La operación rescate de sefardíes
1. Desde el verano de 1942 había comenzado a producirse una deportación masiva de judíos europeos hacia los campos de exterminio situados en Polonia: estaba en marcha la «solución total». Para el Gobierno español ya no se trataba tan sólo de mantener abierta la frontera y cerrados los ojos para que pasasen por ella, junto con los demás fugitivos procedentes de la Europa nazi. Entre los judíos sefarditas había cierto número de súbditos españoles o con carta de protección, que residían en Francia, Hungría, Grecia, Rumania y Bulgaria. El 31 de enero de 1943 Franco fue directamente informado por sus agentes: una inquietud muy profunda se estaba advirtiendo a causa de las deportaciones. «Son muchos los judíos que en la actualidad se naturalizan españoles acogiéndose a un decreto publicado en el año 1914 por el que se autorizaba a los judíos descendientes de los expulsados de España para adquirir nuestra nacionalidad. En su mayoría son judíos nacidos en Salónica».
«Los alemanes han encontrado en Francia menos resistencia y más colaboración que en ninguna parte para perseguir a los judíos, pues las autoridades francesas han ido en este aspecto más allá que los alemanes».
En España se interpretó el suceso, no sin razón, como algo que no se dirigía específicamente contra los judíos sino contra todos los enemigos del nacional-socialismo y contra los extranjeros. La policía en el mismo informe se quejaba de que 3.000 españoles, canjeados por prisioneros franceses, estaban trabajando en condiciones muy duras en La Roche Guyon y de que «el trato dado por los franceses a los españoles refugiados ha sido pésimo, como si todos fuesen bandidos o comunistas». En setiembre de 1943 cuando, en la Asamblea de Barcelona, la Asociación Católica Nacional tomó postura contra los nazis protestó simultáneamente de la persecución contra los católicos y contra «los pobres judíos». Llegaba el paroxismo de una noche de Walpurgis con la derrota: el paso de judíos tendió a intensificarse durante todo el año 1943.
Un aspecto importante de la cuestión debe señalarse: la acumulación de refugiados en un territorio como el español, en ruina económica y sacudido además por movimientos guerrilleros organizados desde el exterior, no era posible. Los aliados se quejaban de que las autoridades españolas tuviesen prisa en la salida de los fugitivos, pero ellos tampoco estaban en condiciones de recibirlos. El propio Eisenhower tropezaba con graves obstáculos por parte de las autoridades francesas y marroquíes cuando les invitaba a acoger refugiados que no estaban en edad militar. La evacuación por mar ahora resultaba casi imposible, y por tierra no había otro camino que el que llevaba al norte de Africa. Las plazas de pasaje aéreo se contaban con los dedos de la mano, eran muy caras y resultaban extraordinariamente peligrosas. Hasta enero de 1944 no podría salir de España el primer barco con emigrantes a Palestina.
Las organizaciones de ayuda y evacuación, excepto las que pertenecían a movimientos de solidaridad judía como el UDC y el ASFC, daban preferencia a los hombres jóvenes. Algunos sefarditas que tenían parientes en España y podían justificar medios de vida, eran autorizados a instalarse definitivamente. Pero los demás tenían que salir y pronto. En noviembre de 1943 Carlton Hayes recurriría a un verdadero chantaje: dijo a Jordana que si el Gobierno español mostraba excesiva prisa, podía ser acusado de antisemitismo. Jordana replicó dolido: ahora tenemos los españoles otra misión peor, que nadie comparte con nosotros, la de sacar de Europa a los sefarditas, porque algunos han sido ya enviados a campos de concentración.
2. En 1942 había 830 judíos de nacionalidad española reconocida en Grecia: 560 figuraban inscritos como habitantes de Salónica y 250 en Atenas. Su número había venido creciendo desde el comienzo de la ocupación alemana. Hasta marzo de 1943, como sucedía en los otros países balcánicos, aliados del Reich, no ocupados militarmente por éste, las autoridades consulares españolas pudieron ejercer sus deberes de protección sin grandes dificultades, pese a que había comenzado ya la persecución contra los judíos, incluso sefarditas «no españoles». De cuando en cuando había un abuso o violencia, pero bastaba una reclamación para que se rectificase. El principal obstáculo era el que procedía de la debilidad de esa representación: Eduardo Gasset, encargado de la embajada en Atenas no tenía rango más que de secretario de embajada. Por eso no estaba autorizado por los ocupantes a utilizar clave propia: todas sus comunicaciones pasaban por Berlín. Esto originaba lentitud y confusión que resultaron perjudiciales para los judíos.
