Uno de estos días, a petición del Papa, Gomá se entrevista largo y tendido con Pío XII. La delicada situación española y la curiosidad del Pontífice por conocer detalladamente la conducta de Franco en toda su trayectoria lo requerían.
El Primado español recordó al Papa las «nefastas leyes» de la República contra la Iglesia y la persecución salvaje desatada contra todo signo religioso cuando estalló la contienda. Le narró las espantosas torturas y asesinatos cometidos contra monjas, frailes, sacerdotes y obispos. Gomá añadió:
—Las izquierdas decían: «Son curas y esto basta para matarlos a todos». Allí, en España, se ha matado a hombres hasta por el solo hecho de parecerse físicamente a algún sacerdote. Tal sucedió con un seglar al cual, por parecerse al director del Opus Dei, le ahorcaron en Madrid, según me ha contado en Burgos don José María Escrivá de Balaguer. De infinidad de católicos, tantas crueldades y sadismo, como podría decir otro tanto. España aquellos años hicieron exclamar al Santo Padre:
—¡Increíble! ¡Increíble en un país civilizado, aunque en el gobierno de una república atea! ¡Increíble!
El Cardenal siguió hablando de los muchos templos destruidos, de las riquísimas obras de arte e imágenes quemadas, del manto de ochenta mil pesetas de la Patrona de Toledo, su sede episcopal, y mil valiosas joyas más robadas de todas las catedrales por el mismo Gobierno republicano… —Y mal—, nos está librando Franco —agrega el Cardenal—.
—¡Qué pena! ¡Increíble! —repetía Pío XII moviendo la cabeza con pesar—, y, tras una breve pausa de silencio dolorido, preguntó:
—¿Y de Franco qué opina?
—De los antecedentes religiosos de Franco yo también me he preocupado de indagar por sus capellanes castrenses, y la información que he recibido es la de ser un hombre ejemplarísimo.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Sencillamente, porque cumple con solicitud sus deberes de buen hijo de la Iglesia. El capellán que tiene le sigue a todas partes e, incluso, en los frentes de batalla celebra en una ruleta la eucaristía en la que participan con gran fervor el Generalísimo y los que le acompañan. Con ningún obispo había sostenido antes de la guerra amistad alguna. Sin embargo, en cuantos ha tratado ahora, durante la guerra, se ha mostrado respetuoso, acogedor y muy cortés. Como conmigo. Nos escucha con suma atención y nos concede cuanto le pedimos. Ha rectificado con humildad plausible algunos conceptos equivocados que tenía respecto a las relaciones Iglesia-Estado y otros temas, de lo que yo soy testigo cualificado. A propuesta nuestra, ha derogado las leyes sectarias de la República. A un periodista extranjero le declaró que en la nueva España todas las universidades serían católicas. La enseñanza primaria está supervisada por la Iglesia. Quiere que todo su gobierno esté inspirado en la doctrina de la Iglesia.
—Su Eminencia me está dejando asombrado y sorprendido. No conozco ningún Jefe de Estado que sea mejor. Realmente que es ejemplarísimo. La Iglesia española con Franco estará de enhorabuena.
—En efecto. No cabe duda.
—¿Y de su vida privada qué se comenta?
—Se comenta que también es extraordinario. No bebe ni fuma. Es sobrio y austero. Es incansable en el trabajo. Es un hombre que adora a la familia, que se desvive por los soldados y por quienes están a su alrededor y necesitan algo. Varias personas me han referido que la madre del Caudillo fue una santa. Unos días antes de venirme a Roma, cierto señor ferrolano, don Justo Barcón, me lo confirmó con diversos datos. De joven, fue catequista en uno de los barrios más modestos de El Ferrol. De adulta, llegó a ser presidenta de las señoras encargadas de la administración del Santo Hospital de Caridad. Y siempre dispuesta a cooperar en su parroquia. Vamos, una auténtica mujer española.
—Sus impresiones me están produciendo una gran satisfacción, Eminencia. Seré un admirador del Caudillo de España. ¿Pero cómo enjuicia la dura represión y crueldad de que le acusa a Franco la izquierda?
—Debo participarle que, en cuanto a la persona del Caudillo, nada de eso es verdad. Como sus enemigos, que también son enemigos nuestros, no pueden vencerle con las armas, tienen que recurrir a la mentira y a la calumnia para matarnos así en la buena estima con que otros nos pudieran honrar.
—Es triste. Pero así se suele reaccionar. Es el recurso al pataleo, como se dice vulgarmente, que en este caso, se vierte en calumnias y más calumnias.
