El 28 de febrero de 1939, desde su exilio en París, Manuel Azaña presentó oficialmente su dimisión como presidente de la Segunda República Española, poniendo fin a una de las trayectorias políticas más importantes y controvertidas de la España del siglo XX.
La decisión se produjo en un contexto de derrumbe político y militar de la República. Apenas un mes antes, el 26 de enero, las tropas franquistas habían entrado en Barcelona y la ofensiva sobre Cataluña había obligado al Gobierno republicano y a cientos de miles de civiles y militares a cruzar la frontera francesa en lo que sería conocido como La Retirada.
Azaña había abandonado España el 5 de febrero de 1939 atravesando los Pirineos junto a otros dirigentes republicanos. Instalado inicialmente en la localidad francesa de Collonges-sous-Salève, muy cerca de la frontera suiza, siguió con preocupación los últimos acontecimientos de la guerra y el progresivo aislamiento internacional de la causa republicana.
El detonante definitivo para su dimisión fue el reconocimiento diplomático del gobierno del general Francisco Franco por parte del Reino Unido y Francia, anunciado el 27 de febrero de 1939. La decisión de las dos principales democracias occidentales suponía, en la práctica, admitir la inminente victoria del bando franquista y dejaba a la República sin apenas apoyos internacionales.
Convencido de que la continuación de la guerra únicamente provocaría más sufrimiento y destrucción, Azaña consideró que ya no tenía sentido mantener una presidencia sin territorio efectivo sobre el que ejercer su autoridad ni reconocimiento internacional suficiente para sostenerla.
De acuerdo con la Constitución de 1931, la presidencia de la República debía ser asumida interinamente por el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio. Sin embargo, la descomposición institucional y el rápido desarrollo de los acontecimientos limitaron enormemente la capacidad de actuación de las instituciones republicanas durante aquellas semanas finales.
La dimisión de Azaña tuvo además un profundo valor simbólico. Representaba el final político de una generación de dirigentes republicanos que había protagonizado la proclamación de la Segunda República en abril de 1931 y que había impulsado algunas de las reformas más ambiciosas de la historia contemporánea de España.
Poco después, el golpe del coronel Segismundo Casado en Madrid y el colapso definitivo de la resistencia republicana precipitarían el final de la guerra, que concluiría oficialmente el 1 de abril de 1939 con la victoria del ejército franquista.
Manuel Azaña permanecería exiliado en Francia hasta su fallecimiento en Montauban el 3 de noviembre de 1940, convertido ya en una de las figuras más representativas de la España republicana y del exilio español del siglo XX.
Artículos relacionados:
