“Puede que la masonería inglesa haya sido buena para Inglaterra, lo malo es que la masonería española también ha sido buena para Inglaterra”
Francisco Franco en conversación con Foster Dulles, Secretario de Estado estadounidense, con Eisenhower como presidente.
Se ha parodiado mucho la expresión de “conspiración judeomasónica” empleada por Franco en algunos discursos, llegándola a poner como ejemplo de pensamiento conspiranoico o retórica populista ¿Es así?
En realidad, el primero en establecer la vinculación entre judaísmo y masonería, en relación a la pérdida de América, fue el padre del liberalismo español, Salvador de Madariaga, en El auge y el ocaso del imperio español en América donde dice que las logias masónicas brotaban a la vera de las comunidades judías en Indias. La idea de relacionar judaísmo y masonería, muy presente también en el patriotismo francés y en Europa del este, puede que surja de la identidad de métodos entre la masonería y los grupos sionistas, así como de la posible coincidencia de algunos de sus objetivos, como desprestigiar a la Iglesia católica, y de la probable doble militancia de algunos de sus líderes. Dado que la pertenencia a tales grupos no alcanza a la totalidad de las personas de religión o ascendencia judía, ni muchísimo menos, tal vez la expresión no sea del todo afortunada.
La mejor prueba, por otra parte, de la existencia y del poder del sionismo radica en su éxito, con la constitución del estado de Israel y la impunidad como ha actuado desde entonces, vulnerando los derechos de los palestinos. Que su actividad alcance a perjudicar los intereses de España, en colaboración con la masonería, es cuestión compleja y oscura, pero que, evidentemente, no puede descartarse. Quizá la creencia de que es así este influida por la literatura de exilio sefardita, que maldecía a España por la expulsión y profetizaba males indecibles, y por la corriente historiográfica que criminaliza a España por dicha expulsión y la responsabiliza de la futura caída del Imperio español, lo que no se sostiene, vinculada a la Haskalá o ilustración judía en la que también nació el sionismo. Por otra parte, esto no impidió a Franco salvar a miles de judíos en la Segunda Guerra Mundial, a través del embajador español en Hungría, Ángel Sanz-Briz, lo que demuestra que el antisemitismo agresivo tras esas persecuciones es hijo del nacionalismo protestante alemán “de Lutero a Hitler”, y ajeno a la tradición hispano-católica. Todo esto, sin embargo, requiere de algunas explicaciones adicionales.
La expulsión de los judíos es uno de los hechos más controvertidos de la historia de España, sobre todo en la historiografía moderna, especialmente desde que, en el siglo XIX, la citada Haskalá o ilustración judía reivindicase el papel de las comunidades judías en occidente y diese lugar al nacimiento del sionismo y, sobre todo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo y como nos recuerda Salvador Borrego: “En diversas épocas y países los judíos fueron expulsados en masa, acusados de ser una inmensa sociedad secreta que daba impulso a movimientos contra el trono y el altar.”[1] Ciertamente, los judíos fueron expulsados, entre otros lugares, de la Renania en 1012; de Francia en 1182; de Baviera en 1276; de Inglaterra en 1290; por segunda vez de Francia, en 1306; por tercera vez en 1321; de Hungría en 1349; de Francia, por cuarta vez en 1394; de Austria en 1421; de Lituania en 1445; de Portugal, en 1497; de los territorios alemanes dos veces más en el siglo XVI, etc. España fue el lugar en el que los judíos fueron mejor tratados porque no se confiscaron sus bienes y se les permitió marchar con ellos. Así, el decreto de expulsión preveía que, en el plazo fijado de cuatro meses, los judíos podrían vender sus bienes inmuebles y llevarse el producto de la venta en forma de letras de cambio, no en moneda acuñada o en oro y plata porque su salida estaba prohibida por la ley, o de mercaderías, siempre que no fueran armas o caballos, cuya exportación también estaba prohibida. Eso ya era mucho más que lo que ocurría en las otras expulsiones en las que sus bienes eran directamente enajenados.
