Imagen alegórica sobre los testimonios de la represión del Frente Popular durante la Guerra Civil Española.
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La guerra civil marcó el futuro de muchas personas y familias españolas. Unas como consecuencia de la pérdida de un familiar querido. Otras por el exilio. Otras por las heridas de la guerra. La guerra civil sacudió a las derechas y a las izquierdas. No discriminó a nadie y todos, sin duda, resultaron perdedores. En estas páginas hemos recopilado el testimonio de personas que sufrieron y padecieron la guerra civil de 1936 a 1939. Es el testimonio de mujeres y hombres. La guerra, normalmente, la escriben los vencedores y dejamos de lado aquellos, héroes anónimos, que fueron sus protagonistas. A estos olvidados dedicamos estas páginas.
El primer testimonio es el de Rafael García Valdés, destacado periodista y escritor, que publicó, bajo el título Tres recuerdos…, un emotivo relato de sus vivencias en la Cárcel Modelo de Madrid. Este fue publicado en el número 22, correspondiente a abril de 1943, en la revista Comunicación, órgano oficial de la Delegación Nacional de Exautivos.
El segundo testimonio es de Trinidad Mariner Fernández. En él se recogen los sucesos acontecidos antes de la guerra civil, con las dificultades económicas que padeció la familia Mariner Fernández, la persecución de su padre, Vicente Mariner, y la que padecieron madre e hija a posteriori.
Vicente Marinero Gimeno nació en Nules (Castelló) el 19 de junio de 1883. Casado con Custodia Fernández Navarrete, tuvieron una hija, Trinidad. Trabajó como apoderado y director de Banco Catalán Hipotecario, cuya sede estaba en la ronda Universidad, 23, de Barcelona. El banco era conocido como «el de los carlistas», pues gran parte de sus directivos lo eran. El presidente era Miguel Junyent Rovira; el vicepresidente era Mariano Bordas Flaquer; el secretario era José Cereza Soler; y Joan Baptista Roca era miembro del consejo de administración. Meses antes de estallar la guerra civil, Mauricio de Sivatte le pidió que fuera el presidente del Círculo Central de la Rambla de Cataluña. Vicente Mariner no aceptó el cargo por la responsabilidad que comportaba. Recibió amenazas desde los primeros días de la guerra civil, por ser católico convencido y practicante. No quiso esconderse, por temor de que tomaran represalias contra su mujer y su hija. Cada día, al rezar el Rosario, añadía un Padrenuestro, por nuevos parientes y amigos que habían sido asesinados. Tenía casa en Nules y quiso marchar hacia allá porque supuso que sus vidas correrían menos peligro que en Barcelona. No pudo realizar el viaje al saber que la casa estaba requisada y que en ella vivían diferentes familias. Trasladado a la cheka de San Elías, fue asesinado la madrugada del 14 de diciembre de 1936 en el cementerio de Montcada y Reixach. En un documento escrito a mano, facilitado por Trinidad Marinero, se puede leer:
«Señas personales de Vicente Mariner Gimeno, vilmente asesinado en Barcelona el 14-XII-1936. Era de estatura algo más elevada que la media; ancho de espaldas, robusto; de cabellos, barba y bigote negras, con canas cerca de las sienes. Calvo, frente ancho, facciones regulares, ojos grandes y oscuros. La dentadura muy estropeada. Vestía vestido azul marino con rayas blancas, abrigo de entretiempo, color de avellana, boina, camisa blanca; zapatos y calcetines negros. En un bolsillo interior de la americana llevaba una cartera de piel de cocodrilo y en un ángulo de la misma las iniciales V. M. de oro, enlazadas.
Sus restos mortales aparecieron con sogas en las muñecas. Como tantos otros, no existió juicio previo a su asesinato».
El tercer testimonio es el de Mateo Mensión Mañá. Nacido en Badalona, en 1916, pertenecía a una familia católica. Durante la guerra civil sufrió una peregrinación que le llevó a la Cárcel Modelo de Barcelona, a las chekas del Portal del Ángel y Vallmajor, al campo de concentración número 3, y a formar parte del grupo de presos que acompañaron, a la fuerza, a los soldados republicanos en su huida a Francia. Su testimonio fue redactado en tercera persona, muchos años después que finalizaran aquellos sucesos, por miedo de posibles represalias.
A pesar de tratarse de dos testimonios muy diferentes, tanto en sus convicciones políticas, como en lo que respecta al estatus social, ambos tienen un mismo hilo conductor: la guerra civil española. Estos testimonios son parte de aquella vida cotidiana que se vivió durante la guerra civil. Los dos sufrieron de una manera u otra la pérdida de un familiar, la pérdida de sus casas, la pérdida o el sacrificio de una parte de su juventud. Estos testimonios, dos de ellos inéditos hasta hoy, a buen seguro no nos dejarán indiferentes.
Rafael García Valdés
Entre otras cárceles y chekas por las que me hicieron rodar los buenos amigos de la inefable Rusia durante el vendaval rojo, hasta que el nobilísimo ministro de Checoslovaquia, señor Formanek, me arrancó de sus garras, estuve cerca de dos meses en la Modelo, hospedándome en la celda número dos de la galería primera.
Esa celda ostentaba el testimonio mudo y trágico de uno de los infinitos dramas que entre sus muros se desarrollaron desde que estalló el salvador Alzamiento hasta que, medio derruido por nuestra gloriosa Aviación, dejó de encerrar a personas decentes.
Y ese testimonio era un calendario del mes de agosto, toscamente dibujado a lápiz sobre una de las paredes, en el que aparecían tachados con una cruz los días de cautiverio que iban pasando entre incertidumbres y zozobras.
Pero las cruces terminaban el 22… El día horrible y espantoso en que cayeron dentro de la misma prisión, asesinados a tiros de metralla, por las furias rojas, como si lo que ofrendara a Dios sus vidas nobles y valerosas fuesen unas fieras, aquellos mártires, entre los que estaban el conde de Santa Engracia, que tanto había hecho por la clase obrera, Ramón Álvarez Valdés, mi inolvidable compañero, Melquiades Álvarez… y el valiente general Capaz y su ayudante… que fueron los anteriores ocupantes de mi celda y los autores, según me aseguraron los sobrevivientes de aquella infamia, del calendario que quedó allí perenne, callado, hosco, como un recuerdo vívido y sangrante de que hasta el 22 de agosto de 1936 estuvieron encerrados entre aquellas cuatro ennegrecidas paredes dos valerosos y caballeros soldados de la España verdadera, soñando, nostálgicos y anhelantes, con los triunfos de sus compañeros de armas y desesperados por su forzada inacción.
¡Pobres!… Cada vez que yo miraba aquellos dibujos y aquellas cruces, me parecía ver al general Capaz y a su ayudante —no recuerdo su nombre y lo siento, pues hubiera querido dejarlo escrito aquí— tachando aquel fatídico 22, sin sospechar… ¡cómo podían pensarlo: que era el último día de su vida…
Sin saber cómo ni por dónde, las noticias diarias de la guerra se infiltraban misteriosamente en la Modelo, haciendo irrupción en las galerías, en las celdas… Y cuando, llegada la hora del paseo, la población penal —compuesta entonces por generales, coroneles, oficiales de todas las Armas, magistrados, notarios, médicos, abogados, banqueros, periodistas, etc., etc.— bajaba a los patios, ya no había un recluso que no estuviese enterado de que el día anterior se tomó tal o cual pueblo, o que los leales les habían dado otra monumental paliza, o que los capitostes y el Gobierno rojo, cual un nuevo judío errante, en un terror infinito, iban de la Ceca a la Meca, de Madrid a Valencia, de Valencia a Barcelona, de Barcelona a Francia y de Francia… a donde, siempre lejos de España, les abrieran los brazos, dejando abandonados a sus queridos camaradas para que se las entendieran con los nacionales.
En el patio de nuestra galería primera olía reunirme —además de con otras personas cuyos nombres se han borrado de mi memoria— con el gran Delgado Barreto —¡qué valiente y gallardo el día en que, antes de morir, le llamaron a declarar a los que aquellos inconscientes titulaban «tribunales populares»—; Manolo Yllera —otro mozo templado que desafió a la chusma jugándose mil veces la vida, que al fin logró salvar—; Dimas Adámez —el caballero notario de Madrid, mártir por el delito de haber sido diputado a Cortes cedista—; el bravo general Navarro —a quien sacaron de su casa vestido con un pijama de grandes rayas azules y blancas, que lucía orgullosamente en la prisión y con el que fue a la muerte—; Eugenio Arizcum —digno y competentísimo magistrado de la Audiencia de Madrid, cruelmente asesinado, por haber tenido la valentía de extender la sentencia que ¡en 1935! declaró a Falange partido legal—; Miguel Colom Cardany —el admirable letrado catalán, todo bondad, muerto violentamente—, y otros varios.
En aquel grupo, como en todos los demás, se discutía, se opinaba, se daban soluciones a todos los casos militares habidos y por haber, y el que menos se creía un general maravilloso que albergaba en su cabeza el plan infalible para ganar la guerra.
Pero… cuando queríamos saber algo verdad y definitivo en los problemas de táctica militar, nos acercábamos a otro de los presos: un hombre joven, delgado, no muy alto, de mirada viva y penetrante, que siempre estaba rodeado de personas, militares la mayoría, que escuchaban sus explicaciones como un oráculo…
Un buen día, los noticieros, con una euforia y una seguridad que levantó en vilo a los seiscientos pesos que estábamos en el patio, nos afirmaron que las tropas nacionales, en una avanzada prodigiosa, habían llegado a las puertas de la capital, y que Madrid caería aquella misma tarde.
—¿Cómo?
—¿Qué dicen?
—¿Que Madrid será tomado hoy?
—Pero ¿es posible?
—Vamos a preguntárselo a…
Y en avalancha enloquecedora, ante el asombro un poco temeroso de los de la FAI, corrimos todos en busca de nuestro gran informador militar, que, apoyado en la pared de la cárcel, estaba rodeado de sus íntimos…
—No sean ustedes ilusos —contestó a las mil preguntas que al mismo tiempo se le dispararon—, ni se dejen llevar de impresiones, ni hagan caso de bulos que no tienen sentido… Madrid no puede tomarse ni será tomado esta tarde, ni mañana, ni…
Un murmullo, expresión de la pena y la desilusión que tales palabras causaron, se extendió por todo el patio.
—Y usted, ¿cómo puede saberlo? —preguntó uno de los seiscientos empleando en la interrogación un tonillo de burla que hizo al oráculo fijar su mirada fría, penetrante y un tanto despectiva en aquel atrevido que desconfiaba de cuanto no significase la confirmación del bulo que todos, ¡eso sí!, deseábamos ver hecho realidad.
—¿Qué cómo puedo saberlo? —contestó el tan acremente interrogado—. Porque…
Y, ante el asombro y el entusiasmo de cuantos le escuchábamos, aquel hombrecito, agigantándose a medida que hablaba, nos regaló una maravillosa lección de táctica militar modernísima, demostrándonos cómo dos y dos son cuatro y convenciendo plenamente hasta a los más ignorantes de que Madrid no podría caer, ni intentarían tomarlo las tropas nacionales, sin que antes estuviera en nuestro poder la ciudad de Guadalajara.
Aquel preso, aquel hombrecito en grande era… el que más tarde resultó ser el héroe español que condujo a mil victorias a nuestra División Azul: ¡El general Muñoz Grandes!
En la celda número seis de la Modelo nos reuníamos todas las tardes varios reclusos amigos durante las horas que nos concedían los carceleros para salir de nuestras respectivas celdas.
Y lo primero que hacíamos diariamente era leer la misa y rezar el rosario, que siempre guiaba Javier Cubillo, un muchacho estupendo, de alta moral, sentimientos puros y rectos pensamientos, al que sacaron de su hogar por el horrendo delito de ser presidente de la Juventud Católica. ¡Nada más que eso!
