1. La invitación del Führer no podía ser desatendida. Franco maniobró hábilmente para conseguir que la entrevista tuviese por escenario un lugar de la frontera y no el territorio alemán: era tratado como Mussolini y no como los gobernantes de países sometidos a quienes se obligaba a acudir a la antesala del amo. Como preparación para dicho encuentro, realizó una brusca remodelación de su Gobierno. El 18 de octubre de 1940, Juan Beigbeder conoció, por el Boletín Oficial del Estado que ya no era Ministro; le había sustituido en el cargo Ramón Serrano Súñer. Al mismo tiempo, Demetrio Carceller sustituía a Alarcón de la Lastra en Industria y Comercio. Ante la opinión pública, dentro y fuera de España, la interpretación del acontecimiento no era otra sino que Franco había dado un giro en favor de Alemania: Serrano y Carceller acababan de regresar de Berlín. Hoy sabemos que diferentes eran las cosas, pero la documentación que nos ilustra no era accesible.
No fue designado en cambio un Ministro de Gobernación, sin duda para evitar cambios en el personal y las orientaciones, sino un Subsecretario, José Lorente Sanz. En teoría la responsabilidad del Ministerio pasó a Franco, pero en la práctica Serrano Súñer, que retenía la Jefatura de Prensa y la de la Junta Política, a través de la cual pasaba toda la organización del Partido, era quien acumulaba resortes de poder superiores a ningún otro. Puso a dos falangistas de uniforme de guardia en su despacho —en sus Memorias Hoare les convertiría en una guardia personal— y llevó a la Subsecretaría a un falangista vallisoletano, Peche y Cabeza de Vaca, con gran escándalo de los diplomáticos de carrera.
Poco antes de su toma de posesión, Serrano había escrito a von Ribbentrop para comentar los resultados del informe que hiciera al Generalísimo después del viaje: le anunció que en un plazo muy breve, España estaría en condiciones de ofrecer un proyecto de tratado con Alemania e Italia, pero que debía mantener esta noticia en el mayor secreto porque necesitaba obtener cuanto trigo, algodón y petróleo le fuera posible.
Resulta difícil saber qué perseguía Franco con el nombramiento. Beigbeder había sido sustituido —lo repetía muchos años más tarde— porque era ya una víctima del Intelligence Service que conocía todos sus documentos. Serrano Súñer afirma en sus Memorias que estaba ya completamente decepcionado de la amistad con Alemania y decidido a mantener a España fuera de la guerra. Lo mismo repite en sus ya mencionadas conversaciones con Heleno Saña. Ningún motivo hay para rechazar esta afirmación que aparece efectivamente confirmada en sus actuaciones. En consecuencia también podemos formular la hipótesis de que esta actitud —no anglófilo, pero tampoco germanófilo— fuese precisamente la que Franco buscaba al encargarle de la cartera de Asuntos Exteriores. El Ejército, desde luego, no se mostró satisfecho.
2.
La tercera semana de octubre de 1940 fue, para Francisco Franco, de aguda tensión. Tuvo que conservar su sangre fría para no dejarse arrastrar por los nervios. Beigbeder explicó a Hoare el 17 de octubre que dos días antes había despachado con el Caudillo al que encontró optimista y cordial. Sin embargo llovían los toques de alarma y también las denuncias. El más sorprendido fue, seguramente, Sir Samuel Hoare que, en la misma tarde del 18 de octubre, visitó a Beigbeder en su domicilio para testimoniar la condolencia. Al siguiente día tuvo una audiencia con Franco, a las 11 y media de la mañana, que se olvidó cuidadosamente de relatar en sus memorias. Su tono era colérico cuando explicó a sus subordinados que había dicho al Caudillo «que no estaban dispuestos a aceptar más insultos y el trato injusto que recibían de los órganos de prensa y del ambiente general». Pero en realidad lo que trataba de hacer era un sondeo: ¿qué consecuencias podría derivarse del cambio? «La persona visitada —explicó al retornar a su embajada— le dio una impresión de gran confianza al afirmar que quien llevaba la política exterior era él… y una gran sensación de tranquilidad y entereza». «Por ese lado, no tengo duda alguna». Franco tenía, pues, en sus manos el timón de la nave, como antes.
La prensa, en efecto, contribuyó a deformar la opinión general, presentando la noticia como si se tratara de una decisión de más acercamiento al Eje. Franco es aliado importante —llegaba a decir— que Hitler hará el viaje más largo de su vida para entrevistarse con él en la misma frontera. Y esto no era exacto: el Führer aprovecharía para acercarse a Hendaya, un intervalo en las conversaciones franco-alemanas que debían celebrarse en Montloire; estaba muy interesado en aprovechar la cólera de Vichy por las agresiones británicas y el reconocimiento que su Gobierno hiciera del Comité de De Gaulle, para atraer a Francia al campo de sus aliados.
El 20 de octubre Himmler estuvo en España, pero nada se sabe de sus gestiones salvo su presencia en una corrida de toros y un almuerzo en la Embajada alemana. Queda en pie la hipótesis de que el terrible jefe de las S.S. supervisara las condiciones de seguridad para el encuentro.
Von Ribbentrop, que había tenido ocasión de tratar a Espinosa de los Monteros, informó a éste de la entrevista y del deseo de que actuara como intérprete por parte española: el 20 de octubre, el jefe de protocolo de la Wilhelmstrasse le comunicó que se le había reservado una cabina en el tren especial del Führer, Erika. Pero ese mismo día un telegrama urgente de Serrano Súñer le ordenó trasladarse en avión a Madrid sin demora. Hubo de excusarse ante sus anfitriones alemanes quienes le recordaron que el tren español en que viajaba el Caudillo debería encontrarse en la estación de Hendaya a las 4 en punto de la tarde. Espinosa de los Monteros llegó a Madrid el mismo día 20 a las seis y media de la tarde, pero no fue recibido por Serrano Súñer hasta el 21 a las 11 de la mañana. El Ministro se mostró sorprendido de que los alemanes le hubiesen revelado la entrevista, pero no quiso explicar nada. Es evidente —coinciden los testimonios de Serrano y del embajador— que no confiaba en él. Le despidió con la orden de presentarse el 22 de octubre en el palacio de Ayete de San Sebastián, residencia ordinaria de Franco en esta ciudad.
