—Ah, sí, te refieres a lo de las fotos. Gracias por recordármelo, casi se me olvidaba. Bueno, aquellas imágenes truculentas que se publicaron en una revista del papel couché ya desaparecida, y que dirigía Jaime Peñafiel, constituyen una pequeña parte de un extenso reportaje que se fue haciendo a lo largo de varios días. Hay quien dice que se hicieron más de cien. Yo sólo te puedo hablar de las que viví en primera persona, de las otras no porque de ellas sé lo que todo el mundo.
Las que fueron publicadas están tomadas muy al final de la enfermedad y, por la luz y por lo que se está haciendo, se ve que se tomaron hacia mediodía. Me lo confirmó Joaquín Carbonell. El paciente está conectado a varias máquinas: al respirador sin el cual ya no podía vivir, al hemodializador para depurarle la sangre ya que llevaba varios días de fracaso renal absoluto, al mismo tiempo se le está practicando un electroencefalograma.
En una de ellas aparece Maruchi, que era la enfermera del Departamento de Neurofisiología y siempre trabajaba a las órdenes de Joaquín. También estaba presente Alicia, lo sé porque ella misma me lo contó. Le pidieron que posara junto al paciente pero se negó. Tenía mucho carácter. Estuvo toda la enfermedad a la cabecera del paciente, desde el primer día, desde el día del último Consejo de Ministros, quiero decir. Juntos vivimos situaciones muy comprometidas, muy graves, como aquella primera crisis de angina que ya te he contado. No sé qué habrá sido de ella, la perdí la pista hace mucho tiempo.
Desde que fue intubado, y por tanto sometido a una sedación profunda, se le practicaban uno o dos electroencefalogramas diarios para saber qué nivel de actividad cerebral tenía. En las sesiones médicas que celebrábamos dos veces al día, el neurofisiólogo siempre informaba en los mismos términos:
—Actividad cerebral cortical normal, aunque ligeramente deprimida por el efecto de las drogas neurolépticas. Hagan ustedes lo que quieran —concluía—, pero el paciente está completamente vivo.
Ante esos informes los demás seguíamos trabajando para luchar contra todos y cada uno de los frentes médicos que el General nos abría día a día. Era una lucha sin cuartel para saber quién podía más: si la muerte invencible o la ciencia médica llevada a sus últimas consecuencias.
Para el que nunca haya estado en una Unidad de Cuidados Intensivos, aquellas imágenes congeladas en papel fotográfico podían resultar muy fuertes. En realidad, ahora que lo pienso, eran horripilantes, pero es así como trabajamos en esos sitios. Yo no las hubiese hecho y menos aún las hubiera difundido pero mira, quien las hizo sabía lo que se traía entre manos y quien las publicó también.
—Pues claro que las hizo Cristóbal, ¿quién si no? Por aquellos días se decía que Paris Match pagaba hasta diez millones de pesetas por una foto de la agonía del General. Y diez millones de entonces era mucho dinero. Pero ¿quién era el guapo que se aventuraba a coger la Kodak y disparar la instantánea? La guardia personal del Caudillo estaba al acecho de todo y de todos y Llaneras no le quitaba el ojo de encima.
El domingo 16 de noviembre, el cielo de Madrid amaneció teñido de gris marengo para decorar un otoño triste, como anuncio inequívoco del próximo invierno. Yo estaba de guardia. Serían algo más de las tres de la tarde. Acababa de comer y tenía sueño. Los nietos del General habían compartido mesa con sus padres en la misma planta donde se encontraba el paciente. Se habían habilitado unas salas para esos fines. Tomé café con ellos e hicimos algunos comentarios poco esperanzadores sobre el pronóstico inmediato del paciente.
Todo eran caras largas y suspiros al aire. Aquello se estaba acabando y lo sabíamos. En la mente de todos ya se asentaba fatalmente la aceptación de una muerte inevitable. No es que para entonces los médicos hubiésemos tirado del todo la toalla, sino que el paciente ya daba señales inconfundibles de no querer vivir. Ante esa negativa la medicina se hace inútil.
Pasé por la sala donde le teníamos para ver cómo estaba.
—Sin cambios —me dijo la enfermera—. Todo sigue igual de mal: la tensión entre seis y siete, la temperatura en 38, la mezcla de gases al sesenta y cinco por ciento y la dopamina a chorro.
—Sédalo a fondo —le dije—. Por lo menos, que lo que le quede por vivir lo haga sin sufrimiento.
Me fui a un cuarto contiguo y me dejé caer en una de las camas. El ruido monótono del émbolo del respirador me sumergió en un sueño liviano. Pocos minutos más tarde me llamó la enfermera.
—Venga. Dese prisa. Debe tener una flema atravesada y no para de toser. Hay que hacerle un lavado bronquial.
—Excelencia —le dije por si pudiera oírme—, voy a aspirarle un poco, tiene flemas en los bronquios. Tal vez le haga un poco de daño, pero luego quedará bien.
