LA ENTREVISTA DE BORDIGHERA
I. La evolución del nacional-sindicalismo
1.
Desde el verano de 1940, Hitler dominaba ampliamente sobre Europa, del río Vístula al Canal de la Mancha y desde Noruega hasta el Mediterráneo. Únicamente Inglaterra, situada en una posición excéntrica y apoyada por sus antiguas colonias, había conseguido de momento escapar a la influencia de este Orden Nuevo hegeliano. Quien se oponía a sus deseos era rápidamente invadido y destruido. El nacional-socialismo aspiraba a crear una Europa a su imagen, penetrando en los partidos nacionalistas de otros países a fin de moldearlos. En España la presión era visible: en un informe de la embajada italiana de Madrid, el 28 de noviembre de 1940, se reconocía que su influencia estaba perdiendo rápidamente terreno a causa de los métodos eficaces que los alemanes empleaban. Todas las Universidades habían recibido lectores, que disponían de dinero, efectuaban regalos y al mismo tiempo informaban. En el caso de que hubiera llegado a producirse la invasión, las autoridades alemanas habrían conocido con detalle nombres y características de las personas que iban a servirles. Por medio del acuerdo entre Transocean y Efe, y de las subvenciones a periodistas, la prensa difundía una imagen favorable y atractiva de Alemania. Se había descubierto el modo de subvencionar a escritores, asegurando la compra de decenas de millares de volúmenes de sus obras. Quien guardaba el recuerdo de aquellos años sabe muy bien hasta donde llegaba la penetración alemana.
Sin embargo, entre los que rodeaban a Franco, la influencia alemana era mirada con recelo. Por una parte había una incompatibilidad absoluta entre el racismo materialista nazi y el cristianismo imperante en España; la Iglesia comenzaba a exagerar incluso sus temores. Por otra, los responsables de la Economía seguían advirtiendo que las directrices impartidas por los alemanes a sus empresas parecían enderezadas a conseguir la reducción de España a una posición subordinada, como reserva agrícola para la futura Europa. En un famoso discurso, el 5 de diciembre de 1940, ante un grupo de dirigentes de la industria del motor, Demetrio Carceller reconoció que Inglaterra había salvado a España, con su mediación cerca de Roosevelt, de caer en manos de Alemania.
Este era el núcleo del drama: rechazar el sistema democrático liberal, por su esencia disgregadora, y utilizar al mismo tiempo el apoyo de los países capitalistas para evitar los excesos de la influencia totalitaria nazi. Los esfuerzos de captación alemanes se dirigieron especialmente a aquel sector del Movimiento, Falange Española, que parecía más próximo a los modos y costumbres del nacional-socialismo. En realidad Falange era, en 1940, la única fuerza política digna de tal nombre y aspiraba a lograr una identificación absoluta con el Movimiento, desplazando a la corriente tradicionalista, de raíz monárquica, a la que menospreciaba.
2.
Franco estuvo siempre de acuerdo con los postulados de Falange y con la reforma social que preconizaba, pero no con el intento de ciertos sectores que querían otorgarle las prerrogativas de un Partido único. Su plano de referencia absoluta estaba más arriba, en el concepto cristiano de persona: de cuando en cuando recordaba que la legislación era abierta y que las decisiones políticas tenían que ajustarse a las circunstancias cambiantes. El nacional-sindicalismo se caracterizaba precisamente por el no sometimiento a postulados fijos. El Generalísimo prescindía de fórmulas para se estaba en política; así de simple. Debe llamarse la atención de que Carceller era ya entonces uno de los principales protagonistas en el esfuerzo de acercamiento a los Estados Unidos.
Franco aceptó, ya desde mayo de 1939, frente al liberalismo y al socialismo más o menos nacional, que repudiaba, el sistema sindicalista que Serrano Súñer, desde Falange, le ofrecía. Cuando se estaba discutiendo la ley sindical, se utilizaba un término que es expresivo: Ley de Bases de la Organización Nacional-sindicalista. En la última etapa de actuación de Gerardo Salvador Merino, se promulgó la ley del 6 de diciembre de 1940: el nacional-sindicalismo se definía como instrumento para el desarrollo del país, la regulación del trabajo, la planificación de la Economía y la anulación de la lucha de clases. Debía contar con dos clases de organismos: Sindicatos nacionales, que aunaban capital y trabajo en una función fundamentalmente económica, de estímulo y vigilancia de la producción, y las Centrales nacional-sindicalistas que se encargaban de la defensa de los derechos de los trabajadores. Los enemigos de Gerardo Salvador alegaban que, por este procedimiento, toda la economía nacional se sometía al sindicalismo mientras subsistían por medio de las centrales, los sindicatos de clase que reimplantarían inevitablemente la lucha social. Al prescindir de Gerardo Salvador se suprimió esta dualidad, introduciéndose en cambio los sistemas de jurados y la jurisdicción laboral para superar los conflictos.
