Más allá de Federico García Lorca, numerosos intelectuales españoles sufrieron la violencia, la persecución y el exilio durante la Guerra Civil.
LA ELIMINACIÓN DE LOS INTELECTUALES COMO SISTEMA
El ataque a la cultura eliminando a los intelectuales que no se incorporaran a la corte de los taifa marxistas, según la doctrina de Andrés Nin, tuvo diversas facetas, todas ellas encaminadas al mismísimo fin anarquizante. Catorce obispos y millares de sacerdotes y religiosos, minuciosamente especificados en libros de absoluta credibilidad, como el del hoy Obispo Montero, entre otros, fueron asesinados por los rojos sólo porque eran eclesiásticos, muchos de ellos, además, escritores, polígrafos, poetas, sabios; intelectuales, en una palabra.
Pero como a la vez que asesinaban a los clérigos quemaban las iglesias y los conventos, un comentarista ejemplar, Sanz y Díaz, se preguntaba en uno de sus libros: «¿Qué hispanista, qué historiador ignora la importancia de los archivos parroquiales como fuentes de información para la historia de la ciudad, de la villa o de la provincia? Es en los libros parroquiales, escritos de generación en generación, donde están consignados los datos principales de cada individuo que pertenece a la comunidad o la villa. Es en los archivos de los conventos y de las parroquias donde se halla la documentación fundamental o monográfica utilizada más tarde en la redacción de las obras históricas, generales o particulares. También, la mayoría de esos documentos, guardados cuidadosamente a través de las centurias, han sido destruidos, quemados, dispersos con saña.
Hay más. En Madrid y Barcelona, centros de primera categoría en la publicación de libros, en las imprentas se hicieron las obras de mayor categoría literarias, científicas, morales y religiosas, la revolución lo arrasó todo. Colectivizadas las editoriales, la producción disminuyó hasta límites inconcebibles, ya que los escritores y hombres de ciencia habían sido muertos o encarcelados en su mayoría. Se sustituyeron las ediciones principales por la literatura pornográfica y los libelos de propaganda disolvente. Por supuesto, se retiraron de la circulación obras fundamentales como las Biblias de la Fundación Bíblica Catalana y la de Montserrat, «suma de la ciencia benedictina»; y las obras de la Biblioteca Balmesiana: por este camino, sufrieron daños, cuando no el expolio absoluto, las grandes Bibliotecas, sin que se escapara la famosísima del Monasterio de El Escorial. Es fácil para el curioso lector encontrar la pista de tanta persecución contra la cultura.
Sería incalculable el tiempo preciso para hacer un estadillo fiable de los daños que la revolución comunista hizo a los fondos de nuestra riqueza cultural. Por ejemplo, de la famosa Academia de Sabadell, que había fundado Sardá y Salvani, desaparecieron absolutamente todos sus fondos, entre los que figuraban como ejemplares insustituibles no sólo la Biblioteca, sino el archivo, fuente riquísima de materiales para la historia religiosa del Siglo XIX, con la correspondencia de escritores como Milá y Fontanals, Rubio y Ors, Javier Llorens y Barba, Pereda, Torras, etc. Todo ardió, pero de semejante incendio criminal nadie ha escrito libros, versos y dramas condenando a sus autores. Se trata sólo de un ejemplo, que podría repetirse contando a los lectores jóvenes, y a los que sin serlo han preferido la sordera voluntaria al espantoso ruido de los tiros en la nuca y el crepitar de las llamas criminales, una serie semejante de tropelías contra la Cultura española y universal en todas las provincias que tuvieron la mala fortuna de estar más o menos tiempos bajo el terror rojo. Inevitablemente, los escritores, los intelectuales tuvieron que emigrar, porque lo que nadie ha querido recordar a tiempo de que no se olvidaran las circunstancias es que los intelectuales que se marcharon al exilio, para algunos dorado, no lo hicieron confundidos con los millares de combatientes vencidos, sino que ya se habían ido antes, en la primera oportunidad que tuvieron; apenas se dieron cuenta de que quienes quemaban las bibliotecas, los archivos y los documentos matrices de la historia patria no tendrían ningún reparo en quemarles a ellos también, cumpliendo con fidelidad la doctrina remediadora de Andrés Nin.
La repito para los desmemoriados: «La República no sabía cómo resolver el problema de los curas y el de los intelectuales, lacra y opio del proletariado; (pero) nosotros, en fin, hemos resuelto totalmente esta cuestión suprimiendo los curas, las iglesias, los conventos, el culto y los literatos burgueses». Un poco más explícito debería haber sido, añadiendo a los curas y los literatos, los magistrados y los militares, los funcionarios y los ingenieros, los médicos y los arquitectos. Burgués por burgués, ¿qué podrían importar a la hora del recuento obispo más o menos, poeta más o menos?
Entre los asesinados por los rojos (y utilizo el adjetivo a conciencia, para distinguirlos con claridad de los republicanos, ahora de moda para disimular a aquellos) hay miembros de los claustros universitarios, de las Academias, de las Cámaras del libro, de las Asociaciones de la Prensa, de la Magistratura, de los Cuerpos colegiados, e incluso, como quien arranca la yerba toda aunque con la cizaña se lleve el trigo sano, los asesinos mataron sin piedad a pobre gente que en su vida se había señalado como contrarrevolucionario, pero sí cometido el crimen tremendo de haber publicado un libro, colaborado en los periódicos o dado una conferencia en el Ateneo local elogiando las virtudes de Santo Tomás o San Ireneo.
Otros ni siquiera tuvieron que escribir algo para caer en la matanza, sino que les bastó haber usado durante años la sotana o el hábito eclesiásticos. Y esto no son inventos míos, ni muchísimo menos. Fueron miles y miles los intelectuales asesinados en el período terrible del terror rojo. Sí, es verdad que asesinaron a Federico en Granada, y nadie lo ha negado jamás, ni nadie ha dejado de lamentarlo y condenarlo como un asesinato increíble e innecesario, ni siquiera en aquella circunstancia en que la sangre enloqueció a España. Pero además de Federico, millares de otros poetas, escritores, dramaturgos, novelistas, sabios, murieron asesinados por los rojos, sin que nadie haya alzado una vez para elevarles a los laicos altares de la fama y del martirio.
Hace poco se ha celebrado en Madrid una especie de mesa redonda sobre un tema polémico: «el papel de los intelectuales en la sociedad futura». Como el tema entra de lleno en la intención de este libro, traigo a sus páginas una parte del comentario que sobre semejante temática se publicó en aquellos mismos días. Pregunta inquietante: «¿Será en el futuro el intelectual un marginado, un profeta que clama en el desierto y que tiene como destino los sanatorios psiquiátricos, que en algunos países les parecen ya la meta del que se atreve a pensar por cuenta propia?». Y más adelante: «¿Lo será el encasillamiento de los intelectuales, del modo que el seleccionador de semillas separa las que van a servir para siembra de las que sólo servirán para alimentar a los gorriones o ser pienso de cerdos y bueyes bien encornados? Vale la pena meditar sobre esta clasificación:
«Si abrimos nuestros ojos y nos atrevemos a un diagnóstico sincero dibujaremos cuatro grupos de intelectuales, que se diferencian muy netamente: a) el de los que han utilizado su condición de intelectuales para escalar puestos políticos, a costa muchas veces de someterse a las más tristes gestiones rampantes; b) el de quienes se han embarcado en la ola cómodamente revolucionaria que les da prestigio y popularidad entre la juventud ascendente, lo que les permite tener, ya que no discípulos, sí, cuando menos, seguidores; c) el de los que, asqueados por la farándula política, han optado por regresar al retiro de su trabajo, cotidiano, oscuro, aunque sólido; y d) el de quienes, sin abdicar de su condición de intelectuales y sin dedicarse a jugar a políticos, se atreven a usar su inteligencia, diciendo, a veces a favor, pero otras a contrapelo, su noble palabra allí donde creen que la sociedad confunde el progreso con el simple cambio y la libertad con la estupidez».
