1. En ningún momento, en 1949, dejó la República Argentina de apoyar a España en la O.N.U. ni en otros ámbitos internacionales. A principios de agosto de aquel año el embajador argentino en La Paz defendió ante el Presidente Herzog la idea de crear un bloque de países de lengua hispana para impedir que se prolongara la condena de España. Pero las relaciones económicas, aliviadas temporalmente con las garantías ofrecidas y las largas vacaciones de Areilza, no cambiaron de signo. Aguilar, encargado provisionalmente de la Embajada aquel verano, mantuvo las compras —cuatro mil toneladas de maíz se embarcan el 4 de julio— y procuró mantener el clima de amistad intensificando los encuentros culturales. Pero el 9 de agosto el Ministro de Hacienda llamó al agregado comercial, Zulueta, para decirle que era imprescindible el depósito en Bancos argentinos del importe de los créditos en pesos utilizados en 1948. Como el Instituto Español de Moneda Extranjera no dio respuesta inmediata, se ordenó nuevamente por las autoridades argentinas suspender los embarques.
Areilza regresó a Buenos Aires. Fue probablemente un error de Franco o de Martín Artajo que conocían las malas relaciones entre el embajador y Eva Duarte, pero el conde de Motrico constituía entonces uno de los puntales en la defensa del Régimen y no podía ser desairado. El 6 de noviembre de 1949 reanudó sus contactos con el Ministerio de Economía tratando de hallar una solución. Más allá de las calumnias vertidas por una prensa de escándalo, es indudable que Areilza no contribuyó precisamente a mejorar las relaciones. Como había otros gestos cordiales en las visitas a Argentina se corría el riesgo de atribuir a la embajada los aspectos desagradables. El 6 de noviembre, tras una larga conversación con el Ministro de Asuntos Exteriores, el embajador español tuvo la evidencia de que no habría nuevos créditos ni aplicación del protocolo mientras no se introdujesen en él cambios sustanciales que ayudaran a enjugar la deuda argentina. Fue entonces cuando Martín Artajo decidió que era imprescindible enviar a otra persona para que se encargase de las negociaciones económicas, escogiendo a Emilio Navasqüés.
2. Navasqüés llegó a Buenos Aires el 4 de diciembre y de sus conversaciones, los dos días siguientes, hizo extensa relación a su Ministro en un telegrama del día 7:
«Transmito el resultado de la negociación, numerando los párrafos a efecto de la referencia pertinente.
PRIMERO. Hemos visitado el Consejo de Economía y celebrado dos sesiones con la Comisión de negociación compuesta exclusivamente por técnicos cuyas instrucciones están definidas por el memorandum anejo a la carta enviada a S.E. el Jefe del Estado en noviembre último. Esperamos audiencia del Presidente de la República y ya tenemos señalada visita a su esposa el viernes próximo.
SEGUNDO. La posición argentina se resume así: a. Suspensión de los créditos autorizados en el Protocolo para el porvenir. — b. Los saldos utilizados ya con cargo al crédito deben amortizarse en el plazo de diez años mediante la exportación de mercancías de primera estimación; esto supone exportar materias primas o manufacturas de primer orden por unos cien millones de pesos anuales sin compensación argentina. — c. Dichos saldos deben garantizarse con cláusula oro sin limitación de tiempo y devengarían un interés acumulable al principal en idénticas condiciones. — d. Argentina está dispuesta a negociar un nuevo acuerdo comercial para el porvenir con equilibrio en cantidad y calidad de las mercancías.»
TERCERO. Esta posición representa la abrogación unilateral de todos los convenios vigentes y plantea en términos irrealizables el desarrollo de las relaciones comerciales hispano-argentinas; sin extremar la postura y en espera de instrucciones definitivas de V.E. lo he hecho constar así.
CUARTO. Dentro de la vía normal de negociación, temo no cabe obtener se modifique la posición argentina que obedece instrucciones superiores que los negociadores no pueden variar.
QUINTO. Estimo podrían considerarse por nuestra parte las tres soluciones que seguidamente se indican en los apartados 6, 7 y 8.
SEXTO. Aceptar la imposición argentina. Creo mi deber señalar a V.E. que los precedentes y la situación actual no inspiran confianza en la buena fe con que se ejecutaría el nuevo compromiso, además del perjuicio para la economía española que el nuevo convenio supone y con pérdida de toda la ventaja obtenida en años anteriores.