Los sindicatos, como anunciaba el prólogo de la Ley del 6 de diciembre, tendrían que servir para «establecer la disciplina social de los productores». El 18 de julio era definido como «levantamiento de España a costa de nuestros propios deberes», cuyo objetivo ni siquiera el de la primitiva plataforma falangista sino en una meta a alcanzar; la unidad entre los hombres, suprimiendo la lucha de clases, y entre las tierras de España. Así, a final de las diferencias regionales en una sola Patria. El 20 de febrero de 1941 lo explicaría con estas palabras: «nosotros sabemos mejor que nadie —porque nuestro pueblo es español— que nuestro pueblo está más unido que nadie y que la unidad más potente cuando por sobre aquella se eleva una fuerte conciencia unitaria de común destino histórico». Siempre el recuerdo al pensamiento-eje de José Antonio Primo de Rivera acerca de España, «unidad de destino en lo universal».
Esta peculiar concepción imponía constantes modificaciones a las estructuras políticas elementales. El mismo día 6 de diciembre de 1940 otra Ley instituía el Frente de Juventudes, en que se refundían las Organizaciones Juveniles de Falange y el Sindicato Español Universitario. Constituido en dos ramas paralelas, masculina y femenina, el Frente era concebido como medio para la formación política, militar y moral de los más jóvenes. Ahora bien, todos los asesores religiosos serían sacerdotes católicos «nombrados en la forma procedente», es decir, por el ordinario de la diócesis. El 22 de febrero de 1941, obstaculizando un proyecto del Frente falangista del Aire, otra Ley despejaba
algunas confusiones iniciales en cuanto a lo que iba a ser la Milicia Universitaria: sería una Academia militar, administrada, constituida y mandada sólo por militares que dependían de su respectivo Ministerio. En otras palabras, en
lugar de aproximarse al modelo alemán, prácticamente ganó el Generalísimo el rumbo lo suficiente para establecer dos ejes, cristiano y militar, específicamente español.
Sin embargo, esta doctrina acerca de la unidad insistía en formar que de acometer. España era un país sumamente medido de hombre hispánico. Era mucho más fácil de convencer que se estaba en política; así de simple. Debe llamarse la atención de que Carcell er era ya entonces uno de los principales protagonistas en el esfuerzo de acercamiento a los Estados Unidos.
Los nazis también contaban con estos disidentes españoles para la recluta de agentes.
A estos primeros auténticos puede definírseles como republicanos en el sentido que tomaría esta expresión en la última fase del fascismo: lo que deseaban era un hombre fuerte que tomase el mando. Es posible que Yagüe fuese en
aquellos momentos el candidato idóneo. Stohler conocía su destitución y confinamiento, pero le atribuía erróneamente una voluntad nazificadora. De hecho Yagüe era demasiado leal a Franco para erigirse en jefe de un movimiento de esta naturaleza. Este grupo que trabajó sin mucho éxito para conseguir su implantación en varias provincias, probablemente ignoraba que aquel Thomsen —el nombre era Hans Thomsen, aunque probablemente se trataba de un pseudónimo— era en realidad agente de la Gestapo. Franco, informado por sus servicios, desarmó fácilmente la conjura sin recurrir en ningún momento a represalias. Y aquel fue ascendido. En marzo de 1941 Tarduchi comentó con sus amigos, de un modo muy español, que el Generalísimo era un gallego imposible: que el pensamiento falangista era algo que no podía llevarse a la práctica. Y lo dejó. Pero los servicios de García tomaron buena nota: llegada la ocasión sería posible resultar conspiraciones de esta clase.
II. La actitud anglo-americana
1.
A finales de 1940, como hemos visto, el Reino Unido y España habían llegado a un acuerdo, moderadamente satisfactorio, para abrir una puerta, facilitar créditos e incluso vender mercancías en cantidades suficientes para asegurar que el país no iba a perecer, aunque tampoco contaría con los excedentes que pudiese vender en Alemania. A esto llamaba el Gobierno presidido por Churchill «política de flexibilidad».
En la práctica resultaba muy difícil no excederse en las restricciones, pues los británicos querían que los depósitos españoles se encontrasen suficientemente vacíos para no constituir ninguna tentación para las divisiones alemanas acuarteladas en la frontera. Cuando se convenció de que la entrevista de Hendaya no había conseguido alterar la neutralidad española, Winston Churchill provocó un encuentro con el duque de Alba, fuera de protocolo. Es el primer gesto.
El 9 de diciembre de 1940 el embajador español fue invitado a un almuerzo en Downing Street, al que asistieron contadas personas, cuidadosamente escogidas: el ministro de Transportes, el secretario de Colonias y el subsecretario de Guerra. Era, por primera vez, una promesa de respaldo al Régimen, un gesto privado de comprensión. Churchill explicó que había visto con simpatía el Alzamiento de 18 de julio de 1936, pero que había pasado a desconfiar de Franco cuando vio que éste obtenía la ayuda de Alemania e Italia. Sin embargo estaba ahora plenamente convencido de que España estaba intentando salvar su neutralidad, para lo cual había decidido proporcionar ayuda económica, aunque no podía eludir el temor de que, finalmente, no pudiese resistir la presión alemana. Concluyó asegurando al embajador: «Yo detesto a los comunistas tanto como ustedes». El almuerzo del 9 de diciembre es una confirmación del discurso ante los Comunes el 8 de octubre, en que Churchill se acostumbró a considerar a Franco como el hombre español que podía servir para entenderle.
2.
