1.
La crisis de 1955 a 1956, que liquida prácticamente el Régimen creado en 1939 para comenzar a construir rápidamente otro, el de las Leyes Orgánicas, se desenvuelve en España con el ritmo de una pequeña revolución en su primera etapa, la de «revuelta de los privilegiados». Los falangistas desencadenaron la protesta que, en definitiva, provocó la desaparición de la fuerza política de Falange. De ahí nació después lo que no deja de ser una leyenda, que Franco marginó deliberadamente la Falange. Arrese, que será principal protagonista —sacrificado protagonista en cierto momento— tiene la nobleza de reconocer: Franco no podía hacer otra cosa sino encaminar al país por otro derrotero, de desarrollo económico, para evitar lo que probablemente hubiera sido ya un desastre.
A Franco se había avisado, en enero de 1955, que se esperaba aquel año un recrudecimiento de actividades por parte de los tres grandes grupos de oposición, el de unión republicana de izquierdas, el socialista y el comunista. Crecía en Falange, y también entre los carlistas la alarma por la presencia de don Juan Carlos, que había llegado a Madrid por ferrocarril el 18 de enero de 1955 en compañía del duque de la Torre, teniente general Carlos Martínez de Campos. Unas cuatrocientas personas, en su mayoría pertenecientes a la nobleza, estuvieron a recibirle en la estación. Hubo cuatro o cinco días especialmente tensos. El Consejo de la Vieja Guardia fue a entrevistarse con Raimundo Fernández Cuesta al que, en términos de especial tirantez, pidió que definiese claramente cuál sería la actitud del Partido en orden a la sucesión del Caudillo. Circulaban por Madrid octavillas que decían «no queremos Rey» y los muchachos del Frente de Juventudes comenzaban a aprender una canción que tenía como estribillo, «no queremos reyes idiotas, que nos vengan a gobernar».
El 22 de enero se reunió la Junta Política. El 23 Arriba publicó las declaraciones tranquilizadoras de Franco. El 24 se hacía llegar al Generalísimo un informe de FET y de las JONS que se presentaba como voz de alarma ante un peligro, el de la entrega del Régimen en manos de la democracia cristiana, que le destruiría:
En 1945, comenzaba el informe, derrotado el Eje, Franco entregó el poder a los hombres de la democracia cristiana con la esperanza de que los otros partidos afines en Europa prestasen su apoyo al Régimen español. Pero no lo hicieron. Tampoco los demócratas cristianos del interior se han mostrado capaces de elaborar una doctrina política que pudiese sustituir a la del 18 de Julio. Sólo aspiran al retorno hacia la democracia inorgánica de los partidos.
Ahora pretenden una segunda maniobra, la de pasar a la oposición, desintegrando al Régimen. El instrumento será la Ley de libertad de prensa porque de este modo se pueden replantear todas las cuestiones sociales, como recientemente ha hecho la pastoral de Pildain. Ambas cosas, libertad de prensa y libertad sindical, significarán el final del Movimiento como fue concebido inmediatamente después del 18 de julio.
2.
El 9 de febrero de 1955 se celebraba en la calle de Víctor Pradera (que ahora es de Mendizábal) un acto rutinario de homenaje a Matías Montero, el estudiante del SEU, en el mismo lugar en que veinte años antes cayera asesinado. Un estudiante, Fernando Elena, delegado del SEU en la Facultad de Derecho, se enfrentó con Raimundo Fernández Cuesta increpándole en términos que pueden considerarse injuriosos. El acto era de tal gravedad que exigía que Ruiz Giménez interviniese ya que el alumno debía ser expedientado y, tal vez, expulsado de la Universidad. Pero el Ministro de Educación no quería incurrir en tal impopularidad. El incidente no parecía aislado. Este mismo día, en Valencia, se hizo la conmemoración del «estudiante caído». Presidía el rector José Corts y Grau, y hablaron Francisco Tomás y Valiente —hoy miembro del Tribunal Constitucional, entonces delegado del SEU— José Salazar Belmar y el director de la revista Alcalá, Marcelo Arroita Jáuregui. Este último aludió a la sucesión del Régimen y dijo claramente que don Juan no servía. El rector hubo de dar rápido fin al acto para impedir un enfrentamiento entre falangistas y monárquicos. Al día siguiente, la prensa europea destacaría la llegada de don Juan Carlos a Madrid.
La Universidad se agitaba con amenazas de huelga que apoyaban izquierdistas y monárquicos, todos interesados en una campaña de desprestigio del Régimen. El 14 de febrero los dirigentes de primera línea en la Facultad de Derecho enviaron una carta a Fernández Cuesta en que «considerando tu gallarda actitud en los incidentes provocados por nosotros el día 8 de febrero ante la lápida de Matías Montero (actitud que no supieron mantener otras jerarquías: José Antonio Elola, Juan José Pradera, Murga y Pedro Laín)» le brindaban una explicación. Lo ocurrido era un grito de dolor de cuantos sienten nostalgia por la revolución nacional sindicalista, que está siendo abandonada. Por eso decidieron «vocear a todos los vientos nuestra disconformidad de falangistas jóvenes en cuanto a la estructura interna de la Falange y a su triste dirección. Si la Falange ha de seguir así, la única salvación que podemos ofrecer a su honra, es matarla». Reclamaban la «independencia política de Falange» y concluían: «queremos un auténtico Jefe y no podemos tener confianza en quienes, durante diez y seis años, han cometido tantos errores». Fernández Cuesta llevó a Franco la carta.
