Montaje histórico sobre el proceso que condujo a la independencia de Marruecos en 1956 y el papel desempeñado por España, Francia y Mohamed V.
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1. El planteamiento de la cuestión
1. Los principales consejeros de Franco estuvieron siempre de acuerdo con éste en reconocer en Portugal, Hispanoamérica y, en general, el mundo islámico, amigos naturales de los que no convenía distanciarse. Las naciones árabes que estaban saliendo de una postración de siglos a través de movimientos nacionalistas e independentistas, no constituían tan sólo el apoyo para el ingreso en la O.N.U. que ya comenzaba a prepararse: eran también potenciales clientes para la tecnología española, acreedores cada vez más poderosos a causa del petróleo y partes de una política en la que España estaba interesada también desde hacía siglos, la protección de los Santos Lugares. Al comenzar el año 1951 la política de amistad con los árabes exigía el manejo cuidadoso de tres puntos clave: Damasco-Beirut, en donde Artajo había situado a José Luis los Arcos, que hablaba bien el árabe, Jerusalem en donde el duque de Terranova ocupaba tan singular consulado, y El Cairo, adonde había sido enviado Domingo de las Bárcenas, diplomático importante, de quien ya nos ocupamos al tratar de Roma en 1943. En enero de 1951 Bárcenas hizo un viaje a Jeddah para establecer las plenas relaciones con Arabia Saudí que serían atendidas de momento por un encargado de negocios con residencia en El Cairo.
Cuando Israel, en 1951, decidió trasladar a Jerusalem su Ministerio de Asuntos Exteriores, las naciones de predominio católico, Italia, Francia y Bélgica, protestaron. España se unió a ellas y presentó la protesta en Washington.
La cuestión marroquí tendió a envenenarse tras el viaje de Mohammed V a París. El Ministerio español de Asuntos Exteriores preparó un estudio acerca de la actitud francesa y recogiendo la documentación accesible de los dos años anteriores llegó a la conclusión de que el Gobierno de París no parecía dispuesto a abandonar el Protectorado. España era co-protectora, pero bajo condiciones más delicadas que Francia porque poseía tres zonas fronterizas: las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, el territorio de Ifni, de dudosa adjudicación, y la provincia de Río de Oro o Sahara español. Además una importante actividad pesquera se alimentaba de aguas próximas a esa costa africana. En El Cairo circulaban rumores de que Francia preparaba un golpe de Estado contra Mohammed V ante el que España no podía permanecer indiferente. En El Cairo residía ahora el enemigo de otros tiempos, Abd el Krim. Un nacionalista marroquí hizo llegar a Lequerica la noticia de que el residente francés, general Juin, proyectaba asesinar a el Glaui, bajá de Marrakesh, para culpar de ello a los nacionalistas y desatar de este modo la persecución y la destitución de Mohammed V.
La crisis de Marruecos se avecinaba y, ante ella, los países árabes cerraron filas. El secretario de la Liga árabe entregó, el 6 de marzo, un mensaje para Franco solicitando su apoyo, y envió, con visado español, a un agente suyo a Tánger para que le informara de los acontecimientos. Desde Damasco, José Luis los Arcos confirmaba la opinión de Bárcenas: Siria y Egipto tienen interés en que se manifieste la amistad de España por medio de acuerdos. Se intensificaron también las relaciones con Turquía y con el Sha de Persia.
2.
Al empeorar la situación en el norte de África, aumentó la importancia y conflictividad de Tánger de donde, el 14 de abril de 1951 fueron expulsados los periodistas egipcios porque su trabajo se reducía a acciones políticas. Francia intentaba a la vez dar la sensación de que las autoridades españolas marchaban al unísono de las suyas —la prensa gala destacó la visita del Alto Comisario a Rabat en junio de 1951— y aumentar su influencia en Tánger. Pero España podía jugar todavía una carta muy valiosa, la de su prestigio entre las naciones musulmanas. El cónsul general español en Tánger, Cristóbal del Castillo, aprovechó la coyuntura, que le permitía contar con un respaldo de opinión marroquí nada despreciable, para forzar el retorno al status existente antes de la guerra. Alegando el artículo 25 de las normas en vigor, bloqueó la temporada de juego de las fiestas del Purim, buena fuente de ingresos para las finanzas de la ciudad internacional. Cuando los franceses establecieron el servicio marítimo Marsella-Tánger, el cónsul español se negó a cualquier arreglo en la utilización de los muelles a costa del correo de Algeciras.
Protestaron los franceses y el diplomático español replicó que las normas vigentes habían sido establecidas contra la voluntad de su país, el cual no tenía inconveniente en retornar al viejo estatuto. Comenzaron negociaciones. El 2 de mayo de 1952 los embajadores francés y británico en Lisboa comunicaron al español que sus Gobiernos respectivos estaban dispuestos a restablecer el Estatuto de 1928. El Gobierno español elaboró una lista de condiciones que debían serle restituidas —paridad en higiene, puerto, aduanas y comunicaciones, más puestos en la Asamblea, garantía de la peseta y supresión del adjunto para asuntos musulmanes—. La Alta Comisaría aprovechó también aquella oportunidad para llamar una vez más la atención sobre las antiguas aspiraciones de ampliar los territorios de soberanía correspondientes a Ceuta y Melilla.
Las negociaciones desembocaron en el acuerdo de 15 de noviembre de 1952 restableciendo el Estatuto. De este modo España podía nombrar un administrador, el Jefe de policía y la tercera parte de los comisarios así como restablecer los servicios de Información que poseía en 1928.
3. España tomó en 1952 dos medidas para evitar verse arrastrada por la política francesa: una consistió en ofrecer un mayor grado de autonomía al Jalifa y las autoridades de él dependientes; la otra en estrechar los lazos de amistad con Portugal en la que no faltaban pequeños elementos perturbadores. Un año antes, la muerte del presidente Carmona (17 de abril de 1951) había dado ocasión a Franco de mostrar sus sentimientos amistosos, decretando tres días de luto nacional y enviando una delegación presidida por el Ministro de Asuntos Exteriores a las honras fúnebres. Algunos colaboradores de Oliveira Salazar trataron de convencer a éste de que ocupase la Presidencia de la República, pero él se negó. Un militar resultaba, en su opinión, más adecuado para equilibrio del Régimen.
Los días 14 y 15 de abril de 1952 Franco y Oliveira Salazar se reunieron en el parador nacional de Ciudad Rodrigo, como acostumbraban hacerlo, desde años, cuando existían problemas especialmente importantes. Es seguro que en esta reunión dio Franco a su aliado información sobre el estado de sus propias negociaciones con los Estados Unidos, explicando asimismo su postura en relación con la O.T.A.N. y con las comunicaciones que, en caso de guerra, habrían de establecerse entre Portugal y Francia a través de territorio español. El Generalísimo advirtió —sin duda para que Oliveira lo comentase con los otros miembros de la Alianza— que nunca concedería derecho de tránsito a los soldados de la O.T.A.N. salvo si fuese necesario para la propia defensa.
En la entrevista, a la que asistieron Juan Vigón, Carrero y Nicolás Franco, se trataron también otras dos cuestiones de interés común: la agitación comunista, coincidente como sabemos con las negociaciones de Estados Unidos, y el acercamiento a los países musulmanes. Desde Radio Varsovia, Radio Moscú y Radio España Independiente —en realidad Praga— se estaban repartiendo consignas a los comunistas españoles para una campaña de huelgas y desórdenes políticos que podían extenderse a Portugal.
Una misión española, presidida por Martín Artajo, pero en la que figuraban los marqueses de Villaverde, el general Mizzian, Emilio García Gómez, gran arabista, y Pedro Gómez Aparicio, realizaba por estos mismos días un viaje a El Cairo, Amman y Bagdad, por invitación oficial de estos gobiernos. Fue recibida con gran entusiasmo y pudo comprobar algo que ya sabía —los árabes no tenían ninguna clase de prejuicios hacia el Régimen español— y algo que ni siquiera barruntaba: la creciente animadversión hacia la política norteamericana de apoyo a Israel.
El Gobierno español comprendió entonces la importancia de una faceta muy peculiar de sus negociaciones con Estados Unidos: si adoptaba una actitud no colonialista, podría ganar bazas importantes en relación con el Islam.
