Los últimos momentos de la vida de Ramiro Ledesma Ramos, fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS), han sido objeto de numerosos estudios y testimonios. Entre ellos destaca el relato del sacerdote que tuvo la oportunidad de escuchar su confesión y administrarle la absolución pocas horas antes de su ejecución.
El texto que sigue recoge ese sobrecogedor testimonio en primera persona. En él, el sacerdote describe el encuentro mantenido con un joven Ramiro Ledesma profundamente consciente de la inminencia de su muerte, así como el clima de serenidad, fe y recogimiento espiritual que envolvió aquella conversación. Se trata de un documento de notable interés histórico, tanto por su valor testimonial como por ofrecer una visión humana de uno de los personajes más relevantes de la España de los años treinta.
—Eso roza lo que usted desea saber. Sí, yo confesé a Ramiro Ledesma Ramos y le di la absolución. Sucedió así. Una tarde estábamos en el patio. Era ya octubre, al final, exactamente el día 28. Se me acercó un joven a quien yo veía por allí, inseparable de un sacerdote no identificado en la cárcel, el Padre Manuel Villares; los dos curas de almas nos conocíamos sin dar a conocer que nos conocíamos.
—Padre, deseo que me confieses, si no hay inconveniente.
—¿Cómo va a haberlo?
Yo me fiaba de él, puesto que de él se fiaba Villares.
—Ven a ese rincón.
Sí. Mi confesionario era un rincón del patio; todas las tardes lo usaba, tan concurrido…
El joven, que me dijo cómo se llamaba, Ramiro Ledesma, estaba muy emocionado. Confieso ahora que mi erudición política era escasísima. No me orientaba en el laberinto de partidos y teorías tan numerosas de aquella época española. Tenga en cuenta que en el seminario no leíamos periódicos y que yo llevaba poquísimo tiempo de vida parroquial. De modo que el nombre del penitente no me dijo nada orientador. Era un cristiano, era un desgraciado, un preso, era un contrito. Bastaba para ganar mi corazón. El hecho que he de recalcar es que sus palabras me sorprendieron. Aquel joven era algo. Por de pronto un carácter definido, un talento, un elegido de la cultura. Tanto me impresionó, que no despegábamos la hebra. Me encantaba hablar con él.
De pronto sonó el silbato.
—¡A las salas! —gritaron los guardianes.
Había que obedecer sin negligencia, correr a la escalera de subida.
—¿No me das la absolución, Padre? —me preguntó el joven.
No faltaba de la confesión más que absolverle.
—Ahora nos ha cortado la orden, ya sabes cómo castigan la que suponen desobediencia.
—Es que presiento que hoy me van a matar. Por favor.
Íbamos emparejados todos, dos a dos, subiendo peldaños; él a la izquierda, yo a la derecha. Le contemplé con pena.
—Hijo mío, Dios sobre todo, no es el día de hoy peor que el de ayer, ni será peor que el de mañana. Ten confianza.
—Es que yo, Padre, soy un favorito para ellos. Ya han matado a muchos, los sacan todos los días, mi final es inminente.
—Para que te tranquilices, te daré la absolución, no hay inconveniente alguno, ahora mismo; así mañana seguiremos hablando y estarás más tranquilo. Ponte delante de mí. Ve rezando las oraciones que te indiqué como penitencia. Cuando coloque mi mano sobre tu cabeza, es que te estoy dando la absolución. Quédate recogido aunque no me oigas. Concéntrate en ti. Después vete en soledad a rezar y a concentrarte más. No pienses sino en Dios y en su infinita misericordia.
—Todo fue así. En la celda le dije a Vázquez Dodero:
—¡Qué exquisito sabor me ha dejado una confesión que he hecho a un tal Ramiro Ledesma!
—No me choca —respondió Vázquez Dodero—. Es uno de los que no se salvarán de las manos de éstos. ¡Y es tan fuerte, tan español!
—¡Lo que hace Dios! —terminé.
Cubrí mis ojos con las manos, también yo me concentraba, recé, recé mucho por el joven inocente, por todos los que estaban allí…
Como ahora, en que el silencio, en la tarde clara, en la luz clara, la mano sobre los ojos el noble sacerdote, el silencio, parece trasminar la oración que por el Ramiro que ya sabe quién es, eleva a lo Sumo serenamente, su perdonador en la Tierra.
Este relato constituye uno de los testimonios más emotivos sobre las últimas horas de Ramiro Ledesma Ramos. Más allá de las diferentes interpretaciones históricas sobre su figura y su trayectoria política, el texto refleja el encuentro entre un condenado a muerte y el sacerdote que le acompañó espiritualmente en los momentos decisivos de su vida.
Su valor reside precisamente en el carácter directo del testimonio, que transmite la serenidad, la fe y la dignidad con las que el protagonista afrontó su destino según el relato de su confesor. Por ello, estas páginas forman parte de la documentación histórica que permite conocer, desde una fuente testimonial, uno de los episodios más significativos de la Guerra Civil Española.

Ramiro Ledesma Ramos, Presente !