Francisco Franco y el Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937, que fusionó Falange Española y las JONS con la Comunión Tradicionalista bajo una única organización política.
104. Unificación
Con la conciencia clara y el sentido firme de mi misión ante España, en estos momentos, de acuerdo con la voluntad de los combatientes españoles, pido a todos una sola cosa: Unificación.
Unificación para terminar en seguida la guerra. Para acometer la gran tarea de la paz, cristalizando en el Estado nuevo el pensamiento y el estilo de nuestra Revolución Nacional.
Esta unificación que yo exijo en nombre de España y en el sagrado nombre de los caídos por ella, no quiere decir conglomerado de fuerzas, ni concentraciones gubernamentales, ni uniones más o menos patrióticas y sagradas. Nada de inorgánico, fugaz ni pasajero es lo que yo pido.
Pido unificación en la marcha hacia un objetivo común. Tanto en lo interno como en lo externo. Tanto en la fe y en la doctrina como en sus formas de manifestarlas ante el mundo y ante nosotros mismos.
(19-IV-1937: Salamanca.—Discurso de Unificación.)
105. Unificación en el Movimiento. Significación histórica de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S.
El Movimiento que hoy nosotros conducimos es justamente esto: un movimiento más que un programa. Y como tal, está en proceso de elaboración y sujeto a constante revisión y mejora, a medida que la realidad lo aconseje. No es cosa rígida ni estática, sino flexible. Y que —como movimiento— ha tenido, por tanto, diferentes etapas.
La primera de estas etapas, a la que podríamos llamar ideal o normativa, es la que se refiere a todos los esfuerzos seculares de la Reconquista española para cuajarse en la España unificada e imperial de los Reyes Católicos, de Carlos V y de Felipe II; aquella España unida para defender y extender por el mundo una idea universal y católica, un imperio cristiano, fue la España que dio la norma ideal a cuantas otras etapas posteriores se hicieron para recobrar momento tan sublime y perfecto de nuestra Historia.
La segunda etapa la llamaríamos histórica o tradicionalista. O sea, cuantos sacrificios se intentaron a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX para recuperar el bien perdido sobre las vías que nos señalaba la tradición imperial y católica de los siglos XV al XVII. La mayor fatiga para restaurar aquel momento genial de España se dio en el siglo pasado, con las guerras civiles, cuya mejor explicación la vemos hoy en la lucha de la España ideal —representada entonces por los carlistas— contra la España bastarda, afrancesada y europeizante de los liberales. Esa etapa quedó localizada y latente en las breñas de Navarra, como embalsamando en un dique todo el tesoro espiritual de la España del XVI.
La tercera etapa es aquella que denominaremos presente o contemporánea, y que tiene a su vez diferentes esfuerzos sagrados y heroicos, al final de los cuales está el nuestro, integrador.
Primer momento de la tercera etapa fue el régimen de don Miguel Primo de Rivera. Momento puente entre el pronunciamiento a lo siglo XIX y la concepción orgánica de esos movimientos que en el mundo actual se han llamado nacionalistas.
El segundo momento —fecundísimo porque arrancaba de una juventud que abría puramente los ojos a nuestro mejor pasado, apoyándose en la atmósfera espiritual del tiempo presente— fue la formación del grupo llamado J. O. N. S. (Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas), el cual fue pronto ampliado e integrado con la aportación de la Falange Española, y todo él asumido por la gran figura nacional de José Antonio Primo de Rivera, que continuaba así dándole vigor y dimensión contemporánea al noble esfuerzo de su padre, e influyendo en otros grupos más o menos afines de católicos y de monárquicos que permanecieron hasta el 17 de julio, y aun hasta hoy, en agrupaciones también movidas por un noble propósito patriótico.
Esta era la situación de nuestro Movimiento en la tradición sagrada de España al estallar el 17 de julio, instante ya histórico y fundamental, en que todas esas etapas, momentos y personas influyeron para la lucha común.
Ante todo, Falange Española y de las J. O. N. S., con un martirologio no por reciente menos santo y potente que el de los mártires antiguos históricos, aportaba masas juveniles y propagandas recientes que traían un estilo nuevo, una forma política y heroica del tiempo presente y una promesa de plenitud española.
(19-IV-1937: Salamanca.—Discurso de Unificación.)
