INTRODUCCIÓN
José María Bulart fue un sacerdote católico español que desempeñó un papel singular en la historia del franquismo como capellán y confidente cercano de Francisco Franco. Formado en el Seminario de Barcelona, su trayectoria eclesiástica quedó estrechamente ligada al entorno personal del jefe del Estado desde los inicios de la Guerra Civil. Su cercanía al Caudillo y su presencia constante en la intimidad familiar y religiosa del régimen le convierten en un testigo privilegiado —y controvertido— de la dimensión espiritual del poder durante el régimen de Franco.
- Formación: Estudió en el Seminario de Barcelona, donde coincidió con Juan Tusquets.
- Trayectoria: Cantó su primera misa el 5 de julio de 1925 en la capilla de las concepcionistas en la calle Valencia de Barcelona.
- Relación con Franco: Fue un «andreuenc» (de San Andrés de Palomar, Barcelona) que formó parte de la intimidad de los Franco.
- Entrevista: En 1976, tras la muerte de Franco, el semanario Blanco y Negro entrevistó a Bulart, quien ofreció detalles sobre su relación con el Caudillo.
La entrevista
En plena resaca de la dictadura, ‘Blanco y Negro’ interrogó al capellán sobre temas espinosos y rebatió sus opiniones de forma sutil. Lo hizo a lo largo de un encuentro que se desarrolló «en una casa sobria y sencilla» del paseo de la Virgen del Puerto, calle más que apropiada para un sacerdote. «Todas las piezas que componen el silencioso y tranquilo piso están llenas de recuerdos de Franco y de las personas que compusieron su entorno», explicaba la reportera. Decenas y decenas de instantáneas que recorrían su vida con el dictador. Desde la boda con Carmen Polo, hasta la infancia de ‘Carmencita’, evento que cubrió en su momento ABC.
Vidas y desventuras
La entrevista arrancaba con algunos datos biográficos: «Monseñor Bulart nació en Barcelona el 19 de noviembre de 1900, y ha sido el capellán del Caudillo desde el 4 de octubre de 1936, cuando estaba de secretario del cardenal Pla y Deniel, entonces obispo de Salamanca». Pasó con el gallego la Guerra Civil, la dictadura al completo y, llegado el momento, le despidió en el Valle de los Caídos. «Si el Generalísimo no está en el cielo, es que el cielo está vacío», afirmó entonces. Cuando se encontró con Mérida admitió que se desplazaba todos los días hasta la casa de Carmen Polo para oficiar misa y que la viuda, la «señora de Meirás», había conseguido enternecerle con una sola frase: «A usted lo consideramos como de la familia».
–¿Confesaba usted al Caudillo, monseñor Bulart?
–Esporádicamente. Sobre todo, durante los veranos, cuando nos encontrábamos en San Sebastián o La Coruña. Pero él normalmente se confesaba con un jesuita, y últimamente con un capuchino?
Continuó la reportera con una pregunta sobre el carácter de Franco. Y la respuesta no sorprende dado que fue uno de sus amigos más cercanos: «¡Era buenísimo! Un hombre educado, delicado, que procuraba no molestar nunca, que no hablaba ni le gustaba que hablasen mal de nadie». Según esgrimió, le llamaba la atención «su buen humor, su tranquilidad y su dominio». Lo que más le gustaba de él era «que adoraba contar chistes y que se los contasen a él». En lo que coincidió con Vigil es que cambiaba de forma drástica cuando se iba de vacaciones al norte. «Cuando volvíamos a Madrid ya se volvía a convertir en ‘Jefe del Estado’. Y era lógico por las preocupaciones y por su trabajo», completó el sacerdote.

