El 20 de noviembre se conmemora la muerte del General Franco, Jefe del Estado español durante buena parte del siglo XX y el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. Estos dos personajes históricos están unidos, además de por la fecha de su muerte, por la tragedia de la Guerra Civil, de la que uno fue mártir y el otro Caudillo victorioso. Es frecuente citarlos juntos como símbolos, para unos del fascismo y la dictadura, y para otros de una España más auténtica que se niega a perecer en medio de la actual decadencia. Obviamente, esta unión de los personajes es, como decimos, meramente simbólica. Desde luego, José Antonio no tiene nada que ver, en puridad, con el franquismo, porque fue asesinado antes de que este empezase, en 1936, y ya estaba en la cárcel cuando dio inicio la Guerra Civil. Sin embargo, la figura de José Antonio sale también damnificada de las leyes de memoria, hasta el punto de justificar la profanación de sus restos y la represión a los que todavía se consideran falangistas, impidiéndoles utilizar sus símbolos históricos o cantar su himno, el Cara al sol, en sus actos públicos, bajo amenaza de multa. En contraste, frente a quienes vinculan a los personajes más allá de lo que la historia permite, existe una pequeña minoría empeñada en enfrentar ambas figuras. ¿Se llevaban bien Franco y José Antonio? ¿Representan cosas distintas, incluso antagónicas, en la historia de España?
Algunos liberal-conservadores, ultraliberales en lo económico y autoritarios en lo político, a los que lo que atrae de Franco es precisamente su autoritarismo (o lo que ellos, en su miopía, interpretan como autoritarismo) rechazan, sin embargo, a José Antonio. Son esos que hablan de “un Franco bueno” a partir del desarrollismo de los años 60 y de la incorporación de ministros liberales del Opus Dei al gobierno, precedido de “un Franco malo” que no sabía de economía y que dio excesiva cancha sus ministros falangistas, que mantuvieron al país en la pobreza hasta la etapa siguiente.
Esta es una estupidez, que comparte argumentos con la manipulación izquierdista más burda, y que ignora que a finales de los 50, a pesar de las durísimas condiciones de la postguerra española, con la España que había sido roja durante la mayoría del conflicto totalmente arrasada, coincidiendo con la guerra mundial, con la antipatía declarada de las potencias vencedoras, superando un aislamiento injusto y criminal, España ya había aumentado la esperanza de vida respecto a la Segunda República en más de una década, garantizado el techo a la práctica totalidad de los españoles, gracias al Instituto Nacional de la Vivienda, eliminado el fantasma del hambre (en 1947 se dejan de contabilizar, por primera vez, las defunciones por desnutrición, porque deja de haberlas), creada la Seguridad Social y construida una red de hospitales para atenderla, y un largo etcétera de avances y mejoras. Y todo ello fue mérito, en gran parte, de ministros falangistas, como José Antonio Girón de Velasco y de la doctrina falangista adoptada por el régimen, creada e inspirada, en gran parte, por la figura de José Antonio.
Existen, por otra parte, falangistas antifranquistas que, a mi modo de ver, poco han entendido a su fundador, porque el franquismo, si bien no aplicó el 100% del ideario joseantoniano, lo hizo en mayor medida que ningún otro régimen en la historia de España, anterior o posterior, y del mundo, seguido muy de cerca, tal vez, por el gobierno de Perón en Argentina. José Antonio, precisamente, entró en la arena política para defender a su padre, dictador militar como Franco, de las calumnias e insidias de la pseudointelectualidad de la época, que fustigó al honrado general, como las mentiras de la pseudointectualidad actual fustigan la memoria del Caudillo. ¿Cómo podría el Ausente no avergonzarse de quienes se dicen sus seguidores y se enrocan en una falsa pureza doctrinal, para compartir falsedades con quienes le fusilaron, atacando al militar y al patriota que, como su padre, puso su espada y su disciplina al servicio de España, sirviéndola con honor y haciendo de ella un lugar mejor, en el que, como él soñaba, pudiera volver a reír la primavera?
