1. Quien parecía colocarse de momento al margen de estos debates era Martín Artajo. Con el ingreso de España en la O.N.U. su política exterior alcanzaba un momento de plenitud. En enero de 1956 se anunciaba ya la visita a Madrid de dos ilustres personajes, Adenauer, el canciller alemán y Montgomery, a quien su Gobierno había impuesto tan sólo la condición de que viajara como mariscal británico y no como jefe de la O.T.A.N. Pero en este momento estallaron dos crisis, la de Gibraltar y la del cierre del seminario protestante. Montgomery canceló su viaje y Adenauer lo pospuso sin que se fijara ninguna nueva fecha. Contemplemos ambos asuntos separadamente.
El 28 de enero de 1956, obedeciendo a las protestas presentadas por la jerarquía católica, el Gobierno procedió a la clausura del Colegio teológico protestante que funcionaba desde hacía diez años, en la calle de Bravo Murillo, sin contar al parecer con la documentación correcta. Fuera de España periódicos católicos y protestantes se unieron para denunciar el hecho. Los embajadores norteamericano y alemán se entrevistaron con Artajo para solicitar alguna solución. Coincidió este asunto con la retirada de credenciales a un corresponsal de New York Times, Camille M. Cianfarra, un periodista cortado por el mismo modelo de Sam Poppe Brewer; en realidad el Gobierno español había conseguido demostrar que cursara una noticia —secuestro de ejemplares de Insula e Indice por haber preparado un número extraordinario en memoria de Ortega y Gasset— falsa y calumniosa, pero la embajada de los Estados Unidos se vio obligada a presentar una protesta. Elbrick, secretario adjunto de Estado, explicó a Areilza en Washington, cuales eran sus verdaderos temores: iba a emplearse a Cianfarra contra el Gobierno que no sabía defender adecuadamente a sus corresponsales en el extranjero. El embajador norteamericano en Madrid unió hábilmente una oferta de ayuda de cien millones de excedente agrícola y una demanda de que la expulsión se suspendiera.
Preocupaba mucho más a Martín Artajo la cuestión del Seminario protestante que el disgusto por la retirada de credenciales a un periodista. A pesar de la felicitación que Santiago Corral le pasó, en nombre del Consejo de Hombres de Acción Católica por lo que se pensaba era barrera contra las infiltraciones protestantes y de un explosivo artículo del P. Damborenea en La civiltá cattolica, denunciando la recíproca colaboración de comunistas y protestantes en lucha contra la Iglesia en Hispanoamérica, los corresponsales de prensa en Madrid conocían los esfuerzos que el Ministro de Asuntos Exteriores realizaba, cerca del nuncio, del primado y del Ministro de la Gobernación para la reapertura del Seminario. En cierto momento Blas Pérez González propuso como solución que los dueños del local rompiesen los precintos y le ocupasen de hecho, que él se encargaría de que nada ocurriese. Esta fue más o menos la solución: que el Seminario funcionase de hecho sin volver a abrir el tema jurídico. El 9 de febrero Artajo telegrafió a Castiella para que comunicase en el Vaticano que el primado y el nuncio se habían mostrado dispuestos a una «tolerancia puramente táctica del Seminario de la calle Bravo Murillo».
Naturalmente los protestantes, aunque la aceptasen, no estaban satisfechos. Representantes de las iglesias y centros reformados se reunieron para redactar un memorial que fue enviado a Franco antes del 3 de julio de 1956. Este documento fue el punto de partida para un proceso largo hacia la efectiva libertad religiosa. Los protestantes pedían, ante todo, seguridad; esto es, que sus centros funcionasen de derecho y no de hecho. En segundo término que la tolerancia expresada en el Fuero se ejerciese a través de los tribunales de justicia y no de otro modo. Finalmente que sus Biblias y libros fuesen sometidos a la censura del Estado pero no a la de la Iglesia. Se comprende con cuanta indignación leyó Castiella un artículo de La Croix publicado esa misma semana: en él decía el arzobispo de Colonia que la jerarquía católica se mostraba tolerante y que era el Estado quien perseguía a los no católicos. Franco, como de costumbre, guardaba silencio en estas cuestiones que afectaban a la vida de la Iglesia.