El Ministro español era portador de un mensaje del Generalísimo en el que, si apartamos toda retórica, excesiva según el gusto de los destinatarios, se encuentran los tres ejes que dictaban la política española respecto al Islam:
a) En la actual coyuntura del mundo y en contraste con el agotamiento de otros países, se contemplan el resurgimiento de los árabes y el desarrollo de los iberoamericanos. Con ellos está el futuro.
b) España, que tiene en común con el Islam «vínculos de sangre y siglos de Historia», puede ofrecer, de acuerdo con esa tradición, «ejemplos de comprensión y de colaboración internacional desinteresada y generosa».
c) Las relaciones con Portugal y con los países iberoamericanos, dentro de un «concepto de Hispanidad», es decir, no político ni económico, proporcionan el modelo de lo que puede ser también esta cooperación «en el área de sus ideales y de sus comunes intereses».
No faltó, en esta ocasión tampoco, la voz del cardenal Segura. En su carta pastoral del 14 de junio de 1952 dijo que la amistad con los musulmanes constituía un acto de traición al catolicismo.
II. La destitución de Mohammed V
1. Franco iba a encontrarse con un problema que desbordaría el lento ritmo que procuraba dar a todos los asuntos, precisamente en el escenario que presenciara los comienzos de su carrera militar. En diversos momentos comentó, no sólo con interlocutores musulmanes sino con sus propios colaboradores, que la unidad e independencia de Marruecos deberían ser restablecidas, pero estimaba en veinticinco años el plazo de tiempo necesario para que este Reino alcanzase la preparación técnica que le evitase girar como un satélite en torno de Francia. No quería que el fin del Protectorado significase una supeditación marroquí a la economía francesa, con perjuicio de España. Según él, el modo mejor de tratar el problema consistía en negociar un acuerdo con el Sultán estableciendo las diversas etapas, de modo que Marruecos tuviera cada año la sensación de que efectuaba un progreso. Para el Gobierno español las negociaciones tendrían que establecer además las garantías territoriales precisas en torno a Ceuta y Melilla, así como el futuro de las relaciones en la frontera meridional.
Pero los acontecimientos se precipitaron. Mientras que España intentaba atraer a los marroquíes hacia su programa, otorgando autonomía que era anuncio de la progresiva transmisión de funciones, el mariscal Juin, protector de los colonos, forzaba a Mohammed V a la firma de decretos de reforma destinados esencialmente a mermar la autoridad del Sultán en beneficio en definitiva de la del Residente General que permanecía inalterable y detentaba la soberanía del Estado. El relevo de Juin por el general Guillaume, antiguo colaborador de Lyautey, no mejoró las cosas. El nuevo Residente General apoyó a los colonos y comenzaron enfrentamientos y desórdenes que culminaron con las sangrientas jornadas de Casablanca en diciembre de 1952.
El 10 de junio de 1953 el Alto Comisario español, García Valiño, advirtió a Franco de la maniobra que proyectaban los franceses: valiéndose de dos notables tradicionalistas, Si Hadj Thami al-Glaui, bajá de Marrakesh, y Si Abdel Hai el Kettani, trataban de promover la dimisión del Sultán. García Valiño quería que se presentase una nota de protesta pero el 4 de julio Franco le recomendó esperar. El Alto Comisario se mostraba abiertamente partidario de que España defendiese los intereses marroquíes; en los discursos que tanto él como el Jalifa de la Zona, pronunciaron en julio de 1953 con ocasión de la Pascua de Aid el Qebir, estas ideas se transparentaron muy claramente. Tal vez por esta razón García Valiño era contrario a los proyectos de mejora de comunicaciones entre Ceuta y Tánger.
2. El general Guillaume, de acuerdo con Bidault, Ministro entonces de Asuntos Exteriores, decidió que la mejor solución era destituir a Mohammed V y enviarle al destierro a Madagascar (20 de agosto de 1953), sin consultar siquiera a la otra potencia protectora, requisito al que conviene advertir que no estaba obligado. Al día siguiente fue entronizado un pariente del depuesto, Mohammed ben Araba. Muchos de los partidarios de ben Yussef y dirigentes del Istiqlal —entre ellos Allal el-Fassi y Ahmed Balafrej— se refugiaron en la Zona española del Protectorado. García Valiño pretendía convencer a Artajo de que se hiciese algún acto de protesta.
El 31 de agosto de 1953, desde Tetuán, el Jefe del Gabinete diplomático de la Alta Comisaría, llamaba por teléfono a Navasqués, Subsecretario de Asuntos Exteriores, para decirle que García Valiño estaba indignado porque los cónsules generales en Rabat (conde de Torate) y Casablanca (Moralejo) habían ido a recibir a ben Arafa a su llegada a la capital. Casi al mismo tiempo telefoneaba desde Tánger Cristóbal del Castillo para recomendar a Martín Artajo que no tomase ninguna medida hasta que él mismo le informara en San Sebastián. Pero Rafael García Valiño no dio tiempo: el 3 de setiembre reclamó instrucciones porque se acercaba la oración del viernes y era preciso saber si se consentiría al Jalifa mencionar en ella a ben Arafa.
Artajo pasó a Franco, en la tarde de aquel mismo día, una de sus notas manuscritas:
«El Alto Comisario de Marruecos me consultaba por teléfono esta mañana sobre el reconocimiento del Sultán. Le he dicho:
1.º Que un reconocimiento formal, jurídico, por parte del Gobierno español no es procedente (acompaño informe sobre este punto).
2.º Que un acatamiento por parte del Jalifa, con algún acto de pleitesía (oración, presentes, etc.) no era de mi incumbencia decidir si procede.
Espero que, en vista de ello, habrá llamado a S.E. por teléfono pues no quería que llegase la oración de mañana, viernes, sin resolver».
3. La intención del general García Valiño era, evidentemente, impedir al Jalifa que reconociese al Sultán impuesto por Francia, prestando apoyo en cambio a los partidarios de ben Yussef, a quienes consideraba defensores de la legitimidad pero que eran al mismo tiempo partidarios de la inmediata independencia de Marruecos. Es probable que se haya excedido en su conducta al permitir que se utilizasen los micrófonos de Radio Tetuán para una campaña contra Francia y en favor del nacionalismo marroquí. A pesar de esto, y de que había concedido la medalla de la Medauhia al general Beigbeder, en un gesto de camaradería que no consultó, Franco le conservó en todo momento su apoyo.
Martín Artajo compartía esta opinión pero con mayores cautelas. Según él lo que se estaba produciendo era una maniobra francesa para sustituir el Protectorado por una directa anexión de Marruecos a su enorme imperio norteafricano. Desde luego el Jalifa no estaba obligado a mencionar a Arafa en la oración.
El 21 de enero de 1954 García Valiño pronunció en Tetuán un discurso de tono muy antifrancés. Franco, al día siguiente, le confirmó. Personalmente saltó a la palestra resucitando el seudónimo Hispanicus para publicar un artículo en que se afirmaban tres cosas: que España había intervenido siempre en defensa de la independencia de Marruecos; que el Jalifa era poseedor de una autoridad delegada que no variaba aunque cambiase el Sultán; que Francia ha quebrantado la letra y el espíritu del tratado de 1912 y, por consiguiente, su acción era inválida. El 1 de febrero de 1954 Franco recibió en El Pardo a una misión de notables marroquíes que le entregó un pliego de firmas pidiendo que nunca reconociese a Mohammed VI como Sultán. El Generalísimo se mostró sumamente comedido en sus expresiones, pero aludió con claridad a «las aspiraciones naturales del pueblo marroquí». Era una alusión muy clara.
4. Francia se hizo eco de esta actitud, probablemente no esperada: el general Guillaume recibió al cónsul general de España en Rabat, Alcover, el 24 de febrero de 1954 a las 11 de la mañana, para quejarse de que, en aquella grave hora de crisis para Marruecos, España hubiese escogido una línea de conducta divergente de la de Francia. El cónsul, que tenía instrucciones muy precisas de Martín Artajo, respondió que la opinión de su Gobierno acerca de la política a seguir con Marruecos, se basaba en dos principios: primero que los intereses de los marroquíes deben ser tenidos en cuenta antes que los de las potencias protectoras; segundo, que en todas las acciones que se emprendan debe haber paridad y acuerdos previos. España no se alegra de las dificultades que ahora padece Francia pero tiene justa razón para quejarse de que en una decisión tan grave como la deposición y destierro del Sultán, no se la haya consultado.