Se ha debatido sobre la importancia de Falange en el Régimen franquista. Terminada la contienda, Franco, que ya había decretado la unificación de falangistas y requetés, tuvo una especial consideración con la figura de José Antonio Primo de Rivera, mitificado en el franquismo, sobre todo en sus primeros años. El líder de Falange había sido asesinado por el bando rojo (como Maeztu y tantos otros) en el 36, representando la víctima “oficial” del bando nacional, la que simboliza a todas las demás, como García Lorca representaba a las del bando republicano.
Es verdad que Falange Española era un partido extraparlamentario en el 36 y que Franco parecía simpatizar políticamente en mayor medida con el derechista, más moderado, Gil Robles (aunque este terminará siendo un conspirador monárquico contra su régimen años después) del que fue Jefe del Estado Mayor siendo el cedista Ministro de la Guerra en el segundo bienio republicano, y que José Antonio prefería a otros generales, amigos de su padre. ¿Cuál fue la razón, entonces, por la que el Régimen de Franco mitificó a José Antonio y se fundamentó, sobre todo en Falange, sus primeros años, desarrollando una profunda política social a través de ministros falangistas como José Antonio Girón, permaneciendo los falangistas como una de las familias más relevantes de la política española, incluso después de haber perdido su protagonismo principal, hasta la muerte del Caudillo? Esbocé algunos motivos en El sueño de España.
Para empezar, si bien José Antonio había sido diputado en una coalición monárquica en el segundo bienio y había perdido su acta en las elecciones del 36, la derrota fraudulenta de las derechas había convencido a muchos simpatizantes conservadores de que las tesis joseantonianas habían sido las correctas desde un principio y Falange estaba registrando un aumento de adhesiones espectacular, de modo que, al estallar la guerra, no era una fuerza tan insignificante como los resultados electorales anteriores daban a entender. Por otro lado, las juventudes falangistas eran fáciles de militarizar, por estar uniformadas y penetradas por la mística del servicio, por lo que solo se necesitaba armarlas, cosa que se podía decir también de los requetés, pero no de cedistas o monárquicos alfonsinos, cuyos simpatizantes distaban mucho de poder ser movilizados con la misma eficacia cara a una situación bélica, como la que se vivía. Eso explica que Franco se refiriera a “falangistas, requetés y soldados” en sus arengas militares en plena guerra. Además, Falange tenía presencia en todo el territorio nacional, mientras el carlismo solo subsistía en algunas regiones. En último término, Falange Española prestaba a Franco algo que las “derechas burguesas” no podían suministrarle, algo de la máxima importancia: una doctrina que le justificara en el poder. El problema es que esta legitimación duró poco, no pudiéndose recurrir a ella desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Aún habría un motivo más, en mi opinión, aunque no sea posible obtener constancia documental de ella, que justificaría el respeto de Franco por José Antonio, incluso después de la derrota del Eje, cuando ya no podía reportarle beneficio alguno y que supone especular con lo que Franco podría estar pensando en su fuero interno, lo que resulta, evidentemente, arriesgado. Mi sensación es que el estallido de la guerra habría convencido a Franco, como a otros muchos españoles de ideas conservadoras, de que José Antonio no era aquel “muchacho” extremista que muchos suponían, sino que había tenido razón en su análisis de la situación desde un primer momento, lo que le había llevado a prestar atención a sus planteamientos y a tenerlos muy en cuenta en su futura acción de gobierno, y a tratar a su memoria con un profundo respeto, en consideración también a su sacrificio, hasta el punto de mitificarlo. Ciertamente, ese fue el transito ideológico de miles de cedistas que se pasaron en masa a la Falange tras las elecciones del 36 y toda la cadena de injusticias y abusos cometidos por el Frente Popular.
