Recreación histórica de la guerrilla del maquis, su lucha armada en la posguerra española y el proceso de desmantelamiento que marcó su final.
Stalin lo había dicho muy claro ante los líderes del PCE: había que desarticular al maquis, a la guerrilla comunista que aún mantenía partidas en áreas rurales españolas. En octubre de 1948, el Buró Político del PCE comunica la decisión a un reducido grupo de camaradas del aparato del Partido, incluidos algunos delegados de grupos guerrilleros. El cambio de táctica lesiona severamente a Carrillo, que había sido el principal valedor de la estrategia violenta: guerrilla y agitación sindical. Tal vez por eso Carrillo, para cubrirse las espaldas, escribió aquella segunda carta de condena a su padre. En cualquier caso, era precisamente a Carrillo, responsable del PCE para el interior, a quien correspondía ejecutar la orden de Stalin. Y lo haría a conciencia.
¿Cómo funcionaban aquellas guerrillas? Es una historia que vale la pena contar. Desde 1946 funcionaba en Francia la empresa Forestier du Sud-Ouest, conocida por la policía de Franco como «Fernández, Valledor y Cía». Esta empresa había nacido de la empresa forestal abierta en 1940 por José Antonio Valledor en Saint Hilaire (Aude), y que desde 1942, bajo dirección de Monzón, se había convertido en el primer centro político militar del maquis español. Su actividad como empresa se repartía entre la tala de pinos, el carboneo y el aprovechamiento de pastos, por un lado, y sus contratas para suministro de traviesas de ferrocarril a la Société Nationale des Chemins de Fer (SNCF), por otro. Pero la Forestal era, en realidad, la cobertura legal del aparato de entrenamiento y apoyo a la penetración guerrillera en España desde territorio francés. Miembros del Comité Central del PCE con responsabilidades sobre el aparato de pasos, como Antonio Beltrán «El Esquinazao» —ya hemos hablado de él—, aparecían como empleados de la Forestal. Allí abrió el PCE su escuela de capacitación guerrillera, donde se instruían durante uno o dos meses los militantes que iban a ser enviados a España. Los alumnos recibían instrucción de campo, ejercicios de tiro, manejo de explosivos y técnicas de sabotaje.
Ahora bien, los comunistas sólo representaban a una parte del maquis español de los años cuarenta. Había, sí, partidas controladas por el PCE, pero había otras de orientación socialista o anarquista. Con mucha frecuencia, esa orientación política era una cobertura más o menos superficial para cuadrillas de rebeldes «echados al monte»; a los pocos meses de vida clandestina, la pura necesidad de la supervivencia hacía que la ideología se convirtiera en algo más bien retórico.
En segundo lugar, hay que apresurarse a deshacer equívocos: a la altura del año 1948, la actividad guerrillera distaba de merecer la aureola romántica que después se le ha atribuido. Al contrario, estas partidas, con muy escaso apoyo popular fuera de áreas muy concretas, vivían fundamentalmente del saqueo y el robo y de ahí precisamente que gozaran de tan escasas simpatías entre la población. Y una tercera precisión, no menos importante: en la práctica, la actividad guerrillera no suponía ninguna amenaza política de consideración para el régimen de Franco; sus golpes consistían habitualmente en atracos a bancos y pagadurías, asesinatos de alcaldes, secuestros de «caciques» y colocación de bombas en instalaciones públicas; es decir, acciones que alteraban seriamente el orden público, pero que no minaban en medida alguna la solidez del poder.
Es verdad que el PCE fue el único partido que se tomó en serio la acción guerrillera. Sus activistas, frecuentemente formados en el centro de instrucción constituido al efecto en Toulouse, llegaban a España desde Francia con experiencia de combate y objetivos relativamente bien definidos. Al mismo tiempo, el PCE consiguió acercar a su propia esfera a numerosas partidas de otra obediencia. No tanto por proselitismo ideológico como por la promesa de proveer de armas y abastecimientos a las guerrillas. Así pudo llegar a dibujar un mapa estratégico con agrupaciones regionales de partidas aparentemente bien organizadas. Pero sólo era apariencia.
En los papeles del PCE, hasta esa fecha de 1948, la guerrilla era exhibida como un ejército secreto, la vanguardia de la lucha obrera contra el franquismo, la levadura insurreccional que haría fermentar la oposición popular al fascismo. La verdad era otra. No había coordinación eficiente entre las bandas del maquis y los centros políticos de decisión. Tampoco había una asistencia logística organizada que permitiera a esas bandas sobrevivir sin recurrir al robo indiscriminado. En teoría, las partidas estaban subordinadas al centro político del PCE en la ciudad cabeza de área —por ejemplo, la guerrilla de la sierra de Guadarrama quedaba subordinada a la estructura clandestina del Partido en Madrid—, pero este dibujo sólo era teoría. Y a efectos internos, dentro de España, muy pocas cosas diferenciaban a las partidas enviadas por el PCE desde su centro de instrucción de Toulouse y a las otras bandas, las de «echados al monte», que pululaban en las serranías. En realidad, la amenaza guerrillera contra el franquismo sólo existía en la mente de Carrillo.
