Tras reforzar su poder interno, el régimen aprobó la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, proclamando a España como un “reino” y otorgando a Franco la facultad de elegir a su sucesor.
Aunque no se nombró todavía a un heredero concreto, esta ley consolidó la idea de continuidad del franquismo más allá de la figura de Franco. Además, mediante un referéndum nacional, el régimen buscó legitimarse políticamente ante la comunidad internacional, tratando de presentar estabilidad institucional.
Este hito marcó un paso clave hacia la futura restauración monárquica en España bajo Juan Carlos I, quien sería designado más adelante por el propio Franco. También refleja el proceso de institucionalización del régimen, diseñando mecanismos para perdurar tras su muerte.

