Sin abandonar la jefatura efectiva del Estado, Franco nombra presidente del Gobierno al almirante Luis Carrero Blanco.
El almirante siempre había intentado limitar la influencia falangista y promovido la modernización económica.
Apoyó la opción de Juan Carlos I para la sucesión de la jefatura del Estado.
Carrero Blanco consiguió colocar a personas de su confianza, la mayoría vinculadas al Opus Dei y Acción Católica en los ministerios más importantes.
El crecimiento de la violencia política por parte de las organizaciones terroristas (ETA, FRAP) paralizó cualquier iniciativa reformista que el Gobierno hubiera podido albergar.