106. Los veintiséis puntos del Movimiento
Yo os aseguro que así como mi voluntad, inspirada en mi conciencia del futuro de España, convirtió en norma los veintiséis puntos del Movimiento, genuina expresión actual de la Tradición Española, cuya interpretación constante es imperativo indeclinable y exclusivo del caudillaje, esa misma voluntad hará también que se cumplan, por cuanto constituyen el fundamento inviolable del nuevo orden constitucional y la empresa histórica a que el Estado debe servir.
(10-VI-1939: Burgos.—Consejo Nacional.)
107. Tradición política de España
Yerran los que creen que España necesita importar nada del extranjero. Muchos siglos antes de que otras naciones naciesen a la civilización España asombraba al mundo con sus instituciones políticas y los principios del Derecho internacional público que practicaba.
(17-VII-1945: Madrid.—Consejo Nacional.)
108. Poesía creadora de José Antonio
Nuestra victoria hubiera sido huera e ineficaz si no se hubiera llenado de contenidos políticos, si un sentido político-social no la hubiera presidido, y pese a las malicias de los detractores enquistados, fue ese espíritu del Movimiento, encarnado en nuestras juventudes, prendido en vuestros corazones, el que nos dio fuerza y confianza para resistir las presiones de fuera y para que resplandezca y empiece a amanecer en el horizonte español.
Si el Movimiento Nacional no hubiera contado con esa poesía creadora que un día José Antonio concibiera, hubiéramos tenido que inventarla, que ir a buscarla a las aldeas y a los pueblos serranos, no contaminados de los vicios de la ciudad; a perseguir las esencias de los tiempos viejos en esas modestas iglesias de aldea, donde el espíritu sereno de nuestros campesinos, reflexivos y filósofos, guarda puras las esencias de la fe. En ellos encontraríamos nuestro ser perdido. Pero no fue necesario, porque en medio de la decadencia de España habían sonado cantos de esperanza y la inspiración de nuestros poetas había dado vida a la canción de la Falange, que no sólo se cantaba en nuestros campos, sino en las cárceles rojas y en las mazmorras más tremendas, y así, cuando liberábamos a las ciudades y a los pueblos de la tiranía roja, alzaban sus notas con ilusión el himno de nuestra Falange y el «Oriamendi» de nuestros requetés, escuchados y aprendidos a costa de Dios sabe cuántos sacrificios, que inundaban los espacios como una afirmación.
(12-VI-1951: Castillo de Las Navas.—Inauguración de la Escuela Nacional de Instructoras de la Sección Femenina.)
109. Tradicionalismo vivo
El tradicionalismo, como movimiento político, no puede ser una cosa petrificada y estática. Nació como Movimiento y ha de adaptarse a las necesidades de cada hora. Así lo entendían Vázquez de Mella, Donoso Cortés, Balmes y vuestros pensadores del siglo XIX. Así lo realizarían si viviesen en nuestros tiempos.
(4-XII-1952: Pamplona.)
110. Tarea histórica de F. E. T. y de las J. O. N. S.
Al correr de estos veinte años de historia hay una cosa que permanece viva y fecunda, que es la Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S. Pensemos lo que hubiera sido del Movimiento Nacional si no hubiese tenido un contenido político y una doctrina. ¿Qué hubiera pasado al término de nuestra guerra, si al alcanzar la victoria nos hubiesen faltado el contenido político y la doctrina? ¿Qué hubiera sucedido en España si hubiésemos dejado perennes las mismas causas que habían producido su ruina y no transformáramos entera la vida política de España, dando entrada a nuevos conceptos e ideales? ¿Qué hubiera ocurrido más tarde, en la guerra universal, cuando la amenaza nos acechaba por todos lados, si no hubiéramos tenido una disciplina y una unidad que nos permitió el empuñar seguros el timón de la nave? ¿Qué hubiera sucedido con las malicias venenosas de la posguerra, cuando la anti-España desde el extranjero movía el cerco de las naciones contra nuestra Patria? ¿Qué hubiera pasado en estos veinte años constructivos, en estos veinte años de revolución nacional, si no hubiera existido la unidad de los hombres de España, al calor de una doctrina que, dirán lo que sea, pero la comprende el pueblo y la siente España entera?
(1-V-1956: Sevilla.—Concentración falangista.)
