La voluntad de mentir se concentra especialmente en la presentación del pasado cercano y del presente, sobre todo en sus dimensiones intelectuales, culturales en general. Casi todo el mundo considera necesario decir que España, durante cerca de medio siglo –o más– ha sido un desierto, y se ha acuñado la expresión «páramo cultural».
Julián Marías
Ha sido habitual en el discurso negrolegendario considerar a España como ajena a la cultura. Nada más lejos de la realidad, puesto que las aportaciones de España a la literatura y al arte, pero también a la ciencia y al pensamiento, han sido fundamentales en la historia. Trasladando ese discurso a la España franquista, la acusación de constituir un “paramo cultural” no se hizo esperar. También se cuestionó el uso de los símbolos nacionales o de personajes o episodios históricos durante su transcurso, hasta acusarla de hacerlos antipáticos a los ojos de los españoles de izquierdas o, en general, no partidarios del régimen, del mismo modo que se le responsabiliza de instigar la aparición de nacionalismos fraccionarios y de separatismos, como reacción al centralismo y a las exhibiciones de patriotismo de la iconografía franquista. ¿Tiene esto algo de cierto?
La situación de la cultura española al inicio del franquismo vino condicionada por el trauma de la contienda entre hermanos iniciada en el 36. El mundo intelectual en la Segunda República estuvo sumido en una controversia constante y, como el régimen mismo y el resto de la sociedad, estalló ante la Guerra Civil polarizándose en extremo. Buen ejemplo puede representar el de los miembros de la famosa Generación del 98. Políticamente sus posicionamientos fueron variados, aunque en general manifestaron simpatía por el regeneracionismo. Caso significativo puede ser el de los hermanos Machado, cada uno apoyando a un bando distinto en la Guerra Civil. Podemos recordar, por ejemplo, el soneto dedicado por Manuel Machado (muy admirado por Borges que lo consideraba no inferior a su hermano) a Franco con versos como: “Caudillo de la nueva reconquista y señor de España que en su fe renace / sabe vencer y sonreír y siembra de paz los campos que conquista (…) para un mañana que el ayer no niega / para una España más y más España / la sonrisa de Franco resplandece.”
Situación a parte es la de Unamuno, apoyo firme del alzamiento al que una burda falsificación histórica ha pretendido presentar como lo contrario a partir de la anécdota descontextualizada y alterada del famoso enfrentamiento del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Ampliaremos esta cuestión al hablar del antifranquismo como leyenda negra, porque es muy representativo de este fenómeno.
La generación del 27 tuvo a grandes poetas, que se agruparon en el tricentenario de la muerte de Luis de Góngora, de entre los que destaca Federico García Lorca, de lamentable final, pero entre los que podemos citar también a Dámaso Alonso, a Pedro Salinas, a Gerardo Diego, autor de la famosa poesía dedicada al ciprés del monasterio de Silos, expresión de espiritualidad sustancialmente española, o al premio Nobel Vicente Aleixandre. Se da la curiosa circunstancia de que, pese a las ideas izquierdistas de Aleixandre y su colaboración propagandística con el bando frentepopulista, fue denunciado por otro republicano durante la guerra e internado en una checa, de la que le sacó Neruda. En el franquismo, sin embargo, no fue represaliado, ingresando en la Real Academia en 1950 y obteniendo el premio de la Crítica en 1963, antes de la obtención del Nobel en el 77.
La llamada “otra Generación del 27” fue la de escritores de gran talento caracterizados por su uso del sentido del humor para expresar sus ideas e inquietudes, como López Rubio, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville o Antonio Lara (‘Tono’). También debemos citar a Alfonso Paso, el dramaturgo de más éxito en España durante décadas, que llegó a tener 7 obras en la cartelera de Madrid a la vez, record mundial, dotado, asimismo, de una profunda capacidad cómica. Mientras en España es ignorado, todavía se le representa en el extranjero e, incluso, la serie mejicana más exitosa del momento, “Una familia de 10”, está basada en una de sus obras. Si hablamos de capacidad cómica no podemos olvidar a los autores de “La codorniz”, la famosa revista de humor satírico, comenzando por el que fue su director Álvaro de Laiglesia. Todos estos autores son ninguneados en la actualidad por sus supuestas simpatías falangistas, franquistas o, simplemente, derechistas, simpatías que, en algunos casos están por demostrar, y que, de todas formas, no tienen nada de censurable, que no tenga la notoria adscripción izquierdista de la mayor parte de los representantes de la “cultura oficial” presente. Sí tuvo una militancia falangista conocida Rafael García Serrano, considerado el Quevedo del siglo XX por Francisco Umbral, dedicando alguna de sus obras a la Guerra Civil.
En el franquismo, contradiciendo las acusaciones que constituir un “páramo cultural”, la actividad intelectual y literaria fue intensa, y la actitud del régimen con los escritores bastante tolerante, aunque algunos, a la muerte de Franco, aludieran al “exilio interior” para excusarse, cuando, en realidad, publicaron y recibieron honores en el franquismo. La mayor parte de intelectuales marchados al exilio “real” tras la victoria nacional regresaron poco después y, como señala Pio Moa, hay que añadir a los que se habían exiliado antes huyendo de las izquierdas, lo que incluía a autores, probablemente de mayor calidad, tanto derechistas como “aquellos republicanos izquierdistas que, por miedo a ser incluso asesinados por los ‘suyos’, procuraron ponerse a salvo de la revolución”. Algunos regresaron firmemente arrepentidos. Siguiendo con Pio Moa:
“Especial relevancia tiene el caso de Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, pues se les consideraba ‘los padres espirituales de la República’, por haber firmado el influyente manifiesto en su favor, en 1931. El desengaño de los tres, primero con la república y después con el Frente Popular, fue definitivo. Pérez de Ayala describirá así a sus líderes: ‘Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza’ Ortega fustigaba a los intelectuales extranjeros que, sin tener la menor idea clara de España, apoyaban alegremente al Frente Popular. Marañón es todavía más explícito: «¡Qué gentes! Todo es en ellos latrocinio, locura, estupidez (…) Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado? (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos». Hay en él una amarga autocrítica: ‘No tenemos derecho a quejarnos de la dictadura, pues la hemos hecho necesaria por nuestra ayuda estúpida a la barbarie roja’.”[1]
A pesar de lo diferentes que puedan ser entre sí la literatura de Pemán, Foxá o Rosales, la pintura de Sáenz de Tejada o Sotomayor, la arquitectura y escultura del Valle de los Caídos, la música del Concierto de Aranjuez o de las canciones de Quintero, León y Quiroga, el cine de Sáenz de Heredia o Luis Lucia, la psiquiatría de Vallejo-Nájera o López Ibor, las ciencias sociales de Fernández Almagro, Carande o Suárez Fernández, todas estas muestras de cultura se integraron perfectamente en la imagen del régimen franquista. Un prominente falangista, Ernesto Giménez Caballero, junto con el más prestigioso teórico del arte español de la época, Eugenio d’Ors, crearon un ambiente artístico afín al régimen, pero abierto y asimilador (Salón de los Once, Academia Breve de Crítica de Arte, 1941-1954), incluyendo incluso a las vanguardias. Siguiendo el esquema que había trazado Menéndez Pelayo de identificación de España con lo católico y de su opuesto con lo antiespañol, el nuevo orden cultural destacó el patriotismo y la religión como temas preferidos. Fue muy representativo el protagonismo en puestos de alta influencia en los ámbitos ideológico y cultural de personalidades clericales como Justo Pérez de Urbel —benedictino—, Plá y Deniel, Gomá, Eijo y Garay, Morcillo —obispos— o ingresados al clero ya en su madurez (las denominadas vocaciones tardías: Ángel Herrera Oria —líder de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, fue ordenado sacerdote con 53 años y llegó a obispo—, José María Albareda —del Opus Dei desde 1937, fue director del CSIC, y fue ordenado sacerdote con 57 años—, Manuel García Morente —destacado filósofo, discípulo de Ortega, fue ordenado sacerdote con 54 años—); de tal modo que podemos calificar el ambiente intelectual dominante como tomista, escolástico, neo-tomista o neo-escolástico, sustentado en la posición del Vaticano anterior al Concilio, es decir, incardinado en la corriente filosófica nacida en la Grecia clásica y adaptada al cristianismo por los escolásticos con el desarrollo en la modernidad de la segunda escolástica española (Escuela de Salamanca y demás), a diferencia de la corriente nacida con la Reforma, continuada en el absolutismo, el liberalismo y el progresismo y que nos lleva de cabeza a la decadencia posmodernista actual. Se entiende mejor, por tanto, el daño que a la legitimación del Régimen y a sus posibilidades de permanencia en el tiempo tras la muerte de Franco le hizo el Concilio Vaticano Segundo y la politiquería vaticana antifranquista en un momento dado, como ya hemos explicado.