Cada día quedaba uno de los fieles a la puerta, en servicio de vigilancia, para evitar que los de la FAI sorprendieran aquella especie de catacumbas, lo que a buen seguro nos hubiese costado la vida.
Una vez terminadas las prácticas religiosas que templaban las almas y levantaban los espíritus, charlábamos, siempre a media voz, haciendo cien mil planes para cuando, en un fin glorioso y triunfante de la guerra, que a todos se nos antojaba próximo, volviésemos a ser personas…
Cierta tarde, Javier Cubillo, que conocía mis aficiones literarias, me instó, animado por los demás, a que escribiera una letra nueva que se acoplase a nuestra sagrada Marcha Real, y expresara nuestro entusiasmo por sus gloriosas notas y nuestra ferviente adhesión por la Causa Nacional.
Y tanto por dar gusto a los compañeros de infortunio, como para satisfa-
cer mis propios anhelos, aquella misma noche me puse a la tarea (ayudado por…, quien estuvo en la celda conmigo y cuyo nombre, aunque no se borrará jamás de mi memoria y mi corazón… no quiero citar aquí), y compuse unas estrofas cálidas, emotivas, como arrancadas de mi propia alma, que fueron un éxito resonante cuando, a la tarde siguiente, di lectura del trabajo a los fieles de la capilla número seis.
Y todos, todos, con una emoción que hacía llorar y reír al mismo tiempo, se aprestaron a aprenderse de memoria aquellos versos que hacían vibrar las fibras de nuestro corazón, pleno de amor por la España que resurgía…
Y todos, todos, al poco tiempo, se lo habían aprendido…
Todos… menos Javier Cubillo, que, con los nervios descentrados por el constante sufrir y el convencimiento de que le esperaba una muerte próxima sin volver a abrazar a los suyos, no logró retener en la memoria aquellas pocas palabras, alientos de fe y patriotismo, de los que él fue el iniciador.
Y cuando, llegada la hora de volver a las celdas, nos separamos con un fuerte abrazo, Javier, brillantes los ojos, excitado, enloquecido, me dijo:
—Déjame los versos, que esta noche me la voy a pasar repitiéndolos, y mañana… mañana seré el que mejor los ante…
¡Pobre Javier Cubillo!
No pudo lograr su propósito.
Aquella misma noche, al filo de la madrugada, se lo llevaron, con otros mártires… y no le hemos vuelto a ver…
¡Y aún dicen… ahora, que… el pescado es caro!…
Trinidad Mariner Fernández
Se remonta dicha persecución religiosa a muchos años antes, y recuerdo cómo mis padres, los dos, ya residentes en Barcelona, aunque eran jóvenes y solteros, conocieron el horror de la Semana Trágica. Mi padre y un primo hermano suyo, que estudiaba para farmacéutico, y residía en Jérica, ayudaron mucho a monjitas, que eran expulsadas de sus conventos y marchaban desorientadas y llenas de miedo por las calles, pues algunas eran de clausura y no habían nacido en Barcelona. Ellos se les acercaban y ellas casi siempre demostraban desconfianza y preferían huir. Entonces, los dos sacaban un Crucifijo de su bolsillo y las animaban, preguntándoles a dónde deseaban ir, para acompañarlas. Entre estas monjitas estaba la Hermana Lucía Lucía y Lucía, hija de un notario que había entonces en Nules, natural de Cantavieja, un pueblo de la provincia de Teruel.
Mi tío y mi padre eran muy buenos amigos de su hermano Luis, entonces carlista muy entusiasta, y entre las cosas que quemamos y escondimos cuando la guerra, había tres cartas, uno de los padres de la religiosa, otra de su hermano Luis y otra de ella, agradeciendo a mi padre su ayuda en los momentos tan peligrosos.
Esta monjita era muy guapa y en Nules le cantaban los chicos en las serenatas que los fines de semana y las fiestas daban a sus amigas: «La calle mayor de Nules ya no la alumbran faroles, pues los ojos de Lucía relucen como dos soles».
Andando el tiempo, don Luis dejó el carlismo y fundó la Derecha Regional Valenciana, afín a Gil Robles y las relaciones entre mi padre y él se enfriaron bastante, y no podía creer este amigo, que durante tantos años profesó sus mismos ideales, al empezar la guerra se adhirió a la República incondicionalmente.
De nada le valió esta adhesión, pues a su esposa, que ya se había ido a pasar las vacaciones a su pueblo de Cantavieja, la cogieron los milicianos y la fusilaron en el campo. Al amanecer, una sirvienta fiel y valiente, escondiéndose como pudo entre los árboles, llegó al sitio donde habían asesinado a la señora, juntamente con otras personas y la encontró llena de sangre, pero viva.
No sé si volvió al pueblo a buscar ayuda, o ella sola consiguió llevársela a su casa, donde la cuidó lo mejor posible y se recuperó.
Las hijas de don Luis, y don Luis mismo, estuvieron encarcelados durante la guerra. Ellas en Valencia. Él no sé exactamente si allí o en otro sitio.
Después, ya sabe Vd. también mejor lo que ocurrió, como no pudo ir al extranjero como Gil Robles, estuvo condenado a muerte y últimamente desterrado en Palma de Mallorca.
Mi padre coincidió con él en un viaje de Barcelona a Nules y don Luis llegó hasta Valencia, donde vivía, aunque creo que también bajó en Nules, pues había comprado una finca de trescientas anegadas, y tenía también aquí una casa.
La relación entre los dos volvió a ser cordial, en cuanto a la gran amistad, que no solo ellos habían mantenido, sino también sus respectivas familias; pero en cuanto a la política, mi padre continuaba siendo carlista y él, con los ideales que, como fundador, impartió a la Derecha Regional.
Recuerdo que mi madre se puso muy contenta al saber la reconciliación, pues la paz, como personas, todos en mi familia la creían importante, y más cuando la amistad venía desde pequeñitos.
Llegó la guerra y la situación de mis padres y la mía era muy difícil, pues el Banco Catalán hacía unos meses que se había declarado en suspensión de pagos y mi padre estaba sin sueldo.
Algunos consejeros, según mi padre, no se portaron bien, y no destituyeron inmediatamente, ni le exigieron indemnización a un señor que era director de la sucursal de Palma de Mallorca, y por esto había presentado su dimisión al señor presidente del Consejo de Administración, don Miguel Junyent Rovira, y al Consejo en pleno, aunque no don Miguel, ni ningún miembro del Consejo se la quisieron aceptar. Además, algunos periódicos de izquierda también calumniaron al Banco Catalán y le decían: el banc dels carlins (el banco de los carlistas).
Mi padre no quiso esconderse, pues sabía de algún caso que los milicianos, cuando no encontraban a la persona que querían detener y luego matar, se ensañaban con algún familiar, ya fuera esposa, hijos, hermanos, etcétera.
Así pasó con los padres de don Federico Udina, pues los milicianos fueron a detener a su hermano Santiago, que ese año terminó la carrera de Derecho. El juez le condenó a muerte; pero se la conmutó por cadena perpetua, y lo llevaron a un campo de concentración en el que sufrió muchísimo; pero los milicianos fueron entonces a por sus padres y los mataron a los dos en el cementerio de Montcada y Reixach.
Mi padre fue al entierro de D. Miguel Junyent, que falleció de un infarto, en casa de su hija, la madre de Miguel Roca Junyent, cuando se enteró de que los milicianos le buscaban, y estando él, valiente y serena, cuando los milicianos llamaron a su casa, preguntando por su padre, ella les hizo pasar hasta la habitación, donde se encontraba muerto, sin decir palabra y ellos tampoco dijeron nada. Se marcharon sin abrir la boca.
También fue al entierro del subdirector del Banco, D. Pedro Màrtir Puig, y luego, como en el caso de D. Miguel, a dar el pésame a su familia.
Mi madre, a veces, le reñía, diciéndole que eran imprudencias realizar esas visitas, ya que él también estaba perseguido y contestaba que las amistades hay que probarlas en momentos difíciles.
Por las tardes iba a hablar con el director de la SICURATRIZE ITALIANA, que estaba en la Vía Layetana de Barcelona y cuyo director, un italiano al que llamaban «el doctor Chimenis», le había prometido trabajo, cosa importante para toda la familia.
La tarde que vinieron los milicianos estaba hablando con ese señor, y con muy buenas esperanzas, y por eso estuvieron cuatro horas o más en casa esperando que regresara, habiendo amenazado a la portera, prohibiéndole salir de su vivienda y había uno o dos milicianos en la puerta, para los que bajaban y subían, no se entretuvieran por la escalera.
Tuvieron mucho tiempo para hacer un registro minucioso y encontraron rosarios, estampas, objetos religiosos y cartas. Una de ellas, la de la tía Amparo que contestaba a mi padre, preguntando por su hermano Escalopio, y fue su contenido causa de delito para mi padre, que quería a su primo como si fuese un hermano, y como sabe, lo mataron al poco tiempo en Alcira, sacándolo de la cama, en una casa de descanso que tenían allí los escalopios para los enfermos. Le acompañaba el P. Rector de Valencia, que no quiso dejárselo, y con él fue también a la muerte, en el puente de hierro del río, saltando no sé si al día siguiente o más tarde los dos cuerpos en Sueca, arrastrados por la corriente.
En casa, a mi madre, a una prima que vivía con nosotros y a un chico de Nules, José Navarro Arámbul, hijo de un íntimo amigo de mi padre y que estudiaba en Barcelona y se alojaba en mi casa, nos confinaron al comedor y de allí no nos dejaron mover.
Los milicianos, unos hablando en castellano y otros en catalán, cada vez que encontraban un objeto religioso decía: «Todo esto se lo habrá regalado el Padre Iurrita». Nunca dijeron «el señor obispo», según el libro del Dr. José Ricart Torrens, se ve que no sabían que lo era. Lo tomaron por un simple sacerdote o religioso. Cuando llegó mi padre, que era ya de noche, le dijeron que habíamos de ir al control de la calle de Pedro IV a declarar y nos llevaron también a mi prima Pepita, a Pepe y a mí, y estuvimos mucho rato, pues había varios detenidos que tenían que declarar antes que nosotros. Primero llamaron a mi padre y después, uno a uno, fuimos entrando los demás.
Hacia las doce de la noche o más nos soltaron a todos, incluso a mi padre. Al llegar a casa, mi madre no estaba y pensamos que se habría ido, llena de angustia, a casa de su hermana a la calle del Carmen, como era natural. Fue Pepe a buscarla y pasamos rezando toda la noche.
Al día siguiente fuimos mi padre y yo también a casa de mis tíos, que nos abrazaron llorando de alegría porque estábamos en libertad. Pero, al llegar a casa, mi madre también con una pena inmensa nos dijo que habían vuelto los milicianos, y le dijeron que en cuanto llegase mi padre, volviera al Control. ¡Así lo hizo y en la puerta de la casa ya había unos milicianos esperándolo para llevárselo! Antes de marcharse, abrazándonos, nos dijo: «No lloréis. Pensad que me he ido de viaje. Si vuelvo bien y si no, recordad que Bienaventurados son los que padecen persecución por la justicia; porque de ellos es el Reino de los Cielos. Acercaos a las buenas personas».
Cuando todas las noches terminábamos de rezar el Rosario, añadiendo casi siempre Padrenuestros por los amigos o parientes que sabíamos habían sido asesinados o detenidos, reflexionaba en silencio unos minutos y luego repetía: «Estos milicianos, si les hubiesen enseñado la doctrina cristiana, no harían lo que están haciendo».
A los dos días, como se rumoreaba que en el cementerio de Montcada y Reixach, iban matando a gente, el jefe de Contabilidad del Banco, Joaquín Rovira Torres, que quería muchísimo a mi padre, y Pepe, el estudiante que teníamos en casa, fueron acompañados de un miliciano, conocido de Rovira, al cementerio y se encontraron con un entierro de un fallecido de muerte natural. Los milicianos dijeron a la familia que se marchase, que ellos ya enterrarían después al cadáver y, atemorizados, obedecieron todos.
