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Si preguntase al lector que tienen en común episodios como el “procés” catalán, la exagerada prima de riesgo de la deuda española, el indigenismo, el periplo de Puigdemont por Bélgica y Alemania sin ser debidamente extraditado a España, el asesinato de Víctor Laínez por llevar unos tirantes con la bandera de España o el movimiento del black lives matter seguramente no sabría qué contestarme. Ciertamente, parecen sucesos inconexos entre sí, ocurridos en distintas partes del mundo. Sin embargo, sí que existe algo que los relaciona y es que ninguno de ellos podría entenderse o en su concepción o en su desarrollo sin tener en cuenta la existencia de la leyenda negra antiespañola. Documentándome para mi anterior libro, El sueño de España, que trata, entre otras cosas, sobre la historia de nuestra patria y como esta determina nuestro presente, pude darme cuenta de que la leyenda negra no es cosa del pasado o un objeto de estudio histórico sin más trascendencia que el placer intelectual de descubrirlo, sino que tiene relación con el presente y con nuestra vida y su existencia puede determinar que seamos más pobres y paguemos más impuestos para sufragar los intereses de nuestra deuda o mantener un sistema autonómico absurdo, o incluso que seamos agredidos o, en los casos más extremos, hasta asesinados, por llevar alguna prenda con los colores de la bandera nacional. Dediqué en El sueño de España dos capítulos a la leyenda negra además de epígrafes sueltos en otros capítulos como el dedicado a la herejía protestante o a como la leyenda negra ha sido asumida en España. Aquí esbozaremos tan solo un pequeño resumen a efectos de comprender exactamente de qué hablamos cuando hablamos de leyenda negra y cuando decimos que el antifranquismo es la última versión o el último tema o, incluso, el último avatar surgido hasta ahora de esa leyenda, lo que hace que la falsificación antifranquista de las leyes de memoria no sea solo una venganza de los perdedores de la Guerra Civil (que también) sino que se enmarque en una tradición de más de 5 siglos de antigüedad de destrucción sistemática de la historia de España y de la religión católica.
Tradicionalmente se ha pensado que el creador de la expresión “Leyenda Negra” en relación a las falsificaciones difamatorias sobre la historia de España fue Julián Juderías, en su famoso ensayo premiado por La Ilustración Española y Americana, pero Elvira Roca demostró en “Imperiofobia y leyenda negra”[1] que existen dos insignes antecedentes literarios en las figuras de la gallega Emilia Pardo Bazán y el valenciano Vicente Blasco Ibáñez, que usaron ya la expresión en varias conferencias[2]. También a nivel internacional se desarrollarían estudios históricos sobre la leyenda negra como los de Maltby, Powell o Arnoldsson, llegando este último a definirla como la mayor o más significativa “alucinación colectiva de occidente”. No parece que ni Emilia Pardo Bazán, ni Vicente Blasco Ibáñez (republicano, federalista y de izquierdas) ni Juderías (diplomático, poliglota, que hablaba 15 idiomas) ni los autores extranjeros que citamos sean el modelo de patriotero simple y rudo que pintan los enemigos internos y externos de España, cuando pretenden negar la existencia de la leyenda negra y desacreditar a quienes la denunciamos.
En “Imperiofobia y leyenda negra”, Elvira Roca clasifica la leyenda negra antiespañola como parte de una corriente de propagandas anti imperiales, especialmente intensa en el caso de España por determinadas circunstancias, pero que obedece a unas características comunes. Roca estudia los casos de Roma, Estados Unidos, Rusia y, finalmente, España. En todos ellos, las oligarquías locales generan estos prejuicios que siempre son los mismos:
-Imperio inconsciente
-Sangre baja y mala
-Pro-anti-semitismo
-Comisión de brutalidades
-Ambición desmedida
-Satanización
Se ha discutido donde nació la leyenda negra. Lo cierto es que las primeras muestras de prejuicio antiespañol las encontramos en los humanistas italianos, combinadas con muestras de admiración y agradecimiento, en una peculiar combinación. Era, podríamos decir, una leyenda negra de baja intensidad. Ocurría en cierta medida como con Estados Unidos y Europa en la actualidad. Consideramos a los norteamericanos unos horteras, pero comemos sus hamburguesas, bebemos sus refrescos azucarados, vemos sus películas, escuchamos su música y copiamos sus festividades autóctonas como Halloween o el black Friday, a pesar de que fuera de su contexto cultural resultan a menudo ridículas. De igual modo, los italianos se quejaban de los españoles, pero a la vez los admiraban y los envidiaban. La mayor parte de los tópicos antiespañoles proceden de estos humanistas italianos, aunque no llegaron al extremo de satanizar a España ni de considerar anticristos a sus reyes, como hicieron después ingleses y protestantes. Por continuar con la comparación actual con Estados Unidos, si algunos italianos despreciaban a los españoles, como algunos europeos desprecian a los estadounidenses; luteranos y calvinistas satanizaron y criminalizaron con todas sus fuerzas a España, considerándola la patria del anticristo, como ahora los islamistas satanizan a USA. En gran medida, la historia de España que estudiamos es la escrita por nuestros enemigos. Se ha comparado a la como sería la historia de los griegos escrita por los persas, que seguramente dejaría al helenismo con peor imagen que la que ahora mismo tenemos de él. Personalmente prefiero una comparación más actual. ¿Cómo quedaría la historia de USA contada por integristas islámicos? Pues bien, para que nos hagamos una idea, la historia de España que estudiamos es como si los estadounidenses estudiaran la historia de su país escrita por Bin Laden.
La culminación de los reproches a España en los territorios italianos fue el llamado Sacco de Roma, el saqueo de la ciudad cometido por tropas imperiales amotinadas en las que había no solo españoles sino alemanes e italianos y no más significativo que los continuos saqueos franceses de ciudades italianas. También podemos anotar los ataques al papa Borgia y a toda su familia, oriundos del Reino de Valencia, y que no tuvieron un comportamiento distinto del de muchos papas italianos que no arrastran una imagen tan deteriorada.
Lo que en los territorios italianos eran solo prejuicios, en el luteranismo ya fue propaganda consciente y deliberada. Lutero fue, en realidad, uno de los primeros en comprender la fuerza de las imágenes y la utilidad de la imprenta y a él debemos los primeros folletos impresos de propaganda, primero contra el papado y pronto también contra España. Solo Lutero produjo más de 3000 panfletos, de los que apenas 200 fueron respondidos[3]. Su contenido era burdo y obsceno, con dibujos de protestantes alemanes enseñándole el culo al Papa y cosas parecidas, pero precisamente por eso, tremendamente eficaz. Los argumentos de Lutero contra España son los mismos que los de los humanistas italianos, pero algo más retorcidos. Sangre baja y mala, pero no ahora por ser godos (por tanto, germánicos) sino por lo contrario, por ser latinos.
El Renacimiento italiano supuso no solo un periodo de grandeza en las artes y de recuperación del saber antiguo, sino también una explosión de supremacismo cultural de las ciudades italianas, que se sentían únicas depositarias de la herencia del Imperio romano. España era también, en no poca medida, legataria de ese patrimonio cultural y, además, una superpotencia política, por lo que a este supremacismo respondía con desdén. En los territorios alemanes, en cambio, la sensación de sentirse despreciados causo un profundo rencor que estalló en aquellos momentos. Este complejo de inferioridad daría lugar a otro complejo de superioridad en sobrecompensación que llegaría hasta fechas muy recientes y sería clave en la concepción del racismo científico.
Si Lutero fue un gran propagandista, Guillermo de Orange, el líder de la rebelión antiespañola en los Países Bajos, no le fue a la zaga. Uno de los puntos culminantes de su campaña lo constituyeron unas acusaciones personales contra Felipe II como asesino de su hijo don Carlos, de su esposa Isabel de Valois y del secretario Escobedo. La supervivencia de la leyenda sobre don Carlos se debe a la popularidad de la Ópera de Verdi. Ya que no se ha encontrado evidencia alguna que justifique estas imputaciones, deben tomarse como simplemente falsas.
Otro tema de la leyenda negra de paternidad calvinista tiene que ver con la actuación del Duque de Alba en los Países Bajos, que si bien fue dura, no se diferenció particularmente de la de cualquier ejército victorioso de la época. La propaganda eleva las aproximadamente mil ejecuciones que se produjeron (no arbitrarias, sino de acuerdo a la ley), cifra ridícula si se compara con la de los Tudor en Irlanda o los Habsburgo en Transilvania, a 200.000. Algunos panfletos pintan al duque literalmente comiendo bebés y todavía se asusta a los niños holandeses con su recuerdo como si se tratase del coco[4].
Los calvinistas causaron multitud de matanzas en los Países Bajos. El propio Calvino llegó a Ginebra tras la triunfante rebelión protestante contra el obispo en 1536. Su actuación fue tan terrible que, tras dos años, fue expulsado por el gobierno de la ciudad, pero consiguió volver poco después. Como ejemplo de la tolerancia protestante, se dedicó a eliminar toda oposición. En cuatro años ordenó quemar a 54 personas, entre ellas a Miguel Servet. Además, antes le torturó y le obligó a permanecer en una celda en la que no se podía mover y donde solo podía hacerse sus necesidades encima. Siguiendo a Elvira Roca: “El número total de víctimas de la intolerancia calvinista alcanza las 500 personas en un periodo de unos diez años en una ciudad con menos de 10.000 habitantes.”[5]
La propaganda antiespañola en Inglaterra comienza desde el preciso instante en que Enrique VIII se proclama cabeza de la Iglesia anglicana en 1534, para poder divorciarse de Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena, a la que después ejecutaría. Se casó un total de 6 veces y ordenó ejecutar a otra de sus esposas. Que una de las religiones más influyentes de la modernidad haya sido fundada por un doble parricida (asesino machista se diría hoy) llama poderosamente la atención. Maltby distingue en su famoso estudio[6] tres temas favoritos para su desarrollo: la impiedad del catolicismo español considerado como “el tenebroso antro papista”; los presuntos crímenes españoles en América, “las lágrimas de los indios”, que ya habían adelantado los holandeses a partir de los textos de Bartolomé de las Casas; y la derrota de la Armada Invencible. Quedémonos con lo del tenebroso antro papista, porque simplemente sustituyendo “papista” por nacional-católico, tenemos uno de los argumentos recurrentes contra la España de Franco, acusada de algo muy parecido a lo que acusaba la propaganda inglesa a la España de Carlos I y Felipe II.
Resulta curioso como las acusaciones a España de unos crímenes en América que nunca existieron, sino de manera aislada y marginal, y frente a los que la Monarquía hispánica luchó, no impidieron que después los ingleses los cometieran multiplicados por mil, hasta el punto de perpetrar un auténtico genocidio y prácticamente exterminar a los indígenas en América del norte, sin que la Monarquía británica moviera un dedo para mitigarlos.
Respecto a la derrota de la Armada Invencible, España recobró el predominio naval poco después y lo mantuvo medio siglo más. Inglaterra, que ya había intentado invadir Méjico por Veracruz en 1568, sin éxito, animada por la derrota de la Invencible, organizó una “Contra-Armada” comandada por el pirata Drake que intentó invadir España por Portugal en 1598, fracasando estrepitosamente. ¿Por qué todo el mundo conoce la derrota de la Invencible y casi nadie la de la Contra-Armada? Propaganda. Inglaterra volvería a intentar invadir posesiones españolas en Cartagena de Indias en 1740 y en Argentina en 1804 y 1806, cayendo de nuevo derrotada y humillada.
Como dice Elvira Roca, el caso inglés como el germánico-luterano y el neerlandés-calvinista y a diferencia del italiano, es “propaganda de guerra apoyada en una nueva religión”, de modo que todos comparten “haber convertido la hispanofobia en parte de su religión”, lo que hace muy difícil combatirla desde la razón y la extiende en el tiempo, aunque España ya no sea ese Imperio amenazante contra el que luchaban. Si la Iglesia católica es la “ramera de Babilonia” y España, su “nación defensora”, eso iguala a España con el anticristo.
La Inglaterra anglicana perseguiría con saña a los católicos, como ya hemos visto, hasta obligar a su población a delatar a sus vecinos y familiares por no acudir al culto anglicano o dar cobijo a sacerdotes católicos en sus casas, lo que se castigaba con prisión e, incluso, muerte, con ejecuciones públicas constituidas en espectáculos por los que se pagaba entrada y donde a los sacerdotes católicos les cortaban los genitales y luego los descuartizaban. También podemos anotar el genocidio de irlandeses (católicos) por hambre que costó la vida a un millón de ellos y el origen de la máscara de Anonymous y los anarquistas, que es una efigie del católico Guy Fawkes, ejecutado por querer vengar las matanzas de católicos volando el parlamento inglés y que dio lugar a una celebración de dudoso gusto en la que se quemaban muñecos con su rostro.