Durante la transición y los primeros años de la democracia podemos citar al novelista superventas Fernando Vizcaíno Casas, al que le ocurre, pese a ser algo posterior, como a los autores de la “otra generación del 27” y otros que desarrollaron un obra en el franquismo con gran éxito, que sufren el desprecio de la cultura “oficial” subvencionada actual por su supuesta condición de franquistas, especialmente lacerante en el caso de Vizcaíno Casas, que lo único que hizo fue una encendida defensa de la verdad histórica que el mismo había vivido frente a la demagogia antifranquista sobreactuada que ya se estaba poniendo de moda, expresada siempre tras la muerte de Franco y cuando no podía reportarle ninguna ventaja y sí muchos inconvenientes, a diferencia de muchos aduladores del Régimen reconvertidos a furiosos antifranquistas después.
La aparición de la fotografía representó para la pintura una crisis de identidad, ya que la moderna tecnología permitía plasmar los modelos y paisajes con mucho más realismo que cualquier pintor humano. Como respuesta a este desafío surgieron las vanguardias estéticas de las que España fue escenario destacado con nombres como Picasso o Salvador Dalí. Algunas degeneraron en un arte decadente, en el contexto de un ambiente artístico snob y politizado, pero otras llegaron a excepcionales niveles de calidad. El surrealismo de Dalí, lleno de imágenes impactantes y oníricas, le confirió un estilo personal y único, perfectamente reconocible. Su carácter extravagante es solo una anécdota, poco importante en comparación a su genialidad e influencia posterior en numerosos pintores contemporáneos.
Tras la Guerra Civil se desarrolló una arquitectura neoherreriana concorde a la estética del franquismo, que forjó su canon en el Valle de los Caídos, con programa escultórico de Juan de Ávalos, al que, como decíamos de los autores antes citados, no se le ha reconocido el mérito artístico de sus obras y su inmensa calidad, por el terrible delito de haber participado en el proyecto del Valle, el monumento artístico, sin duda, más importante de la España contemporánea.
La sanguinaria y genocida persecución religiosa realizada por el bando frentepopulista en la Guerra Civil tuvo también su reflejo en el mundo del arte, concretado en la destrucción de iglesias y de figuras religiosas de gran valor histórico y artístico, además de espiritual. Viendo las actuales pretensiones de destruir el Valle de los Caídos y de derribar su cruz, la más alta del mundo, parece que nada ha cambiado.
Con el cambio de régimen, a partir de 1975, el mundo de la “bohemia artística”, establecido de inmediato como la cultura oficial, degeneró hacia posiciones cada vez más politizadas, decadentes, soeces y groseras, ofreciendo productos cada vez de menor calidad y creatividad, con algunas honrosas y valiosas excepciones.
En materia científica, podemos establecer un esquema similar, con una paulatina recuperación tras el parón de la Guerra Civil. Es difícil gozar de los medios que permiten una investigación científica de calidad en el ambiente de una guerra entre hermanos a cuya victoria supeditan los dos bandos todo lo demás. A la edad de plata de la ciencia española de principios de siglo, con el premio Nobel de medicina Santiago Ramón y Cajal y la Escuela Española de Histología, siguió el frenazo de la Guerra Civil, tras lo que, durante el franquismo, la actividad científica fue recuperándose gradualmente. El aragonés Rafael Suñén inventó el petróleo sintético a partir del carbón vegetal, fórmula que era mucho más barata que la convencional, lo que atrajo el interés de los gobiernos francés y británico, con los que él se negó a colaborar, empeñado en que su descubrimiento se explotara en España. Fue asesinado por el bando frentepopulista en la Guerra Civil.[2] El ingeniero militar Emilio Herrera Linares diseñó un aerostato con el objeto de superar los 20.000 metros de altura. Para permanecer en esa altitud, Herrera diseñó un traje, con un revestimiento de tres capas, lo que constituyó la primera escafandra del espacio del mundo. Debido al estallido de la Guerra Civil, Herrera no pudo probar su traje. Más conocido es el caso del ingeniero Juan de la Cierva, inventor del Autogiro, precursor de los actuales helicópteros. El 18 de septiembre de 1928, consiguió atravesar el Canal de la Mancha por primera vez con su aparato lo que le dio gran popularidad. Como triste nota anecdótica, su hermano Ricardo fue fusilado por el bando rojo en el genocidio de Paracuellos, uno de cuyos máximos responsables, Santiago Carrillo, sigue siendo homenajeado póstumamente por la clase política al completo en nuestros días.
La obra de Camprubí “Los ingenieros de Franco” ha puesto de actualidad recientemente la labor de modernización y desarrollo científico y tecnológico realizada durante el franquismo en instituciones como el CSIC y protagonizada principalmente por ingenieros.[3] Su conclusión es evidente: “El debate ya no puede ser si hubo o no ciencia y tecnología en el franquismo, sino hasta qué punto la historia de la ciencia y la tecnología transforman lo que sabíamos hasta ahora sobre la historia de aquel período”[4]. En su contribución a The Routledge handbook of the political economy of science[5], el historiador David Edgerton pone la España de Franco como ejemplo de imbricación entre ciencia y economía política.
José Alsina[6], siguiendo a Dieter Senghaas y a Samir Amin, considera esta labor como ejemplo de desarrollo autocentrado y, en la terminología de Duguin, como una “modernización defensiva”, tratando de preservar su identidad y estructura tradicional, pero modernizando algunos de sus aspectos para resistir mejor los embates exteriores. Esto encajaría con la frase del filósofo e historiador Rafael Calvo Serer de “europeización de los medios, españolización de los fines”. Alsina también observa una influencia fundamental de Ramiro de Maeztu, cuyo pensamiento fue protagonista en el Régimen de Franco, a pesar de su asesinato en el 36, a través de muchos de sus discípulos, y que en sus ideas sobre “capitalismo católico” ya propugna el desarrollo de una amplia clase media como manera de combatir los impulsos revolucionarios y de aumentar la prosperidad de la mayor parte de la población.
Entre los logros de esos “ingenieros de Franco”, podemos encontrar el desarrollo del insecticida hexacloruro de benceno, más barato y seguro que el DDT empleado hasta entonces y que permitió acabar con el paludismo en España, además de aumentar la seguridad alimentaria y reducir el impacto ambiental. El ideario autárquico e industrializador tuvo entre sus promotores más destacados al ingeniero militar Juan Antonio Suanzes y al ingeniero de caminos Eduardo Torroja Miret, técnico mundialmente reconocido por sus obras y pensamientos acerca de la estética arquitectónica moderna. Fueron colaboradores muy estrechos en varios proyectos, desde el laboratorio de Costillares en Madrid hasta la construcción de un sistema de presas en el río Noguera Ribagorzana en los Pirineos, pasando por proyectos de normalización de materiales y racionalización del trabajo que supusieron el paso del Estado corporativo al regulador y los primeros pasos de la integración tecnológica europea.