Es obvio que los asesinados pertenecían a esta última parcela. La sociedad y la clase política extremista no tolera que el intelectual apunte acusador con su dedo índice hacia los pecados y los fracasos de la oligarquía dirigente. Todos quieren un intelectual domesticado, y cuando se rebela, como el león de circo que siente la llamada de la selva y ataca al domador, se le mata a tiros y santas pascuas. No es aconsejable ni esconderse bajo el ala, pensando que porque no se ve tampoco se es visto; ni venderse al mejor postor, ni cambiar la libertad por un cargo público. El intelectual tiene que ser abogado del diablo. Sólo cuando los milagros son ya realidades absolutamente comprobadas hay que aceptarlos. Mientras tanto, hay que dudar de ellos, y señalar honradamente cuáles son los fallos fundamentales de la supuesta santidad del supuesto milagrero.
QUIENES SE QUEDARON. QUIENES SE FUERON Y QUIENES REGRESARON
Yo no quiero adornarme con plumas ajenas, ni me duelen prendas señalando a los curiosos por el tema la fuente más cercana donde apagar la sed. Cerca está de cualquier mano un libro espléndido. Treinta años de novela española, del malogrado Antonio Iglesias Laguna. Allí están los escritores del exilio, sus talentos y sus obras, y allí están los escritores que no se exiliaron, y también los que exiliados prefirieron regresar a España y regresaron y aquí trabajaron sin que nadie les estorbara, ni tuvieran más limitaciones que las planteadas por sus propias capacidades creadoras. Muchísima gente que nunca había leído ni ha leído todavía a los escritores del exilio, clamaron durante años por que regresaran, y cuando algunos regresaron dieron sus antiguos corifeos del clamor en la cuenta de que los que se habían quedado aquí no les iban a la zaga a los que volvían. Lean por favor el largo capítulo de Iglesias Laguna sobre lo que él llamaba «La voz del exilio». Léanlo antes de hablar, porque en esto de los intelectuales exiliados hay exageraciones, como las ha habido sobre la influencia de los segundones. También vive la literatura de un país.
Unamuno y Valle Inclán no son figuras repetibles fácilmente. Pero no sólo se enriquecen los pueblos con figuras excepcionales, sino de la mayoría de escritores, artistas y sabios que sin alcanzar la genialidad llegaron a cumbres suficientes para que la historia recogiese sus nombres. Al iniciarse la Guerra civil, estos hombres tenían alrededor de cincuenta años. Son entre otros, Francisco Camba, Eduardo Aunós, Tomás Borrás, Aguilar Catena, Martínez Olmedilla, Sainz de Robles, Roberto Molina, Reyes Huertas, Salaverría, González Anaya, Francisco Cossío, Otero Pedrayo, Nicolás González Ruiz, López de Haro, Noel, Silverio Lanza, José Gutiérrez Solana, Julio Angulo, Ferrari Billoch, Antonio Ortiz Muñoz, Marqueríe, Juan Antonio Cabezas, Pedro y Carlos Caba y muchos más.
Estoy haciendo este repaso a vuela pluma, sólo para que los lectores más jóvenes vean que no todos los escritores se fueron al exilio, ni muchísimo menos. Por ejemplo, Bartolomé Soler, Sebastián Juan Arbó, Ricardo Baroja, Manuel Halcón, Zunzunegui, nacidos todos antes de fin de siglo. Detrás vendrían los escritores nacidos después de iniciado el Siglo XX, es decir, aquellos que teníamos de diez y seis a veinte o poco más años durante la Guerra civil. Aquí estamos casi todos: Darío Fernández Flores, Carmen Laforet, Manuel Mur Oti, Núñez Alonso, Tomás Salvador, Gonzalo Torrente Ballester, Sánchez Silva, Cunqueiro, Ángel María de Lera, Agustí, García de Pruneda, Nacher, Elena Quiroga, Cela, Fernández de la Reguera, Luis Romero, Cecilio Benítez de Castro, Rafael García Serrano, Gironella, Pedro de Lorenzo, Elena Soriano, Santiago Loren, Castillo Puche, García Pavón, Delibes, Carmen Kurtz, Pedro Álvarez Gómez, Félix Ayala, Julio Escobar, Mercedes Formica, Ángeles Villarta, Jesús Fragoso del Toro, García Luengo, José Félix Tapia, Celaya, Landínez, Sánchez Camargo, Azcoaga, Mercedes Ballesteros, Concha Castroviejo, Ildefonso Manuel Gil, José Antonio Giménez-Arnau, Pombo Angulo, Gaya Nuño, Suárez Carreño, Pedro Álvarez Fernández, García Benavente, José Vicente Puente, Jesús Suevos, Marino Viguera, Jorge Campos, Marcial Suárez, Alonso Zamora Vicente, Emilio Romero, José Luis Sampedro, Segismundo Luengo, Susana March, Alemán Sainz, Alonso Alcalde, Severiano Fernández Nicolás, Adolfo Lizón, Ángel Ruiz Ayúcar, Eugenia Serrano, Carredano, Dolores Medio, Torrente y Domingo Manfredi Cano, un servidor de ustedes.
La cuenta continúa, y las novísimas generaciones nacidas y formadas en los últimos cuarenta años no tienen nada que envidiar a los nacidos y formados en los cuarenta años anteriores a mil novecientos treinta y seis.
Apenas podremos entender la catástrofe que para la Cultura española supuso la matanza de intelectuales durante el terror rojo, sin hacer, siquiera someramente y sin apenas otra pasión que conocer la verdad de lo que fue, para poder imaginar lo que pudo haber sido, un repaso panorámico del estado de la cuestión al iniciarse la Guerra civil, culminando todo un período de deterioro, que venía ya arrastrándose desde los años de la República. Dámaso Alonso ha dicho mucho al respecto, en lo que se refiere al panorama cultural que brillaba en España al proclamarse la República. Es decir, la herencia que la Monarquía entregó a la flamante República española. Insisto en que es preciso estar en antecedentes de todo esto que sigue, para entender la gran farsa que para perjudicar a la España nacida del Movimiento nacional se inventó, en colaboración con el marxismo internacional, para hacer creer a los incautos y a los mal informados que la Guerra civil acabó con toda posibilidad de cultura; de una parte, porque aquí quedó muerto García Lorca, y de otra, porque los intelectuales de valía escaparon al exilio para no ser asesinados por los vencedores, deduciendo por lo tanto que los que aquí quedamos vivos no éramos sino los fascistas más empedernidos y los intelectuales más estúpidos. Absurda mentira que los años se han ocupado de desmentir, y ni siquiera ha sido necesario desmentirla desde aquí, sino que la trampa ha sido descubierta desde allí, por algunos de los más preclaros representantes de la intelectualidad española en el exilio. Dice Dámaso Alonso:
«Hay que ir al Siglo de Oro y pasar por alto allí mucha rutina, mucho culto a la forma externa; sí, hay que ir a esos años del Siglo de Oro, para encontrar algo semejante a la confluencia de generaciones poéticas en la que hemos vivido. Piénsese aún que junto a ellas en esos mismos años de 1920 a 1936 existe una completa una generación de prosistas, también riquísima, también netamente contrastada, también creadora —renovadora— de la prosa: Azorín, Valle Inclán, Baroja, Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Miró, Gómez de la Serna. Podemos estar contentos: hemos tenido la fortuna de vivir en un período áureo de la literatura de España». Por favor, amigo mío, anote quien de estos grandes españoles fue fusilado por los vencedores de la Guerra civil, o cual de ellos comió el amargo pan del exilio. Es en esos intelectuales, en sus discípulos, en sus epígonos, en sus medios de expresión —no sería mala distracción la lectura reposada, a estas alturas, de publicaciones como «Revista de Occidente» y «Cruz y Raya»— donde habría que buscar justificación del por qué la Guerra situaría en campos opuestos a estos y aquellos intelectuales españoles, haciendo nacer en los supervivientes el mito de la «España peregrina», olvidando la España que permaneció en la geografía entrañable de la Patria, a todo evento, contra viento y marea.