3.
La mañana del 23 de octubre de 1940 fue, en Hendaya, soleada y de buena temperatura, aunque a la tarde llovió ligeramente. La estación internacional disponía de un sistema doble de vías paralelas, a fin de que pudiesen entrar los trenes españoles que utilizan todavía carriles más anchos que los europeos. Hitler y von Ribbentrop, que el día anterior se habían entrevistado ya con Laval, y eran esperados el 24 por Pétain, llegaron antes de la hora prevista, las 14 y media, según Schmidt, o las 15,30, según los datos proporcionados a la prensa española. Francisco Franco llegó tarde: había pernoctado en San Sebastián, lo mismo que su cuñado. Se dijo que no habiendo conciliado el sueño la noche anterior, durmió una breve siesta antes de emprender el viaje.
Durante una hora, según las fuentes alemanas, o unos minutos, según la pudica referencia española, el Führer paseó por el andén, engalanado de banderas alemanas y españolas, a la vista de los soldados que iban a rendir honores. En conversaciones posteriores el Caudillo insistió en que el retraso había sido absolutamente involuntario.
Tres compañías de infantería alemana, impecables, a las órdenes del coronel Ricert, formaron en el lado francés. Según el mariscal Keitel los fusiles de los españoles eran defectuosos y sus uniformes pobres. Franco, al leer este testimonio, le declaró falso. Cuando el Generalísimo español descendió del vagón, Hitler y von Ribbentrop le esperaban al pie de la escalerilla: hay abundantes fotografías que permiten comprobarlo.
Franco vestía uniforme militar con gorro cuartelero mientras que el Führer usaba el uniforme del Partido para la guerra. El barón von Stohrer hizo las presentaciones y luego, juntos, los dos jefes de Estado revisaron las tropas. Quince años más tarde, Franco recordaba que «el Führer, al revisar las tropas que le rendían honores, estaba muy engallado, levantaba mucho la cabeza y lo hacía con aspecto hosco. Luego cambió el semblante cuando se metió en el coche-salón y su cara adquirió un aspecto tranquilo y plácido, sonriente. Por eso me pareció teatral el primer aspecto de su persona».
El más sorprendido fue, seguramente, Sir Samuel Hoare que, en la misma tarde del 18 de octubre, visitó a Beigbeder en su domicilio para testimoniar la condolencia. Al siguiente día tuvo una audiencia con Franco, a las 11 y media de la mañana, que se olvidó cuidadosamente de relatar en sus memorias. Su tono era colérico cuando explicó a sus subordinados que había dicho al Caudillo «que no estaban dispuestos a aceptar más insultos y el trato injusto que recibían de los órganos de prensa y del ambiente general». Pero en realidad lo que trataba de hacer era un sondeo: ¿qué consecuencias podría derivarse del cambio? «La persona visitada —explicó al retornar a su embajada— le dio una impresión de gran confianza al afirmar que quien llevaba la política exterior era él… y una gran sensación de tranquilidad y entereza». «Por ese lado, no tengo duda alguna». Franco tenía, pues, en sus manos el timón de la nave, como antes.
La prensa, en efecto, contribuyó a deformar la opinión general, presentando la noticia como si se tratara de una decisión de más acercamiento al Eje. Franco es aliado importante —llegaba a decir— que Hitler hará el viaje más largo de su vida para entrevistarse con él en la misma frontera. Y esto no era exacto: el Führer aprovecharía para acercarse a Hendaya, un intervalo en las conversaciones franco-alemanas que debían celebrarse en Montoire; estaba muy interesado en aprovechar la cólera de Vichy por las agresiones británicas y el reconocimiento que su Gobierno hiciera del Comité de De Gaulle, para atraer a Francia al campo de sus aliados.
El 20 de octubre Himmler estuvo en España, pero nada se sabe de sus gestiones salvo su presencia en una corrida de toros y un almuerzo en la Embajada alemana. Queda en pie la hipótesis de que el terrible jefe de las S.S. supervisara las condiciones de seguridad para el encuentro.
Von Ribbentrop, que había tenido ocasión de tratar a Espinosa de los Monteros, informó a éste de la entrevista y del deseo de que actuara como intérprete por parte española: el 20 de octubre, el jefe de protocolo de la Wilhelmstrasse le comunicó que se le había reservado una cabina en el tren especial del Führer, Erika. Pero ese mismo día un telegrama urgente de Serrano Súñer le ordenó trasladarse en avión a Madrid sin demora. Hubo de excusarse ante sus anfitriones alemanes quienes le recordaron que el tren español en que viajaba el Caudillo debería encontrarse en la estación de Hendaya a las 4 en punto de la tarde. Espinosa de los Monteros llegó a Madrid el mismo día 20 a las seis y media de la tarde, pero no fue recibido por Serrano Súñer hasta el 21 a las 11 de la mañana. El Ministro se mostró sorprendido de que los alemanes le hubiesen revelado la entrevista, pero no quiso explicar nada. Es evidente —coinciden los testimonios de Serrano y del embajador— que no confiaba en él. Le despidió con la orden de presentarse el 22 de octubre en el palacio de Ayete de San Sebastián, residencia ordinaria de Franco en esta ciudad.
3. El encuentro de Hendaya
La mañana del 23 de octubre de 1940 fue, en Hendaya, soleada y de buena temperatura, aunque a la tarde llovió ligeramente. La estación internacional disponía de un sistema doble de vías paralelas, a fin de que pudiesen entrar los trenes españoles que utilizan todavía carriles más anchos que los europeos. Hitler y von Ribbentrop, que el día anterior se habían entrevistado ya con Laval, y eran esperados el 24 por Pétain, llegaron antes de la hora prevista, las 14 y media, según Schmidt, o las 15,30, según los datos proporcionados a la prensa española. Francisco Franco llegó tarde: había pernoctado en San Sebastián, lo mismo que su cuñado. Se dijo que no habiendo conciliado el sueño la noche anterior, durmió una breve siesta antes de emprender el viaje. Durante una hora, según las fuentes alemanas, o unos minutos, según la pudica referencia española, el Führer paseó por el andén, engalanado de banderas alemanas y españolas, a la vista de los soldados que iban a rendir honores. En conversaciones posteriores el Caudillo insistió en que el retraso había sido absolutamente involuntario.
