El día 1 de julio de 1937 se escucha por fin la voz unánime de todo el episcopado español en favor de Franco. Antes eran voces aisladas, hoy son todas estas voces juntas a la vez. Su eco va a tener resonancias por todos los rincones del orbe. En este día aparece la Carta Colectiva del Episcopado Español. La firman tres cardenales, cinco arzobispos, treinta y cinco obispos y cinco vicarios capitulares. No la firma el cardenal de Tarragona, Vidal y Barraquer, por miedo a venganzas contra el clero de Cataluña que aún no ha sufrido persecución; no obstante, escribe a Gomá que «la encuentra admirable de fondo y forma». Tampoco firma el obispo de Vitoria, don Mateo Múgica, coautor de la primera carta episcopal a favor del alzamiento de Franco, en agosto de 1936, porque está fuera de España.
La Carta Colectiva del Episcopado Español es la justificación total del Alzamiento ante la anarquía del desgobierno republicano. No es una militarada: «El pueblo sano se incorporó en grandes masas al Movimiento que por ello debe calificarse de cívico-militar». Se alude expresamente al interés volcado por Franco desde Canarias, mientras era todavía tiempo para evitar la guerra, ante el jefe del Gobierno, Casares Quiroga, que no le prestó ninguna atención. Así es que «hoy por hoy no hay en España más esperanzas para reconquistar la justicia y la paz que el triunfo del Movimiento».
En esta Carta se lamentan los obispos del «desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre» y de la «labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas», que colaboran con el enemigo señalado como «antipatria», conviene…
El vocablo que tanto indignó a Manuel Azaña, es una que episcopal —repara R. de la Cierva en Francisco Franco, t. 3, pág. 192. Edit. Planeta, 1982.—
«Es una lección singularmente oportuna la que nos dais», con estas palabras apuntaba el Emmo. Sr. Cardenal Verdier, arzobispo de París, la cualidad primera y más señalada del Documento de la Jerarquía Española. «Se deseaba y se esperaba», escribía en conmovedora carta el Vicario Apostólico de China. Por su parte el obispo de Salto, Dr. Tomás Camacho, declaraba en el Uruguay: «Las circunstancias imponían tan luminosa y autorizada exposición; y la pedían a voz en cuello los sagrados derechos de la verdad y de la justicia».
De parecida manera se expresaba en septiembre de 1937 en uno de sus editoriales la revista inglesa The Month: «Lo que los amantes de España y de la Iglesia han estado esperando, desde largo tiempo, ha llegado al fin con la Declaración Magistral de los Obispos Españoles, que tomó cuerpo en la Pastoral Colectiva del primero de julio de 1937. Es un manifiesto escrito por quienes están mejor capacitados para saber la verdad, y mejor autorizados para exponerla. Con lo cual barren los embustes de la prensa roja y las falaces informaciones tendenciosas de los católicos defensores del Gobierno de Valencia y de los sofistas extranjeros, máxime franceses».
Y la oportunidad nació de la necesidad imperiosa y urgente. El Rvdo. Rossell escribía desde el Canadá: «Antes de aparecer este gran Documento se advertía entre nosotros cierta duda o recelo, falta de decisión y timidez al tratar del comunismo, pero a medida que la Carta Colectiva se va difundiendo, se ha ido operando un cambio notabilísimo en el lenguaje de los protagonistas y hasta en el espíritu público y en las autoridades civiles».
Por si las dudas que sentían en aquellas regiones polares tan remotas nos pareciesen explicables en atención a la distancia tan lejana, bien a la mano estaba Bélgica con una información tan deficiente que el mismo cardenal Van Roey apenas contaba con otra que no fuera la del Gobierno rojo y tanto que el día 8 de agosto de 1937…
Tellerías, Redentorista, escribía: «El católico belga no era nuestro; nos miraba de reojo, daba crédito a las informaciones nacionales…»
Mas comenzó a correr la Carta Colectiva y la actitud cambió. Con la calurosa recomendación del Cardenal de Malinas, el ambiente se trocó. Y continuaba el mismo P. Tellerías: «…de decirse que este luminoso y oportuno documento de la Jerarquía Eclesiástica Española supuso más para la opinión nacional en el extranjero que la toma de Bilbao y de Santander. De un golpe han cesado las vacilaciones de la prensa, y el dar la misma importancia a los Comunicados de Valencia que a los de Salamanca».