La preeminencia moral de Carlos como Emperador y Rey de la mayor potencia de la época se basaba en la unidad de creencias en Europa, sintetizada en el concepto de Universitas Christiana. La afirmación nacionalista de las oligarquías locales necesitaba, por tanto, para llevarse a término, acabar con la unidad espiritual de Europa realizada en la religión. Necesitaba, por consiguiente, un cisma religioso. Si el poder se fundamentaba en un relato religioso, la rebelión contra el poder necesitaba una nueva religión que lo justificase y que presentara al poder anterior como al anticristo. Por eso nació el protestantismo. Como dice Elvira Roca: “El protestantismo fue la carga principal de dinamita con que se voló este proyecto prematuro de unidad europea. Entiéndanse bien las causas y los efectos. No es que este fracasara porque apareció el problema del protestantismo, sino que el protestantismo surgió para que este proyecto no triunfara.»[7] España, por tanto, no se “equivocó de Dios en Trento”, como dicen algunos hispanófobos, sino que más bien, los protestantes se inventaron un nuevo dios para destruir el Imperio español.
Es importante entender esta cuestión, porque no suele explicarse así y cambia la comprensión de toda la historia moderna de España y Europa. Hay que tener en consideración que, así como ahora el poder se legitima en un relato racionalista (aunque no necesariamente siempre racional) y democrático, que lo basa en la aceptación por parte del pueblo expresada en elecciones periódicas, en aquella época se basaba en un relato religioso que lo hacía proceder de Dios. El “per me reges regnant” evangélico se interpretaba de un modo literal y se entendía que, a los reyes, emperadores y papas, los había puesto Dios, de modo que rebelarse contra ellos era como rebelarse contra Dios mismo. Para justificar una disidencia política, por tanto, era necesario un relato religioso. Si los príncipes alemanes querían rebelarse contra su emperador español (aunque, en realidad, había nacido en Gante, pero ellos así lo consideraban) necesitaban una nueva religión que los colocara a ellos como los elegidos de Dios y al emperador como un anticristo. Lutero les dio esa religión. Si Guillermo de Orange y los demás nobles separatistas holandeses querían rebelarse contra su rey español, que no lo era porque España hubiese invadido Flandes, recordemos, sino por herencia de Felipe el Hermoso, necesitaban lo mismo. Como el luteranismo estaba vinculado al nacionalismo alemán buscaron otro “reformador” y lo encontraron en Calvino. Finalmente, Enrique VIII fue más audaz y, en su condición de monarca, en lugar de aprovechar la existencia de una religión se inventó una. No es exagerado, por tanto, decir que el protestantismo nació para destruir al Imperio español.
Otro tema de la leyenda negra es la inquisición, considerada autora de espantosas torturas y, después responsable de la ignorancia. En realidad, la inquisición fue el tribunal más adelantado de su tiempo, el primero que prohibió la tortura un siglo antes de que esa prohibición se generalizara y el que empleaba los métodos periciales más avanzados, gracias a lo cual se evitó en España la quema de brujas que estremeció a otros países. Muchos reos blasfemaban a propósito para que la inquisición conociera de su caso porque era mucho más piadosa que los tribunales civiles. Además de delitos de herejía y de falsos conversos también conocía de bigamia, prostitución, proxenetismo, perjurio, violaciones, abusos a menores, falsificación de documentos y de moneda, contrabando de caballos y armas y piratería de libros. Como vemos, la imagen habitual sobre ella es una pura y dura falsificación.
El número de protestantes condenados por la Inquisición española de 1520 a 1820 fue de 220, de los cuales solo 12 fueron quemados[8]. Solo Enrique VIII ordenó descuartizar a más de 3000 católicos y su hija bastarda la reina Isabel a otros tantos. La Inquisición española condenó a exactamente 27 brujas. En los territorios alemanes fueron 25.000, en Francia 4000, en Suiza otras tantas y en el conjunto de Europa 50.000, cifra que algunos autores como Marvin Harris multiplican por 10 alcanzando el medio millón. La inquisición en sus tres siglos de historia ejecutó a 1.300 personas, en Inglaterra (mucho menos poblada entonces que España) en un periodo de tiempo similar fueron condenadas a muerte más de 250.000 personas. Galileo fue condenado por la Iglesia católica a rezar unos salmos, nunca fue torturado ni encarcelado («sufrió» un arresto domiciliario en un palacio paseando por sus jardines) ni perjudicado de ninguna otra forma. Miguel Servet, descubridor de la circulación sanguínea, fue torturado y quemado vivo por Calvino y Lavoisier, padre de la química, fue guillotinado en la Revolución francesa bajo el argumento de la revolución no necesitaba científicos ni químicos.
La mitología creada en torno a las “lágrimas de los indios” y que difama la actuación española en América es especialmente cínica y despreciable ya que ha sido creada y alimentada por los mismos que sí derramaron tales lágrimas hasta el paroxismo, hasta, de hecho, llegar al punto de cerrar los ojos de las que brotaban con brutales exterminios, como ya dije en El sueño de España. Sin embargo y a pesar de clamar al cielo es un tema que vuelve una y otra vez, actualizado por el indigenismo en los últimos años. Podríamos decir incluso que es un tema de moda en toda América. Frente a la explotación de indígenas por los anglosajones en América del Norte, con su imperio “depredador”, España realizó una labor evangelizadora, permitió el mestizaje, y tuvo en consideración cuestiones éticas ajenas a otros a otros pueblos y completamente inusuales en la expansión imperialista de las demás potencias aun en la actualidad.
Normalmente la Leyenda Negra utiliza los escritos de Fray Bartolomé de las Casas para justificar sus mentiras sobre la presencia española en América, pero estos ya han sido desprestigiados por sus exageraciones. De las Casas, por cierto, defiende en su texto los sacrificios humanos y recomienda traer esclavos negros, para que los indios estuvieran “más descansados”. Resulta curioso que cada vez que España tiene algún conflicto diplomático con algún país anglosajón se vuelvan a traer a colación. En Estados Unidos, por ejemplo, se editaron masivamente por última vez en durante la Guerra de Cuba. Podemos observar como los disparates de un español renegado son utilizados en el extranjero para crear una versión falsificada de la historia de España, que acaba siendo creída en España misma, tiempo después, para ya solo repetirse principalmente en el mundo hispano, cuando históricamente está desacreditada. Observaremos como el mismo esquema se repite tiempo después en las falsificaciones sobre la Guerra Civil.
Por último, podemos referirnos a la ilustración francesa, como la última muestra de la leyenda negra tradicional. Durante los siglos XVI y XVII Francia se aprovechó en su propio beneficio de la leyenda negra, pero sin creérsela del todo. Los franceses nos odiaban, pero a la vez nos temían y nos admiraban. Esto cambió en el siglo XVIII con la llegada de la “Ilustración”. “¿Qué se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez, ¿qué ha hecho por Europa? Nada se le debe”. Así reza el artículo sobre España escrito por Masson de Morvilliers de «La Enciclopedia Metódica» editada en Francia entre los años 1751 y 1772, bajo la dirección de Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alembert. Influido por la leyenda negra, Masson de Morvilliers, se dedicó a lanzar infundios: “Tal vez sea la nación más ignorante de Europa. ¡Las artes, las ciencias, el comercio se han apagado en esta tierra!”. Como vemos, los franceses habían sustituido el temor por el desprecio. Que esto es una falsedad humillante resulta tan evidente que cae por su propio peso. Sin embargo, en un momento dado la acusación relativa a la inexistencia de la ciencia española porque la Iglesia y la inquisición impedían su desarrollo fue creída, cuando en realidad en la Francia ilustrada también había inquisición e índice de libros prohibidos[9] y, de hecho, en España se leían libremente, libros prohibidos en Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Canadá incluso hasta pleno siglo XX. Los paralelismos con las acusaciones al franquismo, así mismo injustificadas, de constituir un “paramo cultural” ahogado por la censura y los privilegios de las jerarquías católicas no deja de llamar la atención.
Porque lo cierto es que, durante el siglo XVIII, la Francia ilustrada tiene la hacienda quebrada, Paris no tiene agua corriente ni saneamiento y su sistema bancario está tan atrasado que no conoce la letra de cambio, que en España se venía usando desde el siglo XVI. No parece que los ilustrados franceses estuvieran para darnos muchas lecciones.
Recepción en España de la leyenda negra y aparición de la leyenda negra antifranquista
La primera reacción española ante la leyenda negra fue la indiferencia y el desprecio. El Imperio español estaba tan por encima de las mentiras que se vertían contra él que las contemplaba con paciente benevolencia. La mayor parte de la propaganda negrolegendaria no se respondía y cuando se hacía era con tratados de teología o auditorias de cuentas, textos rigurosos y sesudos, pero que no llegaban al vulgo tan fácilmente como las imágenes provocativas de Lutero o Calvino. La nobleza de los españoles hacía repugnante a su carácter toda campaña basada en mentiras, mitos, exageraciones o, ataques personales “barriobajeros” o insultantes. Además, siempre se intentaba reconducir la situación y llegar a acuerdos en virtud del principio de paz entre cristianos, guerra contra los infieles, que los otros “cristianos” nunca observaban, siendo los acuerdos meras pausas antes de que llegaran nuevas traiciones.
Cuando el Imperio comienza a desmoronarse, sin embargo, la propaganda antiespañola comienza a escocer, pero se carece de herramientas para contestarla. Además, el cambio de dinastía subsiguiente a la Guerra de Sucesión, había traído una nueva clase dirigente procedente de Francia que, en su condición de extranjeros, estaban penetrados por muchas de las ideas negrolegendarias que se manejaban más allá de nuestras fronteras. Durante el siglo XIX, finalmente, comienza a surgir una suerte de complejo de inferioridad ante la Europa más modernizada, que empieza a percibirse de un modo idealizado y acrítico.
Es en este contexto en el que aparece la polémica sobre la ciencia española entre 1876 y 1878. Los intelectualoides “progresistas”, krausistas, positivistas y de más conceptos de moda en la época, defendían, compartiendo argumentos con los difamadores ilustrados franceses, que España no había aportado a la historia de la ciencia universal absolutamente nada por culpa del catolicismo y de la inquisición (que, de hecho, también tenía Francia). Más sensatos, Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde mostraron como el catolicismo no solo no había impedido destacar a numerosos españoles en materias científicas, sino incluso los había impulsado. En realidad, el descubrimiento de América había sido el gran catalizador de la revolución científica y, durante los siglos XVI y XVII, España había sido la mayor potencia cultural y científica, con las universidades más prestigiosos (Salamanca y Alcalá de Henares) y la escuela de pensamiento más exitosa (la Escuela de Salamanca, creadora de la economía como ciencia y del derecho de gentes del que surgiría el derecho internacional). La leyenda negra había empezado a calar entre los propios españoles y era cuestión de tiempo que eso acabase por generar un complejo de inferioridad colectivo, una desmoralización nacional, una depresión histórica, que aún continua. Nótese además el paralelismo, ya comentado, de los argumentos negro-legendarios clásicos con los antifranquistas. La idea de que el catolicismo y la inquisición habían impedido destacar a los españoles en materias científicas se repite en el argumentario antiofranquista con la pretensión de la existencia de un páramo cultural en el franquismo causado por el nacional-catolicismo del régimen y por la censura (que hace las veces de moderna inquisición en el imaginario progre). No insistiremos en lo absurdo de estos planteamientos.
Volviendo al siglo XIX, la pérdida de las últimas colonias de Cuba y Filipinas representó un terremoto en la península difícil de entender hasta el punto de que provocar un trauma nacional que obligó a buscar culpables de lo que ya se percibía como un fracaso ante el que no valían excusas. ¿Dónde encontrar esos culpables? Resulta que la leyenda negra ofrecía una respuesta congruente y sencilla (aunque profundamente equivocada y falsaria) a esa pregunta. Solo faltaba ponerle un lacito. Además, contaba con la ventaja, señalada acertadamente por Elvira Roca en “Imperiofobia…” de encontrar esos culpables en el pasado remoto y absolver, por lo tanto, de sus fracasos a los españoles del presente, especialmente a sus clases dirigentes y a los de tendencia “progresista”. España tenía una historia equivocada y enferma de la que se debía liberar. Si la culpa era de don Pelayo, del Cid y de Isabel la Católica, ya no era suya. El desastre del 98, terrible por sí, pero exagerado hasta la hipérbole, supuso un acelerón brutal en la aceptación de la hispanofobia dentro de la propia España y en la creación de un complejo de inferioridad colectivo. En la historia contemporánea, las ideologías liberales, progresistas y de izquierdas han venido siempre penetradas de esta visión.
