«¿Podría ocurrir que dentro de cincuenta años los españoles contemplen con angustia cómo fue desaprovechada la gran coyuntura de este momento?»
— Ramiro Ledesma Ramos, Discurso a las Juventudes de España
Este texto fue publicado en los números 1.355 y 1.356 de la revista Fuerza Nueva de junio-agosto de 2008.
Repasar con atención y sin prejuicios lo que se escribió ayer puede explicarnos lo que hoy sucede, inquieta y sobrecoge. La Historia –toda ella– pero, sobre todo, la contemporánea, la que han vivido tan sólo pocas generaciones por haber sido protagonistas de ella o testigos, tiene también en política una función didáctica que sería frívolo e imperdonable no aprovechar.
El «¡presente!» que hemos invocado –y muchos invocamos todavía con emoción– tuvo y tiene un contenido muy amplio, pues abarca no sólo un recuerdo actualizante y espiritual de aquél o de aquellos cuyos nombres se invocan, sino también de lo que hicieron y escribieron, de lo que dan ejemplo con sus vidas o con sus muertes martiriales o heroicas.
Por eso, la invitación a sumarme al «¡presente!» de Ramiro Ledesma Ramos –uno de nuestros presentes inolvidables, como escribió Santiago Montero Díaz– ha sido para mí una auténtica satisfacción, ya que me permite, por una parte, releer lo que escribió, traer a la memoria lo que hizo y admirar el ejemplo de su muerte; y, por otra, corresponder a la amistad que me brindó, y demostró en repetidas ocasiones, su hermana Trinidad.
Ella estuvo en la presidencia del acto que Fuerza Nueva celebró en el Cine Barranco, de Zamora, el 29 de marzo de 1981, y me envió, al que tuvo lugar también convocado por Fuerza Nueva en el Teatro Calderón de Valladolid el 7 de junio del mismo año, un telegrama con el siguiente texto:
«Os envío mi adhesión. Te ruego me consideres presente en espíritu.
¡Arriba los valores hispánicos! Un fuerte abrazo».
Ramiro Ledesma Ramos y el nacimiento del nacionalsindicalismo
Trinidad Ledesma Ramos estuvo con nosotros en la conmemoración del 43 aniversario de la Victoria, en el Hotel Convención de Madrid, en 1982, y tuvo la amabilidad de dedicarme un ejemplar de tres libros.
Esta es la dedicatoria con que me obsequia en Discurso a las juventudes de España, de Ramiro:
«A Blas Piñar, presidente de Fuerza Nueva, vanguardia de la nueva Reconquista de España. Ahí está su zona nacional imbatida, cuando otros, cobardemente, la han abandonado. En memoria de Ramiro y con mi más cordial amistad y simpatía. ¡Arriba los valores hispánicos! ¡Adelante España!».
Y estas son las dedicatorias en los ejemplares de Escritos políticos 1931 y de Escritos políticos 1933-1934:
«A Blas Piñar. En memoria de Ramiro y con mi afectuosa amistad»
y
«Para Blas Piñar en memoria de Ramiro, y con un cordial saludo».
Ramiro Ledesma Ramos, con Onésimo Redondo Ortega y José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, forman una trinidad política que, más allá de polémicas que no pueden negarse ni desconocerse, aportaron al Movimiento nacional una doctrina que, en línea convergente, coincidió, en esencia, con la que defendían los fundadores y colaboradores de la revista Acción Española y la veterana Comunión Tradicionalista.
Por eso, no puede extrañarnos –y yo me felicito por ello– que las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, fundadas el 9 de agosto de 1931 por Onésimo Redondo, se insertaran en las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, de Ramiro; que las JONS se unieran, a su vez, a la Falange Española de José Antonio; y que, llegado el momento decisivo de la Cruzada, y teniendo presente que los instrumentos para conseguir la Victoria no podían confundirse ni identificarse con el fin —que en este caso era la continuidad histórica de España y su reencuentro consigo misma—, Franco decretase el 19 de abril de 1937, es decir, en plena contienda, la unificación de las fuerzas políticas de signo nacional.
Fuerzas que no sólo aportaron ideología, sino también combatientes voluntarios que luchaban con valor en las trincheras, y mártires en la zona dominada por los rojos.
Esta medida —que contó con discrepantes, cuya intención y buena fe yo no pongo en duda— no sólo fue adecuada, sino imprescindible en función de la meta que se pretendía alcanzar y del talante español; el mismo de los que se alineaban en el otro campo y que los llevó a enfrentamientos a vida o muerte.
Entre los más cruentos y significativos estuvieron los de Barcelona y Madrid. En Barcelona fueron aniquilados los anarquistas y los trotskistas, y en Madrid lo fueron los comunistas ortodoxos.
Franco, previsor y prudente, evitó con esta medida que algo parecido pudiera ocurrir en la zona nacional, poniendo en serio peligro la victoria.
Fijando nuestra atención sobre Ramiro, conviene que en primer lugar tomemos en consideración lo que se ha dicho de él, manifestando adhesión o simpatía, como por ejemplo:
«Ramiro fue un cerebro vigoroso, [un] pensador elegante».
«Un hombre modélico, que nació para maestro».
«Dotado de una cultura extensa, de una férrea disciplina interior, de una intachable probidad [en la que], bajo su aspecto de hombre frío, se ocultaba una viva sensibilidad humana».
«[Buscaba] formas frías de expresión para resaltar la infinita ternura que bullía en su corazón de hombre fuerte».
«Era una mente clara, ordenada y metódica. Exponía, analizaba y enjuiciaba. Tenía una ancha y extensa cultura. Era un interlocutor rápido y sugestivo».
«Dotado, como pocos para la acción y el mando [y] duro y parco en sus expresiones [fue] arrebatador y pródigo en sus hechos».
«De su rostro se deducía una firme e incluso terca voluntad [y] era preciso oírle un buen rato para comenzar a darse cuenta de su sólida formación y sus dimensiones humanas».
«Un carácter definido, un elegido de la cultura».
«Una de las más poderosas inteligencias de Castilla».
«Uno de los españoles más interesantes de su tiempo».
La exclamación de Ortega y Gasset, en París, donde se había refugiado, huido de la zona roja, es bien conocida. Al conocer el fusilamiento de Ramiro pronunció esta frase:
«No han matado a un hombre, han matado a una inteligencia».
Dicho esto de la persona, es lógico que la composición de lugar —que equivale a poner de manifiesto la situación de España en la época que vivió Ramiro— nos lleve a dar cuenta de la misma, pues entiendo que esa situación le hizo cambiar de rumbo.
De filósofo, matemático, novelista y colaborador de varias publicaciones, pasó a crear un movimiento político, fundamentalmente juvenil, cuya originalidad es indiscutible y cuya doctrina impregnó al Estado nacional, fruto de la contienda que ensangrentó a España.
Contienda que no me parece erróneo calificar como capítulo bélico, en nuestra Patria, de la guerra ideológica universal que entonces se libraba —y aún perdura—, como lo demuestra no sólo la participación de extranjeros a uno y otro lado, sino el embanderamiento de las gentes de todos los países a favor de los nacionales o de los rojos.