Se encontraba la Iglesia Española en la crisis más aguda por la que había pasado desde la era romana de las persecuciones. ¿Cómo iban a callar los Pastores? ¿Para qué iban a dejar su protesta airada y sus apelaciones a la conciencia universal de los pueblos honrados? Porque a la persecución doméstica de España se le añadía el que ni siquiera comprendían y se valoraban sus sufrimientos; y encima se aumentaban con la insidia y el embuste y la interpretación retorcida de los hechos, sin apenas reconocerles a las víctimas el respeto y la condolencia debidos, por serlo en una tan noble causa. Y, por último, se pesaban la razón y la sinrazón, la justicia y la injusticia en el mismo platillo de la misma balanza y con las mismas pesas. Era el crimen colectivo mayor del presente siglo. Decía el obispo de Jujuy: «Es cierto que ha sido unilateralmente enjuiciado y vilmente calumniado el noble y caballeroso gesto de los que, fieles a las tradiciones seculares, no quisieron una España sin honor y sin Dios».
MÁS EFECTOS DE LA CARTA
Los obispos no podían callar porque la guerra tenía un marcado motivo religioso. Corral Olariaga, en el periódico «El Alcázar», 1976.
Por aquel entonces el gran poeta francés Paul Claudel escribió su famosa oda «Aux martyrs espagnols», como prólogo en verso a un folleto de propaganda a favor de la Cruzada, publicado por Joan Estelrich, oriundo de Cataluña, que residía en París.
Ya habían sido martirizados doce obispos, más de seis mil sacerdotes y religiosos, muchos miles de seglares, hombres, mujeres y niños, veinte mil templos destruidos. Se estaba ejecutando una de las mayores persecuciones de la Iglesia.
De esta Carta se lanzaron 36 ediciones, en 14 lenguas, reproduciéndose a su vez en numerosos periódicos. Prácticamente recorrió todo el mundo cambiando la mentalidad de millones de hombres, muchos de ellos diplomáticos y políticos.
A finales de la guerra, esta Carta había de participar en el resplandor de la aureola del martirio de uno de los prelados que la firmaron. El santo obispo de Teruel, padre Anselmo Polanco O.S.A., apresado por las izquierdas, prefirió morir quemado vivo el 7 de febrero de 1939 antes que renegar de su fe y de haber firmado la Carta Colectiva. La Carta Colectiva fue un gigantesco monumento levantado al espíritu cristiano de la Cruzada capitaneada por Franco.
La Carta Colectiva del Episcopado Español es otro triunfo más de Franco.
El Caudillo había conferenciado largamente con Gomá en Burgos el 10 de mayo sobre la situación de la Iglesia en España. Le advirtió de las pésimas impresiones que recibía del extranjero sobre la jerarquía eclesiástica española y le ofreció toda la aportación del Estado que precisase para exterminar tanta infamia. El Primado ya conocía todo esto y mucho más, pero tuvo ocasión de admirar una vez más la grandeza espiritual del Generalísimo.
Le comunicó que estaba en proyecto, a sugerencia de la Santa Sede, una Carta Colectiva del Episcopado Español, cuya redacción apresuraría a causa de este diálogo. Y la Carta vio la luz pública el 1 de julio.
Por aquellos días sacerdotes exiliados editaron en Lieja (Bélgica) una oración a la Virgen del Pilar, que también redunda en beneficio de Franco.
«A ti, oh María, reina de la paz, volvemos siempre nosotros los esperanzados hijos de la bien amada España, hoy envilecida, ultrajada, mancillada por el bolchevismo criminal… Te rogamos que vengas en nuestra ayuda para conceder el triunfo a los gloriosos ejércitos del libertador y reconquistador de España, del Caudillo.
¡Viva Cristo Rey!».
Esta oración se divulgó en millares de estampas.
En Inglaterra se encontraba en aquella época el sobresaliente apologista católico Douglas Jerrold. Escribe en su libro autobiográfico «Georgian Adventure», refiriéndose a una entrevista con Franco: «Franco es un hombre bueno en toda la extensión de la palabra, tal vez un héroe y posiblemente un santo».