Tres compañías de infantería alemana, impecables, a las órdenes del coronel Ricert, formaron en el lado francés. Según el mariscal Keitel los fusiles de los españoles eran defectuosos y sus uniformes pobres. Franco, al leer este testimonio, le declaró falso. Cuando el Generalísimo español descendió del vagón, Hitler y von Ribbentrop le esperaban al pie de la escalerilla: hay abundantes fotografías que permiten comprobarlo. Franco vestía uniforme militar con gorro cuartelero mientras que el Führer usaba el uniforme del Partido para la guerra. El barón von Stohrer hizo las presentaciones y luego, juntos, los dos jefes de Estado revisaron las tropas. Quince años más tarde, Franco recordaba que «el Führer, al revisar las tropas que le rendían honores, estaba muy engallado, levantaba mucho la cabeza y lo hacía con aspecto hosco. Luego cambió el semblante cuando se metió en el coche-salón y su cara adquirió un aspecto tranquilo y plácido, sonriente. Por eso me pareció teatral el primer aspecto de su persona».
La entrevista principal se celebró en el tren oficial del Führer; en el momento de subir al vagón se dijo a Espinosa de los Monteros que ni él ni von Stohrer iban a participar. «Terminó la entrevista —se quejaba después Espinosa— sin que el embajador de España en Berlín se enterase en absoluto de lo tratado». No existe ningún documento que refleje la conversación entre ambos Jefes de Estado, de modo que sólo versiones indirectas conocemos: Paul Schmidt, que recoge la opinión de von Ribbentrop, a quien sirvió de intérprete —en la entrevista de Franco fue sustituido por Gross— hace una descripción poco favorable del Caudillo, a quien compara con un muecín musulmán por su voz aguda.
El 28 de octubre Adolfo Hitler resumió a Mussolini la impresión que le hiciera: «Franco me pareció un corazón valeroso, pero un hombre que ha llegado a la Jefatura del Estado sólo gracias a una combinación. No tiene talla ni de hombre político ni de organizador». Este juicio no deja de ser curioso en boca de quien, antes de cinco años, se suicidaría en el búnker de Berlín mientras se desplomaba sobre su cabeza el mundo onírico que había intentado construir.
El Führer hizo una larga exposición acerca de la nueva organización que proyectaba para Europa y anunció ya una fecha precisa: sus paracaidistas estaban preparados para lanzarse el 10 de enero sobre Gibraltar. Cuando acabó, el Generalísimo hizo también su larga exposición, como atestigua Ramón Serrano Súñer. Habló de Marruecos y de sus ministros: ¿podía dar Alemania inmediatamente 100.000 toneladas de trigo? Los argumentos de Franco irritaron al parecer a Hitler: los soldados alemanes que montaban guardia alrededor del tren le vieron en un momento levantarse y pasear, mientras hablaba.
Es importante precisar dos de los argumentos utilizados por Franco: Inglaterra no estaba vencida y si resistía con tanto empeño es porque esperaba una intervención norteamericana; España no podía ceder a nadie el derecho a apoderarse de Gibraltar.
A las seis y cinco de la tarde la entrevista terminó. Serrano Súñer acompañó a Franco a su vagón; en el camino éste comentó: «esos tíos lo quieren todo y no dan nada». Luego el Ministro español regresó al tren alemán para reunirse con von Ribbentrop. Hablando directamente en francés, Serrano Súñer dijo a su colega alemán que «en lo que concierne a las peticiones territoriales de España, las declaraciones de Hitler habían sido muy vagas y no constituían una garantía suficiente para nosotros». La reunión entre los dos ministros fue breve pues a las siete de la tarde se dio a la prensa un comunicado en dos idiomas, alemán y español, que decía escuetamente:
—El Führer ha tenido hoy con el Jefe del Estado español, Generalísimo Franco, una entrevista en la frontera hispano-francesa. La conferencia se ha celebrado en el ambiente de camaradería y cordialidad existentes entre ambas naciones. Tomaron parte en la conversación los Ministros de Asuntos Exteriores del Reich y de España, von Ribbentrop y Serrano Súñer respectivamente.
Serrano Súñer permaneció luego dos horas aproximadamente con Franco hasta el momento de asistir a la cena ofrecida por el Führer. Según Schmidt, el Generalísimo estuvo sentado entre von Ribbentrop y von Brauchist, y Hitler entre Serrano Súñer y Espinosa de los Monteros. Luego Franco se despidió para regresar a San Sebastián. Serrano Súñer continuó discutiendo con von Ribbentrop y se negó rotundamente a firmar el protocolo que éste presentaba y que era un compromiso a declarar la guerra a los aliados.
II. El Protocolo de Ayete
1. Desde el punto de vista alemán la conferencia de Hendaya constituyó un fracaso; los miembros del séquito de Hitler no escondían su irritación, ni siquiera en presencia de Espinosa de los Monteros. Según Paul Schmidt «Ribbentrop maldecía al jesuita Serrano y al ingrato cobarde de Franco, que nos lo debe todo y ahora no se unirá a nosotros». Hitler explicó a Mussolini que «no se pudo llegar más que a un proyecto de tratado después de una conversación de nueve horas» porque Franco se reservaba absolutamente el derecho a fijar el día y la hora de su entrada en guerra. Fue entonces cuando pronunció la frase que daría la vuelta al mundo: «antes de volver a entrevistarme con él, preferiría arrancarme tres o cuatro muelas».