Hasta 1945, cuando las nuevas generaciones literarias, no contaminadas de fobias y filias, entran en juego, tanto los que se fueron como los que se quedaron, por razones de edad, por razones de cansancio, empezaron a ceder terreno, que sería ocupado inmediatamente por la patrulla que llegaba al relevo. Las viejas guardias pretorianas, las de Calígula y las de Claudio, cambiaron de tribunos y centuriones, pero no dejaron por eso de sentir en las venas la sangre caliente de la Roma eterna. Tengo delante una colección de fotografías y fichas biográficas. Dámaso Alonso (n. 1898), discípulo de Menéndez Pidal, erudito famoso mundialmente, catedrático de Filología románica en la Universidad de Madrid, cima en la cordillera hermosísima de la intelectualidad española; ni le fusilaron, ni tuvo que exiliarse, ni nadie le negó en la España vencedora de la tremenda guerra a sangre y fuego el pan y la sal del respeto y la confianza, hasta el extremo de hacerle cabeza visible de la Real Academia, y de alentarle en su obra creadora, que no necesitó los soles y las aguas del Dios de la lluvia que lloraba sobre Méjico en los días que Cortés conquistaba el viejo Imperio.
Y aquí está Pemán, también nacido en 1898, figura señera del teatro y la poesía, el periodismo y la novela, que tampoco tuvo que irse, ni tampoco acabó fusilado en una madrugada tibia y feroz.
Y Antonio Buero Vallejo, nacido en 1916, de los hombres de la guerra, académico de la Española, dramaturgo de moda por sus talentos, trasminando humanismo, combatiente en el Ejército vencido y ascender en los escalafones de la fama y de la fortuna. Y Camilo José Cela, también académico, también mimado por el Régimen nacido de la Victoria, flaco de memoria para quienes le pusieron en el camino de los éxitos, que si merecidos no les habrían llegado con la facilidad que le llegaron gracias a la ayuda de los mandatarios de la que ahora llaman algunos la Oprobiosa, sin que se les caiga la cara de vergüenza. Y Pedro Laín, humanista y médico, que tampoco tuvo que irse, ni nadie le ha impedido seguir aquí sus trabajos y sus estudios. Y Gregorio Marañón, genio español a nivel de todos los genios españoles de cualquier tiempo, que tampoco tuvo que exiliarse, que volvió a España por su gusto, que trabajó y vivió en paz y en gracia de Dios. Y Joaquín Calvo Sotelo, dramaturgo de primera magnitud. Y Severo Ochoa, nacido en 1905 —y doy de algunos las fechas para que sea posible al curioso lector situarles en aquellas dos generaciones que se separaron con la Guerra civil—, que si se exilió voluntariamente, regresó a España cuando quiso, y si no lo hizo antes sería porque no le apeteciera. Y Gerardo Diego, de 1896, el gran poeta, que tampoco tuvo que exiliarse para continuar en paz su tarea creadora. Y Luis Felipe Vivanco, y Vicente Aleixandre, flamante Premio Nobel; y Dionisio Ridruejo, que peleó en el ring sin saltar las cuerdas. Y otros muchos, como Jaime Delgado, José María Valverde, Jaime Bofill, José María López Pico, Carlos Riba, José María de Segarra, Agustín de Foxá, Wenceslao Fernández Flórez, Concha Espina; y Fisac, Vázquez Díaz, Dalí, Miró… No, no se quedó España huérfana de talentos porque todos los talentos se fueran al exilio. Y si a todos los que se quedaron, y a todos los que sí se fueron regresaron pronto, hubiéramos podido unir en plenitud creadora a los intelectuales que los rojos nos asesinaron, sin duda que España habría podido conocer un nuevo Siglo de Oro.
No, no fue sólo Lorca el asesinado por la Revolución. Hubo otros muchos, que no tuvieron la suerte de encontrar el coro plañidero que les alzara sobre el pavés, presentándole como el único poeta de la Raza. Poeta era Lorca y poeta será en la memoria de la gente mientras haya gente con sensibilidad, pero no fue el único. Aranguren y Marías, y Pla y García Gómez, y Millás Villacrosa y Menéndez Pidal, y Angulo y Camón Aznar, y Lafuente Ferrari con Pabón y Suárez de Urbina, y Jiménez Díaz con Barraquer, y Julio Palacios y Muguruza, y Palencia y Zabaleta, y el maestro Rodrigo con el maestro Moreno Torroba, y Conrado del Campo con Halffter, y Argenta con Sorozábal, y mil más, cuyos nombres es fácil encontrar en cualquier índice biográfico de los que aquí trabajaron, pelearon, arañaron, dejándose la piel de sus talentos en la España eterna que les necesitaba, pobre o rica, abundante o esquilmada, madre amantísima que nunca acabaría de llorar a los hijos que se le fueron cuando pensaron que era hora de irse, y no tuvieron ocasión o razón de volver cuando supieron de buena fuente que la vuelta sería como la del hijo pródigo. Más de uno, al volver encontró, asombrado y descreído, como la Madre tenía para él a punto el guiso de la carne tierna del mejor ternero.
No sería yo honesto si no partiese de la realidad para llegar a la verdad. Si los rojos asesinaron más de doscientos españoles de primera fila en el mundo de la Cultura, añadiendo a los escritores los científicos, a los poetas los eruditos, a los dramaturgos los investigadores, es evidente que será preciso empezar por un recuento, siquiera sea de urgencia, de lo que teníamos cuando la riada nos inundó, y lo que esa misma riada se llevó, y lo que entre tirios y troyanos pudimos salvar de cuanto había con anterioridad. Empecemos por los poetas. Ha dicho Torrente Ballester, que «desde 1920 a 1935 el número de poetas estimables es tan extraordinario como la calidad de la poesía». Está bien, y vamos a darlo por cierto. Dejando aparte a los maestros que en 1920 ya habían alcanzado la fama hasta mucho más allá de nuestras fronteras, contamos uno a uno los que en 1936 se dieron de cara con la Revolución. Pedro Salinas, nacido en 1892, muerto en Boston en 1952, exiliado; Jorge Guillén, un año más joven, pasó la guerra, y la hizo en Zona Nacional, aunque luego emigrase voluntariamente a los Estados Unidos norteamericanos; Dámaso Alonso (1898), Gerardo Diego (1896), ambos copartícipes con nosotros de la sal y el pan de los cuarenta años de Franco; Federico García Lorca (1899), dramáticamente muerto, de quien el profesor Seco Serrano ha dejado escrito que «el hecho de que su enorme popularidad allende las fronteras se haya visto estimulada por determinadas circunstancias de su biografía —su muerte violenta en Granada, 1936— ha perjudicado, en cierto modo, a una limpia valoración de su poesía, ofuscando el brillo de otros poetas no menos insignes que él —Alberti, Hernández—».
Suma y sigue. Rafael Alberti (1902), comunista militante, exiliado hasta que muerto Franco y dinamitado el franquismo pudo volver a escribir en Sevilla durante la Semana Santa de 1978 su increíble poema «En la primera conferencia regional de Andalucía del Partido Comunista de España durante la Semana Santa de Sevilla», con basura poética de éste tono: «La Virgen del Baratillo, sobre cuarenta costales, —sueña en la hoz y el martillo— para aliviar tantos males»; según él, esto es una saeta; y sigue el bodrio: «Que no hay bien que se resista —hoy en la tierra y el cielo— al Partido Comunista», que con aire de soleá, o quizá de bulería, no deja de ser bastante causa para avergonzarse en Sevilla la madrugada del Jueves al Viernes Santo; otra saeta de Alberti: «Déjame esta madrugada —lavar tu llanto de pena, —Virgen de la Macarena, —llamándote camarada»; y otra más: «Oh, Virgen de la Esperanza, —novia de los marineros, —yo sé que nada se alcanza —sin el campo y los obreros»; y un consejo final del blasfemo poema: «Andaluces, levantad —en vuestros hombres bien alto —el sol de la libertad». No he querido reproducir el poema completo porque siento un respeto imponente por mis posibles lectores, pero de verdad, de verdad, si ha vuelto para escribir esta basura de poesía, mejor habría estado en el exilio el camarada Alberti hasta el fin de sus días; los poetas españoles somos diferentes, incluso los comunistas, que lo cortés no quita lo valiente.