La relación personal de Franco y José Antonio también ha sido muy discutida. De la visión popular de Falange como mero apéndice folclórico del franquismo, en un extremo, se ha pasado al otro, con la tesis defendida por estudiosos, muchas veces falangistas antifranquistas, de la antipatía en vida, entre Franco y José Antonio, que apenas sí se vieron 3 veces, una de ellas en la boda de Serrano Suñer. En realidad, no hay datos que corroboren esta supuesta mala relación, salvo, tal vez, la repetición electoral de Cuenca, en cuyas listas de las derechas iban a ir tanto Franco como José Antonio y el primero finalmente se cayó de las mismas. Una hipótesis por demostrar apunta a que la razón podría haber sido la negativa de José Antonio a compartir candidatura con el militar. En todo caso, dado el exquisito trato de Franco a la memoria del fundador de Falange, no parece que le guardara rencor si es que fue así, lo que, insistimos, está por demostrar.
El problema con el protagonismo de la Falange fue que, estando la ideología nacional-sindicalista emparentada con las fascistas en sentido amplio, el resultado de la Segunda Guerra Mundial y la criminalización de los derrotados y sus ideas, operada desde entonces en todo el mundo, dificultaban seguir utilizándola como base justificativa del Régimen a partir de ese momento, como hemos visto, a riesgo de sufrir un aislamiento internacional aún mayor. Esto también explica, junto al cambio de circunstancias socio-económicas, que el peso de los falangistas declinase a medida que transcurrió la vida del franquismo, orbitando su justificación teórica entonces hacia el nacional-catolicismo, dado que la Iglesia Católica, pese a despertar la antipatía del mundo moderno protestante o, directamente, ateo, no estaba tan satanizada a nivel internacional (sin perjuicio de las bases católicas sinceras del franquismo, que lo acompañaron toda su vida). Finalmente, el Concilio Vaticano II privó también al Régimen de esta legitimación, lo que indudablemente fue clave en su incapacidad para perpetuarse tras la muerte del Caudillo, como hemos explicado.
José Antonio Primo de Rivera es una figura histórica fascinante e ignorada a partes iguales. Hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, fundó Falange Española, salió elegido diputado en la Segunda República y fue asesinado por el bando frentepopulista en 1936, al inicio de la Guerra Civil. Durante el régimen de Franco su recuerdo fue mitificado, para ser borrado, prácticamente del todo, de la conciencia popular, una vez llegada la democracia. Esta situación nos plantea dos preguntas básicas. ¿Tiene el mensaje falangista y, en especial, el joseantoniano, vigencia en la España de hoy y, si es así, porque no existe ningún partido falangista o que se considere heredero de su doctrina, con representación parlamentaria o notoriedad social?
José Antonio desarrollo un pensamiento profundo y poético, pese a haber sido asesinado en la flor de la juventud. La Falange histórica suele encuadrarse entre los movimientos fascistas en sentido amplio o genérico. Si bien esto es acertado, porque comparte con ellos la posición dialéctica de oposición y superación de capitalismo y marxismo, liberalismo y socialismo, presenta importantes diferencias con el fascismo italiano y aún más con el nacional-socialismo alemán. Para la Falange, el estado no es un fin en sí mismo, como para Mussolini, o un medio para la raza, en sentido biológico, como para Hitler, sino un medio para cumplir una misión universal trascendente, que une razas, lenguas y pueblos. La dignidad del hombre, tan cacareada, pero tan desconocida en los idearios modernos, es verdaderamente puesta en valor por José Antonio, que considera al hombre como portador de valores eternos.
En sus discursos, José Antonio critica la modernidad representada en Rousseau “un hombre nefasto” que sostenía “que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad”, al estado liberal, basado en esta doctrina, que “vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales”, porque para José Antonio, el estado debe ser el realizador de misiones históricas, como cuando “tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad”. Para conseguirlo, España debe librarse de las divisiones entre partidos, nacionalismos periféricos y clases sociales, para alcanzar la “unidad espiritual” y ser capaces de “participar con voz preeminente en las empresas espirituales del mundo”. También diferencia entre el nacionalismo entendido como el egoísmo de los pueblos y el individualismo de las naciones, del verdadero patriotismo, afirmando que “no somos nacionalistas, somos españoles, que es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo”.