En febrero de 1943, Adolf Eichmann había decidido proceder a la destrucción de la judería de Salónica. En marzo, el Alto Comisario alemán en Atenas, Altenburg, comunicó a Gasset que también los súbditos españoles iban a ser deportados, considerando que España no estaba demostrando interés por ellos. La razón, como se ordenó a von Moltke que explicase en Madrid, era que las autoridades alemanas consideraban muy peligroso que hubiese judíos en ningún lugar de Grecia, dada la situación en el Mediterráneo. Gasset pasó por momentos de angustia. La lentitud de las comunicaciones impedía que recibiese a tiempo las órdenes de su propio Gobierno. Algo semejante ocurría a Jordana que, hasta el 6 de abril, no pudo ordenar a Ginés Vidal que negociase en Berlín la repatriación de los judíos españoles de Salónica.
Mientras tanto se producía en Atenas el relevo de Eduardo Gasset, por razones internas españolas de ascenso en la carrera diplomática, y su puesto era ocupado por Sebastián Romero Radigales. Y el 11 de mayo de 1943 la embajada alemana en Madrid comunicaba que el plazo para la evacuación de españoles en Grecia concluía el 15 de junio. Era materialmente imposible realizar la operación en un tiempo tan breve. Fuera de todo protocolo diplomático se envió una nota secreta personalmente firmada por Franco a todas las legaciones españolas que tenían judíos inscritos para «que, con el mayor tacto posible, se hiciera ver a las autoridades antisemitas que en España las leyes no hacían acepción de personas por su credo o raza. Por ello todos los judíos residentes deberán ser protegidos como cualquier otro ciudadano».
3. Mientras tanto el Gobierno español trataba de presionar, a través de organizaciones de refugiados, para que los aliados procediesen a evacuar a los judíos que se encontraban ya en la Península, porque las disponibilidades de alojamiento y víveres eran muy escasas. Había pasado mucho tiempo desde que Churchill y Roosevelt prometieron crear un campo de refugiados en el norte de Africa, con capacidad suficiente y estas promesas seguían siendo meras palabras. Jordana y Franco temían una maniobra conducente a cargar sobre los hombros de España la solución de un problema que todos decían que había que afrontar pero del que nadie parecía en condiciones de hacer algo efectivo. Las dificultades para la evacuación de los sefarditas de Salónica, en una Europa sometida a bombardeos y con la economía hecha trizas, movieron a Ginés Vidal y Saura a suplicar a las autoridades de Berlín nuevos plazos, primero hasta finales de junio, luego hasta el 15 de julio de 1943. Fracasadas las negociaciones para utilizar barcos de bandera sueca, únicos que aún ofrecían un mínimo de seguridad, no quedaba otra solución que utilizar el ferrocarril: los barcos españoles corrían peligro de ser apresados o hundidos.
Las negociaciones entre la embajada española en Berlín y las autoridades nazis, en especial Adolf Eichmann, se hicieron dificilísimas: Vidal pedía que los alemanes se encargasen del transporte hasta la frontera española, previo pago del mismo; Eichmann decía que no podía proporcionar ferrocarriles y que era el Gobierno español quien debía encargarse de fletar los vagones en los distintos países. En punto de ruptura los judíos de Salónica fueron detenidos y enviados al campo de Bergen-Belsen (13 de agosto de 1943).
En aquel momento Vidal se desesperaba; ignoraba aún que en el Consejo de Ministros de La Coruña, el 4 de agosto, Franco había tomado la decisión de «autorizar definitivamente la repatriación de los sefarditas de Salónica vista la gravedad de la situación que parece irremediable», lo que autorizaba a cualquier concierto con los transportistas. José María Doussinague llamó a Baraibar para decirle que «es absolutamente indispensable que en esta cuestión no se pierda ya más tiempo ni se deje de la mano un solo momento».
Afortunadamente para los judíos el P. Ireneo Typaldos, sacerdote griego, intérprete y canciller de la embajada española en Atenas, nunca perdió el contacto con ellos y pudo recoger y salvar las sumas de dinero que a cada familia judía se permitía llevar consigo.
