Los acontecimientos vividos en Ceuta vuelven a situar la frontera sur de España en el centro del debate político y estratégico. Lo ocurrido plantea una pregunta que trasciende el fenómeno migratorio: ¿estamos ante una nueva crisis fronteriza o frente a una forma de guerra híbrida en la que la presión demográfica se utiliza como instrumento de coerción política? Este artículo reflexiona sobre la evolución de las relaciones entre España y Marruecos, cuestiona la respuesta del Gobierno y analiza las consecuencias que esta situación tiene para la seguridad, la soberanía y la estabilidad de Ceuta, Melilla y del conjunto de Europa.
Hace «sólo» 8 años, a principios de agosto de 2018, escribía _Invasión a discreción_ en este mismo medio después de un artículo del _The New York Times_ en el que, por la cuestión migratoria, se señalaba a regidores europeos como Orbán, Salvini, Kurz o Seehofer y sus políticas al respecto. El tiempo ha dado la razón a esos dirigentes.
Años después, a mediados de mayo de 2021, se producía un incidente fronterizo entre nuestro vecino –que no amigo– Marruecos y España, provocado tras la asistencia sanitaria de Brahim Gali, líder del Frente Polisario, en un hospital riojano; hecho que, por otro lado, no fue del agrado del sátrapa Mohamed VI, la mano que mece la cuna de nuestra miserable política en la frontera sur –no lo olvidemos– de Europa, por mucha relevancia que esta quiera dar a Frontex y sus agentes.
Y al contemplar lo acontecido ayer en Ceuta en modo «Crónica de una invasión anunciada», no pensaba escribir este artículo, como comentaba entre gente de mi entorno. Si me hubiesen pinchado, no habría sangrado. Se veía y se verá venir cuando Marruecos quiera. Somos presa fácil de la mano de una pusilanimidad que escandaliza a propios y extraños, dentro y fuera de un territorio hispano, hoy, en peligro real.
Sin embargo, la realidad obliga, supera lo idílico y previsible, nos abruma e indigna el hecho de comprobar la pleitesía de nuestro Gobierno al reino alauí con tímidas o inexistentes respuestas; infames llamadas a consulta –la del embajador de Italia, por ejemplo– por parte de José Manuel Albares, nuestro inoperante y desnortado ministro de Exteriores; continuos fracasos diplomáticos y de nuestra Inteligencia o, sacando pecho, la traición: la asistencia anoche a la celebración en la Embajada marroquí de Madrid con motivo de la entronización del indultador de presos. Como dicen en mi pueblo –y perdón por la vulgaridad–, «además de cornudos, apaleados».
Pero hay que acusar y yo –recordando a Émile Zola en el marco del caso Dreyfus a finales del siglo XIX– acuso al Gobierno de España por haber abandonado a su suerte al pueblo ceutí; haber acorralado a nuestros nacionales en su propia tierra, en casas o negocios; y, lo peor, haber contribuido al miedo, el pillaje y la inseguridad con la llegada de decenas de miles de invasores, poniendo en riesgo la vida de más de 80.000 habitantes españoles. Y todo ello, sin acción ni reacción gubernamentales; sin previsión ni anticipación en los días previos o en los muchos años transcurridos desde las situaciones arriba recordadas.
Yo acuso al Gobierno de España por instaurar el reino del caos en Ceuta, ciudad sin ley desde hace más de 24 horas; por su abyecta sumisión al continuo chantaje de Marruecos; por poblar España de ilegales invasores gracias a políticas y leyes destinadas a la destrucción de la Nación; por la tibieza con la que se señala a quienes hacen de la vulnerabilidad ajena y de la presión demográfica una herramienta de coacción, mientras se mira hacia otro lado cuando el enemigo fronterizo abre o cierra el grifo en función de sus propios y consentidos intereses geopolíticos.
Resulta fascinante observar con qué prodigiosa agilidad reacciona la diplomacia de nuestro país cuando se trata de rasgarse las vestiduras ante los socios comunitarios, y con qué melancólica parsimonia y tremenda desidia contempla cómo «su» realidad, esa afín a su propósito electoral, desborda, una vez más, a los ciudadanos de las españolísimas Ceuta y Melilla con el consiguiente deterioro de un noqueado Estado de Derecho y la inexistencia de unas fronteras sibilinamente entregadas al invasor.
Ayer noche, mientras los vecinos de ambas ciudades autónomas volvían a vivir la conocida zozobra de quien se sabe en la vanguardia desprotegida de Europa, en las moquetas ministeriales españolas se batían récords de infamia sólo superables en el ágape de la Embajada de Marruecos, experto en instrumentalizar a su gente para, en redes sociales y con la connivencia de su Gendarmería, llevar a cabo el efecto llamada con el _hashtag_ «Haraga».
