Composición alegórica del Congreso de FET y de las JONS de 1953, con referencias a la Falange, sus dirigentes y las sesiones políticas celebradas durante el encuentro.
Llega, por fin, el acontecimiento más importante del año para la Falange: coincidiendo con el XX aniversario de su fundación se celebra el I Congreso de Falange Española, que será el único convocado durante el mandato de Franco. Han colaborado con su esfuerzo y conocimientos, para que las ponencias que se debatan alcancen un alto nivel político, social y económico, personajes tales como: Juan Velarde Fuertes y el grupo de economistas del periódico Arriba, un experto en Derecho Constitucional, como Fernández Carvajal; un especialista en temas culturales, como Carlos Robles Piquer, y periodistas como Ismael Medina y Marcelo Arroita-Jáuregui, entre otros. De las ponencias destacan, por encima de todas, las presentadas sobre política económica y política social, que han dado lugar a interesantes y polémicos debates, entre sus respectivos miembros. De la ponencia política merece la pena destacar el siguiente propósito: «Bajo ningún pretexto consentiría la Falange la legítima actuación de camarillas que pretendan mermarle su condición de legítima inspiradora del Estado».
El 28 de octubre, en el solemne acto de clausura de las ponencias, celebrado en el Paraninfo de la Universidad Central, el ministro secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández-Cuesta, pronuncia un importante discurso del que se destaca lo siguiente:
Y queremos demostrar a los que ahora precisamente creen que ya nada tenemos que hacer, que nuestra hora ha periclitado, somos un recuerdo o un estorbo, que, lejos de ser así, la Falange sigue constituyendo el núcleo de la unidad del pueblo español, de su insondable dignidad y de su sentido nacional de independencia, más necesario de mantener y proclamar cuanto más intensas sean las relaciones internacionales y más posibles las influencias ajenas […]
La vida de la Falange ha estado desde su origen repleta de dificultades, nacidas principalmente de causas de todos conocidas y aludidas, nacidas en otras ocasiones, entre las que destacan nuestra posición doctrinal, contraria a derechas e izquierdas; nuestra llegada al Poder con precipitación a instancias de la guerra y en unión de otras fuerzas políticas; los diversos criterios existentes sobre la Falange y el Movimiento, la relación entre ambos y su función en la política de España […]
El Estado, pues, manda y ejecuta. El Movimiento inspira y colabora. El Estado tiene una responsabilidad que le impide decir y hacer muchas cosas que al Movimiento, más espontáneo y libre, no le está vedado […]. Al Movimiento le corresponde la pasión política y el entusiasmo popular […]
Aceptamos la responsabilidad de nuestros propios actos, pero no la responsabilidad de aquellos actos que un clima de confusión, de no clara determinación de funciones, han permitido atribuirnos, y así ha resultado durante todos estos últimos años, que si en España se hacía el estraperlo, era la Falange culpable; que si la vida subía en España, era la Falange quien la encarecía; que si la vida y las relaciones comerciales no eran fáciles, eran los Sindicatos con sus intervencionismos, los que lo provocaban; que si la misma vida y la relación internacional no eran francas ni claras, era la totalitaria Falange la causante de ello. Pero, en cambio, olvidaban o callaban lo bueno que la Falange ha hecho. Y olvidaban, por ejemplo, entre otros detalles, que la única pena de muerte que se ha impuesto en España por delitos económicos ha sido a un pobre falangista, cuya responsabilidad seguramente no sería mayor que la de alguno de esos enriquecidos que por el mundo andan.
Al siguiente día, el 29 de octubre, se celebra en el estadio de fútbol de Chamartín la concentración de 150.000 falangistas venidos a Madrid desde todos los lugares de España. Será Raimundo Fernández-Cuesta quien ofrezca el acto al Jefe del Estado y Jefe Nacional del Movimiento, que asiste a la gran concentración. En su discurso, Fernández-Cuesta dice así:
Esta concentración y este Congreso, sobre los que tanto se ha especulado y comentado, desde atribuirles demandas exigentes del Poder hasta de ser el canto del cisne de una fuerza política agonizante, constituyen una prueba de la madurez política, de la vitalidad y de la fuerza renovadora de la Falange y aval de que su valor no es puramente nostálgico y de pieza de museo que apreciamos con amor y respeto de coleccionista de Historia, sino que tiene una proyección de presente y de porvenir […]
Y es que la Falange, por no ser un grupo de políticos profesionales, sino alma militante de un movimiento político cuyas razones de existir al cabo de 20 años, lejos de debilitarse ha adquirido una dimensión universal por la pugna entre el mundo cristiano libre y el materialismo soviético; ha nacido con vocación de permanencia aunque otra cosa piensen quienes no desaprovechan ocasión para preparar su papeleta de defunción. Son los que al caer los regímenes italiano y alemán decían que nosotros, totalitarios sin originalidad, teníamos que caer también. Son los que, normalizadas las situaciones internacionales y no siendo precisas actitudes difíciles ni de sacrificio, dicen que a la Falange nada queda ya por hacer. Son, en fin, los que alegando recelos y antipatías o prevenciones exteriores, quieren aprovechar la innegable eficacia de las obras de la Falange, pero haciéndolas exclusivamente técnicas o administrativas, privándolas de los apellidos de su gloriosa estirpe, como si fueran incluso nacidas por espontánea generación, cuando son el fruto de una sombra que la Falange empezó hace veinte años, que ha cuidado con esmero y que ahora ofrece gustosa a España.
Sin embargo, los temores de algunos se van a ir confirmando, porque el Congreso no volverá a celebrarse y las interesantes conclusiones de las ponencias quedarán en el olvido. Pero, a pesar de todo, si la Falange no puede realizar ya sus iniciales ambiciones políticas, al menos ha creado un apunte de doctrina y de programa social, capaces de señalar el camino que deberían seguir el Estado y la sociedad española durante los próximos decenios. Pero no se va a realizar nada que tenga que ver con lo acordado en el Congreso. Ejemplo de ello es lo sucedido con el Instituto de Estudios Políticos, al llegar a su dirección un socialista converso al falangismo, Javier Conde, que lo transforma en un centro donde se trata de cultivar un ensayo político de falangismo liberal, combatiendo el clericalismo reaccionario oficial, al mismo tiempo que, sin restricciones, abre su tribuna a conferenciantes socialistas extranjeros, en prueba del talante aperturista de la nueva dirección.