SEPTIMO. Retirarnos tras haber agotado todos los recursos de negociación dejando una declaración formal de protesta por quebrantamiento de los acuerdos vigentes y reservando el derecho a negociar sobre las condiciones en que, dada la actitud argentina, debe ejecutarse. Esta declaración muy cuidada en la forma, a efectos de evitar perjuicios de otro orden y fijar Madrid como sede de la eventual negociación. Esta solución nos priva de adquisiciones en este mercado en el porvenir inmediato, proporciona un medio de reducción del saldo deudor, dado el perjuicio que podría invocarse, y favorece el estudio de un sistema que evite la coacción de suspender los embarques.
OCTAVO. Proponer la remisión a ulterior negociación especial la ejecución de los acuerdos vigentes, reservando todos nuestros derechos, y negociar inmediatamente un «modus vivendi», con equilibrio riguroso de la balanza comercial como propone Argentina. Esta solución la sugiero con la expresa reserva pues temo que Argentina pretenda el convenio y protocolo vigentes.
NOVENO. Argentina alega la situación desastrosa de su Tesoro de divisas y el hecho de estar constituida en su mayoría precisamente por el saldo en pesetas resultante del Protocolo. Ese hecho es cierto e influye indudablemente en la postura adoptada, pero estimo que la continuación de los embarques conforme con el protocolo y más aún la reducción del volumen del crédito no pone en peligro la economía argentina y que el cambio de postura obedece a motivos de otro orden.
DECIMO. Estimo que es indispensable el informe que proporcionará sobre el ambiente y las circunstancias actuales el embajador, quien saldrá para Madrid el lunes próximo y explicará a V.E. detalles más propios de una comunicación verbal que escrita.
UNDECIMO. Sin perjuicio de rectificación o ampliación de las instrucciones que procedan por el informe del Sr. Areilza, ruego a V.E. urgente contestación sobre los extremos contenidos en los apartados sexto, séptimo y octavo de este telegrama.
DUODECIMO. El señor Vila aprueba íntegramente el texto de este telegrama. Navasqüés.
Dadas las circunstancias, Suances y Artajo convinieron en que no podía aceptarse la pretensión de abrogar unilateralmente los acuerdos y por tanto ordenaron a Navasqüés que pusiera en práctica el párrafo siete de su propio telegrama, es decir, suspender la negociación levantando un acta de protesta. Mientras tanto Navasqüés y Areilza visitaban a Eva Perón con la intención de que ésta mediara. El 12 el conde de Motrico tomó el avión a Madrid. Su relevo era absolutamente inevitable.
Las negociaciones continuaron, sostenidas apenas por un débil cable de esperanza. En una reunión, el jueves 16 de diciembre, el representante español aceptó la reconversión de toda la deuda en pesos, a largo plazo, aumentando las exportaciones españolas, pero se negó a la fijación del valor de los pesos en oro. Eva Duarte replicó al día siguiente: nada, salvo el oro. El domingo 19 la primera dama recibió a Navasqüés y Zulueta que le llevaban una nueva propuesta, la de reducir el crédito a 200 millones de pesos, que los correspondientes a 1949 y 1950 no se convirtiesen en pesetas y que se aplicasen las exportaciones españolas a su amortización. Todo inútil. Entonces ya, perdida la esperanza, Navasqüés suspendió la negociación el 23 de diciembre y pidió audiencia de despedida para el 26. No era esto probablemente lo que Perón deseaba pues llamó por teléfono a Franco, para felicitarle el nuevo año, e hizo correr la noticia de que el consejero comercial de la embajada argentina en Madrid era portador de un mensaje para Artajo que, sin duda, mejoraría las perspectivas.
El 31 de diciembre de 1949 se anunció en Madrid que se había aceptado la dimisión de Areilza. Artajo dudó entre Doussinaque, Bárcenas o Aznar, pero acabó decidiéndose por lo más sencillo, confirmar a Navasqüés como embajador en Buenos Aires.
