INTRODUCCIÓN
A partir de una experiencia personal en el marco de una misión internacional en Centroamérica, Luis Alejandre construye un relato que transita desde lo anecdótico hacia lo político. El autor utiliza una vivencia compartida con el entonces joven militar Juan Chicharro como punto de partida para introducir una reflexión más amplia sobre su situación actual al frente de la Fundación Francisco Franco.
El artículo combina memoria personal, contexto histórico y valoración crítica, estableciendo un paralelismo entre los “malos tragos” del pasado y las dificultades que, según el autor, enfrenta hoy en el ámbito público.
Allá por los noventa, de la mano de un excepcional Secretario General de Naciones Unidas, el peruano Javier Pérez de Cuéllar, España se comprometía seriamente en la pacificación del istmo centroamericano. La misión ONUCA tenía por finalidad neutralizar a la «contra» que operaba con claro apoyo norteamericano, contra el régimen sandinista en Nicaragua, a fin de acabar con aquella larga guerra de guerrillas.
Los apoyos a este grupo contrarrevolucionario se encontraban en la vecina Honduras. De ahí que operásemos inicialmente desde Tegucigalpa, su capital.
Un viaje rutinario nos había llevado en un vuelo de «Dornier», a Mocorón, plena Mosquitia hondureña, próxima a la base de la Kiatara, claramente alimentada por los EE.UU. Allí desmanteláramos unos meses después el conocido como Frente Norte o Frente Atlántico de la resistencia. Ya de regreso a Tegucigalpa, el «Dornier» reventó una rueda en el despegue, lo que aconsejó a los pilotos alemanes —militares amparados por la Orden de Malta— un aterrizaje de emergencia en un aeropuerto naval y militar en la Isla de Guanaja situada en pleno golfo de Honduras, hoy paraíso turístico.
Allí, ayer una de las primeras islas que visitó Colón. «Tenemos trabajo para dos horas», dijeron los mecánicos. Un joven capitán de Infantería de Marina, Juan Chicharro, acababa de incorporarse a la misión, impoluto uniforme blanco de la Marina, pantalones cortos, pensó que era buen momento para visitar sus playas, cuando unos invisibles mosquitos —jejénes— se ensañaron en sus carnes.
Los más veteranos utilizábamos uniformes verde oliva de la Legión, una decisión sabia por ser de algodón y que nos distinguía de los mimetizados que utilizaban las fuerzas que actuaban sobre aquel territorio: cubríamos nuestro cuerpo al máximo, por supuesto mangas bajadas.
No acabaron aquí las peripecias iniciales de Juan. De vuelta a Tegucigalpa, compartíamos una sencilla habitación, cama con cama, separadas por una sencilla mesilla. A media noche me despertó con un persistente «me muero». Había dejado sobre la mesilla un vaso con zumo de naranja en el que se había ahogado —supongo— una cucaracha de las de allí, de un calibre superior al de las nuestras. Y se la tragó. «¡Encima te ríes!», me espetaba. «¿Qué quieres que haga, Juan? Vomitar será peor. ¡Buen provecho!».
Este mal trago no es comparable con lo que sufre el hoy general Chicharro al frente de la Fundación Francisco Franco, atacado, perseguido sin saña, por un ministro dirigente de Sumar, obrando como Comisario Político a pesar de sus antecedentes familiares («no hay peor cuña que la de la misma madera») y de su elitista educación en el Liceo Francés de Barcelona.
Está claro que, a pesar de las 72 páginas expuestas por la Abogacía del Estado solicitando la «extensión judicial» de la Fundación Francisco Franco, esta tendrá que ser decidida en sede judicial cumpliendo el mandato constitucional (art. 22): «Se reconoce el derecho de asociación; las asociaciones solo podrán ser disueltas o suspendidas en sus actividades en virtud de resolución judicial motivada».
Chicharro apela al sentido común: no se puede borrar décadas de nuestra vida y es bueno que las generaciones que nos siguen encuentren testimonios, con luces y sombras, que refieran un pasado inmediato.
Pero a esta clase política le duele que este interés de la juventud ya se manifieste e incluso lo valore, al compararlo con la crítica situación actual. «Nada nos extraña ni coge desprevenidos; el Gobierno liberticida, ampara y subvenciona a fundaciones separatistas y marxistas, como la Iratzar vinculada a Sortu que recibe 160.664 euros, la Sabino Arana que recibe 393.561, la Pablo Iglesias 132.927 e incluso la Largo Caballero con 100.000».
Ya pueden imaginar lo que me contesta cuando le pregunto cuánto recibe la Fundación que preside. «Cuando un ministro pierde el tiempo en perseguir la libertad de opinión y expresión de quienes no piensan como él, no deja de ser un claro indicio dictatorial».
Es más, insiste: «mientras hablen de la Fundación Francisco Franco, no se hablará de todos los casos de corrupción que les envuelven».
Y matiza un error del propio ministro, cuando en paralelo a la redacción judicial, insta a la Abogacía del Estado para que reclame el archivo de la entidad. «Pero si nosotros ya tenemos digitalizados todos los documentos del archivo, que son de dominio público. ¿Qué quiere el ministro, destruirlos o devolverlos a Navarro?».
Bien sé que el general Chicharro sabrá digerir con éxito estos nuevos malos tragos. Y que el recuerdo de Tegucigalpa le hará sonreír. Ya me conformo.
CONCLUSIÓN
El texto cierra recuperando el tono humano y cercano con el que se inicia, sugiriendo que la experiencia y el carácter forjados en situaciones pasadas permitirán afrontar los desafíos presentes. Más allá de la anécdota, el artículo deja planteada una reflexión sobre el clima político, la libertad de expresión y el tratamiento del pasado histórico en España.
En última instancia, se presenta como una defensa de la resiliencia personal y una invitación a considerar el papel de la memoria, tanto individual como colectiva, en el debate contemporáneo.
