Unos cuantos apretados sucesos tuvieron lugar en los primeros días de junio de 1946, capaces de influir decisivamente en la evolución política española. El día 1 el comité designado por la O.N.U. entregó su informe: no podía decir que el Régimen español constituye un peligro real; afirmó en cambio que se trataba de un peligro «potencial». Al día siguiente un referendum, en Italia, por escaso margen de votos, arrojaba a la Monarquía por la borda; la prensa española no desaprovechó la ocasión de insinuar que, acaso, este era el precedente para el plesbiscito de que hablaban Aranda o Sainz Rodríguez. El 5 de junio el conde de Barcelona aceptó la renuncia del infante Alfonso de Orleans y comenzó a reorganizar su Consejo privado, designando al general Kindelán como representante en España; es decir, adoptaba una actitud más beligerante. Por último las milicias al servicio del Gobierno Giral trataron de apoderarse del enclave de Llivia para instalar en él su representación. Si hubiera sucumbido —la población y la guarnición rechazaron el ataque— el Gobierno español se hubiera encontrado en dificultades para recuperar la plaza sin violar territorio francés.
En respuesta al dictamen de la comisión Lange, Martín Artajo ordenó distribuir una extensa nota entre los diplomáticos y los periodistas, para que conociesen cuáles eran los argumentos sustanciales que debían ser empleados. Constaba de ocho puntos:
a. El Gobierno español hace perfecta distinción entre lo que realmente opinan las naciones y lo que manifiestan ocasionalmente sus actuales mandatarios.
b. La Subcomisión, el Consejo de Seguridad y la propia Sociedad de Naciones (sic) carecen de potestad para juzgar a España que, ni pertenece al organismo ni tiene conflicto alguno con cualquiera de sus miembros.
c. Cinco naciones han tomado la iniciativa, creando el precedente de que se pueda obligar a cualquier país a modificar su régimen político para acomodarse al gusto de unos pocos.
d. De estas cinco sólo dos mantienen relaciones diplomáticas con España y los gobiernos de Francia y Polonia han manifestado recientemente enemistad pública contra ella. Respecto al representante de Polonia, «su autoridad es del todo recusable, como mandatario de un Gobierno que se mantiene contra la voluntad de su país, impuesto por una potencia extranjera, justamente la misma que, bajo el mismo Régimen, hubo de ser expulsada de la anterior Sociedad de Naciones por su agresión a la pacífica Finlandia».
e. La información recibida procede tan sólo del llamado gobierno republicano, que carece de territorio y jurisdicción, o de informaciones que se reconocen anónimas y clandestinas. La intervención del representante del Reino Unido ha podido demostrar que tres de las acusaciones —preparación de la bomba atómica, potencia militar amenazadora, proyectos de agresión contra Francia— son mentiras. Queda la cuarta, de ayuda a las potencias del Eje. ¿Por qué no se habla del auxilio prestado a los que huían de los alemanes, ni de la ayuda que España prestó a los aliados y que éstos públicamente reconocieron?
f. España no tiene un régimen totalitario como fue el de Alemania y lo es el de Rusia. Ningún gobierno iberoamericano ha presentado quejas porque se hayan intentado infiltraciones políticas.
g. Es muy significativo que la Subcomisión haya tenido que recurrir a la fórmula del peligro «potencial» por no serle posible denunciar un peligro «real».
h. Detrás de este acuerdo del Subcomité existe tan sólo una maniobra soviética, la misma que intentó ya en Postdam. Este es el aspecto que la prensa debe, con preferencia, resaltar aludiendo a la batalla sorda que Estados Unidos y Rusia están librado para lograr el dominio del Mediterráneo.
2. El informe de la comisión Lange, en definitiva, no satisfizo a nadie. Decir de alguien que es «potencialmente» peligroso no significa nada. Los santos saben que, en potencia, son capaces de todos los pecados. Giral regresó irritado a Méjico y la URSS interpuso por tres veces su veto para que no se siguiera discutiendo el caso de España porque sus antiguos aliados estaban haciendo revelaciones muy poco agradables. El Caudillo ganó algo que necesitaba con urgencia, tiempo. Porque el tiempo hacía crecer los recelos de los anglosajones hacia la URSS, y demostraba también a los franceses las pocas ventajas y muchos inconvenientes de su actitud. En agosto de 1946 Francia abrió ya parcialmente su frontera oriental. El Gobierno español ni hizo comentario alguno: aceptaba las cosas friamente, como venían.
Durante aquel verano, el Gobierno español temió que se produjera una nueva invasión armada con mejores pertrechos que la de 1944. Los espías a su servicio comunicaban que los comunistas, mandados por Líster, el héroe de Teruel y del Ebro, que había recibido instrucción militar en la Unión Soviética y grado de general, acumulaban en depósitos cercanos a la frontera 48.500 mosquetones, 3.900 ametralladoras y 45.000 granadas; contaban también con una promesa de ayuda sostenida de Tito. Habían decidido prescindir de Giral y su Gobierno para pasar a la acción directa.
Un antiguo capitán de la Guardia Civil, Vicente Santiago Hobson, masón de grado importante, Secretario de Información de José Giral, enemigo de los comunistas que durante la guerra civil le persiguieran, estuvo en Barcelona entre los días 10 y 14 de octubre de 1946, haciendo contactos con el Estado Mayor de Franco y advirtiendo de estos proyectos. Los militares españoles le permitieron moverse en libertad e incluso efectuar compras en la Ciudad Condal; sospechaban que Giral estaba en antecedentes y no se oponía.
El comunismo era el aliado que, en el bando republicano, todos temían. LA ANDP en el bando franquista. El nombramiento de Kindelán fue interpretado por Carrero Blanco, sin duda correctamente, como un puente tendido hacia los hombres que hicieran el 18 de julio, no falangistas. De ahí su insistencia de que no todo estaba perdido y que era necesario mantener los puentes hacia Estoril. Pero estos hombres, militares, católicos y, en conjunto, derecha nacional —en un sentido estricto, y González Vicen lo demostraba, el falangismo debía considerarse como la no derecha del Movimiento— tenía su principal aglutinante en la Iglesia. En el Congreso de Pax Romana, celebrado en Salamanca, se había mostrado un primer movimiento adverso al Régimen.
A pesar de que Artajo y Ruiz Giménez estaban entonces firmemente al lado del poder, el almirante no confiaba: en una nota que pasó a Franco el 19 de noviembre de 1946, recomendaba a éste una especial atención a Cirilo Tornos y a Francisco de Luis porque se mostraban muy críticos de la colaboración con el Régimen y preferían una solución como la de Italia.
