Conocemos un testimonio —rubricado en ocasión importante por uno de los oficiales que sobrevivieron al 20 de julio— acerca de las relaciones —especificadas con los nombres y apellidos de los enlaces— del cuartel de la Montaña meses antes del Alzamiento. Abarca aquel testimonio a los partidos polémicos de la llamada derecha, en la cual no debe incluirse a Falange Española de las J.O.N.S., reprobada por el titulado Bloque Nacional. Sin embargo, y por un convencionalismo harto frecuente, en el testimonio aparece como «partido de derecha» la Falange, siempre relacionada, a través de José Antonio y Fernando Primo de Rivera, con la oficialidad de la Montaña. Este cuartel, por lo menos en lo que se refería a parte mayoritaria de la oficialidad, era hostil al régimen.
El testimonio señala que el general Goded, inmediatamente después del triunfo electoral del Frente Popular, entrevistó con la oficialidad, ya espiritualmente insumisa, en premonición de julio. Tantas relaciones y tantos enlaces —vemos, porque es justo, lo que se refiere al Requeté, obediente a la Comunión Tradicionalista y cuya actitud hemos puntualizado con exacta e irrebatida cronología— no dieron fruto en la hora de la movilización. La Falange Española de las J.O.N.S. sí estuvo presente en la Montaña y en el cuartel de María Cristina. Y aun en Campamento y en Getafe.
La Falange acudió apenas recibió la orden emanada de Fanjul.
«Como segundo jefe, y también por mi circunstancia de teniente de complemento de Infantería, recibí orden de que una parte de la Primera Línea ingresara en el cuartel de la Montaña. Transmití esa orden a las Centurias. Fui al cuartel: pensábamos salir aquella misma tarde del día 19. No queríamos mantener un reducto sino salir, actuar… Nuestros objetivos señalados eran la Unión Radio Madrid, el Palacio de Comunicaciones y el ministerio de la Guerra. A mi llegada al cuartel pasé horas enseñando el manejo del fusil a los bisoños. Estos eran numerosos. Tres días antes habíamos realizado una movilización «invisible». Disponíamos de mil doscientos hombres de primera línea.»
Otro testimonio aporta:
«A las tres de la tarde del día 19, Juan Ponce de León me llamó por teléfono desde la Montaña a casa de Luis Nieto Antúnez. Me transmitió la orden de personarme en el cuartel. A él fuimos Manuel Sarrión, Luis Nieto (hijo) y yo. A la puerta de la Montaña nos esperaba Ponce de León.»
Un superviviente describió la incorporación de los falangistas:
«Llegaron, anhelosos de correr, la tarde del 19 de julio. Llegaron con el miedo de no llegar a tiempo. Era la espera de muchos años que se desbordaba.
Muchos años en la soledad soñaron frente al libro abierto en vísperas de exámenes que no les importaban. La quietud de la ciencia se aviene mal con los momentos de tensión, en los que hay que dar, entregarse a empresas generosas. No importa saber; hay que hacer; hacer por Dios, por nuestros padres, por nuestros hijos, por la herencia espiritual de nuestros abuelos.»
Exactamente, la llegada de los primeros falangistas al cuartel tuvo obstáculos que podían ser allanados por la destreza de las escuadras madrileñas. Había un cerco, que no era insalvable, alrededor de las tres de la tarde del día 19. No se habían roto las hostilidades. Se notaba la tensión entre los centenares o millares de frentepopulistas y los guardias de Asalto, que vigilaban los accesos al cuartel. La policía y los activistas comunistas y socialistas tenían marcados, señalados, a los militantes de la Falange. El cuadriculado del Frente Popular —en rostros, nombres, direcciones— era infinitamente superior al que poseían los mandos del Alzamiento. Debe señalarse que el trabajo revolucionario del Frente de Madrid —gracias a un dispositivo ágil e inteligente— excedía, con mucho, al realizado por la Unión Militar Española, un tanto despreocupada de ese menester pese a las incitaciones de la Falange.
Mas el cerco se endureció en el curso de unos cuartos de hora. A las tres de la tarde, los falangistas —con cuarenta y ocho horas de acuartelamiento en domicilios prefijados— podían salvar la barrera hostil. Una hora después, el acceso a la Montaña resultaba ímprobo.
De aquella primera cadencia hay un testimonio —a la manera de Galdós— con esencial valor histórico:
—¿De qué centurias eres? ¿Quién es el jefe de tu escuadra?
Andrés Suárez, con camisa azul y correaje, ardoroso, los ojos brillantes, encendidos, y la apostura serena, identificaba a la puerta del cuartel de la Montaña a los falangistas venidos de todos los rincones de Madrid.
—Pasa, camarada. ¡Arriba España!
Y le daba un abrazo, un abrazo henchido de fe, de alegría.
Una rampa corta, de pendiente algo pronunciada, que al final describía una curva, con piso de arena, y al costado una acera de losetas de cemento, daba acceso a la puerta principal del cuartel.
Subían los falangistas con paso rápido, decidido, la rampa. En la tarde calurosa los pies levantaban leves nubecillas de polvo, que pronto se disolvían en el aire transparente. Hollaban luego los adoquines del umbral, con paja amarilla en los intersticios. Entonces, los pies resonaban en el amplio zaguán, de cuyas paredes pendían panoplias de terciopelo rojo, en las que las cornetas y los tambores estaban colgados.