García Valiño se impacientaba a causa de la cautelosa conducta de Martín Artajo que de ningún modo quería convertir a Marruecos en una fuente de conflictos, y le estaba presionando en favor de una actitud más vigorosa. El Ministro transmitió el tema al Generalísimo, el cual escribió directamente sus instrucciones al Alto Comisario. Cuando el 2 de abril de 1954, el cónsul Cristóbal Castillo acudió a despachar con él, le encontró sumamente molesto. Fue el comienzo de una tensión entre Franco y García Valiño, que colocó a éste al borde de la dimisión. Todas las noticias hacían que éste último se sintiera cada vez más seguro de que la única política acertada era la de enfrentarse abiertamente con la decisión de Francia.
III. El retorno del Sultán
1. España tenía un motivo adicional para mostrar prudencia. Un fantasma del pasado, Abd el Krim, estaba nuevamente en libertad, residente en El Cairo, centro de la vorágine del nacionalismo musulmán. Cuando Faruk fue derribado, en julio de 1952, las nuevas autoridades de Egipto, que se mostraban hostiles a Inglaterra, buscaron una continuación de la amistad con España, abrigando un proyecto de cooperación entre países mediterráneos. Pero al mismo tiempo Naguib señalaba una pensión al viejo caudillo del Rif, «momía superviviente, sin autoridad ni posibilidades de tenerla», según la gráfica expresión de los diplomáticos españoles porque le consideraba como una arma en reserva. Gamal Abdel Nasser conservaría luego su protección sobre Abd el Krim que, enemigo del Sultán, soñaba en algunos momentos con que su antiguo rival, Franco, le ayudase ahora a construir una República del Rif a cambio de garantías para las plazas de soberanía.
Cuando, en 1954, una delegación del Istiglal visitó El Cairo tratando de convencer a Abd el Krim de que regresase a Marruecos y se integrase en sus filas, el viejo león, se negó. Tratado con los honores correspondientes a un Emir, se hallaba en relación con el antiguo colaborador de Hitler, Hadi Amin el Husseini, Gran Mufti de Jerusalem, y con el Frente de Liberación de Palestina. Es bastante lógico que prefiriese alinearse con la izquierda musulmana que con el Sultán en el exilio que representaba el retorno al viejo absolutismo alauita. El 12 de diciembre de 1954 ofreció una recepción a los delegados en El Cairo de la Liga Árabe. Presente el Muftí de Jerusalem, hizo la presentación de un Comité de Liberación para el Maghreb que no se limitaba únicamente a Marruecos. Lo excesivo de sus pretensiones le haría fracasar. En relación con España Abd el Krim tenía que mostrarse comedido porque las relaciones de este país con la Liga Árabe eran excelentes. El representante del Yemen en la O.N.U. acababa de comentar que España era el único país, pese a no ser miembro de la O.N.U., que había interpretado correctamente la Carta de Naciones Unidas al rechazar el intento francés de cambio de la legalidad por la fuerza en Marruecos.
2. Como una consecuencia del fracaso de la política de la fuerza, Guillaume fue sustituido en mayo de 1954 por François Lacoste. Incluso el bajá de Marrakesh se preparaba a abandonar la causa de ben Arafa. Ibarnegaray, que seguía siendo diputado en la Asamblea Nacional francesa, escribió a Artajo que el nombramiento se había hecho pensando en la necesidad de una colaboración entre ambas potencias protectoras. Cristóbal del Castillo confirmó la noticia: él conocía a Lacoste desde sus años de estudio, juntos, en París, y era un amigo de España. Pero advertía: el próximo paso en la crisis de Marruecos ya no puede ser otra cosa que el reconocimiento de su independencia.
España decidió apostar ahora en favor de la independencia de Marruecos. Tampoco hubiera podido hacer otra cosa. Cuando el Protectorado se extinguiese, ella conservaría fronteras directas, no muy tranquilas, con el territorio alauita: debería por tanto maniobrar hasta obtener relaciones normales y económicamente fructíferas con Marruecos. En mayo de 1954 el Secretario General de la Liga Árabe hizo un viaje a Madrid y Roma, las dos capitales mediterráneas, para explorar el estado de ánimo de quienes se habían manifestado hasta entonces defensores de la internacionalización de los Santos Lugares. Hassuna describió su entrevista con Franco en El Pardo con verdadero entusiasmo: «es una gran figura internacional y al mismo tiempo un político de verdadera altura, simpático y de fina inteligencia». Y eso que el Caudillo ni le prometió la inmediata autonomía de la Zona ni le permitió celebrar una rueda de prensa.
Hassuna recibió de Martín Artajo mayor seguridad: España orienta su política a negociar la independencia de Marruecos, porque no tiene otros objetivos internacionales que actuar como puente entre los bloques árabe e hispano-americano llamados a tener gran peso en el mundo. Luego se entrevistó con García Valiño en Sevilla e insistió hasta conseguir que le recibiera en la residencia del Alto Comisario en Tetuán. A su llegada a Roma declaró: «Franco es el hombre de Estado occidental que mejor comprende a Oriente».
No se trataba de un halago hipócrita. El embajador español en Roma tuvo acceso confidencial a la entrevista de Hassuna con el Subsecretario Benvenuti y conoció así que había dicho a éste que para los miembros de la Liga Árabe la política correcta era la de España y Portugal, el no reconocimiento de Israel porque los judíos estaban destinados a ser arrojados al mar. Naguib estaba decidido a recuperar el Canal de Suez aunque estaba también dispuesto a negociar las condiciones británicas.
3. El 14 de julio de 1954 el cónsul Alcover, que tenía categoría de ministro plenipotenciario, envió a Artajo un informe profundo sobre la situación en Marruecos. La política consistente en lograr un entendimiento entre los colonos franceses y los nacionalistas moderados para combatir al Istiqlal, podía considerarse fracasada. Ahora se empiezan a contemplar planes utópicos. Pero lo cierto es que llega el fin y lo demuestra el éxodo de los judíos que temen a un poder musulmán. Los más ricos emigran hacia Europa, los más modestos a Israel. Por otra parte la Dirección General de Marruecos y Colonias informaba a Carrero de las infiltraciones comunistas que se detectaban en los movimientos nacionalistas.
También las autoridades españolas comenzaban a sentirse desbordadas por los acontecimientos. Al cumplirse el primer aniversario de la destitución de ben Yussuf, García Valiño autorizó una manifestación de sus partidarios en Tetuán. Presidía Abdeljalak Torres que entregó al Alto Comisario un escrito alabando la actitud española. Pero el general explicó a Franco en una carta personal, dos días más tarde, que la autorización no era espontánea; si no la hubiese concedido se habría suspendido la Pascua de Aid el Qebir y se habría producido huelga general en el Protectorado.
Tal era la situación real. Carrero Blanco recogió las noticias, a veces desde lugares muy lejanos y comenzó a preparar uno de sus informes, que entregó a Franco el 1 de diciembre de 1954. Apenas siete meses después de la caída de la formidable fortaleza de Dien Bien Fu —uno de los oficiales del Servicio de Carrero, al menos, había estado con la Legión en este recinto— debe admitirse como muy previsible el hundimiento del sistema europeo en el norte de África. Desde el Maghreb occidental hasta el Canal de Suez van a alinearse en plazo muy corto nuevos Estados musulmanes, peligrosos vecinos para España. Aparte de la guerra grande, contra la Unión Soviética, el país debe comenzar a prepararse para otra eventualidad, la guerra «chica» como la llamó el almirante, en defensa de las posesiones españolas. Ante ella debe pensar en la creación de una fuerza de aviación naval suficientemente poderosa.
4. La divergencia de posiciones entre Francia y España estuvo a punto de crear un conflicto diplomático. El embajador francés en Madrid presentó una protesta oficial por el tono beligerante que había adoptado Radio Tetuán, y descubrió que García Valiño estaba procediendo por su cuenta. El 20 de agosto de 1955 se celebró en Tetuán una nueva manifestación de aniversario esta vez con la plena complacencia del Alto Comisario. El aspecto más grave le ofrecía, sin embargo, Tánger en donde Francia trataba de utilizar a ben Arafa como instrumento para anular el régimen internacional.
