La Cárcel Modelo de Madrid durante los primeros meses de la Guerra Civil, escenario de los dramáticos sucesos de agosto de 1936.
Ante el terror abiertamente desencadenado por el Frente Popular, a partir del 18 de julio de 1936 la seguridad de la vida y de los derechos de los españoles residentes en zona republicana era nula. Este riesgo alcanzaba no solo a los enemigos declarados del Frente Popular y a las personas simplemente simpatizantes con el otro bando, sino también a los neutrales e incluso a los republicanos no sometidos al extremismo. Constituía también un grave peligro la posesión de bienes de fortuna que pudieran ser una tentación para la codicia de los milicianos, así como la enemistad personal de cualquiera de los forajidos que acababan de ser armados por aquel Gobierno y que resultaban omnipotentes. Los hogares eran allanados y saqueados, y sus ocupantes detenidos arbitrariamente y asesinados —muchas veces eran exterminadas familias enteras—, dándose el caso de que en un mismo día fuese invadido violentamente un domicilio varias veces, siempre por diferentes milicias. Las horas de la noche eran preferidas por las milicias y por los agentes del Gobierno para sus registros domiciliarios, por lo que el sueño de los habitantes de las poblaciones se veía constantemente turbado por el temor a la invasión de la morada y al asesinato, incluso en aquellas familias más apartadas de las actividades y de las preocupaciones políticas.
En medio de este terror en que se encontraba penetrada la vida ciudadana en la zona roja, y principalmente en Madrid, residencia del Gobierno del Frente Popular, el ingreso en una cárcel oficial era considerado como un privilegio por los habitantes de la capital de la nación, ya que durante el primer mes de la contienda civil aún se presumía que el Gobierno de la República aseguraría el respeto a los presos confiados a la custodia de las autoridades. Este optimismo respecto de la seguridad existente en las prisiones de Madrid no era compartido por todos; no obstante, tales temores eran acallados por los demás presos, que no podían suponer que en la misma sede oficial del Gobierno de la República, que se titulaba legítimo y que se encontraba investido de la fuerza necesaria para hacerse respetar, se realizara y permitiera una trasgresión monstruosa del derecho de gentes. Ya el día 8 de agosto de 1936, el diario de Madrid Política, órgano del Partido de Izquierda Republicana, publicaba en su página cuarta una información sobre la Cárcel Modelo, insultante y despectiva para los presos, hacia los cuales reclamaba por este medio la atención pública. Entre otros párrafos de la malintencionada información, pueden destacarse los siguientes, alusivos a los reclusos:
«… varios curas, castrenses o civiles, y como cumple a su oficio, gordos y lustrosos, salvo rara excepción… Sin afeitar la mayoría, no se diferencian gran cosa de los presos vulgares. El aire distinguido se lo daba la ropa o el uniforme… Hablan poco, meditan mucho y sollozan bastante… En otras galerías… albergan más fascistas de los comprometidos en la rebelión y otros que fueron apresados antes de que aquella estallase, como los directores falangistas Ruiz de Alda y Sánchez Mazas. Y existen, por fin, los presos políticos. Antiguos y recientes. Los más notorios, de los últimos, son el Dr. Albiñana, D. Melquiades Álvarez y Martínez de Velasco. El tercero solo ha pasado —con la de hoy— tres noches en el abanico. ¡Lástima que Lerroux y Gil Robles no les puedan hacer compañía!…».
Hasta mediados del mes de agosto de 1936, el régimen interno de la Cárcel Modelo de Madrid, aunque afectado por el excesivo número de reclusos que diariamente ingresaban en el establecimiento penitenciario y por el reflejo de los sucesos que se producían en la capital, era relativamente normal, sin intervención de milicias ni de organismos sindicales o políticos los presos comunes —que, identificados naturalmente con aquel régimen, se sentían acreedores a la libertad— no habían obtenido esta con carácter general, sino solo individualmente en algunos casos concretos, en virtud de reclamaciones especiales de entidades de las que integraban el Frente Popular.