Varios biólogos, entre ellos, José María Valverde, promovieron el Parque Nacional de Doñana frente a intereses arroceros y forestales de acuerdo con la UNESCO y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), representados por el prestigioso Julian Huxley. En 1936, Álvaro de Ansorena, ingeniero agrónomo y director de la Estación Experimental Arrocera de Sueca, en Valencia, amplió la Estación para instalar un nuevo laboratorio de genética. En él hibridaban granos de arroz de distintas variedades con el fin de obtener plantas mejoradas, más resistentes o productivas. En 1952, coincidiendo con la liberalización de precios y el fin de los racionamientos, la variedad Colusa x Nano, obtenida en Sueca, representaba el 75 por ciento de la cosecha nacional.
Parece que sí hubo ciencia y cultura en el franquismo.
Rechazo antifranquista a la historia y los símbolos nacionales
Una peculiaridad española que sorprende a los extranjeros y nos indigna a los patriotas es el desprecio indisimulado de algunos, consentido por muchos otros a nuestros símbolos nacionales, como si fuera moda o expresase buen tono referirse a ellos con indiferencia o directamente faltarles al respeto. Se ha culpado de ello al franquismo, aludiendo a que los símbolos de España son los del bando vencedor en la Guerra Civil y justificando que la media España perdedora en el 39 no se identifique con ellos. También se han catalogado como símbolos directamente franquistas algunos como el yugo y las flechas o el águila de San Juan. ¿Existe algo de cierto en todo ello?
Los símbolos heráldicos que después constituirían el escudo de España proceden de la reconquista: el león rampante de León, el pendón de Castilla, con su castillo de oro sobre campo de gules, las barras (o palos) de Aragón, las cadenas de Navarra y la granada de su color, rajada de gules del Reino de Granada. Todos estos elementos se unieron en el escudo de los Reyes Católicos, el primero que incluyó a todos los territorios peninsulares españoles. Hubo otros símbolos heráldicos utilizados por Isabel y Fernando y recuperados periódicamente en los distintos escudos nacionales. El yugo y el haz de flechas, junto al nudo gordiano, y el águila de San Juan, están, sin duda, entre los más conocidos y llamativos. Respecto al yugo y las flechas, desde el siglo I a. C., aparecen como elementos simbólicos en varias obras del poeta romano Virgilio: las flechas representan la guerra en la Eneida y el yugo a las labores agrarias en las Geórgicas. Fernando el Católico adoptó el nudo gordiano anudado al yugo como símbolo personal junto al lema “Tanto Monta”, a propuesta de Antonio de Nebrija, recordando el episodio de Alejandro Magno en Gordio («tanto importa desatar el nudo como romperlo frente a la idea de conquistar Asia»). Las flechas también aparecen en un pasaje clásico relacionado con Sciluro, Rey de los escitas, y que conocemos por Plutarco: El Rey reunió a sus 30 hijos en su lecho de muerte y los retó a que el que fuera capaz de romper un haz de flechas se llevaría su corona. Ninguno lo consiguió, tras lo cual el Rey escita fue tomando una a una las flechas del haz, partiéndolas ante sus ojos, a la par que les manifestaba que «al igual que acontece con tales armas, si permanecían unidos, serían invictos pero si reinaba entre ellos la discordia y la disidencia, serían vulnerables y débiles frente a sus enemigos».[7]
El águila de San Juan es uno de los símbolos nacionales más polémicos, hasta el punto de llamar banderas “pre” o “anticonstitucionales” a las enseñas nacionales con dicho elemento en el escudo. Se trata de un águila pasmada, de sable, nimbada de oro, picada y armada de gules. En algunas monedas se le incorporó la leyenda «sub umbra alarum tuarum protege nos» («protégenos bajo la sombra de tus alas»). Los cuatro autores de los Evangelios (San Mateo, San Marcos, San Lucas, y San Juan) han sido representados tradicionalmente en forma de tetramorfos, atribuyendo a cada uno un animal o forma (león, cordero, ángel), siendo el águila la figura asociada a San Juan, por ser su Evangelio el más abstracto y teológico de los cuatro. En el Apocalipsis se puede leer: «Y enfrente del solio había como un mar transparente de vidrio semejante el cristal; y en medio del espacio en que estaba el trono, y alrededor de él, cuatro animales, llenos de ojos delante y detrás. Era el primer animal parecido al León, y el segundo a un becerro, y el tercer animal tenía cara como de hombre, y el cuarto animal semejante a un águila volando. Cada uno de los cuatro animales tenía seis alas, y por afuera de las alas, y por adentro estaban llenos de ojos: y no reposaban de día y de noche»[8]. Isabel la Católica sentía gran devoción hacia San Juan evangelista, por lo que se hizo coronar en la fecha de su festividad. Más adelante, el águila pasaría del escudo de Isabel al de la España de los Reyes Católicos con su boda con Fernando y la unificación de sus reinos. También lo encontramos en los escudos de armas de Catalina de Aragón, reina de Inglaterra, y de María I y Felipe II como reyes de este mismo país. En la actualidad el Águila de San Juan aparece representada en los escudos de: San Juan de la Maguana (República Dominicana), Mallersdorf-Pfaffenberg (Alemania); Valparaíso (Chile); Boyacá (Colombia); Gata y el Regimiento de Infantería «Isabel la Católica» n.º 29 (España); la Archidiócesis de Besanzón (Francia); Lima (Perú); Kisielice, el distrito y condado de Kwidzyn, el municipio y distrito de Oleśnica, (Polonia); y el St. John’s College de la Universidad de Sídney (Australia). Cabría preguntarse si los universitarios australianos o los limeños también son franquistas a juicio de nuestras leyes de memoria.
Carlos I sustituyó el águila de San Juan por el águila imperial o bicéfala, que simboliza unión del Sacro Imperio Romano Germánico con la monarquía española, cuando Carlos fue coronado como emperador. El águila bicéfala es, como su nombre indica, un águila en sable de dos cabezas con las alas extendidas. Sus orígenes en Europa se remontan al Imperio romano y a su heredero, el Imperio romano de oriente, conocido por la historiografía posterior como Imperio bizantino, y fue el emblema de los Habsburgo, tanto en Madrid como en Viena. Existe el precedente, como uso de esta ave en la simbología española, de la fíbula de Alovera, una joya aquiliforme de la España visigoda, encontrada en Guadalajara y fechada en el siglo VI. Llama la atención como la figura del águila se repite en la simbología nacional. Se diría que esa ave expresa muy bien el carácter español, libre e indómito, llamado a la grandeza.
Parece obvio, por lo tanto, que ni el yugo y las flechas ni el águila de San Juan (que no águila imperial ni mucho menos águila franquista) son símbolos identificativos de Franco ni de su régimen sino símbolos tradicionales de España, que representan a nuestra patria independientemente del sentido ideológico de su gobierno o del régimen político que la administre en cada momento de su historia. En mis conferencias sobre la leyenda negra o la historia de España acostumbro a decir, con ciertas notas de humor, que Franco, a juicio de los progres, debía tener una máquina del tiempo, pues califican como “franquistas” a multitud de personajes históricos anteriores al nacimiento del general. Así Franco colaboró en la conversión de Recaredo, le pasaba las piedras a don Pelayo en Covadonga, cabalgó con el Cid en Valencia y, por supuesto, convenció a Isabel la Católica para que pusiera el águila franquista en su escudo. En la misma línea Alfonso Ussía ironiza:
“No obstante, la gestión del General Franco más brillante tuvo lugar en Granada, pocos días más tarde del triunfo final de la Reconquista. Le envió desde El Ferrol un telegrama a los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en tono amable pero categórico:
– ‘No se muevan de ahí hasta que yo llegue. Tengo urgencia de hablar con SSMM. Afectuosamente. Franco’- .