El enfrentamiento que en España se produjo con una violencia terrible revela hasta qué punto era virulento y trascendente el ideológico a escala geográfica completa.
Ramiro Ledesma, que lo detectó al decirnos: «nos encontramos en una hora crucial del mundo», «vamos hacia una época oscura y desértica», coincidió así con el anuncio de la decadencia de Occidente de que advertía Oswald Spengler, con el suicidio de Europa que denunció con este título el príncipe Sturdza y con Marcel de Corte.
Sin embargo, en cada país este proceso de decadencia al que nos referimos se inició en tiempos distintos y obedece, sin escapar a motivaciones comunes, a causas específicas que lo completan y matizan.
Ramiro Ledesma, remontándose a orígenes lejanos, lo refleja así:
«España —el Estado y el pueblo español— vive desde hace casi tres siglos en perpetua fuga de sí misma, desleal para los peculiarísimos valores a ella adscritos, infiel a la realización de ellos y, por tanto, en una autonegación suicida de tal gravedad que la sitúa en las lindes mismas de la descomposición histórica».
Insiste Ramiro en esta idea, que le obsesiona, cuando en otro lugar escribe:
«Parece que España lleva doscientos o más años ensayando el modo de morir (y añado yo, el modo posible de hacer realidad el Finis Hispaniae). España ha sido gobernada por gentes, grupos e ideas a quienes caracteriza una mentalidad de liquidadores, de herederos y de cobardes».
Saltando del tiempo que pasó y atento al que tan intensamente vivía, es decir, a la etapa que transcurre desde la Monarquía liberal en trance de desaparición hasta el inicio de la Cruzada, Ramiro concreta su opinión de este modo, cargado de amargura y de rabia:
«Vivimos los españoles una época decisiva. Tenemos a la intemperie lo más profundo, valioso y delicado. Época en que el riesgo y el peligro cerca no sólo a nuestras instituciones, a nuestro bienestar, a nuestra cultura, sino a nuestra propia Patria».
A este riesgo y a este peligro —que a la hora de hoy son mucho mayores— se refería Antonio Macipe López en su prólogo a la Antología que recoge el pensamiento de Ramiro y que se publicó después de la Victoria nacional.
En dicho prólogo advierte, y da la impresión de que prevé sobre el citado riesgo, que puede no ofrecerlo «el enemigo [al que se venció] en la guerra, el marxismo, por ejemplo, sino por algo más terrible, porque se nos muera en nuestros propios brazos».
Ante una situación realmente dramática, Ramiro quiebra su biografía, abandona su primitiva vocación, servida con verdadero sacrificio, y se dice a sí mismo:
«No quiero ser de los que hurten lo más ligero de su rostro a la etapa histórica en que ahora mismo penetra nuestra Patria española», y «entro en batalla tras la justicia que apetecen y necesitan las masas populares, y tras la unidad, la grandeza y la libertad de España».
Ramiro, señala con acierto Santiago Montero Díaz, «habló la verdad de España y auscultó en el latido de la hora cobarde la urgencia exacta del momento».
La respuesta de Ramiro se proyecta en varias direcciones, y entre ellas aquí es preciso destacar: la que brinda personalmente a sus compatriotas y la que asume, en tanto que español consciente y enamorado de su patria, al formular una doctrina política y crear una organización que intente hacerla realidad.
La frase de José Antonio, que rechaza todo pesimismo, «ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo», es bien conocida, pero se conjuga con la menos conocida de Ramiro: «ser español no es una desgracia, sino un espléndido regalo de la vida».
Por lo que respecta a su doctrina y a su organización, de las que más adelante nos ocuparemos, lo que nos importa en este lugar es su defensa de la unidad de España, que entonces —aunque ahora con más intensidad y escasa oposición auténtica— está gravemente amenazada.
Ante esa amenaza, Ramiro convoca a la juventud española al grito de «España una e indivisible», afirmando que la unidad de España «no puede ser litigada ni discutida en los comicios», y pronunciándose airada y reiteradamente contra el separatismo.
Si el separatismo es posible y triunfa entre nosotros es que «España ha dejado de existir, de muerte natural y vergonzosa, sin catástrofe, sin lucha, justificación ni sepultura, con el cadáver al aire, para que lo escarnezcan los canes europeos, forjadores de nuestro deshonor y nuestra ruina».
«La política separatista —según Ramiro— se propone realizar sus fines en tres etapas.
Una, la actual, encaramándose a los puestos de influencia [en las autonomías], y desde ella educar al pueblo en los ideales traidores.
La segunda, intervenir en la gobernación de España, en el Poder central, con el propósito firme y exclusivo de debilitar, desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo, de tal modo que un día su voluntad separatista no encuentre en el pueblo hispano hundido e inerme la más leve protesta.
La tercera etapa… consistirá en la separación radical».
Las dos primeras etapas del proceso separatista a que aludía Ramiro y que el Estado nacional, que forjó la Cruzada, paró en seco, se hallan hoy en pleno ejercicio, amparadas por la Constitución del 6 de diciembre de 1978, por las lecturas anticonstitucionales que se han hecho de la misma y por los partidos que nos han gobernado.
A tal fin, la exaltación mediática del Estado de las autonomías ha hecho posible, como Ramiro profetizó, que «una gran mayoría de españoles [crea] que el proceso disgregador de la periferia es una simple disputa por la forma que debe adoptar el Estado», cuando lo cierto es que lo que se perfila en el Estado de las autonomías y la consiguiente concesión de Estatutos es algo que desborda la configuración territorial de la nación.
Nación, tradición y revolución en el pensamiento de Ramiro
Ya que si «cada región o comarca [tienen] otro pequeño Estado, de un color al norte, de otro al sur y de otro al oeste, nos parece una inconsciente invitación a que nuestras regiones edifiquen en el plano político y social una nueva torre de Babel, con su mismo final de confusión catastrófica».
No se trata de una simple autonomía regional dentro del Estado, sino de reconocer una nacionalidad, una soberanía política frente a la soberanía española.
Prueba evidente de la puesta en marcha de las dos etapas a que nos estamos refiriendo, cuando escribo, es la «política de concesiones a los núcleos regionales que piden y reclaman autonomías, [lo que] equivale a defender el proceso histórico de la descomposición española… [y] a creer que España es una monstruosa equivocación de la Historia, siendo por tanto magnífico ir desmantelándola piedra a piedra hasta su aniquilamiento absoluto».
Por eso, mientras perdure el actual sistema político, que se ha negado a dejar «desprovistas de raíces [a] las fuerzas que hoy postulan el relajamiento de los vínculos nacionales [y, añado yo, con los que dialoga, negocia, pacta, gobierna o cogobierna] seguirá viviendo el pueblo español su triste destino de pueblo vencido, sin dignidad histórica ni libertad auténtica».