Oigamos ahora el comentario de Franco, quince años después: «Comprendí claramente que el Führer no quedó muy satisfecho de la entrevista, lo cual era natural; como afirmó la prensa y se dijo en varias biografías y memorias de altos personajes, se marchó de muy mal humor. Conmigo estuvo siempre correcto y no exteriorizó ni un momento ese mal carácter que dicen que tenía».
Eran las dos de la madrugada del 24 de octubre, según recuerda Serrano, cuando él y Franco llegaron al palacio de Ayete, en San Sebastián. Decidieron redactar a toda prisa una propuesta de protocolo que pudiera presentarse como alternativa de la que acababan de rechazar. Lo importante era que contuviese condiciones —la más importante que España decidiría por sí sola el momento de declarar la guerra— inaceptables para los alemanes. Se iba a correr un riesgo porque ¿qué sucedería si los alemanes firmaban? Serrano Súñer tranquilizó al Generalísimo: «en el orden civil… es nulo aquel acto o convenio en que todos los derechos quedan a favor de una parte y no hay correlación ninguna con la otra». Faltaba únicamente buscar la persona que fuese a entregar el documento. Para eso estaba Eugenio Espinosa de los Monteros. Serrano Súñer prohibió al embajador que leyera el texto, porque iba a ser rechazado y convenía que quedara fuera de los registros diplomáticos.
Este es el protocolo de Ayete, al que Ribbentrop contestó con la rotunda negativa que se esperaba. Espinosa retornó a San Sebastián y despertó a Serrano, que apenas si había podido conciliar un breve sueño. Es cierto que el embajador hizo consideraciones muy serias acerca del peligro que para España sobrevendría si se negaba a firmar el texto de von Ribbentrop, que de nuevo presentaba. Serrano se negó a que Espinosa hablase con el Generalísimo y le ordenó que se presentase en Madrid al día siguiente a las 7 de la mañana.
Este desplazamiento, que sin duda tenía por objeto impedir que el general se reincorporase al séquito del Führer, se alargó más; no fue recibido por su Ministro hasta el 26, a las 11 de la mañana, cuando ya el Erika rodaba de nuevo hacia Alemania. Serrano estuvo con él durísimo, como correspondía al deplorable concepto que tenía formado, pero consecuente también con una actitud que contrastaba fuertemente con la germanofilia que Espinosa de los Monteros había creído siempre que debía defender. «Al saludar al señor Ministro éste emitió conceptos altamente injustos para el embajador sobre la resignación con que éste se dejaba tratar en Berlín, como seguramente no se trataría al señor Alfieri». Y le dio instrucciones breves y tajantes: «ya sabe Vd., con esos señores nada de atenciones ni de amabilidades». El testimonio de Espinosa de los Monteros constituye el mejor alegato para destruir la leyenda de la sumisa germanofilia de Serrano Súñer.
El Protocolo de Ayete ha desaparecido. No es nada anormal puesto que se trata sólo de una minuta, pensada para su nulidad desde el origen. Los historiadores desearíamos evidentemente conocer cuál fue el recurso de habilidad que desvió la ofensiva de von Ribbentrop, pero el hecho importante es que Franco salió de Hendaya indemne, con ciertas promesas verbales y un consenso en continuar las negociaciones. Algunos escritores, empeñados en manchar la memoria de este éxito que, con otros varios, logró preservar a España de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, insisten en que Franco quería ir a la guerra, pero los alemanes no le aceptaron. Esto es falso: el Protocolo de Ayete fue entregado a Espinosa de los Monteros con la intención declarada explícitamente de que no lo aceptasen.
Había un riesgo, menor sin duda de lo que creemos, porque en su conversación con Hitler, Franco había descubierto que en aquel momento Francia estaba colocada por delante de España en el orden de prioridades de la diplomacia alemana.
En un orden práctico, el Protocolo consiguió un objetivo muy moderado: retrasar un poco más la «operación Félix». Franco sabía que le era imposible salvaguardar la integridad del territorio si los alemanes avanzaban; tampoco podía defender el principio de la neutralidad absoluta ante Hitler. No le quedaba otro recurso que ganar pequeños plazos con paciencia gallega: una cadena larga se compone de muchos eslabones. La amenaza no se había disipado y durante mucho tiempo aún, España viviría, peligrosamente, al borde de la guerra.
2. Los servicios diplomáticos y de información británicos, instalados en Madrid —los cuales eran a su vez objeto de vigilancia muy cercana por parte de los servicios de inteligencia españoles— siguieron atentamente el desarrollo de la entrevista de Hendaya y, aunque no pudiesen conseguir detalles muy precisos de lo que Franco y el Führer habían hablado, creían tener motivos para mostrarse optimistas.
Thomas Burney, que era el jefe de los espías británicos en noviembre de 1940, contaba con un agente, mr. Maley, muy bien introducido en la sociedad madrileña. Maley, que tenía instrucciones de no criticar al Régimen español, comentó con sus jefes de la embajada que la destitución de Beigbeder no había tenido las consecuencias desfavorables que se esperaban. «Al referirse a la marcha de la guerra en su relación con España, dice que providencialmente España tiene a Franco y gracias a esa dirección podrá verse en camino de reconstruirse sin gran complicación para ella». Reconocía en Serrano Súñer un «joven político» de gran capacidad, aunque en peligro si no conseguía dominar las presiones que desde su círculo estaban ejerciendo en favor de Alemania.
Sosegado con estos informes, Winston S. Churchill decidió regularizar su política de «ayuda condicional» a España, que consistía en alimentar con parquedad a este famélico país, convenciéndole al mismo tiempo de que necesitaba de toda la buena voluntad británica para poder sobrevivir. El 23 de octubre de 1940, el mismo día en que Franco se encontraba en Hendaya, los ingleses pidieron al Gobierno español que precisara sus necesidades para los próximos seis meses, a fin de atenderlas. España dio su respuesta el 13 de noviembre: le hacían falta al menos dos millones y medio de libras esterlinas en un crédito para las compras urgentes. El Gobierno británico se ocupó de que no faltara trigo, algodón —una parte de los tejidos españoles se vendía a los aliados—, carbón y caucho; también asumió cerca del poderoso aliado norteamericano una actitud de defensa de las demandas financieras que hacían Demetrio Carceller y su Subsecretario, Manuel Arburúa. El 2 de diciembre, después de la entrevista de Berchtesgaden, se firmaría el segundo tratado comercial con Inglaterra.
