Ramón Serrano Suñer, una de las figuras políticas más influyentes del primer franquismo, cuya trayectoria estuvo marcada por su relación con la Falange y el régimen de Franco.
No será necesario insistir sobre la polémica, controvertida y vidriosa personalidad falangista de Ramón Serrano Suñer, que es realmente un converso dudoso. Durante sus años de poder político no pudo negar su plena y aparente identificación con la idea social defendida por el nacionalsindicalismo. Él fue quien la dotó de todos los signos externos y paramilitares que la época exigía. España salía de una situación de guerra y sus habitantes estaban impregnados de un sentido militar de la vida, por encima incluso de la utilización o no de uniforme. Pero antes incluso de que algunos pudieran «despojar» su indumentaria militar, Europa entra en un conflicto bélico de consecuencias más o menos evitables para España. Se producía entonces la vuelta al uniforme, al hábito que, para Serrano, debía «hacer al monje». Quedémonos, por el momento, con un ministro del Interior falangista, que está bajo sospecha de no serlo cabalmente. Y pasamos ahora a la galería de los falangistas «fijos». En la relación de nombres de la que disponemos sólo encontramos uno: el «histórico» Rafael Sánchez Mazas, del que no existen dudas acerca de su militancia, por muy teorizante y literario que fuera. Pero sigamos, ¿es que hay más? Sí, también encontramos a un general de reconocido prestigio militar, con brillantísimas acciones de guerra ganadas en África, la revolución de Asturias del año 1934 y la Guerra Civil; pero que es, además, un falangista acreditado por su pensamiento, decir y hacer que le ha costado choques y sanciones con su superior Franco. Por lo tanto, ya tenemos otro falangista en la lista. Continuemos con la búsqueda…
Aparece ahora ante nuestros ojos el nombre de Pedro Gamero del Castillo, el cual es muy joven para ostentar el cargo, ya que tiene 29 años. Licenciado en Filosofía y Letras y Derecho, y letrado del Consejo de Estado, es un neofalangista propuesto y avalado por Serrano Suñer, con la peculiaridad de ser monárquico convencido. El propio Gamero parece creer que nacionalsindicalismo y monarquía serían, tarde o temprano, compatibles. O sea, que es un falangista con futuro.
El resto del elenco ministerial, con respecto a sus afinidades falangistas, pasa por la escasamente comprometida adjetivación de «simpatizantes», con una curiosa excepción: el coronel Juan Beigbeder Atienza, del arma de Ingenieros; en este caso, su filiación falangista es evidente y cierta, pero su misión, tan especialmente delicada, no tendría relieve para potenciar la presencia nacionalsindicalista en el Consejo de Ministros. Por último, están los «simpatizantes»: el general Agustín Muñoz Grandes, que con el paso del tiempo irá inclinándose hacia la Falange; Luis Alarcón de la Lastra, que es ministro de Industria y Comercio, y Alfonso Peña Boeuf, que es ministro de Obras Públicas. Ahora bien, quedan también el Consejo Nacional de FET y de las JONS y la Junta Política. Sin embargo, pese a elevarse el número de consejeros al constituirse, solamente hay 26 falangistas.
En cuanto a la Junta Política, de los quince miembros que la componen, hay siete miembros reconocibles como falangistas, siendo el resto tradicionalistas o de ambigua y difusa definición política, pero que no están próximos a los postulados del nacionalsindicalismo.
A todo esto, cabe preguntarnos lo siguiente: ¿Qué era para los falangistas incorporados al aparato de Gobierno, el nacionalsindicalismo y sus posibilidades de desarrollo aplicado, obviando los convencionalismos del Decreto de Unificación?