2. Un periodista británico hizo una entrevista a Franco, que el Daily Mail publicó el 29 de enero de 1956. En ella el Generalísimo parecía condicionar la mejora en las relaciones entre los dos países a una solución del largo contencioso sobre Gibraltar. El Foreing Office, irritado porque un inglés se hubiera prestado al juego sin consultar a su propio embajador, presionó sobre los otros periódicos y consiguió que no la reprodujesen. En una recepción en que, por razón del cargo, se encontraron, el embajador de la Gran Bretaña dijo al marqués de Santa Cruz que su país nunca aceptaría las tesis españolas sobre Gibraltar. Un diputado conservador, Smithers, se entrevistaría poco después con Artajo para ampliar este punto de vista: la opinión pública en Gran Bretaña se muestra muy segura porque conoce los sentimientos de los gibraltareños que no quieren dejar de ser ingleses. El Ministro español arguyó: de esa supuesta población tendríamos que restar los soldados y los judíos, cuya estancia está expresamente prohibida en el tratado de Utrecht, y sumar en cambio los muchos trabajadores españoles.
El tema de los trabajadores era importante, en su misma ambigüedad: sin su presencia, la economía de Gibraltar no estaba en condiciones de sostenerse. Pero la estabilidad en el empleo y, ahora, la aplicación de los principios de la seguridad social, se mezclaban con el tema de la nacionalidad. Una delegación británica y otra española negociaron en Londres a partir del 20 de febrero de 1956. Los españoles pretendían que la seguridad se estableciese a través de mutualidades españolas, pagando a éstas los británicos las cuotas correspondientes. Tras larga discusión los ingleses cedieron: los empresarios de Gibraltar darían 1 chelín y 6 peniques por hombre y 2 chelines y 8 peniques en concepto de seguro de enfermedad, pero querían que la recaudación la hiciese el gobierno de Gibraltar, el cual pagaría después a las mutualidades españolas. Artajo sospechaba que había una especie de maniobra para el reconocimiento tácito de un Gobierno soberano en Gibraltar.
Concluidas las negociaciones sobre los trabajadores, Primo de Rivera fue llamado al Foreign Office mientras el embajador británico en Madrid visitaba a Martín Artajo. Se trataba en ambos casos de dar lectura a una nota que no se deseaba presentar por escrito. Artajo hizo para Franco un resumen en la siguiente forma:
«Acaba de visitarme el embajador de la Gran Bretaña para darme, con gran prosopopeya, la respuesta oral de su Gobierno a las declaraciones de V.E. sobre Gibraltar, diciéndome que no ha juzgado su Gobierno procedente contestarlas en público para no ahondar las diferencias. Aunque no me ha dejado nota escrita espero que nuestro embajador en Londres nos la envíe pues para lo mismo fue llamado por el Ministro de Exteriores. En síntesis dicen que lamentan discrepar totalmente del punto de vista de S.E. porque ellos creen:
a) que sus títulos son legítimos,
b) que el valor militar del Peñón sigue siendo muy grande, y
c) que ninguna otra fórmula que la de plena soberanía les da las necesarias garantías de seguridad.
Con esto terminan diciendo que el pueblo inglés no puede aceptar la cesión con arriendo ni con ninguna otra forma de presencia que no sea la total ocupación. No hay que decir que he refutado con energía y no sin ironía estas manifestaciones y he mantenido en su integridad nuestro pensamiento, deplorando que no reconozcan nuestra razón y esperando —le he dicho— que a pesar de ello se abra paso en la opinión pública inglesa sobre todo en las nuevas generaciones».