111. La Unificación y el Movimiento
Ya en el discurso que pronuncié al entregar a la nación el decreto de Unificación, afirmaba que la unificación no quería decir conglomerado de fuerzas ni concentraciones gubernamentales, ni uniones más o menos patrióticas o sagradas, pues no era nada inorgánico, fugaz ni pasajero lo que pedía en aquella hora en nombre de España y de cuantos caían y se sacrificaban en los frentes. Afirmé también entonces que la unificación suponía la marcha hacia un objetivo común, tanto en la fe y en la doctrina como en su forma de manifestarlo ante el mundo. Es decir, que el Movimiento Nacional, que entonces concordé como organización política del pueblo español, afirmado y legitimado por la voluntad de ese pueblo, expresado en la forma más viril y heroica, tenía una misión permanente, un quehacer constante: asegurar al país la permanencia de los principios por los que se luchaba y moría; era la continuidad fundada en la gran tradición histórica del pueblo español y enraizada en la realidad social de nuestra época.
(17-VII-1956: Madrid.—Consejo Nacional del Movimiento.)
112. La continuidad del Movimiento
La continuidad del Movimiento Nacional está en el propio Movimiento.
(17-VII-1956: Consejo Nacional.)
113. El Movimiento Nacional a los cuatro lustros
Este año de 1956, que ahora termina, tiene una significación muy especial para los españoles: en él, el Movimiento Nacional ha cumplido cuatro lustros. No se trata de que hayamos conmemorado el vigésimo aniversario de un acontecimiento que aun siendo histórico y excepcional hubiese cancelado su existencia. Por el contrario, se trata de algo que desde el 18 de julio de 1936 se encuentra en marcha y en condiciones de alcanzar de propios y extraños el reconocimiento de mayoría de edad, de madurez, de indiscutible y fabulosa eficacia política y social, que le hacen consustancial con el presente y el futuro de España.
Si desde las alturas de los veinte años transcurridos aún es difícil percibir todo el alcance y la profundidad de sus líneas de acción y desarrollo para el porvenir, pues su contenido no es simplemente el de un programa, sino el de un modo de ser, el de una actitud dogmática, intelectual, moral y cordial ante la Historia, en lo que ésta tiene de pasado, de actual y de futuro, sí son bastantes, sin embargo, para contrastar los juicios propios y deducir conclusiones a la luz de la experiencia.
(31-XII-1956: Mensaje de fin de año.)
114. Origen y significación del Movimiento Nacional
El Movimiento surgió por un encuentro vitalmente necesario y absolutamente espontáneo de unas fuerzas nacionales que, interpretando el sentir de la nación, se movían fundamentalmente por un sentido superior para salvar aquellos valores que forman y configuran el auténtico ser y la verdadera esencia de España. Todos los hombres y todas las fuerzas moralmente sanas se encontraron con el Ejército, la Falange y los tradicionalistas en el punto de confluencia al que era preciso llegar sin más dilaciones. Nadie pensó entonces en negociar para su matiz o peculiaridad el sacrificio que cada uno se imponía, ni en condicionar sus esfuerzos en orden a la victoria a dichos matices o peculiaridades. Todo se ofrecía por la unidad, la grandeza y la libertad de España, por la Patria, que se quería una, grande y libre, para darse a sí misma la forma y la configuración política más adecuada a sus limpias tradiciones y a los imperativos de nuestro tiempo. Una España y un Estado para todos los españoles, sin distinciones, que aceptaran la victoria de nuestra Cruzada y los principios fundamentales del Movimiento Nacional.
(2-IV-1957: Declaraciones al diario «ABC».)
115. Unificación
El decreto de Unificación del año 37 vino a dar pública sanción a lo que la nación demandaba y venía ya elaborándose desde hacía varios meses por los dirigentes de las dos organizaciones políticas que en su totalidad se habían unido al Movimiento: Falange y Tradicionalismo.
(2-X-1957: Declaraciones al Director de la Agencia EFE.)
116. Originalidad y diferenciación del Movimiento español
A ello contestan los textos de José Antonio Primo de Rivera, de nuestros pensadores tradicionalistas y cuanto venimos diciendo y practicando nosotros desde el año 1936 a nuestros días. En todo régimen nuevo existe la inquietud de buscar para la nación, por caminos políticos distintos de los ya trillados y agotados, un sistema que asegure la felicidad de los gobernados por las vías de la autoridad, del orden y de la eficacia. Si el fin perseguido puede ser análogo, los caminos suelen ser muy distintos.
