Montaje histórico y alegórico sobre la visión de Francisco Franco acerca de la lucha de clases, el marxismo y la organización social y laboral durante el franquismo.
862. La etapa de la lucha de clases
El hombre, al compás que se ha ido ilustrando y teniendo conciencia de sus intereses, dio comienzo a la etapa de la lucha de clases; al principio, a través de las organizaciones políticas; pero más tarde, por encima y con desprecio de ellas; rota la armonía de los que estaban llamados a colaborar y escindido lo social de lo económico, nació ese ambiente de guerra civil en que tantas naciones se debaten.
Nadie puede negar que lo actual viene defraudando hace mucho tiempo a las masas; éstas no creen, por mucho que se les repita, que lo que no ha podido en un siglo redimir a los menos dotados, vaya a realizarse mañana, porque algunos jefes de buena voluntad se lo prometan. Han comprobado a través de los años que los intereses de partido han podido siempre más que los buenos deseos.
El comunismo, sin embargo, ha visto a tiempo el inevitable derrumbamiento de un sistema y, aprovechando hábilmente las libertades en que nunca creyó, se ha preparado para explotar la coyuntura al servicio del imperialismo bolchevique.
(23-I-1945: Madrid.—III Consejo Sindical.)
863. La lección de veinte años de vida política
Veinte años de vida política tan intensa como la española son aleccionadores; Gobierno y caída de la Dictadura, derrumbamiento de la Monarquía, proclamación y caída de la República, guerra de Liberación y Movimiento Nacional. ¿Puede alguien dudar de que entre la etapa de luchas políticas, de odios, de quema de iglesias y conventos, de pistoleros y de huelgas, de ruina de industrias, de miseria y de atraso social, y no hablemos de las checas y martirios, y ésta otra de paz, de orden, de resurgimiento industrial y agrícola, de sanatorios, de casas baratas, de subsidios familiares, de retiro obrero, de salario de los domingos, de riegos y de obras colonizadoras, de orden, progreso, pan y justicia, vayan a irse los españoles con aquello que los esclavizó y aniquiló?
(17-VII-1945: Consejo Nacional.)
864. La huelga como instrumento coactivo
Aceptado el principio del sacrificio del interés particular al interés general, no puede explicarse en forma alguna la aceptación de la huelga como instrumento coactivo para el logro de la justicia. Un Estado moderno ha de estar totalmente impregnado de un sentido de justicia social y ha de tener sus magistrados, sus instituciones y sus medios establecidos de arbitraje. No puede ser indiferente a que la producción se pierda o se merme, que las industrias se arruinen o que la economía se menoscabe, que la libertad, de un sector ataque y dañe la libertad de toda la nación. La justicia por la mano es la ley de la selva, fenómeno de sociedades atrasadas y no de la civilización.
(14-V-1946: Madrid.—Cortes españolas.)
865. La armonía social frente a la lucha de clases
Hay solamente dos sistemas para resolver los problemas sociales de los pueblos: o el anárquico de la lucha de clases, con todas sus consecuencias, que no los resuelven, o el sistema de la armonía de clases, de sentirse todos integrados en una misma producción y en un mismo destino.
El primero es el que viene practicándose desde hace más de medio siglo, o sea, el de lucha, enemistad y odios. Sus resultados son siempre los mismos: en los sitios donde el trabajador no ha triunfado, la esclavitud, los obreros sin trabajo, el hambre y el egoísmo predominan; en aquellos otros en donde los obreros han triunfado, mayor miseria, el mismo hambre y una mayor tiranía.
Y esto es así porque solamente se ha hecho cambiar un patrono más o menos humano por un Estado-patrono burocrático, rígido y deshumanizado. Se ha transformado el empresario en guardia civil, en juez, en amo y en señor omnipotente de vidas y haciendas. Así es Rusia. Y Rusia es la coronación de todos los procesos sociales de lucha de clases; la ejecución de la doctrina marxista. Y ocurre así porque la vida se deshumaniza y se destruyen, como tantas veces he repetido, todos los principios en que el progreso económico se asienta. Nosotros hemos rechazado ese sistema, y lo hemos rechazado porque destruía y hubiera acabado aniquilando la Patria, porque convertía a las organizaciones sindicales, que debían ser todo fraternidad y progreso social, en centros de odio o en checas. Si los afanes e ideales de justicia que se perseguían eran buenos, los procedimientos y los medios, repudiables y malos.
(18-VII-1948: Madrid.—Títulos a Empresas ejemplares.)