La política conciliadora británica fue puesta a prueba una vez más en Marruecos. Desde el momento mismo de la ocupación de Tánger, Lequerica había recibido instrucciones para plantear al Gobierno francés —lo mismo hacía Beigbeder con el embajador en Madrid, Baume— la necesidad de abrir negociaciones para resolver las quejas españolas por el incumplimiento del tratado de 3 de octubre de 1904. España no reclamaba los límites fijados en él, que situaba a Fez bajo su protectorado, sino una línea más modesta, que englobaba dos kabilas, la de Beni-Zerual y la de Beni Snassen. Aunque no hablase de ello es evidente que aspiraba también a la disolución del estatuto internacional de Tánger, impuesto por la injerencia del Kaiser Guillermo II, cuando esta ciudad y su enclave figuraban en el Protectorado español.
En septiembre de 1940, mientras Serrano Súñer estaba en Berlín, el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Baudouin, comunicó a Lequerica, que estaba dispuesto a discutir el tema de los Beni Zerual, pero no el de los Beni Snassen, demasiado próximos a Orán. Beigbeder tranquilizó entonces a Baume: lo que se pretendía era que la cuestión de Marruecos se reservase a un entendimiento directo entre franceses y españoles sin que Alemania o Italia pudiesen intervenir. De pronto el 3 de noviembre de 1940, el gobernador militar español en Tánger disolvió la administración internacional conservando sólo los tribunales mixtos; veinte días más tarde dispuso que las leyes españolas del Protectorado estuviesen vigentes también en el enclave.
La noticia fue presentada en la prensa de forma inoportuna, como era entonces norma: se hablaba siempre de Imperio. El Gobierno británico protestó exigiendo garantías, y también el de Vichy. Fueron entabladas negociaciones que condujeron al acuerdo anglo-español de 31 de diciembre de 1940, confirmado el 17 de enero siguiente: España garantizaba los bienes de los súbditos británicos, indemnizaciones para los funcionarios de la antigua administración, y el compromiso de no fortificar la zona. Sin embargo la desaparición del estatuto internacional provocaría inmediatamente una nueva fuente de conflictos: alemanes y aliados podían hacer de Tánger un lugar de espías mejor que Madrid.
El 14 de diciembre de 1940, Antonio Barroso se reunió con el ministro de la guerra de Vichy, general Huntziger, quien le explicó las crecientes dificultades en que se hallaban con Inglaterra. En relación con Tánger, explicó: «hemos reclamado de la ocupación pero ha sido tan sólo por la forma, pues en el seno del Gobierno se ha considerado preferible que la zona de Tánger esté en manos de España que no en las de otra potencia». A los franceses una rectificación en los términos del Protectorado tenía que parecerles justa; ellos la habían impuesto en circunstancias distintas a su favor. «Claro está —aludía Barroso— que no pude decirle que había de un Protectorado que no será respetado por Alemania cuando se traten las condiciones de paz».
3.
También Alemania protestó por la supresión del estatuto internacional de Tánger: aspiraba a recuperar los dos puestos, el de Alemania y el de Austria, asignados en el primitivo Estatuto. Hitler, que había concluido sus entrevistas de Montoire con Pétain, obteniendo apenas una promesa de colaboración, llegó de nuevo a Berlín el 28 de octubre para recibir la noticia de que Mussolini había ordenado la invasión de Grecia.
Francia decidió hacer entonces un gesto de buena voluntad hacia España, devolviendo aquella parte del patrimonio artístico e histórico que Napoleón tomara y que desde 1856 estaba reconocida como legítima propiedad española. España correspondió dando a su vez algunas piezas valiosas. Se intentaba abrir caminos para una colaboración hispano-francesa, tanto más necesaria cuanto que ambos países estaban intentando salvaguardar su integridad.
Ante la invasión de Grecia, Franco protestó, enviando una carta personal a Hitler, que no se atrevió a confiar al correo: la secretaria de Serrano Súñer, Carmen Fernández de Heredia, la entregó en Berlín a Espinosa de los Monteros, el 3 de noviembre, para que éste la hiciese llegar al Führer. Franco decía con suavidad que la invasión de Grecia era un acto injustificado que sembraría la inquietud en todo el Mediterráneo. Eran las barbas del vecino…
3 de noviembre de 1940. En Montauban, triste y solo, murió el último presidente de la República, Manuel Azaña. Legaba profundas reflexiones en sus Memorias y en la Velada de Benicarló: dolorosa amargura tardía, por el drama.
III. El ultimátum de Berchtesgaden
1.
La ofensiva italiana sobre Grecia constituyó un fracaso: los soldados de Mussolini fueron detenidos y empujados después hacia el interior de Albania. Como una parte de las medidas que podían adoptarse para enmendar el error, la Wehrmacht consideró necesario reactivar la operación Félix. Cincuenta expertos fueron enviados a España para preparar el asalto a Gibraltar. El 12 de noviembre de 1940 Hitler firmó la Instrucción General número XVIII; parecía llegada para los españoles la hora inevitable. El viernes 14 Eberhard von Stohrer visitó a Serrano Súñer para transmitirle la invitación, que era casi una orden: se le esperaba en el refugio alpino del Führer en Berchtesgaden. Antes de responder, el Ministro acudió a consultar con Franco en El Pardo. El Generalísimo convocó urgentemente a los ministros militares, Varela, Vigón y Moreno para examinar la situación: el de Marina tenía consigo un informe que Carrero Blanco le entregara tres días antes, absolutamente preciso en sus detalles, tanto de comunicaciones como de defensa, para demostrar que España no podía ni debía entrar en la guerra. Era la primera vez que una autoridad militar se declaraba absolutamente contrario a la participación en la contienda. Varela recomendó, al parecer, que se hiciera caso omiso de la invitación. «Si no vamos, opuso Serrano Súñer, tal vez nos los encontremos en Vitoria».
