I. Los funerales de El Escorial
1.
Menudos incidentes, de tono falangista y antimonárquico, se sucedieron en el año 1955, presagiando una nueva oleada de agitaciones en la Universidad. Al publicar el discurso de José Antonio Elola, en Barcelona, el 30 de mayo, en que éste se refiriera a don Juan Carlos como un futuro Rey, Arriba mutiló el texto. El 5 de junio algunos jóvenes con camisa azul organizaron una especie de minamanifestación cantando el «no queremos reyes idiotas» como si se tratase de un ensayo. En Zaragoza, el día del Corpus, los incidentes fueron más graves: los cadetes de la Academia, insultados, sacaron el sable para ahuyentar a sus agresores. El 14 de junio don Juan Carlos visitó el campamento del Frente de Juventudes en Covaleda, uno de los más conocidos: los mandos consiguieron mantener la disciplina, pero los muchachos se mostraron distantes, fríos e incorrectos.
Los colaboradores íntimos del Caudillo, estaban asustados: no concebían otra explicación posible sino que Franco hubiese perdido una parte de su antigua energía y por eso consentía la evidente indisciplina de la izquierda falangista. La afición a la pesca y a la caza les parecía la causa. Pasaba muchas horas en el mar en verano y muchas también fuera de su despacho en invierno. Algunas de las invitaciones que se le hacían pueden obedecer a intenciones malévolas. Pero en el caso de Franco, la soledad y el aislamiento en la naturaleza acompañan, como en 1951, las grandes decisiones: sus silencios son tan importantes como sus actuaciones. Había decidido confiar a Falange la tarea de lograr una estructura de régimen político y no retiraría esta confianza hasta el último extremo. Porque sabía que una decisión de cambio, en estas circunstancias, ya no sería simple relevo en la guardia sino algo mucho más radical, «el desahucio radical de la Falange».
Los discursos que el Generalísimo pronunció a lo largo del año 1955, así como las noticias que indirectamente transmiten sus colaboradores de entonces, son una muestra de cómo estaba al corriente de cuanto sucedía, del desgarro paulatino de Falange, donde retornaban grupos hedillistas, de las infiltraciones marxistas, cada vez más graves, del desgaste sufrido por algunos de sus ministros. Daba la impresión de que le preocupaban más las cuestiones económicas que las doctrinales, pero esto puede ser también error de perspectiva por nuestra parte. Franco-Salgado recuerda con cuánta frecuencia en estos días, su primo parecía bajo efectos de mal humor y de especial concentración. El silencio como meditación, propósito de actuar; no debe confundirse con un eclipse de autoridad o de energía.
2.
Las medidas de apertura estaban ofreciendo, a juicio de Franco, en diversos sectores, resultados preocupantes. Un congreso de realizadores cinematográficos en Salamanca, patrocinado por cine-clubs seuistas, escuchó una demoledora sentencia contra el cine español, pronunciada por Bardem, en la que sin embargo latía la preocupación por la falta de cine políticamente comprometido, al modo del «realismo socialista» de la Unión Soviética. En noviembre de 1955 fue suspendido en Madrid un Congreso de escritores universitarios, porque la policía recogió datos de que iba a presenciar otra maniobra comunista dentro del mismo estilo. Nada existe más penetrante y persistente, en una sociedad de masas, que la propaganda: bastaba pues con repetir el mito de que nada de cuanto se ha hecho tiene calidad, y repetirlo con énfasis, para que todo el mundo asintiera.
Se acercaba el momento de la inauguración de la abadía benedictina de Cuelgamuros, para atención de la enorme basílica sepulcral subterránea del Valle de los Caídos. Franco pensó que no debía ser solamente sepulcro para los muertos de la guerra, extraña reconciliación más allá de la tumba, sino también centro de estudio para los problemas que fueran grave causa de división entre los españoles. Y habló del tema con Martín Artajo autorizando a éste a una conversación con Ángel Herrera Oria, el obispo de Málaga. La conversación tuvo lugar el 8 de enero de 1956 y al parecer el antiguo director de El Debate recogió con entusiasmo la idea. Los sucesos se precipitaron luego, torciendo intenciones.
Prácticamente se estaban ofreciendo a Franco dos opciones. Veremos cómo, todavía, llamará a Arrese, para un último intento, y entregará Cuelgamuros a un abad mitrado, fray Justo Pérez de Urbel, estrechamente vinculado a Falange desde antiguo.
3.
Los incidentes de El Escorial estuvieron preparados desde meses antes. Fueron repartidas octavillas y pegados carteles en las Facultades Universitarias y hasta fabricado un rudo folleto a multicopista que, en nombre de Falange, rechazaba la solución monárquica. Desde el 10 de octubre había comenzado a editarse, también en ciclostil, una hoja que pretendía titularse Arriba, II época. Entre los días 11 y 15 de noviembre se produjeron graves incidentes en Valladolid a partir de un discurso de Luis González Vicen, Jefe de la Guardia de Franco, en que reivindicaba el antiguo Jonsismo y aludía al esencial anticapitalismo de la Falange primitiva. Fue destituido. Para el 19 de noviembre —víspera de la muerte de José Antonio— se anunciaron solemnes funerales en El Escorial, donde estaba, provisionalmente, su tumba.
