El testimonio de Miguel Primo de Rivera permite reconstruir aquellos primeros días desde una perspectiva especialmente cercana: las conversaciones mantenidas en la cárcel, la llegada de las primeras noticias sobre la sublevación, las visitas de familiares y camaradas, los mensajes introducidos clandestinamente en una cesta de alimentos y las cartas que José Antonio mantenía con distintos interlocutores.
18 DE JULIO
Acomodándonos como pudimos, pasamos la noche reunidos, porque al cantar «Cara al Sol» la voz que queríamos apagar, se fue tal vez demasiado alta y el oficial de guardia subió al departamento para ver lo que pasado alta y el oficial de guardia subió al departamento para ver lo que pasaba.
Al advertir sus pasos, el camarada que hacía de vigilante nos avisó y José Antonio y yo tuvimos que ocultarnos en una celda.
Se limitó el funcionario a decir una pequeña amonestación a los allí reunidos y a recomendarles que se acostasen. Al irse cerró con llave la puerta que nosotros habíamos abierto con ganzúa y ya tuvimos que quedarnos allí esperando la llegada del oficial de turno matutino, que era buena persona y probablemente no diría nada al encontrarnos allí.
De esta manera, quiso el destino, que aquellos inolvidables camaradas y nosotros, entrásemos juntos en el día más grande de nuestra historia moderna.
Llegó la mañana y como sospechábamos, el oficial que vino a hacer el recuento no dijo nada al encontrarnos fuera de nuestras celdas. Unicamente nos pidió que volviésemos a ellas enseguida, porque nuestra ausencia podía ser advertida.
Así lo hicimos. Y eran las siete de la mañana cuando José Antonio y yo entrábamos en nuestros cuartos.
Tomábamos el café juntos y comentábamos la reunión de la noche anterior, reunión que, dada la monotonía carcelaria, era un acontecimiento, cuando nos sorprendió el ruido de dos aviones que volaban bajo.
Eran dos aeroplanos militares con los colores republicanos pintados en el timón de popa. Pasaron tres veces por encima de la cárcel y volando tan bajo, que a través de nuestras rejas distinguíamos las caras de sus tripulantes.
Aquello era algo extraordinario y nuevo. No había ocurrido nunca desde que estábamos en Alicante y José Antonio y yo nos miramos con cara de sorpresa y júbilo.
¿Sería verdad que la cosa había empezado? Aparte de esto en la cárcel no se notaba nada extraordinario.
Dieron las nueve y Don Abundio, nuestro guardián vino para decirnos que era la hora del paseo. Bajamos al patio poseídos de una curiosidad sin límites. Disimulando para aparecer ajenos a lo que se trataba, ya que hasta entonces habíamos llevado en secreto nuestras maquinaciones, le preguntamos al oficial si ocurría algo anómalo; pero Don Abundio no sabía nada.
Procurando disimular nuestro nerviosismo, jugamos como de costumbre nuestro partido de pelota y terminado éste nos dimos la ducha cotidiana.
Subimos otra vez a la celda esperando la comunicación con la familia, que ya era la única que se nos permitía.
Los minutos parecían eternos… Por fin, eran las once largas, cuando nos avisaron que nuestra hermana y mi mujer esperaban en el locutorio.
¡Qué emoción y que ansia cuando íbamos hacia el departamento de visitas!
Allí estaban las dos mujeres en cuyos semblantes se leía fácil: ¡Todo había empezado!
Barcelona y Madrid sublevados. Sevilla, Córdoba y Huelva dominados por Queipo de Llano. Salamanca, Valladolid, Burgos, Segovia, Ávila, todo Aragón eran un hervidero de camisas azules y gritos de ¡Arriba España!
Yagüe debía de pasar el estrecho con Tercio y Regulares que entrarían por Algeciras…
De Navarra, venían, mandados por el General Mola, veinte mil hombres de Falange y Requetés…
Y del resto de España informaciones confusas. Estas fueron las noticias que nos dieron.