El régimen de Franco, por su parte, aplicó una política represiva paciente y bien organizada. En vez de perseguir a las partidas con cuantiosos contingentes militares —que era lo que el maquis quería—, desplegó una estrategia de contraguerrilla encomendada fundamentalmente a la Guardia Civil, con apoyo sobre el terreno de escuadras de cazadores y guardias forestales. A partir de abril de 1947, la Ley sobre represión del bandolerismo y el terrorismo dio cobertura legal y sistematización a las batidas antiguerrilleras. Aquello tuvo mucho de guerra sucia… pero por los dos lados.
Ahora había que desmontar todo aquello. ¿Y cómo hacerlo? El PCE sólo controlaba a unas cuantas partidas; a algunas las había desarticulado ya. Y además aquel control político era un control muy relativo: los jefes guerrilleros solían actuar por su propia cuenta. Por otro lado, y como dice Carrillo en sus Memorias, no podía hacerse pública la orden de «desmovilización» sin haber retirado antes a las guerrillas, porque, de no hacerlo así, todos serían apresados por la policía en cuanto volvieran a sus casas. La única opción era enviar gente a España para que transmitiera la orden en el interior. Y allí, que el Partido se encargara de la ejecución… en todos los sentidos del término.
Al Partido no le faltaba práctica en estas tareas. Antes incluso de la orden de Stalin ya había liquidado a algún jefe guerrillero poco afín a la dirección. Fue el caso, en la primavera de 1948, de Víctor García, responsable del PCE en Galicia y jefe de la actividad guerrillera. Un caso que vale la pena examinar de cerca, no sólo porque nos indica cómo pudo ejecutarse la liquidación de los refractarios, sino también porque nos dice mucho sobre la realidad de la guerrilla comunista en España.
García, alias «el Brasileño», militante comunista y revolucionario del 34, había sido comisario de una brigada internacional durante la guerra civil. Tras la derrota, trató de reorganizar el PCE en la clandestinidad. Instaló su base entre el norte de Portugal y la frontera gallega. Logró organizar una partida de cerca de un millar de hombres. Todo ello con pleno conocimiento de la dirección del PCE. En 1944 decidió trasladar a Vigo la sede del comité regional del PC gallego. Eso poco después cuando cae en desgracia. ¿Por qué? A partir de aquí, las fuentes discrepan. La versión extraoficial del PCE señala que fue a causa de una redada, en 1946, en la que la policía desarticuló la célula comunista; el Partido, como castigo, le destituyó, pero García siguió ejerciendo su cargo, de manera que el PCE le condenó a muerte. La familia, por el contrario, asegura que el PCE —esto es, Carrillo— le destituyó, sí, pero ordenándole que se incorporara a la guerrilla, cosa que García no quiso hacer; fue esa negativa lo que causó su expulsión del Partido y su condena a muerte.
¿Cómo se ejecutó a Víctor García? Primero, el nuevo responsable del PCE en Galicia, José Gómez Gayoso, expuso el problema al Comité Central. Éste, desde París, resolvió dar la orden de ejecución. Acto seguido, llegó a Galicia un equipo que ejecutó al condenado. ¿Quién le mató físicamente? Imposible saberlo. Hay quien ha apuntado al guerrillero comunista Marcelino Rodríguez, alias «Marrufer», pero éste ya había muerto en un combate con la Guardia Civil el año anterior.
En todo caso, lo que sí se ha rescatado es la carta en la que se daba noticia al PC gallego de la muerte de Víctor García «El Brasileño». Decía así: «Por fin lo cazamos. Este canalla se nos resistía como una sanguijuela. Logramos cazarlo en la comarca de Lalín. Desde allí (…) movía los hilos de ciertos grupos aventureros y descontrolados. Es un provocador que nos dio muchos disgustos y, aunque tarde, lo hemos eliminado». La carta lleva fecha del 23 de abril de 1948. «No murió por un tiro de la Guardia Civil —dice el hijo de García—. Fue Carrillo quien dio la orden de asesinarlo». Con García cayó su lugarteniente, Teófilo Fernández.