Franco decidió usar, en el acto, uniforme de Capitán General y no de Jefe del Movimiento. Aquella misma mañana una centuria de jóvenes falangistas desfiló por Puerta de Hierro entonando una canción injuriosa contra el Jefe del Estado. En el Monasterio el funeral se desarrolló sin incidentes. Franco salió al patio de los Reyes donde estaban formadas las centurias, que cantaron solemne y pausadamente el Cara al Sol. El Generalísimo pronunció los tres gritos rituales y salió a la explanada, en donde se hallaban formaciones de camisas azules, muchas venidas a pie desde Madrid la noche anterior, más numerosas que en años anteriores. Coreaban como de costumbre, Franco, Franco. De pronto, aprovechando una pausa, un grupo gritó la canción subversiva de «no queremos reyes idiotas». El Generalísimo mostró la más profunda indiferencia, entró en su automóvil y regresó a El Pardo.
Aquella tarde, a las cinco, algunos muchachos con camisa azul fueron detenidos porque estaban repartiendo octavillas en las inmediaciones de la glorieta de Carlos V. No se atacaba simplemente a la Monarquía: se acusaba al Régimen de haber traicionado la Revolución. Sin duda había relación estrecha entre este grupo y el que protagonizó, el 10 de diciembre de 1955, los incidentes de Torrelavega. Se inauguraban en esta ciudad los nuevos locales de Falange: unos hedillistas pretendieron interrumpir el acto pero los demás asistentes les expulsaron. Romojaro explicó entonces que todos los meses, por encargo del Gobierno, se pasaba a Hedilla una subvención económica.
Aquel año, cuando la Universidad cerró sus puertas a causa de las vacaciones de Navidad, todo el mundo sabía que se preparaban en ella graves disturbios. L’Express, socialdemócrata, publicó en enero de 1956 un artículo en el que se afirmaba que en una encuesta realizada en la Universidad, el 85 % de los estudiantes se declaraban antifranquistas. Pero la encuesta se confesaba hecha por el sistema de muestreo en que resulta muy fácil conseguir que el resultado coincida con el deseo de los organizadores. Era, a pesar de todo, el anuncio de una campaña de agitación.
III. Franco prepara su acción
1.
¿Hasta qué punto la indisciplina era espontánea producto de los problemas internos de Falange y hasta qué otro obedecía a presiones e infiltraciones extranjeras? Rusia estaba buscando medios de establecer contactos con España. El nuevo embajador ruso en Bonn, Zorin, incluso notificó bajada española entre los organismos a quienes notificó oficialmente su presencia, como si existiesen relaciones entre los dos países. El Gobierno español estaba informado tanto de los cambios en la estrategia global —sustitución de la lucha armada por las huelgas políticas— como de la reunión del V Congreso del Partido Comunista Español, en noviembre de 1954, y de sus conclusiones: llegar a forjar la unión entre todas las fuerzas enemigas del Régimen, proletarias o burguesas. El Servicio de Información de Falange había detectado octavillas e instrucciones a los afiliados comunistas para que se infiltrasen en Sindicatos y otros organismos a fin de dividir a falangistas y tradicionalistas en el tema de la Monarquía y de organizar servicios informativos acerca del material de guerra norteamericano.
Los socialistas de Rodolfo Llopis no abandonaban sus recelos pero se mostraron dispuestos a colaborar. Agitadores profesionales pagados aparecieron en la Universidad propugnando la formación de un Frente Nacional Antifranquista: no se mostraban sino como liberales en amplio sentido a fin de poder atraer a todos. Pero atizaban las inquietudes antimonárquicas de los falangistas y las antifalangistas de los monárquicos. La agitación universitaria se caracterizaría a principios de 1956 precisamente por la confusión. Cierta relación con este hecho guarda la entrevista secreta que Adenauer y Franco celebraron en febrero de este mismo año.
2.
Despacio, Franco comenzó a preparar sus acciones. Antes de que se produjeran los graves sucesos de febrero de 1956 tenía previsto el relevo de Fernández Cuesta por Arrese y probablemente de Ruiz Giménez también, porque se refería a algunos ministros que estaban gastados, en plural. El 3 de diciembre de 1955 en una de sus declaraciones a la prensa extranjera reafirmó su voluntad decidida a que un Rey le sucediese, pero añadiendo que «la Monarquía no puede significar jamás el poder para los ricos, los aristócratas o determinados grupos o camarillas». En su número 12 de diciembre de 1955 la revista Newsweek, publicó un artículo de Cedric Salter, titulado Franco, Kingsmaker, en que sostenía la tesis de que el Generalísimo se preparaba a sustituir a don Juan por su hijo. Esta noticia se mezcló a un rumor sobre la posible visita del conde de Barcelona al doctor Mac Farlane, el especialista inglés en hemofilia, como si hubiese algún peligro de esta enfermedad en su persona.