Sevillano, de 1904, Luis Cernuda, inmerso luego en la tensión revolucionaria, emigró a América con ocasión de la Guerra civil, consecuente con sus ideales políticos; sevillano, de 1900, Vicente Aleixandre, Premio Nobel, que no emigró, y aquí ha pasado todos los cuarenta años, sin que pasarlos le haya impedido en absoluto escribir desde «Sombra del Paraíso» en 1944 a «Historia del Corazón» en 1954, obras ellas dos solas que ya me daría yo con un canto en la cabeza si las hubieran escrito otros poetas en la libertad maravillosa del exilio, en las democracias de aquende y allende. Porque no fue la oprobiosa ni la libertad en el exilio lo que hizo a nadie poeta de primera fila. En la «España peregrina» los hubo de altísimo nivel, como Domenchina, Prados y Altolaguirre, pero no porque se marcharan de España, sino porque llevaban el poeta dentro. Es minimizar hasta extremos que yo diría criminales a los poetas del exilio, sugerir que lo fueron porque crearon su poesía lejos de la España atormentada por la dictadura. Aquí habrían sido igual de grandes, y los ejemplos irán saltando en las páginas de este libro, cada uno en su momento. Dice Torrente en esta misma línea de pensamiento: «Así como la promoción anterior se vio partida por la guerra de 1936, y sus hombres andan dispersos, los de esta segunda promoción, o de la República, permanecieron en su mayor parte en España y aquí publicaron su obra y aquí permanecen». Para algunos, quedarse fue morirse en tierra española, como pasó con Miguel Hernández, nacido el 1910, muerto el 1941. España entera ha lamentado su muerte, y a nadie ha estado prohibido saberse de memoria la elegía a su amigo «muerto como del rayo», acaso una de las más hermosas composiciones poéticas de la lírica castellana. Pero es evidente que si su precaria salud no resistió el sufrimiento, el desengaño ante el fracaso, la ingratitud y el odio de los hombres; el dolor de la enfermedad (estaba tuberculoso, parece) y de la muerte próximas, la ternura del padre impotente para luchar por el hogar lejano y miserable, se vierten en poemas de altísima calidad, menos habría resistido la dureza y la crueldad de los campos de concentración que la dulce Francia inventó para los vencidos de la Guerra civil, y no digamos los que más tarde ofrecerían a los supervivientes de aquellos los alemanes vencedores de una Francia arrollada en menos que canta un gallo. Si Miguel Hernández se malogró no hay que echarle culpa a la oprobiosa. Y ningún bien nacido ha negado jamás que Miguel haya sido uno de los más grandes poetas del Siglo XX.
De su tiempo eran y algunos son todavía, gracias a Dios, Luis Rosales (1910), Leopoldo Panero (1909), Luis Felipe Vivanco (1907), el propio Ridruejo (1912), y García Nieto, Garciasol, Bleiberg, Cremer, Celaya, mi viejo entrañable amigo, el Rafael Múgica que me impresionó cuando muchacho con su «Lázaro calla»; y Carmen Conde, y luego Blas de Otero, Rafael Morales, Carlos Bousoño, José Hierro, Eugenio de Nora, Jaime Delgado, José María Valverde, Vicente Gaos, José Luis Cano, Maruri, Leopoldo de Luis, y muchos más, incluidos los poetas en lenguas vernáculas, Sagarra, Espriu, todos. Digan ustedes, queridos amigos, con el corazón en la mano, si estos poetas enumerados, pequeña parte de la totalidad merecedora de enumeración, no es un censo capaz de dar prestancia a un pueblo. Y bien sabe Dios, y lo saben ellos, que algunos no han comulgado con los postulados del Régimen franquista, si así quieren ustedes que llamemos a los cuarenta años posteriores a la Guerra civil, y algunos han sido incluso encarcelados, pero de verdad, de verdad, ahí están, ahí estuvieron hasta ayer quienes han muerto últimamente, creando, peleando, acrecentando el acervo poético de España, sin necesidad de exilios, muchas veces voluntarios, muchísimas veces ajenos a la problemática de la política. Bueno sería que los antólogos del exilio nos dieran una contrapartida, y nos enseñaran la obra de los poetas que han tenido por delante cuarenta años de paz lejos de la dictadura feroz, que poco menos descubría a los poetas sólo por el placer de asarlos al horno y servirlos a los esbirros del dictador como cochinillos del segoviano. Hora va siendo ya de que nos dejemos de cuentos, y hablemos de los poetas sin añadirle apellidos. Para mí, poeta de nacencia, aunque lo sea de segunda división, si ustedes quieren, tan de mi devoción son Hernández y Celaya como García Nieto y Rafael Morales, y de todos he aprendido, y de todos he recitado a solas poemas que me han apretado el corazón como con un puño. El exilio no debe ser bandera que proclame: «¡si yo me hubiese quedado aquí, acabo con el cuadro!». Y perdón por la expresión, tan hortera.
Durante la República los dramaturgos señeros son famosos: Benavente, Arniches, los Quintero, Marquina, Muñoz Seca… La Revolución asesinó a Muñoz Seca y acabó con los Quintero. Los demás no tuvieron que emigrar, ni por quedarse aquí pasaron su tiempo en un Hospital psiquiátrico, ni muchísimo menos. Marquina, fue Embajador de España, en los años difíciles. Arniches vivió en España hasta 1943. Benavente viviría hasta 1956. Nadie le regateó a nadie el reconocimiento de sus méritos y el empuje de su fama. La Revolución coincide con un alto nivel de prestigio de Casona y García Lorca, por supuesto, y nadie lo ha negado nunca. Pero también con un alto nivel de prestigio de Pemán, gaditano, de 1898; y Jardiel Poncela (1901). Y ya en los años posteriores a la Guerra civil, no le faltaron a España dramaturgos como Mihura, Tono, Laiglesia, humoristas nuevos, revulsivos de viejas estructuras. Y muchos más, que aquí se quedaron: López Rubio, de 1903; Edgar Neville, Agustín de Foxá (1903), Juan Ignacio Luca de Tena, Buero Vallejo, a quien descubriera el Premio «Lope de Vega», y que estrenaría sus obras en los Teatros Oficiales, e ingresaría con todos los honores en la Real Academia Española, sin que fueran obstáculos para ello sus antecedentes políticos, siendo acaso un ejemplo vivo que desmiente tanta mentira inventada para echar sobre los años posteriores a la Guerra civil barro pestilente, acusando a la España de Franco de haber exterminado sin piedad a todos los talentos y habernos atascado como un carro viejo en los caminos de la Cultura que llaman novísima; y había más: Joaquín Calvo Sotelo, Víctor Ruiz Iriarte, Alfonso Sastre, el de «Escuadra hacia la muerte»; y Delgado Benavente, José A. Giménez-Arnau, Alfonso Paso, y los catalanes Segarra y Clarasó. Y otros que no vienen a cuento ni cabrían en esta relación de urgencia.