La población penal de la Cárcel Modelo se hallaba distribuida en la siguiente forma: en la primera galería, militares; en la segunda y tercera, falangistas; en la cuarta, delincuentes comunes contra la propiedad, y en la quinta, expedientados, con arreglo a la Ley de Vagos y Maleantes, y presos comunes por delitos de sangre; estaban encerrados en el cuerpo central del edificio los llamados hasta entonces «presos políticos», y en los sótanos, algunos otros de los sujetos a la Ley de Vagos y Maleantes.
El día 15 del referido mes de agosto, el subdirector de la prisión anunció a los reclusos que, por orden del ministro de la Gobernación, iban a entrar milicianos para cachear a los presos de significación derechista, y, en efecto, agentes de la Dirección General de Seguridad, a cuyo frente figuraba Elviro Ferret Obrador (personaje principal de la «cheka» que funcionó en las calles del Marqués de Cubas, número 19, y Montera, número 22), y milicianos de los partidos socialista y comunista, entraron en la prisión y procedieron a efectuar un registro general, insultando y amenazando de muerte a los reclusos y robándoles ropas y objetos de valor en gran cantidad. Con agentes y milicianos penetró en la prisión un grupo de milicianas, vestidas como los hombres y armadas de pistolas, que se dedicaron a improvisar mítines, haciendo labor de captación y propaganda entre los delincuentes comunes, a los que procuraron soliviantar con soflamas, fomentando al propio tiempo su odio contra los numerosos presos políticos. De esta forma, consiguieron que cesara el ambiente de indiferencia que hasta entonces existía entre los delincuentes comunes respecto a los presos políticos, sustituyéndolo por una viva hostilidad de los primeros hacia los últimos, preparando así un clima propicio para los trágicos sucesos que pronto tuvieron lugar.
Pocos días después, en la cheka oficial de la calle de Fomento se tomó el acuerdo de realizar un registro en la misma cárcel. Se encomendó esta misión al miembro de la cheka, conocido atracador, Felipe Emilio Sandoval, apodado «Dr. Muñiz» —que poco antes había sido puesto en libertad en la Cárcel Modelo, en la que el 18 de julio de 1936 se encontraba por su intervención en el robo a mano armada del que fue víctima el Conde de Riudoms, en los últimos días del mes de junio del propio año 1936—. Para llevar a cabo su nuevo cometido policíaco, Sandoval buscó a unos cuarenta milicianos de los que prestaban servicio en la cheka que la sindical Anarquista CNT había instalado en el cine Europa, entre los que figuraba Santiago Aliques Bermúdez, conocido malhechor, de quien obran los antecedentes fehacientes y oficiales que siguen: Reclamado por la Autoridad judicial desde el año 1920, nueve veces por hurto, tres por estafa, dos por atentado, dos por usurpación de funciones, uno por lesiones, uno por malos tratos, uno por abusos deshonestos y uno por robo a mano armada, condenado en el año 1925 a ocho años, cuatro meses y ocho días de presidio por hurto, atentado y usurpación de funciones. Estos milicianos comenzaron el registro el día 21 de agosto, y lo suspendieron para reanudarlo al día siguiente, preparando, en unión de los presos de que luego se hará mérito, la matanza que iba a tener lugar.