En el discurso con que cerró el año 1955, Franco inició su toma de posiciones. Advirtió que el pueblo español, «porque no siempre reflexiona con perseverancia, llega a olvidar con facilidad que está sometido a presiones y campañas específicas destinadas a hacerle formar al servicio de intereses extraños». Uno de los obstáculos principales con que chocó siempre el Generalísimo era que sus discursos, excesivamente elaborados y con graves defectos sintácticos, no lograban la contundencia de las oraciones brillantes. Quería decir, sin conseguirlo del todo, que España, lograda la paz interior y colocada en el camino de la prosperidad, volvía a ser objeto de presiones de propaganda, a las que se mostraba sensible, precisamente porque tendía a olvidar los sufrimientos del pasado.
Por primera vez en este discurso aparece la mención de otro fenómeno: en las grandes ciudades «la apostasía de la fe» y la «caída en la corrupción y los vicios más abyectos» amenazaban al verdadero fundamento de la sociedad, su moral. Claramente indicó que esto le preocupaba ante todo; la situación económica en segundo lugar; y sólo muy en tercer lugar los debates políticos, porque siendo su régimen de «Constitución abierta» se encuentra «dispuesto a todos los perfeccionamientos que resulten necesarios». Este Régimen ha demostrado capacidad para ganar la guerra, asegurar la neutralidad, «resistir la conjura internacional más grave que registran los tiempos», restablecer la economía y dar impulso a la seguridad social y a la justicia.
El Caudillo no mostró la menor vacilación en cuanto al orden de valores sobre el que se asentaba el Régimen. Habló en esta ocasión de dos y no dijo nada nuevo: el retorno a los partidos políticos devolvería a España a la antigua situación de división y ruina; insistirá todavía en que este es uno de los fundamentos del sistema. Luego pasó a la polémica desatada en torno a la Monarquía: están equivocados los que piensan que la continuidad del Régimen depende de la persona que haya de suceder un día en la Jefatura del Estado; no de la persona, sino de las Instituciones. El Movimiento se sucede a sí mismo si es capaz de crear el marco institucional necesario porque entonces será la persona tan sólo complemento y garantía para su funcionamiento. La Monarquía, en definitiva, explicaba a los falangistas inquietos, garantiza el Movimiento, no al contrario. Franco no aludió a una posibilidad que se desprendía de sus propias palabras: si el Movimiento no era capaz de generar las Instituciones precisas, no habría continuidad, cualquiera que fuese la persona.
El 10 de diciembre don Juan de Borbón había enviado una emotiva carta a su hijo que se preparaba a jurar la bandera el 15. Presidió el acto en la Academia de Zaragoza el ministro, Agustín Muñoz Grandes. Los monárquicos anotaron que en su discurso no hizo la menor referencia al príncipe, allí presente. Ello no obstante, el general Aranda consideró que era el signo de que se había producido un completo acuerdo entre don Juan y Franco, y se despidió de aquél en una carta (31 de enero de 1956) en que casi le acusaba de buscar el entendimiento con la dictadura traicionando a los obreros y a la libertad.
3.
No podemos olvidar que el año 1956 presencia un cambio de rumbo en la política europea bastante radical. La condena formulada contra el stalinismo por algunos de sus más conspicuos y exaltados defensores, quebró, de un modo inevitable todos los esquemas de la guerra fría. Los Cuadernos de Gramsci cobraron de pronto actualidad: la sociedad europea no podía ser conducida al marxismo por medio de la dictadura del proletariado sino por la inoculación paulatina de sus estructuras institucionales: la cultura, la Universidad, la Iglesia. Franco tuvo en su poder un ejemplar del número extraordinario de Mundo Obrero, del 30 de junio de 1956, en que se incluía la versión española del comunicado del Comité Central del Partido Comunista de la URSS explicando las razones que movían a suprimir el culto a la personalidad.
La desestalinización provocó movimientos subterráneos en todo el vasto imperio soviético, que anunciaban las revueltas polaca, alemana y húngara de octubre a noviembre. Como un medio de prevenir cualquier tipo de ayuda exterior, los dirigentes comunistas buscaron medios de implantación de movimientos revolucionarios de diversión, algunos de los cuales resultarían más eficaces de lo que proyectaban en principio. España debería ser escenario de uno de ellos, aprovechando la agitación universitaria que la izquierda falangista y los enemigos del Régimen estaban creando. Otro era Cuba: en diciembre de 1956 las guerrillas de Fidel Castro se instalan en Sierra Maestra. El tercero será el Oriente Próximo. Característica general en todos los casos: los movimientos se presentan simplemente como de liberación, aglutinadores de esfuerzos contra Gobiernos que se trata de derribar, pero sólo en caso de victoria descubrirá su verdadera naturaleza.