«¿Y Alicante, que pasa aquí?» preguntó José Antonio. «Aquí sólo se sabe que las tropas están acuarteladas» contestaron ellas.
«¿Pero que piensan estos idiotas?», murmuró José Antonio. Y allí mismo, en el locutorio, con papel y pluma que le proporcioné yo, escribió unas notas que mi mujer y mi hermana debían aprender de memoria y decírselas a un enlace que las transmitiría a los militares de Alcoy.
Guardaron ellas el papel y con un emocionado ¡Arriba España! que dijimos las cuatro terminó la entrevista.
Al volver a la celda José Antonio escribió una carta al Coronel del Regimiento de Infantería de Tarifa de guarnición en Alicante, apremiándole para que se uniese al movimiento.
Esta carta debía llevarla el Teniente Santiago Pascual que a pesar de estar acuartelado procuraría vernos cuanto antes, según nos dijeron mi mujer y Carmen.
Efectivamente aquella tarde a las cuatro poco más o menos, Pascual obtenía una comunicación con nosotros. Recuerdo la impaciencia con que José Antonio le interrogaba y le insistía en la necesidad de sublevarse.
Santiago Pascual Martínez, uno de los hombres de mejor espíritu que he conocido, estaba aún más desesperado e impaciente que nosotros porque los jefes y oficiales comprometidos a unirse al movimiento, esperaban la orden de Valencia y esa orden no llegaba.
Los buenos militares, los verdaderamente decididos hostigaban como podían al General García Aldave, jefe militar de Alicante… y García Aldave vacilaba.
¡Desventurado general que no supo entender su honrosa profesión!
Poco después de entregar el cuartel a los rojos, como lo hizo, los rojos lo fusilaban por traidor.
Pascual no podía permanecer mucho tiempo con nosotros. Guardó la carta que José Antonio le entregara y se fue prometiendo que si le era factible vendría al día siguiente.
Volvimos a la celda en silencio. De un lado las noticias eran magníficas, pero de otro, aquello que tocábamos de cerca y que era nuestra ilusión, porque el ansia de luchar era ya en nosotros una necesidad, se difería de manera alarmante.
Y así, entre esperanzas y temores, terminaba para nosotros encerrados en la cárcel de Alicante, ese glorioso día en que España empezaba otra vez el camino del Imperio.
Al día siguiente, la noticia de la sublevación, era por todos conocida. La prensa la daba y la comentaba según la manera de pensar de cada periódico.
La cárcel era un hervidero de pasiones, de comentarios y de idas y venidas.
Los oficiales del presidio entre los que tampoco había unanimidad de ideas políticas, se unían en grupos diversos para hacer toda clase de conjeturas.
Por aquellos días, aparte de los veintisiete de falange aislados en su departamento y de José Antonio y yo, había en la cárcel unos ochenta más. Lo eran éstos, casi todos, acusados por delito de robo y sólo tres o cuatro estaban allí castigados como autores de delito de sangre.
El régimen al cual mi hermano y yo estábamos sometidos —ya lo he dicho al principio— impedía casi toda comunicación con los presos comunes. Sin embargo, dada la situación de nuestras celdas, la proximidad o el acercamiento entre ellos y nosotros era prácticamente inevitable.
Durante los días que precedieron al movimiento, hablamos con algunos. En más de una ocasión, fueron a la celda de José Antonio porque sabían que era abogado y querían exponerle su caso en busca de solución. Mi hermano les redactó escritos y recursos que ellos agradecían y siempre nos pareció que tenían cierta simpatía hacia nosotros ya que al fin y al cabo nos unía la misma vida.
Pero aquel día 19, todas las caras eran torvas y las miradas esquivas.
Los cabecillas políticos que nunca han faltado en las cárceles españolas, les habían arengado e ilustrado sobre el movimiento militar y una desagradable hostilidad contra nosotros, se marcaba muy clara en sus semblantes.