Y para los traidores y los críticos de a tanto la hoja, que se han pasado el tiempo hablando mal de España, y otros que ahora se han incorporado a la jauría, para gritar que la España de los cuarenta años posteriores a la Guerra civil vivió en la ignorancia más absoluta, sin dramaturgos, sin teatros, al margen de la Cultura europea, habría que hacerles una pregunta colectiva: ¿en un clima semejante de persecución e inquisición como y cuando y de qué manera pudieron estrenarse «María la Viuda» (Marquina); «La Infanzona», «Titania», «Pepa Doncel», (Benavente); «La casa de Bernarda Alba» (Lorca); «La santa virreina», «Metternich», «Paño de lágrimas», «Los tres etcéteras de don Simón», «En tierra de nadie», «Callados como muertos» (Pemán); «Celos del Aire», (López Rubio); «El baile» (Neville); «Baile en Capitanía», (Foxá); «Don José, Pepe y Pepito» (Luca de Tena); «Historia de una escalera», (Buero Vallejo); «Cuando llegue la noche», (Calvo Sotelo); «Juego de niños», (Ruiz Iriarte); «Maribel y la extraña familia», (Mihura); «La mordaza», (Sastre); «Murió hace quince años», (Giménez-Arnau)…
Y me callo muchísimas obras estrenadas en los cuarenta años tan denigrados por los envidiosos, los alicortos y los traidores, como me callo porque no son de este libro las obras extranjeras que en esos cuarenta años se han estrenado en España, y los reestrenos de obras clásicas, y la creación de los teatros nacionales, y el renacer del teatro como expresión artística, como espejo de la sociedad de su tiempo. Es mentira y quienes lo dicen mienten a conciencia que el exilio se llevó a todos los españoles que tenían talento y algo que decir en el teatro, y quienes andan por el mundo cargados con el cadáver de Federico o de don Antonio Machado, diciendo que con ellos se comió la tierra lo único que España tenía para llevarse a los escenarios, son unos mentirosos de tomo y lomo, y si Federico levantara la cabeza, sería el primero en echarles en cara su capacidad de mentir, y les diría seguramente aquello de sus gitanos: «si te llamaras Camborio —hubieras hecho una fuente— de sangre con cinco chorros»; a sabiendas, porque de eso sabía mucho Federico, que para abrir una fuente semejante hay que tenerlos muy bien puestos, y si de algo han presumido los enemigos de Franco y su sistema, de España y sus cuarenta años de serenidad, ha sido de todo, menos de tenerlos bien puestos, porque así como de otras cosas puede presumirse sin necesidad de pruebas evidentes, de lo otro no se puede presumir sino haciendo bueno aquello de que «el movimiento se demuestra andando». Y conste, para recelosos y enfermos del hígado por exceso de leche mal digerida, que cuando digo movimiento estoy pensando sólo en eso, en el movimiento, en lo que hace un hombre al andar, un coche al rodar, una pelota al deslizarse cuesta abajo… Usted, amigo lector, podría preguntarme: ¿y del teatro de nuestros compatriotas en el exilio, no nos dice usted nada? La respuesta es sencilla: «Ya han dicho ellos mismos bastante».
Otro caballo de batalla ha sido la novela. A juzgar por los plañideros y los genios seudotriturados por la oprobiosa Censura, en los pasados cuarenta años no se ha publicado en España más que basura, y los españoles hemos estado condenados a ignorar a los grandes novelistas del mundo. También de prisa, y para que la cuestión quede fijada y pueda ser conocida la panorámica por quienes no tuvieron ocasión de conocer la realidad, intentaré dar una pasada (como de avión que fotografía caminos y pueblos para levantar un plano lo más parecido posible a la verdad del campo fotografiado) por la novelística española de los últimos cuarenta años.
Durante los años de la República los gigantes fueron Baroja, Pérez de Ayala, Palacio Valdés (muerto en avanzada ancianidad en el Madrid cercado), Fernández Flores, Concha Espina, Benjamín Jarnés, Mariano Tomás, Obregón, Borrás, y otros más jóvenes, como Samuel Ros, Tono, Mihura, Miguel Villalonga, Miquelarena, y antes Sender, y después Cela, Ignacio Agustí, Pombo Angulo, Carmen Laforet, Gironella, Zunzunegui, Sánchez Mazas, Pedro de Lorenzo, Manfredi Cano, Delibes, Tomás Salvador, Elena Quiroga, Ana María Matute; y más cerca, Sánchez Ferlosio, los Goytisolo, Castillo Navarro; y por encima en el tiempo corto y el cuento, maestro de todos, Tomás Borrás, Sainz, Sainz de Robles, y en línea, Castro y Calvo, Jorge Campos, Sánchez Silva, Llovet, Medardo Fraile, Eugenia Serrano…
Y haciendo la misma consideración que con el teatro, yo pregunto: ¿si la Censura oprobiosa machacó los talentos de los novelistas españoles, cómo pudieron publicarse en España tantas novelas de primera magnitud? «El bosque animado», (Fernández Flores); «Retaguardia», (Concha Espina); «Miss Giacomini», (Villalonga); «Madrid de Corte a chela», (Foxá); «La familia de Pascual Duarte» (Cela); «La ceniza fue árbol» (Agustí); «Nada», (Laforet); «Los cipreses creen en Dios», (Gironella); «La vida como es», (Zunzunegui); «Vida de Pedrito de Andía», (Sánchez Mazas); «Una conciencia de alquiler», (Pedro de Lorenzo); «La rastra», (Manfredi Cano); «Mi idolatrado hijo Sisí», (Delibes); «Cuerda de presos», (Tomás Salvador); «Viento del Norte», (Elena Quiroga); «Con la muerte al hombro», (Castillo Puche); ¿y quién no ha leído «Marcelino, pan y vino», de Sánchez Silva?… ¿Los novelistas del exilio, su obra, su importancia? De ellos ya se han ocupado ellos, y ojalá nosotros nos hubiéramos ocupado de nosotros en la misma medida, porque si de muchas cosas habría que culparles, de una es de justicia alabarles, y es que han sido maestros en eso tan llano y hortera de arrimar el ascua a su sardina, y ustedes perdonen.
¿Y los ensayistas? ¿También se fueron todos al exilio y nos dejaron en la indigencia? Vayamos por partes. La República heredaría una baraja de ensayistas de primer orden, a la cabeza de todos Ortega y Gasset. A su lado, Eugenio D’Ors, Bergamín, José María de Cossío, Giménez Caballero, Eugenio Montes, Rafael Sánchez Mazas, Salvador de Madariaga, Antonio Espina. No hay que ser especialista en la cultura de la postguerra civil para saber quién de estos ensayistas ilustres siguió aquí, en la nueva España, trabajando, escribiendo y enseñando, sin que para nada mermara sus talentos el nuevo Régimen.
En los años posteriores a la Guerra civil, los ensayistas no murieron de hastío ni se vieron obligados a exiliarse. Nombres cantan. Pedro Laín, Antonio Tovar, Aranguren, Julián Marías, Maravall, Díez del Corral, Álvarez de Miranda, Calvo Serer, Montero Díaz, Jesús Pabón, López Ibor, José Pla, Luca de Tena, Sagarra, Manuel Aznar, Masoliver, Francisco de Cossío, Arrarás, Marrero, Fernández de la Mora, Ansón, García Escudero y cien etcéteras. Dos nombres avalan el ensayismo de los últimos cincuenta años: Ramón Gómez de la Serna y Federico García Sanchís. La verdad es que no parece a la vista de este brevísimo censo que los ensayistas españoles hayan sufrido bajo la oprobiosa persecuciones y encarcelamientos, campos de concentración y cámaras de gases. De otro modo, parece que el clima no fue del todo malo cuando pudieron escribirse «El genio de España», (Giménez Caballero); «España como problema», (Laín); «Vida de Sócrates», (Tovar); «Ética para españoles», (Aranguren); «El método histórico de las generaciones», (Marías); «Teoría del saber histórico», (Maravall); «El rapto de Europa», (Díez del Corral); «España sin problema», (Calvo Serer); «En la brecha», (Pérez Embid); «Alejandro Magno», (Montero Díaz); «Bolchevismo y literatura», (Jesús Pabón); «El español y su complejo de inferioridad» (López Ibor); y así hasta un centenar de obras fundamentales. ¿Qué no todos los ensayistas españoles de los últimos cuarenta años estuvieron siempre de acuerdo con el Régimen, y que algunos incluso tuvieron problemas? Por supuesto que sí, y ello no es sino la prueba de que el sistema estaba vivo, que el pensamiento no pasaba por las clínicas psiquiátricas, y que muchas veces alguien que lo creía necesario decía vino cuando el Poder decía pan, y viceversa. Pero que el talento español fructificó, floreció, maduró y extendió su magisterio hasta donde hubo quien de verdad quisiera aprender de él, es una verdad absoluta, y quien la niegue o es un ignorante o es un malvado.