El 8 de enero de 1956 el cónsul general de Jerusalén, y en los días siguientes el embajador español en Amman, pusieron sobreaviso a Martín Artajo. Habían comenzado disturbios en la Ciudad Santa, de los que algunas instituciones religiosas católicas resultaron víctimas y aunque la noticia dada en el primer momento de un asalto al Centro Cultural español resultó falsa, se evidenciaba la presencia de agitadores comunistas. De este modo tuvo el Gobierno español noticia de la infiltración soviética en el mundo árabe al que utilizaría para alivio de sus propias dificultades. Los informes recibidos de El Cairo acerca de la política desarrollada por Gamal Abdel Nasser, tampoco eran tranquilizantes: se anunciaba una nueva guerra. Pero cualquier conflicto en el mundo árabe afectaba de modo indirecto a España. Martín Artajo discutió el tema con Franco: quería enviar a Castiella, embajador ante la Santa Sede, a Jerusalén, a fin de que pudiera estudiar sobre el terreno algún proyecto de inmediato control de la ciudad por una fuerza multinacional de paz. Pero el Generalísimo se negó.
El Gobierno israelí estaba ahora haciendo algunos tanteos para el restablecimiento de relaciones con España. Su embajador en México, Joseph Kessary, se entrevistó con el representante oficioso español, Justo Bermejo: quería hacer una advertencia a éste sobre las infiltraciones comunistas en países árabes; podía llegar a darse el caso de que Franco estuviese ayudando a sus peores enemigos. En cambio, sugería, una adecuada relación con ambas partes podía permitir a España actuar como puente. Para el cónsul general en Jerusalén el dato era cierto temor judío al aislamiento. Miembro de la O.N.U., España podía llegar al Consejo de Seguridad o a las comisiones mediadoras para la paz en el Oriente Próximo. Era preferible tenerla como amiga.
4.
En Europa occidental se tenía la sensación de haberse producido el agotamiento de la fórmula de democracia cristiana orientada «a la derecha». Una de las señales más significativas estaba siendo proporcionada por el cine. Aparecieron de pronto, como muestras explosivas de una nueva escuela, L’avventura de Michelangelo Antonioni, y La dolce vita de Federico Fellini. Los críticos señalaron: el neorrealismo italiano ha muerto. Pero el neorrealismo había sido el cine de la caridad y de la misericordia cristianas, de Miracolo a Milano, donde los hombres vuelan hacia las estrellas, o de Umberto D., que es un poema íntimo de capacidad de amor. Su desaparición significaba nuevos gustos y un cambio hacia el erotismo. Los partidos políticos debían prepararse a la búsqueda de nuevas clientelas.
Los informadores que, desde el interior de la Asociación Masónica Internacional, daban noticias a Carrero Blanco, hicieron llegar a éste datos que permitían suponer que el Departamento de Estado norteamericano, había decidido renunciar al apoyo casi excesivo que mostrara hacia la democracia cristiana en Europa para prestarlo a otros sectores social demócratas, eficaces en la lucha contra el comunismo. Pero esto no significaba sino que se estaba dando un giro a la izquierda, y que la eliminación del Macarthismo era algo más que una simple anécdota. También informaban que las Grandes Logias, inglesa y americana, habían conseguido restaurar la Masonería alemana e imponer a la Gran Logia francesa el cambio de ritual que proscribía el ateísmo y obligaba a los iniciados a prestar juramento de fe en Dios sobre una Biblia.
Estos datos coincidían en gran parte con los que proporcionaba el semanario France Observateur en su número del 13 de enero de 1955: según este periódico, la Masonería francesa había recobrado gran parte de su fuerza y sumaba ahora alrededor de 30.000 personas, entre el Grande Oriente (18.000), la Gran Logia (6.000) y la Logia «Droit Humain» que también admitía mujeres. Esta reconstrucción venía acompañada por cambios sociales importantes: las clases altas no se iniciaban ya y había predominio de funcionarios y pequeña clase media. En consecuencia, siempre según France Observateur, la Masonería tenía más implantación en el socialismo y menos en los Radicales o en el MRP. Mientras que la Gran Logia había aceptado la imposición teísta, el Grande Oriente la rechazaba.
En otro informe, proporcionado por la vía de Otto de Habsburgo, se daba la noticia del ingreso de Tito en la Masonería y de un proyecto de contactos entre ésta y los regímenes comunistas, en donde no estaba reconocida. La embajada de España en El Cairo daba cuenta de la expulsión de la Masonería árabe y de la reagrupación de ésta, fuera de la Asociación Internacional, en torno a Nasser.
Según los corresponsales del almirante Carrero, el cambio hacia el teísmo en las Grandes Logias obedecía, entre otras cosas, al deseo de lograr un acercamiento a la Iglesia Católica para conseguir el cese de los decretos de excomunión. Para ello se había declarado 1956 como Gran Año Simbólico. De hecho contactos entre la Masonería y la Iglesia se habían establecido dos años antes, a través de dos jesuitas, los Padres Beroleoot y Riquet, los cuales informaban directamente a monseñor Montini. Al ser elevado éste al arzobispado de Milán, el Papa Pío XII encomendó el tema a los cardenales Ottaviani, Tardini y Valeri.