Los motivos de estas expulsiones son difíciles de establecer. Por supuesto esta la mera intolerancia religiosa con el pueblo al que se acusaba de “deicida” y también las iras populares por la práctica de la usura. El historiador judío Paul Johnson dice que «las acusaciones ‘populistas’ eran falsas, pero la afirmación de que los judíos constituían un sector intelectual subversivo tenía un ingrediente de verdad».[2] Elvira Roca opina que estos hechos son simplemente el reflejo del antisemitismo como fenómeno universal, del que España no tiene una representación especialmente significativa. En último término, la presión eclesiástica y popular llevó a los Reyes Católicos a no ignorar el problema, que podía estallar en disturbios de consecuencias mucho peores, sino a darle cauce mediante el Decreto de Expulsión. El documento castellano cita solo razones religiosas, pero el aragonés hace referencia también a la usura. El 31 de marzo de 1492, las autoridades ordenaron que los judíos que no se convirtieran salieran de España antes del 31 de julio. Unos cien mil lo hicieron así.
La expulsión fue, qué duda cabe, una tragedia para aquellos a quienes afectó, que cambió sus vidas para siempre ante la desaparición del mundo que habían conocido y que los lanzó a la aventura incierta del exilio. El drama, sin embargo, no fue superior al sufrido en las expulsiones de los demás países o a al de otros episodios de desgraciada persecución. En aquella sociedad en la que las identidades populares o nacionales aún estaban en proceso de formación y el feudalismo todavía era la norma en casi toda Europa, la religión era el elemento cohesionador más importante. Los pueblos se sentían vinculados por una unidad de creencias que el fenómeno religioso les daba, de modo que las disidencias en esa materia resultaban un mecanismo de distorsión bastante importante. En todo caso, no parece que España se comportara de un modo particularmente hostil contra los judíos en su ámbito histórico en comparación con las demás naciones ni que esta expulsión perjudicara en absoluto los intereses españoles, ya que los siglos siguientes fueron los de mayor gloria y protagonismo histórico, en los que se formó un Imperio en el que no se ponía el sol. Según Joseph Pérez: “no cabe la menor duda de que los judíos no constituían ya una fuente de riqueza relevante, ni como banqueros ni como arrendatarios de rentas ni como mercaderes que desarrollasen negocios a nivel internacional”.[3] Como dice José Alsina: “La expulsión de judíos y moriscos por parte de las Reyes Católicos y su política de unidad religiosa han sido la excusa de muchos historiadores liberales o izquierdistas para presentar este periodo de la historia de España como una época de oscurantismo y de cerrazón intelectual. Nada más lejos de la verdad”[4] De hecho, como sabemos, se inicia una época de esplendor cultural. Según la historiografía hispanófoba, la expulsión de judíos y moriscos, y la Inquisición lastrarían culturalmente a España desde su misma refundación. Sin embargo, lo que podemos ver es un desarrollo cultural, filosófico, científico, artístico y literario que sitúa a España durante dos siglos como primera potencia cultural del mundo, además de política, admirada, imitada y envidiada. A la expulsión siguió la época en la que las dos universidades más prestigiosas del mundo eran las de Salamanca y Alcalá de Henares, el Siglo de Oro, la Escuela de Salamanca, etc.
La acusación negrolegendaria sobre España, sin embargo, no siempre fue la de antisemitismo por la expulsión. Durante siglos lo que se nos reprochaba era tratar demasiado bien a los judíos o, directamente, llevar sangre judía en nuestras venas, el mayor deshonor del que alguien podía ser acusado en la época. Al fin y al cabo, España había sido la última en expulsar a los judíos y en condiciones extremadamente favorables.