Cuando vinieron a casa, Rovira y Pepe nos dijeron que lo que habían visto era prueba de que sí que mataban en el cementerio y por eso hicieron marchar a los familiares del difunto, sin dejarlos entrar.
Dos o tres días después, Pepe y Rovira fueron al Control Cheka de San Elías, ya tristemente muy famosa. Preguntaron también acompañados del miliciano conocido de Rovira por Vicente Mariner Gimeno. Uno de los milicianos, que estaba en la puerta, entró y, al salir, en tono despectivo dijo: «Ese ya está liquidado». Ni Rovira ni Pepe nos dijeron a mi madre y a mí lo que el miliciano les contestó. Nosotras permanecimos en la duda mucho tiempo, deseando aumentar nuestra esperanza en volver a ver a nuestro ser queridísimo. Entonces empezaron a ayudarnos las buenas personas de la guerra.
Nosotros vivíamos en la casa de la calle Mallorca, 477, piso 2.º, letra C, donde mis padres tuvieron que esperar a casarse hasta que estuviese terminada por un contratista llamado el Sr. Gaixet, pues con la guerra europea, había mucha escasez de vivienda en Barcelona y, en general, en España.
En el piso tercero vivía un matrimonio con seis hijos, que eran como de la familia. El señor era ingeniero y fue destinado, desde Madrid, de donde eran, a la casa Rodamientos a Bolas SKF, y estuvo unos meses en un hotel, sin traer a su familia, porque tampoco tenía vivienda y esperaba, como mis padres, a que la terminasen, la que luego ocuparon.
Don Gregorio de León Nielfa y su esposa, doña Elvira Gallo Vallugera, vinieron ya con tres hijos: una niña de unos siete u ocho años, un niño de tres o cuatro y otro de meses, que fueron para mí como hermanos. Eran todos católicos al cien por cien y no nos dejaron a mi madre y a mí.
Pepe se volvió a Nules, pues era también tiempo de vacaciones, y mi prima Pepita se fue con otros tíos a la calle Aribau, pues nosotras estábamos sin dinero. La señora Angeleta, la portera, también se portó con nosotras muy bien. Entre los demás vecinos había de todo. Unos nos saludaban con lástima y otros decían que algo habría hecho mi padre cuando lo detuvieron…
Poco antes de Navidad, los vecinos de León Gallo, de noche, para no llamar la atención, nos bajaron una cesta, con mayúsculas, llena de alimentos y golosinas, que aceptamos con lágrimas de gratitud. Guardamos botes de leche, mermelada, chocolate, galletas y todo lo que creíamos no se iba a estropear, con la ilusión de que mi padre volviera y poderle alimentar, ya que no teníamos dinero.
Mi padre esperó unos quince días a ver qué cariz tomaba la guerra; pero después pensó que nos iríamos a Nules, y allí, como teníamos la casa y unas fincas de naranja, no tendríamos tantos apuros.
Otro primo hermano de mi padre, el tío Jesús Casaus Gimeno, se fue también unos días a Nules, y a Mascarell, una pedanía de donde era su esposa, la querida tía Isabel, y son los que conocían mucho al Sr. Sebastián de la funeraria de la calle de Campo Sagrado, enfrente de su casa, y que me guardó el cadáver de mi padre, en la capilla del Cementerio, hasta que tuve el dinero suficiente para pagar el nicho y el entierro.
Un hermano de mi tía Isabel, que era gestor, me proporcionó a mí trabajo, haciendo a destajo recibos de radio y cédulas de la Generalidad. Era muy pesado, pues había que trabajar muchas horas; pero fue un alivio y nos fuimos a vivir con mis tíos a la calle del Carmen, enfrente de donde vivía doña Ángeles de Janer y de Milá de la Roca.
Me salto de un tema a otro, y tengo que decirle que, cuando el tío Jesús regresó de Nules y de Mascarell, no dijo que nosotros no podíamos ir allí, pues teníamos las fincas incautadas y la casa requisada. Fue un golpe durísimo para todos, en especial lo de la casa, sabiendo que no podíamos entrar, que se habían apoderado de todo: papeles, ropas, recuerdos, muebles. Sobre todo a mi padre le dolían los libros, las cartas, los documentos que allí había y creyó que nada peor, ni más doloroso, podía ocurrirle. Luego, mataron a mi padre.
Al cabo de unos meses, otro tío, soltero, que era mi padrino, montó una pensión en el paseo de Gracia, número 65, enfrente del hotel Majestic, y le pidió a mi madre los muebles y la ropa, colchones, etcétera, ofreciéndonos que fuéramos a vivir con él, ayudando a las sirvientas: María, catalana que se iba a su casa por las noches, y Pilar, gallega, que nos tomó un gran cariño, a mi madre y a mí, y nos hacían la estancia agradable.
Realquilamos a unas peluqueras el piso de la calle Mallorca, pues en nuestro barrio había luz eléctrica y esto era, para las peluqueras, muy interesante.
Nos quedamos una habitación, encerrando en ella lo más interesante y la cesta de Navidad, esperando poder alimentar con lo que allí había a mi padre.
Tampoco Dios nos abandonó, y el mismo gestor, que me proporcionó los recibos de radio y las cédulas, me colocó en una Colectividad de cinco industrias: Salvador Corominas – Hidro Catalana – Rincón – Universo – no recuerdo en este momento el nombre de la quinta. Pero todas agrupadas en la Plaza de Cataluña.
El trabajo era también intenso y también trabajábamos las fiestas, como el día de Navidad; pero más descansado y lucrativo que los recibos y cédulas.
Estando allí, o creo que todavía en la calle Mallorca, nos encontramos con María Antonieta Vives Suriá, y algo más tarde con José Vives Suriá, su hermano. Ellos, con toda su familia, están a la cabeza de las buenas familias de la guerra. Su hermano Jaime, que estuvo algunos días escondido en casa de una modista que vivía en la calle Elisabets y que se llamaba señorita Isabel, también fue encarcelado y con su hermana fui a verlo alguna vez a la Cárcel Modelo.
José Vives estuvo escondido algún tiempo, en una torre preciosa, que cuidaban los padres de Ramón Valero, un seminarista con nuestros ideales, amable y animoso.
Toda la familia Vives Suriá nos ayudó muchísimo y, en estas cosas, hay que valorar las ayudas y lo que le queda después al que ayuda, en sentido económico y la protección que nos proporcionan, cuando estamos en peligro, estando ellos también perseguidos.
La familia Vives Suriá era también numerosa y con muchos niños a los que alimentar en aquella época de gran escasez, y además, por sus ideales, también estaba perseguida. ¡Solo Dios puede pagarles todo el bien que me hicieron!
En esa torre celebraba la Santa Misa un sacerdote santo, a quien llamábamos «el señor José María», y al terminar la celebración, de rodillas, cantábamos los gozos de Nuestra Señora de la Merçé, Patrona de la Ciudad y Patrona de Cautivos. También asistí a algunas misas en la calle Provenza, en casa de una amiga íntima de Mercedes Maceip Gich, compañera entrañable del Colegio de MM. Escolapias en San Martín de Provenzales, donde ella y yo estuvimos ocho años. El último curso fue el que terminó en junio de 1936.
A su padre, ingeniero de la RENFE, que vivían por eso en una casa preciosa y grande en el Clot, también lo asesinaron, antes que a mi padre, y a cuatro de sus hermanos. Uno sacerdote, que ejercía en Lérida su Magisterio y los otros propietarios agrícolas. En esta casa celebraba la misa el Sr. Puig, un padre capuchino de Sarriá.
Al liberarse Barcelona, mi madre y yo no queríamos venir a Nules, pensando que aún podíamos tener la alegría de ver aparecer a mi padre amadísimo. El día 13 de julio de 1939, perdida ya la esperanza de recuperar a nuestro amado muerto, nos vinimos a Nules, pues era preciso ver cómo estaba la casa y las tierras. Nos vinimos de noche, acompañadas por la tía Isabel, que también deseaba ver a su familia. La casa estaba sin puertas, en la calle y en las habitaciones, algunas paredes destruidas, y completamente vacía. ¡Ni un mueble, ni una sábana, ni ningún cacharro de cocina! ¡Nada!
Antes de venir ya nos advirtieron los amigos que enviásemos, aunque fuese dos somieres y dos colchones, pues la mayoría de la gente de Nules tampoco tenía nada, porque al estar estabilizado durante diez meses el frente de Guerra, todas las casas estaban destruidas.
Acogieron a los nulenses con generosidad, en Burriana, Villarreal y Castellón; pero los hombres y algunas mujeres, todos los días venían a Nules, y como sus naranjos estaban quemados, iban arrancándolos y plantaban hortalizas, verduras, trigo, maíz, legumbres y hasta tabaco y algodón, que compraban los de los pueblos limítrofes, que tenían el dinero de las naranjas; pero a los de Nules les faltaba comida, que los de Nules tenían.
Algunos labradores quedaron heridos, mutilados, y unos pocos muertos, pues al clavar las herramientas en la tierra, algunos proyectiles, ganadas o bombas que estaban enterrados, hicieron mucho daño.
Después regiones devastadas, facilitó unos préstamos baratos en los intereses y todos fuimos arreglando o haciendo nuevas, según el daño sufrido, nuestras viviendas. Cuando llegamos a Nules mi madre y yo, hacía un mes o dos que el Ayuntamiento, el Registro, la Notaría, etcétera, volvían a funcionar en Nules, pues hasta entonces funcionaban todos estos centros en Burriana. El día siguiente de llegar a Nules, ¡providencia de Dios!, vinieron a casa el Alcalde —al que también habían asesinado a su padre, buen carlista— y un concejal, a pedirme que fuera a trabajar al Ayuntamiento, pues el chico que estuvo haciendo de oficial mayor en Burriana y en Nules ese mes era un estudiante de Derecho, y al liberarse Valencia, su padre salió de la cárcel, adonde lo habían llevado, y deseaba que el hijo continuara sus estudios.
Las tierras estaban también quemadas y Els Sort de l’Alcudia, que era la que estaba mejor, tenía naranjas; pero nos las compró un mal comprador que no nos las pagó y tuvimos que vender toda la tierra, y así nos ayudamos económicamente y fuimos pagando los intereses de regiones devastadas.
Poco antes de venirnos a Nules, estábamos de nuevo en la calle del Carmen con mis tíos, pues el tío Valeriano, que era mi padrino y soltero, dejó la pensión al liberarse Barcelona, y los muebles y ropas, fue mi madre, que volvió a Barcelona, quien los envió poco a poco a Nules, y nos hicieron un gran papel en la casa vacía.
Yo me quedé aquí, pues estaba trabajando en el Ayuntamiento y debía cumplir. Conmigo estuvieron y también luego con mi madre, hasta que ellos rehiciesen su casa, el encargado del Registro, don José Vicente Almela Montañés, y su familia.
Antes de regresar a Nules, el día 13 de julio, fecha de mi cumpleaños, había sido mi santo que es fiesta movible, y vinieron a la calle del Carmen a felicitarme Enriqueta Piquer, que fue presidenta de las Margaritas, y una joven muy distinguida, que también conocí en el Círculo Tradicionalista de la Rambla de Cataluña, que era María Teresa Trabal, y generosamente ella, so(??) la (según insistía Enriqueta), me regaló una exquisita caja de bombones, que entonces era un regalo valiosísimo y dulcísimo. Recuerdo siempre esta visita con gratitud y afecto.
