I. Los precedentes
1. Por razones muy variadas, que han sido anteriormente explicadas, España asumió una posición pro-árabe en el campo internacional. De acuerdo con ella y, también, atendiendo a sugerencias norteamericanas, no opuso la menor resistencia a la devolución de los derechos de soberanía al Rey de Marruecos, Mohammed V, cuya autoridad reconoció sin vacilación incluso en los días en que padeciera destierro. En el acuerdo de independencia figuraban previsiones que devolvían las fronteras entre los respectivos países hasta aquellos puntos en que se hallaban antes de establecerse el protectorado. Desde este momento se produjo sin embargo cierta confusión en Ifni: los habitantes de este territorio se consideraban a sí mismos marroquíes y estaban siendo políticamente encuadrados por el Istiqal. Ya el 11 de abril de 1956 se produjo un encuentro armado, que causó muertos y heridos. El mando español declaró que para mantener la autoridad militar sería preciso llevar a cabo la ocupación de todo el territorio, cosa que nunca se había hecho por considerarlo innecesario.
Poco tiempo antes, a principios de febrero de 1957, España y Marruecos concluyeron un acuerdo de cooperación. Culminaba, bajo las mejores perspectivas imaginables, el proceso de independencia en la amistad: los embajadores españoles iban a encargarse de la defensa de los intereses marroquíes en las naciones iberoamericanas hasta que fuera llegado el momento de que Marruecos pudiera organizar su propia representación diplomática. Esta cláusula provocó la protesta oficiosa del Gobierno francés que consideraba preferentes sus derechos. El Istiqal, obedeciendo órdenes del Rey, cesó en sus acciones y durante algún tiempo colaboró con las autoridades españolas.
Muy pronto tuvo el Gobierno español conocimiento de las dificultades internas de Marruecos y del odio que la antigua población de la zona española estaba cobrando hacia las nuevas autoridades. En setiembre de 1956 el tercer hijo de Abd el Krim, Idrid Mohammed el-Hatabi, hizo un viaje por España y Marruecos, por cuenta del Frente de Liberación de Palestina, de quien actuaba como agente comprador de armas: en realidad lo que pretendía era tantear las posibilidades de una revuelta en el Rif, que Gamal Abdel Nasser financiaría, siempre de acuerdo con su versión, y de los apoyos posibles en España. Pero ni esta ocasión, ni tampoco en el verano de 1957 quisieron las autoridades españolas entrar en contacto con él. Únicamente en agosto de 1957 Muñoz Grandes recibió a uno de sus agentes, Hader Uriachi, a quien la policía española detuvo casi enseguida obligándole a trasladarse a Francfort. Los partidarios de Ab el Krim trataban de convencer a los españoles de que Mohammed Yusúf no era fiable y que acabaría convirtiéndose en un enemigo para ellos.
2. La situación, dentro de Ifni, distaba mucho de ser tranquila. Los partes militares señalan, en mayo y junio de 1957 algunos actos de sabotaje y terrorismo. Nada ocurrió sin embargo hasta el 21 de agosto en que Si Bekkai, ministro marroquí de Asuntos Exteriores, escribió a Castiella reclamando la entrega inmediata de Ifni por ser parte del territorio marroquí. Se proponía llevar el asunto a la O.N.U. en donde un juicio colonial contra España podía causar graves perjuicios para su política. Castiella encargó a Tomás García Figueras que redactase un informe acerca de los derechos españoles de soberanía que asistían a España en Ifni y Cabo Juby y respondió a Si Bekkai, el 11 de setiembre que, según se demostraba por el texto de los acuerdos, Ifni no formaba parte del protectorado. Ello no obstante el Gobierno español estaba dispuesto a abrir negociaciones, con posibilidad de recurso de cualquiera de las partes ante el Tribunal Internacional de La Haya.
Entre los días 15 y 17 de setiembre de 1957 Castiella y Balafrej se entrevistaron en Tánger. El Ministro español insistió en su propuesta: discutir los títulos jurídicos y recabar en todo caso la sentencia arbitral de los juristas de La Haya. Pero los marroquíes se negaron a cualquier discusión y el 26 de octubre presentaron una nota reclamando la rápida entrega de Ifni. A este ultimátum respondió el Gobierno español, el 5 de noviembre, con una negativa. Marruecos decidió pasar abiertamente a la agresión, presentando después a la O.N.U. los hechos consumados.