Tenía el ceño fruncido por el dolor. Sobrecogía verlo sufrir inútilmente. Me di cuenta entonces de que la enfermera le acariciaba con ternura una de las manos mientras yo, sin apenas darme cuenta, le pasaba suavemente la mano por su frente en un gesto amable que yo mismo no pude luego interpretar acertadamente.
La habitación estaba en penumbra. Desde hacía unos días teníamos órdenes de bajar las persianas, sobre todo por las noches. Se rumoreaba que había gente encaramada en los tejados cercanos para obtener una instantánea. Podía ser verdad. A lo lejos había casas desde donde con un buen teleobjetivo podía haberse capturado una imagen del General en su lecho de muerte, y eso valía un dinero.
Sea como fuere, la habitación estaba mal iluminada. Tan sólo la luz de un flexo nos permitía movernos con cierta holgura. Un fogonazo repentino me sacó de mi abstracción. Al principio pensé que sería el relámpago inoportuno de alguna tormenta tardía, pero enseguida comprobé que se trataba del flash de un disparo fotográfico.
Levanté la cabeza y retiré la sonda traqueal. Me quedé estupefacto. A los pies de la cama estaba Cristóbal preparado para una segunda instantánea.
—Coño, jefe, pero qué hace —pregunté sin pensar bien lo que decía—. Nos meterán en la trena —añadí, tratando de hacer una broma tonta—. Además —apostillé nervioso—, Primi no ha ido a la peluquería y yo estoy sin depilar.
—No se muevan, por favor —nos dijo a la enfermera y a mí en un tono muy serio, pero sin asomo de inquietud—. Sigan con lo que están haciendo. Como si no fuera con ustedes. Esto que hago es un documento único para dar testimonio ante la Historia. No se alarmen, no pasará nada.
Disparó ocho o diez veces más mientras yo no salía de mi asombro. Luego, cuando habíamos terminado nuestro trabajo, nos pidió que dejáramos la cabecera del paciente, pero que antes colocáramos todos los instrumentos en orden y arreglásemos sábanas y almohadas como para más fotos, claro.
Me quedé boquiabierto. En aquellos días yo iba de sorpresa en sorpresa. Aquella fue una más, pero muy fuerte. No obstante, aún me quedaban cosas sorprendentes que ver. Ordenó entonces pasar a los nietos, los colocó a la cabecera del abuelo y repitió la operación fotográfica varias veces más.
Eso es lo que te puedo contar de las fotos en que fui testigo directo e incluso protagonista. De las otras, de las que se publicaron, no sé más que tú.
No sé si los nietos estuvieron de acuerdo con aquella maniobra pero para mí tengo que por las caras de algunos no fue de su agrado. No podía entender lo que estaba pasando y menos que el fotógrafo fuese quien era.
Sabía que a principios de siglo las familias españolas tenían la extraña costumbre de fotografiarse con el familiar muerto antes del entierro, pero eso pertenecía a un pasado muy lejano y oscuro, cuando la España negra hacía verdaderamente gala de ese color luctuoso. Además, aquellas fotos blanquinegras se hacían con el familiar de cuerpo presente, metido en su caja de pino.
En las fotos de La Paz, el General, aunque estaba muy grave, aún seguía en el mundo de los vivos. La verdad es que nunca entendí por qué Cristóbal hizo aquello. A mí no me gustó. Luego, cuando lo analicé, me sentí mal, utilizado quiero decir, casi prostituido. De haber reaccionado a tiempo me hubiese salido de la escena, como hizo Alicia. Traté de decírselo durante mucho tiempo, pero cuando se presentó la ocasión ya no había razón para ello: las fotos habían sido publicadas y Cristóbal ya no era mi jefe.
Algunas semanas después de la muerte de Franco, una mañana que lo vi más relajado en el antequirófano le pregunté por las fotos.
—Se velaron todas —me dijo con una expresión medio burlesca, medio compungida.
—Vaya por Dios. Qué mala pata —le contesté—. Con lo bien que tuvimos que salir todos.
Y nunca más supe de ellas.
Desde luego, si unas aparecieron, las otras deben de andar todavía por algún cajón oculto. Me refiero a las mías y a las de los nietos y tal vez a algunas más. Quizá con el tiempo alguien, por cuatro euros, las desenterrará y las publicará en algún medio sensacionalista para regocijo de unos y escarnio de otros.
Ignoro cómo llegaron a las manos de quien las publicó. Me resultaría difícil de creer que hubiese sido a través del mismo Cristóbal. Él dijo, en su defensa, que alguien se las robó de la caja fuerte en que las guardaba, pero ¿quién pudo ser? No se accede a la caja fuerte de nadie así como así, salvo los de su más próximo entorno.
Se barajaron varias hipótesis pero hasta ahora ninguna confirmada, al menos que yo sepa. Tampoco sé quién pudo revelar aquellos carretes. Desde hacía algunos meses el jefe tenía siempre pegado al culo a un periodista obeso y untuoso que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Le acompañaba a todas partes. De él se dijo que fue el intermediario para el revelado y quizá para algo más.
Desde luego, de pasta andaba tieso y bien podría haberlo hecho por dinero. Pero no lo creo. Era demasiado cotilla para guardar un secreto.
