1.
En mayo de 1955 se iniciaba una nueva legislatura de las Cortes, quinta de la serie, porque los miembros electivos se renovaban cada cuatro años. Entre ellos se encontraban los consejeros provinciales del Movimiento, que el día 15, víspera de la sesión de apertura, prestaron juramento delante del Caudillo. Franco aprovechó la ocasión para recordarles que «Falange es un movimiento, no un partido, y aspira a la unidad de los hombres y de las tierras de España». Todavía, en este momento abrigaba el convencimiento de que podía utilizar a Falange como principio integrador para la democracia orgánica. Pero estaba dispuesto también a hacer una advertencia seria.
El 16 leyó, ante las Cortes, su discurso. Fue como un doloroso esfuerzo, una advertencia sobre los efectos debilitadores que las disensiones estaban produciendo, un llamamiento a la unidad entre falangistas y monárquicos para la integración del régimen político más adecuado para el Estado que ya tenía forma de Monarquía, porque era Reino. Reveló entonces un dato que pasará desapercibido: en las cuatro legislaturas anteriores 120 proyectos de ley habían tenido que ser retirados por el Gobierno —eufemismo que encubre la no aprobación— demostrándose de este modo la independencia de las Cortes. Todos los demás textos habían sufrido profundas modificaciones antes de ser aprobados.
«Pensad —dijo a los procuradores— que recibimos una Patria empobrecida, sumida en el abandono y dividida hasta el borde de la anarquía… que fue, moral y materialmente necesario el Alzamiento para poder cambiar el signo de aquella España que se nos hundía». «No podría concebirse un sistema más dañino para los intereses de la Patria» que la democracia liberal parlamentaria. Liberalismo y marxismo son doctrinas para la desintegración de la sociedad y de la nación, pero hoy se encuentran tan arraigados en el mundo que «es necesario cambiar un estado de conciencia» antes de que se pueda abrigar la esperanza de suprimir el peor de sus efectos, la lucha de clases. «El Movimiento Nacional fue, desde sus orígenes, un ansia de solidaridad real entre los españoles» y en definitiva, un intento para lograr ese cambio de conciencia.
2.
Una vez que las Cortes han demostrado su capacidad legislativa, deben enfrentarse ahora con un doble desafío, ensancharse y profundizar en la representación de la sociedad, y hacer los cambios que exige el Movimiento, que es en sí revolucionario. «Hay dos formas de hacer la revolución» —afirmó Franco— una que niega valor al sistema económico preexistente y le destruye sin preocuparse de las consecuencias, y otra que le reconoce, pero «fomentando el progreso económico, amplía considerablemente los horizontes que la justicia social puede alcanzar». Recordó los años durísimos pasados. Las malas cosechas, que obligaron a importar hasta 1.400.000 toneladas de trigo, aumentaron las dificultades generando una pavorosa deuda exterior. Todo está pagado. Ahora hay que construir.
Franco señaló, de modo inmediato, los ocho puntos que, no sin cierto simplismo, consideraba como los ejes de la transformación económica de España: «regar nuestros campos; poblar nuestros montes; descubrir y explotar nuevas minas; nacionalizar posibilidades de trabajo para nuestros hombres mediante la industria; poner los máximos recursos de la enseñanza y de la formación profesional y de la alta cultura al alcance de todos; extender y perfeccionar las instalaciones sanitarias; mejorar y multiplicar nuestras comunicaciones; actualizar y promover todas las fuentes de producción y de trabajo».
El discurso, cuidadosamente preparado, intentaba establecer líneas para la acción y el entendimiento, así como formular advertencias en más de un sentido: a los que se sentían fundamentalmente políticos les decía que la obra más importante era social y económica; a los empresarios, que había que profundizar todavía mucho más en la justicia distributiva; a los falangistas puros y sindicalistas que no convenía «espantar el capital con demagogias impropias de nuestra responsabilidad y de nuestra honra».
3.
La tesis de Franco acerca de la Monarquía constituye seguramente el núcleo fundamental del discurso. Las instituciones que han venido creándose y otras más que en el futuro deberán aparecer, constituyen el lado «permanente» del Régimen, su estructura. La Monarquía, y no la República, está llamada a asegurar su continuidad, porque posee, también, un carácter «permanente» que se origina en su legitimidad histórica. Ahora bien: «el Reino que nosotros, con el asentimiento de la nación, hemos establecido, nada debe al pasado; nace de aquel acto decisivo del 18 de julio». La legitimidad de ejercicio integrada, posteriormente, en la legitimidad de origen de la Monarquía tradicional española.
La forma en que —según el pensamiento de Franco— tal integración debía asegurarse era la democracia orgánica cuyos principios rectores proceden del Movimiento, es decir, en primer término de Falange, y en segundo del Tradicionalismo. Cuando se refería a ampliar y profundizar la base de la representación, Franco siempre aludía a los órganos «naturales» preexistentes en la misma sociedad, no a los grupos «artificiales» que se constituyen para la conquista del poder. Consecuencia lógica es la censura del capitalismo en cuanto que supedita la justicia social al logro de los beneficios, y el aborrecimiento beligerante del comunismo. Franco nunca creyó en la posibilidad de una coexistencia, aunque sus consejeros acabarían imponiéndosela poco a poco. «El comunismo no ha variado jamás de objetivo, sino de táctica… y hoy está en boga aquella iniciada a fines de 1935 con la creación de los Frentes Populares, con los que en distintas partes del mundo había de cosechar sus más grandes triunfos».