Que nuestro problema era viejo lo demuestra el clamor de las principales inteligencias españolas contra el mal durante el medio siglo que nos tocó vivir. La Dictadura del General Primo de Rivera, en 1923, ya intentó, con su Asamblea Nacional, dar solución al problema político, en España tan agudizado. Y siete años antes, en 1916, don Antonio Maura, aquella inteligencia prócer entre los políticos de su tiempo, en un discurso pronunciado el 20 de febrero de 1916 con ocasión del cuarto centenario de la muerte del Gran Capitán, definía, con palabra certera, los males de la democracia inorgánica, liberal y parlamentaria, que había venido a subvertir, desgarrar y destruir cuanto constituía un nexo social y tradicional entre los españoles, y don Antonio Maura anhelaba soluciones de civismo que permitiesen en alguna forma superar los males que, según él mismo acusaba, estaban en la raíz del propio sistema. En los veinte años que le siguieron, los males no hicieron sino agravarse; por encima y por debajo de la ficción de los partidos políticos venían hasta ayer predominando los intereses religiosos, sociales y económicos. La Iglesia, los Sindicatos obreros y las Asociaciones patronales se esgrimían por los caciques como instrumentos en aquellas contiendas políticas que dividían y arruinaban a la nación. La hipocresía y la falsedad del sistema de partidos que Maura confesaba lo veía claramente la agrupación carlista española cuando rechazaba la palabra «partido», que dividía y enfrentaba a los españoles, por la más expresiva de «comunión».
El Movimiento Nacional, con originalidad indiscutible, ha venido a darles solución, encauzando la colaboración a las tareas públicas a través de las organizaciones naturales en que el hombre se encuadra: Familia, Municipio y Sindicato; piedras básicas de nuestra sociedad moderna.
(2-X-1957: Declaraciones al Director de la Agencia EFE.)
117. Unidad entre los hombres y las tierras de España
El Movimiento Nacional es la unidad entre los hombres y las tierras de España para la empresa política de su resurgimiento y grandeza, representada por cuantos, inasequibles al desaliento, voluntariamente aceptan la disciplina de su servicio.
En el Movimiento están, pues, todos los españoles, aunque lo encuadren y administren quienes voluntaria y disciplinadamente se adscriben a su servicio.
Nuestro Movimiento político nace con la Unificación, proclamada en abril de 1937, cuando con la Falange y los Requetés se convocó a todos los españoles a construir la unidad política de la nación.
Los principios comunes a cuantos a la Cruzada se unieron y los puntos programáticos que entonces se establecieron constituyeron la base de partida para su quehacer político.
Cuando un movimiento político se hace nacional, tiene que desprenderse de los antiguos exclusivismos, de los partidos que le precedieron. Bien está el honrarse con los servicios prestados en la brecha en los tiempos en que el mejor servicio de la Patria exigía para salvarla de nuestra beligerancia; pero terminada la guerra, nuestra tarea no es ya la de vencer, sino la de convencer.
El que por algunos años tengamos que arrastrar los matices que las viejas luchas políticas acabaron imprimiendo en los hombres es humano, sobre todo en pueblo tan particularista como el nuestro, y aparece, por otra parte, natural que en un Movimiento Nacional que a todos abarca, dentro de la unidad en lo esencial, puedan acusarse matices en lo secundario; pero lo que no podría aceptarse es el que por afanes exclusivistas convirtiésemos, aunque sólo fuese aparentemente, las diferencias de matiz en divisiones entre nosotros, que el enemigo, al acecho, explotaría para sus propagandas.
(24-X-1957: Audiencia al Consejo Provincial de Barcelona.)
