1. En mayo de 1941 los ingleses habían perdido su apoyo en el Continente y con la revuelta de Rachid Alí en Irak, comenzaban a sentir un estremecimiento del suelo en el engranaje fundamental del Imperio, el Próximo Oriente. ¿Qué iba a suceder ahora? A pesar de que los alemanes detuvieron a uno de los principales agentes que proporcionaba noticias a España, el francés Hericourt, Franco no dejaba de estar informado. En París y en Londres se daba por seguro que Hitler no iba a dejar de atacar a Gibraltar y hasta se señalaba una fecha, 15 de mayo, para la entrada de los alemanes en la Península. Los franceses de Pétain confiaban en que el temor a una reacción desfavorable en Sudamérica detendría a la postre a los alemanes, pero los ingleses creían que esto no sería suficiente y que Franco se estaba preparando para resistir. Los diversos grupos españoles en el exilio intensificaron la propaganda en mayo y junio de 1941 a fin de demostrar que era su causa y no la de Franco, la que importaba al Reino Unido.
De pronto la noticia sorprendente del vuelo de Rudolf Hess a Inglaterra. El duque de Alba estaba convencido de que no se trataba de ningún loco ni tampoco de un traidor. Este gesto debía hallarse en relación con algo importante. Pero ¿qué? Es curioso que Franco, siempre bien informado, no percibiese, que sepamos, la inminencia del ataque a la URSS. Los servicios de información insistían en los problemas occidentales: Hitler había tomado la decisión de prescindir de Darlan y favorecer a Laval en quien confiaba. Como señal de una posible decisión francesa llegó la confirmación de que 25.000 judíos estaban siendo detenidos y deportados en Francia: 5.000 en la zona ocupada y 20.000 en la de Vichy. Aún no se hablaba de exterminio. El 11 de junio, al dar cuenta del ataque inglés a Siria, el embajador Lequerica expresó el convencimiento de que esto iba a forzar la mano a Pétain en favor de los enemigos de Inglaterra.
2. Los sectores pro-nazis presentaron los cambios efectuados por el Generalísimo como un ataque a Falange Española y trataron de arrastrar a los camisas «viejas» a una actitud de rebeldía que, con el concurso probable de los agentes alemanes, obligase a Franco a ceder. Señalaron en Galarza e Iturmendi enemigos directos del Partido y creyeron descubrir, en los gestos condescendientes de Franco —que había transferido Prensa y Propaganda a la Secretaría de Educación Popular y ofrecido a José Lorente Sanz que permaneciese como Subsecretario o pasase a la Presidencia del Gobierno— como signo de debilidad. Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio y jefe provincial de Madrid, envió una carta de dimisión fechada el 1 de mayo, aunque puede tratarse de una antedatación: el motivo alegado era que se apartaba a Falange del proceso político. Pilar Primo de Rivera entregó la suya, manuscrita, a Ramón Serrano Súñer, sin fecha, aunque por una nota del 5 de mayo, firmada por este último, sabemos que la entrega tuvo lugar el día 4. La Jefe de la Sección Femenina no podía evitar un sollozo: «después de meditarlo mucho por la gravedad de la resolución y porque dejo en ella toda la ilusión de mi vida». José Lorente Sanz anunció el 5 de mayo que era incompatible con Galarza y que tampoco estaba dispuesto a pasar a la Presidencia. Media docena de jefes provinciales presentaron también la dimisión: entre ellos José Luis de Arrese, que había estado mezclado en el caso Hedilla, siendo rehabilitado después.
¿Estaba tras estos hechos la mano oculta de Serrano Súñer, que comprendía que se estaba mermando una parte de su poder o, como pensaban Franco y Carrero, era cosa de Tovar, Ridruejo y los filonazis? Hay razones para pensar ambas cosas. Desde las páginas de Arriba se montó una campaña contra los enemigos de Alemania, demasiado transparente en sus términos. Formaba parte de ella un artículo, redactado por Ridruejo y enviado por Tovar desde la Dirección General de Prensa, que se titulaba El hombre y el pelele: hasta el lector más alejado de la política podía comprender que el pelele era Galarza.