De este modo azaroso, en dos expediciones sucesivas, llegaron a España los judíos de Salónica los días 7 y 13 de febrero de 1944. Eran 365 personas, porque una anciana falleció durante el viaje. Otras 30 encontraron en Atenas refugio seguro. Pero al producirse el desembarco en Normandía y posteriormente la ruptura del frente de Francia, el camino se cerró. El 20 de julio de 1944 Vidal y Saura telegrafió desde Berlín: la Wilhelmstrasse «me dice que ha desistido por ahora de enviar la expedición de sefarditas de Portugal en tránsito por Francia. Los sefarditas españoles, en número de ciento cincuenta y cinco saldrán cuanto antes, sin que, en razón de las circunstancias, pueda precisar fecha exacta». También éstos, tras increíbles azares, salvaron su vida, no por evacuación pero sí porque permanecían aún en el campo de Bergen-Belsen, que no era de exterminio, cuando los norteamericanos entraron en Hannover. Otras 1.200 personas llegaron en agosto de 1943 por el Pirineo oriental.
La salvación de los judíos, que continuaría hasta el fin de la guerra en los Balcanes, en número que resulta imposible evaluar pero que en todo caso no es inferior a las 46.000 almas, es un capítulo que suscita controversias. Algunos investigadores actuales, especialmente israelíes, insinúan que pudo haberse salvado a más; es probable que no les falte razón. Otros, en cambio, argumentan que de haberse presionado con exceso, se hubiera corrido el peligro de una negativa nazi capaz de amenazar también a los que se salvaron. Para que el lector pueda formarse un juicio acertado, deben tenerse en cuenta los siguientes puntos: Primero, que ningún otro Gobierno, salvo el de España, realizó una operación de salvamento de judíos. Segundo, que los horrores del exterminio no se conocieron sino al final de la guerra cuando era demasiado tarde. Tercero, que ningún judío fue devuelto ni entregado a los alemanes, como se hacía en otros países de Europa, ni se ejerció discriminación alguna por su creencia u origen entre los cientos de miles de refugiados que pasaron por España aquellos días. Cuarto y último, que nadie prestó ayuda a las autoridades españolas en esta tarea y que éstas se encontraron con grandes dificultades para evacuar a los refugiados, dificultades que contrastan con la facilidad con que las embajadas estaban dispuestas a llevarse a los de otras naciones, como los polacos, cuando tenían edad militar.
La opinión pública norteamericana, y no sólo la católica, se impresionó cuando pudo conocer esta actitud.
1. La última ayuda a los sefarditas
El derrumbamiento de Alemania acentuaba el peligro de los judíos que estaban bajo directa protección de los diplomáticos españoles. El 2 de octubre de 1944 el Congreso judío mundial acordó dar las gracias a España por lo que había hecho, y comisionar al mismo tiempo a un grupo de rabinos que, recomendados por el congresista neoyorquino Sol Bloom, se entrevistaron con Cárdenas. Estaban informados de que Hitler había dado la orden final de exterminio y ya no quedaba a los judíos, en el interior de Europa, otra mano amiga que la que España pudiera tenderles. Cárdenas telegrafió con toda urgencia el 11 de octubre y este mismo día Lequerica ordenó a Ginés Vidal que hiciese urgentes gestiones en Berlín; al embajador en Washington le dijo que el Gobierno español iba a extender sus acciones cuanto pudiese pero que las autoridades alemanas no le reconocían competencia más allá de los sefarditas estrictamente.
En Londres los representantes de la Organización judía mundial se entrevistaron con Alba y le explicaron con más precisión lo que querían: tenían datos de dos campos de exterminio en Polonia, los de Oswiecin y de Birkenau; si las autoridades españolas protestaban, demostrando conocimiento del genocidio, tal vez las alemanas no se atreviesen a seguir la matanza.
El 26 de octubre nuevo telegrama de Cárdenas: me dicen que 16.000 judíos lituanos han sido trasladados a Alemania. ¿Podemos hacer algo por ellos? Lequerica respondió: seguiremos haciendo cuanto podamos. Pero nos duele que la prensa judía, entre tanto, nos ataque con encono. Veamos la carta (28 de octubre de 1944):
«Desde hace tres años España viene accediendo reiteradamente, y con la mejor voluntad a cuantas peticiones presentan comunidades judías, directamente o a través de V.E. o del embajador en Londres o de otros jefes de misión en América, habiendo dado ello lugar a enérgicas intervenciones no sólo en Berlín sino en Bucarest, Sofía, Atenas, Budapest, etc., con desgaste evidente de nuestras representaciones diplomáticas y llegándose en algunos momentos a discusiones enérgicas por defender nosotros esos intereses. Gracias a estas gestiones, numerosos israelitas de Francia han podido pasar nuestra frontera y continuar su viaje donde desearan, otros se han visto eficazmente protegidos durante todo el tiempo de ocupación alemana en Francia, Holanda y otros países, y gran número de sefarditas han visto mejorado considerablemente el trato que sufrían en campos de concentración y aun han podido salir de éstos recuperando la libertad al entrar en España. Con el mismo criterio estoy dispuesto a seguir interviniendo con referencia su telegrama núm. 1.034 por motivos humanitarios a los que España en ningún caso deja de hacer honor. Pero siendo esta situación, no puede menos de causar profundo sentimiento al Gobierno español el advertir que por empresas periodistas, de radio o de difusión de noticias controladas por elementos israelitas especialmente en Estados Unidos se hacen intensas y reiteradas campañas calumniosas contra España como la que en momentos actuales está en curso, por lo que debe V.E. convocar a cuantos se han interesado por estas cuestiones ante V.E. ahora y en tiempos pasados para manifestarles el vivo deseo de España de que la comunidad israelita interponga toda su influencia para que esa campaña cese esperando que, como temerosos de Dios y partidarios de la verdad, hagan cuanto sea posible para que evidentes calumnias faltas de todo fundamento se sigan difundiendo por organismos de información en que ellos pueden tener influencia y especialmente por aquellos controlados por israelitas en Estados Unidos. Sírvase V.E. poner en esto el máximo celo y actividad por ser incomprensible que reiterados y eficaces esfuerzos de España no hayan dado lugar a muestra alguna de reconocimiento por parte de esas comunidades. Lequerica».