El hecho de que el liberalismo y el socialismo sean ideológicamente los pilares del sistema coadyuva de modo decisivo al avance del proceso desintegrador del Estado, ya que el «primero defiende la existencia de partidos separatistas, con tal de que no hagan uso de la violencia (aunque –añado yo– puedan practicar el dolo, mediante el engaño de un lenguaje y de un comportamiento ambiguo y torticero), y el segundo, al menos, cuando hace suyo el marxismo, porque entiende que la Patria es un prejuicio burgués, a la que, con toda tranquilidad, se hace pedazos».
Por otra parte, en las dos primeras etapas del proceso se debe salir «al paso de una tendencia peligrosísima, que con toda ingenuidad acepta un buen número de españoles. Indignados por la perpetua perturbación… exclaman: ¡Que se vayan de una vez! Esta pobre solución haría el juego rotundo a los traidores.
Un pueblo que permite la desmembración de su territorio y que otorga sin lucha patentes de nacionalidad a los núcleos insumisos es un pueblo degradado, hundido en la vileza histórica, sin voluntad ninguna de conservación.
Eso de ¡que se vayan de una vez! es una blasfemia».
Ante la posible separación radical, última etapa que pretenden los partidos nacionalistas de tres regiones autonómicas, «hay que alzar con valentía y coraje la bandera del patriotismo español, y proclamar, en nombre del mismo y a los cuatro vientos, que un Estado que no es intérprete de la unidad de España, ni la garantiza ni la logra, es un Estado antinacional».
La descalificación verbal de ese Estado no es suficiente si no se le sustituye por un Estado al servicio de la Nación.
Para ello, como hiciera Ramiro, es imprescindible una presencia organizada, varonil y coherente que, tal y como él describe, comparezca en la vida pública para «ofrecer, sostener, afirmar y recobrar la unidad de España», y no como una «consigna a la defensiva sino como una consigna revolucionaria».
Y ello porque una «España sin unidad no existe, y sin la unidad de España los españoles, todo el pueblo, caerán en la degradación moral más triste y en la ruina económica más negra…; no hay, no puede haber tragedia comparable a la de un pueblo que asiste a la desaparición histórica de su Patria».
Conviene subrayar, para que quede claro, la posición de Ramiro con respecto a las autonomías, posición que coincide con la de José Antonio, es decir, que «no importa la concesión de autonomías administrativas, pues esto favorecerá quizá la eficacia del Estado».
La respuesta de Ramiro no fue tan sólo de carácter personal.
En el Manifiesto político de febrero de 1931 se anunciaba la aparición de una revista, La Conquista del Estado, cuyo primer número vio la luz el 14 de marzo de 1931; y fue en el número 21 de la misma, correspondiente al 10 de octubre del mismo año, donde se anunciaba la fundación de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, cuyos primeros Estatutos se presentaron en la Dirección General de Seguridad el 30 de noviembre, también de 1931.
La Conquista del Estado suspendió su publicación el día 25 de julio con el número 19 y la reanudó el 3 de octubre de 1931 con el número 20. El último, el número 23, se publicó el 24 de octubre.
La revista JONS publicó once números. El primero el 1 de mayo de 1933 y el último el 11 de agosto de 1934.
Las revistas La Patria Libre y Nuestra Revolución son posteriores a la ruptura con Falange. De la primera aparecieron siete números, del 15 de febrero de 1935 al 30 de marzo del mismo año. De la segunda sólo se publicó uno, fechado el 11 de julio de 1936, pocos días antes de producirse el Alzamiento Nacional.
Otras revistas vinculadas a las JONS se publicaron en otras ciudades españolas:
-
Libertad (fundada por Onésimo Redondo) en Valladolid
-
Unidad en Santiago de Compostela (fundada por Santiago Montero Díaz)
-
Patria Sindicalista en Valencia
En estas revistas, y especialmente en sus dos libros ¿Fascismo en España? (que firmó con el seudónimo de Roberto Lanzas) y Discurso a las Juventudes de España, que Gonzalo Fernández de la Mora calificó de «documento político capital y uno de los más importantes de nuestra edad contemporánea», se expone por Ramiro la totalidad de la doctrina jonsista y la actividad desplegada por las JONS; actividad que provocó cuatro veces su detención y encarcelamiento.
Stanley G. Payne, con el que no podemos estar de acuerdo en muchas cosas, sí lo estamos cuando llega a la conclusión de que Ramiro estimaba y proclamaba que «la cualidad neoizquierdista de la revolución nacional y la cualidad nacionalista de la revolución neoizquierdista podía muy bien sintetizarse con la expresión “nacionalsindicalismo”».
Y así fue, en efecto, pues como escribe Antonio Macipe, en el prólogo de su Antología, «el hallazgo más profundo del nacionalsindicalismo radica precisamente en descubrir la última relación entre lo nacional y lo social. Y más que en descubrir, en hacerlo norma de su actuación.
No a un lado un nacionalismo para la Patria —escribía Ramiro— y al otro un sindicalismo para el pueblo, sino un nacionalsindicalismo para el Pueblo español y la Patria española juntos».
De ahí su deseo y su consigna: «nacionalizar no sólo a los trabajadores, incorporándoles a la empresa histórica, es decir, a la causa nacional que España representa, sino a todos los españoles, a todo el pueblo, para ligar su destino con el destino nacional de España».
Lo nacional y lo social son, sin duda, dos fuerzas que, unidas y no enfrentadas, son sumamente eficaces y pueden contribuir, y mucho, a la convivencia pacífica y a la prosperidad de un país.
Lo nacional y lo social unidos son algo así como dos rayas de un mismo ángulo, que juegan como dos palancas que se apoyan en un mismo punto.
De aquí que lo importante es que ese punto de arranque y apoyo goce de la fuerza suficiente para evitar que se resquebraje y que los dos brazos, desunidos, se separen y se comporten a lo loco.
A mi modo de ver —y al concluir este trabajo lo veremos— todo consiste en anclar, y con solidez, la unidad de España, en sus tres vertientes, tal y como la configuraba Ramiro: nacional, social y política, en el factor religioso.
Es propio de Ramiro, que, en principio, lo tuvo en cuenta, el escribir que «hemos tenido y tenemos en España un factor político de carácter religioso, el ingrediente católico».
Es verdad que luego de afirmarlo hace matizaciones que parecen contradecir el «tenemos»; pero acerca del alcance de estas matizaciones hablaremos más tarde.
Lo cierto es que el factor religioso, con su misión concreta y específica, se incorporó a la doctrina del Movimiento Nacional, que, en su esencia, lo hizo suyo.
En efecto, en el VIII de los Puntos iniciales de Falange Española se dice: «Toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico… el Estado nuevo se inspirará en el espíritu católico tradicional de España».
Al texto transcrito se puede añadir el del número 25 del programa de Falange, redactado en noviembre de 1934, después de fusionarse con las JONS:
«Nuestro Movimiento incorpora el sentido católico –de gloriosa tradición y predominante en España– a la reconstrucción nacional».
Por supuesto, el II de los Principios del Movimiento Nacional, de 17 de mayo de 1958, reza así:
«La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional que inspira su legislación».