El fracaso de la política francesa se produjo, casi con seguridad, antes del tiempo que Franco había calculado, haciendo vanas las esperanzas de lentitud. Muhammad V fue restaurado, y ben Arafa enviado a Tánger, sin que tampoco esta vez fuese consultada España. Es cierto que no era jurídicamente necesaria tal consulta. El 13 de setiembre de 1955 García Valiño cerraría las fronteras de la Zona, a fin de evitar que los incidentes que, pese a todas las precauciones, estallaron, se extendiesen peligrosamente. El 22 de setiembre el Gobierno español hubo de enviar al francés una nota de protesta y de colocar en estado de alerta sus guarniciones africanas.
IV. Arriba los Estados Unidos
1. Unas perspectivas de agitación en el Mediterráneo, como las que en 1954 parecían insinuarse, hacía más necesaria la amistad con los Estados Unidos. El Gobierno español la cultivó, deliberadamente: el tono pro-americano de la prensa y del cine recordaban ligeramente la beligerancia de los primeros años 40 en favor de Alemania. Sin embargo las disputas entre Pat MacCarran y el general Kisner provocaron cierto retraso en la construcción de las bases.
7 de abril de 1954 los periódicos anunciarían, con grandes titulares que 85 millones de dólares habían venido a sumarse a los créditos ya concedidos.
Franco daba a la amistad con los Estados Unidos el tono de militante anti-comunismo que en él era habitual. El mal tenía un nombre. En sus declaraciones a la cadena norteamericana Scripps-Howard, en 1954, esbozó un plan de guerra política y económica, muy consecuente con estas ideas de radical separación. Todas las naciones no-comunistas deberían agruparse para constituir una especie de unión regida por un consejo organizador de las relaciones económicas a fin de hacer innecesario el comercio con la Unión Soviética. Quizá no comprendía —o comprendía demasiado— que ninguno de los países que se presentaba como anti-comunista lo era en realidad y que en ello radicaba la esencial debilidad de los países occidentales.
También en España que, en este mismo momento, iniciaba sus primeros contactos con la URSS. Entre 1953 y 1956 se produjo el «deshielo». Gracia a él y a las gestiones de la Cruz Roja Internacional —y, muy probablemente, a ciertas facilidades económicas que no conocemos— 286 prisioneros, supervivientes de la División Azul— pudieron embarcar en Odessa en el Semíramis y llegar, libres, a Barcelona en donde les fueron tributados grandes honores (marzo de 1954). El Gobierno soviético no quería que este suceso se desaprovechara. Hacia el 20 de abril de 1954 el agregado de prensa de la embajada española en Londres, Guy Bueno, que se preparaba para acudir a una reunión internacional de periodistas en Ginebra, recibió una llamada de un funcionario, Nikolai Makeev, que le pedía autorización para que un representante soviético se pusiera en contacto con él en Suiza. Podía tratar, por ejemplo, de las posibilidades que se ofrecerían a los españoles residentes en Rusia para regresar a su Patria.
Guy Bueno informó a Miguel Primo de Rivera. En Ginebra estableció relaciones con tres funcionarios soviéticos: L. F. Ilychev, que presidía la delegación, A. Y. Popov, representante del periódico ruso en lengua inglesa, News, y F. A. Fedenko. Preguntaron si aquel primer retorno efectuado había mejorado el clima de las relaciones entre ambos países. No hablaron de la repatriación, ni del oro depositado —gastado en realidad— ni de los tiempos pasados, sino de las posibilidades de establecer relaciones culturales y económicas como tenían ya con Argentina y la conveniencia de que españoles pudiesen asistir a reuniones científicas o culturales, celebradas en la URSS. Advirtieron, también, que nada de esto significaba que su país estuviese dispuesto a apoyar la entrada de España en la O.N.U., cuestión sobre la que aún debían formular muy fuertes reservas.
Con este doble gesto los soviéticos, que no podían dejar de tener en cuenta el valor de los convenios hispano-norteamericanos, cerrada la etapa de apoyo a la subversión armada, demostraban el deseo de abrir un nuevo camino, el del diálogo. Pero la asistencia de españoles a la Unión Soviética podía además encubrir cursos de adoctrinamiento. El 1 de agosto de 1954 el padre jesuita José María Llanos, en una Carta a marxistas publicada en Arriba, se mostraba absolutamente contrario a cualquier forma de diálogo entre cristianos y marxistas. «Es inútil: no vamos a entendernos». Curioso texto de una época en que su autor estaba muy lejos de suponer que su falangismo se convertiría en comunismo militante.
2. Martín Artajo consiguió finalmente su objetivo de sustituir a José Félix de Lequerica en la embajada de Washington por un candidato más afecto a sus ideales de restauración de la Monarquía, José María de Areilza. Es cierto que el conde de Motrico acababa de revalidar su título de reivindicación de posesiones españolas con un artículo publicado en Arriba el 26 de mayo, titulado La mala memoria de Winston Churchill. Lequerica sería vicepresidente de las Cortes hasta que el reingreso en la O.N.U. le permitiese volver a Nueva York con otro cargo.
El artículo de Areilza aparecía en una oportunidad muy especial: el Gobierno español había tomado la primera medida en su programa de estrangulamiento de la Roca. La visita de Isabel II a Gibraltar fue considerada por las autoridades españolas como una especie de desafío. Antonio Barroso ordenó hacer un recuento: había alrededor de 27.000 españoles provistos de pase ordinario para los días laborales. Paralelamente Emilio de Navasqüés concluía el 29 de marzo de 1954 el voluminoso estudio sobre los abusos que habían cometido los británicos en contra de las cláusulas del tratado de Utrecht. La cuestión de Gibraltar se presentaba ahora en dos escalones diferentes, un primer litigio sobre incumplimiento del tratado, otro segundo sobre el tratado mismo. Del primero dependía nada menos que el aeropuerto de Gibraltar.
Tras una tentativa de Miguel Primo de Rivera para abrir negociaciones, que no fue escuchada, Franco decidió, el 19 de abril de 1954, restringir la entrada en la Roca obligando a justificar la necesidad del viaje, limitó el número de obreros españoles y suprimió el consulado español.
Este gesto produjo, por primera vez, inquietud en el Reino Unido. El ministro de Asuntos Exteriores, Selwyn Lloyd, habló con Artajo y con Franco y decidió un cambio de embajador. Ignoramos cuál fue exactamente la respuesta de los interlocutores españoles, que insistieron en la necesidad de negociar. El 22 de noviembre de 1954 el Ministro pasaría a Franco una de sus notas:
«Mi general. En su primera visita el embajador de Inglaterra ha venido a hablarme de Gibraltar. Está perfectamente enterado de la conversación del ministro Selwyn Lloyd con S.E. y conmigo: ha leído su informe… Insiste en decir que para preparar el ambiente a posibles conversaciones es necesario que levantemos las medidas de bloqueo de Gibraltar que, dice, han excitado los ánimos contra nosotros. Naturalmente le he repetido lo que dijimos al Ministro y he desarrollado, de nuevo, ante el embajador, toda nuestra argumentación. Ha quedado en informar a su Gobierno y volver otro día sobre el tema, aunque repite que le es imposible comprometerse a nada… A las órdenes de S.E. A.»
3. Entre los días 8 y 15 de octubre de 1954 Franco hizo un viaje a Teruel y Valencia. Fue recibido en todas partes con entusiasmo que comenzaba a convertirse en habitual.
El almirante que mandaba la VI Flota invitó al Generalísimo a presenciar las maniobras desde el puente de mando del portaaviones Coral Sea. Acompañado por el embajador James Dunn y usando uniforme de Marina, el Caudillo estuvo el día 11 «en territorio americano» como explicaba en un mensaje radiado a Einsehower desde el mismo barco. Al terminar un breve discurso de agradecimiento, gritó: ¡Arriba los Estados Unidos! A buen seguro que los traductores norteamericanos no captaban el matiz que es «arriba» (up), en lugar del tradicional «Viva» tenía en el idioma político español de entonces.
Pocos días antes, el 4 de octubre, Agustín Muñoz Grandes, ministro del Ejército, llegaba a los Estados Unidos. Tuvo un gesto de humor ante los periodistas presentándose a sí mismo como el criminal de guerra que reclamaban los exiliados. Fue tratado, en todo momento, como representante de las Fuerzas Armadas de un país aliado. Los militares experimentaban en sus visitas a Estados Unidos mayores atenciones que los civiles.
