La madrugada del 16 de octubre de 1975 comenzó como cualquier otra en el Palacio de El Pardo. Francisco Franco, que en aquellos días se recuperaba aparentemente de un proceso gripal, había cenado ligeramente, visto el telediario y revisado algunos documentos antes de retirarse a descansar. Sin embargo, aquella noche sería diferente.
Poco después de las tres de la madrugada, el jefe del Estado despertó sobresaltado. Un sudor frío le recorría el cuerpo, sufría una intensa sensación de desasosiego y una opresión dolorosa se extendía desde el pecho hasta la mandíbula y el brazo izquierdo. El temblor derivado de su enfermedad de Parkinson era más intenso de lo habitual y el sueño le resultaba imposible.
La enfermera de guardia comprendió rápidamente que aquellos síntomas podían esconder algo más grave de lo que aparentaban. Aunque el paciente insistía en que se trataba de una mala digestión y pidió expresamente que no se avisara al médico, la profesional decidió desobedecer la indicación y telefoneó al doctor Vicente Pozuelo, médico de confianza del General.
Tras examinar al paciente durante la madrugada, el cuadro fue interpretado inicialmente como una crisis vagotónica relacionada con una digestión pesada. Sin embargo, la experiencia de la enfermera y las dudas persistentes llevaron a solicitar un electrocardiograma al Hospital La Paz a primera hora de la mañana.
El trazado electrocardiográfico confirmó las peores sospechas. El prestigioso cardiólogo Vital Aza Fernández-Nespral identificó inmediatamente un infarto agudo de miocardio de gran extensión. La noticia cayó como un jarro de agua fría entre los médicos, conscientes de la gravedad del diagnóstico y de las enormes implicaciones políticas e institucionales que podía acarrear.
Mientras tanto, en el Palacio de El Pardo, Franco mantenía su rutina habitual. Había desayunado, se encontraba en su despacho y trabajaba aparentemente con normalidad, ajeno a la preocupación que comenzaba a extenderse entre médicos, enfermeras y familiares.
Aquel episodio marcaría el inicio de un complejo proceso clínico que se prolongaría durante más de un mes y que mantendría en vilo a toda España. Muchos de los profesionales que participaron en aquellos acontecimientos coincidirían años después en una misma apreciación: el 16 de octubre de 1975 fue el verdadero comienzo del desenlace final.
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