En idéntica línea, en el párrafo primero del artículo 6 del Fuero de los Españoles, de 17 de julio de 1945, se leía:
«La profesión y práctica de la Religión Católica es la del Estado Español…»
El Caudillo de la Cruzada y jefe del Estado nuevo asumió esa doctrina. Así lo puso de manifiesto tanto con su tarea de reconstrucción de España como en repetidas ocasiones con sus palabras, entre otras las siguientes:
«Nuestro Movimiento, fecundo en sus concepciones, llegó desde los primeros días a la conclusión de que poco se lograría si solamente se atendía a difundir lo patriótico y lo social y se olvidaban los principios espirituales sin los que la sociedad se corrompe y se desmorona.
Así, el Movimiento español proclamó su tesis de fundir lo nacional con lo social, bajo el imperio de lo espiritual».
Pero Ramiro no sólo proyectó su mirada sobre la política nacional, sino que, como una exigencia lógica y coherente de la misma, se ocupó de la política internacional de España.
Y en su enfoque de la misma, creo que sin conocer la del gran tribuno que fue Juan Vázquez de Mella, coincidió con éste.
Vázquez de Mella, con el título de El ideal de España y los tres dogmas nacionales, pronunció un brillantísimo discurso en el Teatro de la Zarzuela de Madrid el 31 de mayo de 1915.
Para Vázquez de Mella esos dogmas no eran otros que:
-
el regreso a España de Gibraltar
-
la federación con Portugal
-
la Confederación con los Estados hispanoamericanos
Con palabras distintas, pero análogas, compartió Ramiro esos dogmas hablando de la vergüenza de Gibraltar y de su recuperación, de una Península Ibérica unida por un solo destino y de la aproximación política, económica y cultural al gran bloque de nuestra América.
En esta dirección de la política internacional es evidente que la España de Franco consiguió que en Naciones Unidas se aprobase —aunque no se haya cumplido por Inglaterra— una resolución que ordenaba la descolonización de Gibraltar, cerrándose la frontera que nos separa de la colonia.
Asimismo, el Bloque Ibérico, que Franco y Oliveira Salazar formaron, contribuyó a fortalecer en todos los sentidos a los dos países y a hacer que sus relaciones fueran más amistosas.
Y con el objetivo de lograr el acercamiento a las naciones hermanas del continente americano y a Filipinas, se creó —y entiendo que rindió mucho— el Instituto de Cultura Hispánica, con sus Colegios Mayores (entre ellos el de Guadalupe, en Madrid), los institutos del mismo nombre más allá de nuestras fronteras y el plan pormenorizado para una comunidad económica con Hispanoamérica.
Tema delicado, pero no menos importante, es, sin duda, el de la postura de Ramiro con relación a los carlistas y la Falange, partiendo de que tanto esta última como la Comunión Tradicionalista, al igual que las JONS, condenaban el liberalismo.
Esta condena, en términos contundentes, la hace Ramiro en diversas ocasiones, con dureza y claridad. Entresacamos algunas de ellas:
«Somos antiliberales».
«El liberalismo (reconoce) derechos políticos a lo que hay en el hombre de antipolítico».
«Se traspasan los principios liberales de los individuos a las regiones».
«La momia liberal (crea) poderes irresponsables que se escudan en su origen democrático para cometer las mayores vilezas contra los intereses de la Patria».
«Asistimos hoy a la ruina demoliberal, al fracaso de las instituciones parlamentarias, a la catástrofe de un sistema económico que tiene sus raíces en el liberalismo político».
«[…por eso] queremos y pedimos la desaparición del mito liberal, perturbador y anacrónico».
La actitud de Ramiro frente a la Tradición y a los tradicionalistas fue correcta y entusiasta, tanto por lo que respecta a la doctrina como a su presencia y a su reacción patriótica y viril frente al liberalismo.
«La Tradición —decía Ramiro— está siempre vigente».
«[Prestamos] fidelidad a la Tradición de la Patria», de tal forma que «la verdadera tradición no tiene necesidad de ser buscada, ya que está vigente en nosotros y basta que nos sintamos ligados a ella de un modo profundo».
«El culto a la tradición es, en efecto, tarea vital e imprescindible».
«Nuestra consigna ha de ser estar en pie sobre la tradición española».
¡Qué aleccionadora resulta la coincidencia de Ramiro con Ángel Ganivet, que en su Idearium español escribía:
«Cuanto en España se construya debe estar sustentado sobre los sillares de la Tradición».
Con respecto a la Comunión Tradicionalista hay dos textos realmente admirables de Ramiro que, a pesar de su extensión, conviene transcribir. Uno de ellos se puede leer en el número 2 de la revista JONS, de 2 de junio de 1933. Dice así:
«Está ya un poco dentro de la tradición española el partido tradicionalista mismo. Las JONS han declarado siempre que recogen de él su temperatura combativa, su fidelidad a los nortes más gloriosos de nuestra Historia y su sentido insurreccional como un deber del español en las horas difíciles y negras…
[que] ha sido a lo largo de todo un siglo de vida española el único para quien las voces nacionales, el clamor histórico de España y nuestro gran pleito con las culturas, pueblos y naciones extranjeras y enemigas constituían la realidad más honda…
En la marcha siempre tendremos un saludo que ofrecer a los tradicionalistas».
El otro texto se encuentra en La Conquista del Estado (nº 22, de 17 de octubre de 1931). Helo aquí:
«El culto a la tradición española se había refugiado casi en su totalidad, durante los últimos 50 años, en las filas entusiastas del carlismo. Nadie puede negar que han militado en el tradicionalismo, poblando los requetés carlistas, grupos de españoles que representan por su decisión y su entereza las mejores virtudes de la raza.
E incluso algún período heroico […] se nutrió del coraje y de la ciega adhesión a la Patria que demostró un sector joven del jaimismo.
Ahora, con la muerte de don Jaime, sin sucesión ni régimen monárquico en España […] es de gran importancia observar la ruta que adopten los núcleos tradicionalistas.
Sería absurdo su aislamiento, recluidos en fidelidades innecesarias. Su acción, en cambio, es hoy precisa para evitar la consolidación de este conato demoliberal que padecemos… y [por] ello sería lamentable no conseguir el concurso activo de los grupos tradicionalistas.
No es legítimo sustraer energías jóvenes, sensibles a la emoción de la Patria, del área donde tienen efectividad los combates de la época […]
Nosotros saludamos hoy con cariño y emoción a los sectores tradicionalistas, amantes fervorosos de nuestra España, que lloran la muerte de su caudillo [y] les pedimos la reintegración inmediata al puesto de lucha que requiere la gravedad del minuto español».
Por lo que hace referencia a las relaciones con Falange Española hay que tomar en consideración aspectos distintos, que van desde los primeros contactos de las JONS con José Antonio y sus colaboradores, hasta la fusión de ambos partidos y la ruptura posterior, muy lamentable, por cierto.
El 29 de octubre de 1933 tuvo lugar, en el Teatro de la Comedia de Madrid, el que puede considerarse como acto fundacional de Falange Española.
En él hablaron Alfonso García Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera. Siendo un adolescente tuve la fortuna de escuchar los discursos. Confieso que me impresionó profundamente el de José Antonio. Me produjo un gran impacto emocional y me marcó para siempre.
A ese acto, que se convocó con el título de Afirmación Española, acudió Ramiro, y en una Circular de las JONS (publicada en el nº 5 de la revista de este nombre) se decía lo siguiente:
«Declaramos a José Antonio persona grata, magnífica y valiosa. [Su] discurso recoge de nuestras cosas todo lo que él puede y hace bien en recoger. En varios lugares del mismo aparecen las consignas jonsistas y nos felicitamos de ello, porque nada hay que decir de la forma irreprochable, nacional y honrada con que lo hizo […] terreno y conquista que logre y efectúe Primo de Rivera las consideramos de algún modo nuestras».
Es curioso que coincidieran Ramiro y Víctor Pradera al comentar el discurso de José Antonio —auténtica convocatoria— como «una bandera en alto», señaló el primero, o, con interrogante, como «¿una bandera que se alza?», el segundo.
El acercamiento entre ambas organizaciones se produjo de inmediato, y en el número 1 de FE, de 7 de diciembre de 1933, colaboraron el propio Ramiro y Juan Aparicio.
El resultado, sin duda, de amistosas conversaciones se refleja en otra Circular de las JONS publicada en el nº 9 (de abril de 1934) de la revista de este mismo nombre, en la que se dice:
«Los amigos de Falange Española seguían un camino tan paralelo al nuestro que ha sido suficiente el contacto personal de los dirigentes de ambas organizaciones para advertir y patentizar totales coincidencias en sus líneas tácticas y doctrinales [que] vamos a constituir un movimiento único».
Los primeros en abrir brecha para lograrlo, se reconoce en FE de 22 de febrero de 1934, fueron «nuestros hermanos de las JONS, guiados por Ramiro», el cual «creyó oportuna y beneficiosa la unificación, y se mostró partidario de ella, con toda generosidad y desprendimiento personal».
«La fusión ya se preveía», anunciaba Juan Aparicio, «como un acto cordial e irremediable, como una atracción mutua en la órbita sideral de España».
Tomás Borrás dice, confirmando este deseo de fusión —muy generalizado en uno y otro grupo, aunque no de forma unánime—, que lo favoreció el hecho, grato a los seguidores de Ramiro, de que «tanto José Antonio como Julio Ruiz de Alda mostraban una marcada tendencia a favorecer las consignas jonsistas, que podrían así imponerse y ser adoptadas por todo el Movimiento. También Onésimo Redondo, cuya opinión pesaba en Ramiro, era partidario de una cohesión colaboradora».
Llevada a cabo la fusión, unos días antes, el 16 de febrero de 1934, se hizo pública en la prensa.
El carnet nº 1 de Falange Española de las JONS José Antonio se lo entrega a Ramiro; y Ramiro, José Antonio y Ruiz de Alda se pusieron al frente del partido.
El acto por el cual se dio a conocer a toda España esta unificación tuvo lugar en Valladolid, en el Teatro Calderón, el 4 de marzo de 1934. Hablaron Julio Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, Ramiro y José Antonio.
El discurso completo de Ramiro se publicó en el nº 5 de JONS, correspondiente al mes de abril de 1934.
Juntos estuvieron Ramiro y José Antonio en la concentración convocada por Falange Española de las JONS que tuvo lugar como protesta por la insurrección marxista-separatista de octubre de 1934 y que reunió a miles de españoles, enfervorizados de patriotismo, en defensa de la unidad de España. La concentración se convocó para el día 7 de dicho mes.
Es evidente que la fusión de ambos partidos llevó consigo influencias recíprocas, no sólo en la doctrina, sino también en la comparecencia política, a través de frases y símbolos concretos.
Si la Falange aportó:
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el «¡Arriba España!» como grito
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la camisa azul como uniforme
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el Cara al Sol como himno
las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista aportaron como consignas:
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«España: Una, Grande y Libre»
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«Por la Patria, el pan y la justicia»
-
el yugo y las flechas como insignia
-
y el rojo y el negro como colores de la bandera.
En el aspecto doctrinal, la impregnación del nacionalsindicalismo en la Falange Española de las JONS fue muy intensa.
Catolicismo, moral nacional y esencia de España
Gonzalo Fernández de la Mora, en su recensión del libro ¿Fascismo en España?, a la que hemos aludido, reproduce unas palabras de Ramiro conforme a las cuales «después de la separación [de la que seguidamente hablamos], Primo de Rivera insiste con más rigor que nunca en las consignas propias del jonsismo, haciéndose intérprete de ellas y su mejor propagador».
En esta misma línea insiste José María de Areilza al escribir lo que sigue: «Ramiro me insistió una y otra vez en que después de la ruptura, la Falange había recogido el contenido entero de sus ideas jonsistas primitivas».
Esta impregnación ideológica, que es lo más importante, no debe ser objeto de censura, como no puede serlo la que el Movimiento Nacional tuvo por las aportaciones doctrinales que al mismo hicieron las fuerzas políticas que le dieron vida, pues no debe confundirse el plagio con la asunción.
Por eso, Ramiro no se enfadó, y menos aún se encolerizó, cuando en el nº 6 de JONS, de noviembre de 1933, leemos:
«Nos resulta imposible enfadarnos ni molestarnos [porque otros utilicen] las ideas, los propósitos y las tácticas de las JONS. Pues un atraco de esta calidad es el único contra el que no se puede reaccionar con violencia.
Si alguien nos quita la cartera es indudable que nos perjudica hondamente. Pero si se intenta utilizar y llevar al triunfo unos ideales políticos que nosotros hemos creado, si se trata de lograr unas metas que nosotros hemos reconocido y señalado como urgentes, la usurpación tiene para nosotros aires de victoria.
Hay que dar las gracias a quien nos atraca».
En cualquier caso, lo cierto es que la ruptura entre las JONS y Falange se produjo.
Un hecho lamentable y triste, al que contribuyeron razones diversas, que sería penoso analizar y que produjo reacciones desagradables, que no voy a reproducir.
La escisión se dio a conocer en el Heraldo de Madrid del día 14 de enero de 1935, y en la revista Patria Libre se publicó un Manifiesto titulado «Las JONS rompen con FE». Fue en el nº 1 de 16 de febrero de 1935.
Sumamente importante y debatido es el tema de la religiosidad de Ramiro Ledesma Ramos. De lo que no cabe la menor duda es que dicho tema se relaciona, y muy directamente, con su actitud personal, con el programa de las JONS y con lo que dijo de los católicos y de la Iglesia. Vamos a ocuparnos de ello.
Creo sinceramente que de la cultura excepcional de Ramiro no formaba parte la Teología. Por ello, cuando hace referencia al catolicismo como religión, a los católicos como ciudadanos y a la Iglesia como institución, hay que interpretar lo que objetivamente quería decir.
En todo caso, y sin negar su posible agnosticismo, está claro que jamás se pronunció como anticatólico y que no renunció a ocuparse de un tema que hondamente le preocupaba.