866. La nueva realidad social
Esta es la realidad social de nuestro Movimiento político. No es capricho el que nosotros hayamos suprimido los antiguos Sindicatos marxistas y de clases, aquellos instrumentos de explotación de las pasiones y de las necesidades obreras frente al interés real de la hermandad y del servicio de la Patria; constituía una obligación ineludible de un Régimen, que se enfrentaba con el gran problema español, con todo el problema español, y especialmente con la miseria de tantas clases sociales españolas. ¿Cómo era posible que pudiese mejorar la existencia de estas clases, la vida de tantas gentes humildes, si en una lucha incivil los españoles nos destruíamos, y con la ruptura de la unidad de los hombres, de las tierras, de las empresas y de las fábricas, de todo aquello que ha nacido para vivir unido, se destruía también la unidad indestructible de la Patria?
(12-IV-1950: Madrid.—A los Representantes ferroviarios.)
867. La ley de la selva
¿Qué es la huelga, señores? ¡Ah, la huelga, como el cierre patronal es tomarse la justicia por la mano! Y la justicia por la mano es la ley de la selva, de las sociedades primitivas. ¿O es que cuando una persona hiere a otra o cuando hay un conflicto se le permite a nadie la justicia por la mano? ¿Es que no existen los Tribunales de Justicia, no hay un orden jurídico para restablecer el derecho; una autoridad que restablezca la Ley e imponga la justicia? ¿Es que en el orden civil o mercantil no se acude a la justicia, aun cuando no rebase el área del interés particular o familiar? Mas cuando se trata de una cuestión social, cuando se trata de un problema que repercute en la vida de la nación, en su economía, en los hogares todos o en la libertad de los ciudadanos, ¿entonces se va a ir a la justicia por la mano, a la huelga que a todos afecta y arruina?
(12-V-1951: Madrid.—A los Congresistas de la IV Asamblea de Hermandades.)
868. Lucha de clases, consecuencia de la sociedad capitalista y liberal
No es posible ya en los tiempos modernos el sostener el principio de la lucha de clases, consecuencia lógica de una sociedad capitalista y liberal, cuyos manejadores sabían bien llevaban las de ganar. En buenos principios políticos, el primer deber del gobernante es realizar el bien general de los más, manteniendo la justicia y la paz entre los gobernados. ¿Cómo consentir la lucha de clases, que, rompiendo la unidad de los hombres de España, los esclaviza y los arruina? El bienestar de los pueblos requiere para poder realizarse, la continuidad de su progreso económico, ya que cuando el progreso económico no se realiza y siguen multiplicándose los hombres y no los bienes, por mucha justicia que haya, cada vez existirá más miseria.
Por todo ello, es necesario estimular el progreso económico de la nación, que los trabajadores lo consideren como cosa propia. El progreso económico es la base del bienestar económico, y todo eso se destruye con la lucha de clases. Por eso repudiamos la lucha de clases y consideramos que la huelga es hecho punible. Y puede ser así porque en España existe una justicia social y tenemos delegados del trabajo que la celan y unos magistrados del trabajo que la ejecutan. La lucha de clases es la ley de la selva, de las sociedades que se toman la justicia por su mano, de la venganza, ley que aparece cuando no existe una vida de relación, cuando no ha nacido la sociabilidad; pero en las naciones civilizadas y organizadas se rechaza la ley de la selva. Y lo mismo que en lo civil, lo mercantil y lo criminal, el hombre va ante el juez a dirimir sus pleitos y buscar la justicia, y se castiga al que pretende tomar la justicia por su mano, no hay razón para hacer otra cosa en el orden social. Tenemos honrados y rectos magistrados del trabajo, y tenemos leyes sociales cada vez más perfeccionadas, y tenemos un Estado social que vela por que lo que no pudiera alcanzar la justicia lo llene la caridad. Dentro de esa justicia se defiende a las clases más numerosas o menos dotadas y perseguidas. Aceptar otra cosa sería amenazar el bienestar español, la destrucción de todo porvenir, el hundimiento de vuestros hogares.
(18-VII-1953: Madrid.—A la Representación Sindical.)
869. La normalidad en el trabajo y la lucha de clases
El mantenimiento de la normalidad y de la disciplina en el trabajo constituye una necesidad imperiosa de nuestra hora. La interrupción en el trabajo y la disminución de la producción entrañan un daño gravísimo para la economía de los pueblos, que repercute sobre las clases más débiles de la sociedad y va, por consiguiente, contra el bien común que los Estados están llamados a defender; pero en una nación como la española, en las condiciones gravísimas que de la guerra salió, hubiera representado una catástrofe.
(10-VI-1957: Declaraciones a «Noticias Católicas», de Washington.)