3. En la frontera, por otra parte mal delimitada, habían comenzado a aparecer, entre tanto, tropas supuestamente «irregulares» —en realidad se trataba de soldados marroquíes preparados por el heredero, Hassan— que causaban perturbaciones en los puestos militares españoles. De acuerdo con una nota que publicaría más tarde el Estado Mayor español, la embajada en Rabat había insistido para que los «irregulares» fuesen sustituidos, como era costumbre en los países que tenían tratados de paz, por unidades ordinarias capaces de mantener el orden. La demanda no fue tomada en consideración. Mientras Mohammed V se trasladaba a Washington para negociar un apoyo norteamericano, las tropas marroquíes intentaban, en la madrugada del 23 de noviembre de 1957, un golpe de mano sobre Sidi Ifni, cuya guarnición imaginaba en desorden.
La operación fracasó porque, aunque débil, la fuerza española en Ifni demostró una gran capacidad de resistencia. Sucumbieron algunos de los puestos avanzados pero tras una lucha heroica, que recordaba los mejores tiempos. El 28 de noviembre, Franco envió a sus oficiales un mensaje de felicitación. Al día siguiente saltaba sobre Tiliuin una compañía de paracaidistas con absoluta precisión. El mando francés envió sus aviones en apoyo de las tropas españolas que comenzaron a recibir refuerzos y material desde Canarias. Estableciendo una línea de defensa en torno a Sidi Ifni, con más de ocho mil hombres, el capitán general de Canarias obligó a los marroquíes a emprender una guerra de desgaste, desastrosa para ellos. El 9 de diciembre de 1957 se anunció que la primera fase de la lucha había fracasado y que se habían producido entre los defensores 62 muertos y 125 heridos. Uno de los fallecidos, Francisco Rojas Navarrete, fue presentado como primer caído de la Milicia Universitaria —lo que no era cierto pues Miguel Lamano le había precedido en los valles del Pirineo— y le fue otorgada la Laureada a título póstumo. Los periódicos establecieron el contraste entre la juventud heroica y aquella otra que en la Universidad se dejaba ganar por la agitación.
El torrero de cabo Bojador murió asesinado por traición de la policía indígena. Franco despidió entonces a la guardia mora, que conservaba desde la guerra civil y dispuso que la flota española efectuara un despliegue de unidades frente a Agadir, base de partida para los agresores, y también frente a Tánger, demostrando la voluntad de no ceder ante argumentos de fuerza. Dos generales muy capaces, Gómez de Zamalloa y José Héctor Vázquez, fueron destinados al mando de las unidades de guarnición en Ifni y el Sahara respectivamente. El Generalísimo comentó que «por la fuerza y la amenaza no se retrocederá ni un paso, y desde luego Ifni y los demás territorios de soberanía, serán mantenidos, cueste lo que cueste». Las guarniciones de Ceuta y Melilla se incrementaron y las negociaciones en curso para fijar el trazado de la frontera entre el río Draa y el paralelo 27 se suspendieron. Pero en su conversación con Foster Dulles el 17 de diciembre, el Generalísimo dio seguridades de que no se iba a pasar a una guerra «grande» con Marruecos.
II. Las implicaciones internacionales
1. La agresión en Ifni supuso para España el descubrimiento de las verdaderas intenciones de Marruecos y de la equivocación que probablemente significaba la política de concesiones que hasta entonces se siguiera con Mohammed V. El comandante general de Melilla hizo ocupar el Gurugú, Segangan y las tetas de Nador, viejos nombres para la memoria, y ordenó al cónsul español en Nador, Caso, que presentara una protesta formal porque las aduanas marroquíes se habían establecido en la zona neutral de 500 metros que indicaban los antiguos tratados. El Gobierno español se aprestaba probablemente a rectificar, utilizando Ifni como prenda de negociación para la seguridad de las plazas de soberanía.
La pequeña guerra iba a conocer repercusiones en Washington, en París, en Nueva York y en El Cairo. El embajador español, Areilza, fue informado personalmente por Foster Dulles de que Mohammed V sostenía la tesis de que España se estaba volviendo desfavorable a Marruecos porque sobre ella se ejercía una fuerte presión francesa que buscaba frentes de diversión para su conflicto con Argelia, cuya independencia los marroquíes defendían. En París el periódico conservador L’Aurore, que tradicionalmente sostenía opiniones favorables al régimen español, hizo un comentario: la pequeña guerra de Ifni podía poner fin a la islamofilia de España. Esto no resultó muy exacto, pero sí abrió otro campo de preocupación. Se hallaba reunido en la capital francesa el Consejo de la O.T.A.N.: con pretexto de un viaje de negocios, Nicolás Franco, que todavía era embajador en Lisboa, visitó al ministro de Asuntos Exteriores portugués, Paulo Verisimo da Cunha con objeto de que transmitiese a los demás miembros de la alianza un pensamiento. La presencia de apoyo soviético a los guerrilleros de Ifni ¿no anunciaba una intención de rodear por el sur a los europeos, demasiado fuertes? Este es un pensamiento que desarrollará más adelante Carrero Blanco. Pero el ministro portugués no se mostró optimista: sin duda esta tesis no iba a ser creída y resultaba preferible que España la expusiese, por vía diplomática ordinaria, a cada uno de los miembros de la O.T.A.N. con quien mantenía relaciones.
