7 de junio de 1968: ETA asesina al guardia civil José Pardines.
1. El verano de 1968 es importante también por otra razón: los cielos vascos inician una aurora roja. Aunque sea muy difícil trazar las líneas de origen de la ETA, por la escasez de fuentes objetivas, es imprescindible que nos refiramos a ella con los datos que con un mínimo de seguridad pueden manejarse. El País Vasco había superado la guerra civil con pérdidas relativamente moderadas, en uno y otro bando, de tal manera que al establecer la comparación con lo ocurrido en otras regiones, llegó a producirse un curioso fenómeno de autovaloración: era la moderación del pueblo vasco, pueblo rico, la que explicaba que, en medio de la gran tragedia, se hubiese dado un ejemplo de menor desenfreno; cuando se hablaba de las destrucciones se aludía a los mineros asturianos y todos sabían que eran los bárbaros alemanes los que habían destruido Guernica.
El Partido Nacionalista Vasco seguía vivo en el exilio. Vivo pero muy escasamente activo porque en el interior el enriquecimiento de las Vascongadas y la influencia que empresarios, políticos y economistas habían alcanzado con el nuevo Régimen, al unirse a la restauración de la Iglesia, apagaban muchos de sus antiguos argumentos. Desde 1952 un grupo de universitarios bilbaínos, procedentes sobre todo de Deusto, había iniciado un movimiento de renovación del separatismo bajo programas más activos. Una revista clandestina, Eguin, les servía de punto de enlace. Hasta 1959, sin embargo, después de que se hubieran unido grupos de distinto origen con ellos y con la rama juvenil del PNV en la clandestinidad, no apareció el lema Euzkadi ta Askatasuna (Vasconia y Libertad) como denominador de un movimiento que aspiraba a permanecer en las vías pacíficas y que se proponía como objetivo la creación de un Estado independiente.
En 1962 se celebró lo que en la nomenclatura propia del Movimiento se conoce como la I Asamblea. En ella se aprobó una declaración de Principios. ETA se presentaba a sí misma como aconfesional, socialista y racial, limitándose específicamente a los vascos con lengua vasca, cuya difusión e incorporación preconizaba. El objetivo volvía a ser, como en los primeros tiempos de Sabino Arana, la creación de un Estado independiente, la Patria Vasca, con cuatro provincias españolas y tres departamentos franceses que debían ser segregados de las naciones respectivas. Ya en la I Asamblea se aprobó un programa que situando a ETA en la línea de otros Frentes de Liberación, anunciaba el paso a la guerrilla urbana una vez que los preparativos y entrenamientos hubiesen concluido. Esto debía suceder no antes de 1968.
Los miembros de ETA buscaban el arraigo y la simpatía en la sociedad vasca insistiendo en el argumento de la opresión que los «ocupantes», España y Francia, ejercían sobre los vascos: los caracteres raciales del País Vasco. Apareció el signo de la svástica como símbolo de la raza. Una organización celular permitiría además impedir que la destrucción de un grupo afectase al conjunto.
Como el separatismo antiguo, también ETA pudo contar con la protección de elementos eclesiásticos. La V Asamblea, a la que correspondería pasar a la lucha armada, se celebró en dos etapas, en la casa parroquial de Gaztelu y en la casa de ejercicios de los jesuitas de Guetaria. En ella se acordó que una parte de los «liberados» —es decir, los que abandonaban su profesión y trabajo para vivir de los fondos de la organización— se convertirían para la guerrilla urbana. Resultó difícil para los organizadores mantener la unidad interna. A muchos de los miembros primitivos les repugnaba la violencia.
2. En la V Asamblea se definió también un ideario de violencia, que se presentaba como marxista-leninista, aunque en realidad compartía otras ideologías nacionalistas extremas, a veces confusas, pero útiles para atraer a simpatizantes entre los que aceptaban el mito de la nación vasca. Extorsiones, colectas y robos estaban permitiendo ya entonces acumular dinero para la compra de armas y la propaganda. Un empresario bilbaíno advirtió a Franco que tras los movimientos separatistas se encontraban las grandes empresas que se quejaban de las cargas sociales impuestas por el Régimen. La policía española recogió informes en el sur de Francia: la ETA disponía de dinero procedente del extranjero y entrenaba a sus guerrilleros en campos próximos a Toulouse, bajo la dirección, al parecer, de un antiguo oficial alemán.
El domingo de Pascua de 1968, señalado por los independentistas para la celebración del Aberri Eguna (día de la Patria Vasca), coincidió con el 14 de abril, aniversario de la proclamación de la República. La propaganda señaló una gran concentración en San Sebastián: las autoridades impidieron el acto rodeando la ciudad de fuertes controles. El Gobierno establecía una relación íntima entre este movimiento y el que en otros lugares se estaba detectando en torno al 1 de mayo. El 24 de abril hizo Carrero Blanco una advertencia: «que nadie, desde el exterior ni en el interior, abrigue la menor esperanza de poder cambiar, en cualquier respecto, nuestro orden institucional». A esta energía, manifestada por el vicepresidente del Gobierno, respondieron los agitadores con una mayor actividad: hubo disturbios en distintos lugares coincidiendo con el 1 de mayo.
Entonces por primera vez algunos miembros de Comisiones Obreras, hasta entonces ignoradas deliberadamente en su clandestinidad, fueron detenidos, y puestos a disposición del Tribunal de Orden Público. En Madrid estallaron choques entre estudiantes y policías. La oposición radical había conseguido romper la imagen pacífica del Régimen. Pero en España no llegó a producirse el mayo francés, como los agitadores esperaban.
3.