Carrero sugería a Franco que de algún modo hiciese dos advertencias a los Estados Unidos. En primer término en el sentido de que el Régimen español no pensaba modificar su línea de radical oposición a la Masonería —lo que no resultaba demasiado exacto pues las tendencias persecutorias habían cesado y no tardaría en extinguirse el Tribunal especial— y en segundo que una línea como la que se anunciaba, de apertura a la izquierda conduciría al desplazamiento de católicos y tradicionalistas por el socialismo que, en definitiva, es el enemigo natural del sistema de vida norteamericano.
III. Los incidentes de febrero
1.
Conforme pasa el tiempo y nos alejamos de los sucesos, se empieza a comprender mejor la naturaleza de los incidentes de febrero de 1956 y también el juego paciente de Franco que había aprendido a combatir al enemigo después de que éste sufriera el oportuno desgaste. La agitación, patrocinada desde el exterior —aprovechando el momentáneo desprestigio del Generalísimo por la independencia de Marruecos— trataba de empujar a los sectores más recalcitrantes de Falange, aquellos que gritaban contra la Monarquía y se mostraban más entusiasmados por una revolución social, a un enfrentamiento con el Gobierno. El 1 de febrero de 1956 se repartió un manifiesto pidiendo la celebración del Congreso Nacional de Estudiantes; parecía emanar del S.E.U. La policía tenía conocimiento de que se celebraban reuniones en el Teatro Lara, en el Colegio de Estudios Nuevos que presidía Jimena Menéndez Pidal y en el Círculo de Bellas Artes, que presidía Gaspar Gómez de la Serna. Música, Tamames y Julio Diamante, entonces jóvenes estudiantes, utilizaban la revista del S.E.U. «Realidad», a la que habían cambiado el nombre por «Estudio». Se decía que el manifiesto había sido redactado por Laín y Tovar —probablemente falso— que eran entonces falangistas sin tacha. Los gritos se daban contra Calvo Serer y Pérez Embid, contra el Opus Dei y, por vez primera, contra el S.E.U. inauténtico.
De este modo, colocando nombres y apellidos ilustres de los orígenes del Movimiento en primera línea de batalla, se daba la sensación, a los medios de comunicación en el extranjero de que era el propio Régimen el que se desintegraba. En otro aspecto, la propaganda contra la Monarquía, adornada siempre de calificativos que la presentaban como algo arcaico y fuera de moda, permitía cultivar entre las generaciones más jóvenes el recuerdo nostálgico de la República, iniciándose un giro completo en su conformación mental: de ser la época lamentable de los gobiernos efímeros, la ruina económica, las huelgas casi continuas, la persecución religiosa, el paro y la anarquía, iba a pasar a ser el noble esfuerzo, lamentablemente fracasado, para la democratización de España. De cuando en cuando las envolturas se desgarraban y entonces aparecían las consignas marxistas. Los organizadores de la agitación pensaban que Franco estaba dispuesto a combatir con energía al marxismo pero no, en cambio, a Falange.
2.
La idea del Congreso Nacional de Estudiantes había nacido en ocasión de un homenaje a Rafael Sánchez Ferlosio por su novela, El Jarama, celebrado y amplificado en el ámbito del falangismo porque, entre otras cosas, se trataba del hijo de Miguel Sánchez Mazas. Se quería que coincidiese con la reunión de la UNESCO en Madrid y se manejaba el slogan de una libertad sindical que sustituyese al S.E.U. Fuertes críticas se estaban formulando contra éste, también desde Falange. Según datos proporcionados por la historiografía socialista, empezaban ya a actuar por esta época dos grupos clandestinos de izquierdas, uno extremista, Frente de Liberación Popular (Felipe) y otro moderado, Asociación Socialista Universitaria (A.S.U.), ninguno de los cuales dependía del Partido Comunista Español en donde Santiago Carrillo había aprovechado la desestalinización para expulsar a Vicente Uribe con quien se consideraba incompatible.
También el rector, Pedro Laín Entralgo había solicitado, en carta abierta, la supresión del S.E.U. La Facultad de Derecho, que continuaba en el viejo caserón de la calle San Bernardo, se convirtió en escenario de la agitación. Allí repartieron octavillas protestando de la suspensión del Congreso de escritores universitarios y se anunció el Congreso de estudiantes para el mes de abril. En la mañana del 7 de febrero las elecciones de delegados de curso fueron interrumpidas. Hubo choques violentos entre estudiantes. La Junta de Gobierno de la Universidad fue convocada, de urgencia, aquella misma tarde. El decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas explicó que, a su juicio, las octavillas estaban redactadas por profesionales de la política y que lo que se estaba produciendo era algo dirigido desde fuera y no desde dentro de la Universidad. De hecho los firmantes del manifiesto, Dionisio Ridruejo y Miguel Sánchez Mazas no eran universitarios. Al no tratarse de problemas de la Universidad, sino de agitación política y orden público, opinaba que se debía transferir al Gobierno para que se encargase de él el Ministerio de la Gobernación.