870. Los motivos de una revolución
Todas las revoluciones que en el mundo ha habido han tardado en ser comprendidas, y por tanto, la nuestra tiene también que tardar en entenderse. Para conocer los motivos de una revolución hay que conocer la historia contemporánea de las naciones que la impulsan, cuáles son las causas que han motivado esta revolución y cuáles las reacciones que levantaron al pueblo y lo empujaron a construir un nuevo Estado. Esta es la realidad. Desde afuera se olvidan, desconocen nuestro pasado y no miran más que a su presente. No comprenden las diferencias que pueda haber entre nosotros y sólo ven su propia conveniencia. Una de las facetas de nuestra revolución, y por la que se nos intenta juzgar, es que nosotros no aceptamos la lucha de clases por ruinosa para la nación, que, al compás que arruina las producciones de la nación, la sumerge en la miseria, enfrenta a los hombres unos con otros y rompe la unidad de las empresas y entre los hombres y las tierras de España.
(10-III-1962: Madrid.—II Congreso Nacional Sindical.)
871. La huelga y la lucha de clases
Característica de los Estados liberales ha sido la lucha de clases que, aceptada formalmente, se ha venido haciendo incompatible con la estabilidad y el progreso económico de las naciones. Es legítimo y natural que establecida y aceptada la lucha de clases, no se prive al sector trabajador de las armas para esta lucha. Pero superada esta vieja y anticuada concepción, dañosa para el bien común, y establecidos instrumentos de conciliación y de justicia laboral en un Estado que comulga en el más acendrado celo por lo social, la huelga pasa a ser como esas viejas armas que se almacenan en los desvanes. Pueden los pueblos ricos, sobrantes de bienes y de renta, darse el lujo de destruir con las huelgas una parte de su patrimonio; pero cuando la huelga representa para los pueblos la ruina y la escasez, no pueden permitirse en ninguna forma estos viejos hábitos que, dañando gravemente a su economía, repercuten a plazo corto en las posibilidades de mejora de las remuneraciones de trabajo.
(17-VI-1962: Valencia.)
872. El área de la justicia laboral y la lucha de clases
Este vicio de la sociedad liberal no admite el más ligero análisis. La justicia ha sido siempre el símbolo de la civilización, y el juez, con los tribunales, la autoridad que dirime los conflictos entre los hombres. Si en el campo de lo criminal, de lo civil y de lo mercantil, de reducida área y que no suelen tener repercusiones públicas, la intervención de la justicia es obligada, se hace mucho más necesaria y conveniente cuando el paro en el campo laboral arruina la economía, interrumpe la vida del país y atenta al bien común y a la libertad de los otros. La justicia por la mano, que constituye la acción directa, ha sido siempre la ley de las sociedades primitivas y no de los pueblos civilizados. Si los instrumentos de conciliación y de justicia laboral no se consideran eficientes, perfeccionémoslos, pero no demos jamás motivos a perturbaciones que dañan tan gravemente al resurgimiento de nuestro país y que en defensa de la Patria en ningún caso habríamos de consentir.
Vuelvo a recordaros con este motivo que vamos embarcados en la misma nave y que las perturbaciones en la marcha sólo hacen el retrasar la travesía, y los que más sufrirían con ello serían los menos dotados.
Yo pido a todos, empresarios, técnicos y obreros, que estrechen sus relaciones para que éstas sean más humanas y fructíferas, que de vosotros y de vuestra buena voluntad depende que estos programas de desarrollo nacional que estamos acometiendo, puedan en el menor plazo ofreceros a vosotros y a vuestros hijos un esplendoroso porvenir.
(17-VI-1962: Valencia.)
873. Colaboración, sin lucha de clases
Nosotros nos enfrentamos con el sistema liberal, luchamos contra el egoísta sistema liberal; nos alzamos contra aquella República que organizaba la lucha de los hombres contra los hombres, que dejaba en libertad la explotación inicua del hombre por el hombre; porque nosotros nos negábamos a que la lucha de clases llevase la ruina a la nación. Nosotros deseamos, en vez de lucha, la colaboración de todas las clases, la unidad de todos los hombres y de las tierras de España en el servicio de la Patria.
(18-IX-1962: Ciñera, León.)