Como vemos, España no se caracterizó ni por su benevolencia con los judíos ni por lo contrario. La posición de España, siguiendo la lógica del orden católico, era de rechazo al judaísmo como idea y de respeto a la integridad de los judíos como personas. Nuestros santos predicaban contra el hebraísmo, pero protegían a los conversos sinceros. La inquisición no actuaba contra los judíos sino contra los falsos conversos judaizantes y en términos, como veremos, muy diferentes a los que reza la leyenda. Se rechazaba al judaísmo como a cualquier otra religión no cristiana, tal vez una especialmente desagradable por ser la autora del “deicidio” narrado en los Evangelios, pero no se satanizaba a sus fieles, a los que se tomaba como almas a salvar y hermanos a convertir. En las iglesias católicas se rezaba por su conversión, porque Dios “apartase el velo de sus corazones”, no por su destrucción. Con Lutero fue distinto. Para él, y así lo afirmaba sin disimulo, los judíos eran demonios a exterminar: “¿Qué debemos hacer nosotros, los cristianos, con los judíos, esa gente rechazada y condenada? (…) Debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas, sepultar y cubrir con basura todo aquello a lo que no prendamos fuego para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza”. (Sobre los judíos y sus mentiras, 1543). Parece imposible no conectar este odio ciego con la persecución sufrida por los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Paul Johnson, Robert Michael o Karl Jaspers parecen opinar así. El segundo llega a titular uno de los capítulos de uno de sus libros “De Lutero a Hitler”.[5] La historiadora austriaca de origen judío Lucie Varga ya lo advirtió en 1937.[6] La conexión parece innegable.
Con la llegada del liberalismo y la modernidad, el prejuicio cambió. España pasó de ser sospechosa de pro-semitismo a acusada de antisemitismo, acusación que llegó a una autentica satanización de nuestra historia después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el anti-judaísmo se convirtió en tabú, reprochándonos la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos (tema que pasa de la periferia de nuestra historiografía a ocupar una posición central) y ocultando las de los otros países. Parece que hagamos lo que hagamos en relación a los judíos servirá para criminalizarnos. Estos bandazos en la leyenda negra contra España son llamativos, pero no del todo sorprendentes. Por el mecanismo del “chivo expiatorio”, una vez el prejuicio designa a un culpable, este puede serlo de un delito o de su contrario, sin solución de continuidad.
Lo cierto es que los hechos ocurridos en la Segunda Guerra Mundial parecen refrendar esta realidad. Mientras la luterana Alemania se entregaba al nazismo y sus soldados cometían toda clase de excesos contra los judíos, los españoles de la División Azul en Rusia destacaban con su comportamiento caballeroso con la población local, incluidos los hebreos. En esa línea llama poderosamente la atención el caso del “ángel” español en Hungría.
Ángel Sanz-Briz, llamado el Ángel de Budapest, nació en Zaragoza el 28 de septiembre de 1910. Fue un diplomático español, destinado como embajador durante la Segunda Guerra Mundial en Hungría. En 1944, salvó la vida de unos cinco mil judíos húngaros durante el Holocausto, proporcionando pasaportes españoles, en un principio a judíos que alegaban origen sefardí en virtud de un antiguo Real Decreto de 1924 del directorio militar de Primo de Rivera, y posteriormente a cualquier judío perseguido, haciéndolos pasar por sefardíes. Por estos hechos, fue reconocido por Israel como «Justo entre las Naciones» en 1989. Algunos autores, en su furia antifranquista que les lleva a negar toda acción positiva realizada por el régimen u ocurrida durante su desarrollo, han pretendido que el embajador actuó por su cuenta y sin conocimiento de sus superiores ni del propio Franco, lo que no parece probable, entre otras cosas porque Sanz-Briz regresó a España con honores y continuó una exitosa carrera diplomática en Estados Unidos que, más adelante, le llevó al codiciado puesto de embajador en la Santa Sede. En definitiva, no parece que las alusiones del Caudillo a la “conspiración judeomasónica” llevaran a su régimen a desarrollar políticas antisemitas sino más bien todo lo contrario, siendo estas más propias de la tradición protestante. Por el contrario, este tipo de expresiones se explican como reacción al anti-españolismo sionista, en el contexto de la literatura de exilio sefardí y de la leyenda negra antiespañola, que acusa a nuestra patria de unas injusticias que se descontextualizan y exageran, a la vez que vaticina toda clase de infortunios en represalia.