118. Generaciones curtidas en duras pruebas
Yo me atrevo a proponer a los españoles, como modelo para el futuro, a estas generaciones que en estos veintiún años no se sintieron jamás débiles en medio de las dificultades y la pobreza de medios en que nos debatíamos; lo mismo en los tiempos primeros de nuestra Cruzada, cuando nuestra fe obraba milagros, sino más tarde, en los días de prueba, cuando la guerra universal rondaba nuestras fronteras terrestres y marítimas, en los que la confianza y el señorial sosiego del pueblo español ayudó sustancialmente a conllevar la situación y alejar los peligros que la guerra mundial nos ofrecía. Y al terminar la contienda, en los momentos en que en el río revuelto de la paz surgió la conjura contra nosotros, la hostilidad de fuera se estrelló contra la unidad y la fría tranquilidad de los españoles. Ni uno solo de los planes y trabajos nacionales a largo y corto plazo se alteraron lo más mínimo. Gracias a esto, nuestras grandes necesidades han podido ser conllevadas. Desde entonces, todos esos pequeños intentos de perturbación de nuestra unidad y de nuestra paz que desde fuera se promovieron, y que en otras épocas hubieran llenado la crónica del tiempo, pasaron sobre nosotros como modestísimas incidencias del quehacer cotidiano de las que nadie se acuerda.
Sólo después de este reconocimiento de los bienes que por nuestra fe, nuestra unidad y nuestra disciplina el cielo nos ha deparado, es lícito examinar y tratar las cuestiones que tenemos pendientes y que nos preocupan en el momento o para el porvenir, porque tan mala o peor que la táctica de pretender ignorar los problemas es la de abultarlos o inflarlos, y sobre todo desconocer, para un juicio de conjunto, los motivos de satisfacción, de fe y de esperanza que tenemos ante nosotros.
(31-XII-1957: Mensaje de fin de año.)
119. Tareas y frutos del Movimiento
Liberar al país y a los españoles de la condena que parecía gravitar inexorablemente sobre su alma y sobre sus espaldas; reconquistar su arquitectura económica y social; poner en pie su voluntad y su conciencia nacional; elevar su nivel de vida en lo personal, en lo familiar y en lo comunitario, y adecuar un orden jurídico internacional a las exigencias de la hora actual y de cara a los tiempos futuros, no ha sido fruto de la improvisación y necesita de la vigencia permanente y estable del Movimiento que fundamos, integrando en unidad de destino, jefatura y disciplina, a todas las fuerzas y energías políticas, sociales, auténticamente enraizadas en la entraña de lo nacional y de lo católico.
(31-XII-1957: Mensaje de fin de año.)
120. Ideario y dirección política
No podemos juzgar a la política por la que vivió España durante un siglo. Nosotros hemos de valorar la política por los veinte años que desde vuestra liberación a nuestros días venimos practicando. Una nación, para tener unidad, continuidad y proyectarse en el futuro, necesita de la existencia de un movimiento político. En el despertar de España, cuando se forjaron nuestra unidad y nuestro Siglo de Oro, nuestros días de gloria y grandeza, existió un movimiento político con una dirección y un caudillaje del que los Reyes Católicos fueron paladines que hicieron la España grande que no hubiera sido posible sin un ideario que, uniendo a los españoles en cuanto era común a su interés y al de la Patria, enderezó el destino de la nación, encaminándola por las rutas de grandeza y de gloria.
(15-VI-1958: Castellón de la Plana.—Inauguración de la nueva Jefatura Provincial del Movimiento.)
121. José Antonio y las razones del Movimiento Nacional
Las razones del Movimiento Nacional, tan maravillosamente expresadas en aquella elocuente oración de José Antonio Primo de Rivera, siguen perennes al cabo de los veinticinco años. La empresa es ardua. Exactamente igual que entonces, sentimos hoy la necesidad de nuestra transformación. No representa solamente una solución para nuestros problemas; la hemos visto dilatada en el espacio del tiempo y proyectada fuera de nuestras fronteras. La necesidad de un espíritu de unidad, la práctica del sacrificio, la urgencia de romper contra los partidos políticos que nos enfrentaban y dividían, se presentan hoy como un imperativo para los pueblos que necesitan progresar o que quieren cambiar la suerte a que estaban sometidos.
(30-X-1958: En la conmemoración de la fecha fundacional de la Falange.—Madrid.)