El día 22 de agosto, según declaración prestada por el funcionario de Prisiones, entonces destinado en la Cárcel Modelo, don Fidel Sánchez Losada, entraron a prestar servicio funcionarios de significación extremista identificados con la situación política dominante. Algunos llegaron a doblar el turno para que todos ellos fuesen de absoluta confianza de los dirigentes marxistas, y se reanudó el registro que los milicianos confederales habían comenzado el día anterior. Para esto dejaron encerrados en uno de los patios
a los presos políticos que en aquel momento se encontraban en el mismo y encerraron en sus celdas a los otros detenidos de análoga significación, dejando en plena libertad dentro de la cárcel a los delincuentes comunes. Estos solicitaron su libertad absoluta y amenazaron con prender fuego a la prisión si no les era concedida inmediatamente, y, sobre las cuatro de la tarde, los presos comunes de la quinta galería y de los sótanos incendiaron la leñera de la tahona del establecimiento, alcanzando el incendio pronto alguna importancia, hundiéndose el piso de entrada a la segunda galería, sin causar víctimas. Los elementos de la CNT aprovecharon aquella circunstancia para propalar la falsa noticia de que el incendio era obra de los presos fascistas, que querían escapar, y para evitarlo llamaron a los milicianos. A los alrededores de la Cárcel Modelo acudieron grupos de milicias de todas las significaciones frentepopulistas, que ocuparon las azoteas de las casas inmediatas y penetraron en el interior de la prisión, mientras las turbas extremistas pretendían asaltar el edificio para acabar con los presos desafectos al Frente Popular.
Al comenzar el incendio, los funcionarios de la prisión avisaron de lo que ocurría a las autoridades y al parque de bomberos, acudiendo el director general de Seguridad y el de Prisiones y, más tarde, el ministro de la Gobernación, General Sebastián Pozas. Todos ellos observaron una actitud pasiva, sin adoptar medida alguna para evitar los sucesos que se avecinaban. Los bomberos sofocaron el incendio; pero los milicianos, que se adueñaron completamente del edificio, teniendo como cabeza visible al dirigente socialista Enrique Puente, pusieron en libertad a los presos comunes, que asaltaron el almacén de víveres, el economato y las oficinas; comenzaron a hacerse disparos con ametralladora desde los edificios contiguos contra el patio donde se encontraban numerosos presos, matando a algunos de ellos, como D. Manuel Chacel del Moral, e hiriendo a otros. Algunos elementos destacados de izquierdas, que habían acudido al lugar de los sucesos, instaron al director general de Seguridad, diputado de Izquierda Republicana, Manuel Muñoz, para que impusiera su autoridad y evitara el asesinato de los presos, pero Muñoz no mostró interés alguno en este sentido, y abandonó la prisión al anochecer, dejándola en manos de los que aquella misma noche comenzaron la matanza de presos.
Sobre las siete de aquella tarde, cesado casi por completo el tiroteo, el militante socialista Enrique Puente, dueño de la situación y contando con la tolerancia pasiva del ministro de la Gobernación y de los directores generales de Seguridad y de Prisiones, obligó a los funcionarios a que se marcharan de la cárcel; ya sin funcionarios de Prisiones, los milicianos hicieron una selección de unos treinta y dos presos, a los que llevaron a un sótano con amenazas de fusilarles, y después a la primera galería, en donde se concentró a todos los presos políticos, indicándoseles que se iba a proceder a su fusilamiento en masa, sin que por entonces se llegase a este extremo, pero realizándose, en cambio, en la madrugada de dicho día una selección efectuada por policías y milicianos en los sótanos de la quinta galería de la cárcel, donde fueron asesinados, entre otros, los siguientes presos políticos de diversas significaciones, incluso algunos de ellos conocidos por una vida política al servicio de la democracia:
Melquiades Álvarez González (decano del Colegio de Abogados de Madrid, insigne jurista y orador, diputado durante muchas legislaturas, jefe del Partido Republicano Liberal Demócrata y expresidente del Parlamento).
José Martínez De Velasco (jefe del Partido Agrario, exministro de la República).
Julio Ruiz de Alda (aviador militar, tripulante del avión Plus Ultra, fundador de la Falange Española, en la que acompañó desde un principio a José Antonio Primo de Rivera).
Fernando Primo de Rivera y Sáenz De Heredia (oficial del Ejército y médico, hermano del jefe de la Falange Española).
Don Rafael Esparza (diputado que fue a Cortes).