En cuanto a la masonería, no se trata, obviamente, de atribuir todas las desgracias de España a una conspiración de malignas sociedades secretas, como en una floja serie de cualquier plataforma, como se acusa al franquismo, en términos generales infundadamente (aunque algún sector minoritario de extrema derecha se ha caracterizado por cierta obsesión antimasónica), pero sí de vislumbrar la importancia real de las logias masónicas en la historia de España, especialmente en lo relativo a la Segunda República y la Guerra Civil, lo que explicaría la aversión de Franco a estos grupos. Analicé la relación de la masonería con la historia de España con cierto detenimiento en mi anterior libro “El sueño de España”.
Masonería es el nombre por el que conocemos a un conjunto de sociedades secretas, llamadas logias, derivadas de los antiguos gremios de arquitectos, lo que explica parte de su simbología y nomenclatura (la escuadra y el compás, la denominación de “Gran Arquitecto del Universo” a su idea de la divinidad, etc.) que a lo largo del siglo XVIII se van transformando en círculos iniciáticos dedicados a la conspiración política subversiva e ideológica, siempre en una línea anticatólica y en favor de los intereses políticos de Francia e Inglaterra y en perjuicio de los de España, y secundariamente, a la promoción profesional de sus miembros.
Esta complicidad de la masonería con los intereses geopolíticos de los enemigos de España haría a Franco afirmar ante el Secretario de Estado estadounidense su famosa frase, que hemos adelantado como cita para abrir este capítulo: “puede que la masonería inglesa haya sido buena para Inglaterra, lo malo es que la masonería española también ha sido buena para Inglaterra”. Como afirma, en la misma línea, César Vidal: “Si en el caso británico no pocos servidores del imperio fueron masones y en el napoleónico la masonería constituyó un instrumento privilegiado de expansión del dominio de las armas francesas, en el español no puede ocultarse que fue un enemigo encarnizado; tanto que, sin exageración alguna, puede atribuírsele un papel esencial en su aniquilación”.[7]O como dice Ricardo de la Cierva: “Pero a fuerza de exagerar sobre la influencia perniciosa de la Masonería en la historia contemporánea de España, se incide ahora en el prurito, igualmente peligroso, de negar esa influencia. (…) la Masonería ibérica, o al menos sus líneas dominantes, actuó desde comienzos del siglo XIX como eficaz auxiliar de los designios imperiales británicos…”[8] Pio Moa, por su parte, lo resume así: “Así como la masonería en Inglaterra y Usa, quizá en Francia, no parece haber obstaculizado el progreso y desarrollo de sus países, (…), en España e Hispanoamérica ha tenido efectos claramente contrarios, ocasionando todo género de convulsiones y crímenes. ¿A qué obedece el nefasto efecto de la Masonería en España e Hispanoamérica? Creo que entra ahí el papel de defensora del catolicismo desempeñado por España durante dos siglos frente al islamismo y el protestantismo. Para combatir y denigrar a España se utilizó a fondo la Leyenda Negra, tanto más efectiva por la decadencia sufrida por el país desde mediados del siglo XVII y luego por el semihundimiento del XIX (debido en parte no desdeñable a la misma acción masónica)”[9].