Ya el 15 de octubre de 1930 tituló así su artículo en La Gaceta Literaria: «El concepto católico de la vida». Emiliano Aguado entiende que para Ramiro «no había más que dos modos posibles de vida: el que brota de la entrega a la seducción de cada instante y el que se logra cuando nos sentimos asistidos de la mano de Dios».
Cuando, inquieto por la suerte de España, entró en política y funda las JONS, no quiso marginar el tema religioso. He aquí algunas de sus frases:
• «[Hemos de] realizar el destino… católico de nuestra raza».
• «[Las JONS postulan] el máximo respeto para la tradición religiosa». (Punto tercero de su programa)
• «Parece incuestionable que el catolicismo es la religión del pueblo español y que no tiene otra. Atentar contra ella, contra su estricta significación espiritual y religiosa, equivale a atentar contra una de las cosas que el pueblo tiene, y ese atropello no puede nunca ser defendido por quienes ocupen la vertiente nacional. Todo esto es clarísimo y difícilmente rebatible, aún por los extraños a toda disciplina religiosa y a toda simpatía especial por la Iglesia».
• «Gracias a España, al genio español, visible y eficaz tanto en el Concilio de Trento, con sus teólogos, como en los campos de batalla bajo el pendón de la Cruz católica, el catolicismo ha sobrevivido en Occidente esperando en Roma una nueva coyuntura de aspiración a la unidad espiritual del mundo. Sin España, sin su siglo XVI, el catolicismo se habría anegado y la vida religiosa de Europa estaría representada en su totalidad por un conjunto de taifas nacionales más o menos cristianas».
• «España descubría y conquistaba territorios con la cruz en la mano y los ganaba para la fe católica, contribuyendo ésta luego a hacer sólidas las conquistas y a nacionalizar a los nuevos súbditos con el sello profundo de la fe».
• Por fin, protestando por el incendio de iglesias del 11 de mayo de 1931 —no había hecho un mes de la proclamación de la II República— escribió:
«Saciar el entusiasmo revolucionario quemando conventos es el más claro indicio de la limitación revolucionaria de las turbas».
Al lado de estas declaraciones bien explícitas sobre el catolicismo como religión, al referirse a su papel en las tareas de reconstrucción nacional, aunque no lo descarta, no lo estima fundamental.
En su Discurso a las Juventudes de España dice:
«La empresa de edificar una doctrina tradicional… es algo que puede ser realizado sin apelar al signo católico de los españoles, y no sólo eso, sino que los católicos deben y pueden colaborar en ella, servirla en nombre de su patriotismo, y no en nombre de otra cosa».
Y en ¿Fascismo en España? señala al catolicismo como:
«Un estimulante [que sólo] puede quizá servir… cuando es la religión de todo el pueblo, es decir, cuando la unidad religiosa es efectiva.
Por eso, en el siglo XVI español el catolicismo actuó como potenciador de la expansión nacional y como instrumento rector de la vida política.
[Pero] la situación ha cambiado. Hoy el catolicismo no influye sino en una parte del país, y comprende además en su seno una gran porción de gentes desprovistas de espíritu nacional brioso.
En esas condiciones, y si la dirección de las masas católicas no está en manos de patriotas firmísimos, el factor religioso y católico en la España actual puede muy bien, no ya ser ineficaz su posible vigorización española, sino hasta convertirse en un instrumento de debilidad y resquebrajamiento».
Por otra parte, «el español católico no es por fuerza, y por el hecho de ser católico, un patriota. Puede también no serlo, o serlo muy tibiamente».
Entiendo que cuanto dice Ramiro en la segunda parte del texto que acabo de reproducir no hace otra cosa que dar cuenta de una realidad que, en el tiempo presente, se ha ido generalizando y que es, además, alarmante.
Han sido, y son, los católicos —por supuesto desorientados por la jerarquía de la Iglesia— los que, sobreponiendo sus intereses a la fe y agrupados en partidos que se decían de inspiración cristiana, como Alianza Popular, la Unión de Centro Democrático y el Partido Popular, sostienen un sistema político que se rige por una Constitución laica, inspiradora de una legislación y alentadora de unas costumbres que descristianizan a nuestro pueblo y que desnacionalizan a España.
Refiriéndose en concreto a Acción Popular, escribía Ramiro que:
«Acción Popular es un partido que puede ocasionar a nuestro movimiento jonsista el perjuicio de arrebatar de sus filas a un sector de Juventudes Católicas, a las que una interpretación tendenciosa y una educación política falsa pueden situar a extramuros de la causa nacional española, para convertirlas en adalides de una ruta desviada […] e indefendible, perturbadora y enemiga en la España nuestra».
Se trata, ciertamente, de un neocatolicismo mariteniano y liberal, en su triple vertiente religiosa, política y económica, condenado reiteradamente por el más alto magisterio de la Iglesia.
Gregorio Marañón, huido de la zona roja y refugiado durante la Cruzada en París, calificó esta tendencia como:
«neocatolicismo literario y rojo; espiral muy curiosa de la actual fauna ideológica».
Es evidente que esos católicos no son aquellos en cuyas manos se pueden poner los destinos de España.
Ahora bien: este enfoque clarividente de Ramiro no se conjuga con su vehemente propuesta de sustituir —teniendo en cuenta, sobre todo ahora, el comportamiento del catolicismo progresista y de la teología, tanto liberal como de la liberación— la moral católica por lo que él denomina moral nacional, que, dice, no «equivale a la moral religiosa (pero que) no es contraria a ella. Es simplemente distinta y alcanza a todos los españoles por el simple hecho de serlo, y no por otra cosa que además sean».
De aquí que el hecho de que los españoles —o muchos españoles— sean católicos no quiere decir que sea la moral católica la moral nacional.
Insistiendo en su idea, Ramiro dice que:
«Algún día la unidad moral de España era la casi unidad católica de los españoles. Quien pretenda en serio que hoy puede asegurarse tal equivalencia demuestra que le nubla el juicio su propio y personal deseo.
España, camaradas, necesita patriotas que no le pongan apellidos. El yugo y las saetas, como emblema de lucha, sustituye con ventaja a la cruz para presidir las jornadas de la revolución nacional».
Duras son estas últimas palabras de Ramiro.
Yo entiendo que para una tarea de reconstrucción de España se precisa el apellido, porque, al igual que a los humanos no se nos identifica por el nombre sino por el apellido o los apellidos, igual sucede con las naciones, que tienen, además de una personalidad jurídica, una personalidad política.
Incurre aquí Ramiro en una contradicción —explicable por el dramatismo de la situación que contemplaba— ya que al mismo tiempo afirma que:
«España es uno de los pueblos que más necesitan poner sus destinos en manos que interpreten con el máximo rigor y fidelidad su propia esencia, ya que sólo así rendirá efectivamente consecuencias fecundas de orden histórico».
Vida, sacrificio y legado de Ramiro Ledesma Ramos
Y ¿cuál es la esencia de España, la que por su historia se identifica como el «Cristo de los pueblos», tal y como llamaba a nuestra nación el otro Ramiro, Ramiro de Maeztu?
