«Desde que ocupamos Segangan nuestra mirada tropieza con el macizo montañoso de Uixan, actualmente en poder del enemigo. Tras los espesos muros de sus fortines se ocultan las guardias moras, y las múltiples barrancadas facilitan a los paco el acercarse algunas noches a turbar nuestro descanso. El grueso de la harca de este lado se encuentra al pie del monte, en los poblados inmediatos a la carretera de Kaddur.
La ocupación de este macizo, con sus grandes pendientes y profundas barrancadas, dominadas por los potentes fuertes, sería muy costosa en pleno día; el terreno se presta a la defensa y los disparos de nuestras artillería no lograrían perforar los gruesos muros de los fuertes, a los que llegaría la harca en contados minutos. Solo por sorpresa podemos hacer nuestro el gigantesco monte. Los legionarios soñamos con la idea de llegar una noche a los fortines sorprendiendo a las guardias enemigas.
Este día llega; el General ha aprobado nuestros proyectos, y si el tiempo no nos permite ir a Ras Medua, tomaremos el Uixan.
Las precauciones para la empresa están tomadas y con anterioridad estudiamos los sitios de las guardias, el camino a recorrer por las unidades y la posibilidad de que pueda fallarnos la sorpresa.
Gran sigilo se lleva en los preparativos; solo en la tarde de este día avanzan los Capitanes a una loma próxima y, sin llamar la atención, se enteran de los caminos a recorrer señalados en el plano anteriormente. Antes de separarnos me cercioro de que todos conocen su misión.
A las cuatro de la mañana, sin el menor ruido y sin encender luces, marchan las compañías a retaguardia del campamento, donde permanecen pegadas a la tapia.
Las prevenciones han sido dadas; los mulos y caballos quedan en el campamento con los soldados acatarrados; los fusiles se ocultarán bajo el capote, para evitar que brillen sus cerrojos, no se fumará bajo severo castigo y nadie disparará sus armas. Las compañías de ametralladoras llevarán a brazo el material y de la conducción de las municiones se encargarán treinta hombres de la sección de trabajos. Las baterías se quedan en el campamento, estableciéndose a la salida del mismo; un batallón se adelantará al amanecer como reserva, y con él, el ganado de nuestras unidades.
Cuando nos despedimos del General, se encuentra levantado; salimos por la puerta de la carretera de Nador, y dando un rodeo bajamos por la aguada al cajón del arroyo. Unos policías, con el capitán Orteneda, se unen a la expedición, y el capataz de la Compañía Española de Minas del Rif nos acompaña como práctico.
En silencio profundo y pegados a los taludes del hondo arroyo, nos encaminamos en dirección de las guardias enemigas. Inmediatamente a nosotros, un grupo de policías y legionarios explora el terreno, deteniéndose al menor aviso; al llegar al recodo del arroyo se separan las unidades que nos han de proteger en caso de fracasar el intento. Por la derecha, una compañía y una sección de ametralladoras van a ocupar la loma frente al poblado y morabo de Sidi Busbah, para cortar en caso preciso el paso del grueso de la harca a los fuertes y flanquearán al mismo tiempo la marcha del resto de los legionarios por el barranco. Otra compañía, con su sección de ametralladoras, avanzará por las lomas de la izquierda, procurando no destacarse en el horizonte. El resto de la Legión se aventura por el profundo cajón del arroyo.
No se escucha el menor ruido. Los soldados avanzan por la arena con precaución, como un desfile de negros fantasmas, y a nuestro frente, y enfilando la barrancada, blanquean los muros del Fuerte del Carmen. Pronto dejamos de verlo y nos encontramos al pie de la loma. Es preciso escalar la pendiente y resquebrajada ladera; la ascensión es lenta y penosa, y en un desmonte anterior al fuerte se concentran los legionarios antes de dar el golpe sobre las guardias.
Los momentos son de mucha emoción; ni un solo tiro ha señalado nuestra presencia, y en uno de los fortines una pequeña columna de humo delata la existencia de una guardia.
Empieza a amanecer cuando a una señal se lanzan sobre los fuertes las primeras unidades. En el pequeño Fortín de San Enrique suenan algunos disparos; es la guardia enemiga que se apercibe y huye disparando sus fusiles en señal de alarma.
No hay que perder un minuto; es necesario llegar al fuerte alto antes que el enemigo. La parte más penosa de la ascensión empieza; legionarios y policías gatean por el plano inclinado de las minas en busca del elevado fuerte, mientras la gente, la harca, por la otra pendiente, también trata de ganarlo; una veintena de metros les falta a los moros para llegar al fortín, cuando los nuestros entran en él y pronto los harqueños ruedan la ladera sorprendidos por el fuego de nuestros fusiles.
La operación ha terminado felizmente y una bandera española ondea en el pico más alto de Beni-bu-Ifrur.
El fuego dura todo el día. Los moros comprenden la importancia de la posición y tratan de estorbar su fortificación y aprovisionamiento, pero su situación es tan desventajosa, que muchos mueren cazados por nuestros tiradores, ocultos tras las aspilleras.
Desde este alto pico se baten los caminos a Kaddur y el Harcha, y el día transcurre entre los gritos y hurras de los legionarios.
En esta operación es herido en un pie el bravo Capitán de la Policía. Durante todo el día hemos tenido tres soldados muertos y cinco heridos.
Esta noche la orden de la columna publica el siguiente telegrama: Felicito a V.E. y tropas a sus órdenes por brillante éxito obtenido al ocupar Monte Uixan. Me es muy honroso y muy grato transmitir esta valiosa felicitación a las tropas de la columna que han tomado parte en la operación y muy especialmente a las fuerzas del Tercio, que han acreditado, una vez más, su recia instrucción y disciplina».