El 3 de diciembre el agregado militar de la embajada de El Cairo mantuvo una entrevista secreta nada menos que con Abd el Krim al Jatib, el viejo cacique rifeño. Se mostró muy reticente con estas aperturas españolas que llegaban demasiado tarde. ¿No lo había advertido? Desde luego él no tenía nada que ver con la guerra pequeña de Ifni. Enemistado con el Istiqal que, a su juicio, no se detendría hasta destruir a la Monarquía, el viejo luchador explicó a su interlocutor los graves errores que, a su juicio, había cometido España: lo inteligente habría sido favorecer la independencia de la zona norte, como él preconizaba. Pero esto significaba el restablecimiento de la República del Rif. El agregado español tomó nota de una observación: Mohammed V ya no puede frenar las acciones del llamado ejército de liberación porque corre peligro de ser derribado por él.
2. En los pasillos del gran rascacielos de las Naciones Unidas, la agresión marroquí apenas causó sorpresa, pero la victoria española reforzó su prestigio. Si-Balafrej se enfrentó con Lequerica: aquel gesto de enviar a la flota española contra Marruecos recordaba los del kaiser Guillermo II. El embajador español respondió que lo que resultaba indigno era precisamente que soldados marroquíes invadiesen un territorio de una potencia amiga, que los agresores no fueran castigados y que el Gobierno real no hubiese ni siquiera desautorizado la agresión. Balafrej ofreció negociar, pero Lequerica comentó a Castiella que bajo esta palabra no se escondía sino la fijación del tiempo y modo en que iba a efectuarse la entrega.
Conocemos con exactitud cuál era, ya desde este momento, la opinión de Franco acerca del problema de Ifni, porque, sobre el telegrama del 9 de diciembre de 1957, en que Lequerica daba cuenta de su conversación con Balafrej, hizo algunas anotaciones y, en nota aparte, envió instrucciones acerca de los argumentos que debían usarse. Esto sucede antes de la visita de Foster Dulles el 17 de diciembre. Lo primero de todo es restablecer la paz, porque no se negocia bajo amenazas o agresión; pero después se pueden iniciar conversaciones. El Generalísimo no creía que España pudiese retener indefinidamente Ifni porque no contaba con títulos jurídicos suficientes: su derecho era a pescar en aquellas aguas y la ocupación se hizo necesaria cuando no se garantizaba la seguridad de los pescadores.
Pero en relación con la O.N.U. los argumentos que debían utilizarse para evitar un deterioro de la imagen española fueron expresados, literalmente, del siguiente modo:
«Esgrimir. La opinión pública española está muy afectada por el ataque al territorio de Ifni. España ni hostilizó ni se salió del territorio de soberanía. La guerra y la destrucción fue llevada a nuestro territorio donde antes no se había alterado nunca la paz y el orden por gentes del Istiqal y del Ejército desde Agadir y Guillirnir.
La agresión fue desde fuera adentro, amenazando a los habitantes y tratando por todos los medios de lograr un fin subversivo.
El asesinato de varios destacados indígenas en Ifni por las gentes del Istiqal demuestra los intentos de acción subversiva.
España no se ha salido de sus territorios ni de sus bases. Le han acusado de agredir desde fuera Guillirnir y Agadir».
Retengamos, pues, este dato importante. Ifni no era contado, ni siquiera en el primer momento, como un territorio que España debiese retener; solamente como garantía y prenda de negociación.
3. Coincidiendo muy significativamente con la agresión en Ifni, la delegación soviética en Naciones Unidas presentó a Lequerica una nota verbal, advirtiendo del peligro que corrían las ciudades españolas próximas a las bases norteamericanas, como era el caso de Madrid en relación con Torrejón. El embajador español recomendó algún tipo de respuesta tranquilizadora como podía ser la renuncia expresa a los armamentos nucleares. Franco pensaba de distinta manera y así lo expresó, según su costumbre, en breves notas manuscritas al margen de la misma nota. Lo que tratamos con las bases es, precisamente, de evitar una nueva guerra, porque ni la O.T.A.N. ni los acuerdos hispano-norteamericanos entrañan el menor peligro. Se trata, por el contrario, de una medida de seguridad frente a la Unión Soviética que tiene sometidos a 14 países con gran peligro para la paz. Por otra parte, si se desencadena una guerra atómica, nadie podrá escapar a ella; de nada sirven las declaraciones utópicas: la única garantía, mínima ciertamente, pero garantía al fin, es que el agresor sepa que él va a sufrir también las pavorosas consecuencias de su acción. Lo peligroso sería el desarme. No olvidemos que la propaganda soviética trata de arrojar sobre Occidente las responsabilidades de un peligro de guerra que sólo la URSS representa en estos momentos.