3.
Aquella noche el Decano de Derecho, Torres López, fue advertido por teléfono que se preparaba un asalto a su Facultad para el día siguiente. A las 9 de la mañana se presentó en el edificio, entrando por la calle Amaniel. Al atravesar el patio, y en la calle de los Reyes y San Bernardino vio gente con camisa azul, que no tenían aspecto de estudiantes. La mayor parte de los alumnos estaban en sus clases: pidió a los que estaban en los pasillos que se reuniesen en un aula, les pidió tranquilidad y que aguardasen allí hasta su regreso. Salió al patio para solicitar de los congregados, que se estaban agrupando, que se fuesen de aquel lugar, no el más apropiado para manifestarse. Como no le hicieron el menor caso, volvió a entrar en el edificio para pedir a tres profesores falangistas, Luis de Sosa, Eugenio Lostau y García de Vercher, Vieja Guardia, que le ayudasen.
Hubo un altercado de palabras. Los manifestantes hablaron del «honor de la Falange» y entonces García de Vercher, sin poder contenerse, exclamó: «el honor de la Falange lo defiendo yo mejor que tú y los gamberros que te siguen, porque yo era de la Vieja Guardia cuando tu padre era rojo». Estallaron insultos y gritos y los profesores tuvieron que retroceder desde el patio sobre el edificio. En el momento en que entraban, unos estudiantes, desde el primer piso, arrojaron un banco que se estrelló en el suelo con gran estrépito. Los manifestantes se lanzaron al asalto del edificio gritando: «¡a tirarlos por la ventana!». Lostau tuvo la presencia de ánimo de emprender el canto del Cara al Sol y les detuvo. Manifestantes de diversas tendencias protagonizaron incidentes y fueron dispersos por la policía con chorros de agua. Aquella tarde volvió a reunirse la Junta de Gobierno. El decano de Derecho protestó del asalto. El de Económicas, Manuel de Torres asintió pero advirtiendo: antes tenemos que protestar del Manifiesto del Congreso de estudiantes.
4.
Al día siguiente, 9 de febrero, volvía a celebrarse el aniversario de la muerte de Matías Montero. Los estudiantes falangistas se concentraron en el lugar de costumbres y luego, calle de Urquijo arriba, subieron en manifestación hacia Alberto Aguilera. Mientras tanto, según versión no publicada de la policía, manifestantes antifalangistas se concentraban en la calle de San Bernardo proyectando el asalto a los locales que la Sección Femenina tenía en la misma calle de Alberto Aguilera. Las dos manifestaciones chocaron a la altura de la confluencia con Guzmán el Bueno y empezaron a arrojarse piedras. Hubo seis u ocho disparos de arma de fuego y Miguel Alvarez, que iba agachado protegiéndose de las piedras, recibió un impacto de bala de frente y de arriba abajo. Se trataba de un estudiante no universitario, miembro del Frente de Juventudes, de 19 años de edad. Aunque nunca se publicó, la policía pudo identificar al autor del disparo, otro falangista, Luis Martínez de Eguilaz, que con una Parabellum procedente de las milicias nazis, hizo tres disparos al aire intentando asustar a los agresores.
IV. La caída de Ruiz Giménez
1.
El doctor Obrador operó a Miguel Alvarez en condiciones de tensión excepcionales, y aunque parecía casi imposible, salvó su vida. La Policía detuvo aquella misma tarde alrededor de cincuenta personas, algunas en el lugar del enfrentamiento, otras según lista previamente establecida. Entre ellos estaba Juan Antonio Bardem, director de cine. La mayor parte de los detenidos tras su interrogatorio, fueron puestos en libertad: sólo ocho quedaron sometidos a proceso: Dionisio Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas, Ramón Tamames —hijo de un famoso cirujano y luego miembro del Comité Central del Partido Comunista—, José María Ruiz Gallardón —actualmente uno de los prohombres de Alianza Popular—, Enrique Múgica Herzog —del PSOE—, Javier Pradera Cortázar —también comunista— y Gabriel Elorriaga.
El ejemplar de Arriba correspondiente al 10 de febrero daba la noticia en términos melodramáticos —«Han vuelto a matar a Matías Montero»— y publicaba un artículo muy áspero de Carrero Blanco bajo el seudónimo de Ginés de Buitrago. Estudiantes falangistas se reunieron en el Paraninfo de la Universidad y se extendieron por Madrid siniestros rumores acerca de la venganza que se proponían tomar. Algunos de los directos colaboradores de Ruiz Giménez pernoctaron aquella noche fuera de sus respectivos domicilios.