Es muy probable que la presencia de Areilza en Washington obedeciera a sus conocimientos profundos de la cuestión jurídica e histórica de Gibraltar. Llegó a Washington a primeros de noviembre y celebró una entrevista con John Foster Dulles el día 3. Escuchó congratulaciones por la política anticomunista de España, que acababa de reanudar las relaciones diplomáticas con Chiang-kai-chek. El 6 de noviembre entregó cartas credenciales a Eisenhower que tuvo expresiones muy halagüeñas para Franco, entre ellas que si le hubiera conocido antes sin duda la campaña de África habría sido más breve y menos costosa. Insistió en su deseo de venir a España para comentar con el Generalísimo la política internacional. También James Dunn fue relevado por John Cabot Lodge, considerado como más favorable a España.
V. El reconocimiento de la independencia
1. Desde finales de 1954 el Caudillo venía preparando a su Gobierno para aceptar la idea de que la independencia de Marruecos debía ser reconocida, sin lucha, mediante negociaciones. En esta decisión jugó parte el temor a que la Unión Soviética aprovechara la coyuntura —como señalaba el informe de Carrero— para intervenir en el norte de África preparándose una buena plataforma de apoyo. Como explicará en 1959 a Einsehower estaba convencido de que Dien Bien Fu señalaba la derrota definitiva de los Ejércitos coloniales por la guerrilla y, por consiguiente, también de que aunque los europeos se empeñasen en lo contrario, no les era materialmente posible retener los territorios hasta entonces ocupados.
A reforzar esta convicción vino también su importante entrevista de 25 de noviembre de 1954 con el embajador de Francia que, por encargo de su Gobierno, recababa la opinión que le merecía la propuesta soviética del 13 de noviembre acerca de una conferencia de seguridad europea. Si la URSS detenía su acción expansiva en Europa, y devolvía a España sus prisioneros y también parte de los niños evacuados durante la guerra, era porque, sin duda, estaba pensando en llevar su acción a otra parte. El embajador le explicó que Francia no creía que hubiese tras el ofrecimiento otra cosa que una maniobra de propaganda y por eso había insistido en que antes de tomarlo en consideración necesitaba conocer algunas muestras de buena voluntad, tales como la celebración de elecciones libres en Alemania o la firma de un tratado de paz con Austria. Oficialmente el embajador expresó la satisfacción de su país por los convenios entre España y los Estados Unidos.
Era una rectificación completa, que se remataba en la promesa de que en adelante nada se haría en Marruecos sin acuerdo entre ambas partes. Hemos visto cómo esta promesa no se cumplió y tanto en Tánger como en la restauración de Mohammed V Francia procedió sin dar cuenta a España. El apoyo a los nacionalistas marroquíes en la Zona norte y los ataques desde Radio Tetuán deben ser también tenidos en cuenta como explicación de esta falta de cooperación.
Volviendo a la entrevista del 25 de noviembre, Franco expresó en ella su convicción de que la propuesta soviética era falsa y obedecía a necesidades internas de la URSS. La seguridad europea no puede existir mientras algunas naciones esenciales, como son Polonia y Rumanía, no recuperen la independencia. Francia tiene, desde antiguo, compromisos con ambas naciones y no debía abandonarlas a su suerte. Por otra parte España estaba deseosa de volver a la cooperación y amistad con Francia, pero resulta imprescindible que esta última recuerde y reconozca algunos aspectos esenciales para la consolidación de dicha amistad. España ha atravesado una etapa terrible en su Historia; para salir de ella tuvo que recurrir a la dictadura. Pero conviene que los franceses sean informados de que dicha dictadura no es sino un medio para construir la nueva legalidad. También deben recordar que durante la segunda guerra mundial, España nada hizo en perjuicio de sus vecinos y sí, en cambio, muchas cosas a su favor en especial mantener abiertos los caminos. Ahora al Gobierno español le duelen mucho las dificultades que Francia encuentra en Marruecos, que parten de un error que él ha procurado evitar; pues estas dificultades son ocasiones que se brindan a la Unión Soviética.
Franco concluyó su larga exposición haciendo un juicio muy importante, sincero porque no se destinaba a la publicidad: debemos dejar que sean los marroquíes quienes resuelvan sus propios asuntos.
2. En setiembre de 1955 —recordemos— Francia tomó la decisión de restaurar a Mohammed V, disponiendo su retorno desde Madagascar. El Gobierno español encargó al general Díaz de Villegas, Director General de Marruecos y Colonias, que preparase un informe sobre tres puntos: la forma en que se había hecho la división del territorio entre Francia y España; los territorios de soberanía y su evolución a partir del tratado de 1767, y los derechos de Ceuta a obtener su aprovisionamiento de agua. Este informe no estuvo dispuesto hasta noviembre de este mismo año. Pero antes la Oficina de Información Diplomática había publicado una nota (28 de setiembre de 1955) saliendo al paso de algunos errores; de ella destacaron los servicios de prensa de la embajada en Madrid aquel punto en que se afirmaba que España no iba a admitir que se negociase en Marruecos a sus espaldas. El 8 de octubre el conde de Casa Rojas se entrevistó con René Massigli, secretario general del Quai d’Orsay, al que hizo entrega de otra nota con el desmentido de García Valiño de que se hubiesen fomentado disturbios desde la zona española; los franceses dieron las gracias y, con mucha discreción, apuntaron a negociar colaboración militar en el futuro. Pero el 19 de octubre el diario Le Monde, que en cierto modo actuaba como portavoz del Gobierno, sostenía la tesis de que la única potencia protectora de Marruecos era Francia pues los derechos españoles no procedían sino del acuerdo hispano-francés de 1912. La tesis era falsa, pues ignoraba que los derechos a ejercer protección databan de 1904 siendo el acuerdo de 1912 tan sólo de fijación de límites, pero demostraba cuál era el propósito francés.
El Jalifa de la Zona, que había reconocido a Ben Arafa, complicando mucho las gestiones del Alto Comisario español, se encontraba ahora a su vez en situación más difícil todavía. García Valiño preparó una entrevista con él, el 4 de noviembre, en términos durísimos: era un verdadero pliego de cargos lo que pensaba presentarle. Consultó previamente con Franco. El Generalísimo le dio la razón pero recomendó moderar los términos: un escrito «remueve y deja huella escrita de un pasado que conviene borrar»; no debía mostrarse tan exigente —«estimo no es necesario el detallar la carpeta de cargos»— a fin de aprovechar la ocasión para «unirle más a nosotros y al interés común de España». Un comentario típico de Franco que aconseja y sugiere, como si no ordenase.
3. El nuevo Residente general francés, Dubois, sugirió una entrevista con García Valiño, dentro de la zona española. Quedó fijada en Larache para el día 10 de enero de 1956. Pero antes, el día 2, el Alto Comisario escribía a Franco: la situación se hace por momentos más delicada. Ahora todos van contra Francia, pero no tardarán en volverse contra nosotros porque dicen que no les ayudamos de modo suficiente. A su juicio había que anunciar la intención de dar independencia, comenzar el traslado de los funcionarios a la Península, establecer en torno al Jalifa un Gobierno de corte europeo y poner en marcha un plan cuatrienal de obras públicas que permita contratar mano de obra. Franco llamó a García Valiño por teléfono: sin esperar respuesta a su carta, que aún tardaría, debía entrevistarse con el Jalifa llevando dos notas alternativas para publicar una, con referencia en todo caso a la voluntad de conceder la independencia. El Jalifa y el Majzén escogieron la más corta.
La entrevista de Larache fue positivamente valorada por las autoridades francesas. Al término de la misma se publicó una nota insistiendo en que era intención de las autoridades españolas «facilitar el autogobierno de la Zona por sus autoridades naturales». Sin embargo el Alto Comisario y el Gobierno español, se mostraban disgustados por la actitud francesa: tenían la impresión de que Francia no quería sino tomar a la política española por la cola y arrastrarla a una resignada aceptación de los acuerdos de interdependencia que se proponía establecer. En Montevideo, Víctor Gutiérrez Salmador, el antifranquista del Diario de Atenas, publicó un artículo, Marruecos, cuna y sepultura de Franco, en que llegaba a las últimas consecuencias de esta versión: el Generalísimo no tendrá otro remedio que conservar el protectorado y será el fin del Régimen.