Estando en la pensión del paseo de Gracia, vino una noche, hacia las diez, el capitán Mario Soler con tres o cuatro agentes del SIM, y nos detuvieron a mi madre y a mí. Hizo pasar a mi tío, a los huéspedes y a las sirvientas al comedor, sin que pudiera moverse nadie de allí. A nosotras nos hizo bajar abajo y nos metió en un coche, vigiladas por otro agente, y registró toda la casa, sellando nuestra habitación. Estuvimos mucho tiempo las dos solas en el coche. Yo llevaba siempre encima una carta de mi amadísimo tío sacerdote. Fui haciéndola bolitas pequeñas y me la tragué para que no la vieran.
Llegamos a oscuras, pues había poca luz por las calles y en el puerto, y mi madre preguntó: «Capitán, ¿adónde nos lleva?». Y respondió: «Al barco. A mi casa». Y un agente gritó: «¡Bote, Bote, para el capitán Mario!». Y a los pocos minutos subíamos en el bote.
Al llegar los agentes nos metieron en distintos camarotes a mi madre y a mí, y cuando le dijimos llorando que por qué no estábamos juntas dijo que era mejor así. Allí también nos encontramos en medio de grandes sufrimientos y de modo especial por la separación entre mi madre y yo, con el peligro de que a las dos nos hicieran lo peor, a buenas personas.
Continuo a mi camarote, y como el tabique era de madera, no hablábamos y ellos me animaban. Estaba: don Sebastián Moll Carbó, un capitán de Palma de Mallorca, y el administrador de la Embajada Argentina, don Máximo Alonso, ambos condenados a muerte, aunque no sé si al llevarlos a Villa de Madrid les habían conmutado la pena. El Villa de Madrid era el barco-prisión donde nos habían conducido desde la pensión del paseo de Gracia.
El barco era, por estar en el puerto, zona portuaria y de guerra y los bombardeos nos llenaban de horror; pero sinceramente puedo decirle que los interrogatorios eran aún más horrorosos. Igual nos interrogaba el capitán que se autodenominaba «el Juez», en su despacho de la proa, como en la habitación del día, o por la noche, o a la madrugada. Siempre diciéndome que mi madre ya le había dicho la calle donde vivían esas personas: familia Junyent y de modo especial doña Ángeles de Janer y don Mauricio de Sivatte, que solo faltaba la calle y era mentira, ya a ella le decían que yo había dicho detalle y también era mentira.
Me presentaron a las hermanas Lasaga, una a una. Estaban las tres, sus padres, dos hermanos y una cuñada; pero los enfrentamientos eran con las chicas y de una en una. Cuando las vi la primera vez, les acababan de dar unas palizas horribles, echaban sangre por la boca y la nariz Margarita y Angelita y a Patrocinio, que era la más joven, me la presentaron con palillos entre los dedos de las uñas de las manos y no sé si de los pies, de esto estoy segura; pero no podía ni hablar, del dolor que sentía.
Tuvimos varias veces los careos. A mí, creo que por lo que mi padre rogaría por mí, no me pegaron, ni a mi madre tampoco; pero las amenazas eran continuas, y muchas veces el capitán me acorralaba contra la pared y me decía: «Si quieres ser tan cínica como las Lasaga, como ellas tendrás». Y así los dos meses, con los bombardeos e interrogatorios.
El capitán Ferrer, jefe de la prisión flotante, procedía de la Guardia Civil y era buenísimo. Siempre que había bombardeo venía a mi camarote y me decía: «¿Te asustas, peque? Ya se están marchando los aviones. Ahora voy a ver cómo está tu madre». Y a ella también la consolaba. A los que trabajaban normalmente, o sea, a la tripulación, los hacían ir todos los días. Y el administrador, un señor al que llamaban don Vicente, y a mí me extrañaba mucho el Don, también se asomaba a mi ventana y me decía alguna palabra, animándome. Un día se dio cuenta de que estaba descalza y me preguntó si no tenía zapatos. Le dije que me hacían daño y al día siguiente me tiró por la ventana unas cómodas zapatillas.
Carlos Pérez, un médico de Madrid, que hacía de timonel del bote, también asistió muy bien a mi madre, que cuando pensando que a mí se me habían llevado del barco, le dio un fuerte ataque, que la dejó sin conocimiento y no pudo venir al Club Náutico. Cuando a raíz de la toma de Lérida, el capitán Mario huyó a Francia con la documentación de todos los presos que él había detenido y nos hicieron ir a todos a declarar allí y estuvimos tres días y tres noches con las declaraciones y tal vez otros presos estarían más, pues cuando regresamos al barco todavía quedó gente por declarar.
Entonces el capitán Ferrer me abrió el camarote y todos los días me dejaba ir por las tardes a estar con mi madre, que ya fue conociéndome y estando mejor al verme a su lado. Pronto se cumplieron dos meses de nuestra estancia en el barco y dijeron que, por una orden internacional, las mujeres teníamos que ser trasladadas a otras prisiones. Nos llevaron a la cheka de Vallmajor, en la calle Copérnico, y al bajar de la furgoneta los guardias dijeron: «¡De cinco en cinco!». Y a mi madre y a mí, con las tres hermanas Lasaga, nos pusieron juntas, pues la madre y la cuñada estaban en la Cárcel Modelo desde el principio, y su padre y hermanos en otra prisión.
En la celda solo había en el suelo unos sacos casi vacíos, con algo de recortes de tela de toallas o albornoces. En el barco teníamos el lavabo, aunque sin jabón; pero había unos presos de las Juventudes Libertarias, que andaban por el pasillo de cubierta haciendo trabajos. Me pidieron que les cosiera unos pantalones y alguna otra ropa que llevaban destrozada, pues no les permitían recibir ningún paquete (ni a nosotros tampoco) y yo les dije que se los cosería, pero habían de traerme hilo y aguja. Así lo hicieron y se lo arreglé lo mejor que pude. Ellos también, de vez en cuando, me tiraban convertido en bolita de papel, por la ventana, algún papelito de mi madre y a ella los míos. Siempre me decía: «Hija, no descubras a nadie». Los de las Juventudes Libertarias me trajeron un cacharrito con jabón negro y pastoso, que a mí me pareció lo mejor del mundo.
En la cheka sí que no teníamos ni agua, ni jabón, ni ropa limpia, ni nada. Quitando los interrogatorios del capitán Mario, lo peor del cautiverio fue la cheka. En las paredes había letreros de presos que se despedían cuando los llevaban a la muerte, que ponían el nombre de sus padres, esposas o hijos.
Nos dejaban salir algún rato al jardín; pero allí no hicimos amistad con nadie. Hacia los veinte días nos trasladaron al Palacio de las Misiones de Montjuic. Nos trasladaron primero a la planta baja, que era enorme, solo con unos catres, sin mantas ni nada. Mi madre, que venía convaleciente del Villa de Madrid, estaba muerta de frío, y una joven, que se llamaba Elena Pujol Farriols que venía, como otras, de la Cárcel Modelo, le dio una manta y esto que fue otro acto de persona buena que llevo siempre en el alma y en el corazón.
Al cabo de unos días, nos subieron a la rotonda y allí estábamos doscientas cuarenta presas, que veníamos de otras prisiones. Teníamos un catre y una manta y unas duchas; pero solo había cuatro o cinco, y la hora de la ducha era desde las doce de la noche a las cuatro de la madrugada, y no llegaban ni a la mitad de las 240 las que nos podíamos duchar y lavar la cabeza, también con jabón negro, o con el que allí nos permitían recibir algún paquete de casa de vez en cuando.
Nos levantábamos pronto. Nos daban un cazo de malta y un panecillo para todo el día. Luego nos subían unos presos el rancho: lentejas, judías o garbanzos, todos con gusanos, y por la noche otro cazo de malta. Menos mal que, de vez en cuando, permitían paquetes y también allí la familia Vives Suriá fue generosa, teniendo que alimentar a mayores y niños de toda la familia. ¡Ellos sí que hicieron lo que el Señor pide que hagan con el prójimo!
Tenían los Vives Suriá dos tíos en el extranjero, que vinieron a España cuando la guerra, a ayudar también extraordinariamente. Uno sacerdote y otro jesuita, y también una tía religiosa. ¡Qué Dios los bendiga a todos como Él sabe hacerlo!
En los camarotes de cubierta estábamos todos incomunicados y yo solo conocí a mis vecinos, el capitán y el administrador de la Embajada de Argentina y a los jóvenes Libertarios, que muy orgullosos me decían que ellos estaban presos por sus ideas. Yo les contestaba que yo también, y ellos replicaban: «Vd. por feixista». Les contestaba que yo no tenía nada de feixista, que ser feixista era una idea dolenta. Como la desgracia une a los infelices, teníamos buen trato y nos ayudábamos mutuamente en lo que podíamos. A ellos también les dieron unas enormes palizas y dos iban todavía cojos por los golpes.
Las Lasaga y otras varias mujeres y chicas que estaban en los camarotes del primer piso podían reunirse algunas después de muchas palizas y entablaron amistad. Cuando fuimos al Palacio de las Misiones, todas las del primer piso del barco se conocían. Mi madre y yo no conocíamos a nadie. Poco a poco, entablamos amistad con las del barco, con las de la Cárcel Modelo, de las chekas y de algún otro barco. Enfrente del Villa de Madrid estaban el Sevilla y el Argentina. Enfrente, también, pero hacia la derecha y más lejos, el Uruguay. Dicen que había también algunos barcos más, pero yo no los vi.
En la planta baja enorme del Palacio de las Misiones, colocaron cientos de máquinas de coser que habían requisado y a los sastres y sastras, dueños de esas máquinas y a otros ayudantes que cosían ropa para el Ejército. Nosotras limpiábamos nuestra rotonda y todo lo de abajo, con los aseos, todos los días, y algunas iban a limpiar despachos y edificios que habían requisado los milicianos y especialmente los del SIM. Las Lasaga fueron algunas veces fuera y mi madre me decía que yo no fuera si no me obligaban. Era el temor de que volvieran a separarnos y de los interrogatorios, aunque no volvieron a interrogarnos más, pero la incertidumbre nos atenazaba.
Un día, a las doce de la noche, vino una de las guardias y dijo: «A las que vaya llamando que se pongan aquí en medio, que van a declarar». De entre las primeras llamaron a mi madre, por su apellido Fernández. A mí tardaron en llamarme, hasta que llegó la M de Mariner, y esos minutos me parecieron siglos. Mi madre, al oír mi nombre, me dijo bajito: «Hija de mi alma, aunque sea al infierno ya vamos las dos». Nos llamó el director a su despacho y nos dijo que teníamos la LIBERTAD. Llorábamos de alegría y no nos lo creíamos. Nos dieron el justificante y andando por el territorio de la Exposición llegamos a la diagonal y cada una hacia su casa o la de sus parientes o amigos.
Nosotras y las Lasaga fuimos juntas un buen rato mirando siempre hacia atrás, por si nos seguía algún agente o algún miliciano. Al llegar a la casa del paseo de Gracia, número 65, donde estaba la pensión, como es natural, estaba la puerta cerrada y nos acurrucamos en un extremo de la calle. Al cabo de un rato llegó un matrimonio que eran inquilinos. Abrieron la puerta y nosotras, sin hacer ruido, entramos detrás. Al llamar al piso salió a abrir mi tío y, al vernos, se cayó al suelo con un desmayo. Nos atendieron con cariño las sirvientas y nos dieron algo de comer, de lo poco que entonces ya tenían.
Al día siguiente vinieron mis tíos de la calle del Carmen y otros familiares. Yo no volví a la Colectividad, pero estuve trabajando en casa de la doctora Tuca, que trataba a mi madre, en la Gran Vía, y la ayudaba en su consulta de mujeres y niños, así que poco o mucho siempre tuve trabajo. También vino a vernos María Antonieta Vives y, como siempre, a ayudar.