2. En noviembre de 1944 uno de los rabinos que formaban el comité de socorro, volvió a encontrarse con Cárdenas: se estaban haciendo gestiones con el nuncio en Washington para ver si España y el Vaticano lograban actuar como mediadores para un intercambio de ancianos, mujeres y niños y para conseguir que se diese a los judíos al menos trato de prisioneros de guerra; además había 250 judíos polacos que, al comienzo de la guerra, disponían de pasaportes hispano-americanos y a los que España podía tomar como suyos. Lequerica respondió ya el mismo día: se ha ordenado a la legación de Budapest que haga todo lo que pueda, sin esperar nuevas instrucciones; también sabía que el nuncio había reunido en esta ciudad a los representantes de naciones neutrales para protestar enérgicamente ante el Gobierno húngaro. Punto por punto, noticias e instrucciones se enviaron al duque de Alba.
Conocemos, de primera mano, al menos dos noticias concretas: la insistencia, cerca del Gobierno suizo, para que levantara la prohibición de pasaportes para sacar a los sefarditas de Bergen Belsen de este campo y llevarlos a Ginebra, y las gestiones, casi heroicas, de Angel Sanz Briz, en Budapest.
El 9 de noviembre de 1944, cuando los rusos estaban entrando en territorio húngaro, Sanz Briz comunicó que el nuevo Gobierno pro-alemán sucesor del almirante Horty, había decidido recrudecer la persecución contra los judíos, a los que pensaba deportar a Alemania: los hombres a pie, las mujeres, niños e inválidos, en trenes especiales. Las milicias del Partido no respetan el pasaporte español y existe el fundado temor de que se trate de exterminarlos. Fue bajo este impacto dramático cuando Lequerica ordenó al encargado de negocios que actuase por su cuenta (14 de noviembre). Luego, recogió los informes que éste le enviaba y, el 16, cursó a Cárdenas un telegrama extenso para que el Gobierno norteamericano y las organizaciones judías conociesen lo que se estaba haciendo. Pocos textos pueden superar en expresión a este telegrama:
«El encargado de negocios en Budapest ha podido conseguir que la protección española sea extendida oficialmente a favor de trescientos judíos a quienes, a pesar de no tener nacionalidad española, ha concedido pasaporte nuestro provisionalmente. Además ha expedido cerca de dos mil «cartas de protección» con las que hasta ahora se han salvado otros tantos judíos de campos de concentración y de deportación. Esta actuación, hecha tras insistentes órdenes por nuestra parte y múltiples reclamaciones diplomáticas ha tenido extraordinaria eficacia precisamente en los momentos en que los judíos eran más perseguidos y en que, sin consideración alguna a protecciones ni nacionalidades, se les embarcaba en trenes con destino a campos de concentración. En cambio, cuantas gestiones se han hecho para traerlos a España han resultado infructuosas y en vista de las atrocidades cometidas, el día 14 de noviembre se han reunido representantes de Suiza, Suecia y España bajo la presidencia del nuncio, acordando por unanimidad hacer gestión colectiva pidiendo al Gobierno húngaro trato más humano y cese completo de la persecución, según viene solicitando insistentemente nuestro encargado de negocios. En Francia han podido, como es público, acogerse a nuestra protección muchos cientos de judíos que han pasado la frontera a partir del verano de 1943 en múltiples grupos o que se han beneficiado del criterio especial de tolerancia en nuestros puestos fronterizos al presentarse sin documentación alguna. Los que quedaron en Francia obtuvieron, después de repetidas gestiones de la embajada española, con intervención mía personal, que sus bienes sometidos en principio a confiscación por las autoridades alemanas, pasaran a administradores españoles designados por nuestros consulados, salvándose así la totalidad de los intereses españoles y llegando a evitárseles toda clase de molestias personales como consecuencia de esta amplísima protección. Judíos griegos han sido objeto de especialísima atención y después de haber hecho venir varios grupos, sacándolos de campos