Se equivocaba. En la entrevista de Larache del 10 de enero, García Valiño y Dubois quedaron de acuerdo en la necesidad de colaborar para la independencia de Marruecos a fin de que se salvaguardaran los intereses de las dos naciones. En el Consejo de Ministros del día 13, se tomó acuerdo de acceder a la petición de independencia cuando ésta fuese formulada por Mohammed V, a fin de que hubiera negociaciones que aclarasen los derechos españoles. Aquella misma tarde, Franco escribió a García Valiño: me asalta el temor, dijo, de que hasta ahora hemos ido a remolque de Francia; la diferencia entre la nota del Alto Comisario y la del Jalifa contribuye a sembrar la impresión de que es Madrid quien frena la independencia, que Francia estimula. No es así. Lo que importa es que el Sultán negocie su independencia simultáneamente con las dos potencias protectoras y no tan sólo con una de ellas.
Fue probablemente García Valiño quien proporcionó al Istiqlal la noticia, que éste publicó el día 20, de que España accedía a la independencia. Pero el dato se presentaba en forma ambigua pues no se sabía bien si ésta sucedía o no automáticamente a la que otorgase Francia. Cumpliendo las promesas hechas en Larache, los refugiados marroquíes procedentes de la zona francesa fueron concentrados en Alhucemas y Chafarinas. Esto estuvo a punto de provocar una revuelta y obligó al Gobierno español a restablecer la libertad de residencia. El Departamento de Estado norteamericano vino a arrojar leña al fuego cuando declaró unilateralmente su renuncia a las capitulaciones. Mientras el Majzén se desmoronaba al producirse la renuncia de Sidi Abd-el-jalak Torres y de Sidi Abd-el-Guennum, en Madrid se hacía público un decreto-ley de 28 de enero de 1956 que autorizaba al Alto Comisario a reorganizar el Gobierno de la zona a fin de prepararla para la independencia.
4. Estas declaraciones españolas alarmaron un poco a Oliveira Salazar. El Ministro portugués de Asuntos Exteriores celebró con Nicolás Franco una larga entrevista. África comenzaba a entrar en ebullición de independencia y tras estas corrientes se advertía la larga mano de la acción soviética. Pero los portugueses pensaban que para ellos la emancipación de las colonias sería la destrucción de todas sus posibilidades económicas⁸⁸.
El Jalifa de la Zona recibió, en enero, una conminación del Sultán para que acudiera a Rabat a dar cuenta de las modificaciones que se anunciaban. Pidió consejo a Franco, que le recomendó el viaje aunque advirtiendo que no consideraban todavía oportuna la ocasión: el Gobierno español seguía ignorando qué compromisos se habían establecido entre Marruecos y Francia a cambio de la independencia; no estaba dispuesto a consentir un sometimiento de todo Marruecos a influencia francesa bajo color de independencia. «España que tiene los mejores propósitos para que el pueblo marroquí pueda lograr sus aspiraciones… no permitirá que la acción ni la influencia francesa se extiendan a la zona del Protectorado español»⁸⁹. El Jalifa regresó a Rabat con una consigna, la de no aceptar la renuncia de Abdeljalak Torres ni de Guennun, y rechazar la creación de un Gobierno para la Zona española⁹⁰.
Franco revelaba de este modo sus intenciones, que no pudo llevar a cabo: imitar la conducta de Francia, dar vida a un Gobierno y negociar con él las condiciones de independencia. En una recepción en la embajada francesa de Río de Janeiro, coincidieron el presidente Auriol y el Ministro español Fernández Cuesta: el primero dijo que la independencia de Marruecos era ya irreversible; el segundo replicó que nada podía hacer en este asunto sin contar con España⁹¹. Muy pocos días antes, el 2 de febrero de 1956, Guy Mollet, en declaraciones a la prensa reveló que estaban en marcha negociaciones para establecer la interdependencia entre Marruecos y Francia⁹².
Martín Artajo convocó al embajador francés para solicitar explicaciones: el punto de vista español era que con la interdependencia se buscaba conservar todas las ventajas del protectorado para Francia, excluyendo a España. El embajador se trasladó a París para recabar nuevas instrucciones y, al regreso, tuvo importante entrevista con el Subsecretario, marqués de Santa Cruz. El francés explicó que los temores españoles carecían de fundamento porque aunque ahora se anulase el tratado de Fez siempre quedaría en pie el de Madrid de 1912; por su parte ellos lamentaban que los españoles no estuviesen en las negociaciones previas. El Subsecretario español mostró claramente cómo el temor radicaba de hecho en ese tratado de Madrid, porque podía conducir a España a mantener el Protectorado unilateralmente como base de negociación. Las afirmaciones de Santa Cruz fueron las cuatro siguientes:
a. España seguía considerando muy útil la coordinación entre ambos Gobiernos, pero no la subordinación de uno a otro.
b. No podía, en cambio, seguir aceptando el método al parecer escogido por Francia y consistente en informar sobre los hechos consumados.
c. Deseaba la unidad e independencia de Marruecos pero de tal modo que la independencia precediese a cualquier otro acto o compromiso a fin de que, recobrada la soberanía, pudiese el Sultán negociar con cada una de las potencias protectoras la conservación y garantía de sus derechos.
d. No se había participado en la negociación previa por hallarse ésta pendiente de los resultados de una visita de Pinay a Madrid, cancelada a causa de haberse producido en Francia cambio de Gobierno⁹³.
El 18 de febrero, el cónsul español en Casablanca, Cuevas, remitió una consulta: como todos los años, debía pronunciar un discurso en la Asamblea de la Cámara de Comercio español. El Ministro español recomendó que hablara sólo de cuestiones económicas, pero que al final, aludiese a la independencia aunque con términos suaves: «el Gobierno español no admitirá que la situación de los españoles que residan en el Imperio marroquí sea inferior en respecto alguno a la de los súbditos franceses»⁹⁴.
5. Entre los días 20 y 22 de febrero de 1956 la agencia Reuter puso en circulación noticias de inspiración francesa: se estaba deteniendo en la zona española a nacionalistas marroquíes⁹⁵ y no se apreciaba en Mohammed V la menor intención de negociar con España, por ahora. Tenían lugar conversaciones para la anulación del tratado de Fez, del que sólo Marruecos y Francia eran firmantes; luego se reclamaría de España la integridad del territorio⁹⁶. El 2 de marzo Francia firmó el acuerdo que reconocía la independencia de Marruecos. El embajador de Egipto en Madrid interrogó a Martín Artajo (5 de marzo) acerca de las intenciones españolas: el Ministro se limitó a mostrarle el acuerdo de Gobierno de 13 de enero y a decir que esperaba sólo una iniciativa de Mohammed V para negociar la independencia. Pero al día siguiente, 6 de marzo, Abdeljalak Torres ponía en marcha graves disturbios contra la presencia española —hacía pocos meses que la alababa en grandes términos— y también contra el Jalifa, El Hasan ben el-Mehdi. Fueron saqueadas algunas casas⁹⁷ y, en Tánger, el propio Abdeljalak tuvo que emplearse a fondo para evitar un desastre. La prensa francesa se regocijó presentando al Gobierno español como desbordado por los acontecimientos⁹⁸. Franco llamó a García Valiño para recomendarle que mejorase sus relaciones con el Jalifa: debían ser las unidades jerifianas las encargadas de reprimir los disturbios⁹⁹. Con la fresca desvergüenza que caracteriza a los agitadores el Jalifa y el Istiqlal protestaron de las «brutalidades» de la policía.
El día 7 de marzo el Consulado general en Tánger publicó una nota de advertencia a los marroquíes por el engaño de que estaban siendo víctimas, porque era precisamente España quien defendía la independencia total contra la maniobra extraña de la «interdependencia». «Los propósitos de España han quedado bien claros en la declaración del Gobierno español de 13 de enero de 1956: su firme voluntad de continuar defendiendo la autoridad de Su Majestad el Sultán legítimo Mohammed V, la unidad del Imperio y la independencia de Marruecos»¹⁰¹. Areilza trató de esta cuestión en Washington con el Secretario de Estado adjunto Elbrick. El funcionario norteamericano estimuló los esfuerzos españoles en pro de la independencia y concedió escasa importancia a la maniobra francesa: el viento desatado del nacionalismo derribaría todas las ambiguas fórmulas de interdependencia, mientras que España ganaba prestigio entre los países árabes por la gallardía con que defendería la soberanía del Sultán y la independencia sin paliativos¹⁰². Era evidente el deseo norteamericano de propiciar cuanto antes el término del protectorado.