La situación económica española era tan mala, en las postrimerías de 1940, que cuando vencieron los plazos del préstamo de 800.000 libras que garantizara Juan March en 1937 con su aval, el Gobierno prorrogó y renunció en cambio al depósito que le garantizaba, un paquete de Cédulas Hipotecarias Argentinas. A pesar de que el propio March y la empresa acreedora, Kettellworth, Sons y Compañía, intervinieron con ofertas generosas para evitar lo que significaba pérdida importante en el patrimonio, Larraz y Carceller, y en definitiva Benjumea y el propio Franco, replicaron: ¿de qué sirve pagar intereses durante un nuevo plazo si de todas formas nunca vamos a reunir el capital suficiente para rescatar la prenda? Una sociedad financiera suiza. Sólo en 1942 hubo un intento de recuperar las prendas.
Si éste era uno de los objetivos fundamentales de la política inglesa —mantener a España en un estado de postración que la alejase de las aventuras bélicas— no cabe duda de que fue alcanzado. Aunque otra cosa pretendan en sus Memorias posteriores, sir Samuel Hoare estaba satisfecho. Había establecido contacto con numerosas personas y distribuía boletines de noticias que se recibían con la fruición de quien descubre y aprecia los matices del Régimen español. En Barcelona la policía española detectaba la circulación de las hojas británicas y el incremento de simpatía hacia los ingleses. Estos informes constituían un valor entendido, como si la entrada de Inglaterra en guerra significase que Marruecos podía ser objeto de negociación entre Francia y España.
Como consecuencia de las promesas de Winston S. Churchill, y en opinión española, de la sustitución de lord Halifax por mister Anthony Eden, mejoró notablemente la actitud británica hacia España. El 2 de enero de 1941, contrastando con el tono general de otras emisiones, la B.B.C. de Londres transmitió unas declaraciones de sir Samuel Hoare, en versión inglesa únicamente, destinadas a tranquilizar a sus compatriotas respecto a las intenciones españolas sobre Gibraltar.
El 17 de enero, los funcionarios de la embajada británica en Madrid, en conversación con diplomáticos españoles que habían acudido a despachar los navicerts recientemente otorgados, comentaron con intención estos dos puntos: a) estaban muy satisfechos de la habilidad política de Franco que había conseguido llegar hasta esta fecha conservando, contra todo pronóstico, la paz; b) pensaban que un acercamiento de éste a Pétain podía ser muy útil para todos, puesto que sólo el Caudillo podía evitar que el anciano mariscal se inclinase de nuevo en favor de Laval, como querían los alemanes.
3.
La diferencia fundamental entre el Reino Unido y el Gobierno norteamericano consistía en que aquél era capaz de descubrir y apreciar los matices del Régimen español y sus diferencias con los totalitarios, mientras que los colaboradores de Roosevelt se aferraban a la idea simplista y falsa de que España era un país fascista, y punto final.
La propaganda que durante estos años tuvo América para cambiar la mentalidad de sus propios ciudadanos, contrarios a la intervención en Europa, creó pasiones, contrarios a la intervención en Europa, creó pasiones, slogans y prejuicios que luego resultaron imposibles de desarraigar. Por ejemplo, cuando el 7 de enero de 1941 la Cruz Roja efectuó la primera entrega de trigo americano, en polvo y medicinas, la embajada se quejó de que no se hubiese dado suficiente publicidad al asunto sin considerar que era precisamente aquella la época en que se estaba librando otra de las difíciles batallas para convencer a los interesados.
Adolfo Hitler llegó al convencimiento de que Franco se había «vendido al enemigo por la promesa de alimentos», probablemente no estaba dispuesto a consentirlo; pero mientras preparaba sus fuerzas para el ataque a Rusia, retrasado a causa de la campaña en los Balcanes, decidió sustituir las amenazas por el halago. Con pretexto de la presencia del rey Carol de Rumanía en España —los alemanes querían que se instalase en Bélgica u Holanda— von Ribbentrop llamó a Espinosa de los Monteros y le formuló las quejas del Reich por el retraso español en la declaración de guerra. «Me dijo que unos les aseguraban que nuestro país no quiere la entrada en guerra; otros que los generales se oponían a ella; otros que la situación difícil de alimentos en España había hecho que se tomaran acuerdos con Inglaterra». En seguida la amenaza: «que tengamos la seguridad de que ésta no ha de cumplir nada de lo que promete y que esta nación no ha de hacer otra cosa que procurar apartarnos del Eje en la seguridad de que, admitiendo la hipótesis inadmisible de su triunfo, lo primero que haría sería apoyar en España un régimen que haría imposible la continuación del General Franco». Añadió que los alemanes habían «olvidado completamente las divergencias surgidas en Hendaya en las que no tenía razón el ministro Serrano Suñer» y que él mismo había oído como el Führer había dicho a la señora Dirkson, refiriéndose a Franco: «sí, es muy simpático».
Este largo preámbulo buscaba un objetivo. Ribbentrop preguntó a Espinosa si tenía con el Generalísimo suficiente confianza para ir a Madrid a exponerle directamente la entrevista, eludiendo la intervención de Serrano Suñer. «No he de caer en la candidez —explicaba el embajador el 27 de diciembre— de pensar que todavía me hacía objeto eran las pruebas de simpatía de que me hacía objeto eran las buenas respuestas motivadas por haber llegado a tener con muchos señores acciones que afortunadamente mantengo con ellos les interesa de mi ánimo hacia el terreno que a ellos les interesa de».