Las observaciones fueron escritas el día 13 ó 14 de diciembre. El 16, antes de conocer las gestiones de Nicolás Franco en París, dictó, para éste una larga nota con el encargo de, a través de la representación portuguesa, hacerla llegar a conocimiento de los mandos de la O.T.A.N. Recordemos la fecha: es el día anterior a la entrevista con Foster Dulles en la que, sin duda, manejó idénticos argumentos. El documento es tan importante que conviene incluirlo completo:
«Ante el proceso que viene desarrollándose en los territorios del norte africano, que podría llegar a alcanzar una gravedad que afectase a la situación y defensa del Occidente, se desea que se llame la atención en la reunión de la N.A.T.O. sobre la gravedad de los mismos. La acción de Rusia, que alcanza a todo el universo, por cuanto respecta al área de nuestro Continente euroafricano, tiene dos grupos de objetivos, unos inmediatos, constituidos por el Oriente Medio y norte africano y otros mediatos, el resto de los territorios atrasados de África.
En el Oriente Medio, la situación no puede ser más grave. Los acuerdos de Rusia con Siria y Egipto constituyen un golpe maestro contra la seguridad de aquella zona, que se hará sentir a plazo fijo. La ayuda en armas, que aumenta la fortaleza de estas dos naciones frente a sus vecinos, impone a los países de aquel área una movilización permanente y unos gastos de guerra ruinosos para sus economías, que no les permiten atender a las necesidades y mejora de la población, creando estados permanentes de miseria y de efervescencia política. Las armas que, por otra parte, Rusia entrega, son las más anticuadas, que ella no necesita.
Los acuerdos económicos establecidos recientemente con Siria y Egipto para la creación de regadíos y elevación del nivel de vida, fortalecerán el prestigio de sus gobiernos y el de Rusia en el Oriente Medio. El préstamo que para esto hace Rusia a estos países devenga un interés y pago futuro con las nuevas producciones, que absorberá el mercado ruso, necesitado de ella como si se tratase de colonias en territorios propios a la vez que le permitirá durante mucho tiempo colocar a sus agentes con el prestigio de salvadores de la economía del país.
Por cuanto toca a los territorios norteafricanos más próximos a nosotros, la situación se presenta como muy grave. Las características de la rebelión en Argelia, la constitución de sus Ejércitos de Liberación y la presencia de comunistas, comisarios políticos y organizaciones soviéticas dominando los focos de rebelión, así como sus enlaces con el mundo del telón de acero, demuestran la explotación por Rusia y sus agentes de los sentimientos naturales de independencia de la que ya está espantada una gran parte del pueblo argelino.
En el territorio de Marruecos, lindante con el argelino no ha cesado, desde la declaración de independencia un estado permanente de ayuda y socorro a la rebelión argelina con la complicidad y protección de las autoridades marroquíes que explotan los sentimientos naturales de hermandad y ayuda de los indígenas.
Pese a la buena voluntad de Si Jatib, el doctor dirigente de la rebelión marroquí, al lado de Mohammed V, que integró sus diez mil hombres del Ejército de Liberación en los Ejércitos reales, se ha ido constituyendo en la zona sur de Marruecos un nuevo Ejército de Liberación, formado por los elementos más exaltados africanos, desertores europeos, comunistas internacionales, que con el nombre de Ejército de Liberación, constituyen núcleos de guerrilleros que, perturbando la paz y el orden en aquellos territorios, obligan a los naturales a afiliarse en sus huestes y mantienen desde hace más de un año las agresiones e incursiones en los territorio vecinos del Sahara francés, Mauritania y Sahara español y últimamente en el territorio de Ifni.
Estos núcleos, que escapan a la dependencia directa del Ejército real, pero que mantienen relación de dependencia indirecta con las autoridades de Rabat a través del Partido del Istiqial, que los ayuda y fomenta, y del propio príncipe heredero, están creando un nuevo poder, en relación con el exterior, y foco que pretende ser perenne, de agitación y de guerra en aquella zona.