122. El genio español y el Movimiento Nacional
La principal virtualidad de nuestra Cruzada de Liberación fue el habernos devuelto a nuestro ser, que España se haya encontrado de nuevo a sí misma, que nuestras generaciones se sintieran capaces de emular lo que otras generaciones pudieron haber hecho. El genio español surgió en mil manifestaciones: desde aquellas milicias en que cristalizó el entusiasmo popular en los primeros momentos, y que formaron el núcleo de nuestras fuerzas de choque, a los alféreces provisionales que nuestra capacidad de improvisación creó para el encuadramiento de nuestras tropas, y que habrían de asombrar a todos por su espíritu y aptitud para el mando. Así iban surgiendo las legiones de héroes y la innumerable floración de mártires. No importaba dónde, si en la tierra, en el mar o en el aire; si entre infantes o jinetes, artilleros o ingenieros, falangistas, requetés o legionarios. Era el soldado español en todas sus versiones. Sus sangres se confundían en la Cruzada heroica, en el común ideal de nuestro Movimiento.
Conforme los días pasaban, el Movimiento calaba en las entrañas de nuestra Patria. Todo en nuestra nación se hacía Movimiento. No sólo marchaba con nuestras banderas victoriosas, sino que nos salía al encuentro en las poblaciones que liberábamos. Nuestros himnos se musitaban en las cárceles, se extendían por los campos, se susurraban en los hogares y salían al exterior como una explosión de cantos de esperanza al ser liberados.
Nuestra victoria no fue una victoria parcial, sino una victoria total y para todos. No se administró en favor de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la nación. Fue una victoria de la unidad del pueblo español, confirmada al correr de estos veinte años. Los bienes espirituales que sobre España se derramaron; la coincidencia de pensamiento y el ambiente que hace fructífero el trabajo; la plenitud de seguridad, sin zozobras, temores ni intranquilidad para el futuro; la firmeza y seguridad con que viene desarrollándose nuestro progreso económico-social; el afianzamiento de un clima de entendimiento y unidad y los ingentes esfuerzos de engrandecimiento y transformación de la vida española, han creado un estado de conciencia en toda la vida nacional que ya no admite el viejo espíritu de las banderías y domina a todos un afán común de participar en la gran tarea de resurgimiento y de transformación de nuestra Patria.
(2-IV-1959: Inauguración del Valle de los Caídos.)
123. Bases del gran Movimiento Nacional
Nuestro Movimiento no era sólo fuerza y esfuerzo destructivo de nuestros males; nuestro Alzamiento constituía un movimiento político que encerraba en sí una revolución y aspiraba a la transformación de la Patria. Las J. O. N. S. de Valladolid, al unirse a la Falange, le aportaron su solera social a nuestro Movimiento, que más tarde, en plena guerra, cuando se requería la unidad de todos los españoles, recibió la levadura espiritual de nuestros requetés, que en nuestras tierras de Navarra habían conservado las tradiciones espirituales de nuestro pueblo.
Así se forjaron las bases del gran Movimiento Nacional, que reconquistó el prestigio para nuestra Patria, devolviéndole la fe que se refleja hoy en vuestros carteles y estandartes. Vuestros cantos y vuestra alegría demuestran la confianza en nuestro Movimiento, y yo os aseguro que tenéis razón para tener fe en él.
Todo movimiento político en su fin persigue el alcanzar el bien de los administrados, el laborar por el bien común. ¿Y qué es el bien común? ¿Qué clases de bienes lo constituyen? Tres clases de bienes: los espirituales, los nacionales y los sociales. Pero estos tres bienes no se contradicen entre sí, sino al contrario, se unen y compenetran. Y ésta es la gracia de nuestro Movimiento Nacional: el haber sabido fundir estos principios espirituales, patrióticos y sociales entre los hombres y las tierras de España.
Constituimos un Movimiento político, porque una batalla como la que nosotros emprendimos por el resurgir de España necesita de unos soldados animados por una fe y una doctrina, continuar un ideario político con sus fieles y hasta con sus fanáticos.
(29-X-1959: Al serle impuesta la Primera Medalla de Valladolid.)
124. La capitanía política
La capitanía pide y exige una sincronización perfecta con los latidos más profundos y legítimos de la hora en que se vive, mirada penetrante en el futuro y al mismo tiempo capacidad de renunciar a los éxitos fáciles, amor perseverante a la obra sólidamente establecida y de largo alcance, serenidad y firmeza en las circunstancias adversas, fidelidad a los principios y voluntad insobornable de servicio.
(29-X-1960: Valladolid.—Conmemoración del acto fundacional.)