Estando en la pensión ni había gas, ni electricidad, de modo que, para cocer algo de lo que podíamos conseguir, mi tío cada vez quemaba una mesita, una silla o algún otro mueble. Un día uno suyo y otro día nuestro. A veces mi madre le decía: «No quemes más cosas, que yo en Nules no tengo nada». Y él contestaba: «¿Y quieres que nos comamos crudos los nabos guerreros». Además, era ya invierno y el frío aumentaba las dificultades.
Al entrar los nacionales en Barcelona, tuvimos una alegría inmensa y, poco a poco, íbamos comiendo algunas cosas más. También entonces, José Vives Suriá nos ayudó hablando con su amigo Felio A. Vilarrubias, cuyo hermano era el director de la casa de seguros La Equitativa. Y estuve allí colocada hasta que nos vinimos a Nules.
Al llegar al Palacio de las Misiones, fuimos conociendo a todas las presas que estaban en el primer piso del Villa de Madrid. Una de ellas, falangista, se llamaba Asunción Soria Pérez, «Chon» la llamaban de modo familiar, y fue haciendo unas semblanzas en verso de las chicas que estaban con ella. Le copio algunas que aprendí en el Palacio de las Misiones:
Hay aquí una pobre enfermera
que en su vida solo trabajó de paseo,
salió con su novio y por eso una agente la encerró.
¡Yo no quiero novio, porque suelen embarcar!
¡Me quedaré soltera para tener libertad!
Otra chica se fue de visita y un agente la puerta le abrió.
muy amable le dijo que entrara; pero luego salir no la dejó.
¡Ya no haré visitas porque suelen salir mal!
Me quedaré en casita sin hacer vida social².
Otra chica se pasó de fina y en la calle a un amigo encontró.
se acercó y le dio los buenos días y por eso un agente la encerró.
¡Atención muchachas! ¡Cuidado al saludar!
¡Porque a los agentes no les suele esto gustar!³
Por la mañana nos pasamos la lendrera
y esto es un caso muy difícil de explicar,
pues van saliendo los piojos como peras
y la celda se empieza a amotinar.
¡Ay, miliciana pajolera, cuánto nos llegas a humillar,
porque llevamos en las venas sangre española de verdad!
¡Por Dios, capitán Ferrer, diga que llenen el plato!
¡Que he de pasar muchas horas yo aquí
con un poquito de caldo!⁴
En el Palacio de las Misiones primero tuvimos unos guardias rusos, a los que llamaban Etapas, que nos hablaban por señas, pues no entendían el español ni nosotras el ruso. Después tuvimos guardias españoles y luego vinieron definitivamente unas mujeres vascas, celadoras, que exigían obediencia y disciplina. Cumplido esto, su trato era humano. La jefe se llamaba Ernesto y nos decía las veces que había ido a México y a Rusia a llevar niños españoles. México está lejísimos, pero Rusia está a un paso, nos decía. Las otras eran Nati, Aurelia y Beatriz, y no sé si alguna otra. Las que eran groseras, insultadoras y siempre riñendo y burlándose eran las que teníamos en la cheka de Vallmajor, donde fueron los días más penosos de nuestro cautiverio, sin contar los bombardeos y de modo especial los interrogatorios del barco Villa de Madrid.
También quiero decirle que, poco antes de liberarse Barcelona, ya en libertad, encontré por la calle al sacerdote don José María Cunill Poblet. Nos saludamos con emoción y el mayor afecto y gratitud, por mi parte: hablamos poco por miedo.
Una de las amistades que hicimos en el Palacio de las Misiones fue la de doña María Pardo Maldonado, que decían que era descendiente de la emperatriz Eugenia. Vino a Las Misiones cuando ya estábamos nosotras un par de meses, con treinta o cuarenta mujeres más, a las que detuvieron en la Embajada de Turquía, en Madrid, cuando la asaltaron milicianos o agentes, no lo sé seguro, cuando una hija de esta señora estaba casándose con la bendición de un sacerdote con el marqués de Larios, o era ella la marquesa que llevaba este título. Esta señora, muy amable, un día en que yo me encontraba mal y al subir al altillo que hicieron en la planta baja, pues, pese a que era enorme, no cabían todas las máquinas de coser requisadas, ni los sastres y sastras que allí cosían uniformes para los soldados, la cabeza me daba vueltas y tuve que sentarme en la escalerita de madera, hasta que poco a poco pude bajar.
Por las mañanas, los últimos meses, nos daban en vez de cazo de malta otro cazo de arroz chino, con unas pieles de búfalo muy grasientas. Yo me lo comí algunos días, porque tenía hambre y necesitaba trabajar y mi madre me decía: «Hija de mi alma, cuánta hambre tendrás para comerte eso». Y eso me hizo daño y no podía comer nada. Entonces, esta señora, doña María Pardo, se enteró y me trajo unos cubitos de caldo Maggi, para que los deshiciera con agua del grifo, que ella los recibía, no sé cómo, del Socorro Blanco.
En Las Misiones estaba también una alemana, alta y muy guapa, que tenía buena relación con sus compañeras detenidas y también con mi madre y conmigo. Se llamaba Irma Hostterman, y ella y su marido, alemán como ella, estaban encarcelados por algo que hicieron en el Socorro rojo que no era correcto. Esta alemana, antes de ir al Palacio de las Misiones de Montjuic, estuvo detenida en el Seminario de Segorbe donde había también prisioneros que eran de Nules, amigos míos, y la conocían y la apreciaban.
A don Mauricio de Sivatte lo conocí muy bien y también a su esposa y a los niños, que venían algunas veces al Círculo. Yo ese año 1936 estaba todavía en el Colegio, en mi último curso, y cumplí los diecisiete años el 13 de julio de 1936. Algunas noches, al salir, mi padre me llevaba allí para dar clases de Catecismo a unos niños de primera comunión que allí acudían, y otras, para asistir a las clases de enfermeras, que nos daban los doctores García Díez, padre e hijo, que también intervinieron en la identificación del cadáver del Dr. Irurita.
Estas clases me fueron muy útiles para ayudar a la doctora Encarnación Tuca Nassarre, que cuidó durante muchos años la salud de mi madre, que estaba diabética, y me ofreció que la ayudara en su consulta.
Mi padre tenía un gran aprecio por don Mauricio de Sivatte y, poco antes de la guerra, como don Mauricio tenía muchas ocupaciones y línea directa con los principales dirigentes de la Comunión Tradicionalista, le pidió que fuese él, mi padre, el presidente del Círculo Central Tradicionalista de la Rambla de Cataluña. Mi padre tenía ocupaciones y preocupaciones graves y, agradeciéndole la confianza, también rehusó el ofrecimiento.
Al liberarse Barcelona, las hermanas Lasaga y yo fuimos a visitar a doña Ángeles de Janer, de la que tanto nos habían preguntado y también a don Mauricio de Sivatte. Este señor salió de Barcelona durante la Guerra. Las Lasaga y yo le visitamos en casa de una hermana de su mujer, donde vivían hasta conseguir un piso para ellos. Todos estuvieron amabilísimos con nosotras, y también los dueños del piso, sencillos y educadísimos, que tenían también hijos pequeños, que con los de D. Mauricio alegraban la casa.
Hacia el mes de mayo de 1940, los periódicos de Barcelona empezaron a publicar detalles de los asesinatos cometidos en el cementerio de Montcada y Reixach, y un amigo leal, José Vives Suriá, y su hermana se lo dijeron a mis tíos Juan José y Antonia, el hermano de mi madre, y fueron al hospital clínico, donde las personas con familiares asesinados formaban cola para poder entrar, hojeando unos álbumes, en cuyas hojas ponían los antecedentes de cada persona, cuyo cadáver había sido exhumado con el informe médico sobre su sexo, estatura, edad aproximada y todos los detalles que podían anotar, según el estado de descomposición. También pegaban a las hojas los trocitos de ropa que podían cortar, y le devolvían bastante el color natural con un producto alemán que usaban los médicos.
Si la familia reconocía los datos, le daban un permiso para ir al cementerio de Montcada y enterrarlo allí, o llevárselo al cementerio que quisieran. El inspector de Sanidad, y con razón, una vez identificados los cadáveres, quería que los enterrasen o los llevaran a otro cementerio, pues aquello era un espectáculo dantesco, que no tiene nada que envidiar, lo mismo que las chekas y campos de concentración de España, a los de los judíos. Lo que pasa es que ahora lo sabe poca gente y de modo especial los jóvenes.
A mis tíos les preguntaron si eran los parientes más próximos de Vicente Mariner Gimeno, como habían dicho ellos, al reconocer el informe del médico y los trocitos de ropa, gemelos, iniciales de la ropa interior, etcétera, que sin duda dijeron que era de su cuñado y que su esposa e hija estaban en Nules. Entonces dijeron que debíamos ir nosotras y enviaron un telegrama diciendo: «Identificado esposo, urge presencia».
Mi madre estuvo muy enferma, acentuada su enfermedad, por el cautiverio. Tenía angustia por no saber dónde estaba su esposo amadísimo, y al recibir la noticia empeoró aún más, hasta el punto de que nuestro médico le prohibió terminantemente que fuese a Barcelona. Fui yo, siendo acogida con el máximo cariño por parientes y amigos. No obstante, mi sueldo en el Ayuntamiento era de unas doscientas cincuenta o trescientas pesetas al mes. Mi madre no tenía ninguna clase de pensión y el préstamo de Regiones lo necesitábamos para arreglar un poco la casa.
Allí aumentaron las angustias. Unas amigas queridísimas, que habían compartido también nuestro cautiverio: Margarita, Patrocinio y Angelita Lasaga Carrión, estando detenidas con ellas, también su madre y una cuñada y su padre y otro hermano en otra prisión, me acompañaron y ayudaron mucho, y con ellas fue a la Hermandad de Excautivos, de la que era presidente el Sr. Pascual y secretaria Pilar Combelles, hija del inspector de Caballería coronel Combelles, que fue encarcelado también, con unos sesenta trabajadores de la citada Inspección, militares y civiles, y la esposa, hermana e hija de Pilarín, con algunas de las chicas que trabajaban en dicha Inspección, también compartían nuestro cautiverio en el Palacio de las Misiones.
Fui a pedirles ayuda para pagar el entierro y el nicho de mi padre, pues aunque hubiera deseado llevarlo a Nules, no podía afrontar ese gasto, y me vi apurada, para dejarlo en un nicho en Montcada —donde estuvo diecinueve años— y pagar el entierro religioso.
El Sr. Pascual y Pilarín Combelles me trataron amablemente, lamentando no tener consignación para esos gastos, y, al verme llorar, me dijeron que volviese el sábado, ya verían si podían ayudarme.
Entre tanto, uno de los empleados de la Casa de la Caritat, que eran las funerarias de Barcelona, y que era dueño de la situada en la calle del Campo Sagrado, enfrente de donde vivían otros tíos míos, se ofreció a guardarme el cadáver de mi padre, en la caja de madera tosca provisional, hasta que tuviera el dinero suficiente para comprar el nicho y enterrarlo allí.
Ese señor que se llamaba Sebastián me ayudó mucho, y en una de las muchas mañanas que fui al cementerio le dijo a mi tía Isabel Mechó, viuda de Casaus, que me acompañaba, que el cadáver de mi padre lo sacaron a un metro de distancia del Sr. obispo Irurita, que fue asesinado en la madrugada del 3 al 4 de diciembre de 1936.
El sábado volví a la Hermandad de Excautivos, como me encargó el presidente que lo hiciera, acompañada de las hermanas Lasaga. El conserje me dijo que, como era sábado, no trabajaban, pero que habían dejado una carta para mí. La cogí y, cuando se cerró la puerta, temblorosa la abrí junto a mis amigas en la escalera. Allí estaba el dinero exacto que valía el nicho y el entierro. Unos céntimos que completaban el importe los pusieron ellos en sellos de correos.