El que estén ayudados y en relación con los agentes de las potencias del telón de acero, que sus organizaciones respondan al patrón comunista, que estén ayudados por los comunistas de Marruecos y que se hayan comprobado relaciones con barcos pesqueros rusos que la vigilancia de la Marina española ha obligado a alejarse de estos lugares, son hechos incontrovertibles de la intervención rusa en la creación de este foco de rebelión que pretende convertir en una segunda Corea, Indochina u Oriente Medio estos territorios del sur del Atlas.
La vigilancia que España viene manteniendo en sus territorios en evitación de la actividad de estos núcleos de Ifni, Cabo Juby, El Aaiun, Villa Cisneros y la Agüera, que vigilando aquellas costas dificultan los alijos del contrabando de los rebeldes, y el hecho de haber desarmado a partidas que, atravesando el Sahara español, pretendían pasar a Mauritania, fue el motivo que desencadenó los ataques contra las posiciones de Ifni, creyendo que por su escaso número podrían ser sorprendidas y presentarse al mundo como un hecho consumado.
La importancia que en el orden estratégico del Occidente tiene la situación del archipiélago Canario y de la costera del Sahara, íntimamente ligada a él, y que ya fue objeto de inquietud para los aliados en la última guerra, demuestra el interés estratégico que Rusia le asigna y su voluntad, si no se le pone coto, de crear un foco permanente de guerra, al que antes aludíamos.
El que el Sultán no se haya atrevido, por falta de voluntad o por impotencia, a extinguir estos focos, como reiteradamente se le ha pedido, y que el partido del Istiqial, dominante en el Gobierno de la nación marroquí, aliente a través de sus órganos de publicidad y de su jefe, la rebelión y reivindicaciones sin límites acusa una gravedad que no puede ser desconocida y que exige una unidad de acción que evite que la obra llevada a cabo por España y Francia en los últimos cuarenta y cinco años, de desarme, progreso y pacificación de aquellos territorios, sea destruida por el armamento progresivo de los cabileños y del consiguiente estado de anarquía en la espalda de Europa, que Rusia aprovechará en su favor.
La presencia de España y Francia todavía sobre el territorio de Marruecos independiente, permitiría aprovechar la coyuntura para obligar, de acuerdo con las naciones de Occidente, a extinguir esta amenaza que se cierne sobre la situación de Occidente».
4. La nota del 16 de diciembre tenía dos principales destinatarios, Inglaterra y Francia, víctimas del proceso de descolonización que acababa de entrar en una nueva fase con la proclamación del primer Estado negro independiente, Ghana, dirigido por Nkrumah. Franco apuntaba, como en otro tiempo, a un peligro real: ¿qué sucedería si tras el movimiento de descolonización se alzaba en realidad una cadena de Estados soviéticos? Fue uno de los primeros Jefes de Estado que comprendió que tras esa fórmula eufemística de los Frentes de Liberación se escondía una nueva Internacional marxista. No se hacía ilusiones respecto a la limitación de las operaciones: se gestionó la compra en Inglaterra de dos barcazas de desembarco y, además de transmitir a la O.T.A.N. la preocupación que sentía, cuidó de la propaganda en la prensa. Por lo demás la moral del Ejército seguía siendo tan alta como en la década de los años 30.
La maniobra de Mohammed V, según creían saber los servicios de información españoles, iba por otro camino: aprovechar el apoyo norteamericano y provocar una conferencia tripartita, de Marruecos, España y Francia, a fin de fijar los límites meridionales de su Imperio. Sus ambiciones eran amplias porque se extendían al Sahara occidental y a Mauritania. La posición norteamericana llegó a hacerse muy delicada. Impotentes en Ifni, los guerrilleros del Ejército de Liberación penetraron en Río de Oro. Tras su visita a Madrid Foster Dulles se dirigió a Marruecos en un intento de mediación. Pero entre tanto el Istiqial dirigía otro golpe contra España, al retirar, con efectos del 1 de enero de 1958, el poder liberatorio reconocido en Tánger a la peseta. De este modo el ministro Buceta forzaba una negociación acerca de las condiciones de la moneda española. No cabe decirse que Marruecos se mostró propicio a desbloquear una cuenta de 300 millones de francos, con objeto de que pudieran adquirirse mercancías españolas con destino a la Feria de Casablanca.
