Lluís Companys, presidente de la Generalitat durante la Guerra Civil, ante la tragedia de la violencia y las miles de víctimas de la retaguardia catalana.
La historia de Lluís Companys constituye uno de los episodios más controvertidos de la Cataluña del siglo XX. Para una parte del catalanismo representa al presidente de la Generalitat ejecutado por el franquismo en 1940 y convertido, con el paso del tiempo, en símbolo de la represión contra Cataluña. Sin embargo, su trayectoria política y, especialmente, su actuación durante la Guerra Civil ofrecen otras perspectivas que merecen ser examinadas sin prejuicios ni mitificaciones.
Companys fue un dirigente republicano y catalanista, protagonista de la proclamación del Estado catalán en octubre de 1934 y presidente de la Generalitat durante buena parte de la Guerra Civil. Su Gobierno tuvo que desenvolverse en una Cataluña donde, tras el estallido de julio de 1936, las instituciones perdieron buena parte del control efectivo del orden público, mientras milicias revolucionarias protagonizaban detenciones, torturas y asesinatos. La violencia de aquellos meses dejó más de 8.000 víctimas mortales en la retaguardia catalana, según las investigaciones históricas de Joan Villarroya y otros especialistas.
Pero la cuestión fundamental no es solamente cuántas personas fueron asesinadas, sino qué responsabilidad correspondió a quienes ejercían el poder político, qué hicieron para impedir aquella violencia y hasta qué punto pudieron proteger a los ciudadanos perseguidos por sus ideas, su posición social o sus creencias religiosas.
En estas páginas repasamos la trayectoria de Companys, sus enfrentamientos con los sectores independentistas, su papel en los acontecimientos de octubre de 1934, su relación con las organizaciones revolucionarias y las matanzas que ensangrentaron Cataluña durante la contienda. También examinamos las contradicciones de un personaje que terminó convertido en símbolo político, mientras su propia actuación como gobernante sigue siendo objeto de debate historiográfico.
Porque la historia no debería construirse únicamente con héroes y mártires, sino también con documentos, responsabilidades, víctimas y preguntas incómodas.
Lluís nació en una familia campesina rica de Urgel en 1883. Estudió Derecho en la Universidad de Barcelona, pero prefería pasar su tiempo en los ambientes políticos de los republicanos izquierdistas antes que en las aulas. La relación con el obrerismo la inició en el Ateneu Enciclopèdic Popular, que presidió entre 1906 y 1907, donde promovió la reforma social. Al año siguiente acudió a Alicante como miembro de Solidaridad, donde dijo «somos muy españoles y orgullosos de haber nacido en Cataluña por ser Cataluña y por ser española».
Companys pasó por dos formaciones autonomistas: la Unión Federal Nacionalista Republicana, cuyas juventudes dirigió entre 1910 a 1912, y el Bloque Republicano Autonomista, al tiempo que se dedicaba a la abogacía defendiendo a los rabassaires, y a escribir para la prensa.
En 1912, fue redactor de La Barricada, una publicación autonomista, y también de El Diluvio, que fue anticlerical y anticatalanista hasta 1906. Eusebio Corominas le llamó en 1912 a La Publicidad para apoyar al Partido Reformista de Azcárate y Melquíades Álvarez.
El reformismo era una opción regeneracionista que pregonaba la democracia, el laicismo, la educación y la descentralización. Companys se presentó en sus filas a las municipales de 1913 sin éxito. Dos años después dejó el Reformista para crear junto a Marcelino Domingo otra agrupación autonomista y obrerista: el Partido Republicano Catalán.
Aquel tiempo de revueltas, con el momento crítico de 1917, sirvió a Companys para atar lazos con el anarquismo, por lo que fue deportado a Mahón en noviembre de 1920. Encontró entonces una fórmula para salir rápido de la cárcel: su elección como diputado. En diciembre fue elegido por Sabadell (Barcelona) en la candidatura del PRC. Continuó con el obrerismo, y fundó en 1922 el principal sindicato agrario catalán, la Unió de Rabassaires (UR), por lo que fue conocido como el político rabassaire.
No se refugió en la cultura durante la dictadura de Primo de Rivera, como hizo el catalanismo, sino que siguió con la defensa jurídica de sus amigos de la CNT y la UR, y se unió a la Alianza Republicana, junto a Azaña y Lerroux. En enero de 1929 formó parte del comité revolucionario barcelonés en la intentona golpista de Sánchez Guerra. El fracaso le condujo tres meses a la cárcel, pero no le impidió promover la unión de republicanos de izquierdas que culminó en el manifiesto Inteligencia Republicana.
Fue Francesc Macià, al que dedicamos el episodio anterior de este podcast, el que creó en marzo de 1931 la coalición de ERC, poco antes de las elecciones municipales. El 12 de abril fue elegido concejal de Barcelona.
