El promotor del «Fuero del Trabajo» es el mismo Caudillo. El protagonista y redactor es Pedro González-Bueno Bocos, ingeniero de fuerte vocación política, al que Franco nombra primer ministro de Trabajo.
A finales de 1937 y a primeros de 1938, González Bueno escribe en «Franco visto por sus ministros» (Edit. Planeta 1981): «Viví en contacto muy directo con el Generalísimo, siempre muy animoso. Era un hombre modesto, sencillo, que sabía escuchar, no presumía de nada y tomaba decisiones importantes con la mayor naturalidad».
Frecuentemente me hablaba, y con especial énfasis e interés, del problema social de España. Coincidíamos también en esto. Sabía que tenía que ordenar políticamente la economía, superando la lucha de clases en beneficio de España, defendiendo la producción en general y, en particular, al trabajador. Me propuso que estudiara un Decálogo del Trabajo…
Creo que sería en el segundo o tercer Consejo de Ministros, es decir, a mediados de febrero, cuando el Generalísimo expresó su vehemente deseo de hacer conocer oficialmente al pueblo español la ordenación económica y aspiraciones sociales del nuevo régimen político que tratábamos de establecer.
Volviéndose a mí me encargó presentara al Consejo de Ministros esta nueva disposición en el plazo más corto posible. No aceptó mi petición mínima de dos meses y quedé comprometido a dedicar toda mi actividad a la redacción de todo este importante documento».
A últimos de febrero, González Bueno lee su trabajo en el Consejo de Ministros. «Todos los ministros y Franco, terminado el Consejo, estrechando mis manos me felicitaron muy efusivamente», dice el autor.
A continuación, este documento se somete a la consideración de los miembros del Consejo Nacional del Movimiento. Desde el 6 al 9 de marzo se estudió en profundidad perfeccionándolo entre todos. «Así se consiguió la redacción de un documento que fue, y pienso sigue siendo, muy importante».
Con el «Fuero del Trabajo» se asegura el derecho al trabajo a todos los españoles y fue verdad que durante muchos años en España dominó el pleno empleo. Tuvo que morir Franco para que el paro galopara por la nación con caracteres alarmantes. Con el «Fuero del Trabajo» se crea la Magistratura del Trabajo para defender los derechos de los obreros, y se crearon otras instituciones para garantizar el salario familiar, el acceso a la vivienda propia, a la seguridad social, a la previsión, el acceso al estudio, incluso universitario, para todos los jóvenes capacitados, etcétera.
«Los logros del “Fuero del Trabajo” —reconoce el historiador Ricardo de la Cierva— se elevaron por encima de cuanto habían logrado la Monarquía y la República», a lo que la historia y la realidad tienen que agregar que los logros alcanzados por España con el Fuero del Trabajo superaron el progreso del resto de los países del mundo. Por algo Franco consiguió elevar a España del último puesto en el concierto de las naciones a ser la novena potencia industrial del mundo. Pero una potencia respetada, admirada y temida. Estando Franco en la Jefatura del Estado, nadie apresará un barco español, ni nos quemarán los camiones de frutas u otras mercancías por las carreteras de Europa…
Aquí vendrá hasta el Presidente de los EE.UU. y Rusia entablará relaciones comerciales. Nadie sospecha entonces que no pocos hijos de aquellos obreros de una u otra zona llegarían a ser propietarios de pisos, coches, chalets, negocios, títulos hasta universitarios…
«El Pensamiento Navarro» publica la noticia el 10 de marzo así: «Desde ayer tiene España el “Fuero del Trabajo”» y sigue: «Renovando la Tradición Católica de Justicia Social y alto sentido humano que informó nuestra legislación del Imperio…»
Por tal causa, un día, el 17 de julio de 1962, el Caudillo diría a los obreros del Club San Blas, de Madrid: «Desde los primeros días de nuestra contienda, empezamos a construir nuestro edificio social inspirado en los principios de aquella encíclica papal de León XIII, la “Rerum novarum”, plena de doctrina… Necesitamos la extensión de la cultura, que la cultura llegase a todos los lugares y rincones de la Patria, que no se perdiese ninguna inteligencia por falta de medios. Y hemos llegado en este año a dedicar 1.200 millones de pesetas, todo el importe del impuesto sobre la renta, para becas de estudio y aprendizaje para las clases menos dotadas. Es decir, que cuando llegan a nosotros las voces de los pontífices en la magnífica encíclica “Mater et Magistra”, de Juan XXIII, la recibimos con alborozo, porque veníamos caminando hacia ella desde hace veinte años».