2.
La situación en cuanto a los abastecimientos interiores era dramática. Según los informes de la Dirección General de Ganadería la falta de carne era debida sobre todo a la actitud de las autoridades locales —alcaldes y gobernadores— que preferían una política de manga ancha con los especuladores a fin de abastecer a sus conciudadanos. España tenía que vender una parte de su producción, restándola al consumo interior, para proveerse de divisas: esto creaba abusos y cimentaba rumores desfavorables. Los alemanes habían montado en la comarca de Salamanca una empresa de transportes que disponía de doscientos camiones Imbert y Krupp: esta empresa, denominada Mario, compraba cerdos a mayor precio que nadie y los exportaba subrepticiamente, ocultos en envíos legales.
Los británicos, que habían comenzado prohibiendo la exportación de aceites vegetales a España a fin de obligar a consumir su producción y no venderla a Alemania, supieron mostrarse comprensivos, según antes vimos, al comprobar la existencia de brotes de tifus exantemático. Desde finales de marzo de 1941 el propio Winston S. Churchill presionaría sobre sus amigos norteamericanos para que abran la mano en España, a fin de preservarla de una invasión alemana. Corder Hull se mantuvo firme: quería una declaración expresa y por escrito de retorno a la neutralidad desde la beligerancia. Tal declaración en aquellos momentos resultaba impensable. Tal declaración en aquellos momentos resultaba imprescindible.
En el recuerdo de los españoles, aquel invierno de 1940 a 1941 fue sumamente duro. Carecían de las cosas más elementales. Con un tono de esperanza se les anunciaban fuentes mejores, es decir, que pronto se suministraría una ración diaria de pan de 250 gramos. La prensa intentaba convencer a los oyentes de que los boniatos eran superiores a las patatas y de que la planta de algarrobo poseía cualidades alimenticias no descubiertas. Las zonas industriales padecían problemas que se suponía que las raciones que se distribuían no permitían sobrevivir y los alimentos en el mercado negro alcanzaban precios extraordinariamente elevados. Se cortaban cupones de las cartillas de racionamiento en los restaurantes antes de servir la comida, y se vendían en el mercado negro para obtener una picadura capaz de ser fumada. Fue, en suma, como se repitió más tarde, «el año del hambre».
Pero sucedió algo muy notable. Los españoles se sintieron movidos por una extraordinaria voluntad de trabajo, mientras se registraban esfuerzos tenaces para dar a la vida cierto retorno de normalidad. Las dificultades se atribuyeron, no sin razón, a la combinación de la guerra mundial y la sequía, circunstancias pasajeras. El Gobierno no se limitó a defenderse frente a la adversidad: siguió adelante con sus proyectos para dotar al país de la infraestructura necesaria para un futuro desarrollo. Aquel invierno comenzaron a aparecer las primeras publicaciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; entre ellas una revista sefarad que se proponía «recoger e inventariar el acervo cultural hebreo-español», lo que no dejaba de ser un desplante a la política racista del III Reich que se acercaba rápidamente a la espeluznante «solución final». Fue puesto en marcha un programa de repoblación forestal para cubrir 180.000 hectáreas de bosque —las que serían intencionadamente destruidas desde 1976— y otro de construcción de 12.000 kilómetros de carreteras. Cuando el 1 de febrero de 1941 se cumplieron las concesiones ferroviarias de carácter nacional, se decidió la estatalización de los ferrocarriles a través de un organismo que fue llamado Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (R.E.N.F.E.). Hacía mucho tiempo que las grandes empresas estaban en crisis y no abonaban dividendos; sus salarios eran además muy bajos. De modo que la nacionalización resultaba requisito indispensable para emprender una reforma de todo el sistema ferroviario.
3.
Como consecuencia de las promesas de Winston S. Churchill, y, en opinión española, de la sustitución de lord Halifax por Mister Anthony Eden, mejoró notablemente la actitud británica hacia España. El 2 de enero de 1941, contrastando con el tono general de otras emisiones, la B.B.C. de Londres transmitió unas declaraciones de Sir Samuel Hoare, en versión inglesa únicamente, destinadas a tranquilizar a sus compatriotas respecto a las intenciones españolas sobre Gibraltar.
El 17 de enero, los funcionarios de la embajada británica en Madrid, en conversación con diplomáticos españoles que habían acudido a despachar los navicerts recientemente otorgados, comentaron con intención estos dos puntos: a) estaban muy satisfechos de la habilidad política de Franco que había conseguido llegar hasta esta fecha conservando, contra todo pronóstico, la paz; b) pensaban que un acercamiento de éste a Pétain podía ser muy útil para todos, puesto que sólo el Caudillo podía evitar que el anciano mariscal se inclinase de nuevo en favor de Laval, como querían los alemanes.