—Afirmo que, en cuanto a la persona de Franco, esas acusaciones son falsas, porque Franco es un caballero en quien no cabe la ruindad de la venganza. Franco es un católico, cuyos principios evangélicos le impiden todo lo que no sea justicia. Franco es todo un patriota, para quien no existen derechas ni izquierdas sino todos españoles. De no ser así la guerra, que ya está ganada, hubiera terminado hace tiempo. Si no hubiera preferido respetar la vida de los ciudadanos antes que la vanagloria de haber triunfado rápida y brillantemente, lo que hubiera logrado a fuerza de bombardeos, como le aconsejaban Hitler y Mussolini, la guerra hubiera durado sólo un año. Únicamente ha ordenado sentenciar a quienes se declaren criminales convictos y confesos, a los que tengan las manos manchadas de sangre. En definitiva, lo que se manda en todos los códigos del mundo. Son miles los fugitivos a Francia que están regresando ya. Y esto lo sé por palabras dirigidas a la Cámara de Francia por el Ministro del Interior el día 14, según los periódicos. Y por boca del mismo Franco sé, en secreto, que a muchos de los condenados a muerte se les conmutará la pena capital por la de cadena perpetua y ésta, al poco tiempo, se les reducirá a treinta años, y para el cuarenta y cinco poco más o menos supone que todos los presos a causa de la guerra estén en la cárcel.
—Lo entiendo, máxime conociendo la historia de los últimos años de España.
—Efectivamente, los últimos años de España que se remontan al período en que entra a gobernar María Cristina, esposa de Fernando VII, hace algo más de cien años. Desde entonces hasta ahora, todo han sido humillaciones por parte de los políticos contra la Iglesia y contra nuestras sanas costumbres tradicionales. Con raros paréntesis de años de respiro para la Iglesia, los demás han sido de persecución más o menos solapada, pero de persecución, que ha desembocado en esta auténtica cruzada. Necesitábamos liberarnos de cien años o más de males y, gracias a Franco, lo vamos a conseguir. Tenga en cuenta que Franco va a encomendar los cargos de máxima responsabilidad política a hombres de probado catolicismo, que es tanto como decir que los va a poner en manos de la Iglesia. ¿Qué más podemos desear?
—Pero el que la Iglesia deba estar de enhorabuena con Franco, esto no impide que tengamos que lamentar y reconocer que en toda guerra haya venganzas terribles.
—Desde luego. Y también reconozco que pagan justos por pecadores. Mas Franco es ajeno por completo a todo esto, como lo somos los obispos, a los que se nos acusa de connivencia con el Caudillo en la represión y no hacemos otra cosa que invitar a la moderación. En las primeras ciudades que se conquistaron, la represión sí que respondió con dureza a la durísima represión que antes había fomentado allí la izquierda. Tal es el caso de Badajoz y Málaga. Pero, así y todo, Franco fue ajeno a esta represión que se llevó a cabo por cuenta y riesgo de otros generales, así como fue ajeno a la ejecución de los sacerdotes separatistas vascos. La prueba está en que, a partir de conocer Franco estas noticias, se suspendieron las ejecuciones de sacerdotes y después de cada victoria ha insistido y reiterado moderación y perdón con los vencidos y el peso de la justicia sólo para los criminales, independientemente de la guerra. Lo que igualmente es inevitable es que los hijos de padres y abuelos asesinados no maten por su cuenta no sólo a los verdugos de éstos, sino también a sus cómplices e incluso familiares. Y como comprenderá, Franco es ajeno a estas venganzas. Todo esto no obstante, también son muchos los hijos de mártires que han perdonado a sus enemigos. Y encima están dando de comer ahora a los hijos de estos que han muerto en los frentes rojos, han huido al extranjero o están en la cárcel.
Tanta admiración suscitaron las impresiones de Gomá en Pío XII que le rogó comunicara a Franco y a los españoles sus más efusivos sentimientos de afecto y adhesión a la noble causa que defendían. Y el Cardenal así lo hizo en la carta que escribió al Caudillo el 19 de marzo:
«Después de su coronación, me dijo el Papa: “Sírvase transmitir al Generalísimo Franco mi bendición con mis mejores afectos y con los votos más fervientes que formulo para el pronto triunfo de las armas españolas; y a la noble nación española exprésele todo el amor que por ella siento en las formas más expresivas que pueda hallar”.
El sucesor de Pedro, Su Santidad Pío XII, no podía ser más explícito en su admiración y afecto paternal por el Caudillo de España, Francisco Franco Bahamonde.
¿Acaso habrá algún católico de ahora en adelante que ose afirmar lo contrario de lo que declaró el Cardenal Primado de España y ratificó al Papa en favor de Franco? Pasados varios años, le proclamaría “Hijo predilecto de la Iglesia” y otorgaría el máximo galardón de la Santa Sede a los jefes de Estado católicos proclamándole «Caballero de la Milicia de Cristo».
¿Acaso el Cardenal Primado y el Santo Padre eran tan viles y contemporizadores que, porque Franco era el vencedor de España, se unen a su carro, serviles, cobardes, aduladores?
¿O acaso es que, sencillamente, pidiendo a Dios la victoria para Franco y premiándole con sus honores cumplían con el sagrado deber de hacer justicia dando a Franco lo que el Jefe del Estado español se merecía?