Estaba claro que España necesitaba de una política de urgencia, justa, ordenada y generadora de recursos, en una nación desmantelada en buena parte de sus equipamientos y servicios por la acción de la guerra. Era preciso atender las necesidades más perentorias de la población, como, por ejemplo: la alimentación, la vivienda, la asistencia sanitaria y la generación de puestos de trabajo, como demostración palpable de una nueva forma de hacer política. Y todo lo anterior sin olvidar la escolarización y la formación de una juventud, necesitada de aulas de primera y segunda enseñanza, centros universitarios y escuelas especiales. Había fundadas esperanzas de lograr todo eso, porque la administración de los recursos disponibles en la zona nacional, durante el transcurso de la guerra, había sido ejemplar, siendo particularmente eficaz y brillante en el sur peninsular, bajo la acción de gobierno del general Queipo de Llano.
Además, el nacionalsindicalismo era, ante todo, una idea política revolucionaria, sostenida por la acción continuada de los sindicatos únicos, entidades fundamentales de la organización del Estado y sus columnas vertebrales. Es decir, los pilares sobre los que se asentaría todo el edificio estatal, para enfrentarse a los problemas y exigencias planteados por la producción y el consumo. En consecuencia, en una sociedad sindicalista no podría haber tiranía estatal, al ser los Sindicatos el propio Estado. Al mismo tiempo, ambas instituciones dejarían de ser coactivas para empresarios y para trabajadores. Solamente se ejercería la acción de un control represivo para evitar el predominio exclusivo del capital y su excesiva y peligrosa concentración societaria, generadora del capitalismo liberal y la injusticia social.
Otra de las características esenciales del nacionalsindicalismo, frente a las posiciones utilitaristas del comunismo marxista y del capitalismo, y también frente a las posiciones contradictorias y esquizofrénicas del socialismo (tanto en su asociación con la democracia liberal, como en su adaptación al marxismo), era y es su sentido moral y heroico, del que siempre carecieron sus antagonistas. El ímpetu revolucionario del nacionalsindicalismo tiene como objetivo de su acción la dignidad del hombre como portador de valores eternos, despegándose así de cualquier otra concepción de la Historia que ofrezca una ramplona, fácil y falsa interpretación de ésta, a través de un vulgar y vetusto materialismo dialéctico, desprestigiado por las evidentes contradicciones del capitalismo, del marxismo y del propio anarquismo.
Y por fin, para sintetizar la complejidad del proceso, destacaremos otro de los rasgos más atractivos de la solución política nacionalsindicalista: su afán nacionalizador de España. Las JONS, en su primer manifiesto, hablaban de transmitir a los españoles «un ansia sobrehumana de revalorizar e hispanizar hasta el rincón más oculto de la Patria».
Dígase entonces qué otro sistema de ideas políticas (casi todas ellas reducidas a ideologías del dislate) podía superar al nacionalsindicalismo en su afán de justicia distributiva de la riqueza, por el único medio noble: el trabajo frente a la especulación; en su insuperable sentido de la unidad de la Patria, frente a la interesada, absurda y fugitiva interpretación de la nación, vista desde la hipertrofia sensiblera sostenida por el narcisismo impotente y suicida, de los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos, andaluces, etc.
En resumen, el nacionalsindicalismo representaba en la España nacional de los años de la guerra y, también, en los primeros años de la paz, más que un programa, una «invitación» fecunda y clara de lo que podía significar la incorporación de las aspiraciones sindicalistas a la causa nacional de España. La dificultad consistía en dar expresión oral y escrita a esa «intuición», para dotarla de un contenido inteligible, una forma conceptual bien trabada y, si acaso, articulada en un programa de actuaciones concretas. ¿Era posible hacer esto durante la guerra? ¿Y sería posible hacerlo en la etapa de paz? En lo que no cabía duda alguna es en que la forma inteligible, conceptual, formal y programada de nacionalsindicalismo sólo aún existía en la mente de pocas cabezas falangistas. Probablemente para contarlas sobraría alguno de los dedos de una mano. Así, en la confusión provocada por el aluvión neofalangista descargado sobre el Partido, un hombre como José María de Areilza pasaba por ser un ideólogo nacionalsindicalista de gran autoridad.