El Ministro español emprendió el viaje con instrucciones precisas, aunque por prudencia dijera a Hitler que no venía preparado. Al mismo tiempo el barón von Stohrer remitía un informe pesimista sobre la situación española que favorecía la posición de resistencia: el déficit total de trigo se estimaba ya en 1.250.000 toneladas; había hambre; la corrupción del mercado negro se extendía y España podía convertirse en una carga para sus aliados. Serrano llegó a Berchtesgaden el 18 de noviembre y allí pernoctó. Al día siguiente hizo una larga excursión visitando Salzburgo, en donde almorzó, para hacer tiempo esperando la llegada del Führer. Espinosa de los Monteros fue informado de la entrevista por un funcionario de la Wilhelmstrasse: llamó al Subsecretario Peche quien le dijo que no estaba autorizado a revelar adonde había ido el Ministro. A pesar de todo solicitó un avión y se presentó en el pabellón de caza de von Ribbentrop en Fuschl, en donde se estaba celebrando la reunión. No fue admitido a participar en ella aunque se le invitó a la cena aquella noche.
Hitler inició la conversación, censurando la falta de previsión y eficacia de los italianos en Grecia; él tenía 186 divisiones inactivas que debían emplearse en plazo breve pues el mal tiempo retrasaba el bombardeo sobre Inglaterra y, por consiguiente, también la invasión. Ribbentrop explicó después a Espinosa de los Monteros que Serrano Súñer había confirmado esta opinión diciendo que las noticias que estaban recibiendo de Inglaterra indicaban que la moral subía por el cese de los bombardeos y por la confianza en que la industria norteamericana iba a poder cumplir los suministros prometidos.
«El mal tiempo, os el mal tiempo», murmuraba Hitler. La entrevista fracasó, como en Hendaya, porque Serrano Súñer se encerró en las mismas demandas que su cuñado. El Führer concedió que podía otorgarse a España un mes más de plazo y pasó luego la antorcha a Ribbentrop para que intentase quebrantar la resistencia del testarudo español.
2.
Los informes de la Embajada inglesa acerca de la entrevista de Berchtesgaden eran, al principio, pesimistas. Desconfiaban de Serrano Súñer, «hombre fácilmente sugestionable, débil al halago… que habla demasiado y se extiende en consideraciones y exposiciones de teorías poco congruentes con los objetos de las entrevistas». Pero ya el mismo día 20 sabían por sus espías que el único resultado era aumentar la distancia entre España y el III Reich, debilitando peligrosamente la posición de la primera. Este era un motivo de alarma para la política de Churchill de sostenimiento de la neutralidad española. Y eso que desconocían una carta enviada por Nicolás Franco a su hermano, desde Lisboa: los alemanes habían pedido datos del Ejército portugués al agregado militar español, porque iba a producirse ya el ataque a Gibraltar y temían la reacción británica en la Península. Franco avisó a Oliveira Salazar, según tenían acordado.
¿Qué sucedió el 20 de noviembre entre Joachim von Ribbentrop y Ramón Serrano Súñer? El Ministro español afirma que le fue solicitada una isla de Canarias como base para la flota alemana, y que él se negó violentamente, amenazando con una ruptura. Al parecer fue colocado ante un ultimátum, del mismo género que se presentaría a Hungría, Yugoslavia o Rumanía: en enero de 1941 España tendría que estar en guerra. Se había preparado en el Jura un campo de entrenamiento para los paracaidistas encargados de la conquista de Gibraltar. La cólera de Serrano Súñer se desató sobre Espinosa de los Monteros, que estaba allí sin que nadie le hubiera llamado y que con sus signos de asentimiento parecía dar la razón a los alemanes.
He aquí el testimonio del embajador: «Voy a explicar a Vd., mi Generalísimo, la verdad de lo que allí pasó: el señor von Ribbentrop hizo una brillantísima e interesante exposición del estado de Alemania, de la organización del Ejército, de su potencia constructora de aviones y submarinos, de sus relaciones con los Estados Unidos y de lo exagerados que son los informes referentes a la futura y fabulosa construcción de aviones para Inglaterra, de sus relaciones con Rusia y con Turquía, etc. etc. que en resumen resultó interesantísima y que debido a que conozco el idioma pude escuchar según iba exponiéndola, sin perder una palabra.
Durante esta brillante exposición hice algunos signos de asentimiento, lo cual, entre otras cosas, era no más que un acto de atención y de buena educación en un asunto en el que para nada se trataba de las relaciones con nosotros; era sólo una exposición de política general que englobaba las esperanzas y los deseos de Alemania. Cuando hacía yo los signos de asentimiento que tanto molestaron al señor Ministro, no sabía éste de lo que se trataba pues todavía no había hecho la traducción el intérprete. Confieso el asombro con que oí que el señor Ministro refutaba al Ministro von Ribbentrop en forma no ciertamente grata para éste, diciéndole que él tenía informes que le merecían garantía absoluta de que eran ciertos los datos de los Estados Unidos, y digo que lo oí con asombro porque para nada era necesario decir cosa tan desagradable, que hubiera sido más discreto silenciar y que he podido comprobar que no la olvidan.
Desde que el señor Ministro comenzó a hablar no volví a hacer gesto alguno de aprobación ya que la elemental discreción y respeto a mi Ministro me obligaba a ello. Si yo hubiese asistido a la entrevista con el Führer, si yo hubiese sabido como deduje después que la entrevista no había sido lo satisfactoria que se esperaba, hasta el punto que se suprimió la segunda parte de la misma, que debía haber durado dos horas, de 8 a 10 de la noche, una hora con el Führer y el conde de Ciano, otra sólo con el Führer y von Ribbentrop, hubiera podido figurarme que estaba disgustado el Ministro señor Serrano Súñer y me hubiera desentendido por completo de la primera parte de la exposición de von Ribbentrop y no hubiera hecho signo alguno.