La asunción de la leyenda negra en España es un proceso largo que empezó tímidamente con el cambio de dinastía tras la Guerra de Sucesión, para dar un acelerón bestial con motivo del desastre del 98, con la derrota en la Guerra de Cuba. Lo relevante es que ese complejo histórico no se justifica con los hechos y que sigue siendo una losa sobre nuestros hombros que nos impide desarrollar nuestras potencialidades. No existe ningún motivo razonable por el que una España que se libre de estúpidos complejos no pueda aspirar a un futuro mejor e ilusionante en que pueda realizar nuevas aportaciones a la Civilización, a la historia y al mundo. Si creemos en nosotros mismos, no habrá nada que no podamos lograr como pueblo.
Con estos antecedentes es fácil suponer como funcionarán los resortes de la dinámica negrolegendaria al llegar la Guerra Civil y el franquismo. Construir un nuevo porvenir es difícil cuando se nos ha inducido a renegar de nuestro pasado. Quien gana la batalla por el pasado construye el futuro. La falsificación de la historia sobre la Guerra Civil se inició en la propia Guerra Civil, a través de la propaganda de guerra en la que ambos bandos se esforzaron durante toda la contienda. La diferencia fue que mientras las falsificaciones de la propaganda nacional (que Guernica la habían quemado los rojos, por ejemplo) terminaron con la guerra, las del frentepopulista se mantuvieron en el tiempo y se elevaron a la categoría de historiografía oficial, primero por los periodistas ingleses y luego por sus historiadores, en relación a la propaganda de guerra de la Segunda Guerra Mundial y la manipulación política de posguerra, copiados por los del resto del mundo, para ser acogidos a partir de los años 70 por la izquierda española, aun cuando a nivel historiográfico ya ha sido poco a poco desautorizada. En ese sentido, la novedad de las leyes de memoria histórica y democrática no es la versión falsificada y ya rebatida de la historia que reflejan, sino la intensidad como la exageran y el hecho de que pretenden imponerla totalitariamente y persiguiendo la discrepancia.
Es frecuente, como expliqué en mi ensayo “La memoria democrática, nueva leyenda negra”, que los autores que abordan la leyenda negra eviten hablar del franquismo, sobre todo en términos elogiosos, para eludir ataques basados en la reductio ad francum como argumento disuasorio, ya que uno de los tópicos que lanzan los «negacionistas» de la existencia de la leyenda negra es la acusación de franquista, ultraderechista o «nacional-católico» a todos quienes la denunciamos. Algunos, incluso tratan de rebatir la imputación con alguna crítica más o menos sobreactuada contra aquel periodo histórico. A veces, en este empeño, se desliza el argumento de que considerar al pueblo español inmaduro para la democracia es una forma de compartir la leyenda negra. En realidad, todos los pueblos están inmaduros para el funcionamiento de un sistema parlamentario en determinadas fases de su historia, no dependiendo esto de su carácter sino de condiciones objetivas, como la existencia de una clase media. Suponer la necesidad de un gobierno autocrático tras la Guerra Civil, por tanto, no representa una confesión de inferioridad. El franquismo, en realidad, fue el periodo de la historia contemporánea de España más extenso en el que la leyenda negra dejó de repetirse en nuestro suelo como un mantra, por lo que, si bien esta actitud de presumir de antifranquistas o, cuanto menos, procurar alejar la denuncia de la falsificación negrolegendaria de la antifranquista es comprensible, no debemos compartirla, porque la verdad debe abrirse camino sin miedo en el debate público.
Puede argumentarse también que la versión de la historia que trata de imponer la llamada memoria «histórica» o «democrática», aun aceptando que sea incorrecta y un ejercicio de manipulación y propaganda (que lo es, como ya hemos visto, y además flagrante) no puede constituir un caso de «leyenda negra», ya que no se dirige contra España, como nación, sino contra uno de los bandos de una guerra entre hermanos, en la que ambos ejércitos contendientes eran españoles, y contra un régimen concreto de su historia, rechazado también por la media España derrotada en el 39. Podemos entender la crítica, pero de nuevo debemos rechazarla. No es casual que uno de los bandos de la Guerra Civil se movilizara al grito de «¡Arriba España!», mientras que el otro lo hiciera al de «¡Viva Rusia!»; que uno defendiera la unidad nacional, mientras el otro se asociaba con separatistas; que uno defendiera la integridad y los intereses nacionales, mientras el otro entregaba el oro del Banco de España a Stalin; que uno, en suma, pusiera en valor la historia de España, mientras el otro se entregaba a la visión de la misma impuesta por sus enemigos, aceptando así la leyenda negra. Como explica Pio Moa: «El rencor por la decadencia, atribuida al catolicismo, unido a las prédicas de la masonería y el liberalismo jacobino, hicieron de la Iglesia, en la mentalidad de las nuevas fuerzas revolucionarias y republicanas, el obstáculo principal a la modernización del país. Había que romper con la historia de España, y particularmente con su componente religioso. Como expresó Azaña: “Nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Como hay personas heredo-sifilíticas, así España es un país heredo-histórico”.»[10]
Resulta significativo que el Presidente de la República Azaña quisiera “emanciparnos de la historia” y llamase a España un país “heredo-histórico”. Y es que el bando frentepopulista se fundamentaba, en gran medida, en la hispanofobia y en la leyenda negra. Por lo demás y dado que el nacional fue el bando vencedor y el régimen que siguió fue el que gobernó efectivamente España en las cuatro décadas siguientes, las calumnias contra Franco y contra su régimen (no, por supuesto, las críticas veraces, que son legítimas) son calumnias contra España, como lo eran las que sufrían los Reyes Católicos, Carlos I o Felipe II, o las derivadas de cualquier otro tema de la leyenda negra tradicional, que menoscaban su posición en el mundo, reducen su autoestima e impiden que defienda eficazmente sus intereses. Una España auto-humillada por “venir de una dictadura” se pliega más fácilmente a los intereses extranjeros que una orgullosa y libre, de igual modo que la España acomplejada por la Inquisición era más sumisa a las imposiciones de las naciones protestantes o de la Francia ilustrada que la que exhibía a sus sabios en Trento con satisfacción.
Pondremos como ejemplo de la falsificación negrolegendaria de la Guerra Civil los mitos del bombardeo de Guernica, de la matanza de la plaza de toros de Badajoz, de la “desbandá” y del enfrentamiento entre Unamuno y Millán-Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, con el consabido (y nunca pronunciado) «venceréis, pero no convenceréis». Veremos cómo, en los cuatro casos, se trata de manipulaciones perpetradas por la propaganda anglosajona y elevadas a «historia oficial» por sus historiadores, después copiados por los del resto del mundo, especialmente en la izquierda española a partir de la muerte de Franco, y como son utilizadas en la actualidad por el gobierno de Pedro Sánchez con Podemos y, en general, por la clase política española, y por las oligarquías dominantes a nivel internacional en sus guerras psicológicas de desinformación y propaganda.
Mitos negrolegendarios de la Guerra Civil
«Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana. Esta lucha no es una lucha contra una república liberal, es una lucha por la civilización».
«Insisto en que el sagrado deber del movimiento, que gloriosamente encabeza Franco, es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado ni de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera».
Unamuno sobre el alzamiento nacional de 18 de Julio.
El mito de Guernica como símbolo del fascismo y de la barbarie fue creado por 5 corresponsales extranjeros encabezados por el conservador británico G.L. Steer, que no estaban presentes cuando se produjo y que exageraron el número de víctimas y otras circunstancias del episodio[11]. De lo que se trataba era de convencer a los británicos de la necesidad de rearmarse ante Alemania y, en ese sentido, exagerar la crueldad de la Legión Cóndor en la guerra española era una manera de desinformar y de contribuir a la propaganda belicista frente al pacifismo todavía presente en parte del partido Laborista y de la sociedad británica en general. Para eso se contó con la cooperación del sacerdote nacionalista Onaindía y, por supuesto, del cuadro de Picasso, que inicialmente nada tenía que ver con el bombardeo, pero que desvergonzadamente se utilizó en una de las campañas de manipulación emocional mejor organizadas y que le granjeó al pintor significativos beneficios. Además de la revalorización de la pintura, Picasso cobró del gobierno de Madrid 200.000 francos franceses de entonces, unos once millones y medio de euros de hoy. En realidad, la vida del pintor en el París ocupado por los nazis fue enormemente cómoda, sin sufrir ninguna persecución a pesar de su militancia comunista e, incluso, manteniendo su vida social, en medio de las restricciones y penalidades que sí sufrían otros. Podríamos decir que Onaindía y el pintor malagueño fueron los “Bartolomé de las Casas” de la ocasión.
Los datos simplemente inventados por Steer fueron publicados en la prensa inglesa e internacional y, después, copiados por la historiografía antifranquista sin el menor asomo de crítica. ¿Para qué, si tales informaciones encajaban en sus prejuicios y sobreentendidos políticos? Posteriormente se han sucedido estudios que desmontan uno a uno todos los puntos del mito de Guernica, de entre los que el de Salas Larrazábal sigue siendo la obra más completa y fiable realizada hasta el momento sobre el tema. Sin embargo, tales estudios no han tenido la menor repercusión en la cultura popular, sino que son simplemente ignorados. No es que el bombardeo de Guernica, como cualquier otro sobre población civil, no sea detestable, pero señalar Guernica como el primer o más destructivo bombardeo de este tipo, cuando fue similar al de Cabra, en el otro bando, del que nadie se acuerda (y no más terrible que otras muchas acciones de guerra) y cuando los propios partes de guerra frentepopulistas se jactaban de este tipo de ataques sin el menor asomo de vergüenza, resulta, simplemente, una manipulación.
En la Segunda Guerra Mundial los bombardeos sobre población civil fueron generalizados en ambos bandos y de un alcance mucho mayor, llegando a su máxima expresión en el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y en los bombardeos aliados sobre Dresde, en los que murieron cientos de miles. Resulta una innegable paradoja que los mismos maestros de la propaganda que crearon el mito de Guernica, para convencer a su opinión pública de la necesidad de armarse contra Hitler, explotando el sentido criminal y terrorista de los bombardeos sobre población civil (que indudablemente lo tiene) fueran después los autores de los mayores bombardeos sobre población civil de la historia. Si el bombardeo sobre Guernica es censurable, que indudablemente lo es, en los términos históricos veraces que hemos apuntado, los de los republicanos también lo son y en mayor proporción, porque se prodigaron en mayor número y sin asomo de arrepentimiento ni de vergüenza, y los de los británicos sobre Dresde lo son mil veces más, pues causaron aproximadamente mil veces más víctimas.
No nos cansaremos de señalar que el valor moral de denunciar un crimen es buscar la reparación de las víctimas, el castigo de los culpables y, sobre todo, desincentivar su comisión, para evitar que se vuelva a repetir. La denuncia de un crimen que, no solo no evita que vuelva a suceder, sino que da lugar a un crimen aun mayor, que excusa, carece de verdadero valor moral. La creación del mito de Guernica apela a la emocionalidad y no a la razón, exagera y falsea los hechos históricos, pretende vincular los bombardeos sobre población civil con un bando y con una ideología, cuando fue practicado en primer lugar y en mayor medida por el otro bando, cosa que oculta, a la vez que justifica los crímenes mucho peores que cometerían contra civiles japoneses y alemanes los mismos que obtuvieron ventaja propagandística de estos hechos. Sobredimensionar unos crímenes e invisibilizar otros en beneficio partidista de un determinado ideario y en perjuicio de otros, que se criminalizan, constituye un agravio comparativo, incompatible con la verdad y con la justicia, y supone una falta de respeto a las víctimas, cuyo sacrificio se usa con fines ilegítimos, y, sobre todo, a aquellas otras que se olvidan e ignoran.
Algo parecido podemos decir de la matanza de la plaza de toros de Badajoz. Como hemos visto, en efecto, hubo cientos de ejecutados en la retaguardia de la ciudad extremeña, como por desgracia los hubo, no en igual, sino en mayor medida, en la retaguardia roja de distintos puntos de la geografía nacional, como demuestran los crímenes de la Cárcel Modelo o de Paracuellos, entre muchos otros. Lo que no hubo fue espectáculo sanguinario en el coso taurino. La falsificación, también aquí, tuvo que ver con corresponsales extranjeros como Mario Neves, Marcel Dany, Jacques Berthet o Jay Allen, después reafirmados por el estadounidense John T. Whitaker[12], cuyos despachos, muy diferentes entre sí y en algunos casos contradictorios, exagerando, de nuevo, el número de víctimas, fueron usados luego para construir el relato falsificado.