Este tipo de procedimientos será de lo más habitual a partir del momento en que el maquis ya ha sido declarado como una realidad a extinguir. Líster cuenta que varios de los enviados de Carrillo tenían por misión expresa la liquidación física de los líderes guerrilleros: «Las liquidaciones sobre todo en la Agrupación de Levante-Aragón, se contaron por docenas. Allí envió Carrillo a Romero Marín y a José Gros, especialistas en las ejecuciones de las sentencias ordenadas por él». Y entre los liquidados aparecen, curiosamente, militantes encargados del «sistema de pasos», es decir, los que se encargaban del paso de los activistas a través de la frontera francesa. Así fueron asesinados, según Líster, José «el Valenciano» y «un camarada conocido por Lino». El tal Lino fue enterrado en el jardín de una villa cerca de Saint-Germain-en-Laye, uno de los «hotelitos» donde vivían los dirigentes del PCE en París.
¿Y cómo murió el Manco, y su grupo de la Agrupación Guerrillera de Levante?, pregunta Líster en su relación de acusaciones contra Carrillo. Buena pregunta. El Manco de la Pesquera, Basiliso Serrano, era un anarquista pasado al PCE que se mostró especialmente activo en la guerrilla de Levante y Aragón. La Guardia Civil le detuvo cuando estaba preparando su evacuación a Francia, pero esto fue ya en fecha tan avanzada como abril de 1952. Hasta ese momento, todo lo que le pasó al Manco fue una sucesión de despropósitos. José Gros, uno de los enviados de Carrillo, se instala en la Agrupación y comunica las nuevas órdenes. El resultado es una cadena interminable de delaciones y venganzas entre los propios guerrilleros. Cuando llega el momento de la supuesta evacuación, el campamento de los guerrilleros es asaltado por la Guardia Civil. Evidentemente, alguien había hablado. ¿Un enlace? ¿El propio guía de la operación? El hecho es que el Manco fue detenido, condenado a muerte y ejecutado.
Otro caso notable: el de Francisco Corredor Serrano, alias «Pepito el Gafas». Militante de los sindicatos estudiantiles en los años de la República, agente del SIM durante la guerra civil, «El Gafas» se unió a la guerrilla de Levante a finales de 1944. Por su experiencia policial y organizativa, en 1946 ya era responsable de información y de finanzas de la agrupación guerrillera de la región. Parece que «El Gafas» no era partidario de la desmovilización; de hecho, la guerrilla siguió actuando. En noviembre de 1949 la Guardia Civil localizó el campamento central de la guerrilla, lo asaltó y liquidó a todo el estado mayor de la partida. A todos menos a «Pedro» y «El Gafas», que no estaban allí. A partir de este momento, nadie sabe qué pasó con él. Sólo consta que murió en 1950. El PCE dijo a sus compañeros que había muerto en Varsovia, pero no era verdad. Murió con treinta y dos años en algún lugar entre España y Francia. Verosímilmente, «liquidado» por el propio Partido.
Juicio de Enrique Líster: «En vez de darle un contenido político a la disolución, se prefirió disolverlas a escondidas, introduciendo en los destacamentos la intriga, las rivalidades y la provocación para encontrar la justificación de la liquidación. La descomposición de las agrupaciones guerrilleras se organizó desde París, desde donde Carrillo envió a miembros de su aparato especializados en esos menesteres». De manera que, en la práctica, la retirada del maquis se convirtió en una nueva purga.
¿Cuántos cabecillas guerrilleros fueron efectivamente retirados y cuántos otros fueron liquidados por sus propios enlaces? ¿Y cuántos siguieron actuando hasta que la Guardia Civil los abatió? Es imposible saberlo. Un caso bien conocido de retirada exitosa fue el del jefe de los guerrilleros de Galicia, Francisco Rey Balbis, alias «comandante Moncho» (el mismo grupo que presumiblemente asesinó a Víctor García). «Moncho» acató la orden del PCE, se dirigió a la frontera francesa, atravesó los Pirineos y tomó contacto con la dirección, es decir, con Carrillo. Pero, curiosamente, el jefe fue el único de aquella partida que logró abandonar España. ¿Por qué? Porque el Partido se negó a evacuar a nadie más. El mismo Rey Balbis lo cuenta: «Yo propuse sacar de Galicia a aquellos compañeros que corrían peligro de muerte y que estaban huidos. Concretamente, me afectó mucho el caso de Francis…
co Martínez, Pancho. Le comenté a Santiago Carrillo que Pancho era un hombre serio y muy valioso, pero Carrillo (…) se negó tajantemente: dijo que no era de fiar porque había estado en la Legión. Eso a mí me dolió mucho».
