La madrugada del 16 de octubre de 1975 marcó un antes y un después en los últimos días de Francisco Franco. Lo que inicialmente parecía una indisposición digestiva terminó convirtiéndose en el primer aviso serio de un deterioro irreversible que desembocaría, semanas después, en el desenlace conocido por todos.
En El paciente de El Pardo, el cardiólogo José Luis Palma Gámiz, integrante del equipo médico que atendió al jefe del Estado durante su enfermedad final, reconstruye con extraordinario detalle aquellas horas de incertidumbre vividas entre el Palacio de El Pardo y el Hospital La Paz.
El relato concede un protagonismo especial a las enfermeras encargadas de la vigilancia nocturna del paciente. Fue precisamente la experiencia y la intuición clínica de una de ellas la que permitió sospechar que detrás del sudor frío, la opresión torácica y el malestar general se ocultaba algo mucho más grave que una simple indigestión.
Mientras el paciente insistía en restar importancia a los síntomas y el entorno permanecía ajeno a la gravedad de la situación, un electrocardiograma realizado discretamente en el Palacio confirmó el diagnóstico que cambiaría el curso de los acontecimientos: un infarto agudo de miocardio de gran extensión acababa de producirse.
Aquel 16 de octubre comenzó, en palabras de muchos de los protagonistas, el verdadero principio del fin.
Ya te he dicho que el General, desde el primer día que Pablo VI empezó a solicitar clemencia para los condenados a muerte, conciliaba mal el sueño. Tomaba un somnífero suave que le iba bastante bien, creo que se llamaba Luncalcio, pero en los últimos días no le estaba haciendo efecto alguno. Tomó una cena ligera, vio el telediario como de costumbre, repasó algunos papeles en su despacho y antes de la medianoche ya estaba en la cama. Ese día, según Lina, se encontraba mucho mejor de la gripe, hasta el punto de que había pasado la jornada completamente afebril y sin apenas tos.
Sobre las tres de la madrugada la llamó. Hacía un rato que sentía una extraña desazón generalizada, no había conseguido pegar ojo, un sudor frío empapaba su cuerpo, el temblor parkinsoniano era más intenso de lo habitual y una molestia opresiva y angustiosa se le iba y se le venía desde el pecho a la barbilla y desde la barbilla al brazo izquierdo. La enfermera le tomó la tensión, verificó la regularidad del pulso y comprobó que la temperatura era normal. Aun así, aquello no le daba buena espina. Era muy experta y sabía que en los viejos los infartos de miocardio suelen presentarse bajo formas clínicas muy atípicas. Tal vez como lo era aquella.
—Excelencia —le dijo después de enjugarle el sudor—, ¿quiere que llame al doctor Pozuelo?
—No, no le moleste —contestó con un hilo de voz—. Esto ya me ha pasado otras noches. Seguro que pronto me pondré bien. Será una mala digestión. Deme un poco de agua, por favor, tengo la boca seca y dígale a Juanito que venga, mi pijama está empapado.
La enfermera llamó al ayudante, desobedeció al Caudillo y telefoneó a Pozuelo.
El médico vivía cerca de la Puerta de Alcalá y a esas horas de la noche no tardó mucho en llegar. El coronel ayudante ya había prevenido al cuerpo de guardia de la inminente llegada del doctor. Era una visita insólita. En los últimos cuarenta años las verjas del palacio jamás se habían abierto en la madrugada para recibir a nadie.
¿Qué estaba ocurriendo dentro? Nadie podía sospecharlo pero, sobre los negros silencios de un palacio a oscuras, un viento de malos augurios empezaba a rasgar los velos de una noche larga. Ahora sí, ahora sus enemigos podían tener la certeza de que el principio del fin acababa de comenzar.
Pozuelo interrogó al paciente sobre sus molestias y tras someterlo a un examen minucioso juzgó banal aquel cuadro clínico y tranquilizó a la señora.
—Una crisis vagotónica —le dijo—. Probablemente secundaria a una digestión incompleta —continuó—. El abdomen está algo timpanizado pero blando y con buen peristaltismo. La auscultación cardiopulmonar es normal. Nada ha pasado que nos pueda inquietar —finalizó circunspecto.
Para entonces, los síntomas del infarto agudo se habían atenuado hasta casi desaparecer. Tomó una silla y se sentó junto a la cama. El médico recitaba su letanía con voz pausada y monótona, como para no hacer más grandes las heridas de la noche.
Periódicamente le tomaba el pulso mientras controlaba el segundero de su reloj contando los latidos.
—Esto va bien —decía, reafirmando sus argumentos con un ligero movimiento de cabeza.
Una y otra vez repetía, como para sí mismo, los razonamientos que le hacían pensar en la levedad de los hechos.