Don Manuel Rico Avelló (exministro y ex Alto comisario de España en Marruecos durante la República y diputado a Cortes en 1936. Como ministro de la Gobernación, en 1933, entonces jefe del Gobierno Martínez Barrio, garantizó personalmente la sinceridad de aquellas elecciones que dieron el triunfo a las derechas).
Don Francisco Javier Jiménez De La Puente (conde de Santa Engracia, que había actuado en política como liberal monárquico).
Don Ramón Álvarez Valdés y Castañón (exministro de Justicia de la República, miembro del Partido Republicano Liberal Demócrata y diputado a Cortes en 1936).
Don José María Albiñana (abogado, médico y diputado a Cortes en 1936).
Don Oswaldo Fernando Capaz (general del Ejército y colonizador de Ifni durante la República).
Don Rafael Villegas Montesinos (general del Ejército).
Don Santiago Martín Báguenas (comisario de Policía).
Don Enrique Matorras Páez (falangista, procedente de las filas del comunismo, de cuyos errores había abjurado públicamente en un libro que publicó con el título de El comunismo en España. Contaba veintitrés años al ser asesinado).
Don Ignacio Jiménez Martínez De Velasco.
Entre los que debían ser asesinados figuraba el falangista León Simón, que consiguió escapar cuando era conducido a los sótanos y esconderse en el tejado del edificio, en donde permaneció hasta el 27 de septiembre, en que, descubierto, fue asesinado con intervención de Sandoval y Aliques.
Después de estos sucesos, se constituyó en la Cárcel Modelo un Comité de control con representantes de todos los partidos políticos y entidades sindicales del Frente Popular, y se encomendó la guardia interior de la cárcel a milicias, de la siguiente forma: la primera galería, a elementos de la CNT, que destinaron a este servicio miembros de la cheka que funcionaba con el nombre de Ateneo Libertario de Vallehermoso, en un convento de la calle de Blasco de Garay, número 51; la segunda, a las milicias socialistas, desempeñando la misión elementos de la Inspección General de Milicias, que funcionaba en la calle de Ríos Rosas; la tercera, a las milicias republicanas; la cuarta, a los milicianos ferroviarios; y la quinta, a los elementos comunistas del llamado 5.º Regimiento de Milicias Populares. En la enfermería se estableció un turno de guardia, que prestaban milicianos de todos los grupos referidos. La guardia exterior del edificio quedó encomendada a fuerzas del Cuerpo de Asalto.
Hasta el día 25 de agosto se siguió esta organización sin intervención alguna de funcionarios del Cuerpo de Prisiones en el régimen interior del establecimiento; en esta fecha se autorizó la vuelta al servicio de los funcionarios, subordinándolos en un todo al criterio de los milicianos, y estos funcionarios pudieron observar todavía las manchas de sangre que en los sótanos del edificio habían dejado los asesinatos que en ellos se cometieron.
El régimen del Comité de control y milicianos para el servicio de vigilancia interior de la cárcel se mantuvo hasta la evacuación completa de la prisión el 16 de noviembre de 1936; este sistema facilitó las sacas de presos destinados a ser asesinados, que al principio de una manera individual, y más tarde en expediciones numerosas, fueron realizadas hasta la clausura de esta cárcel.
El Gobierno rojo tuvo conocimiento exacto de los sucesos de la Cárcel Modelo por la presencia personal en dicho lugar del ministro de la Gobernación y del director general de Seguridad; pudo evitarlos, imponiendo su autoridad, y no lo hizo; sin embargo, en nota que publicó en la prensa diaria, dedicó elogios a los milicianos asesinos y los felicitó «por su disciplina y valor probado».