Y los Reyes Católicos, como era de prever, aguardaron impacientes, además de inquietos, le visita del militar gallego.
Después de cinco días de viaje, Franco llegó a Granada y se reunió con Isabel y Fernando:
– He venido para pedirles prestados algunos de los símbolos de su escudo para poder añadirlos a la Bandera que creará en los próximos siglos su descendiente Carlos III, con el fin de poder asumirlos en el Pabellón Nacional durante la guerra que voy a librar contra los rojos en 1936.-
Y los Reyes Católicos, que parecían distantes en un principio, se mostraron felices con la propuesta de Franco y le prestaron el Águila de San Juan, el Yugo y las Flechas”.[9]
Y es que hay veces que el sentido del humor es la mejor respuesta a una manipulación tan grotesca que cae por su propio peso.
La bandera de España, que está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas, fue adoptada como pabellón nacional en 1785 y ha sido la bandera nacional desde entonces, a excepción de los años de la Segunda República. Mucha gente piensa que la primera enseña utilizada como “bandera” de España fue la derivada de los modelos que se utilizaron tanto como torrotitos, pabellones y banderas de Tierra en el siglo XVI, tras el matrimonio de Juana I de Castilla, apodada “la loca”, hija de los Reyes Católicos, con el archiduque de Austria Felipe, llamado “el Hermoso”, y que utilizaban la cruz de Borgoña o San Andrés. En realidad no fue así, como se desprende de investigaciones de 2018 sobre las famosas “cuentas” del Gran Capitán, que ya recogí en “El sueño de España”. Se ha encontrado el documento en el Archivo General de Simancas, que describe el estandarte con el que llegó Fernández de Córdoba en su segunda campaña en Nápoles (entre 1500 y 1504), una bandera cuadrangular, roja y verde, semejante a la actual bandera de Portugal, con el escudo de los Reyes Católicos, con el águila de San Juan, en su centro. Como señalan los investigadores Hugo Vázquez Bravo y Ramón Vega Piniella, esta bandera “posee el privilegio de ser considerada la primera que llevó un ejército español a comienzos de la Edad Moderna”.[10]
Sigue siendo verdad, pese a ello, que la cruz de Borgoña se convirtió en el símbolo vexilológico más utilizado de España durante el inicio de la edad Moderna, sufriendo ligeras variaciones con cada rey, como en el caso de Felipe II, quien dispuso que el paño blanco donde se situaba la cruz se cambiara al color amarillo. No obstante, aún tardarían en constituir los símbolos principales o más representativos de las naciones como son ahora, utilizándose, durante gran parte de la historia, los escudos de armas familiares de las casas reinantes como señas más significativas. Más adelante la Cruz de Borgoña o San Andrés se identificó con el carlismo y, en la actualidad, las reconstrucciones históricas han hecho que se asocie a los famosos Tercios, que constituyeron el cuerpo militar de élite más famoso durante siglos.
Felipe V, sustituyó el diseño, por otro con las armas reales sobre paño blanco, propio de los Borbones. Fue este hecho lo que dio lugar al diseño de la actual bandera, porque el paño blanco también era utilizado en el siglo XVIII por las distintas ramas borbónicas que reinaban en Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia, además de España, por lo que Carlos III decidió cambiar el pabellón nacional de España para diferenciarse mejor de los de estas otras naciones, primero en el mar, extendiéndose después también a tierra. Con ese fin se organizó un concurso, al que Antonio Valdés y Fernández Bazán, Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina (equivalente al Ministro de Marina) presentó doce propuestas. Se eligieron dos diseños: uno para los buques de guerra (la que luego se consolidó como bandera nacional) y otro para los mercantes, en los que dominaban los colores rojo y amarillo (rojo y gualda), a semejanza del escudo de Aragón. La bandera nacional que conocemos actualmente llegó a ser el símbolo de España más representativo, porque coincidió con la aparición de las naciones políticas en sentido moderno, por lo que dejaron de utilizarse imágenes que hicieran referencia a las casas reinantes o a los gobernantes, para usar otras que pudieran señalar a toda la nación, y porque, dentro de estos, la bandera ganó el protagonismo que tiene hasta nuestros días, con un código de formas y colores sencillo, que se ve desde lejos y resulta fácil de identificar.
Durante la Segunda República se cambió la bandera por la tricolor (rojo, amarillo y morado). El morado pretendía representar a Castilla, pues se pensaba que el rojo y amarillo aludían solo a Aragón, por la creencia equivocada de que el morado era el color utilizado por los comuneros de Castilla, aunque realmente era el carmesí. Podemos citar a Vicente Rojo, el más competente militar del bando republicano en la guerra civil, sobre este cambio:
«La cuestión de la bandera es uno de los motivos que estúpidamente dividen a los españoles y que tiene su origen en la conducta mezquinamente partidaria de nuestros políticos.
El cambio de la Bandera hecho por la República constituyó un grave error:
1º.-Porque no respondía a una aspiración nacional ni siquiera popular. La Bandera Republicana era desconocida por la inmensa mayoría de los españoles.
2º.-Porque se reemplazaba una bandera nacional por una bandera partidaria y con ello se dividía a España.
3º.-Porque no era necesario y consecuentemente solo podía producir complicaciones como ha sucedido.
La bandera que teníamos los españoles no era monárquica sino nacional. (…) Se tomaron colores españoles que venía usando tradicionalmente la Marina de guerra que dieron tono a los guiones reales de los Reyes Católicos (rojo) y de Carlos I (amarillo); que eran también los colores de una enseña tradicional en Aragón, Cataluña y Valencia.
El pueblo no anhelaba incorporar a la bandera el color morado de Castilla. No podía anhelarlo porque la masa del pueblo español ignoraba que el morado fuese el color de Castilla (…).
(…) Los primeros republicanos, más sensatos que los segundos, no impusieron el cambio.
Ni inconmovible, ni imperdurable ni eterna es la bandera tricolor porque no ha nacido del pueblo sino de una minoría sectaria.»[11]
No podemos dejar de estar de acuerdo con el militar republicano. Parece llamativo que los actuales separatistas catalanes se nieguen a identificarse con la bandera nacional, cuyos colores surgen del escudo de Aragón, igual que los de la bandera catalana, mientras que sí luzcan la de la Segunda República, que es una bandera, digamos, “castellanista”, que incorpora lo que identifica (erróneamente) con el color de los comuneros castellanos.
Los colores rojo y amarillo tomados del escudo de Aragón, proceden, a su vez, como explica César Vidal, de los colores vaticanos de la época (actualmente son el blanco y amarillo, pero entonces eran rojo y oro), que a su vez estaban tomados de los estandartes de la antigua Roma imperial (y siguen en la actual simbología de la ciudad de Roma):
“Su origen deriva del viaje de Sancho Ramírez (1064-1094) a Roma en 1068 para consolidar el joven reino de Aragón ofreciéndose en vasallaje al papa. Se trata de un vasallaje documentado incluso en la cuantía del tributo de 600 marcos de oro al año. De ahí que se haya aducido que Alfonso II, conocedor de ese viaje, tomara como emblema del vínculo de vasallaje las conocidas barras rojas y oro, inspirado en los colores propios de la Santa Sede, que eran bien conocidos y están bien documentados en las cintas de lemnisco de los sellos de la Santa Sede, y son visibles hoy todavía en la umbrella Vaticana.”[12]
La leyenda, más seductora, indicaría que las barras rojas eran los cuatro dedos manchados de sangre con los que un caballero habría pintado el escudo, hasta entonces solo de oro, de Aragón.