También la prensa frentepopulista, en plena orgía de propaganda de guerra y guerra psicológica contribuyó al mito. El diario madrileño La voz describía así los supuestos hechos: “Cuando Yagüe se apoderó de Badajoz (…) hizo concentrar en la Plaza de Toros a todos los prisioneros y a quienes, sin haber empuñado las armas, pasaban por gente de izquierda. Y organizó una fiesta. Y convidó a esa fiesta a los cavernícolas de la ciudad, cuyas vidas habían sido respetadas por el pueblo y la autoridad legítima. Ocuparon los tendidos caballeros respetables, piadosas damas, lindas señoritas, jovencitos de San Luis y San Estanislao de Kostka, afiliados a Falange y Renovación, venerables eclesiásticos, virtuosos frailes y monjas de albas tocas y miradas humildes. Y ante tan brillante concurrencia fueron montadas algunas ametralladoras…” La descripción sigue con los ametrallamientos aplaudidos por “la brillante concurrencia”. En otras versiones toreaban a los prisioneros.
Hasta los historiadores de extrema izquierda deben reconocer hoy en día que el relato es directamente falso, aunque algunos con desfachatez propia de fanáticos, vienen a decir que, si aquello nunca ocurrió, bien pudo ocurrir, pues de los malvados franquistas puede esperarse cualquier cosa, de modo que si los militares nacionales no presidieron el jolgorio de cavernícolas imaginado por “la Voz” fueron “capaces de presidir cosas mucho peores que aquella corrida”[13], lo que de alguna manera pretende justificar la falsificación. Así funciona la mentalidad progresista: las falsificaciones están permitidas cuando se sitúan en el “lado correcto de la historia”.
En la misma línea figura el mito de la “desbandá” de Málaga. Corresponsales británicos como el del The Manchester Guardian o Arthur Koestler de News Chronicle, empeñados en sostener que Mussolini había roto los acuerdos de no intervención, con los mismos fines que los señalados para la mitificación de Guernica, enviaron crónicas sobrecargadas del suceso. Pero el mayor propagandista y verdadero creador del mito de la desbandá fue el médico comunista canadiense Norman Bethune, que recogió su versión de los hechos en sus diarios y que, después de venir a España a ayudar al bando frentepopulista, más con sus dotes de propagandista que de doctor, fue a China a apoyar al criminal régimen de Mao, probablemente el más genocida de la historia de la humanidad, incluso por encima del de Stalin. Antonio Nadal demostró que existen pruebas muy claras de que el canadiense llegó días después de los bombardeos y que no pudo tener un conocimiento directo de los hechos que contó en su libro, que refirió, por tanto, de oídas.
Otro de los mitos de la Guerra Civil es el de la conversión de Unamuno, una conversión política y casi religiosa, de apoyo firme de los alzados a defensor de la legalidad republicana, tras el famoso incidente del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, como su particular caída del caballo. La historia del viejo sabio, representante de la razón y la inteligencia, frente a la brutalidad del militarismo y el fascismo, se repite como icono cultural en todo tipo de foros, desde aulas de historia hasta salas de cine. Según el relato oficial, repetido hasta la saciedad, el fundador de la Legión Millán-Astray gritó «muera la inteligencia» y Unamuno le respondió con el célebre discurso: «Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha.» Sin embargo, sabemos a ciencia cierta que esta versión es falsa de principio a fin. Ni el militar gritó tal cosa, sino «muera la intelectualidad traidora», que es muy diferente, ni Unamuno respondió con ese discurso, sino que permaneció en silencio.
Sergio del Molino, siguiendo a Severiano Delgado, lo explica así: «Fue una mención de Unamuno a José Rizal, héroe de la independencia de Filipinas, lo que provocó la ira de Millán Astray, que era veterano de aquella guerra y no soportaba que se citase como ejemplo de hispanidad a quien consideraba un enemigo. (…) Millán Astray zanjó el barullo ordenando a Unamuno que acompañara a la mujer de Franco, Carmen Polo, a la salida. No hubo réplica ni solemnidad, tampoco armas encañonando al rector».
La invención fue obra de Luis Portillo, un joven profesor de Salamanca que participó en la guerra en el bando republicano y se exilió en Londres. Podemos observar cómo estamos, de nuevo, ante la figura del renegado, en este caso no famoso como Picasso o de las Casas, sino ocultado por la historia, para no poner de manifiesto el embuste. Portillo había conocido a Unamuno en la universidad, pero no se encontraba en ella el 12 de octubre, cuando sucedió el incidente. Se enteró de lo acaecido a través de la prensa francesa y de la republicana, que dieron la noticia de oídas (o más bien inventándosela), sin ningún testimonio presencial. En 1941, Portillo colaboraba con el servicio exterior de la BBC y trabó relación con el crítico Cyril Connelly, hombre de gran prestigio, quien dirigía la revista literaria Horizons, para la que Portillo compuso una narración ficticia del acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de Salamanca. Como explica Delgado: «El relato tiene una clara intención literaria, no historiográfica» (…) «Portillo no intenta describir objetivamente el acto del paraninfo, al que no asistió, sino hacer una recreación literaria destinada a subrayar la brutalidad de Millán Astray, con Unamuno en el papel del valiente que se atreve a enfrentarse al infame militar». (…) «Portillo acomodó la escenografía a la imagen difundida por el cine y la prensa ya concluida la Guerra Civil. En realidad, el paraninfo no estaba presidido por un retrato sepia de Franco, quien había sido elegido jefe del Estado unos días antes, ni se dieron los que en el franquismo se llamaban los gritos de rigor. Y el discurso que Portillo puso en boca de Millán Astray es de su propia invención de arriba abajo».[14]
La falsificación adquirió la pátina de la oficialidad, creída fervorosamente por la pseudointelectualidad antifranquista, cuando el prestigioso historiador Hugh Thomas la incluyó, tomándola por cierta, en su muy difundido e imitado libro sobre la Guerra Civil. Dado que el método de trabajo de los historiadores de izquierdas suele ser el de copiarse entre ellos, el embuste corrió como la pólvora de libro en libro sobre nuestra contienda patria. Esto venía muy bien a la propaganda frentepupulista y aliada. Como dice Sergio del Molino: «Así se redimió el intelectual vasco de su apoyo a los golpistas, y así se convirtió en símbolo de la democracia contra la dictadura, la civilización contra la barbarie y el bien contra el mal. Cómo no emocionarse ante el sabio anciano encarándose contra la bestialidad del general mutilado. Sus palabras son parte de la mitología española, un evangelio de valentía cívica ante el que solo cabe aplaudir con reverencia»[15]. De esta manera, la izquierda española integraba a Unamuno como «uno de los suyos» y resolvía la contradicción flagrante en su discurso que suponía el que numerosos intelectuales verdaderos, de prestigio incuestionable, apoyasen al bando nacional, rebatiendo la pretensión propagandista republicana de tener a la «inteligencia» de su parte. La verdad es que Unamuno apoyó siempre al bando nacional, convencido de que el republicano representaba la barbarie y la destrucción de la cultura cristiana de España, al margen de sus discrepancias con Astray o, en general, con la dirección del bando nacional. También llama la atención que pudiera manifestar estas discrepancias sin sufrir ninguna represalia, mientras en la zona roja se asesinaba a reputados escritores por mucho menos, como a Pedro Muñoz Seca, autor de la famosa y divertidísima La Venganza de don Mendo, acusado de simpatías monárquicas, o como al genial ensayista fundador de la Generación del 98, Ramiro de Maeztu, entre muchos otros.
Como vemos, en todos los casos tenemos una manipulación de la prensa anglosajona, que exagera o inventa datos, con la colaboración de renegados españoles, que termina convirtiéndose en historiografía falsificada por historiadores ingleses, a los que luego copian los del resto del mundo, incluidos y muy particularmente los españoles de izquierdas. En todos los casos, las falsificaciones se producen en el contexto de la propaganda de guerra frente populista contra el bando nacional en la Guerra Civil española y en la propaganda aliada contra el Eje en la Segunda Guerra Mundial o sus prolegómenos, muy especialmente la propaganda belicista inglesa contra el pacifismo de ciertos sectores de su sociedad, para justificar el rearme ante la Alemania nazi, aliada de los insurrectos en España. En todos los casos, el relato es falso y en todos sobrevive a las circunstancias de su nacimiento, convertido en historia oficial, para seguir siendo herramienta propagandística, extinguidos los conflictos e, incluso, los regímenes políticos que le dieron lugar, pero a la que todavía se le puede extraer rentabilidad política. Esta capacidad de supervivencia del mito, más allá de las circunstancias de su nacimiento, y el cómo las mentiras negrolegendarias sobre la Guerra Civil todavía se pueden explotar, en beneficio de determinadas causas políticas al servicio de las naciones y grupos de poder dominantes, por lo que están más de actualidad que nunca, la observaremos con detalles y con el detenimiento merece, en el próximo capítulo.
Antifranquismo como ventajismo político
La parte más fácil de explicar es la relativa a la clase política española izquierdista y nacionalista, la que constituye la mayoría parlamentaria que aprueba y ejecuta las leyes de memoria. Si ellos se identifican con los derrotados en la Guerra Civil, es entendible que nos los quieran mostrar como héroes. Si no se les valora por su lamentable realidad presente, sino por su supuesto heroísmo pasado y se descalifica a sus rivales políticos presentes, por considerarlos continuadores de los villanos de entonces, eso les da una clara ventaja. Poder sacar el “comodín de Franco” cada vez que se hallen en un aprieto puede resultar realmente tranquilizador. Ultraizquierdistas y separatistas ocultaran sus vergüenzas, sus fracasos y sus villanías, desde los crímenes frentepopulistas en la Guerra Civil hasta los de ETA, ya en plena democracia, bajo el manto del antifranquismo extemporáneo. Esto explica que Bildu haya sido clave en la aprobación de la Ley de Memoria Democrática, extendiendo el franquismo hasta pleno “felipismo”, nada menos que en 1983, para dolor de las víctimas del terrorismo y pasmo del propio Felipe González, que queda así en evidencia.
Más difícil de justificar resulta la pasividad cómplice y culpable del PP, partido procedente de la Alianza Popular de Fraga fundada por 7 ministros de Franco y que, con la imposición antifranquista, queda gravemente deslegitimado. Sin embargo, fue el PP de Aznar el que condenó al franquismo en el parlamento, cuando tenía mayoría absoluta y fue el PP de Rajoy el que no derogó la ley de Memoria Histórica, pese a llevarlo en su programa electoral y gozar, asimismo, de idéntica mayoría.
Vale la pena recordar la primera vez que se mencionó la idea de condenar el franquismo. Fue a principios de 2002. Unos años antes, el gobierno de Felipe González en sus últimos estertores, había concedido la nacionalidad española honorifica a los miembros de las Brigadas Internacionales, luchadores estalinistas a los que, como de costumbre, se hacía pasar por demócratas. Fue el entonces líder del PNV, Javier Arzallus, en respuesta a las presiones a Batasuna para que condenase los crímenes de ETA, a lo que se negaba y que terminaría costándole la ilegalización en aplicación de la ley de partidos (no sospechábamos en aquellos días que en el futuro veríamos a sus herederos parte de la mayoría parlamentaria gobernante en España) quien dio el argumento, para defender la indefendible actitud de los batasunos, a falta de otro mejor, de que el PP tampoco condenaba el franquismo. La ocurrencia se antojó pintoresca a todos los periodistas presentes, incluidos los de medios de izquierdas. “Pero… el franquismo es historia” se atrevió a apuntar uno. Los telediarios trataron al líder del PNV como un iluminado. A finales de ese mismo año, sin embargo, el parlamento español condenaba el franquismo por unanimidad, a propuesta de Izquierda Unida. El PP, procedente de la Alianza Popular fundada por 7 ministros de Franco, que tenía entonces como presidente fundador a Manuel Fraga, exministro de Franco, tenía mayoría absoluta. Así, poco a poco, por el lento, pero inexorable movimiento de la Ventana de Overton, lo que ayer eran aberraciones, hoy son conceptos aceptables y, mañana, obligatorios.
Y es que, si los principales beneficiarios de la manipulación son la izquierda y el separatismo, toda la clase política actual puede recoger sus frutos. En efecto, si Franco dejó una España unida, prospera, con bienestar y justicia social, resulta evidente que nuestros actuales gobernantes están fracasando, ante realidades como la crisis, el desempleo, la inflación o el separatismo. Si, por el contrario, el franquismo fue un terrible infierno de pobreza, tiranía y desolación, nuestra realidad actual nos resultará ventajosa en comparación.
La tasa de paro llegó al 25% en la crisis de 2007-2008. Ahora es más baja, pero sigue siendo la más alta de nuestro entorno. Si sabemos que en 1975 era del 3,27%, resulta difícil justificar las políticas de empleo de los últimos 45 años. La indemnización por despido actual es de 33 días por año trabajado, y 20 en algunos casos. En 1975, año de la muerte de Franco, era 60 días. El franquismo creo la seguridad social y una red de hospitales para mantenerla, instituyó el sistema de pensiones y la práctica totalidad de los derechos laborales que ahora mismo disfrutamos, o, mejor dicho, estamos empezando a dejar de disfrutar. Es cierto que algunas instituciones sociales ya existían con anterioridad, pero su alcance era mínimo. En definitiva, el franquismo obtuvo unos logros sociales que dejan en evidencia a la actual clase dirigente. Por esa razón, el antifranquismo institucionalizado, al establecer un punto ficticio de comparación, evita la percepción del fracaso del Régimen del 78 y de los partidos que se han turnado en el poder durante su desarrollo, incluido el PP.