Aunque, según explicó Bulart, su mejor cualidad en sentido moral fue su piedad auténtica. «Era esencialmente religioso y sabía conjuntar las más rigurosas virtudes castrenses y las cristianas. Yo creo que ser cristiano y militar eran los dos valores más esenciales de su vida». Aquí arrancó Mérida su interrogatorio más profundo e incisivo:
–Pero usted, que de alguna manera fue, en parte, su director espiritual, ¿qué cree que sentiría Franco después de que se produjeran tantísimos muertos durante la guerra y después de ella? Teniendo en cuenta, además, que era un hombre hondamente piadoso, como usted dice…
–Creo que él siempre creyó hacer las cosas de una manera justa. Pero, además, él no podía considerarse responsable de las muertes que pudiesen producirse en la guerra. Las guerras civiles son siempre tremendas por un lado y por otro, y si a los generales que las mandan se les tuviese que hacer responsables de los que en ellas mueren, sería llamarles criminales. Si Franco no hubiera tenido fortaleza en la aplicación de la justicia después, entre unos y otros se hubieran comido a España.
–Pero a veces no sólo cuentan las muertes lógicas de la guerra, sino de aquellas de las que después se puede sentir uno responsable.
–En el caso del Generalísimo, sólo a los que se probaba que tenían delitos de sangre se les juzgaba. Y no era él quien lo hacía, sino los Tribunales. Franco, personalmente, estoy seguro de que no dictó nunca ninguna muerte. Y mucho menos adoptar una actitud de venganza personal. Precisamente en unión del coronel jurídico don Lorenzo Martínez Fuset estudiaba los casos y después de ser juzgados por el tribunal competente era cuando daba el ‘enterado’. Ese terrible ‘enterado’ que, cuando se producía, yo le decía ‘¿enterrado?’.
Mitos y verdades
Bulart contribuyó a extender ese mito tan manido del dictador afligido al que le quitaba el sueño dar el visto bueno a las condenas. La realidad, según historiadores como Paul Preston, es que dictaba sentencias de muerte en todos lados; desde en sus continuos viajes en coche, hasta en el desayuno. «Son cosas de trámite», le desveló en una ocasión Franco a su cuñado. En ese y muchos más sentidos, el sacerdote vivía en otro mundo. Y otro tanto le sucedía en lo que respecta al autoritarismo de su antiguo jefe.
–¿Franco no tenía un enorme afán de poder y un gran autoritarismo? ¿O eso son cosas que dicen precisamente los que no le conocían bien…?
–Por supuesto, los que digan eso es que no le conocían bien. Afán de poder no podía tener, porque ya tenía todo el poder en su mano. Y en cuanto al autoritarismo, una cosa es tener sentido de la autoridad, y otra ser autoritario. Quizá si lo hubiese sido más, ahora no ocurrirían las cosas que ocurren.

En el ámbito más personal, Bulart recalcó que Franco no creía en la suerte, aunque sí en el ‘gafe’, algo que siempre repetía. Como el religioso no conocía en su momento el significado de aquello, le preguntó. Y el dictador respondió con una broma: «Mire, monseñor, un ‘gafe’ es un señor al que le prestan un paraguas porque está lloviendo, se lo pone debajo del brazo y le sale un golondrino». En ese sentido, esgrimió, era un hombre muy normal y sin recovecos. «Él siempre decía que le gustaba el confort y el bienestar, pero que no lo echaba de menos. Sí sufría por dentro, jamás se le notó», completaba. Le tildó en parte de frío, pero apostilló que lo era solo a veces. Cosas del poder, al que el religioso le achacaba todo. La última pregunta, en plena efervescencia democrática, no podía ser más llamativa:
–¿Qué opina usted de las dictaduras?
–A mí personalmente no me gustan las dictaduras y me parece muy triste que tuviéramos que ir a otra.
En 1981, cinco años después de esta entrevista, el capellán se marchó para siempre del mundo terrenal.
CONCLUSIÓN
La figura de José María Bulart ejemplifica el papel desempeñado por determinados miembros del clero en el entramado simbólico y personal del franquismo. Como capellán de Franco durante casi cuatro décadas, su visión del dictador —marcada por la lealtad, la admiración y una interpretación providencial de la historia— contribuyó a consolidar una imagen piadosa del régimen que hoy es objeto de revisión crítica. Sus declaraciones, especialmente las realizadas tras la muerte del Caudillo, ofrecen una valiosa fuente para comprender la mentalidad nacionalcatólica, las justificaciones morales del poder y las tensiones entre fe, política y memoria histórica en la España del siglo XX.
