Francisco o Paquito, como le llamaron pronto familiarmente, creció rodeado de los cuidados maternales de doña Pilar, como los demás hijos y, como éstos, Paquito iría grabando en su mente los consejos, los rezos y modos de comportarse que aprendía de su madre. Su padre, por razones del cargo, permanecía ausente temporadas en largos viajes.
Sobre la fisonomía de doña Pilar, he aquí lo que escribe Luis Ramírez, biógrafo hostil de Francisco Franco:
«Lo que sí aporta Pilar Bahamonde al matrimonio es la serenidad de una mujer que procede también de la clase media, pero con más entronque rural y con una historia vieja de linaje importante. Procedente de Vigo, con ilustres antepasados de ese apellido, entroncados con algunas familias ilustres de la intelectualidad autóctona, tiene las características de la clase media rural, más sana que la ciudadana, más abierta por estar más en contacto con el pueblo, más cerca de la tierra…
Pilar Bahamonde es una mujer suave como el paisaje de la tierra, melancólica como los prolongados espacios de tiempo lluviosos que lo impregna todo de una húmeda suavidad. Tiene un pálido rostro ovalado y unos ojos tristes. Un cierto halo de resignación y una frecuente invocación al pesimismo en su mirada.»
«Doña Pilar —escribe Ricardo de la Cierva— vestía siempre a la antigua, lo que realzaba su hermosa presencia. Su vida espiritual era sencillamente auténtica. Acudía cada tarde al rosario, pero también participaba en las actividades de una escuela nocturna para hijos de obreros. Vivió sin una queja, sin un alarde. Murió durante una visita a Madrid, el 28 de febrero de 1934, al borde de los setenta años, a consecuencia de una pulmonía que contrajo a la salida de misa. Ninguna otra persona ha influido como ella en el carácter y en la vida de Francisco Franco.»
«Mi madre era una santita. Se esforzó cuanto pudo en educarnos bien y en orientarnos en la vida —recordaría con los años la hermana del Caudillo en cierta entrevista a «La Actualidad Española»—. Mi madre, desde bien pequeñitos, nos llevaba con ella a la iglesia y nos enseñó a rezar el rosario. A ella se parecía mi hermano Paco en el carácter y físicamente participaba de mis padres por igual poco más o menos».
Antes que Paquito había nacido Nicolás y después vinieron Pilar, Ramón, el famoso héroe del Plus Ultra, y Pacita. La pequeña sería, como es natural, la muñeca de los hermanos, por la que éstos se desvivirían en mimos y halagos. Pero cuando la niña contaba ya cuatro años, la perdieron. Pacita murió.
La madre buena tiene que consolar a los hijos con la frase corriente en los labios de todas las madres cristianas: «Dios lo ha querido así, bendito sea, hijos míos», «a Pacita se la ha llevado la Virgen del Chamorro, nuestra Madre del cielo, para que sea desde allí nuestro ángel», «Pacita pedirá por nosotros en el cielo». Y no cabe duda que estas frases serían el bálsamo más reparador en el corazón herido de los pequeños hermanos y un acicate a la evocación de los pequeños héroes sobrenaturales.
La Virgen del Chamorro es una advocación de María Santísima, cuya ermita se alza próxima a El Ferrol, y a la cual doña Pilar profesaba singular devoción y encomendaba a sus hijos.
Todavía muy niño, Paquito recibe el sacramento de la Confirmación y después ingresa en el colegio del Sagrado Corazón.