La realidad de la «retirada del maquis» fue esta. Pero hay algo aún más llamativo, y es que el PCE, aun conociendo y, en principio, aplicando la orden de Stalin, no va a dejar en los años siguientes de prodigar los llamamientos al combate y de dorar la mitología guerrillera. Carlos Semprún cuenta un episodio llamativo que él vivió en primera persona. En Budapest, en 1949, aparece Carrillo y se dirige a un grupo de jóvenes comunistas españoles en los siguientes términos: «La lucha antifranquista iba a pasar a una etapa superior y, entre los rostros juveniles que tenía frente a él, no podía elegir, no quería saber quiénes íbamos a morir en la gesta heroica y quiénes íbamos a sobrevivir, pero todos, de ello estaba seguro, todos seríamos voluntarios para continuar o reemprender la lucha armada contra Franco. (…)» Lo que interesa son las fechas, porque un año antes «en 1948 Stalin había ordenado al PCE liquidar a sus «maquis» en España y era el propio Carrillo quien estaba personalmente encargado de su liquidación. Lo cual conllevaba el asesinato de los guerrilleros recalcitrantes».
¿Por qué Carrillo seguía agitando el mito guerrillero si ya no iba a haber más guerrillas comunistas en España?
Todavía más tarde, en febrero de 1950, cuando la guerrilla debería haber sido desmantelada ya, el periódico El guerrillero, órgano de los guerrilleros de Galicia, publicaba este texto de Dolores Ibárruri: «Mandato imprescindible, mandato de un caído frente al enemigo y cuyo grito de muerte resuena como una llamada al combate, como una orden permanente de lucha en la Galicia pescadora y marinera, orden y mandato que serán cumplidos sin vacilaciones cobardes por todos los que sienten palpitar un corazón de hombre libre en un pecho de patriota…». Es verdaderamente sorprendente. Quizá lo sea más aún el hecho de que el PCE no hará pública la orden de retirar las guerrillas hasta bien entrado el año de 1951. Tres años después de comenzada, teóricamente, la operación.
En líneas generales, no puede decirse que la operación de retirar las guerrillas fuera un ejemplo de eficacia. Por una parte, lo cierto es que las partidas habían empezado a deshacerse desde algún tiempo antes, y no tanto por razones políticas como por sus dificultades para sobrevivir. Por otro lado, la capacidad real del PCE para dirigir a sus unidades era muy inferior a lo que Carrillo presumía. Y además, hay constancia de que la actividad armada, cada vez menos guerrillera y más bandolera, prosiguió en España algunos años más. Un dato suplementario: en vano se buscará entre los cuadros dirigentes del PCE, a partir de ese momento, a alguno que hubiera estado en aquellas guerrillas. La gran mayoría de los caudillos del maquis español cayeron antes o después de la orden de Stalin. Y de los que sobrevivieron, todos desaparecieron de la circulación; el Partido no se hizo cargo de ninguno de ellos.
«Para Carrillo las guerrillas no eran más que uno de los medios en sus manejos hacia la jefatura del Partido», concluye Líster. Probablemente es el juicio más adecuado.
¿Cuántas vidas costó aquella «guerra después de la guerra» que fue el maquis español? Las cifras oficiales del Gobierno dicen que en torno a 5.500 «bandoleros» fueron detenidos y juzgados en consejo de guerra. El general de la Guardia Civil Aguado Sánchez concreta estas cantidades: 2.173 guerrilleros muertos en 1.826 encuentros directos, otros 467 capturados en los mismos encuentros, 546 que se entregaron voluntariamente y otros 2.374 detenidos en otras circunstancias no especificadas. Además, hay que contar otros 19.444 paisanos detenidos por su colaboración con la guerrilla, de los que 12.948 serían enlaces y cómplices, más 5.428 colaboradores del PCE y 1.068 colaboradores de la CNT y otros. Los daños causados por el maquis se evalúan en 953 asesinatos, 538 sabotajes, 5.963 atracos y 845 secuestros. Por su parte, la Guardia Civil, encargada desde muy pronto de la represión de la guerrilla, sufrió 258 muertos y 369 heridos en acción.
El último «guerrillero» fue José Castro, «El Piloto», que perdió a su partida en 1949 y desde entonces vivió como forajido prácticamente en solitario, labrándose un grueso historial delictivo. El último delito que se le imputa es el atraco a un vecino de O Saviñao, al que robó quince mil pesetas. El Piloto dijo hacerlo «en concepto de multa que le impone el Gobierno legítimo de la República». La Guardia Civil le localizó en Chantada, Lugo. Conminado a entregarse, El Piloto respondió a tiros. Los guardias le abatieron. Era marzo de 1965. Veinte años después, la izquierda gallega quiso tributarle un homenaje. Los organizadores invitaron a los líderes comunistas Gerardo Iglesias, Enrique Líster, Ignacio Gallego y, por supuesto, Santiago Carrillo. Ninguno acudió.