Volvimos al cementerio y encargamos el entierro, que fue al día siguiente. Al entrar en la capilla, donde el Sr. Sebastián guardaba los restos de mi padre, vi un féretro con el cadáver de don Marcos Goni y sus familiares, allí presentes, que iban a llevárselo a Navarra. La colegiala del discurso, llorando arrodillada, rezó por él y por su tío el señor obispo Irurita.
Para finalizar quiero comentarle una cosa que me he dejado en el tintero. A don Juan Bautista Roca y a don José Cirera, ambos consejeros del Banco Catalán Hipotecario, los detuvieron en la cheka de Sant Elías, pero por influencia de Ventura Gassol los liberaron. D. Juan Bautista Roca pudo marchar a Francia y allí estuvo hasta después de terminada la guerra. Eran los dos bellísimas personas, y mi padre los quería y admiraba, lo mismo que a don Miguel Junyent Rovira, presidente del Consejo de Administración.
Le pido que con su discreción no dé excesivas alabanzas a mi padre. Era un hombre normal, aunque honradísimo. Ahora bien, todo esto se lo he escrito para que se sepa toda la verdad y los carlistas recuperen su honra y su dignidad. Cuando algunos los comparan con la ETA y Sabino Arana, me caen las lágrimas por tan gran injusticia.
El testimonio de doña Trinidad Mariner Fernández iba acompañado del certificado literal de inscripción de defunción de su padre y de una carta firmada por Lorenzo Heredero Colar, agente comercial de Palma de Mallorca. El certificado decía:
«Se procede a inscribir la defunción del Sr. Anotado al margen, de cincuenta y seis años de edad, nacido el día diecisiete de junio de 1983, natural de Nules, provincia de Castellón, hijo de Trinitario Mariner Bruno y de María rosa Gimeno Gozalbo, domiciliado en Barcelona en la calle de Mallorca número 447 2.º C, de profesión director del Banco Catalán Hipotecario, y de estado casado con doña Custodia Fernández Navarrete, de cuyo matrimonio deja una hija llamada Trinidad. — Falleció en Barcelona el día 14 de diciembre de 1936, a consecuencia de asesinado por las hordas marxistas, según resulta del expediente instruido».
Don Lorenzo Heredero Colar fue compañero de don Vicente Mariner en el Banco Catalán Hipotecario. Una vez librada Barcelona, doña Trinidad Mariner le escribió. El 11 de marzo de 1939 contestó esa carta con esta:
«Distinguida señorita: Recibí su estimada de fecha 2 de los corrientes, y desde que la leí estoy realmente como atontado. Creía en lo que ha sucedido; pero siempre tenía la esperanza, hija de mi buen deseo, de que mis temores no tuvieran confirmación… pero desgraciadamente, ha sucedido, y quizás esta palabra no exprese perfectamente el verdadero cariño que por su padre (q.e.p.d.) sentía. Nuestra convivencia en asuntos difíciles para el Banco llegó a formar una amistad entrañable. Nos compenetramos tan bien, el uno al otro, que ya no más que un amigo, era su padre, para mí un buen hermano mayor. Y ya no existe. Ya no podré, como ansiaba, oír su verbo cálido, estrechar aquella mano amiga… Cómo acuden señorita ahora a mi mente, infinidad de detalles, de conversaciones sostenidas que reflejan el carácter noble, leal e inflexible en sus convicciones de católico y tradicionalista.
Recuerdo aquellos tiempos de persecución en que compramos, precisamente para Vd., un distintivo de Margarita en oro y esmalte… Y cómo me hablaba de Vd. Sentía la satisfacción de verse continuado en su hija; las mismas creencias, los mismos ideales. Y ahora pienso en los crueles momentos que viviría el pobre amigo, al verse separado de Vds. Y con la seguridad del bárbaro atropello que se iba a cometer con él…
El único consuelo que deben tener Vds. es de que Dios, en el otro mundo, habrá premiado su virtud, y también debe servirles cómo me sirve a mí de consuelo tener la seguridad de que sus verdugos no verían temblar al amigo querido; que sus convicciones más firmes en aquellos momentos le harían morir con el grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios…
E imagino el martirio de Vd. y su pobre madre… En fin, escribiría disparates si dejara expresar lo que pienso.
Mis más respetuosos saludos para su Sra. Madre y a la par que elevo con Vds. mis oraciones a Dios, por el eterno descanso del alma del buen amigo. Les ruego sigan Vds. con ese temple que me demuestra en su carta. Ello le ha de ser muy grato a su padre, máxime cuando el sacrificio de su vida, como la de otros muchos, no ha sido inútil, ya que ha servido para alumbrar una España mejor, más justa y grande.
Y con el grito de «¡Viva España!», que es el homenaje que la memoria de don Vicente Mariner Gimeno, le reitero, señorita, la expresión de mi más respetuoso cariño y b.s.m.»
Mateo Mensión Maná
A pesar de que como medida preventiva en la presente narración se han omitido toda clase de nombres, referencias concretas o detalladas, única y exclusivamente para prevenir represalias derivadas de procedimientos empleados por determinados elementos, que más adelante encontraremos convenientemente relatados, ya que normalmente tienen establecido un sistema de interpretar la libertad de expresión mediante el disparo en la nuca o la bomba indiscriminada, prescindiendo de las pocas o muchas personas que pueden quedar afectadas. Lo que sí podemos afirmar es que la narración que a continuación podrán leer es la película verídica de los momentos difíciles de una familia humilde, que tenía la gran tara de ser cristiana, circunstancia que en el transcurso de los años 1936 a 1939 se repetía continuamente con casos semejantes, por miles y miles de catalanes que se encontraban en la disyuntiva de aceptar calvarios horrorosos, o bien intentando salvarse atravesando límites fronterizos.
Todo esto sucedió en territorios conocidos por alguno como «zona republicana», y por otros, «zona roja», dependía de la valoración que aplicaban los respectivos afectados.
Comencemos pues.
Padre. Procedente de una familia inmersa en las tierras ásperas del campo, en el Ampurdán. La vida diaria era muy dura y difícilmente se podían contentar todas las bocas a la hora de comer. Una pequeña maleta con la ropa justa, con 15 incipientes años de lucha y trabajo, y un tren que ronqueando y escupiendo humo y carbón lo llevó a la ciudad para buscar la manera de ganarse el pan.
Hasta aquí la historia del padre.
Por lo que respecta a la madre, provenía de una villa de Tarragona y también optó por buscar en la ciudad lo que era problemático encontrar en su pueblo natal. En aquel tiempo no se conocía ni el agua corriente, ni la calefacción, ni las lavadoras. Pacientemente, sustituían estas incomodidades peleándose, a las seis de la mañana, con el jabón Lagarto, un picador, un triste grifo, los sabañones, un cubo, para acabar poniendo a secar la colada en patio de la casa que la habían contratado, gracias a la cual, ya de noche,
entre las diez y once, podía ir a descansar del ajetreo continuo de platos y alfombras sucias en una pequeña estancia en el desván, donde afortunadamente previamente se habían interceptado la visita de ratas o ratoncitos, naturalmente previo permiso de la señora de la casa y después de un respetuoso «Buenas noches, ¿manda alguna cosa más? Gracias… Sí, señora».
Esta es la biografía de la madre.
Casualmente, estas dos referidas personas se conocieron e intimaron y seriamente concertaron una unión matrimonial jurando delante del Señor, al que siempre fueron fieles, y ya dentro de la franqueza íntima, pero nobles en su nuevo estado, construyeron una familia bastante numerosa, entusiasta seguidora de las doctrinas de Cristo.
Es desde aquí donde nació el protagonista de la siguiente narración, la autenticidad del relato de un joven lleno de prácticas religiosas, como también de costumbres, que había aprendido de sus progenitores.
Con todo esto llegó el cataclismo del año 1936.
Fiel a los referidos principios, delante de los pésimos malos presagios que llenaban los medios populares, se preocupó, se ofreció, acompañar, incluso pasar algunas noches descansando, como guardia personal, de algún sacerdote que vivía domiciliado en un barrio conflictivo.
Y vino el día 18 de julio de 1936.
Nuestro protagonista del matrimonio nombrado tenía 20 años. Se luchaba por las calles, las fuerzas oficiales del Gobierno se rendían delante de la acometida de elementos sindicales y partidos que estaban cansados de sentirse intrigados para que se rebelaran contra situaciones socialmente injustas, considerando que había llegado el momento de plantar cara, a veces con razón, otras sin, y la sangre de los soldados se mezclaba con las de los alocados revolucionarios, además de la de los caballos de los militares, que, faltos de medios y posiblemente de razón, fueron paulatinamente replegándose, rindiéndose, a medida que por otros sitios los especialistas del desorden iniciaban una venganza dirigida principalmente a la totalidad de los que el único pecado que tenían, era creer en Dios y querer a los hermanos. Había comenzado la persecución religiosa más cruel de un país en el que parecía que la fe y el amor a Dios no se podían apagar nunca en su vivir. El cielo se oscureció del humo que salía de las Casas del Señor, y los seguidores de Cristo y de la Virgen eran perseguidos y asesinados como bestias feroces, de las maneras más despiadadas posibles.
Esto motivó que, para evitar este peligro, se iniciara por algunos un repliegamiento consistente, ya sea escondiéndose o bien intentando huir fuera del país. Los que no encontraron solución en estas modalidades aludidas o sea, los que quedaron in fraganti, eran torturados, asesinados, eliminados.
Abortada totalmente la rebelión militar, gracias a la cohesión de las fuerzas populares contrarias a regímenes dictatoriales, figuraban también elementos no muy recomendables, los cuales principalmente se dedicaron a toda clase de estropicios, originando esto el comienzo de una persecución religiosa muy violenta en la que acusaban a los que aceptamos las recomendaciones de respeto, Justicia y Paz del Buen Jesús, como causantes de aquel descalabro, y en el cual no hace falta decir no tenían el más mínimo arte y parte, al revés, pero su proceder era una manera de falsear su fobia a la vez que sacar el máximo provecho de las circunstancias, por lo que respecta a las expoliaciones y robos, no renunciando a matar, para conseguir sus venganzas, envidias y odios.
Se inició, pues, como he expuesto, la persecución religiosa más cruel del siglo XX, y es por esto por lo que todos los que se consideraban creyentes dispuestos a confesarlo sabían que la pena de muerte la tenían asegurada. Por culpa de este miedo prácticamente quedó abolida la simpática costumbre de saludarse con un «Adiós», sustituyéndolo por la palabra «Salud», y la costumbre cristiana de la Señal de la Cruz por el famoso puño en el aire importado de naciones ateo-comunistas.
En el año 1931 la calumnia de los caramelos envenenados provocó el primer ataque en forma de conventos e iglesias quemadas y sus servidores asesinados. Ahora no hacían falta estas mentiras: las doctrinas ateas del carnicero Stalin eran el cultivo del odio demoníaco contra Dios. Tenían el lema «La Religión es el opio del pueblo». De esta manera, en vez de bendiciones, surgieron los saludos amenazantes y la barbarie se apoderó de las calles, llegando el caso de que familias víctimas de este infierno se veían obligadas a recorrer depósitos de cadáveres, el Hospital Clínico y otros, buscando el destino de sus familiares que habían sido arrancados de sus domicilios para ser matados. Allí tenían que aguantar tétricas visiones de toda clase, incluso religiosas, con los ojos arrancados y otras salvajadas.
Teniendo en cuenta el ambiente reinante se tenía que hacer lo que se podía para sobrevivir. Surgieron mafias que del dolor y el peligro hicieron negocio y a cambio de mucho dinero solucionaban la situación sacando a la gente fuera de Cataluña. Precisamente, como muestra de estas epopeyas podemos citar la triste suerte de un primo hermano del protagonista de estos hechos, que siendo joven rector de un pueblecito montañés y después de haber pagado cinco mil pesetas, dos mil quinientas con billetes y las otras dos mil quinientas en monedas de plata, fue encontrado después, asesinado, en un determinado lugar del camino de huida: había sido descubierto por una de las patrullas que vigilaban la huida de aquellos que llamaban «traidores de la causa».