III. Cesan las hostilidades
1. Los «irregulares» marroquíes marchaban ahora sobre El Aaiun. El Gobierno español puso en vigor una disposición que declaraba provincias el Sahara e Ifni, invitando a sus moradores a enviar procuradores a las Cortes de Madrid. El 2 de enero de 1958 el embajador francés, barón de la Tournelle —y este fue, sin duda, efecto de la nota presentada a la O.T.A.N.— visitó secretamente a Castiella para ofrecer el concurso de los 5.000 hombres y 700 vehículos blindados que Francia tenía en Fort Trinquet, para aniquilar a los invasores. Ignoro si la oferta fue utilizada, aunque consta que la aviación francesa colaboró con las fuerzas españolas con gran eficacia. Como en los antiguos tiempos, la Legión volvió al combate y cerca de El Aaiun, obtuvo el 13 de enero de 1958 una sonora victoria: el enemigo sufrió 241 muertos. El prestigio militar del Ejército de Franco de nuevo se hallaba intacto: Gómez Zamalloa y Vázquez habían demostrado que estaban en condiciones, si se les pedía, de repeler cualquier ataque.
No entraba en el ánimo de los españoles prolongar una lucha que, en unión con los franceses, hubiera permitido dar a Marruecos una severa lección. Pero la diplomacia norteamericana creyó que existía esta posibilidad e intervino. El 20 de enero de 1958 el embajador en Madrid entregó a Castiella una nota estrictamente secreta de John Foster Dulles. El Secretario de Estado estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de aconsejar —en este caso sería preferible ordenar— un cese inmediato de todas las actividades a los marroquíes, pero España debía hacer algo a cambio, colaborar en los esfuerzos del campo occidental para mantener a Marruecos dentro del campo occidental. «Estoy seguro de que puedo contar con que su Gobierno —así decía Foster Dulles— ponderará con el mayor cuidado este asunto y hará todo lo posible para reforzar la tradicional amistad entre Marruecos y España, cuya continuación es de la mayor importancia no sólo para ambos países sino también para toda Europa Occidental». Era el mismo idioma que, a principios de noviembre de 1956, se utilizara contra Francia y el Reino Unido en la crisis de Suez. Para los españoles una advertencia que fue suficiente.
Siguiendo las órdenes expresas de Franco —así diría el informe del Ministerio de Asuntos Exteriores de mayo de 1967— España aceptó la ficción de que en el ataque el Gobierno marroquí era inocente y las hostilidades terminaron mediante un verdadero acuerdo de alto el fuego que se firmó el 30 de junio de 1958. El Ejército español no volvió a ocupar todo el territorio de Ifni que hubiera exigido despliegues excesivos: se conformó con ampliar, en torno a la capital, un sistema de posiciones defensivas que la hiciesen inexpugnable. Los prisioneros españoles hechos por los «irregulares» fueron entregados a las autoridades marroquíes que entablaron lentas negociaciones para su devolución. En la comandancia militar de Ceuta se supo que las armas empleadas en la pequeña guerra por los musulmanes eran precisamente las que España entregara a Mohammed V para rearme de su ejército.
2. Franco cumplió cuidadosamente su parte en el compromiso con los Estados Unidos de conservar relaciones amistosas con Marruecos, aunque resultaba sumamente difícil, dada la tortuosa política de Mohammed V y de su hijo y el creciente sentimiento de desprecio en la opinión pública española hacia gobernantes que se comportaban de manera ingrata y poco fiable. La prensa española se mostró especialmente fría, casi despectiva, con el príncipe heredero, Hassan. Por su parte el almirante Carrero comenzó a elaborar otro de sus minuciosos estudios en el que se contemplaba una posible amenaza para España, no desde el norte sino por el flanco meridional que era precisamente el más débil. La pequeña guerra de Ifni acabó, por otra vía, con algunas de las perspectivas favorables que hasta entonces ofreciera la política filoárabe. En el momento de la crisis del Líbano, en donde España estaba doblemente interesada por su carácter de nación católica y de amiga de los árabes, Davis Lodge informó, en conversación con Buigas, del proyecto de enviar tropas de la O.N.U., pero no invitó a España a participar.
Se impuso la necesidad de volver a la amistad y colaboración con Francia. Poco después de la investidura de De Gaulle como presidente del Gobierno (1 de junio de 1958), los embajadores español y francés en Rabat celebraron una entrevista secreta (14 de julio): constataron que las autoridades marroquíes se mostraban cada vez más exigentes y que, contando con el apoyo norteamericano, buscaban ya el desmantelamiento de todas las bases europeas en su territorio. La sombra de Suez pesaba: cualquier error podría desencadenar la inoportuna intervención de los Estados Unidos.