Y es que toda nuestra clase política gobernante, desde la UCD al PSOE con Podemos y pasando por el PP y por los nacionalistas en las regiones donde gobiernan han practicado básicamente las mismas políticas en obediencia a los mismos intereses, políticas que difieren sustancialmente de las practicadas en el franquismo y que frente al milagro español que provocaron aquellas nos hunden poco a poco en la miseria. En ese sentido, es de agradecer la cándida ingenuidad de Esperanza Aguirre cuando, copiando el argumento de la reductio ad francum de la izquierda, defendió la Reforma Laboral de Rajoy que abarataba el despido, afirmando que la regulación anterior era “franquista”. Ciertamente, la manía de querer que los trabajadores tengan derechos, que no puedan ser explotados por los empresarios a su gusto y que, en la hora en la que puedan perder su trabajo, estén protegidos y puedan recibir una indemnización justa, es claramente franquista. La protección social era propia del franquismo, como la falta de ella es sello inconfundible del Régimen del 78, gobierne quien gobierne. Se comprende que todos, unos y otros, tengan tanto interés en condenar el franquismo y en impedir que los mismos trabajadores que pierden derechos y, en general, los mismos ciudadanos que pierden bienestar por sus políticas reparen en ello.
Antifranquismo geopolítico
Como ya hemos explicado, partimos de un panorama geopolítico en el que las naciones-estado teóricamente soberanas e independientes se incardinan, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en dos imperios y, desde la caída del Muro de Berlín, ya solamente en uno, al que rinden pleitesía con muy escasas excepciones, como podía ser la España de Franco. En ese sentido, para asegurar el dominio del Imperio anglosajón con metrópoli en los Estados Unidos, sobre España, el antifranquismo resulta un instrumento eficaz. Al final, la leyenda negra antifranquista, como la tradicional, pretende someter a España ante sus enemigos.
Resultaba fácil, durante la Guerra Fría, percibir el dominio de la Unión Soviética sobre los estados tras el telón de acero, de modo que, si alguno trataba de escapar de su dominio, los tanques soviéticos restauraban el orden como ocurrió en Checoslovaquia en la Primavera de Praga. No era, sin embargo, tan sencillo percibir el dominio de los Estados Unidos, como “líderes del mundo libre”, como rezaba su propaganda, fundamentada en su “destino manifiesto”, según establecía su doctrina, sobre el bloque capitalista, pero también existía, si bien se hacía efectivo por medios más sutiles que la invasión militar, que nunca resultó necesaria en Europa, aunque sí en otros puntos de la geografía mundial. Tras la caída del Muro de Berlín, ese dominio sobre el bloque occidental se hizo universal.
Frente a este mundo unipolar, con solo una gran potencia, la norteamericana, se está gestando lentamente, aprovechando la natural decadencia del coloso americano, un mundo multipolar en el que, junto a USA, surgen otras potencias, al principio, locales, luego ya mundiales, que escapan de su control y aspiran a tener su propia área de influencia. Podemos citar ya a Rusia y China y puede que surjan más en el futuro. Sin embargo, tanto Rusia como China estuvieron entre las vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, por lo que podemos seguir diciendo que el orden internacional actual sigue siendo el surgido del final de este conflicto, con las naturales variaciones de la política internacional, con el paso del tiempo. Tanto las naciones dominantes (las que, por ejemplo, tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU) como las ideologías permitidas (liberalismo y comunismo, este último venido a menos tras la caída del Muro de Berlín) son las vencedoras de Yalta y Potsdam.
Resulta significativo, en ese sentido, comprobar el cruce de reproches en la propaganda de guerra de ambos bandos en el actual conflicto de Rusia con Ucrania y la OTAN. Putin va a «desnazificar» Ucrania, mientras Borrell compara a Putin con Hitler y tacha de “fascista” su régimen. Putin responde que Borrell es franquista. Todos son nazis (o fascistas o franquistas) para las respectivas propagandas contrarias. En el mismo sentido, la mención al mito de Guernica de Zelenski en su discurso ante el parlamento español, para disgusto de los diputados de Vox, indiferencia de los del PP y regocijo de los nacionalistas y los de izquierdas, cuando hubiera sido más pertinente citar cualquiera de los numerosos y terribles crímenes del bando frentepopulista, apoyado por la Unión Soviética que Putin parece pretender emular, según el relato ucraniano, no es tampoco casual. Es un mito que sigue funcionando en el imaginario europeo, como símbolo de barbarie, al servicio de la manipulación propagandística y de la guerra psicológica. Probablemente, si Putin pudiera dirigirse al parlamento español, también citaría Guernica en referencia a los bombardeos de Ucrania contra el Dombás durante los últimos 8 años.
El mito antifranquista, por tanto, es hijo o hermano pequeño del mito antifascista o antinazi. No importa, en realidad, que la España de Franco fuera no beligerante primero y directamente neutral después en la Segunda Guerra Mundial, con la única excepción del envío de voluntarios de la División Azul en el Frente del Este, y que su régimen no fuera fascista sino encuadrable en el conservadurismo autoritario. El franquismo quedará englobado en el fascismo geopolítico, en sentido amplio, simplemente porque la España franquista no era una democracia parlamentaria asimilable al modelo angloamericano ni una dictadura comunista asimilable al soviético y, por lo tanto, estaba fuera de lo “permitido”. Su propia supervivencia como régimen hasta la muerte del dictador fue ya todo un milagro debido en gran parte a la habilidad diplomática de Franco. Ese proceso de “insubordinación fundante” en palabras de Marcelo Gullo, es decir, de reafirmación de la propia soberanía frente a la dominación y a los intereses de las grandes potencias, era algo que estas no podían consentir durante mucho más tiempo.
De sobra estará mencionar que ese antifranquismo antifascista antinazi, tras la muerte de Franco y el final de la Segunda Guerra Mundial, sin movimientos franquistas, fascistas ni nazis operativos a los que oponerse resulta, básicamente, un mecanismo de manipulación con el que las clases dirigentes engañan a sus pueblos, como se puede visualizar perfectamente en la Guerra de Ucrania. Ni el gobierno que Kiev está lleno de nazis ni Putin es Hitler ni Borrell es franquista, precisamente. Son, sencillamente, formas de manipular a sus ciudadanos en la creación de relatos justificativos para llevar a Europa a la locura de la guerra. De igual modo, el antifranquismo en España sirve también de forma de manipulación para subordinar los intereses nacionales españoles a intereses extranjeros bajo acusación de “franquista” a quien ose cuestionar una política internacional planificada desde el extranjero y ejecutada en España por traidores, desde la Marcha Verde hasta la actual alineación con Marruecos en el Sahara, traicionando a los saharauis, pasando por la entrada de España en la OTAN, después de las campañas en contra del PSOE de Felipe González (recordemos el “OTAN de entrada, no” y como Javier Solana pasó de activista antiOTAN a Secretario General de esta organización, sin apenas solución de continuidad), y por la sumisión ante las locuras de la política exterior norteamericana en Ucrania o en oriente próximo de gobiernos de todo signo.
Antifranquismo como globalismo
Existe todavía un nivel, algo más complejo, pero de importancia mayúscula. Y es que el antiguo paradigma ideológico de izquierdas y derechas ha dado lugar a otro que podríamos calificar de globalistas contra patriotas y en el que los europeos y, en general, los occidentales, observamos, cada vez con más claridad, que los gobiernos de centroderecha y centroizquierda que se turnan en el poder desde el final de la Segunda Guerra Mundial practican exactamente las mismas políticas, aquellas que les dictan organismos supranacionales, antidemocráticos, porque nadie los ha elegido y que podemos resumir en la implantación de un modelo económico internacional donde, expresado muy esquemáticamente, los países ricos venden alta tecnología muy cara, los pobres materias primas y mano de obra barata y los intermedios, como los de la Europa periférica, entre ellos España, orientan su economía a la prestación de servicios, como los turísticos, con todo lo que ello supone. Esto implica también fomentar la inmigración masiva, la deslocalización y la desindustrialización, para aprovechar la mano de obra barata tercermundista y bajar el valor de la occidental; la imposición de la agenda de la ideología de género, que permite que los trabajadores tengan menos hijos y, por tanto, baje su mínimo vital y acepten cobrar menos sin rebelarse; y una austeridad mal entendida que se ceba en el más débil y que mantiene los privilegios de las élites financieras y de los componentes de la clase política, mientras a nosotros nos acostumbran a la miseria, antes excusada en la crisis de turno y ahora en la guerra de Ucrania o en el cambio climático.
Frente a estas líneas maestras, que podemos calificar de globalistas, y que últimamente han tenido el descaro de explicitar en las famosas agendas 2030 y 2050, pero que venimos sufriendo desde hace décadas, los patriotas oponen la soberanía de sus patrias para resistirse a ellas y plantear medidas alternativas viables, que no amenacen con destruir el bienestar y la identidad de las sociedades occidentales. Los medios del sistema han dedicado a estos últimos toda clase de improperios, entre los que la calificación de “extrema derecha” ha sido el más suave, mereciendo el rechazo no solo de la izquierda sino de la derecha habitual, y de la práctica totalidad de los medios de comunicación, aunque tales patriotas no sean realmente extremistas y, en algunos casos, ni siquiera de derechas.
No se trata de oponerse ciegamente a la globalización en nombre de un nacionalismo aislacionista o insolidario. De hecho, el Imperio español representó la primera globalización, al descubrirse y conectarse los últimos confines del mundo. Se trata de oponerse a las políticas globalistas, a este tipo de globalización, que nos empobrece y nos roba la identidad.
En ese contexto, el seguir criminalizando a un presunto aliado de las potencias del Eje, aunque la Segunda Guerra Mundial terminase hace mucho y la España de Franco fuera, en realidad, como hemos visto, básicamente neutral y su régimen distara mucho de ser fascista, sigue siendo una poderosa arma de manipulación, porque la satanización de toda política crítica con el globalismo dominante calificándolo como “fascista”, “nazi” o, en España, “franquista” continua prestando redito político a los guardianes de la ortodoxia ideológica del sistema, a los protectores del pensamiento hegemónico. Eso explica que aquellos que se oponen a las políticas globalistas, como las de inmigración masiva, la aplicación de la agenda de la ideología de género, al europeísmo deslumbrado que acepta sin cuestionarla cualquier imposición proveniente de Bruselas (porque como vamos nosotros a cuestionar a estos europeos superiores), a la destrucción del campo o del tejido industrial nacional, para mayor gloria de los tratados de libre comercio, o al sistema autonómico que nos divide y multiplica el despilfarro, se les acuse de “franquistas”, aunque sus integrantes nacieran todos después de muerto Franco.
Si reconoce que la inmigración masiva supone un peligro para el ciudadano autóctono por el aumento de la delincuencia, especialmente sobre mujeres, porque fuerza a la baja los salarios, por lo que perjudica al trabajador español y copa las ayudas sociales, con lo que, lejos de compensar el déficit en la Seguridad Social causado por la baja natalidad, lo agrava, es usted un racista y, por supuesto, un franquista[16]. Si le parece que la ideología de género es una locura que prescinde de la biología, que los niños tienen pene y las niñas vulva y no al revés, si cree que la violencia no tiene género y que hay que proteger, por supuesto, a las mujeres maltratadas por sus maridos, pero también a los hijos maltratados por sus padres, a los ancianos, a los miembros de parejas homosexuales, etc., es usted un machista y, por supuesto, un franquista. Si cree que es una vergüenza que, por ejemplo, se dejen pudrir las naranjas en los campos valencianos mientras llegan cítricos de Argelia o Sudáfrica, que los tratados de libre comercio destruyan nuestro campo, el medio de vida de miles de agricultores y la cultura tradicional asociada a su actividad, es usted un nacionalista, enemigo del comercio y, además, un franquista. Si está en contra del sistema autonómico que multiplica el gasto público, creando 17 mini-estaditos o reinos de Taifas, que duplica no, multiplica por 17 órganos públicos y que da alas al separatismo, es usted un centralista y, por supuesto, un franquista. Si sospecha usted que tras las medidas contra el cambio climático de la Agenda 2030 está la pérdida de soberanía energética, un neomaltusianismo mal disimulado que pretende reducir la población mundial que resulta excesiva a los ojos de nuestras élites, y que las prédicas contra el consumo de carne y contra calefacciones y aires acondicionados pretenden hacernos comer bichos, pasar frio en invierno y calor en verano y, en definitiva, acostumbrarnos a la miseria a la que sus errores nos abocan, es usted un negacionista y, por supuesto, un franquista. Sí, finalmente, está usted orgulloso de la historia de España y se niega a odiar nuestro pasado, es usted un fascista y, por supuesto, ¿lo adivinan? ¡Un franquista!