—Ha sido la cena —insistía—. Algo le ha debido sentar mal, por más ligera que fuese.
La enfermera le miraba desconfiada y callaba. Al cabo de un rato el paciente abrió los ojos como si despertara de un sueño viejo y letárgico. El médico aprovechó el escollo.
—Ya pasó todo. Ha sido, como efectivamente suponía su Excelencia, un corte de digestión —añadió, tratando de dar ánimos al General.
—Perdone tanta molestia como le doy, don Vicente. Gracias por haber venido a hora tan intempestiva. Me encuentro mucho mejor. Márchese a dormir que mañana usted y yo tendremos buena tarea.
—Doctor Pozuelo —le dijo Lina con voz queda antes de que el médico abandonase el dormitorio—, ¿le parece bien que mañana se le haga un electrocardiograma?
—Sí, hágaselo. No es mala idea —sentenció el médico antes de abandonar las dependencias privadas del paciente.
Yo creo que el único que siempre tuvo las cosas claras fue el propio Franco. Las gentes de su entorno especulaban con todo tipo de posibilidades fantásticas y hacían las cábalas más extrañas llevándolas hasta límites sorprendentes. Se diría que no conocían su personalidad o que ignorasen el tipo de sangre que corría por sus venas. El General tardaba en tomar sus decisiones,
esto lo sabía todo el mundo. Jamás hizo en su vida nada irreflexivo, pero una vez que aclaraba sus dudas, las resoluciones que adoptaba eran inapelables.
Te digo esto porque desde hacía algún tiempo se rumoreaba con insistencia que Franco, a instancias de su propia familia, había iniciado un cierto declive imparable en la nunca iniciada carrera política de su malogrado esposo.
Obviamente, en el Palacio de El Pardo no había ningún electrocardiógrafo, tan sólo un estetoscopio y algún esfigmomanómetro, seguramente mal calibrado, con el que medir la tensión arterial. A primera hora de la mañana del día 16 de octubre, Lina se acercó hasta La Paz acompañada de un ujier. Era un hermoso día del temprano otoño madrileño. La luz del sol se colaba por todos los rincones de la primera planta como tratando de purificar el ambiente para el gran acontecimiento que se avecinaba y que nadie sospechaba.
En el palacio, el paciente se había levantado a la hora de siempre, había desayunado con el escaso apetito de siempre y trabajaba desde hacía rato en su despacho de siempre. Se encontraba bien. Todo se desarrollaba acorde con la monótona rutina de todos los días.
La furgoneta militar había sido estacionada en un lugar discreto del hospital. El conductor, ajeno a su misión, canturreaba con aburrimiento. La enfermera informó al jefe del servicio de cardiología del encargo que el doctor Pozuelo le había hecho la noche anterior. Vital Aza Fernández-Nespral estaba pasando consulta en la primera planta y tan sólo pudo intercambiar algunas frases, casi en clave, con la ATS. Vital, que es un gran médico, ha sido siempre un hombre de pocos gestos y menos palabras. Sus silencios, sin embargo, han estado siempre cargados de una envidiable elocuencia.
Poco después dio su autorización para que un Elema Schönander de tres canales fuese sacado discretamente del hospital con un destino tan desconocido como inquietante. En aquella misma planta, ignorante de todo cuanto sucedía, Cristóbal Martínez-Bordiú recambiaba a corazón abierto la válvula mitral de un enfermo reumático mientras el resto del equipo trabajábamos en la rutina de todos los días.
—Cuando le hagas el electro tráeme una muestra —le dijo a la enfermera—. Estaré aquí toda la mañana.
—Coño, coño, coño —repetía Vital una y otra vez cuando Lina le llevó el electrocardiograma—. ¿Y estás segura de que es suyo? —preguntaba incrédulo.
—Pero si esto es un infarto agudo y grande como la copa de un pino.
—Coño, coño, coño —insistía—. Y dices que está en su despacho como si tal cosa —añadía sin dejar de mirar aquel increíble trazado lleno de curvas peligrosas que conducían inevitablemente a la muerte—. ¿Lo sabe Pozuelo? —preguntó.
—Hablaré ahora mismo con Cristóbal; todavía debe de estar en quirófano. La que se va a montar de aquí a un rato —dijo como hablando para sí mismo—. ¿Y la señora sabe algo? ¿Y Carmencita?
—Allí nadie sabe nada, doctor. Aquello está como siempre: en paz y en silencio.
—Dígame qué debo hacer —inquirió la enfermera con serenidad.
—Corre al palacio y no te separes de él. Espero que lleguemos a tiempo. Ah, y no comentes nada hasta que la familia sea informada convenientemente.