Pero, como digo, era la tercera conferencia de importancia en que, deliberadamente, se había excluido al embajador del Caudillo en Berlín. Espinosa no recordaba el episodio de las Canarias».
3.
Este es el ultimátum de Berchtesgaden. Hacía falta un milagro para salvar a España de la guerra. El mismo día 20, Serrano Súñer emprendió el regreso a Madrid, con la sensación de una ruptura: Hitler, como hemos visto, había decidido suprimir las dos últimas conversaciones con el Ministro español. Los días 22 y 23 de noviembre se produjeron tres importantes reuniones: Fidel Dávila, con los jefes de Operaciones de las tres Armas, examinó la situación logística; se llegó a la misma conclusión que Carrero estudiara, que España no podía sobrevivir al cierre de sus comunicaciones con Argentina y Estados Unidos. Franco se reunió en El Pardo con sus Ministros militares y decidió que sólo podían hacerse tres cosas: mantener la línea de la no beligerancia efectiva, evitar aquellos gestos que pudiesen preocupar a Hitler, y rezar, porque a fin de cuentas todas las cosas humanas están en manos de Dios. El 23 se celebró un Consejo de Ministros en la que, muy significativamente, el Generalísimo planteó el tema del excesivo número de presos que contenían las cárceles españolas. Serrano Súñer se encargó de tender un último cable a través de Stohrer: éste envió, el 28 de noviembre, un telegrama a von Ribbentrop: «El Ministro del Exterior acaba de decirme que el Generalísimo está de acuerdo con comenzar los preparativos propuestos pero que no podía determinar la fecha exacta de la declaración de guerra». Un nuevo informe de Francia prefería que el ejército francés hiciese el canal español, pero la Wehrmacht decidió encomendar la acción a Canarias.
Afortunadamente poseemos una fuente de noticias fidedigna que los recuerdos de sir Samuel Hoare en su formidable alegato posterior contra España; los informes de los servicios secretos españoles en la Embajada británica, instalados en Madrid, habían recobrado una parte de su confianza. A finales de noviembre de 1940, los ingleses hablaban de la posibilidad española para resistir a las presiones alemanas y se mostraban optimistas.
Según éstos, a finales de noviembre se había recobrado una parte de su confianza en la capacidad española para resistir a las presiones alemanas. Aseguraban, en frase textual, que España, en este orden, una política propia que jugaba muy bien las distintas situaciones que se le presentaban.
Había disminuido también el recelo hacia Serrano Súñer. En muchas ocasiones se tiene la impresión de que estos informes constituyen un valor entendido, como si la Embajada supiese que iban a ser transmitidos: alababan indirectamente la posible restauración monárquica y comentaban favorablemente la actitud española.
IV. Se aplaza la operación Félix
1.
El 6 de diciembre de 1940, tuvo lugar la presentación de cartas credenciales del nuevo embajador de Francia, antiguo ministro de Marina, François Piétri, que desde su llegada a Madrid había mantenido contactos demasiado ostensibles con Samuel Hoare. El Caudillo incluyó en su discurso una frase especialmente dura: «no existe amistad sin justicia, y hay muchas injusticias que reparar para que esta amistad sea real». Deliberadamente conservaba el clima de posibles exigencias contra Francia. Pero en la conversación privada que siguió, el embajador se sorprendió de encontrar en Franco un interlocutor suave. Aquella tarde, Serrano Súñer casi le pidió excusas por la dureza con que estaban obligados a tratarle.
Canaris estaba ya en Madrid y, sin pérdida de tiempo, Franco le recibió el 7 de diciembre a las siete y media de la tarde. La propuesta alemana, muy en línea con el ultimátum de Berchtesgaden, era que las tropas comenzarían a entrar en España el 10 de enero y que los suministros vendrían después. Canaris se negó, a pesar de los informes contradictorios que poseía sobre el movimiento español, insistiendo una y otra vez sobre la necesidad de ciertos proyectos alemanes.
Serrano Súñer logró que von Stöhrer cursara un telegrama el 9 de diciembre en que éste repetía las palabras mismas del ministro, dar de comer al pueblo español tenía prioridad sobre su entrada en guerra. De las dificultades, el Gobierno culpaba ante todo al bloqueo británico, que se hacía cada vez más riguroso. El 11 de enero de 1941 Serrano se vio obligado a pronunciar un discurso —«necesitamos pan para que el pueblo coma, necesitamos materias primas para que el pueblo trabaje»— para conseguir con amenazas que fuesen entregados los navicerts que la flota mercante necesitaba.
2.
El Estado Mayor español entregó probablemente al almirante Canaris un estudio de las corrientes que existían en el Estrecho de Gibraltar, concluido pocos días antes, con objeto de conocer la colocación de minas y los posibles pasos existentes. El almirante alemán y su colaborador, el general Lang, se trasladaron desde Madrid a Algeciras a mediados de diciembre, y embarcados en el minador Júpiter hicieron un reconocimiento visual de las fortificaciones: pudieron comprobar la existencia de nuevas troneras para los cañones encargados de batir Sunday Bay y la playa de Catalanes. Los tenientes coroneles Pardo, Cárcer y Sánchez Rubio, que les acompañaban, no fueron informados de los planes alemanes, pero creyeron entender que se trataba de organizar un asalto a Gibraltar sin violar la neutralidad española. Todos estos proyectos resultaban preocupantes para Franco.
Por una parte veía alejarse la presión —contrarrestada sólo por períodos muy breves de tiempo— mientras por otra las victorias inglesas en Cirenaica acrecentaban peligrosamente el frente de guerra a las fronteras españolas.