A finales de diciembre, Franco podía sentirse satisfecho de los resultados: España seguía fuera de la guerra, la operación Félix estaba suspendida, los británicos comenzaban a mostrarse más comprensivos y Marruecos permanecía en paz. El gran problema era el hambre. Inglaterra, por medio del bloqueo naval, estaba sometiendo a la Península a condiciones españolas de vida; esto creaba una cólera tan grande que ponía en grandes dificultades a los partidarios de la neutralidad benevolente. El 11 de noviembre de 1940 se aplicaron mayores restricciones para el tránsito por España, porque no era posible alimentar a los refugiados; esto significaba un peligro para los numerosos fugitivos, incluidos judíos, que habían estado llegando. En su discurso del 11 de enero de 1941, al que hemos aludido, Serrano Suñer anunciaba que estaba dispuesto a luchar enérgicamente para aminorar los efectos del bloqueo. Este sería sin duda el argumento principal de la política exterior en dicho año.
Pero el Generalísimo, que había vuelto a solicitar el envío de un militar de relieve para comprobar la exactitud de sus protestas, dio las gracias y prometió responder en cuanto regresara de Italia, adonde iba invitado por Mussolini. Como de costumbre presentó la larga lista de sus necesidades. El Gobierno alemán había aprendido a considerarlas como eran: un pretexto dilatorio para no entrar en guerra.
Franco preparó cuidadosamente su encuentro con Mussolini, más cuidadosamente acaso que el de Hendaya; tal vez porque no estaba seguro de poder eludir la respuesta tajante. Comenzó publicando un decreto (27 de enero de 1941) que regulaba los honores correspondientes al Jefe del Estado en España. En dicha preparación los informes que Manuel Villegas, desde Roma, y Antonio Barroso, desde Vichy, le proporcionaban, resultaron preciosos: no lo eran menos las fuentes de la embajada británica. Villegas comunicó el 27 de enero la caída de Tobruk y la desintegración del Ejército en Abisinia; dos días después emitió el juicio de que Italia se encaminaba hacia una catástrofe.
Franco anotó los datos. Entrar en guerra ahora equivalía a compartir la derrota.
El 11 de febrero, a punto ya de que el Caudillo iniciara el viaje, Hoare comunicó a sus jefes que estaba tranquilo respecto a la decidida voluntad de aquél de mantener a su país fuera de la guerra. También creía que la verdadera razón del viaje no era tanto la entrevista con Mussolini como Pétain, en cuya amistad estaba interesado, porque si Hitler lograba resolver la crisis interior, imponiendo a Laval, se encontraría en condiciones mucho mejores para ayudar al mariscal.
2.
Rechazado Espinosa de los Monteros, el corpulento barón von Stohrer acudió a El Pardo el día 20 de enero de 1941 con objeto de leer a Franco una comunicación de su Gobierno. En esta «hora histórica» que «acaba de sonar», se invitaba al Caudillo a que en el plazo de veinticuatro horas diese respuesta, clara y precisa, a la propuesta de entrar en guerra. A Franco molestaban siempre los plazos: se colocaba en la posición de entrar en guerra. A Franco molestaban siempre los plazos: a la propuesta de entrar en guerra. A Franco molestaban siempre los plazos: entró en conversación larga y precisa, a la propuesta de entrar en guerra. A Franco molestaban siempre los plazos: entró en conversación larga y precisa, a la propuesta de entrar en guerra.
Von Stohrer comunicó a Berlín el resultado de su gestión y recibió inmediatamente un memorándum expresando el disgusto del Führer, que presentó directamente al Jefe del Estado en una audiencia del 23 de enero. Las palabras finales de memorándum eran éstas: «el Gobierno alemán actúa de esta manera a fin de evitar que España emprenda a última hora un camino que, según su firme convicción, sólo puede terminar en catástrofe; pues a menos que el Caudillo decida inmediatamente unirse a la guerra de las potencias del Eje, el Gobierno alemán no puede sino prever el fin de la España nacional».
El embajador alemán procuró suavizar en lo posible esta expresión e hizo oferta de entregar 100.000 toneladas de trigo que Alemania poseía en los depósitos de Portugal. Pero no evitó la indignación de Franco que, como «todo español honrado, se permite sólo una cosa: seguir el camino que mejor conviene a su nación». Hitler ordenó a von Ribbentrop que insistiera: Stohrer debía solicitar nueva audiencia, porque el Reich «pide una vez más al general Franco una respuesta clara». Esta vez tardó cuatro días en concederla. Nunca consiguieron de él los alemanes esa respuesta clara que reclamaban. La confusa situación que se estaba produciendo en Francia fortalecía su desconfianza.
A principios de febrero de 1941 de nuevo Hitler cambió de procedimiento. Envió una carta personal a Franco, que trataba de los perjuicios del comercio común con sus vecinos.
3.
Por esta vez Hoare estaba en lo cierto: Vichy era más importante que Roma. Antes de abandonar el territorio español, ocasión única en su trayectoria de gobernante, Franco entregó plenos poderes a un comité de tres personas, José Enrique Varela, Juan Vigón y Esteban Bilbao, todos monárquicos, tradicionalistas, nada germanófilos: si algo imprevisto sucedía, España podía ser conducida a la resistencia contra los alemanes. Franco atravesó Provenza en automóvil. Las tropas que en el trayecto le rindieron honores estaban a las órdenes de un general aristocrático, De Lattre de Tassigny, a quien el destino reservaba todavía el cometido de liberar París tres años más tarde. Ciano anotó en su Diario: «se nos confía la misión de hacer volver al hogar al hijo pródigo español».
