Se preguntaba el conocido historiador Pio Moa, en un artículo titulado “España, el catolicismo, el franquismo y la teoría”, de 2015, abundando en lo que había planteado ya en su éxito editorial “Los Mitos del Franquismo”, como un régimen como el franquista, a su entender, tan débil doctrinalmente, pudo cosechar tantos éxitos y durante tanto tiempo. Es una buena pregunta porque los logros que ya hemos visto, y que el propio Moa reconoce, son innegables, pero, sin embargo, el franquismo no tuvo continuidad tras la muerte del dictador y toda la estructura de su régimen político se disolvió como un azucarillo con una inusitada facilidad. ¿Representa eso una señal de la debilidad doctrinal de la que habla Moa, entre muchos otros?
Es difícil encontrar una buena praxis que no se cimente en una buena teoría, al menos de manera sostenida. De lo contrario este mismo debate carecería de todo sentido. Todo parece abocarnos, pues, a cuestionar la presunta escasez doctrinal del régimen franquista. Sin embargo, las apreciaciones de Pio Moa en su artículo sobre las familias del régimen, la falta de doctrina unitaria, sustituida por el catolicismo y como, cuando la Iglesia decidió volver la espalda al régimen español, este quedó ideológicamente en el vacío, parecen acertadas. ¿Cómo se explica entonces?
Creo que el error que podemos cometer a veces es comparar conceptos no homogéneos. El franquismo no es comparable al comunismo o al liberalismo porque, a diferencia de estos últimos, el franquismo no es una teoría filosófica o económica, ni nunca pretendió serlo, sino una praxis política. En ese sentido el franquismo podría ser comparado con el leninismo, el trotskismo, el estalinismo, el castrismo o el chavismo, pero no con el marxismo. De igual modo podría ser comparado con el reaganismo, el thatcherismo, el gaullismo o, incluso, con el zapaterismo o el aznarismo, pero no con el liberalismo en abstracto.
¿Quiere eso decir que el franquismo carecía de base doctrinal? ¿Estaba construido sobre la nada? Todo lo contrario. Así como el chavismo bebe del marxismo y el bolibarianismo o el thatcherismo del liberalismo y el neoliberalismo, el franquismo bebía de varias fuentes teóricas, a mi entender, básicamente cuatro: el nacional-sindicalismo joseantoniano, el tradicionalismo español (que va desde la escolástica española hasta Ramiro de Maeztu), la doctrina social de la Iglesia y las ideologías conservadoras.
Estas cuatro doctrinas son claramente diferenciables, pero también perfectamente compatibles, no presentan contradicciones insalvables e, incluso, resultan frecuentemente complementarias. Esto permitió al franquismo combinarlas sin grandes problemas, de modo que lo que podría haber sido un batiburrillo desconcertante se convirtió en una base ideológica perfectamente sólida sobre la que edificar un régimen exitoso, como en efecto lo fue.
Hay que tener también en consideración que el comunismo y el liberalismo son filosofías del siglo XIX, que en su actualización constante hasta nuestros días han presentado diferencias internas mucho más notables que las que se pueden hallar entre las cuatro bases del franquismo. Por poner un ejemplo práctico, en el controvertido tema del aborto, la posición del comunismo real soviético y la del marxismo cultural de los países occidentales puede ser muy distinta, como también lo es la de liberal-demócratas progresistas y conservadores. Las cuatro doctrinas de las que bebía el franquismo, en cambio, coinciden plenamente. Incluso en temas socio-económicos podemos encontrar las mismas discrepancias y coincidencias. El sistema de protección social no es entendido igual en China que en Venezuela, pese a estar inspirados ambos regímenes en el marxismo. Tampoco lo entienden igual neoliberales que keynesianos en las filas liberal-demócratas. En el franquismo, por el contrario, falangismo, Doctrina Social de la Iglesia y la tradición española apuntan en la misma dirección. No hay más que leer Rerum Novarum de León XIII o recordar que las primeras normas proteccionistas del trabajo, limitando las horas de jornada laboral, las dictó Felipe II, para entender en base a que sustento teórico Franco edificó la Seguridad Social en España.
Dice Pio Moa sobre el franquismo: “Se proponía en un principio superar al liberalismo y al marxismo, dos ideologías de gran fortaleza intelectual o teórica, y es obvio que no lo consiguió.” En parte es cierto y en parte no. Por una parte, tengo mis dudas de que el franquismo pretendiera elaborar una teoría superadora de la dualidad liberalismo-comunismo. Más bien entendió que esas teorías ya existían, en torno a los fascismos, en sentido amplio, por una parte, y a la tradición católica, por otra. Lo que pretendió y, desde luego, consiguió, fue aplicar esas teorías en una praxis política que sustentara un régimen exitoso. Lo que tal vez pretendiera en un principio y no es que no lograra, sino que renunció a ello, fue unificar esas fuentes de las que extraía su fundamentación teórica en una doctrina articulada. Y si renunció a ello a mi juicio no fue, como podríamos pensar, por la incapacidad intelectual de los dirigentes del régimen, sino por cuestiones de imagen, tras el resultado de la Segunda Guerra Mundial y la satanización de los fascismos.
En efecto, si Franco y la clase dirigente que formó en torno a él, hubieran sido tan torpes, difícilmente se hubieran conseguido los éxitos que el propio Moa reconoce y estamos viendo aquí. La clave, según lo veo, fue más bien una exigencia diplomática y de imagen, cara a la supervivencia política del régimen y, con él, de la independencia de España y su prosperidad en un entorno internacional agresivo y hostil. Si los vencedores de la Segunda Guerra Mundial hubieran sido las potencias fascistas, Franco podría haber defendido una justificación doctrinal a su régimen emparentada con la fascista, pero con un contenido tradicional y católico mucho mayor. Dado que las potencias vencedoras fueron otras, Franco huyó de la imagen fascista y evitó justificarse en un ideario que pudiera considerarse afín al de los derrotados.
