX y principios del XX.—El fallo del sistema político, responsable de la decadencia nacional
En este orden de cosas yo no debo prescindir de recordaros aquel panorama histórico que expuse ante las Cortes Españolas del 14 de mayo de 1946, al hacer balance del siglo XIX y principios del XX, que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra historia, por constituir la negación del espíritu español en relación con nuestra fe, la amenaza para nuestra unidad, la desaparición de nuestro Imperio y la pérdida de todo un siglo para el progreso.
Así, en el primer período del siglo hasta la vuelta de Fernando VII en 1814, España sufre una Guerra de la Independencia con la invasión del país y tres regencias. Del regreso de Fernando VII a su muerte en 1833, España vive en una continua lucha civil, terminada con la intervención armada del extranjero al tiempo que se perdía la unidad de los pueblos hispánicos. En la siguiente etapa, de la muerte de Fernando VII al destronamiento de Isabel II, en treinta y cinco años pasaron por el poder 41 Gobiernos, dos guerras civiles, dos regencias, una Reina destronada, tres nuevas Constituciones, quince sublevaciones militares e innumerables disturbios interiores. Del destronamiento de Isabel II a Don Alfonso XIII, unos treinta y cuatro años, España tuvo 27 Gobiernos, un Rey extranjero, una República que en once meses tiene cuatro Presidentes, una guerra civil (última carlista), una guerra exterior con los Estados Unidos y la pérdida de los últimos restos de nuestro Imperio colonial. De la coronación de Alfonso XIII al 14 de abril de 1931, 29 Gobiernos, dos Presidentes asesinados y varios movimientos revolucionarios. En la Dictadura, que dura siete años, reinó la paz, el orden y el progreso; el año que la sucede acaba con el destronamiento del Rey y la proclamación de la República. Esta, que va de abril de 1931 a julio de 1936, tuvo en poco más de cinco años dos Presidentes, 12 Gobiernos, una Constitución constantemente suspendida y la repetición de movimientos perturbadores del orden con una revolución comunista y el intento de separación de dos regiones, así como el asesinato por las fuerzas de policía del Gobierno del jefe de la oposición, nuestro llorado Calvo Sotelo; 117 Gobiernos en ciento tres años. Como se ve, el balance no pudo ser más catastrófico.
Muchas veces he recordado que la decadencia de España no era una decadencia del pueblo español, que en todos los momentos y en todas las circunstancias ha dado muestras de su genio, registrando enormes heroísmos, santidades sublimes y geniales destellos de inteligencia. Hemos de reconocer que los hombres éramos sensiblemente los mismos, que lo que fallaba y hacía imposible su acción era el sistema político que los destruía. Faltaba la autoridad, la unidad y la continuidad indispensables.
83. Las enfermedades en las naciones duran siglos y las convalecencias decenios. Prudencia, comprensión y amor necesarios en el Gobierno de España
Pudiera aducirse que esas bases sociológicas, de cuya creación nos enorgullecemos, podrían haber sido establecidas por un régimen político diferente. Semejante afirmación sería fácilmente refutable. Bien claro está que los sistemas liberales que rigieron los destinos de España desde principios del siglo XIX hasta 1936 no lograron establecerlas.
Las enfermedades en las naciones duran siglos y las convalecencias decenios. España, que con altibajos, ha permanecido tres siglos entre la vida y la muerte, empieza ahora a abandonar el lecho y dar cortos paseos por el jardín de la clínica. Los que quisieran enviarla ya al gimnasio a dar volteretas, o no saben lo que se dicen o lo saben demasiado bien.
Mucha es la tarea que nos espera; nuestro país necesitará por largos años ser gobernado con infinita prudencia y también con comprensión y amor. Hay que evitar, sobre todo, los lujos de la alegre e impulsiva improvisación, de la libertad de volverse contra sí mismo, de disgregarse en bandos enemigos. Su salud, apenas renaciente, no resistiría por mucho tiempo esa prueba.