El 12 de febrero el Jefe del Estado y su Ministro de Asuntos Exteriores se instalaron en Villa Margherita de Bordighera. La entrevista con Mussolini fue mucho más cordial, entre otras razones, porque la amistad era mayor y más antigua. Los españoles del séquito rompieron fácilmente el hielo y descubrieron en sus colegas italianos actitudes críticas sobre la situación.
Parece, además, que Franco estuvo mucho más claro. Preparó una breve nota manuscrita para que le sirviera de guión, sin ampliar ninguno de los puntos: «España no puede entrar por gusto. Canarias. Sahara. Guinea. Aviación. Gana y carbón». Gracias a ella conocía los cuatro argumentos fundamentales que esgrimió:
a) La comunicación de España con las potencias del Eje a través de Francia, resulta precaria.
Mussolini no pudo cumplir el encargo y acabó dejándose arrastrar por su interlocutor y proponiendo al Führer que se conformara con mantener a España en el papel de «aliado político del Eje», pero sin forzar su intervención en la lucha.
4.
El 13 de febrero de 1941, cuando regresaba a España, Franco se entrevistó en Montpellier con el mariscal Pétain, a quien acompañaba su vicepresidente, el almirante Darlan. Era urgente establecer nuevas vías para las relaciones cordiales entre ambos países. El Gobierno español reconocía la casi beligerancia francesa en favor del Frente Popular; el francés estaba inquieto por las continuas alusiones a una rectificación fronteriza en Marruecos. La presencia de Darlan debe ser destacada porque al sustituir a Flandin había iniciado una línea de pasividad en relación con los alemanes, aunque oficialmente declarase que seguiría la cooperación acordada en las visitas de Montoire.
Los españoles, que llevaban un convoy de veinte automóviles, fueron recibidos con gran pompa. De fuente francesa se dice que el mariscal quedó impresionado por la confianza que su interlocutor español mostraba en la Providencia de Dios. Pétain confesó a Lequerica pocos días más tarde: «La visita del general Franco a su vuelta de Italia, me ha impresionado… y la considero de gran importancia para el porvenir».
Con cierta prudencia evasiva, el Caudillo dejó caer la idea de que no tenía intención de intervenir en la contienda y que confiaba en la ayuda de los amigos para impedir a cualquier beligerante la utilización del territorio español. No se trató para nada de Marruecos: según Piétri, los españoles esperaban en cambio que se encontrara en una situación de secuestro, sin libertad de movimientos y totalmente controlado por los intereses británico, y también español. Barroso insistía: nada podría sernos tan desfavorable ahora como un acuerdo entre Francia y Alemania.
Al final, concluía, Alemania tratará mal a los italianos por lo poco que le han servido.
El Jefe del Estado español hizo la acostumbrada y monótona explicación de las dificultades en que su país se encontraba; en aquellas condiciones, lejos de ser una ayuda para nadie, constituía una carga. Decididamente se negaba a entrar en guerra: toda su supervivencia dependía de los suministros exteriores. ¿Estaba Alemania en condiciones de tomar sobre sus hombros la obligación de dar a España cuanto necesitaba? Evidentemente no. Por otra parte, en la entrevista de Hendaya, Franco creía haber recogido la impresión de que el Führer estaba más interesado en lograr la alianza francesa que la española. Esto, a su juicio, era un error porque «Francia nunca colaborará. No hay Gobierno capaz de mantener la disciplina del pueblo francés».
Luego se extendió en otras consideraciones: «tenía la impresión de que Alemania no conocía bien al pueblo español ni sabía cuáles eran sus aspiraciones seculares» al reducir a la Península a un puesto secundario en el orden europeo.
Mussolini no pudo cumplir el encargo y acabó dejándose arrastrar por su interlocutor y proponiendo al Führer que se conformara con mantener a España en el papel de «aliado político del Eje», pero sin forzar su intervención en la lucha.
El 14 de febrero de 1941 Franco estaba de regreso en El Pardo. Del protocolo de Ribbentrop ni del redactado en Ayete no se volvió a hablar. Ahora sí que el fantasma de la guerra parecía alejarse. La noche de aquel día toda España se vio sacudida por una catástrofe: la ciudad de Santander fue destruida, en gran parte, por un incendio fomentado por vientos fortísimos. Acudir en socorro de la capital de la Montaña se convirtió en principal tarea. La atención española se desvió del campo internacional.
El 26 de febrero el Caudillo redactó la respuesta a la carta personal del Führer entregada el día 8. Con increíble sutileza aclaró que se había preocupado de contestar «pronto» a las graves reflexiones planteadas; de hecho tomó incluso precauciones para que Hitler no la recibiera antes del 6 de marzo. Se sorprendía de que los suministros tantas veces prometidos no hubiesen comenzado a llegar, así como de que las fuerzas del Eje aún no estuvieran en Suez: pretender el asalto de Gibraltar sin dominar el extremo oriental del Mediterráneo significaba un riesgo excesivo. Definitivamente había ganado tiempo. Lo que Franco ignoraba en absoluto era que el Oberkommando de la Wehrmacht, informada del fracaso de la entrevista de Bordighera, había decidido posponer hasta el otoño las operaciones de Malta y Gibraltar (15 de febrero). El próximo embite era la «operación Barbarroja»: repitiendo el mismo error de Napoleón, Hitler movía sus invencibles divisiones para desplegarlas en arco frente a la estepa rusa. El 22 de febrero von Ribbentrop ordenó a von Stohrer que suspendiese por ahora las presiones sobre Franco. También le recordó que la negociación con los disidentes no era de su incumbencia sino de los agentes del Partido.