Olvidar la esencia católica de España, cuando España, como «Cristo de los pueblos», sufre su pasión, victimada por los que la traicionan, por los que desertan o por los que negocian y pactan con quienes tratan de destruirla, o por los tibios que indiferentes presencian su calvario y pretenden sustituir su esencia por otra que margina el catolicismo auténtico, militante, evangelizador, martirial y heroico, es algo incoherente.
El yugo y las flechas simbolizan a la España que no ha dejado de ser ella misma, a la España de los Reyes Católicos. El yugo y las flechas, bordadas en las camisas azules y en las banderas de Falange, fueron presididos por la Cruz, y no podemos olvidar que fue con esa Cruz enarbolada con la que se obtuvo la Victoria: In hoc signo vinces.
La moral nacional, por lo que respecta a España, no puede ser otra que la moral católica, que es necesario rehacer y no marginar reemplazándola por otra utópica y que desconoce la esencia de la nación. Esa esencia católica es una de las que hay que incluir en el «¡Vivan los valores hispánicos!» de Ramiro.
Quiero insistir en esto, porque una Patria sin apellido sería, al perder su identidad, algo así como un recipiente vacío en el que se puede echar cualquier cosa; o como un estuche en el que se guarda una joya o la insignia de una sociedad secreta; o como un ser humano, en el que no es indiferente que sea varón o hembra, alto o bajo, esbelto o grueso, inteligente o tonto, guapo o feo, policía o terrorista, bienhechor o asesino.
Más que un recipiente o un estuche, podemos imaginar la Patria como un árbol que hunde sus raíces en tierra fértil y que, plantado en el mejor sitio, abonado y regado a tiempo, nos proporciona fruto de calidad y abundante.
Si ese árbol se trasplanta a tierra yerma, o no se le cuida como requiere, acabará secándose.
En realidad, no tenemos una Patria que nos pertenece y de la que podemos disponer a capricho. La Patria se nos ha dado y la recibimos; tiene un alma —metafóricamente hablando— y una vocación a la que el verdadero patriota se debe.
Cuando ello es así, y los hijos de la Patria permanecen fieles a esa vocación, ínsita en su nacimiento y puesta de relieve en su mejor historia, la Patria se fortalece.
Por el contrario, cuando la infidelidad se generaliza, la Patria decae, degenera, no se reconoce a sí misma y corre el gravísimo peligro de desintegración.
Es evidente que, si se busca la esencia y la unidad de España en una moral nacional, es porque se aprecia que no existe. Es tan sólo un futurible no experimentado.
Lo que sí está experimentado, y así lo reconoce Ramiro, es que esa unidad y su historia mejor se hicieron cuando la moral nacional era moral católica. Lo lógico es que, para aplicarla al tiempo nuevo y resolver los gravísimos problemas de hoy, sea necesario rehacer la unidad religiosa perdida mediante una nueva y apostólica evangelización de nuestro pueblo, a fin de que la moral nacional tenga su raíz en la moral católica.
Así lo entendía don Marcelino Menéndez y Pelayo cuando nos decía:
«La unidad se la dio a España el Cristianismo y esa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra».
De aquí que, si esa esencia católica no se identifica con la moral nacional, sea cierto —como el propio Menéndez y Pelayo escribe— que:
«El día en que acabe de perderse España volverá al cantonalismo de los Arévacos y de los Vectones o de los reyes de Taifas».
Es verdad que hoy la unidad católica no existe, porque una política equivocada, antiespañola y anticristiana, la ha triturado; y si continúa, la convertirá en musulmana o pagana.
Pero en la búsqueda complicada de ese tesoro inapreciable de la unidad y de la moral católicas —«sin parar para conquistar», según el lema jonsista— no debemos sustituir, como objetivo, el diamante por la fantasía.
Hemos de tener presente que la unidad católica no exige que todos los españoles sean católicos o que, siéndolo, sean practicantes.
Una cosa es la fe católica y otra la cultura católica.
Ésta, que es la imprescindible desde el punto de vista político, requiere tan sólo el respeto a la ley natural y a la moral objetiva, que interpreta con todo escrúpulo el catolicismo, haciéndolas suyas y aspirando a que impregnen a la sociedad.
No debía estar muy convencido Ledesma Ramos de que la simple «moral nacional» —especialmente cuando el concepto de nación está controvertido y no pesa lo suficiente en la inteligencia, en la conciencia y en el corazón de los españoles— pueda convertirse en roca sobre la cual España, al reconstruirse, sea ella misma.
Lo revela el que en otro lugar diga:
«No constituimos un partido confesional [pero] vemos en el catolicismo un manojo de valores espirituales que ayudarán eficazmente nuestro afán de reconstruir y vigorizar, sobre auténticas bases españolas, la existencia histórica de la Patria».
Continuando en otro lugar:
«Tenemos bien probada nuestra fidelidad a las supremacías civiles, que en nuestra Patria, por fortuna, no se presentan en pugna —aunque otra cosa digan los mentecatos— con las fidelidades católicas».
Pero la prueba más evidente de cómo pensaba Ramiro en el fondo la encontramos aquí:
«¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio?
La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma viva de España; es la Historia de España».
En cuanto a la Iglesia como institución conviene destacar que Ramiro no llega a distinguir las dos vertientes de la misma, como Ecclesia iuris y como Ecclesia caritatis, es decir, su aspecto divino —Esposa de Cristo y a la vez Cuerpo místico— y su aspecto humano, como societas fidelium, de la que forman parte tanto los que desempeñan la función docente como la discente.
Sólo se vislumbra el primer aspecto cuando escribe:
«La Iglesia puede decirse que fue testigo del nacimiento mismo de España como ser histórico. Está ligada a las horas culminantes de nuestro pasado nacional y en muchos aspectos unida de un modo profundo a dimensiones españolas de calidad alta».
Las demás alusiones que Ramiro hace a la Iglesia católica entiendo que contemplan tan sólo su aspecto humano. A veces sus acusaciones son injustas y desproporcionadas, y dan la impresión de que esas críticas afectan —por no aclararlo— a su vertiente sobrenatural y, por tanto, a la Iglesia como depositaria de la Revelación y como administradora de los Sacramentos, a través de los cuales la gracia nos hace hijos de Dios y partícipes de su vida.
No podemos compartir frases como éstas:
«Hay muchas sospechas y más que sospechas de que el patriotismo al calor de las Iglesias se adultere, debilite y carcoma».
«[La Iglesia], con tal de salvar ciertos intereses de cierto clero, pactará incluso con el demonio».
«No aceptamos la disciplina política de la Iglesia, pero tampoco seremos nunca anticatólicos».
«Nada sobre el Estado, ni la Iglesia, por muy romana y católica que sea».
«Es execrable que la Iglesia haya sido durante muchos años sostenedora y amparadora de todos los abusos y de todos los crímenes contra la prosperidad y la pujanza del pueblo español».
Entiendo que la debilitación del patriotismo de muchos católicos no se debe a que la Iglesia, por su doctrina, contribuya a esa debilidad, sino todo lo contrario. Para la Iglesia el patriotismo es una virtud, y el amor a la Patria se incluye en el cuarto Mandamiento.