Llegados a este punto es necesario hacer una recapitulación sobre los acontecimientos del nacionalsindicalismo en los años 1937, 1938 y 1939. De su resumida exposición deben nacer las preguntas y respuestas que permitan obtener algunas conclusiones orientadoras sobre su situación real y perspectivas políticas en esa España que estrenaba una paz llena de interrogantes. Pero lo más urgente era reparar en el interior la fractura producida por la guerra en toda la nación. Y, además, hacerlo sin olvidar a los exiliados y su activismo militante, y sin pasar por alto la guerra que había estallado en Europa y que no auguraba una victoria rápida de ninguna de las fuerzas contendientes.
España había pasado de una situación de hechos militares: combates y batallas, a una situación en la que sería necesario que dominaran las convicciones políticas. Pero reconociendo, además, que los hechos bélicos no habían llegado a fundamentar sólidamente, sin fisuras ni equívocos, las convicciones políticas. El nacionalsindicalismo había visto recortadas sus garras revolucionarias sin apenas haberlas podido desarrollar totalmente.
Durante los años 1937, 1938 y 1939 se producen los siguientes hechos singulares para el nacionalsindicalismo:
1. La subordinación de la idea política al supremo objetivo militar: la victoria en la guerra.
2. La división entre falangismo y nacionalsindicalismo, entre un concepto político donde la Patria y el hombre son los dos valores esenciales para muchos de los personajes que militan durante esos años en FET y de las JONS. Para éstos, la unificación no ha supuesto una ruptura con la Falange fundacional, sino que es simplemente la consecuencia derivada de unos acontecimientos cuya lógica sería fatal y a la que había que someterse. Máxime cuando lo que está en juego es el triunfo o la derrota. Si la suerte de la guerra es positiva, la Falange ocupará un puesto destacado en la gobernación política de España, aunque no sea de la misma forma que dejan entrever los 27 puntos, que han sido reducidos a 26 puntos.
Estos falangistas no renuncian a la justicia social como meta que alcanzar. Serán los portadores sobre sus almas de la «revolución pendiente».
El otro grupo, el de los nacionalsindicalistas, va a dejar de colaborar con el Régimen en cuanto la guerra esté terminada. Algunos ya han roto las amarras durante la misma, sobre todo a partir de abril de 1939. Entre otros, destacan los hedillistas, pero sobre todo los que han dado a FE de las JONS una interpretación social revolucionaria, sin contemplaciones. Éstos quieren un cambio de la sociedad española desde sus cimientos y no admiten más liderazgo político que el suyo propio. A regañadientes han aceptado el mando militar de Franco, y lo han hecho sólo por razones coyunturales, reconociendo que a la victoria se llega en la guerra con mandos capacitados que sepan administrar recursos bélicos, que conozcan los pormenores del mando de tropas y planifiquen las operaciones de acuerdo con las disciplinas del arte militar: la estrategia, la táctica y el inteligente empleo de la técnica y sus derivadas, las armas. Pero los falangistas reunidos dentro de este grupo rebelde tendrán siempre que combatir desde posiciones minoritarias y debilitadas constantemente por una evidente falta de unidad, de mando único y de recursos; es una acción intermitente de baja intensidad que, andando el tiempo, llevará a la creación de corrientes políticas antisistema, que estarán apartadas de todo vestigio de nacionalsindicalismo.
3. La hegemonía de Franco como jefe del Estado, desde que en Salamanca asume el poder político. Mucho se ha hablado de ello, pero todos los biógrafos, apologistas o hipercríticos han coincidido en un aspecto: su inquebrantable decisión de servir a España, asumiendo la máxima responsabilidad militar y política hasta el fin de su vida. Es un dictador en estado puro; sabe perfectamente que si cediera su puesto, aquél que lo ocupara (sin duda, el Rey) en un principio lo colmaría de honores y prebendas, pero luego se desharía de su tutela, mandándolo al ostracismo, y quién sabe si también al destierro, al exilio o al banquillo de los acusados.