Artajo sospechaba ya en 1956 que los británicos preparaban una maniobra de referendum que les permitiese argumentar con autodeterminación. Pidió a Arriba que iniciase una campaña contraria. España comenzaba a preparar su propia política de presiones: se dieron instrucciones al general José Cuesta Monereo, gobernador del Campo de Gibraltar, para que se iniciase el estudio y preparación de las medidas convenientes para independizar esta zona, económicamente, de la colonia británica.
3. En el arreglo de la cuestión del Seminario protestante de Madrid, la colaboración del Vaticano tuvo gran importancia. Por su parte solicitó una especie de contrapartida. Iba a celebrarse con solemnidad el aniversario de la coronación de Pío XII y se pidió a Artajo que estuviera presente. La nunciatura, mediante nota verbal, insinuó que fuera el propio Franco llevando algún obsequio porque estarían los presidentes del Consejo de Ministros de Austria e Irlanda con sus Ministros de Asuntos Exteriores. Pero Artajo recomendó al Caudillo que se hiciera representar por otro Ministro, como el de Hacienda, o por el presidente del Consejo de Estado. Quería reforzar de este modo las gestiones del nuevo embajador en Roma, Emilio de Navasqüés, orientadas a estrechar lazos económicos con Italia. La tesis de Navasqüés, expuesta en unas declaraciones al Giornale, era que, al normalizarse la posición internacional de ambos países había llegado el momento de concertar nuevos pactos mediterráneos. Unido esto a las relaciones con Alemania existían motivos más que suficientes para una siembra de inquietud.
4. La actitud observada por el Gobierno español en el asunto de los protestantes y la amabilidad demostrada cuando el Departamento de Estado solicitó la renovación del pasaporte de Pablo Casals prepararon el ambiente para un encuentro al que Martín Artajo concedía importancia decisiva: su propio viaje a Washington. El Departamento de Estado y la embajada norteamericana apoyaron con entusiasmo las nuevas peticiones de créditos llegando hasta autorizar compras de trigo hasta cinco millones de dólares para su reexpedición posterior a Suiza. Pero la verdadera razón del viaje no era otra que insertar la política pro-árabe de los españoles, salvo el bache marroquí, en la amistad hispano-norteamericana.
El 13 de marzo de 1956, concertado el viaje, Areilza comunicó desde Washington que el Presidente Eisenhower iba a reunirse, a partir del 26 con el presidente de Méjico y luego con el primer ministro de Canadá, de modo que no podría estar en la capital de la nación en el momento de la llegada del Ministro español. Artajo estableció contacto con el embajador: esta ausencia podía ser mal interpretada y, en todo caso, resultaría decepcionante para él que estaba dispuesto a visitar al Presidente en cualquier punto. El Departamento de Estado trató de paliar el desaire enviando un avión militar a recoger al Ministro español.
Franco entregó a éste una carta personal para Eisenhower, fechada el 7 de abril, informándole de la decisión tomada en Italia respecto a Marruecos. Tanto en Estados Unidos como en Italia la prensa otorgó mucha importancia a la visita, creyendo adivinar que el tema de la misma giraba en torno a la O.T.A.N., cosa no cierta: además de la continuación de negociaciones sobre los acuerdos bilaterales, lo importante era estudiar la nueva situación creada con la independencia de Marruecos. Apenas llegado a Washington, Artajo se apresuró a dejar en claro que el ingreso en la O.T.A.N. no podía ser tema de negociación bilateral pues afectaba a otros muchos países. Los reporteros del Washington Post sospecharon que tras aquellas palabras se ocultaba una actitud de rechazo a la Alianza por parte de España.