El 7 de junio de 1968 un guardia civil de tráfico, José Pardines, al detener un vehículo cerca de Tolosa para comprobar su documentación, fue asesinado por los dos ocupantes del mismo. Inmediatamente la guardia civil organiza la persecución y en lucha con los asesinos da muerte a uno de ellos y detiene al otro. Pero el fallecido era precisamente uno de los tres responsables máximos de la V Asamblea, Javier Echevarrieta, Txabi. ETA da la señal de comenzar la guerra, precediendo sus acciones con una «campaña de misas» destinada a caldear los ánimos como si de un héroe y no de un asesino se tratara.
El 2 de agosto del mismo año un grupo de acción terrorista aparece en el domicilio del comisario encargado de la investigación social en Guipúzcoa, Melitón Manzanas, y le asesina con detalles de insólita crueldad, en presencia de su mujer y de su hija. De este modo comenzaría la terrible y siniestra lista de crímenes de una organización que contaba con fuertes apoyos y concomitancias con otros grupos, también marxistas y violentos, como el FLP palestino o el IRA irlandés. La izquierda, situada en oposición al Régimen, aplaudió entonces porque esta oposición le parecía suficientemente justificativa.
El 16 de agosto fue declarado en Guipúzcoa el estado de excepción. Se decretó también la entrada en vigor del artículo segundo de la Ley para la represión del bandidaje y terrorismo. La acción de la policía fue rápida y contundente. Los cuatro principales dirigentes de ETA, incluyendo a los asesinos de Melitón Manzanas, caen prisioneros y se inician procesos con pruebas contundentes. Pero para obtener estos resultados la policía hubo de emplear métodos muy perentorios, vigilar e interrogar a personas bien situadas en la sociedad vascongada —empresarios, médicos y abogados famosos— a cuyas familias pertenecían los jóvenes terroristas. Indirectamente la represión, tan eficaz que prácticamente yuguló a ETA en pocos meses, creó simpatías hacia la organización. La propaganda insistía en desviar la atención afirmando que se perseguía a estos «chicos» porque eran vascos y no por terroristas.
De todas formas la resurrección de ETA, que llegaría a convertirse en torno a la década de los 80 en una fuerza poderosísima, no hubiera sido posible sin la ayuda que prestó el clero vasco, amparado precisamente en el régimen de concordato. La Iglesia, que tanto arraigo tuviera en este país, se dividió y, como una consecuencia de las tensiones, la vida de piedad se redujo a casi nada. La fe resulta, a la larga, incompatible con las pistolas. A imitación de los esfuerzos realizados en Cataluña se había constituido —o intentado constituir— una especie de sindicato asambleario de sacerdotes. Cuando algunos de estos sacerdotes fueron detenidos por sus implicaciones en la subversión, el obispo de San Sebastián, Bereziartúa, protestó apoyándose en el concordato. Se estableció en Zamora una prisión especial «concordataria» que servía muy bien a los intereses de quienes pretendían convertir a los clérigos en materia para el escándalo. Sus vigilantes descubrieron muy pronto que los detenidos olvidaban enteramente su ministerio para presentarse pura y simplemente como agitadores.
4.
ETA ha desempeñado indirectamente un papel esencial en la crisis profunda que la Iglesia española padece desde hace casi treinta años. Muchos eclesiásticos sometieron su acción pastoral a dictados puramente políticos. Mientras que los policías o las víctimas inocentes del terrorismo veían negada la asistencia espiritual pública, solemnes funerales se organizaban en honor de asesinos que previamente declararan su ateísmo. Se acudía a los documentos pontificios pero tan sólo para entresacar de ellos frases que permitiesen apoyar doctrinas revolucionarias; en todo lo demás, el Papa era radicalmente desobedecido. Se pedía a los obispos que se pusieran al servicio de la agitación y quienes se oponían, en nombre de la fe ortodoxa, eran calificados de retrógrados o fascistas.
Los seminarios se deshicieron rápidamente, vaciándose: pudo preverse que, a menos que se produjera un cambio radical, muy pronto no habría en España sacerdotes para cubrir el mínimo de servicios. Las secularizaciones y exclaustraciones se hicieron más rápidas. Franco se encontró, desde 1968, sin uno de los apoyos fundamentales para toda su obra. La Iglesia se estaba convirtiendo en uno de los refugios más seguros para los enemigos del Régimen que eran también sus propios enemigos pues aspiraban a implantar un modelo de sociedad materialista dialéctica de la que Dios debe ser expulsado. No se diga que estos son términos duros: a la vista tenemos los resultados de la lucha. Tampoco se trata de un juicio de valor sino de una explicación.
Era obispo de Bilbao en aquel momento Pablo Gúrpide, al que no podía reprochársele que no fuera vasco. Contra él se montó una campaña de desprestigio, aprovechando su grave enfermedad, a fin de que el nuncio no se atreviera a sustituirlo salvo por alguien que se mostrase favorable al movimiento asambleario. Durante el año 1968 se realizaron dos encierros, uno en agosto, en las oficinas del obispado, y otro en noviembre, en el Seminario de Derio, en una de cuyas dependencias agonizaba el prelado, persona bondadosa y fiel. Cuando el 18 de noviembre Gúrpide muere, en medio de la angustia, los recluidos —sesenta sacerdotes en total— se dirigen al Vaticano para exigir un nombramiento.
En este momento había un enfrentamiento entre Cirarda y el gobernador civil de Santander, Jesús López Cancio. Este había pasado al obispo un informe sobre las infiltraciones comunistas en las HOAC. Cirarda dijo que era lamentable pero luego publicó una nota en que decía que estaba calumniando a los miembros de la HOAC. Perdida la paciencia López Cancio dio una nota a la prensa diciendo que nadie había sido detenido o perteneciente a la HOAC sino porque hubiese cometido actos delictivos.