Asimismo por estas fechas se comenta el extraordinario éxito que estaba gozando en Italia un libro del fraile dominico Venancio D. Carro, que había aparecido en mayo. Se titulaba «La verdad sobre la Guerra Española». Su edición había sido financiada nada menos que por Alfonso XIII.
Este libro fustigaba a quienes pensaban que podían ser neutrales en una guerra como la de España, porque no había derecho a medir con el mismo rasero «a los asesinos, a los traidores a Dios y a su Patria, como a quienes morían expresamente por Dios y por su Patria». Como es de suponer los enemigos de la Iglesia de entonces como los de ahora adjudicaron a este libro el insulto de «panfleto».
El 16 de julio, muchos templos se llenan de fieles para celebrar novenas fervorosas al Apóstol Santiago, suplicándole que proteja a las tropas cristianas de Franco que luchan contra las anticristianas de Azaña, lo mismo que protegió a las del rey don Ramiro contra las de Mahoma en Clavijo. En este tiempo se estaba librando la terrible batalla de Brunete. De ella había dicho Franco: «El vencedor de Brunete será el vencedor de la guerra».
El 17 de julio, los lectores del ABC de Sevilla se encuentran con una de las entrevistas más interesantes de Franco en la guerra. Respecto al hijo de Alfonso XIII, don Juan de Borbón, afirma: «… a primeros de agosto intentó ponerme a las órdenes de la Marina española. Pero yo no pude acceder a sus deseos, porque mi responsabilidad no podía poner en peligro una vida que podría sernos preciosa. Debo añadir a lo anterior que hay actualmente dos bandos españoles en guerra, uno de los cuales está integrado por los sin patria y por los sojuzgados por el látigo ruso, pero ya nos encontraremos todos solos en España, y si en el Estado volviera un rey, tendría que venir de pacificador, y no podría contarse en el número de los vencedores ni de los vencidos».
Y asegura que las relaciones con el Vaticano «son oficiosas y cordiales, como corresponde a un Estado católico».
Este mismo mes Franco ha declarado a la Gaceta de Frankfort para los alemanes: «Separar lo católico de lo español y quedará herido de muerte», recuerda esta frase de Balmes y agrega: «En España no hay problema religioso, pues la totalidad del país es católico, y nuestro episcopado es ejemplo de virtudes y de apartamiento de las cosas temporales».
Con estas palabras el Caudillo defiende a los obispos de las intromisiones en asuntos del Estado, de que les acusan sus enemigos.
RÉPLICA DE LA REPÚBLICA A LA CARTA DE LOS OBISPOS
Ante la pronta y abundante cosecha de adhesiones a la causa de Franco producida por la Carta Colectiva del Episcopado Español reacciona inmediatamente el Gobierno de la República. Convoca el II Congreso Internacional de Escritores para el día 5 de julio. Azaña, el Presidente, sin embargo, lo reprobará. Le subleva que el ministro de turno ponga a disposición de los «intelectuales» participantes una flota de automóviles lujosísimos que les trasladan de Valencia a Madrid y que les agasaje con opíparos banquetes, mientras el pueblo lucha en los frentes y se muere de hambre en la retaguardia. Azaña, indignado, hasta se niega a presidir la clausura, «porque no había acudido ninguna personalidad importante del exterior y la delegación española no era más lúcida que las extranjeras». Son frases éstas que Azaña deja anotadas en su Diario.
Otra reacción contra la célebre Carta se produce en Cataluña. Procede de destacados vascos «católicos» huidos a esta tierra. Pero a estos hombres, y aquí, nadie les hace el menor caso. Para los separatistas catalanes son más temibles los cañonazos de los ejércitos nacionales que los anatemas o reproches de todos los obispos juntos. A ellos la Iglesia les importa un bledo.
Pero las conclusiones del mencionado Congreso no tardaron en recibir la réplica oportuna. Cierto grupo de intelectuales de la zona nacional, profesores de diversas universidades, lanzan un manifiesto justificando el alzamiento y enalteciendo la justicia y el bienestar que reinan en la España liberada en contraste con la anarquía y el malestar de la otra España.