La asunción del catolicismo como definición ideológica del régimen no obedeció tanto, a la necesidad de buscar un punto de unión entre las “familias” del régimen que, pese a sus diferencias, nunca generaron sensaciones de inestabilidad ni cuestionaron la autoridad del Caudillo, sino a la necesidad de adoptar una imagen “aceptable” en un contexto internacional devotamente antifascista.
Por supuesto, esto afectaba solo a la imagen, internamente el régimen era lo que quería ser y lo que necesitaba ser, para superar los desafíos que España tenía planteados, lo que hizo con innegable brillantez. Los cambios de políticas sustantivas no se debieron a estas transformaciones definitorias que, como digo, afectaron solo a la imagen que el régimen quería proyectar, sino a necesidades reales de la economía y la vida política y social españolas, y no se puede poner en duda, a la vista de los resultados, que fueron acertados.
Es cierto que el Concilio Vaticano II y su apuesta por la aconfesionalidad y el hecho de que la Iglesia diera la espalda al régimen que la había salvado del exterminio físico en la Guerra Civil, perjudicaron al franquismo, pero no porque lo dejaran en el vacío ideológico, sino porque le restaron una fuerte justificación moral que oponer a sus enemigos y que utilizar en el escenario internacional, lo que afecta, como decimos, a la imagen, no al contenido. Las políticas franquistas pudieron seguir inspirándose en la Doctrina Social de la Iglesia sin problemas, lo que ya no pudo hacer el régimen fue acudir a ella para reforzar sus posiciones diplomáticas ni para legitimar sus estructuras de poder, cuya justificación quedó entonces en el aire, en la “excepcionalidad histórica” por las circunstancias particulares derivadas de la Guerra Civil, que es casi como no decir nada. El Régimen se basaba en una legitimidad de origen excepcional y de ejercicio pragmático, no en una doctrina articulada, no porque tal doctrina (o doctrinas en plural) no existiera sino porque no podía ser aludida.
El régimen no se prolongó tras la muerte de Franco porque la clase dirigente franquista, en su mayor parte y, especialmente, en los puestos clave, tomó la decisión de que así fuera. Si esa clase dirigente hubiera tomado la decisión contraria, el franquismo hubiera persistido sin excesivos problemas. No fue, pues, una necesidad, sino una decisión. Si hubiese habido más dirigentes franquistas de la opinión de Blas Piñar o José Antonio Girón y menos de la de Juan Carlos I o de Torcuato Fernández Miranda o, simplemente, con que el Almirante Carrero Blanco no hubiera sido asesinado por ETA, la historia de España hubiera sido muy distinta.
Entre los motivos de esa decisión estuvo, sin duda, la falta de una doctrina articulada de forma unitaria que justificase el régimen, no tanto porque fuese imprescindible, que como hemos visto, no fue así, sino porque de haber existido, probablemente esa clase dirigente franquista hubiese sido educada en ella y hubiese sino menos permeable a la influencia de las tesis liberal demócratas. Por eso, sí es cierto que, de forma indirecta, el problema doctrinal tuvo influencia en la no pervivencia del franquismo, pero solo indirecta. Básicamente el franquismo no pervivió porque todos los países de nuestro entorno geográfico y político eran democracias parlamentarias y las clases dirigentes, no solo políticas, sino principalmente económicas, estaban persuadidas de la necesidad de homologarnos con ellos.
Así como Hitler había pretendido instaurar un Reich de mil años, Franco había diseñado su sistema para que durase toda una generación, no unos pocos años como la malograda dictadura de Primeo de Rivera, pero tampoco para que se mantuviera de manera rígida indefinidamente, quedando en manos de sus supervivientes adaptarlo como las circunstancias mejor aconsejaran. Viendo el estado actual de España, parece obvio que esos supervivientes no estuvieron a la altura. Pero culpar de eso a Franco me parece excesivo. Sí que es verdad que la renuncia a la lucha cultural de la derecha, palpable desde la muerte de Franco, se empezó a gestar desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la derrota del Eje impidió legitimar al Régimen franquista en una ideología emparentada con las perdedoras del conflicto. Luego, el Concilio Vaticano Segundo, puso un segundo clavo en el ataúd, privando también a Franco de la posibilidad de sustentar su legitimidad en una doctrina basada en catolicismo. Así, solo quedaba la excepcionalidad histórica, que era como sostener al régimen en el aire. De este modo, el franquismo tuvo necesariamente que terminar con Franco.
Pudo haber subsistido el franquismo como régimen o, en el contexto de una democracia no escorada a la izquierda, como ideología, como el gaullismo francés o el peronismo argentino, si hubiera habido una clase dirigente con esa intención. Sin embargo, Juan Carlos I, Suarez, Torcuato Fernández Miranda y los demás jerarcas condujeron a España por otro camino a la muerte de Franco. Es cierto que el franquismo no constituyó una doctrina ideológica completa, sino una praxis política, pero qué duda cabe que la derecha española podría haberse definido como “franquista”, incluso en un contexto democrático, en referencia no al sistema de gobierno, sino a las políticas sustantivas desarrolladas, dando a sus planteamientos unas características inusuales en la derecha liberal europea, como la defensa de una protección social más elevada, de una inspiración espiritual cristiana y, en particular, católica más sólida, y de la soberanía nacional frente a un atlantismo excesivamente entusiasta, en lugar de dejar la palabra “franquismo” como sinónimo de autoritarismo y represión, como se maneja ahora por los medios de comunicación y la industria cultural, infectando las conciencias de nuestros compatriotas, especialmente los más jóvenes.