No era difícil, para las autoridades españolas, obtener algunos de los informes que circulaban a través del servicio secreto alemán. A mediados de diciembre la decepción respecto al comportamiento italiano era profunda. Wiedenmann, encargado de la propaganda nazi en Tetuán, dijo a uno de los agentes españoles refiriéndose a sus aliados de Italia: «nada hubiera ocurrido si esa gente hubiera cumplido su cometido; no sirven para nada; cuando la guerra termine, tendrá que aceptar que la victoria es alemana única y exclusivamente». Más importante aún fue la advertencia del teniente coronel Villegas, agregado militar en la embajada de Roma: el ataque de la flota británica a Tarento le parecía «digno del mayor elogio, no sólo por la ejecución». Al fracaso de la ofensiva sobre Grecia había sucedido en Italia una campaña de calumnias contra el mariscal Badoglio, que había dimitido antes de emprenderla. Como veremos luego, al analizar el memorándum de Bordighera, Franco se convenció de que el desastre italiano podía producirse en cualquier momento.
Fue, en definitiva, la derrota italiana, la que salvó a España de una invasión alemana. El 11 de diciembre de 1940 el Oberkommando de la Wehrmacht tomó la decisión de aplazar provisionalmente la operación Félix. Sólo que Franco no lo sabía. El paso de los días sumaba nuevos plazos, que se acumulaban para constituir un respiro. Pero el Estado Mayor ignoraba si en cualquier momento iba a enterarse con las divisiones alemanas pidiendo paso.
3.
El Caudillo seguía preocupado por Marruecos. Es bastante lógico que en aquella tierra, tan esencial de su vida, estuviese fija su atención. Todas las noticias coincidían en afirmar que en la zona francesa del Protectorado existían fuerzas más numerosas de las que se consideraban normales. Si los ingleses, que el 9 de diciembre de 1940 habían penetrado en Cirenaica, continuaban avanzando, estas fuerzas podían verse tentadas a reanudar las hostilidades. Franco vio un especial peligro en la destitución de Laval, porque los alemanes consideraron como un gesto hostil, por parte de Vichy, semejante a la optada por De Gaulle aunque más peligrosa para España. Había importantes agentes británicos y norteamericanos actuando entre ellos, y el famoso coronel Donovan, amigo personal de Roosevelt y uno de los más enigmáticos protagonistas de la guerra secreta.
El 17 de diciembre el teniente coronel Barroso informaba de que un judío alemán, Wilhelm Job Meyer, se ofrecía a organizar un atentado contra Salazar o contra Franco, según conviniese a los interesados.
En una fecha inmediatamente anterior al 19 de diciembre de 1940, Samuel Hoare fue recibido por el Caudillo: las dificultades de los suministros, la necesidad de suspender el estatuto internacional en Tánger, al quedar reducidos a uno solo los participantes, el temor español a que se produjese una restauración monárquica en Francia y España, con una restauración de Eduardo VIII en Londres a quien se consideraba favorable a los españoles, podían salir de las cárceles. Justamente, una de las cuestiones que se plantearon fue la eliminación del estatuto internacional en Tánger, al que quedaría reducidos los participantes, el temor español a que se produjese una restauración monárquica.
Un desembarco en Marruecos, fueron sin duda los principales temas de conversación, porque en la mañana del 19, el embajador británico acudió al despacho de Serrano Súñer, contestando una vez más de las diatribas de la prensa probiosamente antibritánica —en que no le faltaba razón— pero el ministro español advirtió que esta vez las protestas no eran tan duras como en otras ocasiones anteriores. Luego sir Samuel habló de la simpatía con que su Gobierno contemplaba la consolidación del Régimen español, esperando que al término de la guerra pudiera establecerse la cooperación entre los dos países. Por último, y esta fue la cuestión importante, manifestó que el Reino Unido no sentiría ninguna preocupación por la suspensión del estatuto internacional de Tánger.
Serrano Súñer, que confesaba a Franco su optimismo en un memorándum que redactó sobre la marcha, estuvo sumamente hábil en esta entrevista. Condujo a Hoare al terreno que había convenido previamente con Franco: la rotunda oposición española a cualquier modificación del estatuto de Marruecos que afectase exclusivamente a las dos potencias protectoras. «Esta coacción —que España consideraría acto poco amistoso la intervención militar en Marruecos, que nos pondría en situación tan comprometida que nos llevaría a un milímetro de pasar a la beligerancia— no me atreví a hacerla, pues no estaba autorizado», confiesa el Ministro español a su cuñado, pero con otras palabras explicó que no se iba a consentir bases de beligerantes en la zona francesa. Comunicó a Hoare que el 17 se había cursado un telegrama a Vichy recordando que eran dos los protectores de Marruecos y que la situación podía aconsejar que algunas tropas españolas cruzasen hacia la otra zona a fin de garantizar el status.
Hoare llamó inmediatamente al embajador francés para que éste le explicase el asunto del telegrama, de que no tenía conocimiento. A las cuatro y media de la tarde Piétri había sido informado.
El mismo confiesa, de que iba a encontrarse con un ultimátum. Y encontró un Serrano Súñer tranquilizador que le explicó que «en vista de la situación, se había decidido someter al Gobierno francés la sugerencia de que en un momento oportuno puedan penetrar las tropas españolas en el Protectorado francés», lo cual significaba que España no quería que Marruecos fuese objeto de negociación entre Francia y Alemania o Italia, ni tampoco aceptaba que otras potencias se instalasen allí. Pero que podía dormir tranquilo porque «no pensábamos dar ningún golpe sin ir de acuerdo con Francia».
A finales de diciembre, Franco podía sentirse satisfecho de los resultados: España seguía fuera de la guerra, la operación Félix estaba suspendida, los británicos comenzaban a mostrarse más comprensivos y Marruecos permanecía en manos españolas. Inglaterra, por medio del bloqueo naval, estaba sometiendo a la Península a condiciones espantosas de vida; esto creaba una cólera tan grande que ponía en grandes dificultades a los partidarios de la neutralidad benevolente. El 11 de noviembre de 1940 se aplicaron mayores restricciones para el tránsito por España, porque no era posible alimentar a los refugiados; esto significó un peligro para los numerosos fugitivos, incluyendo judíos, que habían estado llegando. En su discurso del 11 de enero de 1941, al que hemos aludido, Serrano Súñer anunció que estaba dispuesto a luchar enérgicamente para aminorar los efectos del bloqueo. Este sería sin duda el argumento principal de la política exterior en dicho año.
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