El día 19 empezaba con mala cara. Y para que fuese mayor nuestro disgusto, pasó la hora de la comunicación sin que la familia viniese a vernos. Esto nos alarmó bastante, pero lo atribuimos a que dada la difícil situación, el gobernador había recibido orden de incomunicarnos con el exterior.
No teníamos pues donde inquirir las noticias que tanto nos interesaban, porque los guardianes hablaban poco y sabían menos.
Por fin a las cuatro y media, un camarada al que llamaban de apodo «El Poyo» vino a vernos de parte de Pascual que no podía salir del cuartel. Había conseguido, no sé cómo, un permiso extraordinario y nos esperaba en el locutorio.
Si grande fue nuestra emoción del día anterior, cuando bajábamos a comunicar, esta vez era indecible.
«El Poyo» nos esperaba con porte que pretendía ser animoso, pero cara era la de un hombre consternado. «¿Qué pasa?» fue la pregunta que le disparó José Antonio. No pudo contenerse y con toda sinceridad contestó:
«Esto es desesperante. Estamos rodeados de cobardes…»
Después más tranquilo, le dijo a mi hermano, «Tu carta se leyó ayer en el cuarto de banderas del regimiento. Todos los que la oyeron estaban entusiasmados y enardecidos. Ya está redactado el bando declarando el estado de guerra y como se espera hoy la orden de Valencia, creo que esta misma noche nos uniremos a la causa…»
«¿Y por qué esperan a lo que pasa en Valencia?» preguntó José Antonio, «¿no se ha sublevado Albacete sin esperar a nadie?»
«El General se opone» respondió el camarada.
«Pues si sigue oponiéndose y no le pegáis un tiro estamos perdidos.»
Tales fueron las palabras de mi hermano.
Y después de un poco de conversación pregunté: «¿Porque no ha venido hoy la familia? ¿Sabes algo?»
El rostro de nuestro interlocutor se nubló y vacilaba en contestar…
«¿Qué les pasa?» preguntamos José Antonio y yo al mismo tiempo.
«Están detenidas en el Hotel», contestó. «Pero no preocuparos porque están bien y no les ocurrirá nada.»
Más tarde he sabido el motivo y circunstancias de aquella detención. Y al escribir estas páginas no quiero dejar de consignar el hecho, pues me enorgullece la decidida conducta de estas tres mujeres, cuando en aquella ocasión que tantos hombres vacilaron.
En efecto, como antes he dicho, el día anterior José Antonio les había dado una orden para que un enlace la llevase a los militares de Alcoy y como quiera que no pudieron encontrar el referido enlace, decidieron mi mujer y mi hermana, que acompañadas por Tía María irían ellas mismas a cumplir el servicio. Efectivamente, lo hicieron sorteando hábilmente muchas dificultades, pues los militares de Alcoy, como casi todos los de España estaban acuartelados.
No obstante consiguieron, a pesar de la vigilancia que sobre ellas había, informar al Teniente Candela y a otros dos oficiales, sobre los propósitos de José Antonio.
Volvían de realizar su cometido, cuando llegando al pueblecito llamado San Juan, una turba armada y vociferante intentó detenerlas. Mi hermana Carmen que conducía el coche pudo maniobrar rápidamente y emprender a gran velocidad, la huida, pero un coche más potente que el que ellas llevaban salió en su persecución haciéndoles un nutrido fuego con distintas armas.
Cuando comprendieron que la resistencia era inútil, pararon el coche y poco después eran prisioneras de unos milicianos y un guardia de asalto que resultaron ser los ocupantes del coche perseguidor. Y aquella noche, después de conseguir evadirse violentamente de los milicianos para entregarse a la Guardia Civil, fueron arrestadas en el Hotel donde vivían y pocos días después, encarceladas.
