1. El acercamiento de España a Francia fue una consecuencia natural de la conducta marroquí: en mayo de 1962 la policía española procedió a detener en Algeciras, La Línea y Silla (Valencia), automóviles argelinos que, procedentes de Marruecos llevaban armas para el F.L.N. dando cuenta a la policía francesa. Franco estaba preocupado porque el Gobierno marroquí se debilitara y por los síntomas de una presencia soviética, aquí y en Canarias; el 28 de mayo el Estado Mayor recibió la noticia de que las fuerzas aéreas marroquíes disponían de Mig-17 y Mig-14 soviéticos, que eran superiores a los F-86 norteamericanos que tenían las españolas. Aunque no se traslucía al exterior, porque los corresponsales extranjeros estaban mal informados, la tensión con Marruecos iba en aumento.
De pronto, el 30 de junio de 1962, Marruecos tomó la decisión de ampliar sus aguas jurisdiccionales de 6 a 12 millas, prohibiendo en ellas la pesca. De nuevo Carrero, que estaba asumiendo la directa responsabilidad de la política africana, preparó un dossier para informar a Franco: los acuerdos hispano-marroquíes garantizan el derecho de pesca; no hay que ceder. Se ordenó a los buques de guerra españoles que escoltaran a los pescadores y Marruecos retrocedió. Pero en cuanto la armada suspendió su vigilancia, las patrulleras marroquíes, pasando a vías de hecho, comenzaron a capturar barcos españoles.
2. Saltó en el verano de 1962 el enfrentamiento entre Marruecos y Argelia. En el momento mismo en que el Ministro de Asuntos Exteriores, Balafrej, llegaba a Madrid con una propuesta de conferencia entre Franco y Hassan II, los teletipos estaban transmitiendo la noticia de que un choque armado tenía lugar en la frontera cercana a Tinduf (6 de setiembre). Franco no deseaba en estos momentos la entrevista. Tenía sobre su mesa dos documentos, uno sobre la conducta del Gobierno marroquí, congelando la cooperación prevista en el tratado de 1957, y otro sobre las campañas de prensa que se producían en el país vecino: sin una minuciosa negociación previa cualquier condescendencia por su parte podía ser torcidamente interpretada.
La lista de agravios española, elaborada por los colaboradores de Castiella, era muy larga: sin preocuparse por las condiciones firmadas, los funcionarios marroquíes de todo rango se comportaban con absoluta arbitrariedad. Los españoles son eliminados de los puestos de trabajo y expulsados del país; cuando cruzan la frontera ignoran si se les concederá visado de retorno; los que tienen propiedades agrícolas son robados y maltratados impunemente. La enseñanza del español ha sido bloqueada, prohibiéndose a los maestros crear asociaciones, y dentro de un año no habrá alumnos para nuestra lengua. A los sefardíes se niega el reconocimiento de su nacionalidad. Ninguna deuda ha sido pagada. No se respeta el derecho de los españoles a pescar. Mientras en España se otorgan todas las licencias para comprar en Marruecos, éste no concede ninguna. En estas condiciones, ¿de qué hablar en una entrevista directa? Entre los rumores que recogían los corresponsales había uno especialmente grave: Hassan II, que especulaba con la protección norteamericana, se proponía pedir apoyo de la Casa Blanca para reivindicar Ceuta y Melilla. La Asamblea de las Naciones Unidas podía ser el escenario.
Al término de la visita de Balafrej se publicó una nota que pretendía esconder las tensiones bajo un lenguaje de cordialidad: algunos militares españoles se alarmaron temiendo que se preparasen concesiones en las plazas fuertes de soberanía o en el Sahara. Más aún, porque se filtró la noticia de que en el Consejo de Ministros Franco había aceptado la posibilidad de independencia para Guinea, en el futuro. Castiella hizo telegrafiar a Lequerica, para que éste supiera a qué atenerse, las palabras textuales del Generalísimo, tomándolas del acta del Consejo:
«En Guinea no hay verdadero problema. Se cuenta con la efectiva adhesión de sus habitantes, unas doscientas mil almas, que disfrutan de un nivel de vida superior al de sus vecinos. Podría decirse que la Península es la colonia de Guinea. Absorbe a un alto precio el café y el cacao que allí se produce; el Estado dedica a estas provincias, en tanta o mayor medida que a las demás, sus esfuerzos para elevar y mejorar su situación; desarrolla también los medios para la mejora cultural de sus naturales a fin de que puedan ocupar toda clase de puestos y funciones. Si por el alejamiento o por sus especiales características humanas quisieran un día modificar su estatuto actual, y su mayoría se dirigiese por ese camino, España no crearía ningún obstáculo para concertar con estas provincias su futuro. En la actualidad, el espíritu que reina en aquella región —que no puede ser desfigurado por la existencia de unas docenas de disidentes— es el de mantenerse integrados en la nación española y lo único que les aterra son las maniobras exteriores para tratar de separarlos de España sin otra consecuencia que la de resultar víctimas propiciatorias de ambiciones ajenas. Estas provincias españolas han mantenido tradicionalmente y siguen manteniendo las mejores relaciones con los estados vecinos y están dispuestas a intensificarlas cada vez más en adelante».