He aquí una versión de los asesinatos en la Cárcel Modelo, publicada en el periódico Política, de Madrid, el 23 de agosto de 1936, página 4:
«Los fascistas provocan un incendio en la Cárcel Modelo. —El fuego fue sofocado rápidamente. —Ayer, a las cinco de la tarde, se declaró un incendio en la Cárcel Modelo. Como parecía adquirir una gran importancia, y era fácil suponer que el incendio había sido intencionado, se avisó rápidamente a todas las organizaciones obreras para que se personasen en la cárcel y adoptasen las necesarias medidas para evitar que los fascistas allí detenidos, aprovechando la natural confusión, pudiesen escapar. También se cursaron avisos a las autoridades y al Parque de Bomberos. —Complicidades y complacencias. —El hecho tenía sus antecedentes, y no ciertamente próximos. Es sabido que los facciosos allí detenidos venían haciendo objeto de constantes amenazas y provocaciones a los milicianos y guardias encargados de la vigilancia del edificio. Un día eran cánticos ostentosamente ejecutados a coro; otro, era una fraseología del peor gusto; otro, todavía, era la organización de un descomunal escándalo. La lenidad demostrada en la represión de estos hechos vergonzosos —y que luego se comprobó no era sino complicidad placentera— dio lugar a la detención de algunos funcionarios.
Sabido es que en los registros efectuados en las celdas de dos militares recientemente ajusticiados se encontraron documentos que demostraron cómo aquellos reclusos se comunicaban con el exterior, no solo para transmitir noticias íntimas a sus familiares, sino para hacer propaganda del movimiento subversivo. —Venía todo ello a comprobar la existencia de un estado de indisciplina que presagiaba fatalmente la actitud intolerable adoptada ayer. Actitud anunciada en un rasgo de flamenquería por el falangista Ruiz de Alda, al decir días anteriores: «Pronto arderemos todos». —Se sofoca el incendio con toda rapidez. Apenas declarado el incendio, para provocar el cual los fascistas utilizaron sus colchones y la leñera, aquellos promovieron un formidable tumulto. Mediante este ardid, antes pretendieron evadirse y pidieron a grandes voces que les sacasen del edificio. Y, como es lógico también, los milicianos se trasladaron a otros pabellones; lo que aumentó la indignación de los sublevados. —Al mismo tiempo que llegaban los bomberos con un tanque, comenzaron a recibirse refuerzos para la guardia del exterior e interior, consistente en milicianos y Guardias de Asalto. También se personaron las autoridades, siendo de las primeras en llegar el director general de Seguridad y el teniente coronel inspector de Asalto, Sr. Sánchez Plaza. Igualmente se presentaron fuerzas de Infantería del Ejército, que inmediatamente montaron la guardia. El Servicio de Bomberos logró rápidamente localizar primero, y dominar después, el incendio».
Noticia publicada en el diario El Liberal, de Madrid, el jueves 27 de agosto de 1936, en su página sexta:
«El incendio de la Cárcel Modelo. —Desde el incendio intencionado, los milicianos del Frente Popular que, como un solo hombre, acudieron a su puesto para evitar fugas de elementos peligrosos, han controlado con energía el perfecto orden en dicha prisión. —Los días 24 y 25, por la mañana, visitaron las galerías de la cárcel diputados del Frente Popular, así como los jefes de Milicias, quienes comprobaron un orden perfecto y una disciplina ejemplar, que nos alegra a todos los afectos al régimen, y que conviene decir a la opinión para que sepa que la normalidad en dicho centro es absoluta. —El director general de Prisiones, ayer mañana, por medio del compañero Bonilla, felicitó, en nombre del Gobierno, a las milicias del Frente Popular, y muy especialmente a las milicias de Izquierda Republicana, C. N. T., comunistas y socialistas, por su disciplina y valor probado. —Se sabe que es idea del director general de Prisiones hacer esta felicitación a todos los que se distinguieron ese día. —Felicítese también al capitán de Asalto, Sr. Serna y fuerzas que mandaba. —A partir de hoy jueves, quedan restablecidos los servicios de información, comunicaciones y encargos, en las condiciones ordinarias».