De estos hechos «El Poyo» no tenía un conocimiento exacto, aunque aquella tarde en que nos comunicó la detención de la familia. Sin embargo, sabía lo bastante y nos dijo era bastante alarmante y así lo comprendió José Antonio que con aire preocupado exclamó: «Entonces aquí la situación está bastante grave».
El otro asintió y poco después se despedía de nosotros para volver al cuartel y si podía darle noticia a Pascual de la entrevista que con nosotros había tenido.
Esta entrevista, no fue consignada en el libro registro de la cárcel y a pesar de que el fiscal, cuando nuestro proceso, hace referencia a ella, no podría probarla ni desmentir a José Antonio (que sabía la no constancia inscripción de la visita del «Poyo» en el registro) y que la negó.
Ésta fue la penúltima persona que vimos en comunicación normal, pues al día siguiente el gobernador prohibió nuestras visitas.
También era la última vez que sabríamos del Teniente Pascual. Pundonoroso oficial y excelente falangista, que pocos días después era fusilado por las milicias del pueblo.
AISLADOS DEL MUNDO
El día veinte, cuando por la mañana bajábamos al patio, nuestro guardián, Don Abundio nos dio la noticia de que estaba prohibido visitarnos. Es decir que el mundo se reducía para nosotros a los límites de aquella pequeña cárcel. Y los habitantes de este reducido mundo no eran precisamente la más agradable compañía, pues aparte de los treinta que nos eran afectos y de los cuales estábamos incomunicados, el resto de la población penal manifestaba cada día una mayor aversión por nosotros.
Así mismo nos comunicó que desde ese día quedaba prohibido a todos los reclusos el recibir y leer periódicos, fuese cual fuese el matiz político de éstos.
Tratamos de sacar del guardián alguna luz que nos iluminase sobre la marcha de las cosas, pero Don Abundio o sabía poco o no lo quería decir. Sin embargo lo poco que habló era desconsolador.
Cumpliendo la consigna de José Antonio, falangistas de todos los pueblos habían venido en camiones a Alicante con el propósito, según lo convenido, de ir al cuartel para allí ser armados y ocupar la población.
El primer camión que entró en Alicante, después de sostener un tiroteo con guardias de asalto a la entrada de la población, venía de Callosa del Segura. Lo ocupaban cuarenta y dos hombres, de los cuales tal vez ni la mitad estaban armados y los que lo estaban era con pistolas de pequeño calibre.
Llegaron hasta la puerta del cuartel de Infantería, donde, según lo acordado debían entrar para recibir armamento y municiones y una vez armados cumplir los objetivos que se les diesen.
Pero los militares de Alicante, salvo muy pocas honrosas excepciones, faltaron a su palabra y aquellos cuarenta y dos hombres llenos de ardor y buen espíritu, no pudieron entrar en el cuartel, porque con buenos modos pero de manera rotunda se les impidió la entrada. De esta manera desamparados y sin saber qué hacer, optaron por disolverse, antes de que fuese tarde, y avisar a los que de otros pueblos llegaban, sobre la actitud tomada por los jefes del cuartel de Alicante.
Por fortuna pudieron hacerlo, y las expediciones que de otros pueblos venían, quedaron suspendidas, ¡menos mal! Pues de haber llegado sus componentes habrían seguido la suerte de aquellos cuarenta y dos heroicos hombres de Callosa, que quince días después de ocurridos los hechos que relato y por haberles sido imposible abandonar Alicante, fueron hechos prisioneros y cuarenta de ellos fusilados.
Como antes decía, el 20 de julio por la mañana Don Abundio nos daba a entender que las guarniciones de Alicante, salvo muy pocas, Valencia, Murcia y Cartagena no se unían al movimiento. Nuestra situación tomaba un cariz poco agradable. Y aquella mañana la pasamos José Antonio y yo paseando juntos por el patio y haciendo en voz baja para que el guardián no se enterase, toda clase de cábalas y suposiciones; hasta que pasó la hora y otra vez fuimos a nuestras celdas.