A mediodía del 14, Companys entró en el Ayuntamiento y tomó posesión de la alcaldía. Salió al balcón, y ante la atónita mirada de los pocos viandantes, proclamó la República en Cataluña. Macià le rectificó esa tarde proclamando la «República catalana de la Federación ibérica», y le sustituyó por el separatista Aiguader. Macià renunció a la independencia a cambio de la autonomía y Companys adoptó un tono populista que identificaba al líder Macià, con una nación, un partido único, y una aspiración colectiva.
En las elecciones de junio de 1931 fue elegido diputado a Cortes, dirigió el grupo parlamentario de ERC, y se hizo con La Humanitat. Pero la Esquerra era una coalición heterogénea y mal avenida, que a la muerte de Macià, en diciembre de 1933, eligió con alguna dificultad a Companys como presidente de la Generalitat. Companys permitió que las Juventudes de Esquerra, los Escamots de Dencàs y Badia, tuvieran aspecto y maneras fascistas; e identificó a las derechas como el enemigo de la República y, por tanto, de Cataluña. La victoria electoral de la CEDA, en consecuencia, era un peligro.
A Lluís Companys le llamaban «Pajarito». Era un mote que iba con su personalidad: pequeño, delgado, de timbre fino, sin grandes ideas, saltando de una organización política a otra, y de mujer en mujer.
En 1933, ya divorciado de Mercè Picó, se enamoró de Carmen Ballester, una joven bella y rubia, muy a la moda de las estrellas de Hollywood. Pero ella era amante de Miquel Badia, dirigente de las Juventudes de ERC, llamado Capità Collons. Companys y Carme vivieron una tórrida relación que se convirtió en la comidilla de Barcelona. Badia se enteró y confesó al president que era el amante de Carme. Lluís obligó entonces a la mujer a jurarle fidelidad sobre el lecho de muerte de Francesc Macià.
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| Miguel Badía, Carme Ballester y Lluís Companys. NUEVO MUNDO /EFE |
El 28 de abril de 1936, Badia fue asesinado en un portal del Ensanche por un pistolero de la FAI. La policía, controlada por Escofet, hombre de Companys, atribuyó la muerte a los falangistas. Los independentistas sabían que había sido una orden de Companys. Reverter, consejero de la Generalitat, detenido por corrupción, fue también encontrado muerto tras decir que si no le soltaban contaría los «secretos» del president. Poco después, Lluís y Carme contrajeron matrimonio.
Companys aprovechó el conflicto de los agricultores para hacer un frente de la izquierda republicana contra el Gobierno. Presentó una ley de contratos de cultivo que tumbó el Tribunal de Garantías Constitucionales a instancias del gobierno radical-cedista de Samper, y lo tomó como un ataque a la República. Organizó un desfile multitudinario el 29 de abril, mientras la prensa adicta llamaba a la insurrección. Companys nombró entonces al separatista Dencàs como consejero de Gobernación, quien organizó el «ejército catalán». Pero se supo que Companys no quería la secesión, sino rectificar la República, al punto de que fue abucheado por los independentistas en la Diada de 1934. Su gobierno, así como ERC, entraron en crisis, por lo que Companys decidió unirse a la insurrección de octubre de ese año. El 6 salió al balcón de la Generalitat, y dijo:
«Catalanes: Las fuerzas monarquizantes y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar la República, han logrado su objetivo y han asaltado el Poder. Los partidos y los hombres que (…) predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones. (…) La República, en sus fundamentales postulados democráticos, se encuentra en gravísimo peligro. En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del Poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán en la República Federal Española. (…) Nos sentimos fuertes e invencibles. (…) ¡Catalanes!: La hora es grave y gloriosa. El espíritu del presidente Macià, restaurador de la Generalidad, nos acompaña. ¡Cada uno a su lugar y Cataluña y la República, en el corazón de todos! ¡Viva la República! ¡Viva la libertad!».
Companys proclamó así el Estado catalán en la República federal española. Era una vía intermedia, no separatista. La revuelta duró hasta las seis de la mañana del día siguiente.
Las fotos en la cárcel y la argumentación de su abogado madrileño Ossorio y Gallardo, convirtieron a Companys en el mito de la Cataluña lliure sometida por el fascismo. La condena de 30 años la evitó con el aforamiento por la elección como diputado. Desde la cárcel contactó con los anarquistas para que participaran en un frente de izquierdas y apartar al Estat Català, al que consideraba un lastre. Tras las elecciones de febrero de 1936 accedió de nuevo a la presidencia de la Generalitat, y visitó Sevilla en mayo en loor de multitudes mostrando que no quería la independencia, sino que la República fuera de izquierdas.