Se apuntaba profundo descontento en el Ejército español porque la maniobra francesa estaba triunfando en toda la línea. ¿De qué había servido la quijotesca actitud de defender a Mohammed V si ahora éste mostraba a España el más absoluto desprecio? En la Secretaría General del Movimiento preferían arremeter contra Artajo, a quien denunciaban la carencia de una verdadera política en relación con Marruecos¹⁰³. Artajo pidió a Franco autorización para valerse del antiguo protegido Alal El Fasi a fin de que éste sugiriese al Sultán un gesto de solicitar la apertura de negociaciones¹⁰⁴. Este personaje estuvo en Madrid los días 12 y 13 de marzo celebrando entrevistas con Pedro Gómez Aparicio y con Artajo. Invertía los términos: Mohammed V estaba deseoso de venir a Madrid pero esperaba que se le hiciese una invitación por escrito; no quería tratar al Gobierno español de modo distinto a cómo tratara al francés¹⁰⁵.
Dubois seguía previniendo al cónsul general en Rabat, Alcover, contra El Fasi que no tenía, según él, ascendiente alguno con el Sultán¹⁰⁶. Castaño, en El Cairo, visitó al rey Saud de Arabia para denunciarle la maniobra francesa de limitación de la independencia marroquí¹⁰⁷.
Se estaba llegando a un punto de enfrentamiento: los franceses querían que, como primera manifestación de la «interdependencia», la comisión encargada de negociar la retirada de los españoles fuese mixta, es decir, compuesta mitad por mitad de franceses y marroquíes. El 17 de marzo el cónsul Alcover recibió la visita del director general de Finanzas de la Residencia general, Montreny, y del director del Banco de Marruecos, Spitzer. Envuelta en circunloquios su propuesta consistía en convertir las pesetas circulantes en la Zona española mediante estampillado de los billetes en francos marroquíes que ellos manejarían¹⁰⁸. Tampoco Abd el Krim confiaba en la nueva fórmula: el 19 de marzo hacía un llamamiento a los rifeños para que no suspendiesen la lucha contra los franceses¹⁰⁹.
6.
El 17 de marzo el Jalifa llegaba a Madrid, siendo alojado en el palacio de la Moncloa que era entonces residencia para jefes de Estado. Venía nervioso porque temía represalias alauitas contra su persona y contra la Zona por él gobernada, y traía una lista de quejas contra el general García Valiño seguramente en gran parte infundadas¹¹⁰. El Hassan, que alardeaba de buenas relaciones con el Sultán —lo que era falso— pretendía que éste le había encargado proponer a través de la Alta Comisaría que las negociaciones con España antecediesen a las de Francia, pero que Valiño las había estorbado. Seguramente Artajo no creyó una palabra, pero propuso a Franco ante la proximidad de las negociaciones, suprimir las figuras militares y nombrar un civil, el actual embajador en Lisboa, Nicolás Franco¹¹¹.
El 20 de marzo, Alcover discutía, en Rabat, el calendario de la visita de Mohammed V con el primer ministro Si Bekkai. Se fijaron los días 5 a 9 de abril, esto es, el intervalo entre la Semana Santa y el Ramadán. España impuso dos condiciones: que ningún funcionario francés figurara en el séquito real y que ni al ir ni al volver pasara por París¹¹². Se estaba de acuerdo en que Franco cursaría una invitación¹¹³. El 23 de marzo se comunicó oficialmente la noticia de la visita.
Artajo ordenó que se empezara ya a negociar en Rabat el nombramiento de un embajador, solicitando el placet para el que hasta entonces fuera cónsul general, Alcover¹¹⁴. En París el conde de Casa Rojas celebró una entrevista con Savary, secretario del Quai d’Orsay y obtuvo la conformidad francesa para los planteamientos españoles así como una confidencia sobre la «interdependencia», que los franceses atribuían al Istiqlal y en la que no abrigaban la menor confianza¹¹⁴. El clima bastante distendido, estuvo a punto de alterarse por la entrevista que García Valiño celebró en Sevilla con Alal El Fasi¹¹⁵.
Diplomáticos españoles y marroquíes comenzaron a discutir la nota que habría de publicarse cuando la visita tuviese lugar.
El 28 de marzo el embajador de Francia estuvo en el palacio de Santa Cruz, ofreciendo su colaboración: se le dijo que primero debía establecerse la paridad, y luego se podría hablar de colaboración¹¹⁷. Inmediatamente, Artajo telegrafió a Alcover: lo importante en la nota conjunta que se prepara es declarar la absoluta paridad entre España y Francia, porque amenaza la «interdependencia»¹¹⁸. Las discusiones de Alcover con Si Bekkai y M’Hammedi fueron como un anuncio de lo que iba a suceder: los españoles querían conservar sus funciones hasta el momento de la transmisión de la soberanía y que se reconociesen los antiguos tratados bilaterales, mientras que los marroquíes querían inmediata tabla rasa, incluyendo a la peseta¹¹⁹. Al final no hubo acuerdo y se decidió posponer la nota para redactarla en Madrid¹²⁰. Este mal resultado alarmó a Artajo: el 30 de marzo escribió textualmente a Franco: «Debo decir a V.E. que la primera impresión que me producen no es buena por las razones que le digo al cónsul en telegrama cuya copia acompaña. Me asombra que en estas condiciones hayan aceptado venir a Madrid pues se exponen a que no se llegue a un acuerdo y entonces pierden ellos más que nosotros. Pensando con malicia acaso se propongan con ello salir de la férula francesa que indudablemente les gobierna en Rabat y dejarse convencer en Madrid para presentar luego a Francia unos hechos consumados»¹²¹.
En su entrevista de Sevilla, García Valiño y Alal el Fasi resumieron sus agravios: Alcover, en sus negociaciones con el Sultán, les había ignorado; en el séquito de 29 personas que acompañarían a Mohammed V, figuraba Abdeljalak Torres, responsable de los disturbios y no El Fasi, siempre leal; los honores rendidos en Madrid al Jalifa les parecían una injuria¹²². Ofendido, el Alto Comisario, se instaló en el palacio del Monte, en Tánger, negándose a estar presente en la recepción del Sultán. Pero Franco declaró que esta presencia era imprescindible¹²³ y el Sultán accedió a prescindir de Abdeljalak Torres para eliminar una de las argumentaciones de García Valiño¹²⁴: sin duda Mohammed V tenía preparado el repudio público del Jalifa. En el último momento, Martín Artajo encomendó al embajador en El Cairo una gestión cerca de Nasser: que advirtiese al rey de Marruecos contra las añagazas de la diplomacia francesa¹²⁵.
7.
El día 4 de abril todo estaba dispuesto en Madrid para recibir al soberano marroquí¹²⁶. El día anterior, el embajador de Francia consultó si iba a ser invitado; se le replicó que se aplicaría estrictamente la reciprocidad: Casa Rojas no fue a la llegada, sí a la despedida y debería hacerse lo mismo¹²⁷. Con su séquito de 29 marroquíes¹²⁸, Mohammed V hizo deliberadamente gala de frialdad. Ni un gesto amable. En la cena de gala que se le ofreció en el Palacio de Oriente, el 5 de abril, exigió que se rompiera el protocolo porque no estaba dispuesto a consentir que el Jalifa se sentara a su lado.
Las negociaciones del día 6 no fueron nada fáciles, aunque sí rápidas. Franco se plegó a las circunstancias, probablemente con más cólera interior que la de aquellos dos cadetes de Zaragoza que quemaron su revista en señal de protesta por el abandono de Marruecos. La situación política internacional daba a su vez todas las ventajas y él no hizo sino demostrar que estaba dispuesto a aprovecharlas, pero no a agradecerlas. Con el mínimo de compromisos posibles —compromisos que, por otra parte, tampoco serían cumplidos— se llegó primero a un acuerdo para la transmisión de órganos administrativos y militares, bienes y servicios en la antigua Zona, y más tarde, ya en la madrugada del 7 de abril, a la firma de un tratado¹²⁹. García Valiño se negó a participar en las conversaciones. El 8 de abril el Sultán entraba en Tetuán, por primera vez, y como un triunfador.