Se me había olvidado decir, que desde que llegamos a la cárcel de Alicante, todos los días nos mandaba una cesta con víveres la familia Berjer, cuyo inolvidable Felipe, fue desde los primeros tiempos de Falange hasta su muerte, camarada ejemplar. Igual que a otros no puedo pasar esta ocasión sin dedicarle un emocionado recuerdo.
Pues bien, aquella mañana del 20, a la hora del almuerzo, llegó como siempre bien provista de viandas, la cesta de los Berjer. Al abrirla, notamos que un cierto desorden delataba clarísimo, el hecho de haber sido registrada antes de llegar a nosotros. Esto nos hizo concebir la idea de que la cesta era el único medio por el cual podríamos tener noticias. Y conociendo como conocíamos el temperamento decidido y vehemente de Felipe, que aun no se había fugado de Alicante y que por lo tanto era él quien podía preparar la cesta, pusimos en obra un minucioso escrutinio de todos sus componentes. Cual no sería nuestra alegría, cuando al desarmar el Thermos del café, perfectamente disimulado en una juntura de la parte metálica, vimos que asomaba una puntita de papel blanco.
¡Allí estaba lo que más apetecíamos! El alimento espiritual inapreciable, cuya delicia sólo conocen los que han pasado un ansia semejante a la nuestra de aquellos días.
Con verdadero cuidado para no romperlo, sacamos de su escondite el maravilloso papel y con ojos ávidos leímos, lo que hoy, a pesar del tiempo transcurrido, casi recuerdo de memoria.
Poco más o menos decía así: «Tu familia está detenida en el hotel pero completamente a salvo. No preocuparos por ellas. El movimiento marcha triunfalmente.
Queipo ha dicho ayer desde Sevilla, que dentro de poco toda España estará en nuestro poder. Galicia maravillosamente alzada en armas organiza innumerables centurias, que salen para todas partes de España. Mola baja sobre Madrid (de donde las noticias son confusas) al frente de cuarenta mil hombres. Se espera para esta noche la declaración de estado de guerra en Alicante. ¡Arriba España!»
Fácil es comprender la alegría que este papel de letra menuda nos trajo.
José Antonio y yo nos abrazamos llenos de júbilo, y aquel almuerzo fue uno de los más felices de nuestra vida.
Cuando Paco Maciá (el falangista que era ordenanza de los otros camaradas detenidos y nuestro) entró en la celda, le dimos cuenta de lo que sabíamos poseídos de verdadera euforia. Y Paco corrió como un loco, para contárselo a los que con él estaban.
Unos minutos después, a través de los muros y rejas que nos separaban, llegó a nuestros oídos un brioso ¡Arriba España! que alguno de los camaradas, entusiasmado, no pudo contener…
Esa misma tarde tuve otra alegría. Mi mujer me envió una breve esquela y la policía que ya ejercía la censura, permitió que llegase a mis manos. Decía muy poco pero era lo bastante para alegrarme: tres renglones en los que se leía: «Estamos bien de salud y de ánimo. ¿Qué tal vosotros? Si te es posible escríbeme y dime si os hace falta algo. Procuraremos mandarlo.»
Pedí permiso para contestar y se me autorizó para hacerlo en forma de carta. Así lo hice y con las palabras precisas le di a entender que estábamos bien y contentos. Y porque todo parecía salir bien aquel día, tuvimos poco después la visita de la camarada Llanitos Marco García, y su hermana pequeña.
Es esta Llanitos Marco, una de las muchachas más animosas y entusiastas que ha tenido la Falange. Cómo se las arregló para entrar en la cárcel y vernos es cosa que no sé. Lo cierto es que su visita, nos confirmó las noticias de Berjer, nos alegró mucho y nos sirvió para que Felipe supiese que habíamos recibido el «Thermos» y siguiese mandando noticias en él.