Y si la infamia contaminaba el aspecto político español, poderosamente llama la atención el «descuido» de nuestro CNI a la hora de localizar el elevado tráfico desde Castillejos a lo largo de la mañana de ayer, las sospechosas 48 horas anteriores en el espigón del Tarajal o, algo tan evidente, las ventas de flotadores y neopreno en los zocos Marcha Verde y de Ben Amar en las inmediaciones de la «perla del Mediterráneo». ¿Dónde están los análisis prospectivos de nuestra Inteligencia? ¿De verdad nadie intuyó que la presión acumulada volvería a desbordar los cauces habituales? Si se vio venir y no se actuó, estamos ante una negligencia inadmisible; si no se vio, ante un flagrante e imperdonable fallo de cobertura y anticipación.
Es de un refinado cinismo rasgarse las vestiduras ante las advertencias internacionales sobre la porosidad de la frontera sur mientras se pretende convencer al resto de Europa y espacio Schengen de que todo está bajo control. El continente no es ciego y ya se han alzado voces discordantes –Italia, Francia o Finlandia– a esa presunta normalidad de nuestras relaciones con Marruecos, instigador e iniciador de esta guerra híbrida, como advertían los supuestos «conspiranoicos», esos contra los que el Estado sí que actúa con celeridad en un perverso afán de exponer e, incluso, estigmatizar a disidencia y oposición política.
Mientras los comunicados de prensa del régimen –y del propio Pedro Sánchez– celebrarán equilibrios diplomáticos invisibles, la realidad sobre el terreno es caótica: Ceuta y Melilla, sus habitantes, pagarán la cuenta durante mucho tiempo hasta reencontrarse con una normalidad que Marruecos y la propia España han adulterado con las ansias expansionistas de uno y la acostumbrada dejadez del otro, el que con tus impuestos es incapaz de garantizar que intentes hacer la compra o pasees por la calle –si te atreves a salir– a plena luz del día sin ser acosado.
La saturación de los recursos, la sensación de impunidad, la evidencia de corruptelas, la incertidumbre económica y el continuo abandono institucional no son invenciones, sino el día a día de cualquier ciudadano español que merece algo más que –como en recientes tragedias– negligencia, buenas palabras, promesas de inversión y vanas excusas de medios serviles al Gobierno y su máximo representante.
Ceuta y Melilla continúan siendo mucho más que dos ciudades autónomas: representan la primera línea de la frontera exterior de España y de la Unión Europea. Desde la perspectiva defendida en este artículo, la combinación de presión migratoria, tensiones diplomáticas y falta de anticipación institucional evidencia un problema de seguridad que exige respuestas políticas y estratégicas de mayor alcance. Más allá de las discrepancias ideológicas que pueda suscitar este análisis, la protección de las fronteras, la estabilidad de los territorios afectados y la capacidad del Estado para responder a escenarios de presión exterior seguirán siendo cuestiones decisivas para el futuro de España y de Europa.

Es una guerra híbrida, esta invasión la utiliza Marruecos ante la gran debilidad del Gobierno de España y la falta de preparación en materia de política internacional, aparte de esto había que saber que esconde el Rey de Marruecos que este sabe de Pedro Sánchez, o también a través del Caso Pegasus israelí, de todas todas la obsesión de Marruecos es Ceuta y Melilla y las Canarias, pero hay que recordar a los moros que Ceuta tiene una antigüedad desde el año 1415, y Melilla de 1497, Marruecos ni existía todavía. que sepan que Ceuta fue conquistada por Portugal en ese mismo año y Melilla fue tomada por Castilla también en este año de 1497, no porque estén en las costas africanas ya les corresponde a ellos. El tener un gobierno inútil y traidor a España y a los españoles es lo que nos pasa, lo ocurrido se podía haber evitado teniendo al Ejército, en este caso a La La Legión y a los Regulares vigilando siempre esta frontera, día y noche y permanentemente, siempre, los 365 días del año no estando acuartelados mirándose unos a otros sin hacer nada, para eso están y no para repartir bocadillos y mucho menos en misiones internacionales en donde nada se nos perdió . Urge el desprendernos de este gobierno infame para poder que en España tengamos una alternativa que sitúe a nuestro país en el escalafón de los mejores a nivel nacional e internacional, siendo una realidad en inversiones extranjeras con gran confianza y mandando a la carcel a este gobierno de corruptos de ladrones, de separatistas y terroristas, y a la vez el pueblo español que despierte y que deje su paranólla de seguir votando a esta gentuza de malhechores. ¡ Arriba España !