Antifranquismo como forma de progresismo
Cuando me preguntan que es el progresismo suelo responder que es una filosofía de la historia. Esto puede extrañar un poco, porque la práctica totalidad de quienes se consideran progresistas (y no pocos de los que se dicen conservadores) nunca han oído hablar de algo llamado “filosofía de la historia”. Sin embargo, eso es exactamente lo que el progresismo es. La pretensión de que, como decía Chesterton, el jueves sea mejor que el miércoles solo porque es jueves, es decir, porque va detrás en la semana. Y es que el progresista y esto incluye a la mayor parte de los que se consideran conservadores, pero han aceptado la retórica progre, entiende la historia como una línea recta que va del mal al bien, de la ignorancia al conocimiento, de las cadenas a la liberación, de la “infancia del género humano” pretendida por Kant, a su madurez y edad adulta. Una línea recta que va de las cavernas al paraíso, que en distintas versiones puede ser, el paraíso proletario del marxismo, cuyas aplicaciones estalinistas o maoístas fueron más bien infiernos, o el paraíso feminista, homosexualista y multicultural del marxismo cultural o la sociedad abierta liberal que, al final, por caminos doctrinales distintos, llegan al mismo fin, que no es otro que la posmodernidad decadente actual, lo que tampoco nos parece ningún paraíso, a decir verdad.
Que este progresismo, como visión lineal de la historia, es una secularización de la historia sagrada de más está decirlo, y como todas las secularizaciones de conceptos religiosos, se trata de una idolatría totalitaria que prometiendo paraísos trae siempre infiernos.
En ese sentido, no estará demás recordar lo expresado en la exposición de motivos del proyecto de Ley de Memoria Democrática:
“La conquista y consolidación de la democracia en España ha sido el logro histórico más significativo de la sociedad española. (…) Conocer la trayectoria de nuestra democracia, desde sus orígenes a la actualidad, sus vicisitudes, los sacrificios de los hombres y las mujeres de España en la lucha por las libertades y la democracia es un deber ineludible…
(…)
Esta Ley de Memoria Democrática toma como referencia las luchas individuales y colectivas de los hombres y las mujeres de España por la conquista de los derechos, las libertades y la democracia. España atesora una larga tradición liberal y democrática que surge con las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812. A lo largo de todo el siglo XIX y gran parte del XX, multitud de españoles y españolas lucharon y dieron su vida por la implantación de un sistema democrático en nuestro país, (…) Constituciones como la de 1812, 1869, 1931 y 1978 han sido hitos de nuestra historia democrática y han abierto momentos esperanzadores para el conjunto de nuestra sociedad.
Hasta la Constitución de 1978, esos periodos democráticos eran abruptamente interrumpidos por quienes pretendieron alejar a nuestro país de procesos más inclusivos, tolerantes, de igualdad, justicia social y solidaridad. El último de ellos, protagonizado por la Segunda República Española y sus avanzadas reformas políticas y sociales, fue interrumpido por un golpe de Estado y una cruenta guerra…”
No es difícil leer en estas palabras una reelaboración progresista de la historia de España. Nuestra historia tiene una dirección única posible: hacía la democracia actual, hacia el Régimen del 78. Lo que la acerca a ella es el bien y como tal no puede hacérsele reproche alguno. Lo que lo aleja o retrasa es el mal, y tampoco cabe defensa o excusa posible, debe ser rechazado y anatemizado. El liberalismo de Cádiz en 1812 era bueno porque nos hacía avanzar en la línea recta de la historia. Las constituciones liberales y progresistas también y por la misma razón. Que se impusieran por golpes de estado militares o se acompañaran de atentados terroristas anarquistas resulta indiferente. Que con ellas España perdiera América, se sumiera en guerras civiles o se subordinara a imperios enemigos también resulta irrelevante. Solo avanzar lo más rápidamente posible en esa línea única posible de la historia es lo relevante. Nos espera el paraíso al final de su trayecto, hay que entenderlo y asumir cualquier sacrificio, incluido el sacrificio de la verdad.
Hasta la desgraciada y criminal Segunda República, en tanto era un régimen aparentemente democrático y, encima, predominantemente de izquierdas (democracia e izquierdismo se funden en la mitología progresista hasta considerar más demócrata una dictadura comunista que un gobierno democrático conservador) resulta un hito en el camino emprendido y, por lo tanto, todos sus pecados quedan lavados por su direccionalidad en el lado correcto de la historia. No importa el auxilio de la poco democrática Unión Soviética a los frentepopulistas, no importan las quemas de conventos, no importa la escasa calidad democrática, no importa la patrimonialización por la izquierda, no importa el asesinato de miles de españoles, entre ellos el del líder de la oposición, Calvo Sotelo, no importan las checas, no importa Paracuellos, no importan los “paseos”, no importa el hijo del General Moscardó, no importa el terrorismo del maquis, tampoco importa el de la ETA, todo queda justificado por el bien mayor: traer la democracia, pero no una democracia cualquiera, traer una democracia de izquierdas, una democracia progresista. Acercarnos al paraíso. Y, por supuesto, no importa la verdad. La historia no debe servir a la verdad sino al progresismo. Solo que por ese camino nunca desembocamos en el paraíso. Siempre nos acechan, insistentes, los infiernos de la guerra, de la miseria, de la tiranía, de la decadencia.
Cuando el libre ejercicio de la investigación histórica llega a conclusiones que cuestionan el relato progresista, tales conclusiones debes ser corregidas y enmendadas y, si no, ocultadas y censuradas. Para eso aparecen las leyes de memoria. Para dictar una historia oficial única posible en la que todos los actores históricos que nos conducen en la línea recta hacia “el progreso”, la democracia o el izquierdismo, conceptos que se acaban convirtiendo en sinónimos en su delirio, estén adornados de las máximas virtudes, mientras los que nos alejan o nos retrasan en ese devenir histórico único posible que fanáticamente persiguen, están caracterizados como monstruos desalmados carentes de ninguna virtud posible.
En ese sentido y dado que, en su concepción, el bando nacional en la Guerra Civil y el Régimen franquista que constituyó a su término están en el lado malo de la historia, como retrasos o, incluso, involuciones en ese camino rectilíneo a los prados dorados de su utopía, deben de ser necesariamente malvados y criminales, y todas sus decisiones y vicisitudes deben estar sometidas a la sospecha, cuando no certidumbre, de la perversidad. Sus aciertos deben desaparecer (no pueden existir), sus errores deben ser magnificados y extender sobre ellos duda de la perfidia, sus aparentes crímenes deben ser proclamados sin crítica, exagerando el número de víctimas, descontextualizándolos y dotándolos de detalles, reales o ficticios, de especial repugnancia. De igual modo, dado que la Segunda República, especialmente sus partidos de izquierdas, el bando rojo en la contienda civil y la oposición antifranquista, aunque fuera estalinista y terrorista, está en el lado bueno de la historia, dando acelerones hacia la utopía, sus protagonistas deben ser glorificados, sus crímenes ignorados (contradicen el relato) y sus errores excusados. En su seno, los comunistas pasarán por demócratas, sus asesinos por mártires y sus víctimas por incomodidades molestas cuyo recuerdo se deberá borrar.
El enfoque progresista de las leyes de memoria, entendido como filosofía de la historia, secularización de la visión religiosa de la historia sagrada, lleva a justificar la falsificación historiográfica y a imponerla totalitariamente, cegando por fanatismo los hechos que no concuerden con su visión deformada.
Y, sin embargo, la historia no es una línea recta, sino a veces un circulo, en el que los periodos de crecimiento se alternan con los de decadencia, como la noche se alterna con el día, y otras veces una espiral y en otras se parece a un muelle, donde todo es siempre igual y a la vez siempre distinto, donde los ciclos se repiten, pero la libertad humana y sus decisiones cambiantes van dando formas, semejantes, pero siempre diferentes, a las vicisitudes humanas. No se trata de conformar aquí una teoría sobre la filosofía de la historia, simplemente constatar que la progresista dista mucho de ser válida y el hecho de que alumbre las leyes de memoria y, en general, al fanatismo falsificador del antifranquismo es una garantía de que estará teñido de desprecios a la verdad y a la justicia, y solo servirá a intereses bastardos que se aprovecharán de cegueras irracionales.
Antifranquismo como excusa de la izquierda ante su abandono a los trabajadores
“Las izquierdas contemporáneas usan el antifascismo en ausencia de fascismo como una coartada para no ser anticapitalistas en presencia del capitalismo” Diego Fusaro
A diferencia de lo referido sobre el fascismo, las potencias comunistas estuvieron entre las vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, y solo fueron parcialmente derrotadas con el fin de la Guerra Fría, de modo que el comunismo no sufrió, pese a ser la ideología en cuyo nombre, objetivamente, se han cometido más crímenes y genocidios, la misma satanización que el fascismo, sino que fue integrada en las democracias liberales europeas a través de sus partidos comunistas. En su mayor parte, estos desaparecieron o se reconvirtieron en socialistas tras la caída del Muro de Berlín, pero el Partido Comunista de España persistió como núcleo central de la coalición Izquierda Unida, integrada en la actualidad en la candidatura de Unidas Podemos y con representación en el gobierno de España.
Indudablemente, la izquierda occidental bebió del marxismo desde sus mismos orígenes, desvirtuándolo más cuanto más se acercaba al centro “keynesiano” y manteniéndolo como referencia más directa cuanto más se escoraba en el tablero político. Por otra parte, el movimiento hippie en Estados Unidos y el mayo del 68 francés en Europa, determinaron un punto de inflexión a partir del cual la izquierda occidental dejaba de tomar como base de sus políticas a las masas proletarias, a los trabajadores asalariados y a los económicamente más desfavorecidos, para centrarse en las llamadas “políticas de identidad” en virtud de las cuales su nuevo objeto de acción eran los urbanitas pijo-progres de clase alta y media-alta, sin problemas socio-económicos reales y obsesionados con el sexo y las drogas. Así e influenciados por el marxismo cultural procedente de la Escuela de Frankfurt, que combinó las teorías de Marx con las de Freud, la nueva izquierda líquida abrazó las causas feministas, homosexualistas, indigenistas e, incluso, animalistas, dejando de lado a los perjudicados por la globalización y por la pérdida de bienestar consecuente a las políticas de deslocalización e inmigración masiva de las últimas décadas.
La izquierda española sigue, sin duda, este esquema, y aunque tiene su base ideológica en el marxismo, su socialismo ya no es el comunismo real soviético, sino esta izquierda posmoderna embelesada por el feminismo radical y las absurdas teorías de género, la izquierda líquida o indefinida en la acepción de Gustavo Bueno. Esto no la hace menos peligrosa, sino probablemente más. No, claro, para los poderes económicos capitalistas, para los que la extrema izquierda actual representa a sus tontos útiles o a sus perros rabiosos, dispuestos a morder con su odio ciego a quien cuestione sus dogmas, pero sí para las clases medias y el conjunto de la sociedad.
No son, desde luego, nuestros ultraizquierdistas, comunistas ortodoxos en el sentido de la segunda teoría de Duguin, aquel socialismo marxista cuyo sujeto político era la clase social y que murió entre los escombros del Muro de Berlín, y han aceptado, en cambio, el individualismo liberal en su versión posmoderna, que trata al hombre como mero consumidor, siendo, por tanto, títeres del capitalismo más salvaje, pero siguen teniendo en común con su comunismo fundacional, del que descienden en línea directa, un desprecio abismal por la libertad y la dignidad humana, un cerrado dogmatismo y una pasmosa facilidad para recurrir a la violencia en defensa de sus postulados, el odio clasista al que suman la inquina contra la sociedad tradicional, que ellos rebautizan como “heteropatriarcal”, y el deseo de subvertir el sistema democrático para establecer una sociedad utópica a costa de los sacrificios en cabeza ajena que sean precisos.