de concentración de Alemania, seguimos insistentemente reclamando mejor trato para todos los sefarditas españoles en campos de concentración, ya que hoy no pueden venir, habiéndose logrado positivo éxito en estas reclamaciones pues unánimemente los salidos de campos de concentración presentan aspecto inmejorable y manifiestan que el trato ha sido, en lo relativo, satisfactorio. No se tiene conocimiento de una sola defunción de sefarditas españoles o protegidos nuestros en campos de concentración ni siquiera de enfermedades fuera de lo normal que puedan suponerse producidas por esta situación. En Bulgaria y Rumanía, hasta la entrada de las tropas rusas, ha sido incesante la actuación de nuestras legaciones resultando sumamente satisfactorios pues prácticamente toda la colonia española (salvo raros casos excepcionales) ha podido defenderse y subsistir en condiciones de muy grave dificultad. Además se ha hecho, en general, una larga serie de reclamaciones respecto a judíos de nacionalidades hispanoamericanas que no nos tienen encargada protección de sus intereses. Múltiples y apremiantes reclamaciones en este sentido han dado lugar en algún momento a situación difícil de nuestra representación en Berlín que ha tenido que soportar a causa de estas intervenciones momentos de mal humor por parte de las autoridades alemanas que reiteradamente han dicho que no aceptaban que interviniéramos en asuntos en que no teníamos título jurídico para actuar, a pesar de lo cual y de gastarse grandemente nuestra influencia en perjuicio de los intereses propios hemos seguido siempre, por consideraciones de caridad y humanidad esforzándonos por obtener mejor trato. Lo digo a V.E. para su conocimiento aunque no conviene que el punto relativo a la expedición de pasaportes sea divulgado para no perjudicar futuras actuaciones. Lequerica».
3. Sanz Briz respondió a estas instrucciones. El 17 de noviembre comunicó que había conseguido sacar de un campo de concentración y devolver a Budapest a 71 judíos que llevaban tres días sin comer: el rescate tuvo lugar bajo un bombardeo porque los rusos estaban a treinta kilómetros de la ciudad. Alquiló algunas casas en la zona destinada a gettho provisional y, bajo bandera española, organizó su protección; esto no impedía las vejaciones de las milicias. Luego fue a ver al Ministro de Asuntos Exteriores que se excusó: el Gobierno ya no ejercía control sobre las milicias del Partido. «En mi presencia telefoneó a la persona encargada de las deportaciones y le ordenó destacar un oficial que acompañado de un empleado de esta cancillería se dedicase a recoger judíos españoles en la interminable caravana que a pie se dirijan a la frontera alemana».
El duque de Alba informó desde Londres: todas las noticias han sido comprobadas por la Organización judía mundial, que da las gracias a España y las retransmite a Estados Unidos.
Las gestiones diplomáticas tuvieron un éxito muy limitado. Pero salvaron vidas. Cuando Vidal y Saura reclamó en Berlín los 16.000 lituanos y los 250 polacos de pasaporte americano, la Wilhelmstrasse contestó abruptamente que «reitera lamentar no poder facilitar dichos datos por no encontrarse ya las personas que se interesa en territorio ocupado». Lo que, según el embajador español, era falso. El 22 de noviembre, por la mañana, el Ministro húngaro de Asuntos Exteriores reunió a los representantes de las potencias neutrales para comunicarles la decisión final de su Gobierno: aquellos judíos en posesión de pasaporte neutral o carta de protección serían encerrados en el ghetto —a costa de dichos países— hasta que pudiesen ser repatriados; los no protegidos serían «prestados» para trabajar en Alemania y su suerte final se decidiría al acabar la guerra. Los no aptos para trabajar serían encerrados en un ghetto especial. Se exceptuaban los que hubiesen prestado relevantes servicios y los sacerdotes católicos de origen judío.
Al final de la guerra, más de la mitad de los judíos residentes en Hungría habían muerto. Pero Angel Sanz Briz, siguiendo las órdenes de su Gobierno, cumplió con su deber.