874. La verdadera libertad
En este concepto de la libertad tan explotado por la demagogia, hemos de diferenciar la verdadera libertad de la tiranía que se disfraza con la máscara de la libertad. ¿Qué libertad cabe para el hombre analfabeto, esclavizado por la incultura o la miseria, explotado por los más dotados o poderosos? No cabe libertad sin autoridad, sin elevación moral y material de los hombres, sin el imperio de una ley moral. Se ha especulado mucho en el exterior contra nuestro Régimen acusándole de falta de libertades, precisamente por defender la libertad del hombre ante la coacción del poderoso. Así ocurre frente a nuestra legislación sobre las huelgas cuando éstas imprimen graves daños a la economía de la nación y, poniendo en peligro la existencia de las empresas, perjudican el bien común y dañan más a las clases menos dotadas. En la mayoría de los casos las huelgas constituyen una coacción intolerable sobre la mayoría de los trabajadores, que la repudian y que suelen mantenerse por acción coactiva de los piquetes de huelga.
La huelga en sí atenta contra la libertad de los otros sectores y contra la propia vida del pueblo, dejándole sin suministros o privándole de los servicios. La verdadera libertad para nosotros descansa en que nadie puede ser coaccionado por minorías encumbradas en puestos directivos, obedientes en muchos casos a poderes extraños.
(9-III-1963: Madrid.—IX Consejo Nacional.)
875. Conciliación y arbitraje en los conflictos laborales
Si la justicia es un símbolo de la civilización y todas las diferencias se someten hoy, en los pueblos civilizados, a la resolución de los jueces, ¿cómo en problemas que tanto afectan a la paz y a la libertad y al bienestar general pueden dejarse abandonados a la lucha primitiva entre las partes?
Cuando el Estado tiene un significado eminentemente social, como le pasa al nuestro, ha creado los órganos de conciliación y arbitraje, y posee una magistratura, independiente en sus distintos grados para resolver los conflictos, no puede perdurar aquel sistema de la acción directa y de la justicia por la mano.
Así lo vienen reconociendo los hombres responsables de los distintos países al ver gravemente amenazado el bien general por las huelgas revolucionarias y aniquiladoras, regidas en gran parte de los casos por el partido comunista al servicio de Moscú, con ánimo de destruir el progreso económico del Occidente. Si los sistemas de conciliación y justicia no se consideran suficientes, cabe siempre su mejora y perfeccionamiento. Para ello se encuentran abiertos los cauces con los Jurados de Empresa y la Organización Sindical para colaborar con los poderes públicos en su solución.
(9-III-1963: Madrid.—IX Consejo Nacional.)
1-IV-1964 (25 Años de Paz)
876. La herencia de la lucha de clases y la justicia social
Uno de los principales problemas de nuestro tiempo, por no decir el más importante, radica en la herencia que recibimos de la anterior lucha de clases, con una ausencia de conciencia social en muchos de los que intervienen en el proceso productor, sin otra mira que el propio interés individual; esta conciencia sólo puede ir formándose mediante una acción de los propios cuerpos sociales con los que el individuo está en contacto. El Estado puede y debe adoptar medidas correctoras que impongan a las conductas desviadas una rectificación adecuada; pero la formación básica de la conciencia social, el desarrollo de los principios de solidaridad humana, la práctica de los postulados de justicia y la concepción cristiana y no meramente material de la vida sólo pueden ser impuestos por el convencimiento, por el ejemplo, por la acción formativa, por la cultura y por la práctica de unos principios morales en los que toda convivencia debe basarse.
(8-VII-1964: Cortes Españolas.—Inauguración VIII Legislatura.)
877. La herencia de la pasada lucha de clases. La siembra de odios en el campo laboral. La superioridad productora de la empresa libre
Mas si hemos de vivir con los tiempos nuevos, necesitamos desarraigar del espíritu de nuestros productores la herencia de la pasada lucha de clases, que desde fuera viene intentándose desde hace veinticinco años hacer renacer, como si las aguas pudieran volver atrás.
Esos cantos de sirena que desde fuera de las fronteras se os dirigen encierran siempre móviles políticos solapados de quienes quisieran volver a utilizar a los obreros como carne de cañón de sus pasiones, para sobre ellos alzar de nuevo sus viejas plataformas caciquiles, sin el menor sentido de solidaridad y de sentimientos patrios. La siembra de odios contra la empresa figura en el primer plano de sus consignas. El arruinar a la Nación y el dejar en la miseria a los trabajadores no cuenta para ellos; lo importante es la satisfacción de sus torpes pasiones. Parecen desconocer que la existencia de una empresa responsable es hoy inseparable del progreso económico. Aquellos pueblos que intentaron suprimirla, después de haber pasado por muchos años de miseria y de ruina han vuelto al reconocimiento vergonzante de la superioridad productora de la empresa libre. Lo que no puede existir son las iniciativas y los derechos empresariales que no estén correspondidos por deberes sociales y patrióticos insoslayables.
(4-VII-1966: Acto de afirmación sindical.—Barcelona.)