En este momento habían comenzado los contactos secretos españoles con el Frente de Liberación del Sahara para rescate de los prisioneros, entre los que había un teniente, un cabo y tres familias civiles completas, capturadas en cabo Bojador. Lograron una mejora en el trato, la entrega de correspondencia y el aumento de alimentos, pero no noticia alguna acerca del lugar de internamiento. Los marroquíes del Ejército de Liberación, que se presentaban a sí mismos como el verdadero Istiqial, en lugar del partido que con este nombre gobernaba, revelaron a los españoles el carácter revolucionario de su movimiento.
3. Para las autoridades de Rabat estos movimientos nacionalistas extremos, que nunca renunciaban a conseguir un apoyo de España, resultaron preocupantes. Tenían que colocar al Sultán en la cabeza de las reivindicaciones o correría el riesgo de ser desbordado. El 9 de agosto de 1958 el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Balafrej, en unas declaraciones a la prensa, se quejó del escaso éxito obtenido en la retirada de tropas extranjeras e hizo suyas las reivindicaciones de los nacionalistas. Sangro, cónsul general en Tetuán, advirtió al Gobierno español que se trataba tan sólo de una maniobra para detener las revueltas nacionalistas en la zona norte.
En este contexto, el Gobierno de Mohammed V tomó tres decisiones igualmente graves. Un dahir promulgado el 21 de julio de 1958 limitó a cuatro años todas las concesiones mineras existentes; transcurridos éstos, se decidiría la conveniencia de su renovación. Vulnerado el tratado del 7 de julio de 1912 los marroquíes se preparaban a confiscar la compañía española de Minas del Rif. El 9 de agosto esta compañía recibió una propuesta: entregar el 51 % de sus acciones considerando las obras de infraestructura y los impuestos no abonados como precio de las mismas, o ser sustituida por una Compañía marroquí. Desde el 12 de agosto de 1958, sin previo aviso, se exigió pasaporte a los habitantes de Ceuta y Melilla para entrar en Marruecos. Casi al mismo tiempo el Gobierno marroquí modificaba unilateralmente las normas por las que se regía la pesca en sus aguas. El 7 de agosto de 1958 los armadores de Algeciras anunciaron que ocho barcos que faenaban entre Ceuta y Tánger habían sido abordados por lanchas marroquíes que les arrebataron sus roles.
De este modo se iniciaba un largo pleito de jurisdicción pesquera. En la época del protectorado español ninguna clase de limitaciones se aplicó: al amparo de esta libertad se constituyeron, en Canarias y en la bahía de Algeciras, potentes flotas pesqueras que proporcionaban a España grandes beneficios. En el tratado del 7 de julio de 1957 los españoles suscitaron precisamente la cuestión de prohibir en las tres millas de soberanía de cada Estado otras artes de pesca que los palangres de fondo y los flotantes. Ahora, en agosto de 1958, los marroquíes, vulnerando el acuerdo, prohibieron la pesca en las tres millas y limitaron las artes de cerco entre las tres y las seis millas a 200 metros de largo y 30 de fondo. Sabían que las artes españolas eran de 400 × 50. Los funcionarios marroquíes se adelantaron a decir a los españoles que, en efecto, trataban de imponer el máximo de dificultades en la pesca de la sardina que consideraban como una riqueza nacional. Pero ofrecieron abrir negociaciones —siempre la misma táctica de plantear un problema para obtener nuevas concesiones— si los españoles estaban dispuestos a proporcionar aceite de oliva y hojalata para los conserveros marroquíes.
IV. Las primeras negociaciones con Marruecos
1. Según el criterio español, se imponía la necesidad de negociar. No era posible de una manera inmediata. Desde el verano de 1958 el cónsul Sangro venía advirtiendo del estado de inquietud que se registraba en la antigua población rifeña. La mayor parte de sus habitantes, ante las violencias de que les hacían objeto los funcionarios enviados por Rabat, añoraban la antigua administración española. Un alzamiento armado era previsible y a él no podían ser indiferentes los españoles dada la proximidad de las plazas de soberanía: de hecho, el 24 de octubre, el propio Sangro comunicó que había recibido la visita de cinco oficiales que se presentaron a sí mismos como miembros del Ejército de Liberación del Rif y que solicitaban armas para combatir al Istiqial, pero no al Rey. Ya sabemos lo que Franco pensaba de estos Ejércitos de Liberación. La ayuda fue denegada. Se ordenó sin embargo a la representación diplomática española en Tetuán y el El Cairo, que vigilasen atentamente los movimientos de Abd el Krim.