Como vemos, tampoco la bandera rojigualda es una bandera monárquica ni mucho menos franquista sino, simplemente, la bandera de España, siendo la de la 2ª Republica una anomalía en nuestra historia, que tampoco representa al sistema republicano, puesto que en la Primera República no se utilizó, sino específicamente al régimen del 14 de abril, como hemos visto, un periodo nefasto de nuestra historia, donde se produjeron toda clase de crímenes y abusos, hasta estallar en la Guerra Civil.
El himno de España es la Marcha Granadera o Marcha Real de España. Este tema ha tenido el honor de representar a España como himno nacional ininterrumpidamente desde el s. XVIII; con la excepción del Trienio Liberal y de la II República, cuando se sustituyó por el himno de Riego, si bien ha habido momentos es que ha ostentado la cooficialidad con otras melodías, como en la Primera República con el citado himno de Riego o en zona nacional en la Guerra Civil, cuando se adoptaron también el Cara al Sol y el Oriamendi. Se trata de uno de los himnos nacionales más antiguos de Europa ya que su primera mención aparece en 1761 en el «Libro de la ordenanza de los toques de pifanos y tambores que se tocan nuevamente en la infantería» de Manuel de Espinosa de los Monteros. Carlos III la declaró Marcha de Honor el 3 de septiembre de 1770 y fue la costumbre popular lo que lo convirtió en himno nacional, antes de que lo fuese declarado oficialmente, durante el reinado de Isabel II. Su versión final es la de Bartolomé Pérez Casas de 1908. Como Marcha Real, acompaña al Rey y al Príncipe de Asturias, como la Marcha de Infantes acompaña a los infantes y a los generales. La razón estriba en que los granaderos eran las tropas que, usualmente, desfilaban ante los reyes, de modo que en estas ocasiones se interpretaba su marcha y esta terminó asociándose con la figura del monarca. Es uno de los pocos himnos nacionales que carece de letra oficial, lo que ha dado lugar a algunos debates un poco extraños, en torno a eventos deportivos, como sí que nuestros deportistas tengan algo que tararear mientras suena el himno antes de los partidos o para celebrar su triunfo fuera una cuestión de prioridad nacional. Lo cierto es que varios poetas han compuesto versos para esta marcha, destacando los de José María Pemán:
“Viva España,
alzad la frente, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria
que supo seguir,
sobre el azul del mar
el caminar del sol.
¡Triunfa España!
Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.
Juntos con ellos cantemos de pie
la vida nueva y fuerte del trabajo y paz.”
En algunos periodos se sustituyó “la frente” por “los brazos” y “los yunques y las ruedas” por “los yugos y las flechas”. En las dos versiones, nos parece de la letra más hermosa de todas las que se han escrito y es lamentable que absurdos complejos impidan su adopción oficial.
El escudo actual de España, que se adoptó por Ley 33/1981, tiene como timbre la Corona real, las columnas de Hércules a cada lado, con el lema «Plus Ultra», soportando la columna derecha la corona imperial del Sacro Imperio Romano Germánico y la izquierda la corona real. Los cuarteles, representan los reinos medievales que unidos formaron España: el castillo de la Corona castellana, el león rampante coronado del Reino de León, los cuatro palos de la Corona de Aragón y las cadenas de Navarra. El entado tiene la silueta de una granada en referencia al reino de Granada. En el centro tiene un escusón con tres flores de lis representando a la Casa de Borbón-Anjou, la actual dinastía reinante en España. Las modificaciones respecto al escudo anterior resultaron un tanto absurdas, ya que se eliminaron los símbolos que se identificaban falsamente con el franquismo, aunque, como hemos visto, procedían de la historia de España. Esto dio lugar a que el escudo anterior quedase estigmatizado, calumniado como pre- o anticonstitucional, cuando, lo cierto es que la constitución no dice nada sobre el escudo. En realidad, los primeros ejemplares de la constitución actual aparecen con el escudo anterior en la portada, porque dicha norma se aprobó en el 78 y el cambio de escudo no se produjo hasta el 81. El águila del escudo vigente durante el franquismo y la transición, no es, por lo tanto, el águila imperial ni el águila franquista ni el águila fascista, ni representa a ningún régimen ni a ninguna ideología. Simplemente es el águila de San Juan, propia de la heráldica de Isabel la Católica. El yugo y las flechas tampoco son un símbolo de Falange Española, sino también de los Reyes Católicos y que se solía acompañar por la leyenda «tanto monta», procedente del nudo gordiano. Confundir estos símbolos con los del franquismo parece poco sensato y claramente indicativo de la enorme ignorancia de quienes la llevaron a cabo el cambio de escudo o de complejos hispanófobos inconfesables.
Como vemos no hay nada particularmente polémico en nuestros símbolos por sí mismos. La bandera se basa en los colores del escudo de Aragón, que fueron tomados de los de la Santa Sede y esta, a su vez, de los estandartes de la antigua Roma. Nuestro himno surge de un toque militar, elevado a mayor dignidad por aclamación popular, y utilizado, entre otros, por los guerrilleros que se levantaron contra Napoleón. Como dato anecdótico de lo arraigado del odio a nuestros símbolos en determinados sectores, Pablo Iglesias, líder de Podemos y vicepresidente del gobierno en el ejecutivo de Pedro Sánchez, llamó al himno nacional “cutre pachanga fachosa” en un artículo. Nuestro escudo, al margen de la eliminación de determinados elementos procedentes de los Reyes Católicos y confundidos con “franquistas” por el desconocimiento de nuestros gobernantes, no tiene tampoco otros elementos que los procedentes de los Reinos medievales que protagonizaron la Reconquista y que se muestran en sus emblemas regionales sin polémica. No parece haber nada que justifique el rechazo de determinados sectores sobre ellos.
Si algo diferencia al ser humano de otros animales es la capacidad para razonar de un modo abstracto, a través de símbolos, lo que le permite, por ejemplo, poseer el lenguaje o utilizar el dinero. El hombre es, por tanto, un animal simbólico. Se comprenderá fácilmente, por lo tanto, que lo importante de los símbolos, desde luego, no es su significante, sino su significado. Como ya explicamos en El sueño de España, lo relevante de las banderas, por tanto, no es la tela ni los colores, ni de los himnos lo son sus notas musicales, ni de los escudos la composición de elementos heráldicos, sino aquello que simbolizan, lo que representan. No es una cuestión de estética sino de ética. Quienes sentimos amor por la bandera nacional o por los demás símbolos españoles, no amamos el significante, que es puramente anecdótico, amamos a España, su historia, su pueblo y el legado de nuestros antepasados. De igual modo, quienes odian, desprecian o ignoran nuestros símbolos tampoco lo hacen por motivos estéticos o superficiales, sino por otros más profundos, arraigados en su psicología, tras una continua campaña de auto-odio y auto-desprecio, relacionada con la leyenda negra sobre la historia de España y su asunción dentro de nuestra propia patria, a la vez que impregnaba los sobreentendidos de la modernidad. Partiendo de estas reflexiones se comprende la tragedia que supone que nuestras clases dirigentes estén empapadas de hispanofobia, que es lo que subyace tras el rechazo a nuestros símbolos. Quienes odian a una patria no pueden aspirar a gobernarla, salvo para hundirla.