5.
Gracias a la eficiencia de los servicios de información, el Gobierno español conoció detalladamente las reacciones de la embajada británica en Madrid. Es indudable que también los ingleses estaban excelentemente informados, a pesar de lo cual nunca conocieron con precisión las conversaciones y su contenido. «Existe alguna desorientación en la embajada en lo que respecta a las entrevistas celebradas en estos días… sin embargo hay que destacar la impresión de franco optimismo que ha sucedido a la ansiedad de días pasados». Percibían fundamentalmente tres factores de cambio: las crecientes dificultades de los católicos en el régimen nacional-socialista tenía que influir negativamente en la amistad germano-española; las entrevistas volvían a poner de actualidad una de las ideas cultivadas por Francia, de acercamiento y colaboración entre potencias mediterráneas, de ninguna manera gratos a Alemania; y la posición de incomovible firmeza de la S.E. en lo tocante a la posición de no intervenir». Los ingleses decían, para que lo escuchasen los espías españoles, «que una de las grandes cualidades del Caudillo es una absoluta sinceridad y la rectitud en la línea de conducta que adopta».
Tres párrafos de los informes que estamos analizando merecen especialmente la atención; proceden de conversaciones captadas en el interior de la embajada y resumidas por los escuchas españoles que, sin duda, añadieron matices especialmente gratos a la persona a quien iban dirigidos. No cabe duda de que, en sus líneas maestras, reflejan la actitud británica y explican el giro, de nuevo favorable, entre marzo y junio de 1941. Vale la pena reproducirlos:
«Al hablar de un intervencionismo español, no sólo lo dudan sino que lo rechazan. Se apoyan, desde el primer día que se habla de esta cuestión, en el criterio que de la independencia y de la dignidad nacional tiene S.E. Aseguran que la efusividad del saludo y cordialidad manifestada por S.E. y el Mariscal, y la gran honradez y entereza de S.E., animó a los que los presenciaron a pensar que España no era peón de juego de nadie, y que caminaba por el recto sendero de sus necesidades nacionales. Aseguran que el Mariscal ha dado motivo a que los que le han oído pensar en su gran satisfacción en la entrevista con S.E. Dicen que esperan conocer la impresión de todo ello con detalle».
«Hablan de que los problemas a tratar —entiéndase en Bordighera— fueron enfocados en su día por Alemania que es la que en definitiva tenía y tiene un principal interés en la cuestión. Parece que la postura de Italia era la de interesar a España en la cesión de bases como Cádiz y Ferrol, entre otras, para el caso en que, no solucionada la crisis francesa en un sentido de moderación, pudieran unirse en un frente único las fuerzas británicas, las de De Gaulle y las de Weygand. Por otra parte parece que el interés de Alemania estaba en recabar el prestigio del Generalísimo cerca de Pétain para llegar a una solución armónica con las potencias del Eje, quitando de en medio el peligro africano».
«De todas formas aseguran ellos que la no intervención de España era diáfana merced a la actitud de S.E., el cual políticamente ha ganado inconmensurable predicamento como Jefe de Estado en la polémica europea, y coinciden todos en afirmar que es hoy el único Jefe de Estado del mundo que se encuentra en extraordinaria situación para intervenir en momentos señalados de la Historia de Europa en un sentido de la máxima gloria. El informante ha querido indagar aún más estas afirmaciones en sus concretos fundamentos y detalles y sólo han dicho que puede ser que goce hoy de la confianza de todos (entiéndase bien que el inglés raramente afirma concretamente)».
El viaje de Franco por las soleadas tierras del Midi y la Riviera calmó, indudablemente, muchas de las ansias de los ingleses que tenían la vista dirigida a Gibraltar. El 27 de febrero le hicieron llegar un mensaje indirecto manifestando el agradecimiento por su actitud. Los periódicos portugueses, inspirados por agencias británicas, y gibraltareños, comenzaron a elogiar la prudente neutralidad española.
IV. Muerte de Alfonso XIII
1.
En el último día del mes de febrero de 1941 se conoció en España otra importante noticia: había muerto, en Roma, Alfonso XIII, el último rey. El tercero de sus hijos, don Juan, pasó a colocarse en la primera línea de sucesión dentro de la rama isabelina que los tradicionalistas no reconocían, pero que estaba fuertemente apoyada en una legitimidad de ejercicio durante casi cien años. El primogénito de don Alfonso, llamado como él, había renunciado a sus derechos el 11 de junio de 1933 porque iba a contraer matrimonio con una señorita cubana, Edelmira Sampedro-Ocejo. Diez días más tarde, por sugerencias que se le hicieron, también renunció el segundo infante, don Jaime, «por mí y por los descendientes que pudiera llegar a tener»; había en este segundo caso un impedimento físico porque era sordo; aprendió a leer en los labios de sus interlocutores, pero nunca pudo oír. Esto no fue obstáculo para que el 4 de marzo de 1935 contrajese matrimonio con Emmanuelle Dampierre, de la que nacieron dos hijos, Alfonso y Gonzalo.
