El Generalísimo Francisco Franco, preso de su propia leyenda, vive hoy la epifanía de su nombre y de su obra en la memoria de millones de españoles a los que no solo se les negó su recuerdo, sino que se les indujo y se les obligó a evocarlo sin conocerlo con un odio prefabricado en las factorías de forraje propagandístico de la izquierda y del separatismo, y con ese característico desdén de la derecha política tan cobarde y pusilánime, que desde la “sacrosanta” Transición decidió arrodillarse ante los enemigos de la Patria a los que Francisco Franco derrotó en la guerra y venció en la paz.
Incluso la Iglesia Católica española, de la que sin Franco hoy no quedaría ni una oblea, se ha sumado a la conjura de los traidores con la bimilenaria sutileza de sus elocuentes silencios, con sus atronadoras ausencias de palabras de gratitud en sus púlpitos y en sus homilías, negándose a izar la verdad que nos hace libres frente a las fauces y las piquetas de los que, con argumentos de leguleyos, no cejan en su empeño de profanar la tumba del Buen Samaritano que acabó con la más feroz persecución a los cristianos desencadenada en todo el orbe desde el Edicto de Diocleciano, allá por el siglo IV de nuestra Era: el holocausto católico de la II República española.
Son muy pocos (me sobran los dedos de la mano de un manco) los que se han atrevido a alzar la voz contra esos políticos, clérigos y periodistas, historiadores y académicos del odio, estrechos y gangrenados por el sectarismo que pretenden convertir a Franco en carnaza de destierro y vergüenza. No lo conseguirán. Francisco Franco vivirá siempre en nuestra memoria porque su leyenda es histórica en la misma medida que su nombre, su vida y su obra son ya legendarios.
El poder y el odio de los gobiernos republicanos se dieron la mano para convertir en fuego las esperanzas siempre defraudadas del pueblo español. Entre un salvajismo que superaba todo entendimiento y una áspera ferocidad, España, fatigada y decadente, se derrumbaba sobre sí misma hasta que el general Francisco Franco se calzó las botas para amordazar a los sombríos predicadores del separatismo, del socialcomunismo y de la tiranía ibérica del anarquismo.
Desde 1898, sepultados ya los últimos laureles imperiales, España acunó y amamantó a su peor enemigo, que no es otro, que no ha sido otro y que jamás será otro que los propios españoles que, huérfanos de misión y carentes de vocación universal, vuelcan su frustración en la Patria de sus huesos y de su Historia y, en una suerte de sórdida reacción freudiana, se afanan en despedazar a la madre, a la Mater Hispania, creyendo que entre sus despojos encontrarán la libertad, hallarán la prosperidad y culminarán la revolución que los sombríos predicadores del marxismo y del separatismo les inoculan con el brebaje de sus consignas y sus discursos.
Los druidas que llenaron de pus los calderos de España alcanzaron el paroxismo de su venganza contra España con la llegada al poder del Frente Popular en febrero de 1936, a través de un pucherazo electoral al que la cobarde derecha de Alcalá Zamora y Portela Valladares concedió patente de legalidad, permitiéndoles formar Gobierno antes de que el recuento de papeletas, la contabilidad de la estafa, estuviera ultimada.
El crimen sentó acta de diputado, el asesinato vistió la toga de magistrado, el código penal solo rezaba para las víctimas, la censura de los comisarios políticos soviéticos se maquilló de salvaguarda de la entelequia democrática, el robo sistematizado mudó en justicia social, el pueblo español fue convertido en el paisaje retórico de la ponzoña oratoria del Frente Popular, y ante esa tempestad de fuego y veneno José María Gil-Robles, timorato anciano de treinta y cinco años, trataba de yugular la legítima reacción de la España sentenciada y condenada al exterminio con una frase digna del paradigma de la cobardía, magistralmente retratado por Jungüer, “aquél que cuando ve que están violando a su madre sale corriendo a buscar a un abogado”.
Sin la menor altura moral, convirtiéndose en aliado por omisión del Frente Popular, Gil Robles apelaba a la “democracia y a las urnas”, voceándole a la España nacional, entre cadáveres y templos profanados, “prefiero la eficacia a la gallardía”. Por eso Gil Robles sólo hizo política y Francisco Franco hizo Historia.
Hizo la mejor y más fecunda Historia de España desde 1898 hasta nuestros días, cuando el 18 de julio de 1936 abrió las puertas del Pretorio y cruzó el Rubicón por el Estrecho de Gibraltar para poner orden en el caos, disciplina en la anarquía y amor a la Patria donde sólo había odio. Venció en la guerra y ganó en la paz.
Reunió fuerzas donde no había más que cansancio y tuvo el don, que sólo poseen los césares, de sacar lo mejor del pueblo español; esas virtudes que habitan, incluso en estado durmiente, también en el alma de los españoles perdidos y sin brújula moral, y que él ya había sabido moldear y ganar para la Patria con aquellos legionarios de la primera hora del Tercio de Extranjeros, a cuyas banderas acudía, porque a la fuerza ahorcan, lo mejor de cada casa. O sea, lo peor de cada patíbulo.