Otra cosa es que hombres de Iglesia no sean fieles a esa doctrina, como el propio Ramiro señala, y como hoy se pone más de relieve todavía ante el comportamiento de quienes, confesando que son católicos, en política apoyan con su voto, en las elecciones, a quienes de modo ostensible negocian con valores que no se puede negociar.
Es cierto —y están a la vista— que en algunos países, como en España, ha habido y hay pactos escritos o verbales, expresos o tácitos, que, de facto al menos, explican elogios, silencios y pasividad por parte de la jerarquía eclesiástica ante sistemas políticos cuya filosofía y cuya praxis en acción son beligerantes contra el catolicismo y contra la Iglesia.
Sistemas que realizan verdaderos lavados de cerebro y de conciencia, que corrompen la mentalidad y la moralidad de la gente; y ello a la vez que no respaldan ni alientan a quienes, venciendo al miedo y siendo consecuentes con su fe, libran una batalla arriesgada y difícil contra esa política nefasta.
Esos pactos no deben ser imputados a la Iglesia que vemos, es decir, a la militante y peregrina en la tierra. Son los hombres los que la integran, y los hombres son los que integran las Conferencias episcopales, que, como todos los demás hombres, por un lado pueden equivocarse y, por otro, siendo pecadores como los demás hombres, pueden caer en la tentación de ser cobardes, miedosos y hasta pactistas, incluso en aquello que no se puede pactar por ser dogmático, tratándose de la fe, o invariable, tratándose de la moral.
No hay en esa conducta pactos con el diablo, pero sí comportamientos antipastorales; sin echar en olvido que, si los miembros de la Ecclesia iuris pecan, en la Ecclesia caritatis —se trata de una sola Iglesia— mediante el Sacramento de la reconciliación el pecado se perdona.
La no aceptación de la «disciplina política de la Iglesia» y el «nada sobre el Estado, ni la Iglesia, por muy romana y católica que sea», son frases que hieren los oídos, sobre todo cuando la Iglesia no trata de disciplinar ni de sobreponerse al Estado, sino de colaborar con él, ya que el católico y el súbdito son una misma persona, y entenderse entre ambos para resolver los problemas que pueden plantear las llamadas «cuestiones mixtas».
En temas políticos, la Iglesia, según su propia doctrina y cumpliendo con su misión evangelizadora, lo único que pretende es iluminar a los hombres con la luz que proyecta la Verdad revelada.
La Iglesia —según esa misma doctrina— no confunde la religión con la política, ya que lo único que pretende, como subraya Corts Grau, es que la política se inspire en los principios de la moral católica, que son los que la dignifican.
En cuanto a que «la Iglesia, durante muchos años haya sido amparadora de abusos y crímenes», no hay palabras que puedan suavizar la durísima acusación. Decir algo tan grave exigiría una enumeración de tales abusos y crímenes y, además, probarlos, para que puedan esgrimirse por cuenta propia y no recogidos de quienes odian a la Iglesia.
Es posible que en el transcurso de los siglos alguno o algunos —clérigos o laicos— hayan cometido abusos o crímenes, de los cuales, en el plano moral y en el penal, son responsables; pero imputar a la Iglesia el quebranto de la ley positiva y de la ley de Dios es erróneo e injusto, sólo explicable por la influencia que en Ramiro pudo tener la lectura de ciertos libros poco recomendables y que hacen daño si no se conoce a fondo la historia de la Iglesia.
Finalmente, y por lo que respecta al comportamiento personal de Ramiro, como bautizado, pero posiblemente no evangelizado, quiero decir que me impresiona. Es un ejemplo de honorabilidad y de humildad, y ambas engrandecen y dignifican su figura.
Para dar a conocer desde esta perspectiva a Ramiro Ledesma Ramos —que es la más trascendente— creo oportuno traer a colación lo que nos cuenta el P. Manuel Villares, que pudo conversar largamente con él como compañero de cárcel.
El P. Villares escribe que:
«Ramiro fue un equivocado por un empacho de ciencia mal digerida y por no tener en sus primeros tiempos nadie que le orientase sobre estos problemas. De tal forma que aquella fe ingenua y sencilla que su madre le inculcara de niño había quedado soterrada ante el aluvión de ciencias y pseudociencias que su curiosidad intelectual había devorado en los años universitarios.
Pero ahora todo aquello se venía abajo. En aquellas trágicas circunstancias que vivíamos quedaba él solo, con su vida escueta y sin que le valiera de nada todo su bagaje intelectual para resolver el tremendo problema de la muerte.
Desde el día que le detuvieron —él me lo confesaba— le obsesionaba el problema del más allá y no encontraba en sus ideas filosóficas idónea solución para él».
Pero lo que no encontró en la filosofía lo encontró en su búsqueda, con ahínco, de la Verdad.
Como sigue contando el P. Villares, una noche la gracia surtió sus efectos y en el patio de la cárcel le dijo:
«Creo ya con la fe ingenua con que crecí cuando era monaguillo en mi pueblo».
Y esa fe se completó con obras cuando, en la cárcel, se confesó el 28 de octubre de 1936 con el P. José Ignacio Marín, que más tarde sería párroco —y párroco ejemplar— de San Ginés, en Madrid.
Fue la víspera de su muerte. Le sacaron de la cárcel de las Ventas, con otros presos, milicianos del Ateneo libertario de La Elipa.
Se abalanzó sobre un miliciano, diciéndole:
«A mí me mataréis donde yo quiera y no donde vosotros queráis».
Entonces otro miliciano le disparó un tiro a bocajarro y quedó muerto en el acto.
Así murió Ramiro Ledesma Ramos, se lee en Juventud, de 25 de octubre de 1951:
«Abrazado a la espada como un Nibelungo, como un héroe. Pero también con espíritu cristiano, abrazado a la Cruz y confortado y sostenido por la de Cristo. Como un español, que en los momentos decisivos de la vida no puede dejar de ser cristiano».
Había nacido en Alfaraz (Zamora) el 23 de mayo de 1905. Le fusilaron el 29 de octubre de 1936. Tenía 31 años.
Santiago Montero Díaz comenta así la muerte de Ramiro:
«Había vinculado su vida al destino de España. Y en horas trágicas para España, Ramiro penetró con segura grandeza en el desenlace, también trágico, de su existencia».
Los restos de Ramiro —como los de Maeztu, con el que tuvo una cordialísima amistad— reposan en el cementerio de Aravaca.
Quiero terminar este trabajo reproduciendo la pregunta que Ramiro hacía a tantos españoles de su tiempo, que de algún modo tuvieron responsabilidades políticas de suma importancia en el Régimen nacido del 18 de julio de 1936.
La pregunta corresponde al último párrafo de su Discurso a las Juventudes de España, y es ésta:
«¿Podría ocurrir que, dentro de cuarenta o cincuenta años, estos españoles que hoy son jóvenes y entonces serán ya ancianos contemplen a distancia, con angustia y tristeza, cómo fue desaprovechada, cómo resultó fallida la gran coyuntura de este momento, y ello por su cobardía, por su deserción, por su debilidad?»