Por otra parte cuando el 9 de mayo el ministro de la Gobernación comunicó a la Secretaría General del Movimiento los nombres de los nuevos gobernadores civiles —Miguel Mora Figueroa, para Madrid; Fermín Sanz Orrio, para Cádiz; Luis Rodríguez de Miguel, para Baleares; Tomás de la Plaza Monte, para Segovia; Vivar, para Cuenca; José Jiménez de Sandoval, para Salamanca; Rogelio Vignote Coca, para Córdoba, y Francisco Labadíe Otermín, para Zamora— Pedro Gamero del Castillo, que sin duda tenía instrucciones de Serrano Súñer, rechazó el nombramiento alegando defecto de forma. Independientemente de esto, el 10 de mayo Larraz presentó la dimisión, alegando exceso de fatiga: en realidad se quejaba de que muchas decisiones económicas se estaban tomando desde fuera del Ministerio de Hacienda, capaces de provocar la destrucción del equilibrio monetario. El 17 de mayo Juan Antonio Suanzes anunció que quería abandonar su puesto en la dirección de construcciones militares y navales.
3. En las horas difíciles, cuando cualquier decisión podía provocar inesperadas consecuencias, Franco demostraba poseer especial perspicacia para escoger a las personas, hablar con ellas y retenerlas a su servicio. Sin dramatismos ni castigos. Llamó a Serrano Súñer y no obtuvo de él ninguna explicación satisfactoria: el ministro se excusó luego diciendo que había mucha gente en el despacho y no había podido hablar; pero asumió la responsabilidad por lo que Tovar hiciera, calificando al injurioso artículo de «presentación molesta», parecida a otras muchas que se estaban produciendo. El Generalísimo no podía sustituir a Serrano, entre otras razones, porque estaba a punto de conseguir la firma del ansiado convenio con la Santa Sede. Pero la destitución fulminante de Tovar y Ridruejo (18 de mayo de 1941) y el desmantelamiento del sector nazi en Falange podía satisfacer profundamente a la Iglesia.
Franco llamó a Arrese, a Miguel Primo de Rivera y a José Antonio Girón y les convenció de que él no era el enemigo de Falange. Todos tenían un rasgo común: falangistas sinceros, eran más católicos que socialistas, más racionalistas que hegelianos, más españoles que ninguna otra cosa. Remodelando a fondo el Gobierno les entregó puestos clave. Arrese ocupó la Secretaría General del Movimiento. Girón fue Ministro de Trabajo en donde, durante intensa labor de diez y seis años, crearía una nueva y formidable estructura para las relaciones entre empresarios y obreros. Miguel Primo de Rivera fue nombrado Ministro de Agricultura. Sustituyó a Larraz Benjumea, hermano del conde de Guadalhorce. El 29 de mayo el general Moscardó asumió la Jefatura de Milicias: Falange Española volvía a la disciplina.
4. La crisis de mayo de 1941 dejó algunas secuelas. Fue, para Serrano Súñer, anuncio de que podía ser sustituido en su cargo, cosa que sucedió un año después y coincidió con una crisis en las relaciones franco-alemanas que repercutió en el enfriamiento de los contactos entre España y el III Reich. Franco no ocultaba que el golpe de timón que acababa de dar tendía a alejarse unas cuantas brazadas de la empresa hitleriana. En una entrevista anterior con François Pietri, embajador de Francia, provocada por las repercusiones del libro de Castiella y Areilza, Serrano Súñer había centrado el litigio hispano-francés sobre Marruecos afirmando que España, perjudicada por el tratado de 1912, aspiraba a una revisión de las fronteras que evitase separaciones artificiales en las tribus rifeñas. Pero el almirante Darlan que, según Lequerica, trataba de aprovechar cualquier circunstancia para fortalecer sus posiciones en relación con Alemania, informó a von Ribbentrop que España había pedido a Francia negociaciones sobre Marruecos y solicitó una declaración alemana de intangibilidad de este territorio.
A pesar de que Serrano Súñer se apresuró a dar una rectificación a través del embajador alemán en París, Abetz, no fue creído. La distribución de influencias en el Norte de África era tema que los alemanes habían prometido a Mussolini estudiar. Ribbentrop hizo un viaje a Roma el 13 de mayo para comunicar al Duce la inesperada pretensión de los españoles, y el conde de Ciano informó a Serrano Súñer de que el Führer estaba dispuesto a responder afirmativamente a la demanda francesa. Parecía ratificar esta versión el discurso del mariscal Pétain del 15 de mayo, cuando anunció con energía que Francia estaba decidida a defender a todo trance la integridad de sus fronteras. El ministro español quedó desolado: parecía como si su moderación fuese a desencadenar un conflicto internacional. El comienzo de la guerra con Rusia le sacaría de este mal paso.