La sustitución de su “sujeto revolucionario” de las masas proletarias a esta izquierda líquida indefinida compuesta de feministas, homosexualistas, indigenistas, multiculturalistas, animalistas y demás activistas de los diferentes subconjuntos del marxismo cultural, obliga a la izquierda a redefinirse y, para no perder el voto de los pobres, fanatizarlos con cuestiones culturales. El periodista de ultraizquierda Antonio Maestre lo explica con ingenuidad fanática en uno de sus artículos: “Si de verdad el marxismo es tu guía no intentas modular el sujeto político revolucionario, simplemente trabajas con el que tu época te ha dado. No existe ninguna posibilidad radicalmente transformadora en el obrerismo actual, aquel sujeto político está mitificado y no se corresponde con su capacidad performativa en la actualidad. El ecosocialismo y el feminismo, y no el transexcluyente, sino el que se abraza junto a las trans en una pancarta, es el movimiento conjunto que tiene capacidad disruptora en 2020 para dar solución a los problemas de la clase trabajadora. Asúmanlo o échense a un lado, el sujeto político revolucionario de nuestros días es Greta Thunberg entrelazando los brazos con una adolescente feminista y una trans de 10 años. Un marxista se pondría detrás”[17]. En lo único en que Maestre miente en este párrafo es en que el objetivo final sea “dar solución a los problemas de la clase trabajadora”. Lo que él y la izquierda pretenden, porque está en su ADN, es destruir la Civilización europea-occidental-cristiana tal y como la conocemos. Y para eso, ciertamente, la ideología de género, la teoría queer, el transeuxualismo y todas las variantes de la locura posmoderna son, sin duda, excelentes instrumentos.
En su estrategia de abandono a los trabajadores, la izquierda española encuentra en el antifranquismo extemporáneo y sobreactuado de las leyes de memoria una herramienta excepcional. Primero, para disimular tal abandono y, luego, para redefinir y reafirmar su izquierdismo, ante la ausencia de la causa que teóricamente debía sustentarlo.
En efecto, el antifranquismo permite disimular y ocultar el abandono de la izquierda de la clase trabajadora, al eliminar, como ya hemos explicado, el punto de comparación histórico inmediato y borrar la parte de la historia en la que se constata su traición a los trabajadores. Cualquier trabajador que constate la realidad indubitada e indisimulada de que una dictadura teóricamente de derechas defendió más sus intereses y su bienestar que una democracia en la que partidos teóricamente de izquierdas han gobernado durante la mayor parte del tiempo va a perder con facilidad la fe en la izquierda política y sindical y, puede que, incluso, en la propia democracia. Sin embargo, ahí están los datos. Tras morir Franco se abarató y facilitó legalmente el despido, los impuestos subieron exponencialmente para los trabajadores y las clases medias y se hicieron menos progresivos, se privatizó la mayor parte del imponente parque de empresas públicas del franquismo y muchos de sus trabajadores terminaron en la calle, se abandonó el campo y la industria, hasta el punto de dejar pudrirse nuestras naranjas en los árboles mientras se traen de Argelia y Sudáfrica. Si la falsificación antifranquista impide que los trabajadores españoles conozcan estos datos y esta realidad, podríamos decir, utilizando una terminología poco académica, que le salva el culo a la izquierda.
De igual modo, una izquierda que ya abandonó hace tiempo la lucha obrera tiene que definirse de otra forma para seguir justificando su existencia y para diferenciarse en algo de la derecha liberal. Abrazar de un modo, cuanto más exagerado y obsesivo mejor, las causas culturales es la mejor manera. Aunque debemos reconocer que, en ese aspecto, la derecha centrista pepera no se lo pone fácil, porque acepta la dogmática antifranquista de la izquierda con tanta facilidad, que esta ha de planificar ya nuevas hipérboles y organizar nuevas orgias de antifranquismo desesperado para diferenciarse de un PP capaz de condenar el franquismo del que proceden, de no derogar, cuando tiene ocasión, las leyes de memoria (como, por otra parte, todas las demás leyes ideológicas) o de permanecer impasibles ante señales de barbarie tan despreciables como la de profanar los restos del Jefe del Estado de buena parte del siglo XX en el Valle de los Caídos o de, incluso, plantear la demolición de la cruz más grande del mundo.
En definitiva y como daba a entender el marxista italiano Diego Fusaro en la cita que encabezaba este epígrafe, la izquierda que ya no lucha contra el capitalismo que realmente existe, tiene que sobreactuar la lucha impostada contra el fascismo que ya no existe y, dentro de este, en España, contra su hermano pequeño, el franquismo que tampoco existe, como estructura de poder, desde la muerte del dictador. Las sobreactuaciones del antifranquismo y las leyes de memoria taparan la vergonzosa traición de la izquierda caviar a los trabajadores españoles.
Antifranquismo como representación del padre autoritario
A la famosa Escuela de Frankfurt debemos, no solo el marxismo cultural, fundamental para comprender la mayor parte de fenómenos políticos de nuestro tiempo, sino también la creación del antifascismo extemporáneo e impostado del que ya hemos hablado antes, y que, en ausencia de un verdadero movimiento fascista al que enfrentarse es, en el mejor de los casos un fraude, en el peor un crimen, y siempre un mecanismo de manipulación. Los miembros de la primera generación de la escuela neomarxista y freudiana de Frankfurt que se exiliaron en los Estados Unidos ante el ascenso de los nazis al poder en Alemania y que trabajaron para los servicios secretos estadounidenses primero y para las fundaciones Ford y Rockefeller después, contribuyeron decisivamente a la propaganda de guerra y a la guerra psicológica contra su patria de origen, por lo que algunos los consideran unos traidores, y a su extensión, terminada la Segunda Guerra Mundial, como ingeniería social progre, llevando la criminalización del fascismo derrotado hasta nuevos niveles.
Así y según su concepción, el fascismo pasaba a ser algo genérico, identificado como el mal absoluto frente al que cualquier táctica, por inmoral que resulte está justificada. De igual modo, el fascismo se extiende, más allá de un movimiento político concreto, dado en una época y un lugar, hasta más allá de sus circunstancias e, incluso, de la política, para ser intemporal y abstracto. Fascistas no eran ya solo los seguidores de Mussolini. Ni siquiera, en un sentido amplio, los partidarios de los movimientos que se consideran “fascistas” de un modo genérico, como el nacional-socialismo alemán, el falangismo español o la Guardia de Hierro rumana. Ahora fascista puede ser un político conservador (como los seguidores de Churchill o De Gaulle, vencedores del fascismo histórico), pero también un policía escrupuloso con el cumplimiento de la ley, un profesor o un director de colegio estricto, un cura católico que gusta de decir misa en latín o un padre riguroso que no deja a su hijo irse de fiesta si no ha cumplido antes con sus obligaciones. En definitiva, cualquier muestra del ejercicio de la autoridad. Desde luego, cualquiera que se oponga a las políticas progre-globalistas instigadas por las oligarquías dominantes. Todo es fascismo. Fascistas por todas partes[18].
De esta manera, el progresismo defendido por las citadas fundaciones Ford y Rockefeller y por el Partido Demócrata estadounidense que estas también financiaban, así como a una amplia gama de asociaciones de extrema izquierda, organizadas para propagar las ideologías hegemónicas, pasa a tener una sobrelegitimación que le permite señalar como “fascista” a cualquiera que se oponga a sus absurdas políticas. De este modo y por los mecanismos simplificadores de la reductio ad hitlerum, se puede concluir ventajosamente cualquier debate que se esté perdiendo por el sencillo método de gritar “fascistaaaaa” como una perra histérica señalando al oponente. Por supuesto, en España basta sustituir fascista (que, no obstante, también se emplea a menudo) por franquista para tener el mismo efecto. Como ejemplo práctico de este fenómeno referiré una anécdota que me contó un amigo que es vocal en una junta municipal de distrito en la ciudad de Valencia. Allí compareció en 2018 el entonces concejal responsable de la Empresa Municipal de Transportes, Giuseppe Grezzi, de Compromis, formación nacionalista de izquierdas, ante las quejas de unos jubilados por los cambios en el servicio de autobuses de la ciudad. Después de tratar de justificarse con otros argumentos, sin éxito, el concejal terminó espetando a la concurrencia: “¿Qué queréis, que vuelva Franco?” Obviamente, Franco no tiene nada que ver con los horarios, rutas y frecuencias de paso de los autobuses de Valencia en pleno siglo XXI, pero es un recurso fácil que se emplea para todo.
En sus versiones más extremistas, esta reductio ad hitlerum o ad francum permite señalar y perseguir a quien se quiera, bajo acusación de fascista, que nunca se debe probar, porque en un mundo en el que el fascismo fue derrotado décadas atrás nunca será cierta, llevando esa persecución hasta los límites que se quieran o sean precisos, porque el fascismo (como el franquismo), como mal absoluto, no tiene derechos ni razones (al fascismo no se le discute, se le combate, nos dirán henchidos de orgullo los jóvenes antifascistas, convencidos de estar en el lado correcto de la historia). El resultado práctico de todo ello es que el antifascismo justificará cualquier injusticia, cualquier censura e, incluso, cualquier crimen.
El lingüista y gurú político demócrata George Lakoff defendió en su libro “Política moral: cómo piensan progresistas y conservadores” la teoría de que los progresistas parten del modelo familiar del padre atento, mientras los conservadores parten del modelo del padre estricto[19]. Esto puede ser así en los Estados Unidos del siglo XXI. En la España posfranquista habría que realizar algunas precisiones.
Ciertamente, en USA existe una tradición conservadora anti-intervencionista, partidaria del que “cada palo aguante su vela”, que ve con desconfianza cualquier ayuda social o ley proteccionista para los trabajadores como una injerencia del estado en el mercado y la economía, mientras que la izquierda progre, pretende, hasta ahora sin conseguirlo, pese a haber gobernado en varias administraciones en las últimas décadas con Clinton, Obama o Biden, el establecimiento de una protección social mayor, al menos en su retórica, aunque la escasez de resultados invite a pensar en la hipocresía, el electoralismo y la demagogia como verdaderos motivantes de esos discursos y no en una conciencia social sincera.
En la España de Franco, sin embargo, dictador de derechas, plenamente conservador, se estableció, como hemos visto, el sistema de seguridad social y se garantizaron los derechos de los trabajadores, derechos que se han ido perdiendo desde su muerte, como también hemos observado con detalle. En este sentido, el modelo de padre franquista no sería el estricto frente al atento, sino que aunaría ambas cualidades. Sería el padre estricto, pero también atento, que limita, pero también protege, frente al padre permisivo, pero despreocupado que, bajo apariencia de liberalidad, desatiende a sus hijos.
Realmente, se puede releer la transición como un proceso por el que una España adolescente queda, por primera vez, sin supervisión paterna y se entrega, en su furor juvenil de hormonas desatadas, a toda clase de excesos en una fiesta sin fin. La crisis actual, como las crisis sucesivas que hemos padecido en los últimos 45 años, serían las mañanas de resaca y culpabilidad, después de fiestas nocturnas que fueron demasiado lejos en sus excesos febriles. En esta interpretación se pueden encajar fácilmente fenómenos como la “movida madrileña” y la extrema tolerancia de la izquierda con el consumo de drogas (recordaremos las simbólicas palabras de Tierno Galván, a la sazón alcalde de Madrid “el que no esté colocado que se coloque”) seguidas de auténticas generaciones de jóvenes españoles perdidas por las drogas, como la heroína, que causó estragos en los 70, que tiñeron de luto a miles de familias, o más adelante, la cocaína o el éxtasis. También pueden encajar los peregrinajes a ver Enmanuel o El último tango en París a Perpiñán, seguidos del destape y luego de la proliferación de la pornografía. Y es que, si los líderes políticos pueden tener tendencia a convertirse en figuras paternalistas, Franco en España fue la figura paterna por excelencia, hasta el punto de que podemos considerar al antifranquismo como un intento freudiano de “matar al padre”.
De hecho, si el franquismo tuvo algún defecto significativo, en mi opinión, al margen de su ya comentada condición de dictadura, fue que la España franquista vivía en una especie de infantilismo político. El estado franquista era ciertamente muy paternalista, no solo en cuanto al proteccionismo social que tanto molesta a los liberales, y que, a mi entender, más que paternalismo era simple y llanamente justicia, sino en cuanto a la responsabilidad política de sus ciudadanos. Así, la España que quedó tras la muerte de Franco fue una España en plena adolescencia, que al verse privada de la vigilancia paterna acomete toda clase de excesos: delincuencia, drogas, homosexualismo, depredación económica, cleptocracia política… Las sucesivas crisis son el día después de la fiesta insensata, la mañana de resaca en la que uno comprueba que las irresponsabilidades de la noche anterior pasan factura.
De este modo, la representación de Franco como trasunto de la figura, casi freudiana, del padre autoritario por antonomasia, contra el que se revela el joven ávido de descontrol y placeres, influye de un modo casi obsesivo a la España posfranquista, desde luego en la transición, pero, en mi opinión, incluso hasta hoy en día. Esto explica también la identificación sociológica de buena parte de nuestros conciudadanos entre derechismo y autoritarismo, cuando, como sabemos, la izquierda puede ser igual o más autoritaria que la derecha, como atestiguarán fácilmente chinos, venezolanos o cubanos, y como recuerdan, sin duda, polacos o húngaros.