4. La conjunción de fuerzas políticas que se han agrupado detrás de Franco y del Ejército, dándole apoyo económico y, en principio, político, tienen por separado mayor peso específico que los falangistas. Quizá no posean una mejor organización, pero sí presentan mayor influencia en la cercanía de los principales mandos militares. Salvo en el caso de Yagüe, la mayoría de la cúpula militar es monárquica. Sin embargo, Queipo de Llano había llegado a la conclusión de que no valían ni monarquía ni república, y que su régimen político era él mismo.
5. La unificación no pretende acabar con la Falange como ideal. Pretende recortar sus alas políticas y, sobre todo, sus garras sociales.
6. La Falange, en esos tres años, comete grandes errores organizativos, que derivarán en errores políticos, llevándola en la retaguardia a la lucha intestina, la división fraccionaria, la depauperación orgánica, los personalismos, la adaptación al medio, la burocratización y el aburguesamiento.
7. El nacionalsindicalismo se va diluyendo en un corporativismo institucional, con escaso nervio sindicalista.
8. Las expectativas políticas del Partido unificado van disminuyendo en progresión geométrica, mientras que se mimetiza, aceptando parcelas de poder a través de la influencia de Serrano Suñer.
9. Falangistas históricos, unificados, rebeldes y coyunturales ocuparon parcelas de poder durante esos tres años, que no son precisamente ajenas a importantes responsabilidades. Pero su acción tuvo tintes acusadamente personalistas o sirvieron a intereses opuestos a la idea política que decían defender.
10. El debate sobre el uso y aprovechamiento utilitarista de la Falange por parte de Franco es cierto, pero merece la pena hacer algunas puntualizaciones.
Falange Española y de las JONS ofrecía una idea política nueva, de avanzado contenido social y decididamente opuesta al marxismo, comunista y socialista.
Falange Española sostenía una suprema concepción del ser humano como portador de valores eternos, empalmando de manera exacta la filosofía política con la moral católica.
Falange Española formulaba una arquitectura orgánica de la representación y la participación política, que venía a destruir el mito de la representación inorgánica de los partidos políticos en exclusiva.
Falange Española afirmaba con rotundidad la indisoluble unidad de la Patria, aún reconociendo su diversidad regional.
Falange Española consideraba a los ejércitos como una de las columnas vertebrales de la Patria.
El esquema general de principios políticos fundamentales encajaba perfectamente en la mente de Franco para ser escogido como soporte político del nuevo Estado, superando de lejos cualquiera de los otros supuestos ideológicos reunidos a su alrededor.
11. Mientras que el ideal (recortado de alas y garras) ocupa un privilegiado lugar político de representación, sus militantes no aciertan a organizarse y se dejan liderar, decantándose por Franco y Serrano Suñer o la marginación.
12. Después de la unificación, el acto más simbólico y significativo realizado por Franco, respecto a la Falange y dirigido al resto de las fuerzas políticas nacionales, será el enterramiento de José Antonio en la Real Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. No es como se ha dicho reiteradamente, torcida y equivocadamente, un exclusivo y fastuoso homenaje al héroe, mientras que a la vez se da sepultura a su ideal político.
En ese acto, Franco no pretende tampoco agraviar a los monárquicos. Lo que viene a decir es que el futuro del Régimen apunta hacia una monarquía sustentada sobre los principios políticos falangistas de unidad de la Patria y dignidad del hombre. Pero lo que va a suceder es que tal futuro, con una Falange desprovista de su dinámica, social y revolucionaria, va a quedarse en populismo y en el meritorio esfuerzo de buen número de falangistas que, desde el aparato burocrático del Estado, intentarán con todas sus fuerzas llevar al Gobierno de la nación el soplo enérgico del sentido falangista de la justicia social.