La masonería tuvo influencia en la perdida de la América española. El primer intento separatista antiespañol en América, de hecho, lo lideró el masón Miguel Hidalgo en Méjico. Fue un fracaso, pero la masonería hispanoamericana no tardó en reorganizarse en la Logia Lautaro, uno de cuyos fundadores parece ser que fue el famoso independentista José de San Martín. Algunos hispanistas argentinos han negado este extremo argumentando que San Martín era católico y que un católico no puede ser masón. Aunque en teoría tienen razón, ya que la masonería es esencialmente anticatólica, en la práctica sabemos que han existido católicos en logias y masones infiltrados en la Iglesia, así que su razonamiento no es concluyente. También masón era Bolívar. Debe entenderse que la adscripción masónica de los principales líderes del proceso de perdida de la América española no es casual o anecdótico, sino que las logias resultaron centros de operaciones claves para organizar a los independentistas en beneficio, primero, de Francia y, derrotado Napoleón, de Inglaterra.
En la España peninsular, los traidores y colaboracionistas con los invasores franceses durante la Guerra de la Independencia, los llamados “afrancesados” eran, principalmente, masones de obediencia francesa, que Napoleón utilizó para sus propósitos. La expulsión de los franceses comportó la caída en desgracia de la masonería, que fue duramente reprimida durante el inicio del reinado de Fernando VII, pero no tardó mucho en reorganizarse y penetrar en el ejército, una de las instituciones que más había sufrido con la pérdida del Imperio y donde los privilegios de la nobleza todavía tenían peso, lo que desataba el malestar de parte de sus oficiales. En 1820, el militar masón Riego, desobedeció la orden de comandar las tropas españolas encargadas de sofocar la rebelión, también masónica, de América, y en su lugar se pronunció contra Fernando VII, lo que hizo inevitable la pérdida de la España americana. Su régimen liberal exaltado fue básicamente un régimen masón, donde los iniciados coparon los puestos más altos del gobierno y la administración, de lo que daría cuenta Benito Pérez Galdós en su novela “El Grande Oriente”, dentro de los Episodios Nacionales, al afirmar que la Masonería: “es un hormiguero de intrigantes, una agencia de destinos, un centro de corrupción e infames compadrazgos, una hermandad de pedigüeños”[10]
La participación de la masonería también estuvo presente en el desastre del 98. José Martí, el “padre” de la independencia cubana era masón y las logias, cubanas y estadounidenses, tuvieron un papel fundamental en la organización y financiación del separatismo. La bandera cubana (y del mismo modo la estrellada separatista catalana que la imita) es de inspiración masónica, incluyendo alguno de sus símbolos como el triángulo equilátero o la estrella de 5 puntas. También en Filipinas, el héroe de la independencia José Rizal fue ascendido a Maestro Masón el 15 de noviembre de 1890 en España, apoyado por medios krausistas favorables a la independencia filipina.
En la caída de la monarquía, con la huida de Alfonso XIII, y la proclamación de la Segunda República, de cuyos defectos de origen ya hemos hablado, la masonería tuvo también un papel esencial. El masón Ángel Rizo había organizado una serie de logias flotantes que se habían infiltrado en la marina (lo que terminaría siendo decisivo en el fracaso del Alzamiento en la Armada en el 36) y había iniciado el llamado “Pacto de San Sebastián”, un comité conspiratorio pro republicano repleto de masones, muchos de cuyos miembros, como Lerroux, Azaña, Alcalá Zamora o Indalecio Prieto formarían parte del primer gobierno provisional de la República y tendrían un papel destacado en su desarrollo. Tras la proclamación de la República, el aparato del Estado en el nuevo régimen se llenó de masones, incluyendo 6 ministros y, según Ferrer Benimelli, 183 diputados repartidos en distintos partidos, especialmente de las llamadas “izquierdas burguesas”, de centro y del nacionalismo catalán, incluyendo, incluso, algunos del PSOE, que se dividió con un sector pro masónico y otro antimasónico. Los masones que forman parte del aparato de poder republicano están adscritos a diferentes obediencias masónicas, tales como el Gran Oriente de España, (mayoritaria) la Gran Logia Española, Gran Logia Unida, el Gran Consejo Federal Simbólico, así como otras de menor relevancia y número de miembros.