Otro plano de la Cultura española es la Universidad. ¿También se fueron al exilio absolutamente todos los catedráticos y sabios que valían algo, y sólo se quedaron con nosotros los mediocres, y estos para sufrir humillante opresión en las aulas universitarias? Veamos por encima la verdad y la mentira de semejante afirmación. Pongámonos en los años de la República. Los viejos, los maduros, los jóvenes estaban ya allí en presencia. Hinojosa, Menéndez Pidal, Bonilla, Gómez Moreno, Altamira, Tormos; Asín Palacios, Ballesteros, Sánchez Albornoz, Ibarra, Américo Castro, Bosch Gimpera, Pío Zabala, Bullón; Cayetano Alcázar, Galindo, Pérez Bustamante, Pericot, Diego Angulo, Camón Aznar, Dámaso Alonso, Viñas, González Palencia, Pabón, Lafuente Ferrari… De todos ellos, Bosch Gimpera, Américo Castro y Sánchez Albornoz se fueron al exilio voluntariamente. Allí siguieron creando y escribiendo y pensando en español. Es verdad que el nuevo Consejo Superior de Investigaciones Científicas sustituyó al Centro de Estudios Históricos y a la Junta para la Ampliación de Estudios. Nadie hable de este tema sin haberse documentado antes con cautela. Ni es oro todo lo que reluce, ni muchísimo menos, y mucho y largo hay que hablar de lo que hizo, de lo que deshizo y de lo que pudiendo hacerlo no pudo o no quiso hacer la Junta para la Ampliación de Estudios y sus parientes académicos. Surge una nueva Universidad, y aunque «durante algunos años —consecuencia de las circunstancias internacionales— no fue posible superar el aislamiento creado por la guerra, pronto y en un tiempo mínimo, diez, doce o quince años, la cultura universitaria española florecería maravillosamente». Aparte de las obras maestras de Sánchez Albornoz y Américo Castro en el exilio, aquí en España trabajaron y crearon magistralmente durante los años del Régimen nuevo Menéndez Pidal y Gómez Moreno, Ballesteros Beretta, famosísimo historiador; su hijo, Ballesteros Gaibrois, Lapesa, Casares, Entrambasaguas, Blecua, Gaibrois, Lapesa, Casares, Entrambasaguas, Blecua, Balbuena, Díaz Plaja, Riquer, Moino, Maldonado, García Gómez, Millás Vallicrosa, Oliver Asín, Terés, Tovar, Bassols, Fernández Galiano, Atrá-Terés, Tovar, Bassols, Fernández Galiano, Adrados, Cirac, García Bellido, Martín Almagro, Martínez Santaolalla, Maluquer, Sánchez Cantón, Hernández Díaz, Gaya Nuño, Pérez de Urbel, y cien etcéteras, con cabezas como Fernández Almagro, Cayetano Alcázar, Carmelo Viñas, Carande, Vicens Vives, y Palacio Atard, Rodríguez Casado, Cepeda. ¿Y los filósofos? ¿Tuvieron que huir Zubiri, Ortega, García Morente o Zaragüeta? No, no se murieron en España los estudios universitarios, la investigación ni el magisterio.
Es evidente, y cualquier intelectual honesto lo sabe muy bien, que durante los cuarenta años posteriores a la Guerra civil florecieron en España, sin problemas que no fueran los normales en todos los tiempos con cualquier Régimen político, los estudios filológicos, históricos, jurídicos, arqueológicos, geográficos, económicos, filosóficos. Y nos queda la Medicina, cuyo origen moderno comienza con Santiago Ramón y Cajal, muerto en 1934, de quien escribió Laín este elogio tan hermoso: «Nos ha legado su obra y su ejemplo; ha llevado al ánimo de todos —cuando más intenso era ese complejo de inferioridad que ha descrito López Ibor— la convicción de que en España es posible la investigación experimental si se suscita la firme voluntad de cultivarla; ha demostrado cómo se puede ser a la vez hombre de ciencia y patriota; ha sabido, en fin, fundar una escuela científica del más alto valor». Padres de la ciencia médica, con don Santiago, Turró, Sánchez Ocaña, Cortezo, Corral y Castro, Gimeno, Madinaveitia, Elizagaray. Y ya con nosotros, Marañón, Achúcarro, Río-Hortega, Tello, Pi y Suñer, Ruiz de Arcaute, Novoa Santos, Rodríguez Illera, Ruiz Falcó, Hernando, Lafora, Becerro, Pittaluga, Jiménez Díaz, Pons, González Duarte, Martín Lagos, De la Fuente Chaos, Vara López, González Bueno, Barraquer, Carreras, Arruga; y Severo Ochoa, nuestro también, porque él lo quiere y nosotros le queremos. ¿Y qué más? ¿Científicos?: Rey Pastor, Torroja, Jiménez Rueda, Álvarez Ude, Orts, Julio Palacios, Duperier, Sánchez del Río, Baltá, Sancho… No hay una sola faceta de la ciencia moderna que no tenga en España un maestro al menos, de fama internacional. No es verdad que los cuarenta años famosos hayan matado el espíritu creador de España y castrado la vocación estudiosa del pueblo español, ni es verdad en términos absolutos que el exilio se llevó a los científicos, a los médicos, a los catedráticos e investigadores, y nos dejó aquí a los supervivientes de la Guerra civil, medianías sin trascendencia. La leyenda negra se ha alimentado desde el exilio, no siempre con la colaboración única de los propios exiliados, al servicio a veces, quienes nos calumniaban, de organismos internacionales, de ideas disolventes, y sobre todo, humanos al fin y al cabo, de la envidia, eterno demonio familiar de los españoles, incapaces durante siglos y siglos de seguir con calma y en paz la senda de los sabios, «ni envidiados, ni envidiosos». Pero la realidad se impone siempre. Cuarenta años son muchos años. La obra bien hecha no hay quien la oculte con mentiras.
Espero que nadie diga que de los que nos quedamos huérfanos al final de la Guerra civil fue de artistas, porque los que valían algo se fueron al exilio, enrolados en la llamada «España peregrina». Por cierto, que más de una vez, y porque nunca tuve pelos en la lengua, he tenido que recordarle a exiliados amigos que se me han quejado de sus penas en tierra extraña tras la derrota, que quienes nos quedamos aquí, no vencidos sino vencedores, no entramos directamente de la Victoria a una piscina llena con agua de rosas, sino que durante años de posguerra pasamos muchas penas y privaciones, y nos costó sangre y coraje levantar España de la ruina absoluta en que la dejó la Guerra. Como he tenido que recordarle a muchos revanchistas de ahora, que voy a escribir una novela un día contando la historia de dos vecinos del mismo pueblo, uno de los cuales fue arruinado por los rojos que le quemaron la casa, le quitaron sus bienes y le mataron sus hijos, dejándole en la miseria; y otro que fue desposeído de sus bienes por los nacionales, y que al cabo de cuarenta años, a éste último le devuelven sus bienes perdidos en la Guerra, pero al primero no le dan ni siquiera el derecho a reclamar lo que le robaron.