3.
Es evidente que Franco no quería participar en el debate pero se vio obligado, en cierto modo, a hacerlo. El 22 de febrero, ya en la proximidad del aniversario de la muerte de Alfonso XIII, hizo declaraciones al director de Arriba. Desde luego no se refirió, para nada a los sucesos del día 9. Se extendió ampliamente en alabanzas al último Rey de España y calificó en cambio a Javier de Borbón de «príncipe extranjero, sin eco en la nación». Pero aprovechaba la oportunidad para hacer dos advertencias: la primera que «su marcha (de Alfonso XIII) fue la última consecuencia de aquel sistema» de parlamentarismo liberal y partidos políticos; la segunda, que él mismo aún se sentía joven, con buena salud, y que se le había investido de una magistratura vitalicia, de modo que estaba obligado a pensar en la sucesión, y no en la sustitución.
Los funerales por el Rey, que se celebraron en El Escorial el día 28, se vieron ostensiblemente desasistidos por la nobleza que no estaba dispuesta a reconocer en Franco una legitimidad de ejercicio. El día antes, Arriba publicó otras declaraciones, esta vez respuesta a un cuestionario muy meditado que daba a pie a que Franco hiciese la crítica de la Monarquía; pero Franco eludió el compromiso. Hizo, en cambio una advertencia a los jóvenes para que no se dejasen sorprender en su buena fe por argumentos que eran ya viejos y que trataban de achacar a la Monarquía «las desgracias acumuladas sobre la Patria por la conspiración revolucionaria». Monótono, seguía vertiendo los mismos conceptos de siempre: el Movimiento es el «que vitaliza a toda la nación»; la Monarquía viene luego a proporcionarle «la fuerza de continuidad, que entraña la Institución»; en cualquier caso él consideraba «premisa indispensable la identificación más absoluta de las personas con el Movimiento». ¿No ha tomado su emblema el Movimiento precisamente del escudo de los Reyes Católicos, creadores de esa Monarquía católica española? El Consejo del Reino servirá de garantía para que el futuro Rey no se aparte del Movimiento.
Hemos de rechazar la idea de que el Jefe del Estado careciese de informaciones precisas acerca de las corrientes y tensiones que trabajaban entonces a la sociedad española. Recibía constantes notas, resúmenes de datos, confidencias de personas. El 13 de marzo de 1955 recibió la visita de don Juan Carlos, en la compañía del duque de la Torre. Le explicó que, en adelante, tendría que desconfiar de aquellos grupos, especialmente de la nobleza, que consideraban a la Monarquía solamente como instrumento para satisfacción de sus deseos.
4.
La primera chispa se apagó, pero quedaron rescoldos. A principios de marzo de 1955 un grupo de falangistas y seuistas quiso redactar un documento pidiendo la destitución de Fernández Cuesta y rechazando la línea monárquica que había tomado el Régimen. La Junta provincial de Primera Línea de la Vieja Guardia rechazó el escrito, que se presentaba como anónimo: Franco es el único y verdadero Jefe y nada se hará contra él. Se estaba repartiendo en la Universidad un panfleto, con alabanzas a Pedro Laín y críticas al S.E.U. Firmaba un apellido ilustre en la Falange: Miguel Sánchez Mazas. Curiosamente se repetían en aquel pasquín, que reclamaba que dejásemos de vivir de consignas, las dos más importantes de la izquierda marxista: no al concordato, no al pacto con los Estados Unidos.
La conferencia de metropolitanos, que volvió a reunirse a mediados de marzo de 1955, hizo público el día 18 un nuevo documento colectivo, situado en la línea tradicional, en que se contienen cuatro notas de alarma que contrastan fuertemente con lo que será la actitud de su heredera la conferencia episcopal post-conciliar. Alarma por la invasión de materialismo en la vida española y por las publicaciones, cada vez más frecuentes, en que la fe no es tratada como verdad absoluta sino como un tema de debate. Alarma porque algunos se atreven a decir que la Iglesia española no es bastante «progresiva». Alarma ante el fenómeno de los sacerdotes-obreros, que acaban de ser condenados en Francia. Alarma finalmente por esa extraña figura de la «teología laica» que es tan sólo forma disfrazada del antiguo clericalismo. La Iglesia seguía confiando en el Estado como en una especie de manto protector.
El Ateneo de Madrid, cuyo presidente era Florentino Pérez Embid, invitó al antiguo embajador de Italia, Roberto Cantaluppo, a pronunciar, el 21 de abril de 1955, una conferencia sobre Las monarquías en la Europa de hoy. El acto degeneró en tumulto cuando un grupo de monárquicos dio vivas al Rey mientras el ex ministro, Rafael Sánchez Mazas, guiando a los falangistas, incitó a gritar viva la Falange. Pérez Embid tuvo que llamar a la policía para restablecer el orden. Cuatro días más tarde, Cantaluppo visitó al marqués de Luca de Tena y le recomendó que los monárquicos se agrupasen en torno al Caudillo pues, de lo contrario, no triunfarían.