Artajo hizo el resumen de su entrevista de dos horas con Foster Dulles de la siguiente forma: «Comenzó recordando con afecto la conversación que tuvo en noviembre con S.E. el Jefe del Estado y declarando que los hechos ocurridos estos meses confirmaron los puntos de vista sostenidos por Su Excelencia en dicha entrevista. A requerimiento suyo, expuse el estado de aplicación de los convenios con arreglo a las instrucciones de S.E., mostrándose de acuerdo con nuestra apreciación. En el tema del aumento de la potencia militar española, merecedora de ayuda más importante para armamento y equipo, el Secretario de Estado sugirió el próximo envío de una Misión Militar que estudie el asunto con nuestro Estado Mayor. Esta fórmula la juzgamos excelente para conseguir que las conversaciones se eleven al más alto nivel. Respecto a la ayuda económica, el Secretario de Estado ha ofrecido trasladar al señor Hollyster, presidente de ICA nuestras aspiraciones rogándome me entreviste con él mañana, lo que hago en compañía del Director general de Cooperación Económica. Tratado el asunto de Marruecos con el Secretario de Estado, me encargó felicitar a Su Excelencia por la generosa y clarividente solución dada al asunto, anunciando que el Departamento de Estado publicará hoy un comunicado expresando su satisfacción. En el tema de la penetración soviética en Oriente Medio y el Norte de África el Secretario de Estado mostrose en pleno acuerdo con los criterios de S.E. el Jefe del Estado y dijo que la actitud del Gobierno de los Estados Unidos se inclinaría, sin fuera necesario, a una intervención militar para evitar un conflicto árabe-israelí. Acerca de la N.A.T.O. expuse la posición del Gobierno español según las instrucciones de Su Excelencia, mostrándose el Secretario de Estado conforme con no ser pertinente plantear ahora por el representante de Estados Unidos la cuestión del ingreso de España. El general Longoria con el almirante Radford, Jefe del Estado Mayor conjunto, se mostró de acuerdo con la apreciación española y dijo haber propuesto enviar a España una Misión de planeamiento militar. Esta noche, en comida que nos ofrece el Secretario continuaremos la conversación para esclarecimiento de los puntos que desee y pasado mañana tendremos una nueva reunión en el Departamento de Estado, tratando, a petición suya, de los temas de Tánger y Gibraltar. A la entrevista de hoy han asistido los tres más importantes jefes del Departamento de Estado. En el almuerzo ofrecido hoy, el Subsecretario de Asuntos Exteriores brindó por Su Excelencia el Jefe del Estado en términos muy amistosos. Acogida de la prensa a la misión española es sumamente satisfactoria y el ambiente de franca cordialidad».
Areilza, que este mismo día 12 de abril, decía poseer informaciones sobre la intención de Alvarez del Vayo de entrar en España clandestinamente para organizar grupos violentos de subversión no estaba muy satisfecho con las declaraciones de su jefe, pues su opinión respecto a la O.T.A.N. difería. El 24 de abril, comentando el discurso de Foster Dulles sobre la Alianza, comentó a Artajo que si se confirmaba la tendencia a extender la protección de la O.T.A.N. a terceros países como Marruecos, España podía encontrarse en posición débil al no formar parte de ella, pues Francia sería canal único para las relaciones con el norte de África. Artajo tenía, sin embargo, informaciones más precisas: el 2 de mayo Foster Dulles telegrafió que consideraba la visita como muy útil y que las dos comisiones, militar y económica, de que trataran, iban a España para ocuparse directamente de la ampliación de la ayuda. El 4 de mayo el embajador Lodge conversó con Santa Cruz: tenía orden de informarle, por telegrama urgente, de que Foster Dulles, que en aquel momento iba a París a las reuniones de la O.T.A.N., deseaba que en las conversaciones militares se invitase a los portugueses a fin de que la defensa cubriese toda la Península. También deseaba informar a los aliados de estos contactos del mismo modo que se informaba a España de las deliberaciones de la O.T.A.N.