Brindo la idea a los nuevos directores de cine, casi todos buscadores ansiosos de temas de la Guerra civil. No es la temática que sugiero como para desdeñarla. Pero verán ustedes como nadie la toma, y eso que es gratis. ¿Quién se va a poner ahora a hacer una película en la que salgan los rojos asaltando un comercio en Espiel, por ejemplo, y porque el asunto me toca, robándolo todo, llevándose cuanto de valor había en la casa, echando a la calle a los legítimos dueños, despeñando a los detenidos vivos en un pozo de mina y tirándoles luego encima cargas de dinamita? Eso sí, la otra parte, de unos falangistas requisando el automóvil de un rojete, ocupándole la casa para poner allí las oficinas o un cuartelillo, los malos tratos, el terror oprobioso, sí estarían algunos dispuestos a sacarlo en una película. De las dos caras de la moneda, ni hablar. La libertad de expresión no llega todavía a tanto. Pero vayamos a lo nuestro. ¿Se fueron todos los artistas y sólo nos quedamos aquí con cuatro artesanos que hacían muñecos de barro o pintaban carteles de crímenes para los juglares de plazuela? Es fácil verlo…
En 1926 había muerto Gaudí, el genio discutible. En 1930 se fecha la Carta fundacional del «Comité Internacional para la resolución de Problemas de la Arquitectura Contemporánea». Fernando García Mercadal, que había nacido en 1896, fue su adelantado. La República conoce el trabajo de los arquitectos Sert, Subirana y Torres Clavé, y los epígonos Illescas, Ribas Seva, Rodríguez Arias, Churruca, Perales, etc. y etc.; Miguel de los Santos, Sánchez Arcas, Agustín Aguirre, López Otero, Feduchi y Eced, Zuazo, y más etcéteras. Pasa sobre España el terremoto de la Guerra y la mayor parte de lo que aquellos arquitectos habían levantado se había arruinado y hubo que hacerlo todo de nuevo. Hay una inevitable etapa de desorientación, propia de todas las posguerras del mundo. Aparece la figura de Luis Gutiérrez Soto, el mismo que años antes había levantado el Palacio de la Prensa madrileño, y pone pauta con su nuevo Ministerio del Aire, de aura escurialense. Dos grandes arquitectos mantienen el trono hasta la incorporación de las nuevas promociones: Muguruza y Luis Moya. Y en Barcelona, Durán Reynals. Y pasada la convalecencia entraría España en su etapa de recuperación. La Arquitectura, también. Era el año de 1945. Aparecen Fisac, Cabrero, de la Sota, Sáenz Oiza, De Miguel; y en Barcelona, José A. Coderch, Valls, Bohigas, Martorell, Gili, Sostres Moluquer, Pratmarsó, Moragas. Y algunos más, como Balcells, Giráldez, Rivas, García de Castro, Bossá, Carvajal, Subías, López Iñigo. No lo digo yo, sino quien lo pudo decir: (El Pabellón de España en la Trienal de Milán, en 1950) «inaugura una serie de Premios internacionales que en pocos años serán adjudicados a la arquitectura española y que constituyen el pleno reconocimiento de su mayoría de edad». Algunos de estos arquitectos llevaron su talento y su arte a otros países, donde realizaron obras de primera categoría.
España entera se rejuvenece en sus realizaciones arquitectónicas. «La nueva generación de arquitectos madrileños figura en una auténtica vanguardia europea». Carvajal y García de Castro; Guillermo Giráldez, Pedro López Íñigo y Javier Subías; García de Paredes, Vázquez Molezún, Fernández del Amo, La Joya, Corrales, Barbero, Lamela, Manzano Monís, Perpiñá, Oriol Bohigas, Martorell… No hemos estado huérfanos de arquitectos ni mucho menos. En todo el mundo resonó la fama de los nuestros en los cuarenta años de Franco, porque España no era la que se había ido, sino la que se había quedado, porque al genio y al ingenio de los españoles no le sientan bien los aires extraños, y en cambio le rejuvenecen las brisas del Cantábrico y del Atlántico y del Mediterráneo, e incluso el aire frío de los picos nevados, y el caliente de las llanuras manchegas y el tibio de la Baja Andalucía. Insisto otra vez: no se llevaron ellos la canción, porque la canción es de los españoles y sólo suena bien aquí, aunque silben vientos helados.
¿Escultores? Muchos y muy buenos. Tres serían los precursores de lo que se llama «el renacimiento contemporáneo de la escultura española»: Nemesio Mogrovejo, muerto en 1910; José Llimona en 1934; y Mateo Inurria. Cumbre, José Clará, que moriría en Barcelona en 1960. En su línea, Enrique Casanovas, Borrell Nicolau, Miguel y Luciano Oslé, Joaquín Claret, Enrique Monjó, José Viladomat, Federico Marès, de quien Gaya dijo que era «lo mejor que la estatuaria barcelonesa de la posguerra nos haya traído». Julio Antonio, muerto en Madrid en 1919, sería el precursor de todo un movimiento escultórico. Pareja con su obra, la de Victorio Macho. Emiliano Barral moriría en el frente de Madrid. Era el tercero de un grupo inolvidable cuyo magisterio heredaría la escultura de la posguerra. Y Juan Asuara, Fructuoso Ordúña, Juan Cristóbal, José Capuz, Quintín de la Torre, Jacinto Higueras, Francisco Asorey, Santiago Bonomé. Y más aún: Torre Isunza, Pérez Comendador, Juan de Ávalos. Manolo Hugué, muerto en 1945, cabeza de fila, con José Granyer, Apeles Fenosa, Juan Rebull, José Planes, Álvarez Laviada, Cristino Mayo, Failde Gago. Y Eduardo Gregorio, Plácido Fleitas, Mateo Hernández, Pérez Mateo y Picasso, el malagueño universal, que si estuvo fuera planeó su sombra y su nostalgia sobre la escultura española. Y Pablo Gargallo, y Juan Gris, Julio González, Ángel Ferrant, Alberto Sánchez, Díaz Yepes, Eudaldo Serra, Subirachs, Carlos Ferreira, Jorge Oteyza, y los más jóvenes, Saumells, Lapayese, Chillida y muchos más. «Al unísono con la arquitectura y con la pintura, el panorama de la escultura española actual no puede ser más esperanzador». He dado sólo los nombres. De haber anotado de cada uno siquiera dos obras, habría duplicado este brevísimo texto. Trabajaron en todo lo habido, y no digo también lo por haber, porque sería mentira: madera, hierro, piedra, mármol, barro… Aquí trabajaron, aquí aprendieron, aquí enseñaron, y de aquí volaron hasta países ajenos las obras y la fama de unos escultores que no necesitaron del exilio, ni murieron de inanición en las catacumbas. Quien pasee por España hoy verá sus estatuas y en los museos sus esculturas. Para ninguno fue un obstáculo su pasado, sino un impulso su presente. La calumnia de una España regresada a la barbarie tras la Guerra Civil es un invento de los malvados y los envidiosos. Dios se las entienda con ellos, que por mí pueden irse a donde les venga mejor…
La verdad es que no se ve por ninguna parte que España haya estado hundida en la barbarie desde que el exilio nos dejó huérfanos de los genios aventados por la Revolución. ¿Pintores, por ejemplo? Gaya Nuño dijo que «el pintor español, cuando tenía ocasión y doscientas pesetas en el bolsillo se largaba a París y raramente volvía». Por supuesto, esto hacía años que estaba ocurriendo cuando acabó la Guerra civil. Ni a Picasso, ni a Juan Gris, ni a Blanchard, ni a Miró, por citar cabezas de fila, les obligó al exilio la persecución implacable del Régimen que había de durar cuarenta años en España.
Carlos Seco Serrano dice que «el camino de la redención comenzó a abrirlo uno de los intelectuales de más amplia proyección en la cultura española del novecientos, una de las mentes más generosamente abiertas a Europa en el grupo generacional alfonsino: Eugenio D’Ors». Que yo sepa, don Eugenio ni era comunista ni cosa que se le pareciera, y en España vivió hasta que Dios quiso llevárselo, y no tengo noticias de que pasara sus últimos años en una Clínica psiquiátrica para disidentes, o un Campo de concentración para enemigos declarados. Cuando acaba la Guerra, surgen las espléndidas revistas de Arte: «Cuadernos de Arte», «Goya»… Comienzan las grandes manifestaciones artísticas, las inolvidables Exposiciones («Velázquez y lo velazqueño», por ejemplo); se reforman y amplían los Museos (Prado, Arqueológico, Arte Moderno, Romántico, Montjuich, Sevilla), y se abren nuevos (el de Arte Contemporáneo, quizá el más ambicioso); y paralelas a la actividad oficial, se crean en toda España Salas de Arte y Exposiciones. ¿Persecuciones? No se habrían iniciado todavía, por lo visto, en 1960, cuando la Sala Gaspar de Barcelona pudo realizar «uno de los acontecimientos más memorables de la historia cultural española de los últimos tiempos, (con) la exposición antológica de Pablo Picasso».