Un periodista francés, Jean Créach dio la noticia de que los generales Muñoz Grandes, Rodrigo y Martínez de Campos visitaron a Franco para darle cuenta de la gravedad de los sucesos. Pero tal noticia no parece verosímil porque el Caudillo había estado en todo momento informado al detalle y sobre todo porque tanto él como Muñoz Grandes se encontraban el 10 fuera de Madrid en una cacería. No olvidemos la costumbre típica de reflexión en la soledad de la naturaleza antes de las decisiones. Ahora la de despedir a Ruiz Giménez al mismo tiempo que a Fernández Cuesta, arriesgándose a la irritación de los sectores católicos, estaba firmemente tomada. Lo que sí hizo el general Rodrigo, Capitán General de Madrid, fue comunicar a los dirigentes de Falange que estaba decidido a cortar cualquier nuevo desmán. La Junta de Gobierno de la Universidad, presidida todavía por Laín, tomó el acuerdo de suspender las clases hasta el día 13 con la esperanza de que los nervios se calmasen.
2.
Entonces Franco comenzó a actuar, frío, lento, cauteloso como siempre. El 11 de febrero, al tiempo que se comunicaban los nombres de los ocho detenidos, el Gobierno no publicó una nota advirtiendo que «ha acordado usar el rigor de la ley». Por vez primera se promulgó un decreto suspendiendo los artículos 14 y 18 del Fuero de los Españoles. De este modo se pudo proceder al alejamiento de Madrid de muchos de los detenidos que no habían sido sometidos a proceso. El 12, el propio Consejo de Ministros decretó la suspensión de clases en la Universidad de Madrid hasta nueva orden. Los sucesos de los días 7 a 9 de febrero de 1956 se atribuyeron oficialmente a una «infiltración comunista… resultado de la lenta agresión intelectual contra los postulados del 18 de julio». Lo que no era sino una parte muy pequeña de la verdad.
El 14 de febrero, por la tarde, Franco llamó a José Luis de Arrese y no le dejó opción: tenía que volver a la Secretaría General del Movimiento porque ahora, más que nunca, Falange Española tenía que dar la medida de si estaba en condiciones de ejercer el protagonismo político para la democracia orgánica. Es significativa esta actitud. Franco no prescindía de Falange, aunque estuviese inquieto por la forma en que amenazaba desviarse. Todavía una última oportunidad. Para sustituir a Ruiz Giménez, llamó en cambio a un Ministro puente, Jesús Rubio García-Mina que había sido Subsecretario con Ibáñez Martín: no se trataba de crear nada nuevo sino de reparar un barco que amenazaba desencuadernarse. Algunos colaboradores de Ruiz Giménez aceptaron la nueva situación: Torcuato Fernández Miranda pasó a la Dirección General de Universidades y Manuel Fraga Iribarne a la del Instituto de Estudios Políticos. Otros, en cambio, decidieron pasar a la oposición. Nadie, en ningún lado, parece haber pensado en un reconocimiento de errores.
Al reanudarse las clases, el 21 de febrero, la policía descubrió a un singular estudiante, Campillo, matriculado simultáneamente en tres Facultades de la misma Universidad, no para acudir a las lecciones, cosa imposible, sino para poder figurar como alumno allí en donde su presencia era requerida. El comienzo de la masificación de la Universidad permitía estas singulares sorpresas.
3.
Las agitaciones universitarias lograron uno de los fundamentales objetivos: provocar escándalo. Aquellos días los periódicos europeos tuvieron sabrosos temas. La prensa británica, incluyendo al católico The Tablet, se puso al lado de los estudiantes. En Brasil algunos corresponsales llegaron a decir que el doctor Marañón estaba arrestado en su domicilio. Hubo manifestaciones en Roma. La Radio italiana se mostró de tal manera hostil que uno de los «misioneros», Filippo Anfuso, hizo una interpelación en la Cámara. En París, L’Express llegó a publicar la noticia de que Bardem había sido condenado a muerte mientras la Radio pedía una reunión urgente de la UNESCO. El 29 de febrero, L’Unità publicó un mensaje de solidaridad con los estudiantes que firmaban Pietro Nenni y Luigi Longo.
Nada de esto preocupaba al Gobierno, pero sí mucho la actitud de algunos eclesiásticos que podían influir sobre el Vaticano. La brusca despedida de Ruiz Giménez podía envenenar las cosas. De hecho la revista de los jesuitas de Zaragoza, Hechos y Dichos había reproducido una declaración de monseñor Franceschi en Argentina, áspera contra Franco y laudatoria para la conducta de la República francesa. Un manifiesto atribuido a la Juventud Universitaria de Acción Católica, circuló por Madrid. Pla y Deniels aclaró que era apócrifo.