Tampoco podemos aceptar el discurso de la izquierda hispanofoba, que finge rechazar el patriotismo de “las banderas” para abrazar “el patriotismo de la gente”. Que esto solo es una excusa repleta de demagogia con la que tan solo pretenden apartar la atención de su notorio odio a los símbolos nacionales y su proximidad con los separatistas, algunos de ellos representantes de la burguesía más reaccionaria y antisocial de Europa, con los que lo único que tienen en común es el odio a España, resulta evidente. Su fingido “patriotismo” centrado en la defensa de los derechos sociales y los servicios públicos resulta llanamente un engaño. Por mi parte, siempre he defendido el patriotismo social, por el que un patriota no puede estar conforme mientras un solo compatriota, especialmente aquellos que más sufren, no pueda desarrollar su proyecto vital con dignidad; mientras un solo joven, una sola mujer, un solo padre de familia o un solo anciano pasen penurias, mientras otros se enriquecen a su costa. No les quito razón, por tanto, a quienes rechazan a los falsos patriotas, cuya patria es solo su cartera. En efecto, ondear las banderas para defender los resultados de cuentas de las empresas que cotizan en el IBEX35, o para sustentar ese capitalismo tan particular, que ya denunciara José Antonio, que privatiza los beneficios y nacionaliza las pérdidas es algo realmente detestable. Lo que ocurre es que esa legítima denuncia no justifica su hispanofobia ni sus contradicciones. De hecho, quienes la manifiestan son tan títeres del capitalismo salvaje como a quienes increpan.
El enfermizo sistema territorial español perjudica los derechos más básicos de los españoles, incluyendo la sanidad o la educación, cuya gestión por las Comunidades Autónomas, en algunos casos en manos de gobiernos separatistas no ha podido ser más terrible para los más desfavorecidos. La hispanofobia de nuestra clase dirigente también le ha impedido plantarse ante las exigencias antisociales de foros internacionales como el FMI o Bruselas, en virtud de cuyas directrices se han congelado las pensiones, bajado el sueldo a los funcionarios, subido el IVA o flexibilizado el mercado laboral, eufemismo que oculta la pérdida de derechos por los trabajadores. Con su odio a España las élites políticas, sindicales, mediáticas y pseudointelectuales no solo traicionan la causa de la unidad de España, lo que puede que no les importe mucho, sino que, dado que el separatismo antiespañol está comandado, como decíamos, por la burguesía más clasista, insolidaria y reaccionaria de toda Europa, la que presume de no querer que con sus impuestos se ayude a las regiones menos ricas de España, traiciona también la causa de los pobres, de los vulnerables, de los trabajadores y de las clases bajas. Al final, como digo siempre, el patriotismo español será social o no será, y de igual modo, la justicia social, la traeremos los patriotas o no la traerá nadie. Porque, como dijo Ramiro Ledesma, solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria.
Tampoco podemos admitir la pretensión de culpar de la desafección a los símbolos nacionales a los patriotas que sí los ponen en valor, independientemente de su origen político, bajo acusación de “apropiarse” de ellos. No dudamos de que habrá gente detestable tratando de tapar sus vergüenzas con la bandera nacional, como ocurre también con las banderas regionales (recordemos la corrupción endémica del separatismo catalán con el Pujol de las cuentas en Suiza y Andorra a la cabeza) que no molestan tanto a los hispanófobos, como con las banderas de cualquier país. Desde luego el patrioterismo chabacano y zafio y el nacionalismo chauvinista mueven a la antipatía de aquello que con hipocresía defienden, pero eso pasa, como vemos, con todas las banderas, en todos los países, y con las banderas regionales en España, tanto como con la nacional, y ello no provoca polémicas artificiales, mostrando aprecio por los símbolos comunes todo el tablero político. Nadie puede “apropiarse” de unos símbolos al usarlos o defenderlos, porque nadie puede impedir a otros que hagan lo mismo. Si en todas partes, todos los sectores utilizan los símbolos comunes y en España solo algunos, la anomalía no está en quien los reverencia, sino en quienes los detestan, y el motivo de que lo hagan así no se nos oculta que tiene que ver con profundos complejos negro-legendarios e hispanófobos.
Si en Francia utilizan la bandera francesa gaullistas y socialistas, melenchonistas y lepenistas, por igual, si en Inglaterra se emocionan con la Unión Jack laboristas y tories, si en los Estados Unidos enarbolan las barras y estrellas demócratas y republicanos, pero en España solo respetan las derechas la bandera nacional, mientras las izquierdas la rechazan, parece obvio donde está el problema.
Acusar al franquismo de “infectar” determinados símbolos con su uso resulta, como vemos, absurdo y falsario, ya que tales símbolos no se empleaban como representación del régimen franquista, sino de toda España. No eran símbolos de Franco, eran símbolos de España. El escudo de España vigente en el franquismo (y, como hemos visto, prácticamente toda la transición) no era el escudo de Franco, era el escudo de España, lo mismo que la bandera o el himno. Veremos con mayor detenimiento como el antifranquismo institucionalizado por ley amenaza la convivencia, cuestionando los símbolos nacionales, existentes mucho antes de Franco, pero restaurados en algunos casos por este, tras el paréntesis republicano. En la sociedad feudal los símbolos representaban a los gobernantes, pero en las sociedades modernas representan a toda la nación, al margen de regímenes o ideologías políticas. La única excepción a este criterio la representan los sistemas totalitarios, que pretenden identificarse con la nación y excluir de ella a quienes no compartan su forma de pensar, como la Alemania de Hitler, que adoptó la bandera nazi con la esvástica, para el Reich alemán, o la Unión Soviética, con la bandera roja con la hoz y el martillo. En relación a esto, parece obvio que estuvo más acertado el franquismo escogiendo para España (no para sí mismo) símbolos enraizados en su historia, procedentes de los Reyes Católicos, que la infame Segunda República cambiando la bandera, como denunció Vicente Rojo, o la actual clase política, confundiendo con “franquistas” elementos heráldicos con 500 años de antigüedad. De todas maneras, no se puede aceptar la reductio ad francum de dar por malo todo lo que se pusiera en valor durante el franquismo, ni puede esto servir de excusa, porque en realidad, la hispanofobia de nuestras élites empieza mucho antes del nacimiento del General, como observaremos con más detenimiento en capítulos sucesivos.
Existe un motivo para la esperanza relacionado con el cambio cultural surgido con motivo de la vergüenza nacional profunda que ha supuesto el “procés” separatista catalán, con la huida inverosímil de Puigdemont a Bélgica, y que parece representar un punto de inflexión, como si España hubiera ya tocado fondo en la humillación de sí misma y solo nos quedara la posibilidad de volver a ascender. Así, en medio del desastre y del fracaso y la impotencia de nuestros gobernantes, el pueblo español dio, como decimos, una lección de dignidad y desempolvó sus banderas nacionales para colgarlas en los balcones y sacarlas a las manifestaciones antiseparatistas, banderas que hemos vuelto a ver con crespones negros con motivo de la pandemia por Coronavirus y en las protestas por la mala gestión del gobierno de la misma. En el momento menos pensado, nuestros símbolos que estaban olvidados y arrinconados, pasaron a tener el protagonismo. Artistas cantaban versiones pop de nuestro himno con letras inventadas, diseñadoras lo usaban en sus desfiles o pinchadiscos o lo incluían en sus repertorios. Pulseras, accesorios para el coche o, incluso, mascarillas durante la pandemia de Coronavirus, han adoptado de pronto los colores de la bandera nacional. Ojalá se trate del principio de una transformación mayor y sin vuelta atrás.
De igual modo, el separatismo se excusa en una supuesta reacción ante el centralismo franquista. Según esta interpretación, el separatismo catalán o vasco sería la consecuencia del orgullo herido de las nacionalidades periféricas de España por las políticas de imposición del castellano y por la administración fuertemente centralizada del régimen franquista. Esta acusación se responde muy fácilmente con dos argumentos. Primero: el separatismo ya existía antes del franquismo. Segundo: al final del franquismo el separatismo era mucho más bajo que en la actualidad. Y eso sin entrar en el hecho evidente de que, si bien el español fue el único idioma oficial en la España franquista y el comúnmente utilizado en la administración y en la educación, las demás lenguas regionales nunca estuvieron prohibidas, pudiéndose hablar libremente en todo el territorio nacional y, además, ocasionalmente se utilizaron, incluso de manera oficial, en actos festivos tradicionales. Solo cabe concluir que, como decíamos sobre la desafección a los símbolos nacionales, culpar a Franco del separatismo es la reductio ad fancum de siempre y no tiene sentido alguno.