El Rey otorgó a don Jaime y a su esposa el título de duques de Segovia.
Estas renuncias, efectuadas en el destierro —sin posibilidad de asentarlas en registros ni refrendarlas por las Cortes— podían dar origen a litigios. Alfonso XIII, como indicamos en otro lugar, no había renunciado a sus derechos ni abdicado tampoco en 1931; seguía siendo rey aunque estuviese en suspenso el ejercicio de las funciones reales. Tal vez por esta razón y para disipar dudas, decidió el 15 de enero de 1941, mes y medio antes de su muerte, transmitir sus derechos a don Juan, que escogería entre los títulos largos, el de conde de Barcelona.
«No por mi voluntad», dijo en el acta, sino por ley inexorable de las circunstancias históricas, podrá tal vez mi persona ser un obstáculo, y es deber mío remover esos posibles obstáculos sacrificando toda consideración personal para servir a la gran causa de España».
Franco aceptó siempre la validez de esta renuncia y consideró a don Juan como el único representante de la dinastía despojada. Con él mantuvo un largo diálogo, a veces interrumpido, siempre reanudado, considerando a su linaje como alternativa, también única, para un restablecimiento de la Monarquía, lo cual no significaba que no contemplase otras soluciones para el nuevo Estado. Con sus mismas palabras, «si en España un día debe haber un rey», sólo don Juan y su descendencia podían salir el soberano, decisión confirmada más y más en el transcurso del tiempo, de devolver la corona a la Jefatura del Estado, le condujo inexorablemente a un diálogo, casi nunca fácil, con el conde de Barcelona.
El Gobierno acordará las medidas necesarias para el traslado de los restos al Panteón del Real Monasterio y en su día, el Gobierno acordará las medidas necesarias para el traslado de los restos al Panteón del Real Monasterio.
Las representaciones españolas en el extranjero recibieron órdenes de organizar en forma solemne las exequias por el alma del difunto rey. En Vichy asistió a las mismas el mariscal Pétain. En Madrid los funerales se celebraron en San Francisco el Grande, presididos por el propio Franco que inauguró la costumbre de acudir cada año a la cita con las honras fúnebres por los Reyes de España.
Esto sucedía el 4 de marzo de 1941; dos días después despachó Alfonso Hoyos con cartas de condolencia para don Juan, que había tomado la decisión de instalarse en Lausana, territorio neutral, cerca de la residencia de su madre la reina Victoria Eugenia de Battenberg.
Sólo después de la muerte de don Alfonso, se dio a conocer el texto de la carta de aceptación de su renuncia por el conde de Barcelona: seguía una línea de pensamiento coincidente en tres aspectos básicos con el de Franco. Primero en la crítica al parlamentarismo liberal y al régimen de partidos, recordando que Alfonso XIII había «luchado contra la infecundidad de formas estatales impuestas por los tiempos, pero desviadas a nuestra mejor tradición». Segundo, afirmando que «los sufrimientos padecidos por nuestro pueblo en relación con la guerra civil», estaban motivados por la falta de entendimiento y que «los sufrimientos padecidos por nuestro pueblo en relación con la guerra civil»…
Franco, en su día, el Gobierno acordará las medidas necesarias para el traslado de los restos al Panteón del Real Monasterio. Las representaciones españolas en el extranjero recibieron órdenes de organizar en forma solemne las exequias por el alma del difunto rey. En Vichy asistió a las mismas el mariscal Pétain. En Madrid los funerales se celebraron en San Francisco el Grande, presididos por el propio Franco que inauguró la costumbre de acudir cada año a la cita con las honras fúnebres por los Reyes de España.
Esto sucedía el 4 de marzo de 1941; dos días después despachó Alfonso Hoyos con cartas de condolencia para don Juan, que había tomado la decisión de instalarse en Lausana, territorio neutral, cerca de la residencia de su madre la reina Victoria Eugenia de Battenberg.
Sólo después de la muerte de don Alfonso, se dio a conocer el texto de la carta de aceptación de su renuncia por el conde de Barcelona: seguía una línea de pensamiento coincidente en tres aspectos básicos con el de Franco. Primero en la crítica al parlamentarismo liberal y al régimen de partidos, recordando que Alfonso XIII había «luchado contra la infecundidad de formas estatales impuestas por los tiempos, pero desviadas a nuestra mejor tradición». Segundo, afirmando que «los sufrimientos padecidos por nuestro pueblo en relación con la guerra civil», estaban motivados por haber llegado a tener con las buenas relaciones con el exterior, manifestando su «propósito irrevocable de restaurar España el sentido político y social de nuestra Monarquía tradicional, renovando el aliento cordial y generoso que le dio vida y que sobre nuestra fe católica y sobre la conciencia de nuestra unidad de destino, cimentó la unidad política y la grandeza de España». Palabras todas que podrían suscribirse desde la exigencia del más riguroso nacional sindicalismo.».