Volviendo pues a las peripecias de nuestro protagonista, situémonos en el día 19 de julio de 1936, él y su familia, buenos católicos practicantes conocidos como tales por los residentes del barrio, contemplaban sobrecogidos el comienzo de una derrota horrorosa que presagiaba el descalabro que llevaría casi tres años de dolor y muerte. Así es como un país en el que parecía como si la Fe y el Amor a Dios tenían que iluminar su vivir, el cielo se oscureció del humo que salía de las Casas del Señor, y los seguidores de Cristo y de la Virgen eran perseguidos y asesinados como bestias feroces, de las maneras más despiadadas imaginables, contentando así su fobia a la vez que procurando sacar el máximo provecho de las circunstancias. Por lo que respecta a las expoliaciones y robos, dispuestos a matar por lograr sus venganzas, envidias y odios.
Envalentonadas las fuerzas de izquierda, organizaron un frente nombrado «Popular» al que se unieron además de partidos políticos, todos los bajos fondos de la sociedad, incluyendo la liberación de los residentes en las prisiones, por diferentes causas. Unido esto al adoctrinamiento de las masas a cargo de elementos especialistas, incluida la Pasionaria, se dedicaron a asesinar los que, según ellos, eran los culpables de todos los males, normalmente bautizados como «derechistas», «llanuts», «fascistas», etc., etc. Es por dicho motivo que dieron tributo a la muerte toda clase de ciudadanos y ciudadanas, incluso suprimiendo la vida de religiosas al servicio de hospitales, clínicas, manicomios, maestras, Hermanos de San Juan de Dios al servicio de niños afectados de enfermedades incurables, responsables del sanatorio de Calafell, y como una pequeña reminiscencia preliminar, nuestro protagonista y sus familiares vieron sobrecogidos cómo en un convento próximo eran sustraídos toda clase de vasijas, como ropas diversas, todo malogrando y quemando efectos religiosos incluidos cálices, imágenes, etc., acabando también con la destrucción en el fuego del edificio de dicha comunidad, hecho que se fue repitiendo en multitud de veces en lugares de los países catalanes.
No todas las motivaciones que se produjeron en aquel periodo macabro eran pesimistas; algunas se podrían clasificar de curiosas, fruto de la paciencia perdida por tantas acometidas contra la gente de bien. He aquí la presente. El padre de nuestro protagonista tenía un pequeño taller mecánico, en el cual en periodos determinados de mucho trabajo había utilizado los servicios de un proletario muerto de hambre y culo de tasca. Un buen día del mes de agosto dicho individuo se presentó con «tono pinxo» y dio los siguientes buenos días: «Oye, jefe, vengo para decirte que mañana vendremos a recogerte las máquinas». Era la forma práctica de iniciar las famosas colectivizaciones del trabajo, inventado por las fuerzas de la FAI. Cierto es que aquel buen padre de familia perdió los estribos y con indignación exclamó, amenazando con un martillo que le vino a mano: «Si me cogéis mis chatarras, te juro que con esta herramienta te aplastaré la cabeza». Y aquel valiente militante de bombas y pistolas se deshinchó, convirtiéndose con un ser por la altura de los más convencidos conservadores; de hecho, el resultado fue que no lo molestaron más aparentando su gesto, seguramente asustados de la reacción de un hombre que defendía el pan de la familia y los sudores de toda una vida de trabajo.
Mientras tanto, a medida que pasaban los días, las cosas iban empeorando y complicando. Una de las primeras alertas de peligro fue la visita, un buen día, de tres valientes guerrilleros que con el pretexto de buscar armas desahogaron su malhumor toda vez que el registro había sido totalmente negativo, rompiendo las imágenes, destruyendo estampas y libros piadosos, sin despreciar la oportunidad de poder robar 30 monedas de plata que nuestro protagonista había recopilado fruto de esporádicas propinas.
Por estos mismos días se enteraron de que en aquellos primeros momentos de la revuelta habían asesinado a un buen amigo impresor que a la vez efectuaba colaboraciones en una publicación comarcal de noticias, con ideario religioso y de derechas.
Coincidía con la muerte de otros significados conocidos, que su gran pecado era creer en Dios y cumplir con los deberes religiosos.
Con infinidad de noticias similares, fueran transcurriendo nuevas jornadas, en las cuales, sobre todo por la noche, las evoluciones de los coches fantasmas tenían aterrorizados los pacíficos vecinos de la barriada, puesto que conocían los resultados de sus actividades, y vino el 11 de septiembre de 1936, fecha escogida por efectuar una nueva limpieza de los elementos considerados «indeseables», tuvo su comienzo a las once de la mañana y aquí se inició el largo calvario de nuestro protagonista. Detenido como un vulgar malhechor, convenientemente custodiado por evitar cualquier sorpresa de un elemento «tanto peligroso», fue conducido a una putrefacta prisión de pueblo, con la consiguiente compañía de escarabajos, pulgas y piojos, donde encontró a dos frailes muertos de frío, humedad y temor, y bien pronto fueron reclamados y llevados no se sabe adónde. Y paulatinamente se añadieron nuevos sobrevivientes, muchos bien conocidos y amigos, hasta llegar a un total de diez.
Como sea que sus respectivos familiares efectuaron presión para que fueran liberados, desconociendo de qué se les acusaba e interesándose por cuál sería su destino. Para despistar y eludir cuestiones difíciles de justificar, los correspondientes capitostes decidieron gritar a los cinco primeros enchironados y a las seis de la tarde eran trasladados a la cheka de San Elías en Barcelona, si bien a las diez de la noche dejaron de existir por siempre jamás.
A los restantes el Comité los retuvo hasta el día 24 en «un delicioso hotel» provisional, un sótano de una mansión de un conocido y desaparecido potentado que, temiendo por su físico, se había esfumado del mapa. En el mencionado día inesperadamente se les concedió la preciada libertad, que bien pronto volvería a quedar alterada. Mientras tanto, provisionalmente, estuvo en su casa medio escondido.
Estamos en el día 3 de noviembre de 1936.
Un coche de la Generalitat, con la correspondiente señorita acreditativa, se presentó otra vez en casa de nuestro protagonista, con una guerrilla de cuatro policías, uno de ellos lo suficientemente conocido de los que perseguían. Lo detuvieron y después de unas extrañas idas y venidas misteriosas e incomprensibles, era conducido a la Comisaría de Policía de la Vía Layetana de Barcelona. Encerrado en un sótano infecto a las diez de la noche en un lugar denominado «Aglomeración». Después de una fría estancia de 3 o 4 días, era conducido a la Cárcel Modelo, donde tuvo la sorpresa de reencontrar seglares y sacerdotes conocidos suyos, entre ellos uno al que había acompañado en noches de miedo y con el cual le unía una fuerte amistad. Este había cambiado la indumentaria de sotana negra hasta los pies, sombrero de teja del mismo color y el clásico y voluminoso manteo que parecía una reminiscencia, en negro, de la capa de Drácula, todo sustituido por una vestimenta vulgar de seglar, tirante más a obrero que nada, por huir de suspicacias que le habrían hecho peligrar la piel, mucho más del que ya estaba sorteando todo y su disfraz. Estas amistades, junto con otras nuevas, fueron desapareciendo paulatinamente. Algunos ya nunca figurarían entre las personas vivas, y en cuanto al padre mencionado fue trasladado a un viejo barco anclado en el puerto y adaptado como aplicación de las prisiones oficiales conocidas y desconocidas, provisionalmente ya sea en conventos y edificios varios requisados, además de las temibles chekas, antros de torturas, diseminadas en diferentes lugares de la ciudad, que hasta entonces pretendían ser modelo de cortesía, modernidad y acogida.
Instalado por el momento en esta ergástula y previa salida de dos jóvenes de unos 18 años que estaban ocupando la celda a la que los destinaron, se dio la buena coincidencia de que dos nuevos integrantes que se presentaron eran conocidos suyos. Pese a la inseguridad final del porvenir de su situación actual, quedaba un poco menos dolorosa con la compañía de dos buenos amigos, uno de ellos por su edad, que fue encarcelado y entregado al ejército rojo, antifascista, republicano, anarquista, es igual el nombre no hace la cosa, para nutrir las fuerzas y la notable misión de defender militarmente «la causa». Lo más triste del caso es que de este íntimo y buen amigo, miembro de organizaciones católicas (su gran pecado), nunca más se ha podido saber nada. Su rastro, el de su hermano igualmente perseguido, ha quedado diluido entre los innumerables «soldados desconocidos», o mejor dicho «mártires desaparecidos», puesto que esta probabilidad era a menudo aprovechada y ejecutada traidoramente en las filas de unas guerrillas que finalmente fueron denominadas «Ejército Regular Popular».
En el transcurso del mayo del 37, nuestro protagonista continuaba disfrutando de las «delicias» de una privación de libertad en la prisión denominada Modelo, que de todo podía presumir menos el que este nombre nos pueda hacer suponer, y acontecieron los hechos de las luchas tribales entre los socialistas y los comunistas trotskistas, durante el transcurso de una semana en la cual el ingreso de nuevos presos al digamos «hotel» era un motivo que se repetía a menudo, quedaba así alterada seriamente la convivencia interior de la prisión, hasta aquel momento ambientada por personas perseguidas, pero de conducta ejemplar, nobles y religiosas, el recelo y el miedo hacía presencia con la venida de unos exaltados «fairos», que a pesar de todo estaban imbuidos de unas ideas completamente peligrosas y difíciles de congeniar. A remarcar del mencionado establecimiento, una sección reservada a unos setenta reclusos que estaban condenados a la pena de muerte, eran lo suficiente íntegras por efectuar una ejemplar preparación, ya sea rezando, cantando, comulgando, en espera del momento fatal que cada día se les comunicaban y que representaba la ejecución de cuatro o cinco de los que estaban en capilla.
Durante la mencionada particular y deliciosa estancia preventiva, existía en el organismo dirigente un peculiar director a quien le habían aplicado el apodo de «Puñales», puesto que era una de las herramientas que traía ostentosamente en una esquina de su cuerpo, y al otro el insustituible revólver, herramienta que era la tarjeta de identificación de los considerados militantes de confianza. Lo curioso del caso es que el mencionado individuo acostumbraba a pasar revista de los «faltos de libertad» dos veces a la semana, y se presentaba acompañado de dos o tres chicas. No hace falta detallar el oficio y las actividades normales de las mismas. Hacía formar a todo el personal residente en el patio y las citadas señoritas iban escogiendo uno a uno a los que más les gustaban, en cuanto a presencia, belleza o aspecto saludable. En total quedaban designados cinco o seis que quedaban apartados de los demás, en espera de la venida de la noche, donde invariablemente fenecía violentamente su respirar de persona. No obstante estas pocas agradables perspectivas, en uno de los primeros días de junio y por la noche, tuvo la sorpresa inesperada del permiso para abandonar la prisión. No se lo tuvieron que decir dos veces, suerte que se había asesorado toda vez que era un neófito en el intríngulis de una ciudad que desconocía, se instaló en un autobús regular, hasta trasladarse a una dirección convenida, donde, con las debidas aseveraciones y reticencias, fue admitido. Por teléfono comunicó a su benefactor su liberación. Por el momento bien arropado, quieto, sin hacer ningún ruido, pasó una noche en el hueco de la escalera, pese a que las sirenas ponían en sobre aviso a los residentes del barrio en cuestión de que se protegieran de los posibles bombardeos.