¿Es actual el mensaje de José Antonio? En términos literales no, pero en términos literales ningún mensaje lo es, en cuanto cambian las circunstancias en que fue emitido. Nuestros actuales políticos, sin ir más lejos, se contradicen a sí mismos en cuestión de meses y, en algunos casos, de días. ¿Son actuales el comunismo de Marx y Engels o el liberalismo de Adam Smith? Solo en versiones tan metamorfoseadas, que los hacen prácticamente irreconocibles, desde sus formulaciones originales en el siglo XIX. ¿Tiene el mensaje joseantoniano aspectos que están de actualidad? Sin duda. Terriblemente. Se pueden leer fragmentos de discursos del fundador de Falange como si se hubiesen escrito ayer. Dice el bolero que 20 años no son nada. A veces 80 tampoco.
Desde luego, las circunstancias históricas en las que se fundó la Falange y las actuales no son las mismas, aunque presenten llamativos paralelismos. Cuando José Antonio dio su famoso discurso en el Teatro de la Comedia en Madrid, no existía la globalización ni la inmigración ilegal descontrolada ni el islamismo, temas claves en la política actual. Sí que existían, en cambio, el capitalismo, el comunismo y las crisis económicas. Los sistemas liberal-demócratas estaban en crisis y la demagogia populista del marxismo los acechaba. Eso nos suena. Releyendo el discurso podemos comprobar su actualidad y profundidad. Para empezar, tiene una estructura dialécticamente impecable. Comienza con una crítica del liberalismo capitalista (tesis) que incluye todas sus facetas: relativismo, voluntarismo, injusticia económica y social, pobreza… para continuar luego con una crítica al socialismo marxista (antítesis) por antinacional, vengativo, generador de barbarie y aun de más pobreza. Termina con la alternativa que se ofrece a cambio (síntesis), la del falangismo, una alternativa que concilia patriotismo con espíritu social, defensa de los valores tradicionales con justicia y lucha contra la pobreza, orden y autoridad con respeto a la libertad del hombre como «portador de valores eternos». Es además un discurso poético, bien escrito, de impecable lógica y acendrado lirismo, que llama a la reflexión y al compromiso, que tiene esa «poesía que promete» que echamos a faltar tanto hoy en día.
Desde luego, muchas cosas han cambiado en estos más de 80 años, pero sigue existiendo la necesidad de una alternativa a las dualidades con las que nos engaña el sistema: izquierdas y derechas, capitalismo y socialismo, liberalismo y marxismo. Hoy, como entonces, vemos la tesis liberal fracasar con la crisis, con sus políticas de recortes que empiezan por los más débiles, con sus rescates a los bancos (ese capitalismo, diría José Antonio también, tan reacio a nacionalizar los beneficios, pero que corre a nacionalizar las perdidas), con su Unión Europea, su Fondo Monetario Internacional y su globalización, que no existían cuando vivió José Antonio, pero que son fenómenos del mismo capitalismo que él criticaba.
Vemos fracasar también la antítesis socialista. Vimos el corralito en Grecia y a Syriza aceptando todas las imposiciones de Bruselas, hasta que fue desalojada del poder. Vemos a Venezuela arruinada, con represión chavista y desabastecimiento de productos básicos. Vemos a los concejales, diputados y ministros de Podemos en España, anticlericales, antiespañoles, insultar a la bandera, mearse en la calle, hacer chistes de genocidios o terrorismo, preocuparse más por cambiar los nombres de las calles o quitar retratos del rey que por resolver los problemas de los necesitados que confiaron en ellos y de los que ya se han olvidado, gastando millonadas en el ministerio de igualdad, pintando bancos de morado o cualquier otra extravagancia, mientras la elevada inflación provoca pobreza energética y miseria a tantas familias.