La guerra civil mostró su debilidad. El 20 de julio quedó claro que quien controlaba Cataluña era la CNT-FAI. García Oliver, Abad de Santillán y Durruti le visitaron para negarse a devolver las armas que habían arrebatado al ejército, y Companys les entregó el poder creando los Comités de Milicias Antifascistas.
Anarquistas y comunistas comenzaron los asesinatos indiscriminados, la organización de campos de concentración, para luego enzarzarse en una guerra entre ellos, con cerca de 10.000 muertos. Companys se sumó a ese baño de sangre firmando sentencias del Tribunal Popular, dominado por los cenetistas, y alejado de la realidad se declaró partidario de un Estado federal. Esta «tibieza» identitaria y la alianza con la CNT llevaron a Casanovas y al Estat Català a planear, primero, un golpe de Estado contra Companys, y luego su asesinato para proclamar la independencia. Lo consultaron con los gobiernos británico y francés, que se negaron. Todo estaba ya perdido.
El 20 de enero de 1939 dijo por radio que había que defender Cataluña, la República y los derechos humanos. Seis días después, el ejército sublevado entró en Barcelona, y el 30 de enero Companys pasó a Francia. Entonces sí se refugió en la cultura: creó la Fundación Ramón Llull, la Revista de Catalunya, y el Consell Nacional compuesto por intelectuales. El republicanismo había fracasado, y se envolvió en la senyera. Cataluña, dijo, había sufrido una doble agresión: la de Franco y la de Negrín, que había dado la espalda a la autonomía catalana. Los nazis le capturaron y entregaron a las autoridades franquistas. El 15 de octubre de 1940 le fusiló el nuevo régimen, no España. – Fuente
- Este es el Decret de Presidència que firmó para crear el Comité de Milícies Antifeixistes de Catalunya (26 de julio de 1936), responsable de miles de paseos, fusilamientos, torturas y asesinatos, y creador de decenas de chekas infernales.
- Esta es la ley de calidad racial promulgada por Companys el 25 de diciembre de 1936.
- Este es el expresidente de la Generalitat asesinado bajo Companys, Francisco Jiménez Arenas.
- Este es Pere Mongay, el Mosso d’Esquadra assassinat sota Companys.
- Este es San Jaime Hilario, el sordo asesinado bajo Companys por rezar y saber latín.
- Este es José Doménech, padre de familia asesinado bajo Companys en la cheka de San Elías.
- Estos son los católicos asesinados bajo Companys sólo por serlo, incluidos 4 obispos, 1.536 sacerdotes (el 30% del clero catalán).
- Estos son los 16 socios del Barça asesinados bajo Companys.
- Estos son los 31 nobles asesinados bajo Companys sólo por serlo.
- Estos son los 16 poetas asesinados bajo Companys en nombre de la “llibertat” i “Catalunya”.
- Estos son los 51 funcionarios del ayuntamiento de Barcelona asesinados bajo Companys, incluido el jefe de la Guardia Urbana.
- Estos son los 90 miembros de ERC, su propio partido, asesinados bajo Companys.
- Estos son los 47 periodistas asesinados bajo Companys.
- Estos son los 199 militares asesinados bajo Companys por el alzamiento de 1936.
- Fuente
Lluís Companys: entre el mito político y las responsabilidades históricas
La figura de Lluís Companys no puede comprenderse únicamente a través de su fusilamiento en Montjuïc el 15 de octubre de 1940. Su muerte a manos del régimen franquista, tras un consejo de guerra sumarísimo, constituye un hecho histórico que debe analizarse en su contexto y sin que ello implique borrar las responsabilidades de su etapa anterior.
Durante su presidencia, Cataluña sufrió una de las etapas más sangrientas de su historia contemporánea. Miles de personas fueron asesinadas en la retaguardia republicana por organizaciones revolucionarias, muchas de ellas por motivos religiosos, políticos o sociales. La cifra de más de 8.000 víctimas está respaldada por investigaciones historiográficas, aunque eso no significa que todas fueran fusiladas, que todas murieran sin procedimiento judicial o que Companys ordenara personalmente sus muertes.
Tampoco resulta sencillo encajar a Companys en el relato de un independentismo que, en determinados momentos, llegó a enfrentarse con él por su apuesta republicana y obrerista. Su trayectoria estuvo marcada por alianzas cambiantes, enfrentamientos internos, decisiones políticas de enorme trascendencia y contradicciones que merecen ser conocidas.
Companys fue una víctima del franquismo, pero también fue un gobernante cuya actuación durante la Guerra Civil debe someterse al mismo examen histórico que la de cualquier otro dirigente de aquella época. Reconocer lo primero no obliga a silenciar lo segundo.
Porque la verdadera justicia histórica no consiste en fabricar héroes intocables ni en borrar episodios incómodos, sino en conocer toda la verdad, escuchar a todas las víctimas y exigir responsabilidades allí donde los documentos y las investigaciones permitan establecerlas.