Entre los militares españoles circuló una onda de amargura y descontento, pero no se manifestó en nada. Habiendo renunciado Francia, carecían los españoles de la menor justificación jurídica para permanecer en Marruecos. Renovar una guerra colonial en aquellas circunstancias hubiera sido, aparte de insensato, un absurdo moral. El Generalísimo dejó a un lado todas sus nostalgias y sentimientos; comprendió bien cuál era la situación real, y la asumió. Su serenidad y su actitud más digna que la de sus interlocutores le permitiría salvaguardar la amistad de los países árabes que, para España, resultaba de valor imprescindible. Hizo un gesto que le retrata. El mismo día 7 de abril escribió al presidente Eisenhower una carta personal que Martín Artajo llevaría a Washington. Al dar cuenta de la consumación de la independencia, dijo al primer mandatario de la gran nación americana: ahora precisamente empieza para el Sultán un peligro grave a causa de la agitación comunista. Los Estados Unidos deben prestar ayuda a Marruecos.
VI. Las consecuencias del acuerdo de Madrid
1. La versión española de este proceso puede resumirse así: la negociación para la independencia de Marruecos, que debía haberse producido con gran lentitud, a fin de discutir y asegurar derechos y ventajas para los antiguos protectores, se ha convertido en derrota para ambos por la equivocada y contradictoria política francesa. Pero ahora, además, España quedaba en peor situación pues en Ceuta y Melilla, Ifni y Río de Oro, conservaba fronteras directas con Marruecos que podían generar nuevos conflictos. La noticia del acuerdo de Madrid produjo inquietud en Ifni: el gobernador del territorio, general Pardo de Santallana, temía una entrada de marroquíes en el territorio, con pretexto de las fiestas del Ramadán pero capaces de generar disturbios. Alcover hizo, por su demanda, gestiones con Si Bekkai pero advirtió entre tanto que a las nuevas autoridades marroquíes resultaba difícil mantener el orden interior¹³¹. En la exaltación de la independencia comenzaban a formularse las primeras tendencias expansionistas. El Gobierno francés —avisaba Casa Rojas— estaba ya pensando en crear una región autónoma sahariana en Argelia con objeto de defender Tinduf. Esto —comentaba Artajo— puede servirnos de inspiración¹³².
M’Hammedi pidió a Alcover el nombramiento, por parte española, de un jurista que asegurase la transmisión, lo mismo que habían hecho los franceses¹³³. Esto sucedía el 26 de abril. Al día siguiente se hizo público el nombramiento de Ahmed Balafrej como ministro de Asuntos Exteriores¹³⁴ y la comunicación de que proyectaba presidir la delegación que se trasladaría a Madrid para las negociaciones¹³⁵. Estas se demoraron hasta el fin de las fiestas de Aid es-Seghir, en realidad porque se estaban efectuando los traspasos de poderes desde Francia¹³⁶. Al dar cuenta de su nombramiento, Balafrej sugirió la conveniencia de dar efecto a la propuesta española de convertir el consulado general en embajada¹³⁷.
Anticipándose a las conversaciones que debían tener lugar en Madrid, Ahmed Balafrej hizo un viaje a Tánger y suspendió la Asamblea legislativa que allí funcionaba¹³⁸. Estados Unidos y Gran Bretaña le apoyaron aceptando la decisión. Bélgica protestó: un mínimo de corrección exigía que se hubiesen producido antes negociaciones. Artajo preparó una nota que pensaba discutir con los embajadores de los países representados en la Comisión internacional: no se trata de discutir el derecho de Marruecos a integrar Tánger en su territorio, sino de negociar cuidadosamente pues hay intereses grandes y complejos en aquella ciudad¹³⁹. En la práctica nada se hizo.
2. No hubo en Ifni los temidos disturbios¹⁴⁰ aunque de hecho se produjera una deliberada confusión como si la independencia de Marruecos se extendiera a aquel territorio.
El martes 15 de mayo, García Valiño y Alcover visitaron a Mohammed V: el primero iba prácticamente a despedirse, pues desaparecía la Alta Comisaría —en el palacio de Santa Cruz que trabajaba a marchas forzadas para preparar la transmisión¹⁴¹— y al mismo tiempo a presentar al segundo como embajador¹⁴². Hubo protesta oficial española porque se otorgase al de Francia el decanato del cuerpo diplomático¹⁴³.
El Sultán señaló el día 4 de junio para la presentación de cartas credenciales y al mismo tiempo designó a Abdeljalak Torres como embajador en Madrid¹⁴⁴.
La delegación marroquí para las negociaciones en torno a la transmisión de funciones, que estuvo en Madrid entre los días 10 y 13 de junio, estaba presidida por Balafrej y el ministro de Defensa, Guedira¹⁴⁵. Balafrej quería que se firmasen tres acuerdos paralelos e independientes, militar, económico y cultural¹⁴⁶, sin duda porque de este modo el incumplimiento de uno podría dejar en pie los otros dos. El militar preveía la inmediata integración de las fuerzas regulares indígenas, con su material e instructores españoles en el Ejército de Marruecos¹⁴⁷. Artajo comentaba con Franco: ahora vemos que García Valiño tenía más razón de la que al principio le concedíamos¹⁴⁸: Cherkaoui acababa de comentar (20 de junio de 1956) que de los disturbios en la zona norte, desde el secuestro de Ibrahim Cibrizani por el Frente de Liberación, eran de responsabilidad española¹⁴⁹. Mientras comenzaba una fuerte represión en la zona norte, crecía en Rabat el temor de que Alal el Fasi pudiera encontrar apoyo en la antigua potencia protectora¹⁵⁰.
3. El Ejército español fue el primero en detectar que la conducta marroquí no iba a estar dictada precisamente por el agradecimiento. El 15 de junio, García Valiño propuso trasladar a Ceuta y Melilla los monumentos erigidos en reacuerdo de la guerra porque iban a ser desmontados¹⁵¹. El 20, desde Sidi Ifni, Muñoz Grandes recomendaba un incremento en las reclutas de la Legión y refuerzo de las unidades marítimas y aéreas en Canarias y el Sahara. Sin esperar mucho, los marroquíes borraron los nombres españoles de Villasanjurjo y Puerto Capaz y empujaron a los funcionarios de esta nacionalidad a que se fuesen¹⁵³. A primeros de julio Abdeljalak Torres exigió la retirada de las tropas españolas de un modo inmediato, sin tener en cuenta los plazos¹⁵⁴. El embajador francés, barón de la Tournelle, volvió a la carga para tratar de la cooperación: la experiencia les había demostrado que la interdependencia no era más que un fantasma¹⁵⁵.
Abdeljalak Torres fue encargado también de la administración de la zona norte mientras, suprimida la Alta Comisaría, el general Alfredo Galera se hacía cargo del mando de las tropas españolas allí estacionadas. El 14 de agosto comenzaron las breves negociaciones para la supresión del estatuto de Tánger: el embajador español tenía la representación de todas las potencias interesadas, esto es: Portugal, Reino Unido, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y los Estados Unidos¹⁵⁷. Con la anexión total de Tánger se cerraba el ciclo de la independencia.
Al principio, la mala voluntad pudo atribuirse a Abdeljalak Torres cuyo mandato en la antigua zona se extinguió el 1 de enero de 1957 y no fue renovado¹⁵⁸. Un incidente en Larache fue fácilmente solucionado con intervención del príncipe heredero, Muley Hassan¹⁵⁹. Francia mostraba ahora voluntad de cooperación¹⁶⁰. A principios de año Balafrej estuvo en Madrid para firmar dos convenios, judicial y diplomático: este último confiaba a España la representación de los intereses marroquíes en toda Iberoamérica mientras no hubiese embajadas propias¹⁶¹. Mohammed V hizo un segundo viaje a Madrid para firmar, el 11 de febrero de 1957, el protocolo final de la independencia.
En la memoria de Franco un capítulo de treinta años se cerraba. Pero Carrero Blanco hacía ahora un nuevo vaticinio: al otro lado del Estrecho quedaba un potencial enemigo.