Desde Roma la consejería de prensa de la embajada ante la Santa Sede, envió una crónica periodística, a fin de que sirviese de informe. Decía textualmente:
«Difícil es resumir en una única impresión la auténtica reacción de los ambientes vaticanos ante los últimos acontecimientos españoles. Esta dificultad estriba precisamente en la diversidad de ambientes y en la cantidad misma de figuras relevantes con personalidad propia o representativa que componen lo que en términos periodísticos se llama «círculos vaticanos». Una cosa sin embargo puede darse como cierta y es que los informes, no excesivamente puntuales pero sí muy detallados, enviados por la Nunciatura de Madrid a la Secretaría de Estado, están siendo estudiados con especial atención por dicho organismo vaticano, canalizador a veces e inspirador otras de la política de la Santa Sede.
De modo general puede afirmarse que tanto los incidentes estudiantiles madrileños, como sus repercusiones políticas, han provocado innegable preocupación en las cúspides más altas de la jerarquía eclesiástica. Ello es lógico si se tienen en cuenta una serie de factores como pueden ser el carácter confesional y al mismo tiempo totalitario del Régimen español, la relativamente reciente estipulación de un concordato con España, la innegable influencia política del clero en la vida pública española y la directa o indirecta responsabilidad —cuando menos a los ojos de los observadores extranjeros— de las alteraciones estudiantiles de una personalidad católica que, por haber desempeñado la embajada de España cerca de la Santa Sede es muy conocida en los ambientes vaticanos. Cierto que a la hora de las responsabilidades la Secretaría de Estado tiene un criterio sobre esta cuestión derivado precisamente de los informes de la Nunciatura. Pero no deja de preocupar a esos medios vaticanos el que dicha personalidad política española aparezca como responsable por la coincidencia de su dimisión, como miembro del Gobierno español, con la de otro colega de gabinete cuya ideología política no era precisamente idéntica a la del anterior. Culpabilidades o responsabilidades aparte, pues no se excluye tampoco que la dimisión del Ministro de Educación Nacional haya supuesto el hallazgo de una inocente víctima propiciatoria, lo cierto es —insistimos— que los acontecimientos españoles no han tenido ningún eco satisfactorio en los medios vaticanos más calificados.
La prueba de cuanto decimos puede hallarse en la extrema prudencia, por no decir deliberado recato con que L’Osservatore Romano ha publicado las informaciones relativas a los sucesos españoles. Si ha habido en la prensa italiana notas parecidas sobre esta cuestión han sido las ofrecidas por la prensa católica y la de extrema derecha o sea neofascista. Tanto unos periódicos como otros, han procurado reducir y minimizar, ocultándolas casi a la vista del lector, cuantas noticias se referían a los incidentes estudiantiles y a sus reflejos y orígenes políticos. Es curioso subrayar —y este dato puede confirmar también nuestras impresiones— que de tal línea de conducta no se han apartado aquellos periódicos como, por ejemplo, Il Quotidiano, órgano central de la Acción Católica italiana, no se han distinguido nunca por su admiración al Régimen español. Y es que las mentes inspiradoras de todos estos periódicos se han dado cuenta, a pesar de sus prejuicios ideológicos, del peligro que para la Iglesia española representan ciertas tendencias del antifranquismo. El fondo anticlerical de algunas de las manifestaciones estudiantiles no han dejado de asustar a las autoridades vaticanas poco propicias a aplaudir dictaduras pero más reacias aún a dar cordiales bienvenidas a corrientes políticas que no se inspiran en una clara y decidida confesionalidad. Sin llegar a los extremos de la Argentina, el caso español es analizado a la luz de los acontecimientos que precedieron y siguieron a la caída de Perón. El fondo anticatólico que puede cubrir ciertos movimientos antitotalitarios se ha descubierto en Argentina y empieza a entreverse, a los ojos vaticanos, en la situación española.
La alarma causada en el Vaticano por los acontecimientos españoles y de ahí la ausencia de comentarios y la prudencia informativa de los órganos católicos, no es compartida sin embargo enteramente por todos los ambientes católicos de Roma. La pasión política, el sectarismo ideológico o viejos resentimientos, han llevado a algunas personalidades del pequeño mundo eclesiástico romano y de las esferas seglares anidadas o relacionadas con la Santa Sede, a no ocultar cierta satisfacción por las demostraciones evidentes de descomposición del Régimen franquista. La pasión política en unos casos, y la desconexión de España en otros (pues tal euforia íntima no es privativa de los ambientes eclesiásticos romanos sino también de algunos elementos del clero español en Roma, pertenecientes a prestigiosas órdenes españolas) constituyen las causas de esa reacción satisfactoria que también se observa en la Ciudad Eterna. Ahora bien, ambas posturas no tienen el mismo peso ni la misma fuerza. Los unos representan las altas esferas responsables de la Iglesia y los otros son elementos dispersos cuya auténtica influencia política, a pesar de los cargos que ostentan, es muy relativa. Los primeros, en fin, son los que han visto con alarma, por su naturaleza intrínseca y, sobre todo, por sus repercusiones políticas presentes y futuras, los sucesos madrileños, y los otros son los que han recibido tales noticias con innegable satisfacción, pues en ellas han identificado ciertos claros preludios del epílogo de un Régimen al que nunca amaron».