Al día siguiente, un buen ángel de la guarda se presentó a recogerlo y lo acompañó a casa de un familiar del protagonista, domiciliado en un lugar poco frecuentado, una casa campesina, precisamente en la referida casa el dueño hacía pocos días, a primeros de octubre, había sido detenido y conducido en un coche custodiado, a las afueras del pueblo para ser dilapidado, saltó del mismo en plena marcha y buen conocedor del terreno se evaporó de su tutela, no pudiendo encontrarlo, salvó la vida ocultándose hasta la finalización de la persecución religiosa. Nuestro protagonista durante unos días aprovechando la tranquilidad para escuchar las noticias radiadas de un general valiente y llamativo. A la casa venían cinco o seis conocidos para conocer los hechos ocurridos durante el día y que en la zona roja eran explicados siempre como grandes victorias, cosa que los reunidos examinaban exhaustivamente con los correspondientes comentarios. Vino un jueves y, sabedor de que existía un posible sistema por huir de aquel infierno, se contactó y quedó convenido que junto con otros el sábado siguiente iniciarían a las cuatro la pertinente escapada. Se presentó en el domicilio convenido. El trato era una expedición de cuatro personas, pero uno de ellos se lo pensó y finalmente se quedó circunscrito solamente a tres. El que los recibió era desconocido por ellos, cosa que los sorprendió, y, más aún, al observar que antes de iniciar la marcha estaba muy interesado en conocer detalles, cómo y por qué habían llegado a esta decisión, dónde pensaban ir: las respuestas, unos a Francia, otros a América, pero, finalmente, se descubrió la realidad, puesto que eran víctimas de una emboscada montada por la Policía. Como resultado, tanto ellos como los organizadores quedaron detenidos y conducidos a una de las muchas chekas diseminadas en la ciudad, convenientemente camufladas. A ellos les correspondió una situada concretamente en el Portal del Ángel número 24, junto a las oficinas de la Compañía del Gas. Allí permanecieron cuarenta días. Era una antigua fábrica de joyería saqueada y habilitada para la repulsiva actividad de torturas, muy adecuada, puesto que, al estar protegida contra robos con las adecuadas rejas de hierro, cumplía a la perfección el uso malvado de la seguridad contra fugas de los pobres presos que allá estaban destinados.
Precisamente, y como muestra de los tratamientos que dispensaban normalmente, uno de los detenidos de los que esperaban informaciones, fue bárbaramente apaleado de lo lindo, cosa que, pese al método expeditivo empleado, al menos, en aquella ocasión, no les dio ningún resultado. Vino un sábado, reunieron a diez personas consideradas involucradas en el asunto en cuestión y los interrogatorios se multiplicaron enormemente. La estratagema de nuestro cada vez más encarcelado protagonista consistió en inventarse un encuentro casual en la playa, con una chica que se sorprendió de verlo en la retaguardia, por la edad que aparentaba parecía que el frente era más
lugar que le atañía. Ya en plan confidencial, y de ayuda desinteresada, le sugirió las actividades de una determinada familia que manipulaban un montaje que lo podrían encaminar a tierras más tranquilas. Las preguntas que le cuestionaban eran, por ejemplo, cómo era la chica, cómo vestía, qué edad aparentaba, Rubia, negro castaña, etc. En resumen, que su contestación invariable era que se trataba de una pura casualidad, que la recordaba poco, pues no la conocía de nada. Esta y no otra fue la contestación que mantuvo indefectiblemente. Lo llevaron a la azotea del edificio, con las instrucciones de que sin manifestarse en nada, observas las evoluciones de una señorita obligada también a deambular paralelamente con él, con objeto de descubrir la verificación de la trama, empezando por la identificación de los presos enchironados al respecto. Intentaron obligarlo a que se doblara a sus apetencias con objeto de calibrar hasta dónde estaba comprometida aquella persona delictiva (según ellos). Insistieron al máximo, si bien nuestro protagonista, esta vez con más razón que nunca, contestaba una y otra vez que desconocía a la acusada, que no era la que él había visto y descrito. En realidad, había hecho un montaje de una felonía por obtener el despiste de los guripas.
Esto aconteció durante el mes de julio de 1937. Conducidos a la Cárcel Modelo, durante una estancia de seis meses y desde allí al campo de prisioneros número 3 de Omells, cerca de Bellpuig, viaje efectuado en tren. Salieron de la estación del Norte, en la cual ya asesinaron a uno de los detenidos porque se atrevió a sacar la cabeza por la ventana del vagón. Cervera como final del trayecto. Allí los instalaron en la iglesia Mayor, donde permanecieron tres días sin comida, amontonados dentro de la nave, ni que decir tiene sin ninguna facilidad por llevar a término sus necesidades fisiológicas, con todos los inconvenientes repugnantes de la mínima realidad antihigiénica. Desde allí, a pie, se dirigieron al Molino de Omells, situado a unos treinta kilómetros en línea recta, donde se aconteció una de las etapas más lacerantes de los episodios que estamos describiendo. El contingente total de los castigados pasaba de los ochocientos, de los cuales unos trescientos fueron desapareciendo poco a poco y por siempre jamás, en especial por la crudeza del trato a que eran sometidos. Desde un principio, el que actuaba de director hizo un llamamiento para separar los que se atrevieron a alegar problemas de salud, puesto que los habían invitado a que así lo hicieran, con un resultado total de unos treinta disminuidos, enfermos y viejos, que quedaron convenientemente apartados. Hicieron incluir también un médico, que por sarcasmo, en lugar de curador, sirvió para aumentar en uno más el grupo antes mencionado. Qué destino, contemplado por todo el contingente de prisioneros, como si fueran reos peligrosos, fue el fusilamiento de todos ellos. Sencillamente, previendo que no podrían sacar ningún provecho ni rendimiento, optaron por el procedimiento más expeditivo: suprimirlos, y fuera
estorbos. Entre los asesinados un notario, excelente persona y conocido de nuestro protagonista, además un joven de su edad y residente en su mismo pueblo, Badalona. Su muerte la describimos a continuación: había pedido permiso para realizar sus necesidades, lo mataron a disparos, por la espalda, al iniciar el desplazamiento concedido, con la excusa de que intentaba escaparse. Era una estratagema a menudo empleada por esconder sus malos instintos.
El trabajo en el campo estaba organizado a base de parejas, uno con pico y el otro con la pala, por construir trincheras, nuestro protagonista tuvo la suerte de emparejarse con un compañero de campo, que trabajaba de pastelero en la ciudad, un chico muy fuerte, firme y bueno, que benévolamente se ofreció y lo hacía, llevando a cabo parte de la tarea engorrosa que sobrepasaba las facultades de nuestro protagonista. A remarcar también que cuanto el batallón ejecutaba desplazamientos, para ir y venir de la tarea, la formación era a base de ringleras de cinco personas, seriamente alertadas, y así sucedía que, en caso de algún intento de fuga, cosa muy difícil puesto que el número de guardianes era superior al de los castigados, pasaban por las armas (asesinar) a todos los restantes cuatro de la fila, junto con todos los componentes de la fila del delante y la del última o sea un total de catorce. Era uno de los tantos detalles «deliciosos» que acompañaba el vivir de unos desgraciados tratados peor que las bestias. Durante los tres meses que estuvo en este campo, tuvo lugar el juicio tendencioso y criminal, donde estaban implicados diez personas y un coronel, la acusada principal era la señorita de la que se ha hecho referencia anteriormente, completamente desconocida, pero a la que la policía imputaba como principal responsable, toda vez que parece se dedicaba a repartir pasaportes que le suministraba una pariente suya funcionaria en una oficina estatal dedicada a estos menesteres. La pena de muerte era el veredicto contra todos los inculpados, a excepción de nuestro protagonista, que se salvó gracias a las gestiones de un alcalde rojo del pueblo, que gestionó el perdón, toda vez que anteriormente había sido favorecido a la inversa por nuestro protagonista en un caso parecido. El sistema empleado para conseguirlo: simular que el prisionero era el pretendiente de la hija del alcalde mencionado. El día 23 de julio el abogado defensor comunicó a su familia que le habían conmutado la pena de muerte por la de treinta años de prisión. Era el resultado de la gestión de la persona mencionada que supo agradecer el favor recibido.
Una vez acabado el juicio, devolvieron a nuestro protagonista a la Cárcel Modelo, ingresando en la sexta Galería, y de allí lo pasaron al campo de prisioneros número 6 en Cabassés, cerca del Ebro. Había estallado la batalla del Ebro. Reducidos en la iglesia, vigilados por guardias «manyos» fugitivos de la derrota cuando los nacionales llegaron a Lérida. Era gente de muy pocos
sentimientos, de los que nuestro protagonista y demás compañeros, unos setecientos, tenían que soportar castigos (no dejaban nunca el bastón) y sufrimientos de toda clase. De los mencionados prisioneros, un centenar fue emplazado en Arbeca. En cuanto a la comida, tenían suerte de que algunas personas del pueblo, convenientemente escondidos, procuraban ayudarlos aunque en poca cantidad.
Allí se encontró con conocidos y amigos de su pueblo que por varios motivos estaban amnistiados, dispuestos a volver al frente, si bien, convenientemente marcados y vigilados y que a la más mínima eran considerados bajas mortales en la lucha, si bien la realidad era el asesinato por la espalda.
Puestos de acuerdo con unos guardas energúmenos, consiguieron que en los desplazamientos fueran los últimos de las formaciones, y así tenían ocasión de robar uvas, frutas, nabos, algarrobas, por llenar unos estómagos completamente vacíos de los alimentos más elementales.
En un buen día del mes de noviembre del 38, incomprensiblemente, se presentó un camión con un emisario para reclamarlo, cosa que todos dedujeron que había llegado el último momento de su calvario. Un sacerdote religioso le atendió espiritualmente en aquellos momentos y lo condujeron a la cheka de Vallmajor, donde estuvo desde el 23 de noviembre hasta el 23 de diciembre. La incógnita de este cambio ha quedado inexplicable por siempre jamás. Conducido nuevamente a la Cárcel Modelo, donde residió un día, y nuevamente, desde la estación del Norte, fue conducido en Centelles. Lo encerraron en un secadero de morcillas y al día siguiente continuó a pie a Castellterçol, donde pasó la noche en la montaña, aguantando un diluvio de lluvia, preparándose por pasar a Francia pese a estas malas condiciones. De un total de ochocientos, quedaron en pie únicamente unos cuatrocientos, los otros acabaron las fuerzas por el camino, enfermos, muertos o asesinatos.
Pasaron por Castellfullit de la Roca, y finalmente, como última parada, todos reunidos en un gran círculo intentando dormir, entre ellos el obispo Polanco de Teruel y quince paisanos suyos, en círculo por una muchedumbre de guardias que también habían optado por huir, con la correspondiente escopeta, pero sin el bastón de castigo acostumbrado. Al día siguiente los guardias se habían evaporado, como también el señor obispo y sus acompañantes. Si bien a estos últimos con el Sr. obispo los encontraron ejecutados antes de traspasar la frontera.
Continuando su vía crucis, se instalaron en el país vecino, tanto en Baget como Amalie les Bains, bajo la vigilancia de soldados senegaleses, y finalmente el día 10 de febrero, algunos, no todos, los que estaban más o menos en condiciones, salieron en tren desde la población de Portbou, rendidos y más muertos que vivos. Tras tantas trifulcas y peligros, pudieron saborear en sus respectivos pueblos la tranquilidad y la paz perdidas durante tanto tiem-
po, además de la compañía y alegría de los familiares que tanto habían sufrido por ellos. Era un premio bien merecido, si bien lamentando tantos y tantos amigos, familiares y conocidos que trágicamente habían marchado durante aquellos tres años, al Cielo de los justos.
Esta espeluznante narración aún tuvo un humano colofón triste. Apenas pasados unos 18 meses de paz reencontrada, su padre, que había soportado tantas dificultades y persecuciones como él y sus familiares, dejaba de existir víctima de una enfermedad, si bien anticipándose y poder desde Allí preparar para el Premio, todos los componentes de una familia cristiana y modelo, procreada en la sombra del Señor.