La primera organización nacionalista catalana fue el Centre Catalá de Valentín Almirall, formado en 1882, justo después de la Primera República. Sobra decir que Franco no había nacido todavía. Se trataba de un lobby o grupo de presión que elaboró un memorial de agravios cuya reivindicación principal no afectaba ni a la lengua ni a los fueros ni a las instituciones tradicionales, sino que se mostraba contrario a la firma de un tratado comercial con Inglaterra que habría perjudicados los intereses de la industria catalana, concretamente del algodón. Fue a principios del siglo XX cuando el nacionalismo catalán cobró carta de naturaleza política con la victoria electoral en 1901 de la Lliga Regionalista, un partido nacionalista conservador. En 1906 se formó Solidaridad Catalana, una coalición de las dos partes del movimiento, la más izquierdista y la más conservadora. En las elecciones de 1907 obtuvo 41 de los 44 escaños del congreso catalán, hasta que la Semana Trágica de Barcelona causó su disolución. En 1922, nace el primer partido independentista catalán, Estat Català, liderado por Francesc Macià, que también fundaría después los escamots, una organización paramilitar, que en 1926 perpetró el complot de Prats de Molló, un patético intento de invasión militar desde Francia. Pasada la dictadura del general Primo de Rivera, Estat Català se unió a partidos y organizaciones de izquierdas para constituir Esquerra Republicana de Catalunya, que se convirtió en hegemónico en Cataluña durante la Segunda República, protagonizando los vergonzosos actos de los que ya hemos hablado, con la declaración de independencia del estado catalán. Parece que antes de llegar Franco al poder ya existía un problema separatista en Cataluña.
Sin perjuicio de algún precedente más literario que político, es en la fundación del PNV por Sabino Arana en 1895, donde el nacionalismo separatista vasco empieza a tener presencia. Tampoco aquí había nacido Franco, obviamente. Su programa político, algo caótico, une nacionalismo romántico, racismo, integrismo religioso, ruralismo antimodernista y antiespañolismo, se aprovecha de la frustración por la derrota en las guerras carlistas y la reconduce, de unos planteamientos críticos con la modernidad y el liberalismo, a otros que, articulados a través del profundo odio a España, que se convierte en el vector político principal, y del supremacismo, exacerban todos los mitos de la modernidad a la que antes decían oponerse.
La integración de los euskalerriakos, también nacionalistas, pero liberales, modernistas y burgueses, entre ellos las mayores fortunas de Vizcaya, en el PNV, le dio financiación a cambio de traicionar sus principios antiliberales, católicos y antimodernos, facilitando que los vascos de las zonas rurales aceptasen el régimen liberal, al que eran reticentes, y dando al nacionalismo unos recursos económicos brutales. Con la ayuda económica de los euskalerriakos, Sabino Arana consiguió ser elegido Diputado Provincial en Vizcaya por el distrito de Bilbao, en 1898, y el millonario Ramón De la Sota ser elegido por el PNV diputado a Cortes por Balmaseda, en 1918. A diferencia de los nacionalistas catalanes, de cariz proteccionista, los vascos eran librecambistas y anglófilos. En 1921, el PNV sufre su primera escisión con la creación de Acción Nacionalista Vasca, el primer partido nacionalista vasco de izquierdas. Durante la dictadura del General Primo de Rivera, el nacionalismo vasco desaparece, para reaparecer en la Segunda República, intentado la aprobación de un Estatuto de Autonomía, que no llega a entrar en vigor hasta el último gobierno del Frente Popular. Iniciada la Guerra Civil, tras los titubeos iniciales, el PNV, de base católica y que incluso había ido coaligado con los carlistas, grandes partidarios del alzamiento, en las primeras elecciones republicanas, termina oponiéndose a este, demostrando que el odio a España, única cosa que tenía ideológicamente en común con el Frente Popular, predominaba sobre el ultracatolicismo o cualquier otro rasgo ideológico. Su conducta, sin embargo, con el bando fretepopulista no es precisamente leal, provocando las quejas de algunos de sus representantes[13]. De nuevo, podemos decir que la problemática del separatismo vasco empezó también antes del franquismo.
A la muerte de Franco, por otra parte, el separatismo no pasaba del 10% en Cataluña y las provincias vascas, llegando al 47% en pleno proceso separatista catalán en esta región, insuficiente, desde luego, para lograr sus lamentables fines, pero escandalosa y vergonzosamente alto. Doy la cifra del 10% como máximo separatista estimativo a la muerte de Franco, pero podría ser menor. Podemos guiarnos por las primeras elecciones en Cataluña en 1977 donde la única candidatura abiertamente separatista, ERC, obtuvo un 4,77% de los votos en Barcelona y no alcanzó representación en las demás provincias. En el referéndum constitucional, el NO a la Carta Magna, que afirma la indisolubilidad de la nación española, apenas llegó al 4,6% de los votos, parte de ellos de nostálgicos con el Franquismo, en absoluto independentistas. En las provincias vascas es más difícil realizar un cálculo porque el PNV no apoyó la Constitución, pero tampoco era abiertamente separatista y ningún partido de esta significación obtuvo representación en el 77. Estoy tomando la cifra del 47% de apoyo máximo a la independencia como la más creíble por constituir el techo electoral de los partidos separatistas. En las elecciones al parlamento catalán de 2017, por ejemplo, Junts per Catalunya, ERC y la CUP sumaron el 47´54% de los sufragios. El CEO catalán, creado por las autoridades separatistas y sospechoso de sesgo en este sentido, llegó a atribuir un máximo de apoyo al separatismo del 48,5% en la 3.ª oleada de 2013, pero un año después ya había bajado al 36,2% y en la 2.ª oleada 2017 era del 34,7%.
En mi libro “El sueño de España” estudié el problema territorial español y el fenómeno del separatismo con cierto detenimiento, dándole hasta 17 enfoques distintos. Los dos más importantes, a mi juicio, son los que estudian el separatismo como una consecuencia de haber asumido los infundios de la leyenda negra, sobre la que hablaremos con más detenimiento en el capítulo correspondiente, y como un lobby económico, lo que explica su éxito fundamental en Cataluña y las provincias vascas, que no son los territorios de España que podrían esgrimir más argumentos históricos, pero sí son aquellos en los que empezó la industrialización de nuestra patria, junto con la periferia de Madrid, lo que explica la formación de una burguesía industrial con unos intereses económicos particulares, claramente definidos y sustancialmente diferentes de los de las oligarquías económicas del resto de España.
En definitiva, cuando aparecieron los primeros lobbies representativos de los intereses de la nueva burguesía industrial en las regiones protagonistas de los primeros intentos de industrialización de España, Cataluña y las provincias vascas, buscaron una ideología que les sirviera de excusa para canalizar sus reivindicaciones y la encontraron en el nacionalismo fraccionario-periférico, porque la asunción de la leyenda negra creada por los enemigos históricos de España en nuestra propia patria, predisponía al auto-odio y a la desmoralización colectiva, impulsada por desastres como el del 98. A partir de ahí, el nacionalismo separatista se aprovechó para resolver conflictos derivados de la modernidad como la brecha campo-ciudad o para acabar con los últimos restos de carlismo y catolicismo militante, utilizando para ello la burda falsificación de la historia, el racismo científico antiespañol, el supremacismo religioso protestante y los mecanismos victimistas del marxismo cultural, y aprovechando la existencia de una clase política mediocre, predispuesta a ser manipulada con tal de repartirse el pastel de los fondos públicos.