Solo nos falta la síntesis, una síntesis política que mire más allá de las rencillas y miserias cotidianas, y nos ofrezca justicia social y patriotismo, orden y libertad, tradición y progreso, identidad y respeto. Que nos dé razón, pero también poesía. Que nos traiga, como diría José Antonio, la patria, el pan y la justicia. ¿Puede el patriotismo antiglobalista representar esa síntesis? ¿Podrá Vox en España, como otros partidos de la misma significación en otras latitudes, superar sus reminiscencias liberaloides y antisociales y sumar a la defensa de la patria, la justicia social sin la que cualquier proyecto regenerador y nacional está condenado necesariamente al fracaso?
Sí, hay muchos aspectos del mensaje joseantoniano que, no solo son recuperables, sino que están aún de más actualidad que cuando fueron escritos. Su análisis de la historia, su crítica a capitalismo y socialismo, izquierdas y derechas, esos que “expulsan del alma la mitad de lo que hay que sentir”, su búsqueda de un patriotismo social, que conjuga la defensa de la unidad, grandeza y libertad de España, con la justicia social, con la defensa de los desfavorecidos. ¿No es acaso esa la fórmula mágica que buscamos frente a la actual crisis? ¿No es eso lo que reclamamos y cuya ausencia criticamos de unos y de otros, lo que pedimos y no nos aciertan a dar nuestros políticos actuales, encerrados en sus dogmas procedentes de ideologías del siglo XIX?
Siendo tan actuales algunos aspectos del pensamiento joseantoniano: ¿Cómo puede estar tan olvidado? Algunos responsabilizan de ello al franquismo. José Antonio no pretendía una dictadura de derechas ni de izquierdas, sino una total, en la que todos los españoles se sintieran identificados. La dictadura de Franco ha sido considerada más de derechas que de izquierdas (pese a su indudable contenido social) y, al surgir de una contienda entre hermanos, dejó a los herederos morales de quienes perdieron la guerra, con poco entusiasmo a la hora de identificarse con el régimen. Franco no aplicó el programa falangista en toda su integridad, pese a usar la imagen de José Antonio y los símbolos de la Falange de modo obsesivo. La revolución falangista, sostienen, quedó pendiente, traicionada por Franco. ¿Fue así?
La Falange histórica fue un partido que desarrolló su actividad en la 2ª República. Una vez esta saltó por los aires y los principales dirigentes falangistas, entre ellos el propio José Antonio, fueron asesinados, Falange Española de las JONS pasó a ser otra cosa. Así, quedó otra Falange, creada por el decreto de unificación con los carlistas, a la que se le había añadido la T de tradicionalista y que evolucionó hasta convertirse en el “Movimiento Nacional”, una suerte de “partido único” del franquismo, por llamarlo de alguna forma. Algunos pretenden ver esto como una traición de Franco a la falange o una apropiación de sus símbolos para el régimen. Lo mismo sostienen, por su parte, ciertos requetés irredentos respecto al carlismo, quienes, por otra parte, odian a los falangistas con devoción, odio que frecuentemente es reciproco. Plantear así las cosas es no querer entender nada. Riñas infantiles.
La Falange evolucionó, no porque el malvado Franco quisiera manipularla para sus retorcidos fines, sino por el peso insobornable de la historia. El decreto de unificación obedecía, desde luego, a los intereses del franquismo, el primero de ellos mantener la disciplina entre los sublevados, ganar la guerra y salvar a España, pero también al espíritu falangista, que pretendía superar las divisiones entre partidos políticos, territorios y clases sociales, como, de hecho, el bando nacional y el régimen posteriormente creado tras su victoria logró. Pareciera que a ciertos falangistas y a ciertos carlistas les molestase que Franco les quitase su derecho a matarse entre ellos, como los estalinistas y los anarquistas lo hacían en el otro bando.