Los diputados masones, además, fueron determinantes en la elaboración de la Constitución republicana, sobre todo en sus aspectos más exaltados y dañinos, especialmente en los anticatólicos, como en la nueva expulsión de los Jesuitas y en el fomento del anticlericalismo en general, que tendría como resultado la terrible persecución religiosa que ya conocemos, con miles de mártires asesinados por su fe. Está documentado que, mientras la nueva Constitución se debatía, las logias organizaron reuniones paralelas de los diputados masones, independientemente de su adscripción política, donde recibieron instrucciones de presionar para que el nuevo texto fuera especialmente duro contra la Iglesia católica, cosa que desgraciadamente lograron, constituyendo un verdadero contrapoder de nefasta influencia. César Vidal, siguiendo las memorias del masón socialista Vidarte, refiere reuniones y banquetes en agosto del 31, en particular una significativa el 29 de agosto. [11]
En el primer bienio republicano, estuvieron en el gobierno 17 ministros masones, entre otros altos cargos “hijos de la viuda” como Álvaro de Albornoz, presidente del Tribunal de Garantías Constitucionales (equivalente a nuestro Tribunal Constitucional) o Luís Companys en la presidencia de la Generalidad de Cataluña. El papel de todos ellos en la política anticlerical del ejecutivo fue relevante. Azaña era masón, como Lerroux, líder del centrista Partido Radical, al que se encomendó la formación de gobierno en el segundo bienio, pese a que la derechista CEDA, de Gil Robles, fue la vencedora electoral.
La masonería también estuvo implicada en el golpe de la izquierda en el 34, tras la victoria electoral de las derechas, con la revolución de Asturias y la declaración de independencia de Cataluña, fracasado en el resto de España afortunadamente, y sofocado también en esas regiones finalmente, con la decisiva actuación de Franco en el principado, aunque no sin que los revolucionarios causaran antes grandes males, incluyendo el asesinato y martirio de sacerdotes y seminaristas, entre otras iniquidades. Las conspiraciones masónicas fueron fundamentales, también, para la impunidad de los organizadores de la rebelión, prestando gran ayuda “…en la concesión del indulto de González Peña, clave de cientos de indultos más…”[12]
La orden de Stalin a los partidos comunistas europeos para la formación de “Frentes Populares” con los socialistas y las izquierdas burguesas contó con el apoyo de la masonería en países como Francia o España, a pesar de que el dictador soviético no permitía logias en Rusia, lo que no impidió que algún masón en España se revelase contra ella, impresionado por los crímenes de los frentepopulistas en su fraudulento ascenso al poder en las elecciones del 36 y en su sanguinaria manera de ejercerlo, e incluso se sumaron al bando nacional en el Alzamiento, como el General Cabanellas, pese a que la instrucción unánime de las logias era apoyar al republicano. Algunos de los más inhumanos crímenes frentepopulistas fueron cometidos por masones, como Manuel Muñoz Martínez, de grado 33 (el más alto) y director general de Seguridad, responsable de la creación del Comité de Investigación Pública, relacionado con multitud de asesinatos y saqueos en la zona roja y con las torturas en las terribles checas. Muñoz, del mismo modo, se vería implicado, junto a Carrillo y la también masona Margarita Nelken, en los crímenes de Paracuellos, ya mencionados.
Después de la Guerra Civil, la masonería desapareció de España. Quedó al margen del derecho, primero por la Ley de Responsabilidades Políticas de 9 de febrero de 1939, donde, junto con todos los partidos del Frente Popular y sindicatos, se declaran fuera de la ley todas las logias masónicas, y luego con la conocida Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo, aprobada el 1 de marzo de 1940. Obviamente, no había sitio para ella en el Régimen de Franco, aunque se reorganizó en el tardofranquismo, donde, si bien no existen datos fiables, pudo influir en las campañas antifranquistas dentro y fuera de España[13], y regresó en la Transición, no tan poderosa como 100 años atrás, pero aún influyente en partidos como el PSOE, que han contado con algún ministro masón en sus gobiernos, como Jerónimo Saavedra, entre otros, o en el nacionalismo catalán.