El problema es que la democracia no solo no trajo la esperada madurez política, como se pudo comprobar en la dictadura sanitaria establecida en la pandemia de coronavirus, donde fuimos tratados como niños y se nos encerró ilegalmente en nuestras casas sin que la mayoría opusiera más resistencia que aplaudir bobaliconamente en el balcón, o ya a nivel internacional, eligiendo como “lideresa” de la causa climática a una niña de 14 años, como Greta Thumberg, que solo repita como un papagayo los lugares comunes que ha escuchado a sus mayores, sino que además nos trajo una infantilización social, como se desprende de la proliferación de la telebasura, del aumento de “ninis”, jóvenes que ni estudian ni trabajan, del retraso en la edad de acceso al mercado laboral o a la que se tiene el primer hijo, o de las muestras de eterna adolescencia ya comentadas y que parecen empeorar generación tras generación.
Obviamente, el futuro de España depende, en gran medida, de que supere sus complejos históricos que, hasta cierto punto, lo son también psicológicos, y adquiera una mayor madurez política y social. Por eso, las manipulaciones antifranquistas de la izquierda, consentidas por el centro-derecha, resultan tan dañinas, porque nos impiden salir de una eterna adolescencia política que nos condena a ser títeres de demagogos, a la vez que nos coloca en una dinámica de autodestrucción social.
Antifranquismo como cáncer de la democracia
La falsificación historiográfica del franquismo, presentándolo de un modo terrible, pudo servir durante la transición, por lo tanto, para asegurar al Régimen del 78, sin que sus evidentes fracasos suscitaran una oleada de nostalgia del dictador. Ahora mismo, sin embargo, se da la paradoja de que esta criminalización falsaria representa su mayor amenaza. En primer lugar y obviamente, porque ningún proyecto de futuro puede asentarse sobre los pies de barro de una mentira, pero, en segundo lugar, es que esta mentira sobre el pasado, amenaza con intoxicar también el presente y envenenar el futuro. Y es que basar la aceptación popular del nuevo sistema, no en sus virtudes intrínsecas, sino en una satanización de su punto de comparación histórico más inmediato es confiar muy poco en sus propias virtudes.
El verdadero problema es que, además de suponer una confesión de debilidad, el antifranquismo le ha puesto una fecha de caducidad a nuestra democracia, y su éxito supone herirla de muerte. Porque, como hemos visto, nuestro régimen jurídico no nació de una ruptura con el franquismo, producida por una victoria militar o una revolución, sino por la evolución natural de aquel régimen, fruto de la muerte del dictador. En esta coyuntura, satanizar al franquismo, incluso “ilegalizarlo” a posteriori, como pretende la última ley, anulando sentencias y demás, equivale, no a dar un plus de legitimidad a nuestro sistema, sino a deslegitimarlo por completo. Esto explica que los autores de la ley extiendan el franquismo hasta el 83 para estupor de quienes participaron en la transición, incluidos los de su mismo partido. La criminalización del franquismo lleva a la deslegitimación de la democracia.
A la muerte del dictador, España se encontraba pacificada y estabilizada, y era completamente impensable un cambio de régimen que no fuera aceptado por la propia clase dirigente. Ello no fue un problema para la transición a la democracia, sino más bien una ventaja, que garantizó la estabilidad y alejó el fantasma de un derramamiento de sangre mayor (aunque el terrorismo etarra ya supuso una oleada de violencia terrible), porque partiendo de la doctrina de la excepcionalidad histórica, que sustentaba el franquismo en las circunstancias históricas excepcionales derivadas de la Guerra Civil, el fallecimiento de Franco dejaba la puerta abierta a que se produjeran cambios políticos, incluido el suicidio del régimen, para bien o para mal, como en efecto ocurrió.
No es que, desde luego, el Régimen del 78 sea una “continuación del franquismo por diferentes métodos” como pretende el argumentario ultraizquierdista. Es vedad que la democracia fue una evolución legal del franquismo, pero ello no impide que, como amenazaba Alfonso Guerra, tras unos años del nuevo sistema a España no la reconociera ni la madre que la parió. Ciertamente, por dicha o por desventura, el Régimen del 78 no tiene nada que ver con el franquismo, ni es menos democrático por provenir de una transición pacífica y no de una revolución.
Lo que sí es cierto, como decimos, es que nuestro régimen actual trae causa jurídica de reformas legales aplicadas al franquismo, con más o menos rigor y con más o menos fortuna. Querer presentarlo como una evolución moral de la 2ª República, crea una disfunción irresoluble. El único resultado posible de esa contradicción es una crisis de legitimidad. Deslegitimada quedaría entonces la monarquía, restaurada por Franco, la constitución, aprobada por unas cortes nacidas del suicidio de las cortes franquistas, el Partido Popular, evolución de la Alianza Popular fundada por 7 ministros de Franco, la histórica UCD, liderada por el secretario general del Movimiento franquista, Suarez, incluso la bandera de España, existente siglos antes del nacimiento de Franco, pero restaurada por este, a enseña oficial, después del uso de la bandera con franja morada durante la 2ª República. La satanización del franquismo produce, por tanto, dadas las circunstancias y peculiaridades de la historia reciente de España, la deslegitimación, a medio plazo, de la democracia española. Llevado a su extremo, representa también la deslegitimación de la propia unidad nacional, defendida por el régimen, de su bandera y de sus símbolos, por mucho que estos existieran mucho antes del franquismo, porque fueron rescatados por este, tras el paréntesis republicano. El antifranquismo resulta ser, por tanto, un auténtico cáncer disolvente para España y su democracia.
La conclusión natural de esta estrategia es la deslegitimación del Régimen del 78. En realidad, se puede seguir fácilmente esta doctrina en los discursos y en las formas de la extrema izquierda y de los separatismos, doctrina a la que parece que se apunta el PSOE de Pedro Sánchez con la adopción de la Ley de Memoria Democrática, que declara ilegal el franquismo y lo extiende hasta 1983, lo que ha desatado las críticas, incluso, de socialistas moderados como Felipe González.
Si convencemos a una parte de la población, especialmente a los más jóvenes, a los que no han vivido el franquismo en sus carnes y no lo pueden juzgar de manera directa, que, además, son los más permeables, de que la historia fue el relato delirante de republicanos bailando sobre campos de amapolas y ciudadanos esclavizados por el franquismo picando piedra en el Valle de los Caídos, que hemos comentado al principio, el resultado natural es la deslegitimación moral de la democracia que, lejos de quedar reforzada por la comparación ventajosa con una época pretérita mitificada negativamente, acaba viéndose contaminada por esa mitificación. La alternativa es la inestabilidad, con una extrema izquierda crecida clamando por la Tercera República, que imaginan patrimonializada por su delirante ideología disolvente, como lo fueron las dos primeras y que solo podría acabar en el desastre, como ya ocurriera con aquellas, y con unos separatistas, asimismo crecidos, soñando con la disolución de España en nuevos Reinos de Taifas o cantones independientes.
La 2ª República no fue una democracia ejemplar, sino un desastre, que es una locura tratar de emular. El franquismo fue una dictadura, un régimen sin libertades políticas, pero la represión fue infinitamente más baja que en otras dictaduras con las que coincidió en el tiempo de ideología comunista y durante su transcurso acumuló una serie de éxitos sociales y económicos innegables, hasta el punto que podemos afirmar que el bienestar del que disfrutamos actualmente, a pesar de las crisis sucesivas, y que se nos escurre de entre los dedos, precisamente dilapidado a manos de quienes más presumen de antifranquistas, lo debemos al franquismo.
Entregar a una izquierda cultural, pronto devenida en extrema izquierda, el monopolio de la interpretación de la historia y el dominio casi absoluto de la industria cultural y con ella, la influencia ideológica en la educación y los medios de comunicación, representa una garantía de manipulación para adaptar los hechos históricos a sus prejuicios ideológicos. Esto, en principio, beneficia a una clase política mediocre, que queda sobrevalorada por comparación, ante un pasado satanizado, pero pronto se convierte en un cáncer para la propia democracia.
Los partidos políticos de izquierdas y los nacionalistas aceptan esta interpretación de la historia, que los beneficia, y la usan en su provecho, contribuyendo a ella con la aprobación de leyes como la de Memoria Histórica o de Memoria Democrática, que además pretenden oficializarla y criminalizar la discrepancia. Pero incluso el PP, procedente de la Alianza Popular fundada por 7 ministros de Franco, contribuye a esta campaña de manipulación, aunque le perjudique notoriamente, tratando de hacerse perdonar su origen franquista, en lugar de reivindicar la veracidad histórica. Tan solo Vox, en el panorama político reciente, parece oponerse tímidamente a ella.
Ante esta realidad, solo podemos concluir que el odio y la ingratitud a Franco, que la criminalización de su régimen y el establecimiento de una moderna “leyenda negra” sobre todo un periodo de la historia de España de varias décadas de duración, constituye el pecado original del Régimen del 78, que lo condena al fracaso y a la autodestrucción.
[1] Roca Barea, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Biblioteca de ensayo Siruela, 2017,
[2] Emilia Pardo Bazán, La España de ayer y de hoy (La muerte de una leyenda), Madrid, 1899, págs. 62, 79, 90. Vicente Blasco Ibáñez, conferencias «La Argentina vista por España» y «La leyenda negra de España», junio de 1909, teatro Odeón de Buenos Aires, op.cit. Español Bouché, p.112.
[3] John M. Todd, Martin Luther: A Biographical Study, Londres: Burns&Oates, 1964, pág. 27
[4] Lieve Behiels, El Duque de Alba en la conciencia colectiva de los flamencos, Foro Hispánico. Revista Hispánica de los Países Bajos 3 (1992), págs. 31-45
[5] Roca Barea, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Biblioteca de ensayo Siruela, 2017, pp 190
[6] Maltby, William S., La leyenda negra en Inglaterra. Desarrollo del sentimiento antihispánico 1558-1660, Méjico: Fondo de cultura económica, 1982.
[7] Roca Barea, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Biblioteca de ensayo Siruela, 2017, pp 163
[8] E. Shafer, Beiträge zur Geschichte des Spanichen Protestantismus, Güterslon, 1902, t. I, págs. 345-367.
[9] Robert Darmton, Los best-sellers prohibidos en Francia antes de la Revolución, Madrid: FCE, 2008.
[10] Moa, Pio, Los mitos de la guerra civil. Editorial: La esfera de los libros, 2004 pág. 511
[11] Moa, Pio, Los mitos de la guerra civil. Editorial: La esfera de los libros, 2004 (páginas 386-387).
[12] Sobre la poca credibilidad de Whitaker puede leerse “Soldados de papel en la Guerra Civil Española” de Moisés Domínguez Núñez, SND Editores, Madrid, 2021.
[13] Espinosa Maestre, Francisco: La comuna de la muerte Ed. Crítica 2003, (p. 211-2)
[14] Delgado Cruz, Severiano, Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Universidad de Salamanca [Salamanca, mayo de 2018]. Existe también una edición posterior más ortodoxa en Sílex Ediciones de 11 de septiembre de 2019.
[15] Del Molino, Sergio, Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray, El País, 9 de mayo de 2018
[16] En ese sentido, fue llamativo el titular de la Sexta al día siguiente del ataque islamista del 25 de enero de 2023, en Algeciras, en el que murió un sacristán y hubo varios heridos: “Crímenes franquistas en nombre de Dios: así mataba la dictadura justificándose con la religión cristiana”. La falsificación antifranquista como mecanismo de manipulación para blanquear el terrorismo islamista y evitar que se cuestione la inmigración masiva después de un asesinato cometido por un inmigrante irregular musulmán de nacionalidad marroquí, que vivía como ocupa y estaba pendiente de expulsión. https://www.lasexta.com/programas/lasexta-clave/crimenes-franquistas-nombre-dios-asi-mataba-dictadura-justificandose-religion-cristiana_2023012763d450701162f5000136a778.html
[17] Antonio Maestre: “El sujeto político revolucionario es una niña trans” artículo publicado en eldiario.es el 4 de julio de 2020
[18] Como ejemplo de uso indiscriminado de la palabra fascismo (podrían ponerse miles) escogemos estas declaraciones de la escritora Lauren Groff para El País el 30 de septiembre de 2022: «El fascismo también es el auge de lo individual sobre la comunidad. Y está conectado con la ecoansiedad. Cuando nos sentimos amenazados, nos encerramos en nosotros mismos. Estoy muy preocupada» No sabemos que opinaría Mussolini, después de escribir: “Todo dentro del estado. Nada fuera ni contra el estado”, de que el fascismo también sea “el auge de lo individual sobre la comunidad”, cuando el individualismo ha sido una característica atribuida tradicionalmente al liberalismo. Tampoco sabemos que opinaría el Duce de la “ecoansiedad”.
[19] De la misma opinión es, en España, Juanma Badenas (por quien conocí el texto de Lakoff), como expresa en sus libros La derecha: La imprescindible aportación de la Derecha a la sociedad actual, Almuzara, 2020 y Contra la corrección política, Ediciones insólitas, 2021