La rebelión estalló en Ulmes, en la última semana de octubre de 1958 y alcanzó su culmen el día 29 de dicho mes, al anunciarse que Abd el Krim estaba a punto de llegar. Según los informadores españoles, el viejo luchador, que no volvió al lugar de sus hazañas, se hizo representar por su hijo Abdesalam al-Jattabi, y por un primo de éste, llamado Amruch, ambos oficiales del Ejército marroquí. A mediados de noviembre el movimiento había sido definitivamente aplastado y no tuvo otra consecuencia que acentuar la presión de los funcionarios marroquíes y el empobrecimiento de la zona, que sigue siendo visible: largas colas de gente maltratada por sus propios aduaneros se agolpan cada día para entrar en Melilla y practicar un comercio miserable de buhoneros. Mohammed el-Mizzián, antiguo teniente general del Ejército español, informó a Rabat que no se había producido ningún género de ayuda a los rebeldes desde España: las armas empleadas por éstos procedían de la base norteamericana de Kenitra y el dinero, en dólares, les había sido suministrado por la vía de Tánger.
2. Esta fría serenidad —responder con energía a los ataques, no dejarse arrastrar por acciones de represalia, ni sucumbir a la tentación de auxiliar a peligrosos rebeldes— hizo que ya desde el otoño de 1958 el prestigio español entre las naciones árabes comenzara a recuperarse del golpe sufrido con la pequeña guerra. El Secretario General de la Liga árabe, Abd el Jalek Hassuna, que estaba en Nueva York, anunció a la delegación española su propósito de viajar a Madrid. Los representantes del Frente de Liberación Nacional argelino, respondiendo a la oferta de De Gaulle —«paz entre los valientes» (23 de octubre de 1958)— dijeron a Manuel Aznar que deseaban que las negociaciones para esta paz tuviesen lugar en España. Castiella comenzó a preparar su propio viaje a El Cairo, que la prensa marroquí trató de estorbar afirmando falsamente que era el Gobierno español quien financiaba a los rifeños y reclamando Ceuta y Melilla como territorios de su propiedad. Pero cuando el delegado marroquí en la O.N.U. presentó una demanda sobre Ifni, el 20 de noviembre de 1958, no fue escuchado. No era posible, en este caso, negar que los marroquíes comparecían ante la Asamblea como agresores no provocados.
El respaldo norteamericano a la política marroquí implicaba, entre otras cosas, la aceptación de negociaciones. A causa de la revuelta del Rif la actitud de Mohammed V pareció durante algunos meses más flexible, para no dar ocasión a una intervención española. El primer ministro, Abd Allah Ibrahim celebró cuatro importantes conferencias, en Rabat, los días 27 de enero, 3, 7 y 13 de febrero de 1959 con el nuevo embajador español, Cristóbal del Castillo, un experto en cuestiones marroquíes. El presidente sugirió la apertura de negociaciones a través de una comisión mixta, a fin de asegurar una más íntima colaboración entre los dos países según era deseo de Foster Dulles. Al tratar de Ifni habló de compensaciones por la entrega de este territorio, bien en forma de una ampliación fronteriza en torno a las plazas de soberanía —algo que realmente España debía haber reclamado en el momento de la independencia— o de establecimientos pesqueros. Cualquiera de las dos condiciones eran aceptables para España, que decidió negociar.
3. A principios de abril de 1959, Ibrahim visitó a Castiella en Madrid y convino con él la designación de los miembros de la comisión mixta que debía reunirse entre los días 5 y 20 de mayo. Pero los españoles advertían entre tanto que la flexibilidad marroquí estaba comenzando a desaparecer: el 25 de abril Ibrahim presentó una nota verbal de protesta en la embajada española en Rabat porque las alambradas del Peñón de Vélez de la Gomera se habían adelantado. El Ministerio del Ejército aclaró que se habían puesto alambradas nuevas pero detrás y no delante de los hitos como pretendían. Las sesiones de la comisión mixta coincidieron con la devolución de prisioneros españoles (6 de mayo de 1959) y marroquíes (23 y 24 de mayo).
El presidente de la delegación española se negó en redondo a tratar, como querían los marroquíes, de la retirada de tropas y de Ifni: la comisión tenía que negociar sobre todos los aspectos de la cooperación entre ambos países y el problema de las Minas del Rif y de la pesca estaban en primer término. Y así se hizo. Los marroquíes retiraron la limitación de los cuatro años para la concesión minera, «habiéndose dado toda clase de seguridades sobre su funcionamiento, de acuerdo con la compañía para que las autoridades españolas consientan en la ampliación del capital y participación marroquí prevista en el protocolo firmado». Ifni sería examinado después, en el contexto del convenio pesquero. El príncipe Hassan explicó que no iba a plantear el tema del Sahara, ni de Ceuta y Melilla, problemas para otra generación, y los españoles asintieron. Pero la negociación no avanzó.