Concretándonos a la tan calumniada época posterior a la Guerra y hasta la muerte del Generalísimo Franco, los pintores españoles alcanzaron las lejanías de la fama internacional sin que fuera para ellos una traba el haberse quedado aquí a las verdes y a las maduras, hombro con hombro con los millones de españoles que aquí hemos trabajado y quemado los mejores años de nuestra vida para hacer una España digna y respetada en el mundo. Sólo una España digna y respetada en el mundo. Sólo los nombres ya serán suficientes. Añadirles a cada uno sus mejores obras y sus premios y éxitos haría necesario escribir un libro bien extenso. Ya los hay, y los curiosos pueden encontrarlos fácilmente. El patriarca, Sotomayor, muerto en 1960 a los ochenta y cinco años; Manuel Benedito, López Mezquita, Julio Moisés, Agustín y Enrique Segura, Pellicer, Mosquera, Miravalls Bové, los hermanos Zubiaurre, Eugenio Hermoso, Vila Arrufat, Sert, Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana, Daniel Vázquez Díaz, Pancho Cossío, Antonio Clavé, José Llaudet, Jaime Muxart, Óscar Domínguez, Rafael Vich, Zabaleta, Mompou, Jaime Mercadé, Miguel Villà, Miguel Capdevila, Ramón Rogent, Vidal Quadras ¿Más todavía? Hay centenares: Benjamín Palencia, Godofredo Ortega Muñoz, Jenaro Lahuerta, Hidalgo de Caviedes, Marisa Roësset, Rosario de Velasco, Julia Minguillón, Gregorio Toledo, José Aguiar, Galí, Obiols, José Ramón Stolz, Esplandiu, Eduardo Vicente, Juan Antonio Morales, Pedro Bueno, Francisco Arias, Joaquín Sunyer, Pedro Pruna, Grau Sala, Serra, Mallol Suazo, Santianez, Percebal, Capuletti… Entre ellos, de todo: muralistas, retratistas, paisajistas, creadores imaginativos y figurativos. Ninguno tuvo a su lado un censor que le indicara las temáticas de sus cuadros y los colores para sus obras. Y hay más: Francisco Mateos, Ciruelos, Maruja Mallo, Lago Rivera, Pascual de Lara; los maestros, Miró, Dalí, Prieto, Vaquero; y José Caballero, Federico Castellón, Guixart, Pons, Ramis, Vila Casas, Valles, Feito, Mampaso, Millares, Saura, Tharrats, y Antonio Tàpies, «último extremo del informalismo». No, no hemos estado sin pintores durante nuestros cuarenta años posteriores a la terrible experiencia de la Guerra civil. Unos eran ya famosos en 1936, y otros ni siquiera habían nacido, y muchos apenas iniciado su carrera artística, que aquí cuajaron; y desde aquí llevaron su fama hasta los más lejanos linderos, y se codearon con los máximos valores de la pintura del mundo. Quien aquí y en esos cuarenta años no cuajó, no se hizo pintor de fama, que se culpe a sí mismo, pero no al Régimen. Y para quienes en el exilio han conseguido la fama y la fortuna, bien sabe Dios que conmigo hay millones de españoles, que no nos fuimos al exilio, pero nos alegramos de corazón de que tan lejos hayan triunfado, porque aparte la Guerra y sus avatares anteriores y posteriores, españoles somos todos, y como dirían mis abuelas «a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga».
¿Y la música? Los curiosos tienen una fuente inagotable donde beber: «Historia de la música contemporánea española», de Federico Sopeña. Veamos una síntesis: «Salvador Bacarisse, Rodolfo Halffter, Gustavo Pittaluga, Federico Elizalde, Fernando Remacha y Julián Bautista, más Enrique Casals Chapí, algo más joven, constituyen el grupo español cuya música llena los conciertos desde la Dictadura hasta el comienzo de la guerra…». En los años inmediatamente anteriores a la Guerra, ya en la República, brillan los grandes maestros, como Moreno Torroba, en la zarzuela sobre todo. La Guerra dispersa a muchos: Falla se fue a la Argentina, Ernesto Halffter a Lisboa, Esplá a Bruselas, Salazar a Méjico. A pesar de todo, la posguerra impone un ritmo adecuado al proceso de recuperación de la Música española. Se constituyó la Agrupación Sinfónica de Música de Cámara, se organizó la Comisaría General de la Música, (Otaño, Cubiles, Turina); se reorganizaron los Conservatorios; nació la Orquesta Nacional de Conciertos (Turina, Pérez Casas); en los cuatro primeros años de posguerra «quedó tendido el puente hacia la continuidad», con palabras de Sopeña. Ernesto Halffter dirigía los conciertos en homenaje a Falla, estrena Joaquín Rodrigo, viene Alfredo Casella, comienza el despegue. Joaquín Rodrigo y su «Concierto de Aranjuez» universaliza la guitarra, y a su lado, parejo con él, Conrado del Campo, Guridi (muerto en 1961); y más nuevos, Moreno Gans, Rodríguez Albert, Jesús Arámbarri, y más todavía, Muñoz Molleda, Leoz, Federico Mompou; lejos de España, por su gusto, Casals, y muerto a poco de terminarse la guerra, Luis Millet. Eduardo Toldrá, Montsalvatge, Blancafort, Cercós, Bonet, Manuel Valls, Comellas, Berenguel, Cudrenys, López Chavarri, Manuel Palau, y la figura espléndida de Cristóbal Halffter. Música fueron los Festivales de España (¡aquel marco maravilloso de la Alhambra y el Generalife, y Sevilla, y Santander y España entera!), y con ellos, los grandes maestros, Ataúlfo Argenta, Gorostidi, Cubiles, Querol, Casaus, y a su lado, los grandes artistas del baile y el canto, como Antonio, Pilar López, Victoria de los Ángeles, María Morales, Kraus, Pilar Lorengar, Consuelo Rubio. Y cuando el Generalísimo Franco muera y nos deje para siempre, nadie en su sano juicio podrá decir que durante sus años de jefatura abandonó la Música, con mayúscula.
Y no sería justo dejar sin un breve comentario otras artes menores, deportes, cine, artesanía, que el Régimen cultivó y alentó en sus cuarenta años, y los dejó en herencia a todos los españoles. Por ejemplo, la decoración, el mueble, la joyería, la vidriería, la forja, la cerámica. Dice Seco Serrano: «(que) la elevación del nivel de vida y el desarrollo de la población urbana; el refinamiento cada vez más acentuado en amplios ambientes de las clases sociales medias —no sólo en los hogares, sino en locales públicos (como) cafeterías, restaurantes, salas de espectáculos— han venido a favorecer el auge de estas artes suntuarias y decorativas». En verdad que es todo un piropo para los cuarenta años últimos. Todo cambió a partir de la terminación de la Guerra civil. El cambio originó modificaciones virtuales en las costumbres del pueblo español. Se abrieron horizontes nuevos a las masas trabajadoras y a la clase media. Se desarrollan las posibilidades de practicar deportes y crece la afición a los más populares y aun a otros que siempre habían estado reservados a las minorías adineradas. Los toros, el cine, el teatro, el turismo, la televisión, la radio, todo ha cambiado, todo ha mejorado, crecido, desarrollado. Con la enseñanza a todos los niveles, la formación profesional de los muchachos, la vida entera es nueva, ahora que el legado de Franco ha sido recogido por nuevas manos, muchas de ellas iniciadas en las duras y delicadas tareas del mando y la responsabilidad bajo la mirada severa y aleccionadora del propio Generalísimo. Aquí está España, en la que nos faltó por supuesto la colaboración de quienes voluntariamente eligieron el exilio y en él se mantuvieron una vez que las leyes les daban garantías y autorización para el regreso; nos ha faltado también la colaboración y la presencia de quienes murieron en la Guerra civil y tenían algo importante que hacer y que decir, pero no sería decente olvidar que lo que de verdad nos ha hecho falta a todos durante estos cuarenta años ha sido falta en esencia y en potencia de estos cientos de escritores y periodistas, críticos y creadores, que los rojos asesinaron fría e implacablemente. Nunca lamentaremos los españoles bastante la muerte dramática de García Lorca, pero hay que decir en alta voz que no fue él solo quien se murió de perfil, y que las cunetas y los paredones, y sobre todo Paracuellos del Jarama, están llenos de las sombras de aquellos españoles insignes que los rojos mataron con las técnicas más puras de la Revolución.
