El 20 de diciembre de 1973 ETA asesinó en Madrid al presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco. Fue una acción envuelta en un cierto caos, soportada en informaciones no tan privilegiadas, respondida con singular impericia por quien tenía que haberla evitado y resuelta con excepcional suerte para sus promotores. Vista la penuria de recursos y logística, lo prolongado de la presencia del comando Txikia en la capital de España, los errores de seguridad cometidos, las circunstancias coincidentes que deberían haber llevado a la localización de los activistas y la ausencia de un proceso judicial que estableciera algún tipo de conocimiento sobre lo ocurrido, no extraña que desde un primer momento surgieran especulaciones acerca de quién y cómo había cometido el atentado.