Dentro del régimen de Franco, los falangistas constituyeron una de sus grandes “familias” ideológicas, aportando ministros, sobre todo en los primeros años del régimen, y buena parte de su ideario social, que marcó hitos, como la constitución de la Seguridad Social o un régimen jurídico para los trabajadores mucho más proteccionista y beneficioso que el que había antes o que el que tenemos ahora. Si el régimen de Franco no logró para todos, la patria, el pan y la justicia, como defendía el ideario joseantoniano, si se aproximó a ello infinitamente más que la criminal 2ª República o la deprimente y corrupta partitocracia actual.
El falangismo no fue la única fuente doctrinal del régimen (ni tenía porque, ya que los falangistas no ganaron solos la guerra), pero sí una de las más importantes. No hubo una revolución nacional-sindicalista en términos literales en el franquismo, hasta sus últimas consecuencias, pero si hubo una superación de las divisiones y de las injusticias previas y una elevación del nivel de vida de la inmensa mayoría de españoles, hasta alturas apenas soñados unos pocos años antes. En el franquismo hubo unidad, prosperidad material y justicia social. ¿No constituye eso el germen del pensamiento joseantoniano? La figura del Jefe ausente, asesinado por el odio de la izquierda, ante la antipatía de la derecha liberal, que poco tuvo que ver con el franquismo, fue honrada y homenajeada durante la dictadura como merecía, hasta el punto de producirse una mitificación de su recuerdo. Interpretar esto como una “manipulación” o un “robo” es, llanamente, miserable.
Ciertamente, la ignorancia que sobre el falangismo o la figura de su fundador, tiene la mayoría de la gente en la actualidad, es desmoralizante para cualquiera que admire la poesía que promete del joven jefe. Esa imagen de icono franquista, como apéndice folclórico de la dictadura o, como mucho, de grupo de matones y pistoleros fascistas al servicio del régimen, es, desde luego, tan falsa como lamentable. Es comprensible, por tanto, que se quieran marcar diferencias entre falangismo y franquismo que, indiscutiblemente, no son lo mismo. Sin embargo, de ahí a caer en el extremo contrario y pretender un antagonismo imposible nos parece un sinsentido. Miles de falangistas, ente ellos altos cargos del estado, incluidos varios de sus ministros, colaboraron con el régimen y con el Jefe de Estado a cuyas órdenes habían derramado su sangre y salvado a España, de buena fe, y le otorgaron un cariz social importantísimo, que si no aplicó el 100% del programa joseantoniano si lo aplicó en mayor medida que ningún otro régimen de España ni del mundo, antes ni después, seguido, tal vez, de cerca, como decíamos, por la Argentina de Perón. Falangismo no es franquismo, evidentemente, pero, desde luego, tampoco es el antifranquismo en que se empeñan algunos, contra toda lógica.
Tras morir el dictador, España sufrió una transición hacia una democracia homologable a las de nuestro entorno, con un sistema de partidos basado en la oposición de un centro-derecha liberal-conservador o democristiano a un centro-izquierda socialista, keynesiano o social-demócrata, en el que el falangismo no tenía sitio alguno, salvo como partido minoritario y marginal. Y en eso está. Además, para colmo de males, contradiciendo su ideario, que se basa en la unidad, el falangismo comenzó a dividirse en multitud de tendencias y partidos. La obsesión por la pureza doctrinal, muy propia de movimientos marginales, no tiene nada que ver con la Falange histórica. José Antonio se presentó con unas candidaturas monárquicas para defender a su padre, fundó Falange Española, se unió con las JONS, se peleó con Ramiro Ledesma, se reconcilió con Ramiro Ledesma, recibió financiación de los monárquicos alfonsinos, colaboró con los monárquicos carlistas en el SEU y aceptó ser incluido en una candidatura de las derechas para la repetición de las elecciones en Salamanca. El famoso punto del “pactaremos poco” en el ideario falangista, eliminado en el franquismo para facilitar la unión con los carlistas y tomado por los “auténticos” como base para su discrepancia, debe interpretarse como un intento de evitar las componendas partidistas, no en términos fundamentalistas, porque, entre otras cosas, la propia corta historia de la Falange histórica lo desmiente. José Antonio nunca estuvo obsesionado por la pureza doctrinal ni por la sigla, sino por salvar a España.