La distribución de influencias en el Norte de África era tema que los alemanes habían prometido a Mussolini estudiar. Ribbentrop hizo un viaje a Roma el 13 de mayo para comunicar al Duce la inesperada pretensión de los españoles, y el conde de Ciano informó a Serrano Súñer de que el Führer estaba dispuesto a responder afirmativamente a la demanda francesa. Parecía ratificar esta versión el discurso del mariscal Pétain del 15 de mayo, cuando anunció con energía que Francia estaba decidida a defender a todo trance la integridad de sus fronteras. El ministro español quedó desolado: parecía como si su moderación fuese a desencadenar un conflicto internacional. El comienzo de la guerra con Rusia le sacaría de este mal paso.
5. La conducta de Franco en estas pocas semanas, que se caracteriza sobre todo por la prudencia y suavidad —ninguna persecución contra los separados de los cargos, que podrán reanudar actividades políticas— apuntaba como único objetivo a devolver al Movimiento a su camino de síntesis entre falangismo, tradicionalismo y derecha católica. La Falange de Arrese y de Girón, más entroncada con sus orígenes, era más «auténtica» que la que pretendía crear los guías de la izquierda; y también mucho más preocupada por la solución de los problemas económicos y sociales del interior. Por eso propendía a alejarse de imitaciones extranjeras. Era natural que dicha tendencia a la síntesis, molestase tanto a los falangistas como a los tradicionalistas químicamente puros. Cuando, en el primer Consejo de Ministros, Franco anunció que la etapa política que entonces se iniciaba estaría más de acuerdo con los proyectos falangistas, Esteban Bilbao, ministro de Justicia y portavoz del tradicionalismo, protestó.
Franco no se inmutó. Sabía que había escogido el único camino sensato. Muy pronto, sus servicios de información comenzaron a transmitir noticias acerca de la existencia de grupos disidentes que se autodenominaban Falange Auténtica y que se mostraban muy críticos contra el Generalísimo y su gobierno. La policía señalaba a Pedro Gamero y Eugenio Montes como posibles inspiradores de estos grupos porque, sobre todo el primero, había comenzado a tomar contacto con el general Aranda que en el otoño de 1941 comenzaba a brujulear entre políticos descontentos para formar plataforma de restauración en beneficio del conde de Barcelona.
Serrano Súñer seguía en el Ministerio de Asuntos Exteriores a causa de la persistencia de la hegemonía alemana sobre Europa, pero había sido despojado de sus principales herramientas. Su cuñado estaba ahora en condiciones de decir que, en la elección de personas, no le acompañaba el acierto. Su poder declinaba. En sus famosas memorias, años más tarde, afirmó que entonces empezó a comprender que Franco le había utilizado precisamente para diluir el poder de Falange; pero este juicio parte de un supuesto imposible de demostrar y probablemente inválido. Como respuesta al mensaje de José Antonio Primo de Rivera, el programa falangista de Girón y de Arrese resultaba más fidedigno que el modelo germanófilo y hegeliano que preconizaban Tovar y Ridruejo. Entre los disidentes se dijo que el acceso de Girón al poder era una victoria de los jesuitas. Por otra parte cuando Serrano Súñer escribió sus memorias también sus convicciones políticas habían cambiado en favor de una restauración de la Monarquía.
En el mismo Consejo de Ministros que hemos mencionado, Serrano explicó sus proyectos de réplica a la maniobra de Darlan: España debía unirse más estrechamente a Italia. Pero el general Vigón, Ministro del Aire, calificó la propuesta de descabellada: convertirse en satélite de Italia provocaría el bloqueo británico y, en definitiva, la guerra en la cual, a no dudarlo, seguiríamos una suerte parecida a la de los italianos en Abisinia y Grecia. España, concluía Vigón, no debe dejarse arrastrar por nadie a una guerra sino decidir por sí misma cuándo y cómo entrar. Unos días más tarde, el propio Ministro elaboró un programa con tres sugerencias que eran, en parte, producto del Ejército:
Tres cosas podía hacer España en favor de sus amigos:
a) utilizar toda su influencia en América para conseguir que los Estados Unidos no interviniesen;
b) renunciar a las rectificaciones fronterizas en Marruecos, tolerando que la flota francesa pudiera ser utilizada por el Eje;
c) mantener abierto el comercio con Alemania e Italia revendiéndoles productos que puedan comprarse también en los mercados occidentales.
Franco anotó al margen de la segunda un claro no. Pero aceptó las otras y, especialmente, el consejo final. En las negociaciones con el Eje olvidar cualquier asociación con Italia y entenderse directamente con la Wehrmacht a través del mariscal Keitel.