5. La Casa Blanca valoraba extraordinariamente en aquellos momentos la amistad española manifestada en los acuerdos, y también la actitud adoptada por el Gobierno de Madrid en relación con el mundo árabe. Quería intensificar los contactos precisamente en unos momentos en que el conflicto de Israel conectaba con el canal de Suez. El 2 de junio Areilza avisó de una escala que el vicepresidente Richard Nixon pensaba efectuar en Palma de Mallorca; tenía tanto interés en entrevistarse con Artajo que está dispuesto a esperar en el aeropuerto varias horas. No es absurdo suponer que esta premura guardase relación con la presencia, pocos días antes, del emir Feisal de Irak, que acompañara a Franco en la tribuna del desfile militar de la Victoria (18 de mayo de 1956). Nixon y Artajo abordaron el problema de la seguridad en el Mediterráneo y seguramente también del incremento de cinco millones de dólares en la ayuda. Su entrevista tuvo lugar el 10 de junio. Un mes más tarde las dos comisiones militares trabajan en Madrid (12 a 16 de julio).
Al mismo tiempo se anunció la llegada a Madrid de John B. Hollyster, encargado de la ayuda al exterior. Debería arribar a Barajas a última hora del viernes 20 de julio. Desde una semana antes, Arburúa venía proponiendo una reunión de los Ministros interesados a fin de presentar demandas coherentes. En su opinión debían plantearse las siguientes:
a) Las tasas de ayuda se han quedado cortas en relación con el desarrollo económico que España va consiguiendo.
b) Se debe aumentar la ayuda militar.
c) Los 45 millones de dólares del bienio 1956/7 deberían aplicarse a equipamiento material y a materias primas y no a excedentes agrícolas, como ellos desean.
d) Necesitamos más ayuda en pesetas con cargo a la contrapartida.
e) Que los préstamos de acuerdo con la ley 480 se hagan en pesetas y no en dólares.
f) Apoyo para que el Import and Export Bank conceda préstamos largos, a veinticinco años.
g) Apoyo asimismo para que los países de la OECE liquiden sus saldos con España en condiciones satisfactorias.
Franco recibió a Hollyster en El Pardo el 23 de julio.
6. El calor de unas relaciones entre España y Estados Unidos no pasaba desapercibido al otro gran protagonista internacional, la Unión Soviética. En este momento podía presentar dos facetas favorables: su consentimiento pactado había tenido decisiva importancia para el ingreso en la O.N.U. y las negociaciones para el retorno de los prisioneros de la División Azul no iban por mal camino. De una forma u otra necesitaba abrirse un camino hacia Madrid. En enero de 1956, en una recepción que la asociación de periodistas indios ofreció al agregado español de Información, Luis López Ballesteros, éste encontró a Sergueyev, el representante de Tass que tuviera contactos con Guy Bueno. Apuntó entonces lo bueno que sería para los medios de comunicación que pudieran instalarse periodistas españoles en Moscú y soviéticos en Madrid. Este primer contacto fue continuado: entre los días 23 de julio y 3 de agosto del mismo año, hubo conversaciones formales en Ginebra entre Gonzalo Rodríguez del Castillo y un funcionario soviético: se trataba ya de conceder permiso de residencia a un número igual de periodistas de los dos países. El 3 de agosto el embajador de Polonia en París solicitó por primera vez de su colega español un visado para un periodista polaco en viaje a España.
Otros detalles iban revelando el interés de la URSS. El 5 de julio el embajador ruso en Ottawa invitó oficialmente a Propper de Callejón a una recepción y éste aceptó. Durante la estancia de Martín Artajo en Londres, con ocasión de la crisis de Suez, en el verano de este año —un tema al que hemos de referirnos más adelante— recibió del embajador soviético Chepilov atenciones que pueden considerarse como muy especiales. Con posterioridad el embajador argentino en Moscú, a su paso por Madrid, explicó a un alto funcionario del Ministerio español que el empeño soviético en mejorar las relaciones con España obedecía al convencimiento de que esto podía resultar útil a sus propias relaciones con el mundo islámico. Lo cual, siendo verdad, no era toda la verdad.