Como vemos, no solo no puede culparse al franquismo de excitar los separatismos como reacción contra su centralismo, sino que, de hecho, su régimen constituye una isla de cordura, en medio del mar de locura separatista que nos lleva amargando desde finales del siglo XIX. Los años de gobiernos franquistas fueron aquellos en los que el separatismo estuvo bajo control y con menos apoyos y popularidad en todas las regiones.
En la misma línea, se ha acusado al franquismo de “apropiarse” de determinados personajes históricos o de episodios de la historia de España, haciéndolos dignos de rechazo para la mitad izquierdista o, en general, para los españoles antifranquistas. Esto ha llevado a justificar el desprecio por parte de la pseudointelectualidad izquierdista a buena parte de nuestra historia argumentando su desafección en el rechazo al franquismo. Este tipo de actitudes me obligan a insistir en la teoría de la máquina del tiempo de Franco.
Ni que decir tiene que estamos ante la misma reductio ad francum de siempre, la basura argumental con la que se justifica un odio a España que procede de la leyenda negra surgida nada menos que en el siglo XVI y de la que se darán más detalles en el capítulo correspondiente. Esta leyenda negra fue acogida en España, especialmente a partir del siglo XIX, hasta constituir una parte central del argumentario liberal-progresista. Nada achacable a Franco, como vemos.
Entre esta revisión “antifranquista” de la historia de España, anterior al nacimiento de Franco, encontramos el intento de retrasar la aparición de España en la escena internacional hasta fechas lo más recientes posibles, el negacionismo de la Reconquista, pretendiendo que no se trató de un proceso consciente ni deliberado, la calumniosa visión sobre el Cid, considerándolo un mercenario, el desprecio a las gestas de Elcano o de los conquistadores en América, tomando a Cortés o a Pizarro por opresores y genocidas, y otras por el estilo. Esta visión se ha trasladado a la cultura popular en recientes series sobre El Cid o sobre Juan Sebastián Elcano en los que se presentaba al primero y, en general, a los cristianos de la época, como sucios e ignorantes, frente a los cultos musulmanes, y al segundo como una surte de líder sindicalista, mientras los actores que los interpretaban presumían de haber plasmado una versión izquierdista de los personajes “que no iba a gustar a los franquistas”. En ambos casos se saldaron con bajas audiencias, lo que nos da a entender que no gustaron ni a los franquistas ni a los no franquistas.
Que el régimen de Franco pusiera en valor los personajes o sucesos de la historia de España no los infecta de franquismo, simplemente denota que la clase política gobernante en el franquismo poseía sentido histórico, a diferencia de la actual, y hacía lo que cualquier clase dirigente responsable debería hacer: defender nuestro legado histórico. No hace falta ser franquista para saber que España nace como nación histórica en el Tercer Concilio de Toledo en el Reino Visigodo, sin perjuicio de que como estado moderno no apareciera hasta los Reyes Católicos y como nación política moderna hasta la Guerra de la Independencia, por la sencilla razón de que antes de la Revolución francesa no existían las naciones políticas modernas, ni España ni ninguna otra. De igual modo, no es necesario ser franquista para reconocer que el Cid fue un ejemplo de fidelidad en su época, volviendo al servicio de su rey cuando fue requerido, a pesar del injusto destierro previo que padeció, ni para comprender que las, no del todo infrecuentes, querellas de los señores o de los Reinos Cristianos entre sí, como también las de los moros, divididos en un momento dado en reinos taifas, nunca impidió que ambos bandos fueran conscientes de lo que a largo plazo se jugaban, recuperar la España ya apuntada con los visigodos o mantener Al Ándalus en la órbita del islam. Como dice Pio Moa: “…los hechos comprobadísimos son que, dentro de los altibajos y alternativas de la lucha, la idea del reino hispanogótico no dejó de estar nunca presente; que los caballeros y no caballeros se consideraban radicalmente cristianos; y que señalaron ambas cosas una y otra, cuando no las dieron por obvias, desde las primeras crónicas hasta Juan Manuel y los Reyes Católicos.”[14]
Finalmente, tampoco denota ninguna simpatía por el franquismo necesariamente, admirar las gestas de quienes arribaron a América, con un puñado de hombres conquistaron imperios de millones, acaudillando a los indígenas oprimidos por aztecas e incas a los que liberaron de un terrible yugo y exploraron el pacifico alcanzando los últimos confines del mundo, dando lugar a la revolución científica y uniendo el globo, creando el mismo concepto de humanidad, a la vez que defendían que todos los hombres constituimos una gran familia.
El odio a la historia de España, como a sus símbolos, denota, simplemente, el odio a España ancestral de sus enemigos, contagiado a nuestros propios compatriotas en un momento dado de la evolución histórica y que constituye una de nuestras grandes tragedias nacionales y que, desde luego, no tiene nada que ver con Franco. Más al contrario, su régimen fue un oasis de respeto y revalorización de nuestra historia, de autoestima colectiva y de falta de complejos en el desierto asfixiante de la asunción en nuestra patria de la leyenda negra que nos minusvalora y estigmatiza.
[1] Pio Moa: “Polémica sobre Ortega y el ‘páramo cultural’ franquista.” Artículo publicado en su blog “Más España y más democracia” el 6 de octubre de 2014. También se puede consultar del mismo autor su libro “Los años de hierro” La Esfera De Los Libros 2007, sobre la evolución cultural española año tras año entre 1939 y 1945
[2] Rafael Suñen aparece recordado en “La leyenda negra: Historia del odio a España” de Alberto G. Ibáñez. Ed: Almuzara, 2018
[3] Camprubí, L. (2017) Los ingenieros de Franco: ciencia, catolicismo y Guerra Fría en el Estado Franquista. Barcelona, Editorial Crítica.
[4] Lino Camprubí: Los científicos e ingenieros de Franco. Artículo publicado en la revista Información y ciencia https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/estamos-solos-722/los-cientficos-e-ingenieros-de-franco-15849
[5] Varios autores: The Routledge handbook of the political economy of science Edited By David Tyfield, Rebecca Lave, Samuel Randalls, Charles Thorpe. Copyright Year 2017
[6] José Alsina: “El Hispanismo como Cuarta Teoría Política”. Ed: Fides 2019. En el capítulo “Ingenieros nacional-católicos y desarrollo industrial y agrícola” págs. 131-144
[7] César Cervera refiere la historia en el artículo “Ni fascista ni franquista: el verdadero origen del Águila de San Juan en el escudo de España” publicado en ABC en fecha 04/12/2018
[8] Apocalipsis (4, 6-8)
[9] Alfonso Ussía: “La historia como fue” artículo publicado en La Gaceta de la Iberosfera el 26 de diciembre de 2021
[10] Trabajo de investigación de Hugo Vázquez Bravo (Universidad de Oviedo y Centro de Estudios Borjanos) y Ramón Vega Piniella (Universidad de Oviedo, Museo Naval y Fundación Alvargonzález). Se puede encontrar información y la reconstrucción del estandarte en el artículo de Javier Bragado en el Diario Montañés de 11 junio 2018
[11] Artículo de Vicente Rojo desde el exilio
[12] Vidal, César y Jiménez Losantos, Federico, Historia de España, ed. Booket, págs. 200-201.
[13] Pueden leerse con detalle las deslealtades del nacionalismo vasco con el bando frentepopulista y, en general, todas las vicisitudes de la historia del PNV, en el libro de Fernando Vaquero “Biografía no autorizada del PNV” Pompaelo, 2022
[14] Moa, Pio, “La Reconquista y España”, La Esfera de los Libros 2018, pág. 7