3. Por varias razones, pues, la renovación de los acuerdos con Estados Unidos tenía dimensiones africanas: porque la doctrina Kennedy fomentaba los entusiasmos independentistas, porque España se sentía amenazada desde un nuevo frente, y porque Marruecos estaba especulando con el apoyo norteamericano en su eventual enfrentamiento con los españoles. El 19 de setiembre el ministro portugués de Asuntos Exteriores, Franco Nogueira, llamó a Ibáñez Martín para comunicarle sus noticias: en la conferencia de Libreville se había acordado llevar la cuestión de Guinea española a la O.N.U. acompañándola de acciones terroristas; por otra parte, Marruecos ha prometido a Enrique Líster ayuda para sus acciones contra el Régimen español.
Pero los servicios del Ministerio Español de Asuntos Exteriores advirtieron: Portugal trata de arrastrarnos a una identificación con su política que está provocando la movilización de la izquierda europea contra Salazar; no caigamos en esta trampa. Debemos apoyar a Salazar, por agradecimiento y conveniencia, pero no mezclarnos en este problema colonial, tan distinto del nuestro y que no lleva sino al desastre. Por otro lado Garrigues, desde Washington, daba otra versión de la conferencia de Libreville y de la visita de Balafrej a los Estados Unidos: Camerún y Gabón, vecinos codiciosos, pidieron que se llevase el tema de Guinea a la O.N.U., pero Senegal y Mauritania se negaron defendiendo la conducta del Gobierno español. Parece que Marruecos no ha obtenido el apoyo que esperaba y va a insistir en el Sahara, pero dejando Ceuta y Melilla para mejor ocasión.
Ciertamente Marruecos estaba ofreciendo negociar. Había bastado una corbeta, Diana, para que las lanchas marroquíes se alejasen y tres buques españoles detenidos fuesen liberados, sin multa. El problema de la pesca era más complejo de cómo lo presentaban la Marina y Carrero Blanco, a juicio de los diplomáticos españoles pues el convenio de 7 de julio de 1957 había acordado respetar las aguas jurisdiccionales otorgándose en ellas las licencias de pesca necesarias. Cuando la legislación marroquí extendió de 3 a 6 millas estas aguas, España no dijo nada, pues estaba haciendo lo mismo, pero tácitamente aceptó la potestad del Gobierno de Rabat para fijar límites. Cuando se extendieron estos de 6 a 12 millas, España presentó una nota de protesta (4 de agosto) proponiendo una negociación. Ahora hemos enviado seis buques de guerra y esto les modera, pero el acceso de los pesqueros españoles a las seis millas y a los puertos marroquíes se dificulta y las licencias se niegan: no podemos seguir indefinidamente así. Se impone la necesidad de negociar.
4. La diplomacia española estaba pidiendo a Franco que negociara en condiciones muy adversas. Forzó la mano instruyendo a Lequerica para que apoyara la candidatura de Marruecos para el Consejo de Seguridad, cosa que logró precisamente en virtud de un solo voto. Pero el Ejército estaba inquieto. El 8 de noviembre de 1962 su Ministro, Pablo Martín Alonso, pronunció en Melilla un discurso negando que hubiera posibilidad ninguna de abandono de las plazas de soberanía. El 10 de noviembre el vicepresidente Muñoz Grandes estuvo en Marrakesh para conmemorar las fiestas de la independencia. También Franco quería mostrarse prudente. Con ocasión de esta visita se dio carácter oficial al propósito de entrevista. El Caudillo escribió, por su mano, el borrador de respuesta negativa. La prudencia incluía también tono de reserva:
«El embajador de España me ha dado cuenta, así como el general Muñoz Grandes, de vuestros deseos de que haya una ocasión en que podamos entrevistarnos. Mucho me hubiera complacido esta entrevista si hubiera de tener resultados felices para nuestros dos Estados, ya que una entrevista sin contenido defraudaría a nuestros respectivos pueblos. Si tenemos en cuenta las campañas predominantes en la prensa y radio de vuestra nación, tan hostiles a la nuestra, no creo constituye este el clima más favorable para un encuentro.
Creo haber demostrado, con mi nación, los sentimientos hacia el pueblo marroquí y su dinastía en momentos para ella difíciles para que el distanciamiento entre nuestros pueblos pueda culparse a acción alguna por parte española. Como naciones vecinas que hemos convivido tantos años al correr de la Historia, nuestros pueblos se comprenden y estiman y mis deseos serían que ese espíritu recíproco de amistad y convivencia se afiancen en una época en que la vida moderna de las naciones les obligan a un entendimiento más intenso de los que pertenecen a una misma área geográfica. El pretender revertir la Historia haciéndola retroceder, constituye una quimera».
Esta carta refleja, sin duda el pensamiento del Generalísimo sobre una política astuta, de la que estaba ausente cualquier gesto de gratitud y que, en nombre del anticolonialismo desplegaba un egoísmo nacional menos respetuoso que el de las antiguas potencias imperiales.