Podríamos decir que, en cierto modo, la masonería ha muerto de éxito. No sería una descripción exacta de la situación, porque, como vemos, no está muerta del todo, pero su influencia es mucho menor. Realmente, quienes ya detentan el poder no necesitan utilizar asociaciones secretas subversivas, porque pueden realizar todas sus actividades a plena luz. El papel directivo de los procesos políticos de la modernidad como organizadora, captadora de fondos o de influencia social, en favor siempre de las tesis o grupos más anticatólicos y antitradicionalistas que la masonería desempeñaba desde el final del siglo XVIII hasta la primera mitad del XX, por lo tanto, en buena parte ha sido sustituido por otros foros, en la actualidad, como Bilderberg o la Trilateral, desde donde las élites financieras globalistas dirigen mejor los destinos de los pueblos. Su papel como laboratorio de ideas socialmente destructivas lo desempeñan las universidades y demás centros educativos, donde han surgido todos los subconjuntos del marxismo cultural, como la teoría queer o la ideología de género, por citar solo algunos. Finalmente, su rol como foco de propaganda, está ahora en manos de los medios de comunicación, Hollywood y las plataformas, desde donde adoctrinan a su gusto. Realmente, el sistema no necesita ya a la masonería clásica, que se mantiene más como anacronismo histórico que como otra cosa.
Como vemos, sin caer en excesos conspiranoicos, la aversión y las prevenciones de Franco contra la masonería están sobradamente justificadas a poco que se analice la historia reciente de España. Su pensamiento antimasónico, por tanto, no era en absoluto irracional, sino basado en la realidad.
[1] Borrego, Salvador, La Cruz y la Espada pp.
[2] La Historia de los judíos. P. Johnson. (pag. 221). Edil. Vergara. 1991
[3] Joseph Pérez: «Historia de una tragedia: la expulsión de los judíos de España» (Barcelona, Crítica), 2001.
[4] José Alsina: “El Hispanismo como Cuarta Teoría Política”. Ed: Fides 2019 pág. 72
[5] Robert Michael, Sainte Haine: chrétiente, antisémitisme et l´holocauste, Nueva York: Palgrave Macmillan, 2000 (capítulo 4, págs. 105-151)
[6] L. Varga, Luther, la jueunesse y le nazisme, Annales d´Histoire economique et sociale 48 (1937), págs. 600-604.
[7] César Vidal: “Los Masones” Planeta 2005. Vidal plantea buenas informaciones en su obra, aunque su adscripción liberal y protestante le impide llegar hasta el fondo de la cuestión.
[8] Ricardo de la Cierva: “Historia Total de España” Fénix 1997, pág. 607. De la Cierva también tiene una monografía sobre el tema: “El Triple Secreto de la Masonería” Fénix 1993 y un ensayo corto titulado “Que es de verdad la masonería” incluido en “Misterios de la historia” Ed. Planeta, que precisamente por su brevedad puede resultar útil.
[9] Pio Moa: Blog Más España y más democracia, La masonería (y XIV) Conclusiones https://www.piomoa.es/?p=7916
[10] B. Pérez Galdós, Episodios Nacionales, Madrid, 1981, t. II, p. 420.
[11] “Los Masones…” págs. 256-257. También se puede consultar “La masonería y la Constitución de 1931”, de Ferrer Benimelli, Cuadernos de Investigación histórica, Madrid nº5
[12] J. S. Vidarte, El Bienio Negro y la insurrección de Asturias, Barcelona, 1978, págs. 141 y ss.
[13] “No hay datos sobre el papel masónico en otras campañas de enorme repercusión en la época de Franco, como las orquestadas por la ejecución del chekista Julián Grimau o en defensa de la ETA en 1970 y 1975, pero es razonable suponer que la orden no fue ajena a ellas”. Pio Moa: Blog Más España y más democracia, La masonería (y XIV) Conclusiones https://www.piomoa.es/?p=7916