3. Como en el telegrama de Navasqüés se anunciaba, Areilza presentó a Martín Artajo un informe acerca de lo que, en realidad, estaba sucediendo en Argentina. Según él la Masonería se infiltraba profundamente en el peronismo, eliminando de él a católicos y nacionalistas, hasta entonces sus principales soportes. Las logias se habían limitado a dejar en libertad a sus miembros para colaborar o no con Perón y algunos masones importantes, como el almirante Tessaire, el Director General de Beneficencia, Méndez San Martín, y el embajador en Washington, Jerónimo Remorino, se hallaban instalados en puestos clave. Lo cual no significaba que la Masonería en cuanto tal prestara su apoyo. También creía la influencia de los judíos. Areilza preveía que, no tardando mucho, llegaría a producirse el enfrentamiento del peronismo con la Iglesia, cuyas consecuencias serían muy difíciles de calcular.
El embajador, que era al mismo tiempo uno de los ensayistas políticos más importantes del Régimen, simultaneó este informe con un artículo, Polémicas sobre la democracia, que Arriba publicó el 19 de enero de 1950. Desde Buenos Aires, había tenido la oportunidad de analizar uno de los aspectos esenciales de la «guerra fría», «los apuros en que ahora se debaten los doctrinarios democráticos anticomunistas», es decir, las contradicciones íntimas del sistema liberal parlamentario. En apariencia asistimos a un contrasentido y es que los regímenes que se presentan a sí mismos como superiores, son más débiles que las dictaduras marxistas, las cuales, con su carga de opresión y su desprecio a la persona humana, ganan constantemente adeptos y extienden poco a poco por el mundo la sombra oscura de su poder. Encontraba la explicación de tal debilidad en aquello mismo que la democracia liberal considera como su propia esencia: «la discordia electoral como base del sistema», que impide conseguir unidad, la «extensión del sufragio no calificado» que pone en manos de mayorías indoctas —y en definitiva de la propaganda electoral— la decisión última; y «el azar de las urnas» que no permite asegurar la continuidad y estabilidad de los gobiernos. En definitiva, en enero de 1950, José María de Areilza consideraba que la democracia orgánica preconizada por España podía ser la superadora de estas fuentes de debilidad.
4. Para España la ruptura del protocolo Franco-Perón podía significar una catástrofe. Lo expresó Martín Artajo en su carta a Hipólito Paz, Ministro argentino de Asuntos Exteriores, el 14 de enero de 1950 al darle cuenta de que había presentado al Consejo de Ministros la carta que éste último le enviara, rompiendo la negociación. Artajo explicó a Franco que había decidido renunciar a un viaje que proyectaba a Buenos Aires. Sin trigo argentino el déficit alimenticio podía ser grave. El 15 de enero de 1950 la Associated Press le describía en términos dramáticos: España ha hecho un llamamiento a todos los países, incluyendo a la Unión Soviética a través de El Cairo, para no morirse de hambre. Era cierto que Iturralde estaba ahora en Nueva York y pedía al Import y Export Bank 500.000 toneladas de emergencia. Times lo decía con claridad: sin la ayuda americana, España tendrá que sucumbir. Con el informe de Areilza en la mano, ¿no tenía motivos Franco para creer que todo era obra de su enemiga mortal, la Masonería?
United Press, que tenía buenas fuentes de información, calificaba el nombramiento de Navasqüés como medida de emergencia. España había tenido que movilizar sus reservas enviando 16 millones de dólares en oro a Londres para pagar sus compras; quedaban en los depósitos del Banco de España 85 millones, nada más. Oro y buena voluntad hacen milagros. Comenzaron a recibirse los ofrecimientos, desde Estados Unidos, desde Francia (50.000 toneladas), desde Londres (60 a 100.000 toneladas de trigo australiano), desde Bélgica y desde Italia —esta última con más generosidad que nadie.
A pesar de todo, el Gobierno español decidió conservar las buenas relaciones diplomáticas con Argentina, porque era uno de los ejes de Hispanoamérica. Se encargó a Arriba que publicara un elogioso artículo, Un gesto inolvidable, con un retrato de Perón a toda plana. Pero en la nueva singladura del peronismo, las campañas contra el Régimen español, no habían hecho más que comenzar. Clarín informó que las autoridades argentinas estaban dispuestas a aceptar refugiados vascos con pasaporte francés. Artajo ordenó a Zulueta que protestara: esos vascos exiliados tienen pasaporte español, son españoles y cuentan con la protección diplomática de las embajadas de España. Navasqüés coincidió con Areilza en señalar los progresos de la Masonería; según él, Eva Duarte impulsaba a sus colaboradores a que se iniciaran.