Llevaban en los ojos la ilusión de la juventud, en la voz con que respondían la decisión de la entrega, de la obediencia absoluta, libremente aceptada, en el ademán con que se presentaban el espíritu de servicio de que estaban animados.
La identificación era familiar, natural, íntima. Declaraban nombres de pila, a veces seguidos de profesiones, a manera de apellidos, o de barrios, o de cafés. Los nombres así formados, en contra del Registro Civil, parecían a veces de toreros, de cantaores de flamenco, hasta casi de profesionales del hampa: Juan, el chofer; Genaro, el de Chamberí; Pepe Hortaleza. Otros nombres tenían aire burgués, de clase media, con diminutivos o apodos familiares: Josele Gálvez, Juanito Villaescusa, Pepote Aguirre. Un aprendiz de tipógrafo dio como jefe de su escuadra a uno que tenía nombre de picador o de señorito juerguista a la antigua usanza: Manuel el Trueno.
Porque en la juventud ilusionada que, uno a uno, subía la rampa del cuartel de la Montaña —la consigna era la de acudir individualmente y no en grupo— todas las clases sociales estaban representadas. Estudiantes imberbes, opositores a Magisterio, mancebos de botica, señoritos más o menos ociosos, aprendices de ebanista, mozos de pueblo, abogados recién salidos de la Universidad, conductores de taxi, vendedores de automóviles…, las múltiples profesiones y estamentos sociales, con todos sus matices, sus graduaciones, sus jerarquías, subían la rampa con paso decidido…
Las primeras docenas de falangistas pasaron por allí, por la rampa. Otros más numerosos, tuvieron que entrar por la puerta de la calle de Ferraz, ya hostilizados o perseguidos por quienes amagaban el cerco del cuartel. Y con la protección —los últimos— de ametralladoras de la Montaña.
«Al caer la tarde, los vigilantes comunistas del Radio Oeste han informado que muchos hombres están entrando en el cuartel de la Montaña. Van vestidos con el mono obrero. Los guardias de Asalto que vigilan los alrededores, al comprobar que van desarmados, los dejan libres. Pero los obreros son más recelosos y no están satisfechos.
—¿Cuántos habrán pasado ya?
Un obrero de la patrulla de vigilancia contesta:
—Yo calculo más de doscientos… Esto nos tiene muy «mosca».
—¿Son obreros?
—Esa es la cuestión… Se les ve que son «carcas». Pero los guardias no se atreven a detenerlos… Como no llevan armas… Yo creo que debíamos trincarlos aquí mismo, porque esta gentuza prepara algo…»
El número de los falangistas ingresados era de 183. Entre ellos había sexagenarios —uno de éstos acompañado por dos hijos— y quincuagenarios. Por la cadencia con que se hacía el ingreso hubo escuadras que tropezaron con el endurecimiento del cerco y no lograron entrar en el cuartel. Marcharon a otros puntos de la ciudad y estaban dispuestos a secundar el movimiento de las tropas. En la cárcel Modelo había quinientos falangistas presos. El jefe de la 1.ª centuria Reneiro García Pérez, murió a tiros por su intento de penetrar en el cuartel.
El jefe directo de la Falange en la Montaña era José García Noblejas secundado por Gumersindo García Fernández. Los falangistas se vistieron con equipos de soldado.
«Cuando llegamos Manuel Sarrión, Luis Nieto y yo a la Montaña —testimonia Rafael Garcerán— ya nos esperaba en la puerta el capitán Juan Ponce de León. Nos llevó a presencia del general Fanjul, quien conferenciaba con los coroneles Serra y Fernández de la Quintana.
—¿Qué opina usted de la situación, Garcerán? —me dijo el general.
Le contesté con vehemencia sincera.
—Llevamos más de treinta horas de retraso. El Gobierno ha reaccionado. Ayer el enemigo tenía aspecto claudicante.
—Usted dirá…
—Sería preciso tomar la Radio, leer proclamas y el manifiesto firmado por José Antonio, liberar a Fernando Primo de Rivera y a los demás presos, penetrar en la Casa del Pueblo…
—Lo siento —repuso Fanjul—, pero en esta hora lo que usted señala no es posible.
Yo ignoraba el inicial fracaso de la participación de la Artillería, aunque conocía a fondo, por desgracia, la actitud de la Guardia de Asalto y de la Civil. Pretendí insistir. Ponce de León intervino para decirme:
—Vamos a visitar el cuartel.
Una vez fuera del despacho, aquel inolvidable camarada que padecía una grave dolencia de estómago y hacía esfuerzos titánicos para sobreponerse a los dolores, me dijo solemnemente:
—Garcerán: tú sabes que soy falangista convencido. Pero también soy militar y me debo a la disciplina.
Salimos al patio. Hablé con los oficiales. Un comandante, creo recordar que era don Mateo Castillo, a preguntas mías me aseguró que los suboficiales y sargentos que no eran adictos se hallaban a buen recaudo. Sarrión, mientras íbamos recorriendo el cuartel, me dijo:
—Has visto que he hecho cuanto he podido por hacer honor a la Falange y al jefe. Si muero, díselo a José Antonio.
—Y tú —repuse—, si yo caigo y sobrevives, le dirás lo mismo.