El principal problema a la hora de reivindicar el mensaje joseantoniano no es que se perciba como franquista, sino que se percibe como anacrónico. Es cierto, que, bien sea por el protagonismo que Franco concedió a la memoria de José Antonio y la Falange (o a la “ursurpación” de sus símbolos por su régimen, si, con no poca miopía, queremos verlo así), bien sea por la incultura histórica general, que tiende a simplificar, bien sea por la manipulación de la izquierda, que sataniza todo aquello que no comprende, el vulgo confunde falangismo con franquismo, pero siendo ello un problema, no es “el problema”. El propio Partido Popular es en gran medida percibido como franquista, al menos en su origen, especialmente por sus detractores. Ciertamente, el PP procede de la Alianza Popular fundada por 7 ministros de Franco y tuvo, ya con su actual denominación, como presidente fundador a uno de ellos, hasta su muerte. Que un partido con tal génesis haya acabado condenando el franquismo, esto es, a sí mismo, es un tanto pintoresco, por no decir vergonzoso. Pero ese es otro cantar. Lo significativo es que este origen y esta percepción de partido franquista, más o menos renegado, no le han impedido al PP ganar las elecciones con mayoría absoluta varias veces.
El franquismo puede ser perdonado por los electores, especialmente por los más conservadores e inmunes a la manipulación de la avalancha mediática de la izquierda, pero no el estar fuera de su tiempo. En ese sentido, igual de anacrónico resulta un franquismo nostálgico que un antifranquismo inverosímil. La falange original, que compitió en la arena política de la 2ª República, suena a nomenclatura histórica, fuera de época en la democracia actual.
¿Se debe entonces renunciar a toda esperanza de recuperar el mensaje falangista o de reivindicar la figura de sus fundadores, especialmente de José Antonio? ¿Debemos dar el falangismo por amortizado y pasar a otra cosa sin más? En absoluto. Como hemos visto, determinados aspectos del mensaje joseantoniano están más de actualidad que nunca. ¿Entonces? Quienes se pretendan joseantonianos deben tener presente el momento histórico en el que nos encontramos. La búsqueda de una pureza doctrinal fuera de tiempo y de contexto y el integrismo de sigla no solucionan nada. No se trata de imitar a los fundadores, sino de adivinar qué harían ellos en nuestras circunstancias, ante retos como la globalización o la ingeniería social progre. En esta coyuntura, lo procedente es aportar el espíritu joseantoniano a las corrientes de patriotismo social antiglobalista que, desde una imagen de autonomía histórica, defienden nuestra identidad y nuestro bienestar, frente a la pauperización material y a la decadencia moral a la que parece estamos abocados. En ese aspecto, la filosofía joseantoniana tiene mucho que decir, pues resulta un antecedente claro de estas corrientes, la “fórmula mágica” que aúna patriotismo con justicia social, modernidad con tradición, identidad con respeto a la dignidad del hombre. El imprescindible rol de los admiradores de José Antonio en esta época no es una batalla electoral perdida de antemano, sino ser un centro intelectual, un laboratorio de ideas, una escuela de pensamiento que nutra de sustancia española al patriotismo antiglobalista.
Parece que la memoria de José Antonio es víctima de la manipulación histórica e histérica, desatada tras la muerte de Franco por la izquierda, culturalmente dominante, ante la pasividad de la derecha. Buena prueba de ello es la pretensión de profanar sus restos, como ya hicieron con los del general, en el Valle de los Caídos. José Antonio es una figura de esa España que la izquierda odia (y en gran medida también la derecha liberal) y que va desde don Pelayo hasta Franco, pasando por los Reyes Católicos. Una España que se odia a sí misma, odiará a quienes la amen. Así de simple. Cuando España vuelva a tener fe en sí misma, la figura del Ausente se agigantará hasta recobrar su verdadera dimensión de poeta y filósofo, monje y soldado, fundador y guía.