El General Francisco Franco fue el caudillo militar en la guerra y el albañil y el artesano de la paz y del trabajo. Su mirada sobre las cosas lo transformó todo. Compuso la poesía de lo desconocido y, ordenadas y lúcidas, pronunció las palabras que inventaron la nueva España por encima de las divagaciones de los pedantes y de los pensadores de aldea que habían plantado sus alpargatas sobre el cuello de la Patria.
Sus palabras, lacónicas y eficaces, fueron como la espiga de trigo prometida en la cosecha, pero también la profecía de lo que nos aguardaba en su ausencia si no perseverábamos en el amor a España, que sólo admite la Unidad.
Y así vemos cómo España, que expone hoy sus más desprotegidos flancos a sus peores enemigos, no es ni mucho, como afirma la derecha, ni poco, como vocean los que han eliminado sus marcas de respeto, su bandera y sus símbolos de su cuerpo geográfico y político, intelectual y académico. No, España no es ni poco ni mucho. España lo es todo.
Ella es la madre de nuestro orgullo y de nuestro temperamento, de lo que somos y de quiénes somos, aunque algunos españoles no quieran saberlo y se hayan olvidado incluso de que lo han olvidado. Por eso padecen la más devastadora enfermedad, la que muta al hombre en un ente cuando ya ni siquiera recuerda haber olvidado a la madre, a la Mater Hispania.
Francisco Franco nos enseñó a caminar sobre los pasos de la Patria sin borrar las huellas de España, que es lo que Azaña y “su” República pretendieron hacer, pues para él y para su caterva de mediocres y oscuros jacobinos “España, sus Tradiciones y su Historia son como la sífilis; por eso hemos venido a demolerla”. Franco nos enseñó a no pronunciar el nombre de España en un susurro vergonzoso y emasculado, como siguen haciendo hoy los socialistas y los comunistas. Franco nos enseñó que España solo morirá en el veneno de nuestros silencios y en el temblor de nuestros miedos. Franco nos enseñó a alzar la voz con el nombre de la Patria porque España no es ni poco ni mucho, España lo es todo.
Por eso, ochenta años después de su victoria militar y civil, social, laboral y económica, los enemigos de España siguen al acecho, porque así como el amor se colma y se cumple, el odio no. El odio queda siempre a la espera de desahogarse en la víspera de su venganza. Hoy, todos ellos, quieren a Francisco Franco crucificado en su recuerdo. De ahí la necesidad de este libro.
Como decía Hesíodo, “la mala reputación es una carga ligera de levantar, pesada de llevar y difícil de descargar”. Por eso cuesta más deshacer una falsedad que armarla. De ahí la necesidad de este libro, cuyos autores, sin pertrechos ni refugio, ocupamos posiciones de guerrilleros en los desfiladeros editoriales y periodísticos como en tantas coyunturas históricas hicieron nuestros antepasados en esta Jerusalén de los hispanos que ha sido, es y será España desde Numancia a Krasny Bor.
Cuarenta y cuatro años después de la muerte del Caudillo, hoy impera un antifranquismo chato, banal y carente de autenticidad y legitimidad históricas, que encuentra su propósito y su objetivo final en la autojustificación del desastre nacional que la democracia (ésta democracia) ha construido en España desde la muerte de Francisco Franco.
Más que cantar las alabanzas y las bondades de la “democracia que nos hemos dado”, los juglares y los bardos del sistema alcanzan la apoteosis de la imbecilidad envolviendo su antifranquismo, crispado y facilón, en un torrente de oratoria, en una papilla de frases hueras cuya finalidad es que todos aceptemos la mentira que a ellos les proporciona calor y fortuna mientras la mayoría silenciosa cierra los ojos para no ser testigo de su propia vergüenza.
Como carecen de intelectuales, encargan la versificación de la mentira a cualquier papanatas con programa y plató televisivo, micrófono radiofónico o digital subvencionado. Dice un viejo proverbio beduino que “cuando los caballos escasean ensillan ratones”. A falta de Neruda, Machado, Alberti y demás líricos del antifranquismo, el Sistema le encarga la versificación de la leyenda negra del franquismo a pequeños roedores como Sardá, la Milá, Sopena, Cebrián, Pedro Jota y demás botarates del circo mediático que son la hechura cabal de su débil moral, una “élite” de atrezzo magníficamente diagnosticada por Gracián: “Todo necio es obstinado, y todo obstinado es necio”.
De ahí, también, la necesidad de este libro, pues los necios que no quieren ser vencidos por la verdad acabarán siendo derrotados por el error. Por eso su odio hueco e hipertrofiado, su odio errado (con y sin “h”) nos ha traído esta epifanía del nombre y de la obra de Francisco Franco, pues cada día se multiplican los españoles que descubren la verdad en el permanente error de la condena ad hominem del hombre que nos liberó del hierro de nuestros enemigos, de aquel recipiente de todos los crímenes que fue el Frente Popular, cuyo proyecto político era borrar el NO de los Diez Mandamientos y encadenar a España en el redil de los pueblos sometidos a la férula del comunismo.
Gracias, mi General.