Esta de Llanitos, fue la última visita que del exterior habríamos de tener con ningún otro camarada.
Llegó por fin la noche, y mi hermano y yo con el alma alegre y la esperanza abierta, nos entregamos al sueño de ilusiones.
Al siguiente día, 21 de julio, nos levantamos temprano y con la natural impaciencia por saber algo. Pero había que esperar y resolvimos hacer tomando ciertas precauciones que nos parecían precisas, dada la situación que con nosotros se empezaba a establecer.
En efecto, teníamos en las celdas correspondencia y documentos, que en caso de ser hallados por nuestros enemigos agravarían nuestra situación.
Tenía José Antonio entre otras cosas las cartas que se cruzaron entre él y el General Mola.
Esta correspondencia no se hacía directamente entre ellos, sino por un intermediario poco conocido.
José Antonio dirigía las cartas a un zapatero de Pamplona y éste le contestaba.
Tampoco se aludía directamente, aunque sí bastante claro a lo que pudiese dar una pista al Gobierno en caso de ser intervenida la correspondencia.
¡Precauciones ingenuas! Pues salvo algunos detalles como el de escribir «La familia», cuando se refería al Ejército, lo demás se decía sin disimulo de ninguna clase.
Vacilaba José Antonio sobre el partido que debía tomar con esas cartas, pues le daba lástima —y tenía razón para ello— destruir aquellos interesantes documentos, en los que muchos detalles de la preparación del movimiento, estaban escritos. Consultó conmigo y juntos resolvimos que se las podríamos dar a Paco Maciá, cuando viniese por la tarde y que éste las llevase al departamento donde ellos estaban; que por ser grande ofrecía mejor escondites que nuestras celdas.
Así lo hicimos cuando llegó la ocasión. Y el paquete con cartas del General Mola y borradores de José Antonio, fue enterrado en un pasillo de la cárcel del Alicante.
La otra cuestión que nos preocupaba, eran las pistolas. ¿Qué hacer con ellas? Desprendernos de esas armas que nos podían ser necesarias dado el rumbo que las cosas llevaban, sería una equivocación. Y esconderlas en un sitio donde quedasen fuera de nuestro alcance en un momento urgente, sería un disparate.
Después de variadas especulaciones y conjeturas, resolvimos esconderlas entre la paja de las colchonetas, como solución provisional hasta encontrar otra mejor.
Y entre esta operación y la quema de cartas y papeles, pasó la mañana y llegó la ansiada hora en que nos subirían la cesta de los Berjer con un «Thermos esperanzador»…
En efecto en la cesta que nosotros devolvíamos vacía, José Antonio hacía conjeturas sobre lo que pasaría si después de 18 días el movimiento no triunfaba rotundamente en España. Nada decía este último mensaje de Berjer sobre Valencia, Alicante y Murcia, provincias de extraordinaria importancia para el triunfo completo y rápido. Ni tampoco decía —aparte de la información de Portugal, qué actitud tomaban las naciones fuertes ante los sucesos de España.
La situación indudablemente era confusa, sin embargo una profunda fe
y un vivo deseo latían en nuestra alma, dándonos seguridades de triunfo.
José Antonio decidió el mismo conducto de nuestro comunicante para hacerle algunas preguntas concretas. Y en un pedacito de papel que salió por la tarde en el «Thermos» escribió lo siguiente. «Dime exactamente cuáles son las provincias alzadas en armas contra el Gobierno. Dime lo que pasa en Alicante y Valencia y qué dicen en Alemania, Italia, Francia e Inglaterra sobre los sucesos de España.»
Almorzamos de mala gana y seriamente preocupados con la falta de noticia sobre Alicante.
No nos faltaba razón para ello y mayor hubiese sido…
(Aquí se corta el texto escrito por Miguel Primo de Rivera encontrados en la famosa maleta de José Antonio)
